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Somniloquios

WTC: visiones del ángel exterminador

WTC: visiones del ángel exterminador

Enterrados en un túmulo funerario hecho de escombros, dos policías conversan para espantar a la muerte. Tenemos a la muerte por un bicho silencioso y oscuro, un animal de la mente que aguarda sentado en una silla a la extenuación de la carne, con la guadaña en medio saludo militar y una caperuza negra que demora su perfil de esqueleto final. Los hombres hablan con otros hombres mientras mueren, y hay que recordar que se están muriendo desde que nacen. Si en algún momento advierten que los acecha la hora definitiva, hablan más que nunca o bien ingresan en un silencio aburrido de espera. Bergman jugaba al ajedrez con la muerte en un campo de batalla. Woody Allen escribió un relato mortal en el que el bicho entraba por la ventana del apartamento del sentenciado, pero éste se defendía con una cháchara hipnótica que ponía a la muerte en dudas sobre su propio destino. World Trade Center, la última película de Oliver Stone, son dos policías lloricas en trance de expiración bajo los escombros de las Torres Gemelas. El cazafantasmas americano habla de la muerte de 3.000 personas a través de la supervivencia de sólo dos. Al portero de noche del Hotel Metro esa disensión no le parecía nada bien. Resumía a la América que ha visto esta película con aprensión.

La crítica del New York Times decía: "Imposible no emocionarse". Bueno, pues por este lado no sólo no emociona (en general), sino que es tenida por una intrascendente historia sensiblera de aburridas familias angustiadas, policías de conversación irrisoria bajo las piedras y marines alucinados de patriotismo. No hay política y aquí queremos política, o sea... la política previsible: explicaciones previsibles, culpables previsibles, cabezas cortadas previsibles. Más bien queremos una previsible crítica incesante al gobierno del arbusto Bush, pero para eso tendría que haberla rodado Michael Moore. Y puede que a Moore le salgan bien sus habilidosos docudramas, con algunas escenas demoledoras y otras de argumento ventajista. Pero por ahora Michael Moore no ha rodado nada que se aproxime a WTC. Ni siquiera el WTC que ha querido y ha rodado Oliver Stone, un (discutible) homenaje a las pequeñas verdades insignificantes de cada víctima del atentado.

Vimos Wolrd Trade Center en un cine de seis plantas y 25 salas en la calle 42 de NY. Lo digo porque ahora pienso si en mi indulgente consideración de la película no participaría el contexto, el lugar, la visita de unos días antes a la zona cero... Será porque me parece rara la acusación de sensiblería cuando he visto cómo funciona la angustia en casos así (en la mañana del 11 de marzo de 2004, salí en un tren hacia Atocha justo a la hora en que comenzaba la tragedia. Cuando dos horas después mi móvil recuperó la cobertura en Guadalajara, 50 llamadas perdidas y dos docenas de mensajes me demostraron los ilógicos razonamientos que induce el terror). En WTC está narrada esa confusión, que culmina en una frase enorme después de la salvación de los dos policías: "Aquí dentro había miles de personas... ¿dónde está toda esa gente?". Sólo fueron rescatados 20 supervivientes bajo la montaña. Cinco años después, leo en el NYTimes, se han identificado apenas el 50% de las decenas de miles de restos humanos recuperados. Y eso es muchísimo. Son pedazos, no cuerpos. Será esta conciencia o que yo mismo soy un estúpido sensible. O que no tengo muy avanzado el prejuicio antiamericano, la verdad. Una cosa son las disensiones políticas y otra los prejuicios.

Las imágenes reales del 11-S proponen una ficción atroz que ningún filme podrá emular jamás. O pasarán muchos años antes de que alguien lo consiga y no en su totalidad, acaso parcialmente. Oliver Stone me parece valiente (extraordinariamente valiente) por acometer la tarea hercúlea de contar el 11-S y hacerlo antes que nadie, cuando cualquiera anticipa que la dimensión inconcebible de los hechos exige en estos momentos una película sin fin, imposible. Es el mismo valor que le otorgo a Scorsese en Gangs of New York, otra obra demolida: también una película de errores, cierto, pero en mi memoria la redime la grandeza de su mirada y el denodado intento por resumir una epopeya grandiosa en dos o tres horas de cine. El western precisó un género completo (y una enciclopedia de cientos y cientos de películas) para contar la odisea de la construcción de un país. Eso explica la dificultad de la tarea. Pero la sombra del avión que se dirige a las torres es un retrato preciso de la sombra del ángel exterminador, el perfil lírico de la muerte. Ese fugaz plano de Oliver Stone vale por un ciento de otras películas muy aplaudidas o premiadas, al menos para mí. Esos dos tipos pasaron un día enterrados en vida y uno de ellos vio a Cristo llamándolo con una botella de agua mineral en la mano. Es cierto que eso no funciona bien en la pantalla, que parece un instante del David Lynch enloquecido de Corazón Salvaje. Pero debió ser así y Stone lo quiso así. A dos de los terroristas que pilotaron los aviones los vemos estos días en un vídeo publicado por el Sunday Times, en animada conversación, sonriendo como beatíficos hijos de puta antes de sembrar la muerte. Para la cinematografía, no hay nada interesante en esa representación naturalista del hombre asesino; salvo la terrorífica verdad, que es una verdad inasible. Algo parecido, con todas sus equivocaciones, sucede en World Trade Center.

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3 comentarios

Mario -

Anónimos así le alegran a uno la existencia. Gracias y que te lleguen.

Anónimo -

Me recomendaron que leyese el post. Chapeau.

anónimo -

Comparto tu opinión. Que sea una película "sensiblera" no quiere decir que sea mala. De hecho, no puede ser muy mala, cuando media sala tuvo que hacer uso del pañuelo a mitad del film. En España, parece que sólo nos gusta la política...
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