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Domingos de trócolas

Domingos de trócolas

De entre las cosas que uno no aguanta del domingo, en las más altas posiciones aparecen los alegres mítines de los políticos en mangas de camisa y las carreras de coches y motos.

De los políticos... Por suerte (ganada durante años de infinita paciencia democrática, digo yo), en nuestros domingos ya no aparece Arzallus, uno de los seres humanos más intelectual y físicamente detestables que hayamos encontrado jamás, con ese verbo untuoso de cura redimido, las facciones blandas y la carne trémula de fanatismo en los discursos. Eso sí, había una (señalemos sólo una) diferencia esencial entre Arzallus y los chicos de ahora: los inevitables Mr. Rajoy y Mr. Zapatero. Arzallus decía algo. Algo. Barrabasadas, normalmente, tantas y tan seguidas que el rosbif dominical se te cruzaba en el gaznate al oírlo, y luego había que meterse ración doble de sorbete de limón al cava para aceitar eso. Pero bueno... mensaje tenía. Por su lado, Rajoy y Zp componen la pareja de políticos de discurso más inane posible, cada uno a su manera. Lo de Rajoy tiene mérito (lo del otro, más), porque fatiga el imposible absoluto: la izquierda, ventajista como nunca, lo tiene agarrado por los ous, y los propios le sierran el piso bajo los pies como monos iluminados al mando de un cortador de césped. Así que Rajoy tiene que quedarse (o sólo puede quedarse) en esa metafórica oratoria suya, de leve retranca galaica, que va muy bien para el Parlamento pero se pierde por el aire en los estadios de los mítines mañaneros del domingo. El PP debería desaparecer, digo yo, como los 4.400 de la serie aquélla, y volver a la vida reconvertido en cualquier otra cosa, silbando bajito, a ver si no se daban cuenta. No sé, esto no lo refunda ni el aflautado Hernández Mancha. En este momento, dada la finísima estrategia del aislamiento a la que ha sido sometido, su discurso es vaciado de un momento a otro con la misma simpatía con la que se desguaza a un toro recién lidiado. Por su parte, Zapatero representa al hombre indecible, el que nunca estuvo allí ni en ningún otro lugar. Es Emilio Butragueño, pero en presidente. Nadie sabe de qué manera, pero todos coinciden en la boba genialidad de sus actos. Naturalmente, los contrarios quieren matarlo: no se puede ser tan hábil (ya no digamos inteligente) con esa cara tan nimia. El tipo sabe lo que hace. Pero... ¿sabe por qué? Sus modos componen un grácil artilugio de palabras etéreas que en cualquier otro tiempo y circunstancia habrían puesto al presidente contra la pared; pero no a Zapatero, que es el campeón de la futilidad zurda triunfal.

(Yo no sé qué hago de analista político, la verdad. Con lo que razonaba Norman Mailer para hablar de las convenciones demócratas de Kennedy y lo facilón que lo hago yo todo...).

En realidad, yo quería hablar de Alonso, el virtual campeón del mundo de Fórmula 1 después de su victoria en Japón. Lo correcto sería alegrarse de este nuevo triunfo del deporte español (tontería importante, claro...), pero es que, además de que Alonso me parece un tío tan engreído y antipático como español, tropiezo con una cuestión semántica: el automovilismo no es un deporte, para mí. Y ojo que digo para mí, así que admito las disensiones pero no entro en debates. No lo es. Ni el automovilismo, ni el motociclismo, ni el rallyismo ni el resto de ismos. Y no me cuenten que están muy bien preparados físicamente (que sí, como los toreros y los astronautas), y que pierden dos kilos por semana en la carrera: también yo, y sin subirme al coche. Las carreras son competiciones, nada más. Falta la belleza estética del esfuerzo, que resulta sustituida por esa belleza algo atroz de la mecánica y la ingeniería. Competiciones. Como competiciones son las competencias de caracoles o grillos, el lanzamiento de boñiga de rumiante, el campeonato de ingestión de salchichas de frankfurt en Coney Island (gracias, JCuartero) o el Saber y Ganar. No digo yo que no resulte emocionante, disputado, adrenalínico (qué estupidez de palabra), fascinante, yo qué sé. Pero chico... A mí me deja frío la emoción de las ruedas, las revoluciones, el reglaje, los cilindros y todo eso. Como razonó mi sabio padre cuando se quedó con el modestito Fiat Punto: "A mí ya no me seduce la velocidad".

Hace cierto tiempo me crucé con un conocido que necesitaba que le pusiera en marcha su coche conectándolo al mío por las míticas pinzas. Gustoso, le abrí el capó de mi auto y lo invité: "Mi motor es todo tuyo. Si tú sabes dónde está, conéctalas... y a conducir como papá". Así lo hizo. Me he visto forzado a cubrir algunas competiciones de free style, triales indores y carreras de karts, cuyas crónicas afronté con acabada tristeza existencial. El periodismo es así, una trampa mortal, niños. Si un señor mayor os invita a cruzar la calle y os aconseja estudiar Periodismo, desconfiad: pedidle rápidamente que os dé caramelos. En fin, aquellas noches... Cuando los tíos se ponían a quemar la rueda y dibujaban humeantes círculos negros de goma incandescente, el rugido general me producía vergüenza ajena. Y eso que hay algo en las motos que me llama, algo muy lateral: el relato Los Ángeles del Infierno, de Hunter S. Thompson, que recomiendo con fervor; las Harleys, las chopper de Easy Rider Hopper, esos cromados, tal y tal; los diarios de motocicleta de Noa por Ingerland. Sí, amigos: a mí también me encantaría conducir una motocicleta con chupa negra de piel como la del doctor Gregg House... Pero lo anotó Joseph Conrad: "El hombre nació cobarde. Es una dificultad".

¿Y Alonso? Bueno, ahí está. Dos veces campeón del mundo. Innegable como el sol. Me repugna, sin embargo, el empeño en defender que cuando gana, es un genio, y cuando no gana, un tipo afligido por la ineptitud de todos los que lo rodean. Como no entiendo nada del tema, no me meto más. Me pregunto si Alonso se convertirá en el próximo, y pesadísimo, Carlos Sainz: bicampeón del mundo durante muchos años, y luego acumulador de toda suerte de vicisitudes para no ganar nunca más. Alguien debería reunirlas en un libro: las mil y una conspiraciones del Universo contra el tercer Mundial de Carlos Sainz. Pero hablo de un libro riguroso, documentado, enciclopédico, no de hacernos los graciosos. Carrera por carrera, desde el segundo mundial. Cada accidente del destino, un capítulo, con diagramas explicativos de cómo funciona el elemento en cuestión, en qué consiste, cómo ocurrió, el build up hasta el desastre de ese día concreto, culpables, responsables, casuística. Una cosa seria. Ya digo, a capítulo por derrota: el equilibrado, el navegador, la tapa del delco, la servodirección, el libro de ruta, las vacas flacas del Serengeti, la gasolina, el tuercas, la junta de la trócola, la meta unos metros más allá, la liebre peluda que se cruzó, la inmarchitable mala suerte, la conspiración global contra el español... ¿Los rivales? Qué dice usted, ahí no hay capítulo: contra los españoles nunca ganan los rivales, perdemos nosotros o nos derrotan las circunstancias. Los históricos elementos. Los aros italianos, la presión, el enfrentamiento intestino. Lógicamente, el mejor título para ese libro maravilloso no escrito (salvo opinión contraria del profuso Javi Hernández) sería el que todos sabemos: "¡Trata de arrancarlo, Carlos!". No descubro nada.

pd: Hablando de conspiraciones. Lean Mi amigo Mickey, el maravilloso cuentito de Roberto Fontanarrosa sobre el empeño en una conspiración universal contra la Argentina.

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8 comentarios

Mario -

Menos mal que hacemos una memoria entre todos, porque si no... Cierto, esa fue la segunda caída. Somos, Eduardo, los únicos capaces de caernos de una moto parada. Pero a la que me refería fue a otra, yo solo. Iba despacio y caí en una curva empedrada llegando a casa. Juré tantas veces, tan variadas y seguidas, tan alto, que un par de viandantes que se detuvieron a asistirme estuvieron por irse, acollonados...

eduardo -

Seguro que el día que te caiste había alguna circunstancia añadida que fue la culpable. No se... nocturnidad, que llevabas un "paquete" chungo o algo parecido. Además esa moto tenía una apertura de gas muy nervioso

Mario -

Fíjate Kikone que aún no ando convencido. Ahora, si tú me dices que no le doy, no le doy. Pero para mí que agarraba mejor antes.
Alex: yo hablo de grandes motocicletas. 'Nuestra' moto no entra en el terreno del miedo. Grandes momentos. El día que me caí, la única vez que me caí, iría raseando en una curva a diez por hora... Y hay que joderse el daño que me hice en la rodilla.
Anónimo: no es lamentable el deporte, lo lamentable es la escasa cultura deportiva (que no se trata de saberse las alineaciones)...

Gonzalo -

Me quedo con las clásicas causas: la conspiración judeo-masónica y la ola de erotismo que nos invade.

Anónimo -

"...contra los españoles nunca ganan los rivales, perdemos nosotros o nos derrotan las circunstancias" Según el Telediario del sábado, la selección de hockey femenino perdió la semi-final debido a un apagón. Es que las australianas llevaban equipos de visión nocturna ¿o que? Que tramposas. Si así ganan los rivales, no hay nada mas que decir. Lamentable el deporte hoy en día.

Kiko -

Deberias de recordar que en toda la gama Audi-Seat-Wolkswagen, el pilotito amarillo que indica la activacion o no del control de estabilidad, va al reves, es decir cuando esta encendido en el cuadro significa "QUE NO LO LLEVAS ACTIVADO".

Por el recrudecido y agrio debate que nos llevo durante algunas semanas...

Kiko -

Deberias de recordar que en toda la gama Audi-Seat-Wolkswagen, el pilotito amarillo que indica la activacion o no del control de estabilidad, va al reves, es decir cuando esta encendido en el cuadro significa "QUE NO LO LLEVAS ACTIVADO".

Por el recrudecido y agrio debate que nos llevo durante algunas semanas...


"Lo que hacemos los mecanicos, oche..." - Proverbio Informatico

alex -

¡¡¡Mario!!!, ¿y la supermoto que te vendí? No me hables ahora de cobardía. Te olvidas de los malvados daneses que nos hacían jugar en moqueta para ganarnos en la Copa Davis. ¡Ese bote no se podía parar! Mira que no ponernos una tierra batidita...
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