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El ídolo cojo

El ídolo cojo Yo sé que ahora es fácil hablar mal de él, pero en aquellos días adorábamos a Montero. El Cojo Montero jugaba en el medio, parado en el círculo, y desde ahí ordenaba el tráfico y todos parecían sus hijos. Le decían Cojo irónicamente, porque su izquierda era tan poderosa como inútil la derecha. No la tocaba con la derecha ni para dar un pasecito de dos metros. Pero cuando pateaba con la zurda, que era un martillo de carne, la cara se le hacía madera. Si hubiera existido un aparato para determinar la fiereza con la que le sacudía, a Montero el medidor se lo deberían haber puesto entre las muelas.

 

Pero además de un magnífico futbolista, Montero era un caudillo peligroso. Un día le metieron a negociar las primas y ahí empezó la guerra, porque Montero había oído de refilón al Che y su primo era cura guerrillero en la selva. Todo eso, batido en su cabeza primitiva, daba que el presidente merecía un puñetazo o que le pegaran fuego al despacho con el viejo dentro. Eso le dijo a la prensa, y desde entonces al presidente se le torcía la sonrisa con cada gol de Montero o si la afición le cantaba el nombre. “Que piense menos en el dinero y aprenda a jugar con las dos piernas”, bramó una vez. Montero le replicó: “Óiganme: mi mejor pierna es la derecha. La entreno para patear culos”. El Cojo terminó multado y en el banquillo, pero el equipo se puso de su lado a la japonesa, jugando todo el año como si les fuera la vi da. Ganaban y se lo dedicaban a Montero. Así nos llevaron a la final.

El destino quiso que el Cojo la jugara porque su relevo se lesionó. El presidente lo autorizó sólo después de tomarse una caja de digestivos. El partido fue apretadito, de esos en los que no se hace un claro ni aunque llueva la bomba atómica, pero hacia el final el Nene Sánchez, que era una motocicleta, se escapó y el portero lo tuvo que voltear. Penalti, un penalti inolvidable. Yo lo vi desde el fondo atestado del Bernabéu. Vi a Montero y supe que seríamos campeones, porque el Cojo no fallaba ni con los ojos vendados. Supe que el mundo era nuestro.

Entonces, aquel hombre echó a andar hacia la pelota. El portero lo vio venir y voló ansioso, aguardando el tiro cruzado. Sin embargo la pelota fue al otro lado y pasó por encima del larguero, antes de perderse en el quilombo de nuestra tribuna, blanca y azul. La gente se llevó las manos a la cabeza. A mi lado un tipo se desmayó y lo agarraron entre varios que masticaban insultos. Montero la había mandado arriba. Pensé que no podía ser, que soñaba, que había muerto. Comprendí al oír los gritos: “¡Cojo de mierda! ¡Lo ha tirado con la derecha, el muy hijo de putaaaa! ¡Lo ha tirado con la derecha!”. No recuerdo más. Luego confirmé que en la prórroga nos habían metido tres, y que el Cojo dejó el estadio disfrazado de policía. Ahora es fácil insultarlo, sí. Pero la verdad es que en aquellos días todos adorábamos a Montero.

 

Mediapunta, Mayo de 2005
www.mediapunta.es

 

 

 

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