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11/07/2006
Materazzis

Varias personas me han señalado en los últimos días el parecido del actor y director John Turturro con el actor y futbolista Marco Materazzi, defensa central del Inter y de Italia. Lo dijo el narrador compañero de Andrés Montes en La Sexta, en el partido con Alemania. Pabs, desde el otro lado (Australia) me envió un severo y entusiasmado mensaje que decía sólo: "¡Es Turturro!". No hizo falta agregar a quién se refería. Alex, siempre sagaz, propone ahora un perfeccionamiento de la conjetura: según él, habría un tercer gen cruzado en el héroe italiano. Sería el del inefable Cosmo Kramer, vecino de rellano de Jerry Seinfeld para más señas, elemento poseído por una cierta locura pragmática. Creo que también hay un poco de eso en Materazzi. Es decir, que no estaríamos hablando sólo de la apariencia, sino también de condiciones suprafísicas, digamos. Reúno las tres fotos y verdaderamente... algo hay.
pd: este blog ha entrado en barrena, señores.
Foto: Cosmo, Turturro y Materazzi, tres winners natos.
10/07/2006
El éxtasis y la furia

En todos estos años escribiendo de fútbol, observando los partidos y a los jugadores con una mirada oblicua, vigilando la historia para encontrarle líneas de fuga, argumentos, explicaciones, al presente... siempre me ha sorprendido cómo a veces los acontecimientos parecen ordenarse de un modo casi mágico, como si el fútbol tuviera conciencia de sí mismo o un orden preconcebido. No hablo de arreglos de partidos, que de eso sabrían mucho los italianos, sino de coincidencias o sucesos que se encadenan para convertirse en símbolos. Por ejemplo, y voy al grano, la historia de Zidane en este Mundial: su regreso, la despedida, la segunda final de la Copa del Mundo, la impresión general de que este último partido iba a coronar a Zizou entre los más grandes, y de que constituía el epílogo exacto para la carrera de cualquier artista, un privilegio casi divino. Y entonces, en un solo partido, los dos extremos, el ying y el yang, Jeckyll y Hyde, el asombroso penalti y el cabezazo a Materazzi. Como si el hombre quisiera resumir en un último acto, o como si una providencia lo hubiera decidido así, las dos materias de las que está hecho el genio: el éxtasis y la furia.
Ha ganado Italia. Es sabido que yo lo prefería así, pero eso no significa nada. El partido final no tuvo gran cosa que ver, salvo la épica creciente y prolongada, que auxilia los finales dramáticos. Ha sido un Mundial generoso en ritmo y poco magnánimo en cuanto al fútbol. Muchos actores secundarios coronados y, de los principales, sólo Zidane cubrió parcialmente su fama. Los dos contendientes de la final sintetizan lo que ha sido la Copa del Mundo, me parece. La final desembocó en un torneo de vigilancias que perfeccionó esa sensación. Francia jugó un poco más en la segunda mitad y en la prórroga, tuvo ese cachito de grandeza o de arrojo que no mostró jamás en las semanas anteriores. Pero perdió. Veamos otro caso de rara coincidencia: recuerdo que en la final de la Eurocopa de 2000 ocurrió exactamente lo contrario; Italia hizo su mejor partido del torneo... pero acabaría ganando Francia. Aquel título lo resolvió un Gol de Oro, aquel lastimoso invento de la FIFA, anotado por Trezeguet... justo el tipo que erró esta noche el penalti. Decir que lo erró quizás sea demasiado: el larguero dijo no, más que otra cosa. A Zizou le había dicho sí. Hasta en eso parece sabio este juego.
Italia vence por cuarta vez en un Mundial, su cuarta estrellita sobre el escudo. Globalmente fue el mejor equipo del campeonato, si ese calificativo vale para señalar al más solvente. Poco más. La verdad que no existieron grandes diferencias entre los mejores y que ningún equipo elevó su condición sobre el resto. Francia hizo un buen partido contra España y otro excelente con Brasil, como requería la ocasión. Italia solventó su camino con más seriedad que otra cosa, dejando entrar sólo un tanto en su portería hasta el último encuentro. Esos valores también juegan. Tuvo algunos pasajes en los que no parecía Italia, y otros (como ayer) en las que fue Italia con todas las de la ley. Frente a Alemania, en la semifinal, dejaron un partido para el recuerdo, el único que verdaderamente volvería a ver ahora mismo, junto con el Brasil-Francia. Los mejores jugadores de Lippi fueron, por este orden, Cannavaro, Pirlo, Materazzi, Gattusso y Buffon. Eso explica todo. En el caso de Francia ocurre otro tanto: Vieira y Makelele crecieron por encima de los demás, privilegiados por un sistema carcelario en el medio campo. A eso el equipo de Domenech le agregó una emocionante aparición de Zidane contra Brasil: su figura tuvo más importancia que fútbol, pero aun así fue el mejor de las grandes estrellas. Nada que decir de Ronaldinho, Ronaldo, Henry, Totti, Ballack, Adriano, Rooney, Lampard, Gerrard, Cristiano Ronaldo o Messi. Todos ellos estuvieron por debajo de la ocasión. Los grandes fracasados, por unas u otras circunstancias, son de modo inapelable Ronaldinho y Messi.
Fue un Mundial mediocre, en suma. Lo empeoraron el Koala y, sobre todo, tener que aguantar a Julito Salinas dar lecciones teóricas de fútbol. Ese tipo que en la práctica no acertó a darle siquiera a la pelota frente a Pagliuca en Estados Unidos. Menos mal que estaba el Diego en Cuatro. Ahí sigue, salvando Mundiales.
Foto: Antes de la final Zidane buscaba la mirada amable del cielo y el favor de un sueño del que era autor, protagonista y público. En lugar de la gloria acabaría por encontrar el infierno.
[Apéndice del día después: la FIFA y la prensa especializada (qué bien suena esto) han elegido a Zinedine Zidane como Mejor Jugador del Mundial. Por detrás de él, los italianos Cannavaro y Pirlo. No diría mucho en contra. Este tipo de elecciones dependen de matices y opiniones, por lo que las propuestas serían muy diversas. Desde luego yo hubiera escogido a Cannavaro en el primer puesto, pero no objeto nada a la nominación de Zidane. Yo no soy de los que pone la moral por delante del fútbol, y no me importa que Zidane haya tumbado a un contrario si verdaderamente ha sido el más brillante. Otra cosa es el rasero de la FIFA: a Maradona no le perdonaban ni una de éstas, por ejemplo. O tampoco a Rooney. Pero bueno...
Por lo demás, cierro el apéndice dando mi equipo ideal, que someto a consideración popular. No, no hay ningún español... Ni tampoco ingleses. ¿Argentinos? Uhmm, creo que no. Dudo con Ayala, dudo con Thuram, dudo con Materazzi (goles decisivos y otras cosas...), dudo con Grosso. ¿Y arriba, quién pongo arriba? ¿Henry dice usted? Ni hablar, me niego... Antes avanzo a Zidane, aunque tácticamente no sea muy ortodoxo. En fin, no es tan fácil ser entrenador, eh. Allá van los once, si antes no me vuela la cabeza. Si acaso hago dos...
Equipo 1: Buffon; Zambrotta, Cannavaro, Thuram, Lahm; Ribery, Vieira, Pirlo, Malouda; Zidane, Klose.
Equipo 2: Lehman; Miguel, Ayala, Materazzi, Grosso; Maxi Rodríguez, Makelele, Maniche, Swensteiger; Henry, Podolsky].
06/07/2006
A bout de souffle

Es la película maestra de Godard, El final de la escapada. Me complace el sonido del título en francés, A bout de souffle. No hablo el idioma, apenas lo intuyo si lo leo. Torpemente quiero traducir el nombre de la película como El aliento final... Si no estoy en lo cierto, al menos habré dado con una versión de cierto lirismo. Pienso en el partido de Francia y Portugal, un encuentro detenido en la rotunda fórmula de éxito de Francia y en la pura impotencia portuguesa, y sólo doy con una posibilidad de vertiente poética que tal vez redima a este equipo francés: estamos asistiendo al aliento final de Zinedine Zidane, el jugador que ha hecho del fútbol un modo de armonía musical desconocido. El final de su escapada. Y qué final tenía escrito. Nada que ver con Godard. Es mejor el sueño de un Zidane que se sueña a sí mismo con una pelota.
La hipótesis onírica no parece descartable, ni oculta una ligera licencia del autor. Fue Zizou quien apoyó la explicación de su regreso a la selección francesa en una revelación mística, que desde luego pudo tener la forma de un sueño o adquirir ese perfil en el cerebro extasiado de Zidane. Hay por supuesto algo mágico en su canto de cisne de estas semanas, cuando todos lo habíamos dado por extinto. No que fuera un juicio alegremente despiadado, sino que en verdad lo habíamos visto extinto sobre el campo de juego durante toda la Liga. Muerto. Ido. Sin aliento. Casi en ocasiones patético, si no fuera porque no hay nada en él que autorice el patetismo.
No hay mucho más que decir. Si el partido fue árido quiero creer que se debió a lo obvio (Francia es una roca con la que no se puede dialogar) o a esta posibilidad algo más poética: no hay sitio en un campo de juego para más belleza si está Zidane. Él la reclama toda para sí. El partido con Brasil, este goteo de epílogos encadenados a su carrera, a cual más asombroso, la sudorosa figura patricia en medio de un equipo de centuriones... Zidane ha refutado el tiempo con mayor exactitud y certeza que cualquier filósofo. Temimos que el fútbol le hubiera dejado a él antes de que él dejase el fútbol. No ha sido así. Me cuesta recordar a un futbolista que haya abandonado el juego de manera tan ideal. Podía ser en Francia. Tenía que ser Zizou.
[Pd.: Esta noche he recordado la semifinal de la Eurocopa de Francia 84, con los mismos rivales. Ganó Francia 3-2 en la prórroga. Dos de Jordao, dos de Domergue, uno definitivo de Platini. Vi aquel partido en un pueblito cercano a Toulouse donde había jugado un torneo internacional de fútbol infantil, que ganamos de calle. Era de noche y a un lado de los campos vacíos instalaron una pantalla enorme para ver cómo Francia y Portugal pugnaban en uno de los encuentros más bellos que yo he visto, resuelto en el minuto 119. Era junio y yo tenía 14 años. Antes de irme a ese viaje de cuatro días infinitos, mi abuelo Mario me hizo prometerle un gol pensado para él. Lo metí en la final... pero creo que ya ganábamos 4-1, así que apenas lo celebré. Sin embargo, todos vinieron a abrazarme como si conocieran su significado. Al regresar, él me demandó la promesa y yo le confirmé que la había cumplido].
Foto: Como en el juego del fotógrafo de Smoke, la cámara parece enfocar el mismo lugar en tiempos diversos. Dos penaltis separados por 20 años. El primero, en la brumosa imagen, lo dispara Michel Platini en el Mundial 86, alto y fuera contra Brasil, después de haber besado la pelota en un gesto de amor que quería reclamar una fidelidad traicionada. Francia acabaría ganando con el tiro furibundo de Luis Fernández, para derivar a una derrota en la semifinal con Alemania. A la derecha vemos el vuelo acompasado de Ricardo, ya vencido por Zidane: el hombre que estranguló a Brasil con un cordel de seda le dio forma esta noche al penalti que acabó con Portugal. No hubo beso anticipatorio: entre él y la pelota las cortesías están de más.
05/07/2006
Pervertidos

El Mundial no ha sido generoso, salvo en el ritmo, en la competitividad de los equipos, en su minucioso esfuerzo, la intensidad. Pero a poco de marcharse nos ha dejado esta noche un partido clásico, para el recuerdo, una semifinal Alemania-Italia jugada con el inconsciente pero decidido ánimo de perdurar y resuelta con sentido histórico. Un partido así no supone trofeo menor después de este torneo de actores secundarios. Los desaprensivos italianos están en la final, pero jugando con el rigor, el oficio, la calidad y la eficacia propias de las mejores versiones italianas.
Me he alegrado. Quien frecuente estos Somniloquios sabe ya que profeso una rara simpatía por Italia, equipo odiado por casi cualquier aficionado al deporte en España, a cualquier deporte, porque los italianos suelen castigarnos con su amplio repertorio de barrabasadas. Al menos así lo siento yo, criado en una infancia de finales de la Copa de Europa entre el Real Madrid de basket y el Ignis o la Mobilgirgi de Varese, o en aquella derrota del Eurobasket de Nantes 83. No vamos a hablar de Tasotti ni de Valenti Rossi ni los Ferrari, que a mí me son indiferentes. Mi cariño hacia los italianos (me he descubierto gritando los dos goles con ahínco) debe ser cosa de aquel aforismo que oí no sé dónde: lo contrario del amor no es el odio, es la indiferencia. De modo que yo pasé de odiar a Meneghin, Pozzato y Bob Morse a querer a los azzurri. Porque, como los villanos de las películas de chico, como Fu Manchu, como los Hermanos Malasombra, como Falconetti (ese apellido...), con el tiempo he aprendido que tenían sus razones y que, en el fondo, no eran tan malos tipos. Somos como la niña de Frankenstein.
En medio del derrumbe moral que en estos días sufre el fútbol italiano (igual que en el 82 con el tottocalcio, precisamente), llega este partido que no alcanza para absolver todo eso, pero sí para reivindicar a una escuela fértil de campeones y excelentes jugadores, atrapados en un destino extraño del que ya hablé hace unos días. No hay redención posible para esas enfermedades, lo que con tono moralizante llaman la perversión italiana del fútbol: el desapego por el ataque, por los fantasistas; y el arreglo desaforado de partidos. Todo eso me hace pensar si tienen razón quienes sostienen que en el fútbol todo es mentira y está arreglado de antemano. Que lo que vemos cada domingo corresponde a una mera representación, destinada a salvaguardar las emociones y sobre todo el dinero. Esa posibilidad me trae a la memoria el felicísimo cuento de Borges y Bioy Casares titulado Esse est percipi: en él, partiendo de un principio del idealismo filosófico (sólo existe lo que es percibido), B y B plantean de forma divertidísima que los partidos de fútbol ya no existen, ya no se juegan. Que no existen los clubes, ni existen sus estadios, ni existen siquiera los balones. Que la jornada futbolística únicamente se da en las narraciones radiofónicas de partidos imaginarios, sobre un guión acordado, que cada domingo las emisoras disparan al aire para solaz de una afición hipnotizada en la soledad que le autorizan los emergentes medios de comunicación. Un relato de finísima inteligencia.
Pero bueno, el fútbol aún existe, de algún modo u otro. Aunque sea perverso o deforme. Existen los campos, la emoción, el balón y los jugadores que magnifican sus posibilidades. También los hay en Italia, y muchos. Frente a Alemania, Lippi y su equipo rebatieron todos los tópicos, uno por uno. Baste esta contradicción: los mejores, en mi modesta opinión, fueron los portentosos Cannavaro, Materazzi y Gattusso (a todos los iluminó Pirlo, agrego pasadas unas horas); y a pesar de ese dudoso privilegio el encuentro tuvo una descarnada belleza y la resolución debida. Italia jugando con Gilardino, Giaquinta, Totti y Del Piero en la prórroga. Y ganando sobre el final con detalles brillantes: un pase formidable, helado y sutil, de Pirlo, otro de Gilardino... más un par de finalizaciones demoledoras de Grosso y Del Piero. Si esto es perversión, abracémosla como Sade.
Foto: el celebérrimo festejo de Marco Tardelli en la final de España 82, precisamente contra Alemania. Detrás aparece el imperial Gaetano Scirea, un defensa de otra dimensión. Nacho me dijo esta noche: "Que mañana gane Francia y nos devuelvan la final que nos robaron en ese Mundial". Cierto... "Es una causa abierta -le he contestado-. Que detengan a Kalle Rummenigge, que fue culpable, y a sus cómplices Schumacher y Stielike". Me ha replicado con algunas palabras gruesas sobre el portero alemán, aquella salida asesina que envió a Battiston a dormir al hospital y no sé qué de las madres germanas...
03/07/2006
Huérfanos de Dios

He sucumbido a la tentación de preguntarme en tono pesimista qué son los argentinos sin Maradona, qué significa haber tenido en tres mundiales y medio a god on their side, dios de su lado y tal, y luego perderlo. Qué tipo de orfandad o de obligación deja eso, y en qué convierte a excelentes equipos como el de este año o el de hace cuatro. Sin Maradona, Argentina no va lejos. ¿Es irrebatible ese silogismo? En el 94 entró en depresión tras el positivo del 10 y se largó a casa en cuartos en un partido de locos frente a Rumanía, en cuyo frenopático Hagi era el rey; Holanda la echó en cuartos en el 98 con aquel pase de lado a lado del campo que De Boer le dio a Bergkamp, una bomba que vista hoy aún produce vértigo cósmico. En Corea-Japón salieron del torneo en primera ronda con Aimar de bailarina atormentada. Y ahora, en cuartos contra Alemania, que tiene la feliz costumbre de no perder nunca a los penaltis en un Mundial: le ganó así a Francia en el 82, a México en el 86, Inglaterra en el 90 y ahora a Argentina. Yo siempre pensé que ese tópico de la lotería de los penaltis era un embole de primera: en los penaltis no hay lotería, hay una serie de capacidades reunidas en un instante de decisión suprema. O sea, que hay que saber tirarlos. La serie germana del otro día fue para enmarcarla. De hecho, sus méritos en el partido se redujeron a eso. Eso, y el papelito de Lehmann. Eso y los cambios de Pekerman.
Foto: Diego Maradona, en éxtasis permanente durante el partido frente a Serbia. Su vida entera parece hecha de parábolas o alegorías. Pasen y vean: acabo de leer que no entró al estadio para ver el choque contra Alemania porque no le permitieron el paso a un amigote suyo. Profético episodio...
29/06/2006
Versión española: el cachondeo (II)

Dos canciones en una. El canto del gallo y ese toro enamorado de la luna...
Continúa el fiero proceso de recuperación nacional después de la derrota. Cortesía de Andy, o sea que no sé si esto es humor británico o nacional. El espíritu es lo que vale. Mientras lo pongo me acuerdo del grito unánime de la otra noche en la plaza del Pilar, donde la chavalería brincaba con la proclama europeísta que dice: "¡Es gabacho el que no bote, eh, eh!". Al fondo había unos chavales con camisetas francesas que, en fin, debieron pasar la noche de su vida.
28/06/2006
Versión española: el cachondeo

Bueno, 24 horas después de la derrota me llega esta versión española de la magnífica portada del diario argentino Olé, reseñada hace algunas semanas en este blog con admiración periodística y envidia futbolística. Luis Aragonés, al fondo, los nombres de los seleccionados en scrabble horizontal y, de arriba abajo, la frase que forman: "La cagamos de nuevo Luisito". La argentina decía: "Que vamos a salir campeones", frase de una canción de fútbol bien popular en aquel país.
El caso demuestra que el ánimo español no desfallece y que la salud mental del pueblo está por encima de resultados deportivos. Ya estamos todos más tranquilos, ¿no? Pues venga, al cachondeo. Y tranquilos los disgustados, que el Mundial es sólo una vez cada cuatro años.
Bla, bla, bla

Esta mañana me despertó la tormenta y he pasado las horas escuchando el Living in a Material World, de George Harrison, cuya voz rueda lánguida por entre la música como una lágrima. No era cosa de ponerse dramático, sólo que se han dado así los hechos y ahora reparo en que quizá las realidades se reúnen y encajan como piezas de un puzzle increíble. Andy me mandó anoche un mensaje que decía: "Maño, qué ganas tengo de leer tu blog mañana". Pues la verdad es que esto no me apetece nada. Si lo hago debe ser por esa obligación amistosa... lo cual quiere decir que empiezo a no ser libre de mis propias letras, como quería yo con este espacio. Pero a un amigo que te quiere leer no se le puede negar que lo haga. Ahí vamos, con gesto derrumbado.
Comencemos por algunos aforismos de andar por casa... Conforme Zidane hizo el tercero (y bien mal que me supo, aunque a los periodistas madridistas parece que la autoría los consoló un tanto), mi amigo César dijo: "El fútbol no es una ciencia exacta; el Mundial, sí". Eso pensé yo siempre, aunque nunca acerté a decirlo en momento tan exacto y de modo así de certero. Pasemos a otro: la muerte nunca es digna, aunque nosotros le otorguemos esa posibilidad por afecto o defensa de nuestros intereses. Proviene de una corrupción global de órganos y tejidos que supone una acabada forma de degeneración inevitable, así que en general está lejos de cualquier posibilidad digna. Esto viene a ser una versión de alguna frase oída a Gregg House, mi médico de cabezera (la zeta no es una confusión). Agrego: a la derrota le atribuimos también a veces una proverbial dignidad que a mí no me cae bien. Eso valdrá como bálsamo para conciencias, pero no como razón o análisis. Ahí va el último: "Los recuerdos bonitos mezclados con tristeza saben mucho mejor". Lo anotó Franz Kafka mentalmente y lo escribió Gustav Janouch en sus Conversaciones con Kafka, libro del que ya hablaré otro día. Aquí manejamos influencias diversas, que quede claro.
Por lo demás, la eliminación con Francia se pareció a todas las demás. Al menos a mí me pareció la misma de siempre: nunca le ganamos a nadie. A nadie verdaderamente grande o mínimamente grande, porque Francia fue mínimamente grande. Con eso le bastó. No sé por qué lo hice. No sé por qué me puse la camiseta roja (la de la Selección de rugby, ojo) y me fui a la plaza del Pilar. Porque si habíamos de darnos cuenta de lo inevitable mejor darse cuenta en casa, donde uno no está a merced del desprecio introspectivo ni de la mirada ajena. Y anda cerca del frigorífico o de la terraza. Volver caminando con el torso cubierto de derrota no le gusta a nadie, uno se siente desnudo. No fuimos los únicos. Cuando cruzábamos el puente para buscar el coche, con el 1-3 ya, dos chicos y una chica habían insertado unos jirones rojos en un palito y le iban dando patadas mientras caminaban. Me recordaron a los obsesivos manifestantes árabes que queman y pisotean y escupen a las banderas yanquis. Nosotros no nos quedamos ni siquiera decepcionados, como si el organismo hubiera activado de inmediato, con el golito de Vieira, el pack de feromonas derrota de la Selección, macerado desde el 82 hasta la noche de ayer, siempre a punto, siempre dispuesto para actuar cada dos años, el ciclo Eurocopa-Mundial.
¿Hay que hablar de fútbol? Bueno... Puyol y Pernía, un desastre. El argentino, para mí, ha decepcionado todas las expectativas que abrió en la Liga, lo cual nos puede decir mucho sobre el baremo que verdaderamente significa la Liga: lo he visto tímido, sobrepasado por la responsabilidad que implica un torneo como éste o bien demasiado controlado desde el banquillo. Ayer no vio a Cara Cortada ni en pintura. Ribery fue el mejor de Francia, de lejos. La defensa adelantada de Luis, un agujero anunciado mil veces: cada fuera de juego sonaba a advertencia. Nadie la oyó. Puyol, el que menos, desordenado en la táctica y en las ideas y en las ejecuciones. El árbitro, por su lado, chifló como un loco desde que empezó el partido, lo pitaba todo. Era una simple cuestión de probabilidades que se equivocara en alguna, la de Puyol que originó el segundo gol. Se equivocaron el italiano y el central del Barcelona, cuyo exceso físico originó una falta inexistente e innecesaria. No importa, la victoria de Francia hubiera llegado por ese o por otro lado. El empeño en Torres y Raúl me parece exagerado, por distintos motivos. Torres está sobrevaloradísimo, y aun así creo que es de lo mejor que podemos tener. Otra pista acerca de nuestras posibilidades reales. Ayer hizo un partido calamitoso, pero a los críticos les sigue pareciendo que ha sido la estrella nacional en este Mundial. Digo yo... ¿por qué? ¿Por qué intocable? Y Raúl... para qué hablar de Raúl otra vez. Su única aportación son los problemas que lo rodean. No sé si es culpa suya pero vamos... problemas. Arriba no tuvimos nada. Pasábamos el medio campo atrincherado de Francia y no íbamos más allá. Un leve ejercicio de táctica y oficio nos mandó a casa y bien mandados. Otras anotaciones al margen: no sé si un jugador como Reyes puede pasar tan desapercibido como ha pasado Reyes en España en este Mundial. Desapercibido por olvido. Pero esto son cuestiones menores, la verdad. El tema es que de una derrota a otra, como dijo con mucho tino José Ángel de la Casa anoche en un debate, no aprendemos nada. Me parece lo más grave de todo.
La verdad es que no me apetece nada todo esto, ya lo he dicho. Siempre lo mismo, con otras caras. Hasta me siento algo tonto analizando. La única diferencia de esta eliminación con cualquiera de las anteriores consiste en que la prensa se ha dado a la indulgencia como agradecimiento por la propuesta futbolística. Para mí, demasiado manierismo, innecesaria afectación. El periodismo acostumbra a cometer un error muy político: considerar que sus juicios equivalen a los juicios del pueblo. José Ramón de la Morena entrevistó a unos cuantos españoles de a pie anoche y luego a algunos españoles jugadores derrotados, y resultaba algo patético ver cómo los pájaros les disparaban a las escopetas, y era el periodista el que levantaba la bandera del ánimo y el que apelaba al futuro de este equipo y a la juventud y a la próxima oportunidad y a lo que hemos vivido estas semanas (?). Cesc le vino a decir, de buenas maneras, que le importaba un buen huevo el futuro, que le acababa de ganar Francia y eso no se lo quitaba nadie. Raúl le recordó, pese a que el otro insistía, que Francia les había derrotado y bien merecidamente, en todo, siendo superiores táctica, física y desde luego futbolísticamente. Papeles cambiados. A mí tampoco me gustó el periodo de glaciación de Clemente y tal, pero no me consuela nada que España haya jugado muy bien frente a Ucrania y Túnez. La verdad. El caso viene a ser el mismo: no le ganamos a nadie, ni jugando bien ni jugando mal, ni con jóvenes ni con mayores, ni con Raúl ni sin Raúl, ni con Clemente ni con Camacho ni con Luis Aragonés ni Suárez, ni con Muñoz ni con José Emilio Santamaría ni con Kubala ni con Pereda ni con nadie. Somos un debate interminable y pesadote con la misma conclusión: a casita. Cada vez nos vamos antes. Al final, tendremos que celebrar llegar a cuartos.
Ah, y otra cosita. Ayer por la mañana me vino este pensamiento a la cabeza y no lo he podido desechar aún: Ucrania le ganará a Italia, aunque sea de penalti, y llegará a semifinales haciendo la de Croacia, la de Bulgaria, la de Suecia o la de Corea... Y tendremos que tragarnos ver ahí al equipo al que le metimos cuatro con la gorra. Al tiempo.
Pd: Para no apetecerme, me he liado. Va por Andy.
Foto: el Guaje, mi única alegría verdadera de este Mundial. Uno no tiene siempre la ocasión de ver ahí a un amiguete y animarle por sms en riguroso directo. Creo que se le ha tratado injustamente, sometiéndolo a cambios preconcebidos que no han atendido a su juego ni a sus méritos. Su penalti de ayer fue un monumento similar al de Totti el día anterior, un prodigio de ejecución. Como se ve, tirar penaltis no es ninguna bobada. Se compara con ese otro de Torres y sale la diferencia exacta. También es cierto que tirar penaltis sólo supone un detalle más en el fútbol.
27/06/2006
Goodfellas

Los italianos son villanos de película, personajes de sí mismos atrapados en un guión que los precede, en un inmutable destino de hierro. Hablo de los italianos jugando al fútbol, claro. Se diría que no les importa la grandeza, sólo les importa la gloria. No contemplan la posibilidad de que el camino pueda ser mejor que la culminación. Les interesa lo hecho, no el modo. Para el modo no están. Para las virtudes morales, tampoco. Ellos, hechos de la pasta de un pavo, arrogantes en las playas, vanidosos en los filmes, petulantes en la estética, latinos en la forma, tienen ese otro lado manifiesto en el fútbol, en el deporte en general, donde los define un pragmatismo sin fisuras, un impulso cuartelario, una cierta vileza de taberna, un feísmo con conciencia. Y con frecuencia, una aproximación enfermiza de la fortuna.
Su victoria frente a Australia constituye la sublimación del perverso modelo: 1-0 de penalti falso en el descuento, y tras una acendrada resistencia con diez jugadores. "¡A ver qué dicen ahora los críticos!", bramó uno de los azzurri al terminar el catártico partido. Puede que haya sido Totti, autor de un penalti bellísimo, rotundo en su perfección. Pero los críticos dicen lo de siempre, porque la relativa tragedia de las victorias italianas es que nadie les concede ningún mérito por cómo están hechas. Los chicos son culpables de antemano. Totti, por cierto, representa el otro lado de los italianos, lo que también está en ellos, el clasicismo, el canon: en algunos, muchos casos a lo largo de toda la historia, maravillosos jugadores, elegantes jugadores, soberbios jugadores, talentosos jugadores. Pero sometidos (y felices) a un guión inspirado en la matemática de la tortura y censor de la imaginación.
Si todos consideramos que esta victoria sobre Australia significa la perfección de su ruina, para ellos sólo tiene una lectura: victoria y en las peores circunstancias. Es puro heroísmo redentor. Italia tiene un valor que quizá siempre pasa desapercibido, un valor algo cínico, desde luego, pero fundamental en su comportamiento: no desprecia a un solo rival. No. A todos les proporciona el mismo trato de salida. A todos les juega igual, sea Brasil o Australia o Corea. La seriedad, piensan, la seriedad en las formas y en el gesto, proporciona el único camino hacia la victoria. ¿Ganan siempre? No. Por otro lado, nadie lo hace. Cierto que Brasil fue quien más títulos reunió, practicando lo que ahora llaman jogo bonito, pero esa teoría encierra un par de mentiras: una, que de 1970 a 1994 acumuló fracasos, y que recuperó la vía de la victoria a través de algunas renuncias fundamentales de su tradición futbolística; dos, que la superioridad de Brasil no proviene de una propuesta de estilo, sino de la simple superioridad técnica, de su inmensa capacidad para generar maravillas, de una destreza que está por encima de la media. Son mejores. Luego ganan con mayor frecuencia. Cuando dejaron de hacerlo por pura naturaleza, le agregaron a su fútbol un cierto rigor táctico. Entonces volvieron a ganar: ojo, por penaltis y ante Italia...
A mí los italianos me caen bien, por lo menos en los Mundiales. Me alegra que ganen aun cuando su juego resulte deplorable o tenga una belleza deforme. Todo eso, su forma de defender (se meten atrás, sí, pero se meten tan pero tan bien...), esa competitividad, esa fiereza sin disimulo me producen una rara admiración. Son como el personaje de Joe Pesci en Goodfellas, unos hijos de puta redomados que te clavan un bolígrafo en el cuello si los miras mal. O un gol de penalti en el alargue: ese Grosso podría haber rodeado al pánfilo defensa australiano y mirar a la portería, pero mejor tropezarse y caer y penalti. A pesar de todo esto los considero personajes necesarios en el teatrillo de los grandes torneos. Tienen la gracia siniestra de los mafiosos del cine, la ingenuidad punk de Sid Vicious. ¿Quién no quiere verlos tumbando a los gráciles brasileños? Yo sí. En el fondo, los italianos son buenos chicos... sobre todo si no te cruzas con ellos.
Foto: Kewell y Materazzi, el castañazo, el cuerpo a cuerpo y chasquido de huesos. Dos berracos en disputa de una pelota volante. Parece que la nariz y el resto de la cara se les vayan a volar de su sitio como una careta de papel, por la inercia del topetazo. Así juegan al fútbol los hombres. Y si a usted no le gusta... cambie de canal.
24/06/2006
La salchicha alemana

Algunas anotaciones sobre lo visto y lo que viene en la cosa del Mundial. Si titulo así es en sentido y agradecido homenaje a las butifarras germanas que nos comimos en una soleada tarde de verano en Bielefeld, hace tres o cuatro años, antes de un partido de pretemporada del Real Zaragoza en el campo del Arminia. Tras una semana de queso holandés en el desayuno, la comida, la merienda y la cena, la salchicha alemana con cerveza fue como la alpargata de La Vida de Brian, un motivo de idolatría sobrevenida absolutamente impiadosa. Comparados con los holandeses, los alemanes parecían de lo más alegres. La condición más notable es que, efectivamente, estaban vivos, reían, cantaban, qué sé yo. Gente con sangre. Y con salchichas. Tras la digresión, ahí van las notas. Eran cinco pero se han quedado en cuatro porque de la última no me acuerdo.
- A los tres o cuatro días de comenzar el Mundial, un amigo me preguntó: "¿Qué te parece lo que hemos visto?". Mi respuesta fue ésta: "El Mundial, en general, está a punto de gustarme. De lo visto hasta ahora me quedo con Alemania". Dos semanas después ratifico, mantengo y amplío el juicio, que procuró armarse de cautela. El torneo se ha jugado, salvo excepciones en la tercera jornada de cada grupo, a un ritmo buenísimo, competitivo, eléctrico, despierto. No ha habido sorpresas, es verdad, pero a mí siempre me ha parecido que las sorpresas no hacían un sinónimo de espectáculo o de calidad. Más bien al contrario. Por inercia, todo tiende a igualarse por abajo, no por arriba. El descalabro africano lo demuestra: es un Mundial eurocéntrico (diez de los dieciséis clasificados). Por lo demás, mi primera ficha para ganar el torneo la tiene Alemania. No sólo por el argumento del anfitrión, que es cierto, pero también su fútbol de martillo me ha convencido. Es el mejor equipo alemán que he visto desde el 90, selección aquélla que siempre me pareció desprestigiada sin motivo. La crisis vino después, pero Klinsmann ha reunido ahora gente joven, con decisión germana, convencidos y mortales desde la media y la corta distancia. Sus partidos se parecen a los resúmenes de la Bundesliga: venga zapatazos a gol. Además, uno ve los nombres alemanes en la camiseta, ve Swensteiger, Metersacker (éste me fascina), ve Schneider, ve Metzelder... y sabe que son nombres hechos cruzando los hierros del lenguaje, y que el poder del lenguaje tiene algo de mito. Si yo voy con la pelota y me viene de frente un tipo llamado Metersacker... no sé. Yo creo que se la doy. Para mí se trata de un equipo dotado del gesto indecible de los campeones, el mismo que me parecía tener Francia desde el principio en el 98: sin debates absurdos sobre estilos de juego, fútbol en el más amplio sentido de la palabra, en el que hay un poco de todo y ningún complejo que vencer. Competitividad y armas para golpear. Más conjunto que individuos. Concluyo: no veo forma de parar a Alemania. Creo que esto ya lo debió de pensar alguien a lo largo de la historia, y no sólo la del fútbol.
- Como el cruce le viene con Argentina, le pongo ahí el interrogante. Por corazón y convicción, me parece que Argentina constituye el gran rival de los germanos hacia su cuarta Copa del Mundo. De esa eliminatoria creo que sale el campeón, pero con el fútbol ya se sabe. Me mojo por dar espectáculo... que conste. No vengan luego a decirme.
- ¿Y España? Indudablemente ha resuelto una primera fase sencilla con eficacia incontestable y ráfagas de brillo. Le veo dos problemas en medio de tanta alharaca de los medios de comunicación. El primero son los cruces. El camino, si no se despeja, pasa por Francia en octavos, Brasil en cuartos e Italia en semis. Es decir, una cosa como lo del Zaragoza en la Copa este año. Lo de Italia es la fortuna hecha torneo, tiene un camino soñado (Australia y Ucrania o Suiza) hasta semifinales. ¿Está preparada España para pasar a esos tres gigantes? Hay quien opina que sí, hay quien lo duda. Yo me quedo en medio. Postura escéptica, matizada de deseo: si son capaces, que lo hagan. No hay otro modo de creerlo. El segundo problema que le veo a España se llama Raúl. Y respeto todas las opiniones. Yo he sido raulista de siempre, pero pienso que no debería estar en el Mundial: primero porque, por fútbol, no se lo ha merecido; segundo, porque supone un foco de tensión permanente, irresoluble como hemos visto, aunque España gane. Las ruedas de prensa siempre acaban en Raúl. Es una fuente de conflicto interior por asociación: seguro que David Villa no está tan feliz después de que Luis lo quitara antes del minuto 60 tras meterle dos goles a Ucrania, porque Raúl tenía que entrar sí o sí. Y el Niño Torres es intocable, claro. ¿Y Luis García? El otro cambio fijo. Luis ha hecho un trabajo magnífico o el equipo le ha florecido cuando nadie pensaba, pero desconfío de un entrenador que ya ha decidido los cambios antes de empezar el partido, incluso dos días antes. Una última anotación: ¿Nadie reparó en la miradita de Raúl al banquillo, cargada de veneno, tras su gol a Túnez? Vino tras dos abrazos a Cañizares y Salgado, la conjura de los veteranos y tal. Para mí era un resumen o una conclusión. Si Luis Aragonés sale vivo de todo esto, o es un genio o tiene a los jugadores y a la prensa anestesiados con algún bálsamo secreto.
- Y ahora, el lado romántico del Mundial. O sea, la boutade. Ese equipo con el que uno se encariña sin saber bien por qué. Casi siempre fueron Irlanda o Escocia, ausentes en este Mundial, pero mantengo el modelo con Australia. A Australia le guardo un afecto transmitido por amigos y unas vacaciones allá hace algunos años. Los australianos son gente hecha para las relaciones sociales, gente para quien la amistad no depende tanto de una cuestión de tiempo o de vivencias compartidas como de convicción, cortesía y deseo inmediato. Te presentan y a los cinco minutos parece que te hayan conocido toda la vida. Y tú a ellos. Es el buenrrollismo natural, innato. Lo mejor de Inglaterra sin lo peor de Inglaterra, pienso a veces. Pero además me he divertido viéndolos estos días jugando al fútbol por lo que decía antes de Irlanda o Escocia: me recuerdan el primario fútbol británico de siempre, rudo, vigoroso, veloz, directo. Ingenuo muchas veces (contra Brasil, de una ingenuidad dolorosa), pero honesto. Es un equipito, sí; habrá quien diga que no juegan ni a la taba. Pero a mí me divierten como las películas de Esteso y Pajares. ¿Qué más les puedo pedir?
Foto: Iba a poner una de Klose dando una voltereta en el aire, pero encontré esta maravilla que es la salchicha papal. A ver, una salchicha creada en honor de Benedicto XVI. La llaman Ratzingerbratwurst. Me encantan esos idiomas que hacen las palabras como morcilla, juntando todo. Además, esta salchicha pálida... ¿no se parece un poco a Klose?
23/06/2006
El gol

En sí, se trata de un hecho sencillo: poner la pelota al otro lado, en el rectangulito con mallas. El proceso de culminación de ese simple objetivo da lugar a la pasión, a estudios, teorizaciones, sistemas, estructuras constructivas y entramados destructivos, planteamientos, una cierta violencia, una forma de historia paralela y, al final o durante el camino, puede que también a un modo de belleza estética que tiene que ver con la armonía y las formas. Cuando ocurre, ocurre esto: cabriolas, hombres subidos unos sobre otros, besos en desafuero, revolcones. Cosas así. Nadie se ponía de ese modo en el colegio por sacar un sobresaliente, nadie hace esas cosas al encontrar el primer beso, ni siquiera el primer coito; nadie celebra así la primera Comunión, la consecución del amor, el acceso a la universidad, el ligue del año, el puesto de trabajo, la lectura de un maravilloso libro, una beca, el primer sueldo, un casamiento. No se festeja así una canasta, un home run, un récord del mundo... Lo han comparado a un orgasmo pero, la verdad, uno no da volteretas laterales en ese caso ni grita ni se abraza como si le fuera la vida en ello. Si acaso uno rinde los miembros y bastante tiene. Nadie celebra así un ascenso profesional, ni una operación multimillonaria, ni siquiera un premio Nobel, ni un piso de VPO, ni la reunión con un viejo amigo, ni una reconciliación de pareja, ni la Lotería, ni levantarle la mujer al de enfrente si antes era tuya (o no). Ni siquiera el nacimiento de un hijo. Nada. Eso lo hace un gol. Es un instante de explosión petarda y luego... la vida sigue, vuelta a lo mismo, pero de otra forma. Otra vez el proceso recomienza y hay un regreso de inercia a todo lo demás, el rectangulito al fondo y a ver si llega otro. Aunque se disimule, siempre prevalece el deseo de otro. Por eso cada poco hay uno nuevo. Otro. Y otro. Un gol es un gol, una alegría extraordinaria y también frecuente, y eso lo hace aún más fascinante porque el caso no lo remedia ni la costumbre. La enloquecida felicidad se regenera, alimenta o transforma. Y mira que, si lo piensas, se trata de un acto medianamente estúpido. En eso estamos de acuerdo. Eso lo concedo. Pero yo metí alguno y lo gritamos como locos, como profesionales, como en un Mundial, bien gritado y bien abrazados. Te abrazas hasta al imbécil con el que te cruzaste las manos en el entrenamiento del jueves. Pero un gol es un gol. No sé bien qué es un gol, pero es otra cosa. Se pongan como se pongan. Otra cosa.
14/06/2006
Escuchemos al Sr. Lobo

"Bueno, no empecemos a chuparnos las pollas todavía".
El Sr. Lobo, un sabio, en Pulp Fiction. No me voy a entretener en más análisis innecesarios después del 4-0 a Ucrania.
Dígaselo con flores

"Me van a venir a mí con flores, que no me cabe por el culo ni el pelo de una gamba".
(Luis, nada más pisar suelo alemán, cuando un miembro de la organización del Mundial trató de agasajarlo con un bouquet con los colores de España).
Cada vez estoy más convencido de que Luis Aragonés es lo más similar que podemos tener a un Bilardo. Sin su perversidad enfermiza, desde luego; a la española. Puede que sin esa maldita conciencia del personaje propio, que Bilardo alimenta de forma ventajista. Pero aun así el comportamiento de Luis Aragonés diverge cada vez más de lo real para aproximarse a la caricatura. Luis transita entre accesos relativos de locura, un costumbrismo carpetovetónico, su sinceridad castiza, una rara forma de sapiencia popular aplicada al aséptico mundo del fútbol de hoy y, desde luego, esa notoria heterodoxia argumental hecha de espacios vacíos. Es un tipo que se ha salido del tiempo, puede que a propósito, así que alternativamente nos dan ganas de avergonzarnos de él o de ir corriendo a darle un abrazo. Esta sección (El Mundial y tal...) viene a ser un homenaje a su verbo disperso. Mientras, hoy juega España. Aragonés se juega su angosto culo.
11/06/2006
Engerland: balón al pivot

Como equipo de baloncesto, Inglaterra (Engerland en los cánticos de los supporters) no me parecería mal. Para equipo de fútbol aún no le alcanza. Su esperado debut (todo el mundo espera mucho de Inglaterra; ayer leí que alguien la calificaba como la mejor selección europea en el Mundial... lo que me cuesta aceptar) fue para mí una esperada decepción. Ya he dicho en las semanas previas que no me fío de Inglaterra -que fue durante años de anglofilia mi selección preferida-, y mucho menos me fío de Eriksson. A mí me gustaría saber qué ha hecho Eriksson para alcanzar la consideración que tiene en Inglaterra, y que no tiene en ningún otro lugar del mundo por cierto. Qué para aceptar la desnaturalización que significa un seleccionador no inglés o no británico, en un país de la tradición de Inglaterra. Hay selecciones a las que sólo debe dirigir un nativo, por orden consuetudinario, y desde luego las que han ganado alguna vez una Copa del Mundo están entre ellas. Otra cosa supone, para mí, un desdén inaceptable. Claro, que los temidos hinchas ingleses se dedicaron ayer a hacer la ola en el campo, lo que demuestra que todo se va perdiendo y que hasta los bárbaros se pueden aputonar. Está bien que la Ley Bosman ha volteado el modelo británico, pero una cosa son los clubes, la libre circulación de jugadores, la entrada de otras escuelas (la francesa es la de moda en la última década); y otra poner a un sueco aburrido (pleonasmo evidente) a dirigir a los pross y que los hooligans hayan sustituido Rule Britannia por el falsete de Bronsky Beat. Simplemente, no.
En su primer partido Inglaterra, que tiene un buen puñado de posibilidades de juego, eligió la más perezosa de todas: balón a Peter Crouch, el espárrago pálido del Liverpool. Un buen jugador, por cierto, no confundamos las cosas. Crouch no es Klose, tiene más dedos en los pies o con mejor articulación. Sin embargo Alemania sabe convertir a Klose en una amenaza, mientras que Eriksson ha hecho de Crouch un espantapajaros larguirucho al que le tiran alley-hoops para que cabecee a cualquier lado y luego ya veremos. El modelo de Noruega, vamos. He leído la prensa inglesa de forma somera esta mañana y las crónicas, sin embargo, señalan a Michael Owen como el gran problema de Inglaterra. Su falta de ritmo, de actividad, de peligro. Lo que me hace sospechar que el día que vuelva Mickey Rooney (la auténtica esperanza, si hay alguna), el relevado no será Crouch sino Owen. Con lo que el problema continuará porque, cuando un equipo tiene a Shaquille O'Neal, se olvida de pensar por puro aburrimiento. Se olvida de Owen, Lampard, de los Cole (Ashley no salió ni una sola vez por su banda), de Gerrard. Si Inglaterra se acuerda de que tiene a otros (notables) futbolistas en su equipo, quizás encuentre un camino en este Mundial. Si se dedica a lo de ayer, no sé. En el fútbol cualquiera sabe, pero el peor Paraguay en mucho tiempo los acabó poniendo en las cuerdas. Ah, y otra cosa, de sus porteros no me fío un pelo. Michael Robinson dijo ayer en la narración de Digital+ que Robinson, su homónimo portero de Inglaterra, "no es Peter Shilton". Eso está claro: ni Peter Shilton, ni Ray Clemence, ni Gordon Banks. Ni siquiera David Seaman. Ni siquiera Tim Flowers. O sea.
Conclusión: no hay equipo que pueda ir muy lejos con Eriksson en el banquillo, Robinson de portero y Neville en el lateral derecho. Ese Neville es un caso. Su única fortuna consiste en que su hermano, el central, era mucho peor y entonces por comparación Gary ha acabado saliendo adelante. Lo que me hace pensar que si Alberto Belsué hubiera nacido en Scunthorpe en lugar de en el barrio de La Química, hubiera sido internacional con Inglaterra hasta que se le cayeran los dientes. Y diréis: ¿Belsué? Pues sí, Albertico Belsué: el único hombre sobre la tierra que ha hecho suplente a Cafú. Con dos pelotas.
Foto: Manute Bol, en franca lucha con el Colorado Gamarra. Buen toque con el pabellón auricular mientras el Toro Acuña (la ensaimada ya se le anuncia con esa incipiente claridad en lo alto del cogote), observa la jugada. El remate del corte de pelo sobre la nuca parece hecho con regla y transportador de ángulos.
10/06/2006
Las tres verdades de Rivellino

Rivellino tenía el 10 a la espalda, un cañón en la zurda y ese bigote que le enguye la boca e inspira las formas de un revolucionario. 'El País' publicó ayer una entrevista con él, uno de los diversos genios de Brasil en 1970, de la que extraigo tres verdades. A saber:
- "En México las crónicas me bautizaron como La patada atómica. Brasil siempre ha dado grandes pateadores como Nelinho, Eder o Roberto Carlos... Aunque a Roberto Carlos le falta un poco de calidad y de regularidad en el golpeo". (Esto lo dice hace años mi amigo César: tanto cañoncito y de cien faltas que dispara Roberto Carlos, 99 van a la grada. Eso no es un gran pateador de faltas por más que se empeñen).
- "No sé por qué en el fútbol priman los atletas. Porque si a un jugador técnico lo preparas bien, va a ser mejor que el atleta". (Así de simple).
- "Desgraciadamente, los españoles en los Campeonatos del Mundo no tienen ninguna tradición. Falta calidad en la selección española". (Ah, entonces no se trataba del gen competitivo, la presión, los extranjeros en la Liga, la falta de estilo, el infortunio, Al Gandour y compañía, la nación de naciones ni esas mandangas. Era más sencillo... Era cuestión de calidad. Me pregunto: ¿Cómo no nos habremos dado cuenta antes?).

