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Somniloquios

Los días

Somniloquios se marcha...

Somniloquios se marcha...

Somniloquios se marcha... pero no demasiado lejos. Se va para quedarse, para ser otra cosa siendo lo mismo. En realidad, se trata únicamente de un cambio de dirección (para vosotros) y de servidor (para mí). Somniloquios (la versión 2.0, digamos) estará ahora en esta otra dirección: ornat.wordpress.com. Y estará siempre aquí, por supuesto, porque los cientos de páginas de estos años permanecerán en este mismo lugar, mientras dure blogia. Si cambio se debe a motivos prácticos, a problemas en la edición de los textos, a una búsqueda de mayores medios para darle forma a lo que quiero hacer, y a las dificultades de carga que muchos me habéis manifestado a veces. Todo esto apenas constituye una queja. El diseño quizás parezca algo más moderno, pero se trata de una simple cuestión de búsqueda de plantillas: también aquí lo hubiera podido cambiar. Me siento obligado a agradecer la hospitalidad de blogia, por ser un proyecto maravilloso y darle forma a una aspiración muy personal que siempre tuve y nunca pude cumplir en mis diferentes puestos de trabajo: escribir cada día de lo que yo quisiera, sin estrecheces de disponibilidad, ni de temas, ni de formas. No estaría bien que yo escribiera de cine en una crónica del Zaragoza en AS, aunque he bordeado y tratado de violentar siempre los límites. No sabéis hasta qué punto Somniloquios satisface todos esos sucios deseos íntimos...

Espero, porque lo necesito, encontraros a todos en el nuevo Somniloquios. Y que sigáis comentando con el mismo calor y la misma inteligencia y sensibilidad y afecto de siempre. Seguidme... por favor.

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Vivir dormido

Vivir dormido

La otra noche soñé a Jorge Luis Borges, el célebre autor argentino, comentando la jornada de fútbol en un programa de televisión. La imagen contenía esa lógica deshilachada que distingue a los sueños. Borges no estaba solo, lo acompañaban otros comentaristas. Sus rostros eran imprecisos, aunque pienso que debieran resultarme conocidos a la fuerza. Como si quisiera subrayar la disonancia de su aparición en ese contexto, Borges estaba sentado en una butaca elevada, como de mostrador de bar, separado de la mesa y de los otros; también su dibujo era mucho más exacto que el resto: aparecía mayor, notablemente ciego, como el Borges que conocemos, y jugaba con un bastón cuyo asidero hacía girar entre las manos al escuchar a sus contertulios con la barbilla elevada (debe de ser que el sonido de las voces se escapa hacia arriba y para hacerse con ellas hay que ir a buscarlas allá, antes de que lleguen al techo). Sonreía un poco, con la inseguridad de quien teme ser observado sin saberlo, o tal vez porque se le quedó ese gesto reflejo al extraviar la vista. Tal reunión de severidades corporales desembocaban en una inevitable coincidencia: el Borges de mi sueño componía el mismo perfil que le viera en sus entrevistas con Soler Serrano.

La mayor parte del tiempo permanecía callado. Me pareció normal, no puedo pensar en nadie más ajeno al deporte (más ajeno y próximo a todo) que Borges: "Yo creo que habría que inventar un juego en el que nadie ganara", se le oyó recomendar en alguna ocasión. Cierto que escribieron con Bioy Casares aquel formidable cuento de fútbol, titulado Esse est percipi (Ser es Ser Percibido). A partir del principio fundamental del Idealismo Subjetivo de Berkeley, construyeron un relato que desvelaba la total desaparición del fútbol e incluso de los estadios donde se jugara. Ya no había partidos, sólo transmisiones radiofónicas de partidos. Todas las jugadas, los goles, las circunstancias, las clasificaciones, el nombre de los protagonistas, sus biografías, desde luego los resultados, los componía la narración en los transistores de los domingos: la interpretación, rigurosa y entusiasta, de un guión acordado de antemano. La realidad del balompié había sido suplantada por una recreación y su percepción. El hombre al que se le ocurrió esa divertida monstuosidad estaba en el televisor de mi inconsciente, haciendo consideraciones a los goles del Numancia. En un momento dado alguien ofreció un dato que no recuerdo, algo como que tal o cual equipo consiguió ese mismo número de puntos en año remoto a estas alturas de la temporada. Lo dijo con absoluta seguridad, con esa absoluta seguridad que autoriza la ignorancia del resto (los que acompañan, los que escuchan, los que ven y los que presentan), que dan por bueno el dato. Entonces, en ese preciso instante, cortando el lugar en dos mitades, Borges regresó de su ciego silencio y dijo, en voz perfectamente segura y audible: "Disculpe usted que le corrija, pero ese equipo fue el Segovia". Y yo, dormido, me puse a reír como un poseso. Y fui corriendo al teléfono a contarle a López la última ocurrencia de Borges. ¡El Segovia!

Si vuelvo a los sueños es porque no tengo nada más que contar. Podría hablar de que he terminado una (otra) demoledora novela de Emmanuel Carrère, que me perturba, o de cómo me divertí y luego me aburrí con John Fante, del libro del genial Roberto Miranda, de la cena de los 15 años del Zaragoza Celtic, de Ashes of American Flags, de Wilco, o del concierto que iré a ver en junio a Barcelona... Pero hablo de sueños porque se han apropiado de la realidad al asalto, una realidad cada día más adelgazada. La languidez hacia la que ha resbalado este espacio en los últimos tiempos tiene que ver con mi propia languidez. Cada vez más a menudo pienso en clausurarlo, en quedar callado, en que no tengo nada más que decir o puedo decirlo de otro modo, sin exponerlo aquí, en este "vasto círculo de amigos invisibles". Ya no divierto, ya no me divierto. Sueño al dormir y al despertar duermo. Cada mañana me pregunto qué día es y sólo a veces logro responderme de inmediato. Por lo general, me toma unos cuantos minutos establecer relaciones suficientes en la luz, el silencio de afuera o la tramoya del día anterior. Se trata de un ejercicio tan inconsciente como perfectamente inútil. En pocos minutos, la singularidad del día queda ahogada por el invariable vacío de todos los días. No es culpa de los días, es mi culpa. Soy yo quien los ha vaciado de contenido. Vaciarlos es mi forma de desactivarlos de significado, de importancia, de valor y de verdad. Hago más cosas que nunca (escribo a veces, leo, oigo música, pienso en música, voy a ver el ciclo de Buñuel en la Filmoteca, miro partidos de rugby, juego partidos de rugby, voy a entrenar, estudio los manuales de batería, salgo a tomar fotos, a veces trabajo...) y por el contrario siento los días más vacíos que nunca. Búsquese actividades, distráigase, frecuente sus aficiones, ha de haber un montón de cosas que a usted le alegren, suelen decirte los médicos. Yo lo he hecho, aun sin diagnóstico previo, y por ese camino lo que he logrado ha sido despojar cada día de su pesada cuota de realidad. Supongo que se trataba precisamente de eso. De ser uno más, tal vez. Ahora que casi todos los días son mentira, casi todas las noches son verdad. Puede que tú hayas terminado con el pasado, pero el pasado no ha terminado contigo. Por suerte, aprendí a negar el influjo de los sueños en la arquitectura sentimental de las mañanas, a diluir en la primera evacuación la amargura diferida que es su sedimento, como una olvidada canción que se repite. Despierto y niego los sueños como niego todo lo demás. O los escribo aquí. "La Literatura no es otra cosa que un sueño dirigido", anotó Borges. Caliento la leche, disuelvo café, mojo unas galletas y cuelo en un trago la química redondeada de cada mañana. Una pastilla me llena de vacío.

El ocelote

El ocelote

Estos días me acosan sueños diversos, lo que supongo variaciones arbitrarias de otros miedos, algún recuerdo distorsionado o un presente con máscaras. Rostros barajados o anticipos de un probable futuro por cuenta ajena. Como estos mismos somniloquios a los que les prestaron el nombre, esas imágenes inconexas -tan bien urdidas- provienen de fuentes variadas y mueren exactamente en el mismo vacío, que es la mañana. He añadido horas de sueño a las que siempre tuve por habituales. Ahora duermo más y vivo menos, y por ese hueco de tiempo entregado a la noche (rendido, supongo que debería decir) se han colado estos accidentes oníricos que me relatan múltiples posibilidades alternativas a la vida que llevo. Y ninguna, he de decirlo, es más ventajosa que la real. Ni más feliz. De algún modo he advertido que casi todas las resoluciones adoptadas en mis sueños me son desfavorables. Mis sueños debe manejarlos alguien que no me quiere. Quizás yo mismo.

Estas últimas noches ha venido a visitarme un ocelote. Han sido unas cuantas, todas consecutivas, y siempre el mismo animal. Fui tomando conciencia de la insistencia del sueño después de varias mañanas, cuando pude comenzar a reconstruirlo. Después ha continuado unos días más y ya no sé cuándo ni cómo termina. La aparición del ocelote en mi vida careció de anuncio. Sin más, un día cualquiera él estaba paseando de lado a lado de la terraza y yo lo entreveía sin querer mirarlo del todo, ignorándolo igual que ignoraría a un gorrión en el alféizar de la ventana. Vienen, picotean y se van. Pero el ocelote no se iba. Cuando me asomé la primera vez a observarlo, preguntándome con mucha lógica qué hacía un ocelote en mi terraza, el animal me miró a mí con la misma fijeza que yo a él, tal vez preguntándose qué hacía un hombre en el living de su casa. Quizás nos estábamos soñando mutuamente, de una manera borgiana.

Traté de ignorarlo. Pasó otro día. Volví a dormir. Ahí estaba de vuelta el ocelote, altivo, ligero y con una mirada en la que uno podía interpretar cualquier cosa. En los sucesivos episodios del sueño les pedí a algunas personas, a las que ahora no identifico en el recuerdo, que viniesen a ver al ocelote que paseaba de lado a lado de mi balcón, allá afuera, con ese tranco de vaivén amenazante con el que mueven sus cuartos traseros los felinos cuando caminan despacio. La gente venía y miraba. Preguntaban: "¿Ese ocelote es tuyo?". Qué coño va a ser mío un ocelote, me indignaba yo, rebasado por la coherencia de la pregunta... Pasaba otra noche. Volvía el ocelote, siempre de un extremo a otro. "Vas a tener que dejarlo entrar", propuso alguien. Ni hablar, dije con firmeza. El ocelote se paró en seco y me miró. No le podía sostener los ojos, tenía ese poder disuasorio de las pupilas inflamadas a la luz.

A la tercera o cuarto noche, dignamente enojado, resolví que el asunto no iba conmigo, por más que fuera mi propio cerebro el promotor de la existencia de ese animal. Me propuse no pensar más en el dichoso ocelote. Ya se pasaría. Bastaba con dejar de soñarlo y a mí no se me da mal manejar mis sueños. ¿Qué hacía un ocelote en el balcón onírico de mis noches? Para proteger mis argumentos, comencé a razonar -esto lo hago a menudo- como espectador del sueño que yo mismo protagonizaba. Parecerá extraño, pero yo sueño con rotunda conciencia de que estoy soñando, y muchas veces trato de dirigir la secuencia, como si mirara a un escenario y les hiciera indicaciones a los actores. A veces lo consigo. En ese estado intermedio de conciencia, me pregunté por qué un ocelote y no un felino más rotundo, con más prestigio, digamos: un león, un tigre, tal vez un guepardo, no digamos un puma o un jaguar si es que había de ser un tigrillo suramericano... ¿A santo de qué un ocelote?

A continuación traté de dirimir si ocelote se escribe con ce o con zeta. Pensé en los zelotes. La misma pregunta. Luego recordé, siempre soñando pero con mucho acierto, aquellos documentales sobre los servicios de protección contra alimañas que tienen en lugares en los que los núcleos urbanos han invadido terrenos animales. Una especie de cazadores de ciudad, que salen al cruce de encuentros inesperados: caimanes que acuden a bañarse en la piscina ajardinada de una casa en Florida, serpientes mocasín en el marco de la ventana de un hogar en Nueva Gales del Sur, osos polares que cruzan la calle en algunos pueblos de Alaska, mapaches peligrosamente enloquecidos por el miedo en los armaritos de la despensa... ¿Pero quién iba a gestionarme a mí en este país el asunto del ocelote? ¿Debería llamar a la Guardia Civil, a los Bomberos, al Seprona, al Encantador de Perros?

Finalmente, una de esas noches me rendí a la evidencia: el ocelote no se iba a ir. Estaba allí para que yo abriera la puerta de la terraza y lo dejase entrar. Sus intenciones, desde luego, resultaban del todo imprevisibles. ¿Usted permitiría a semejante animal pasar a su salón y tomar asiento en la chaisse-longue? Digamos que yo tampoco, ¡ni en sueños! Sin embargo, me vi obligado a hacerlo. Me aproximé a la puerta de la terraza y el bicho se sentó al otro lado, con el pecho erguido y en calmada actitud de espera. Cuando le franqueé el paso, apenas me miró. Envarado, aguardé a que se me tirase al cuello para asfixiarme o me mordiera uno de mis sabrosos muslos, pero algo me dijo que no lo haría. No lo hizo. Entró en la habitación y, cuando hube cerrado el balcón, el ocelote me dijo como si no hubiera ninguna otra posibilidad: "He venido para quedarme contigo". No respondí. Bastante era ya que el ocelote hablase; el contenido del mensaje me pareció incalificable. No importa que hablemos de un sueño: esa intención de quedarse conmigo me pareció un exceso en toda regla.

Ahora nos paseamos juntos por el parque. Cuando oye las explosiones guturales de advertencia de las cotorras argentinas que aletean sobre los aligustres, se pone tenso. Para no despertar temores, lo llevo atado con un collar blanco de piel y una cadena. En libertad, el ocelote se alimenta de pequeños vertebrados, aunque tiene envergadura suficiente para hacer sucumbir un venado en sus fauces. Pienso que tal vez debería incorporarlo a una patrulla de FCC y ayudaría a la limpieza de las plagas ribereñas del Huerva. Tal vez así conseguiría que le otorgaran una medalla de Defensor de Los Sitios, como a Fernández de la Vega. Creo que mi ocelote debe estar tan interesado como ella en ese tipo de distinciones. Durante el día se muestra somnoliento y aprovecho su pereza para acariciar, no sin temeroso deleite, su bello pelaje, trenzado de dibujos. Cuando comemos, observo con disimulo sus colmillos, y al verlo alimentarse de la enrojecida carne cruda que me separa el carnicero, despierta en mí un terror muy concreto. De algún modo, él sabe que lo temo y no se molesta en aliviar esa inferioridad mía.

He leído que el ocelote es animal de hábitos nocturnos. Saber que está despierto y alerta mientras yo duermo me genera una profunda inquietud. Presiento que cualquiera de estas noches puede ceder a la llamada de su naturaleza salvaje. El sueño se ha repetido durante más de una semana, pero confío en que estas líneas lograrán, de algún modo, conjurarlo.

El hijo tonto

El hijo tonto

No sé si mis padres alguna vez llegaron a pensar que tendrían un hijo director de un periódico. Si la conjetura me incluía a mí, a estas horas se habrán convencido ya de que estaban equivocados. Ahora queda claro quién era aquí el listo y, sobre todo, quién es el tonto. Hay que decir que, pese a las apariencias, el destino ha respetado de forma escrupulosa no sólo ese, sino otros órdenes naturales: para empezar, el del primogénito, que acarrea su indudable peso; y, aún más importante, el que quedó establecido en esta historia desde el principio. El primero que quiso ser periodista en casa fue mi hermano; digamos que yo le seguí y que, si mi hermano mayor había tomado esa posibilidad como la preferida, bien había de estar. Seríamos periodistas, cada cual a su manera. Es obvio que debí desarrollar mi espíritu crítico mucho antes o bien dirigirlo a los asuntos adecuados. Con su resolución de ser periodista me estaba arrastrando a un bosque en el que iba a saber desenvolverse mucho mejor que yo, el tunante. Mi padre debió tomar cartas en el asunto, pero los buenos padres no hacen ese tipo de cosas, aun a su pesar. El resultado es éste: el Nan ha atravesado el laberinto y yo doy vueltas sobre mí mismo. Como siempre digo, para mí el periodismo es un trabajo temporal a la espera de algo mejor. Una trampa de la mente. Como no sé hacer nada más, ahora me dedico a aprender a tocar la batería, en la frívola esperanza de retirarme como miembro (secundario) de una banda de rock o bien escarbar aún más abajo en mi bohemia vida interior formando parte de un ignorado grupo de jazz.

Así, mientras yo hago fotografías de jilgueros por los parques y a lo más que alcanzo es a capitán sobrevenido de mi equipo de rugby, ahí está el Nan, con su traje gris y su corbata naranja, con el nudo cuidadoso, amplio y florecido bajo el cuello. Director de periódico. Los Ornat sabemos por herencia que unos zapatos baratos o sucios arruinan cualquier traje por elegante que sea; y que el vuelo del terno por encima de la media depende del nudo de la corbata. El nudo no se hace para sujetar la corbata sino para sostener al hombre. No se trata de un mero formulismo, es una definición, el subrayado preciso: a pesar de esa mirada de pánfilo escéptico que trata de quitarle importancia al pie de foto y a la situación que define la imagen, este hombre de corbata naranja es el nuevo director de Equipo. Tengo que consultarle a Ali cuál es su opinión al respecto.

Un periódico en la calle

Un periódico en la calle

Mientras en uno o varios despachos alguien decide quién de ellos se irá al paro, los muchachos de Equipo permanecen firmes en su ejercicio diario de periodismo, actividad que -en el mejor de los casos- consiste en enfrentarse a la realidad con una estrategia a medio camino entre la esgrima y la lucha libre. También los de el Periódico de Aragón, que resisten la misma amenaza, y no me voy a olvidar de ellos porque a ese diario le debo un tanto por ciento elevadísimo de lo que sé de periodismo. Pero hablaré de Equipo. Porque el Equipo de hoy constituye uno de los más acabados ejemplos de heroísmo periodístico que yo haya contemplado jamás; y, como todos sabemos, las heroicidades se desarrollan en modesto silencio y no están animadas por voluntades trascendentales, sino por el simple y casi rutinario cumplimiento de un deber moral.

Estoy seguro de que ninguno de los chicos precisó una reunión matinal o vespertina para considerar, votar y resolver que el periódico que hoy debía salir a la calle había de ser un gran periódico, porque el día informativo (que es una mentira con ruedas) reunió ayer tal intensidad que había que responder como en los grandes días. O al menos intentarlo. Equipo lo hizo, en mi modesta opinión, mejor que nadie. Y lo hizo sin necesidad de cónclaves, sin ese proceso que sin embargo sí es necesario para armar una cacerolada de protesta a las puertas de la empresa o expresar la frustración con silbidos o, en el peor de los casos, dejar los brazos caídos y las máquinas paradas en un día de huelga. Nada de todo eso hace falta para construir un gran periódico, un periódico que se aproxime tanto a la precisa realidad (esa imposible meta del periodismo diario) como lo hace Equipo en su edición de hoy; un periódico que quiera entretener y servir; un periódico que quiera el rigor, la opinión, la información, la valentía y la entrega a un oficio, y que consiga todo eso de modo paradigmático; un periódico que defienda de modo tan extraordinario la inquebrantable voluntad de prestigio personal y colectivo que un informador persigue a diario: con su nombre por delante, matiz que casi todo el mundo pierde de vista y que constituye una diferencia crucial en la forma de enfrentarse a la jornada laboral. Un periodista es su firma. No es nada más. Una firma. Un nombre. Un hombre.

A cualquiera le parecerá que no hay gran mérito en este tipo de cosas. El mérito mayor no es ese. Está aquí, en otra perspectiva que ahora alumbraré: a estas alturas, en la circunstancia bajo la cual trabajan cada día en Equipo desde hace algunos meses, con una guillotina colgando del techo (y maldita sea la puta metáfora), en cualquier otro lugar habría corrido la sangre con la que los mediocres sacian de forma anónima la sed que les infunde el terror de su propio espejo, al que pretenden engañar todas las mañanas del mundo. Habrían volado los cuchillos ocultos entre telones, correrían las ratas por cubierta y en la aséptica mentira acristalada de los despachos se ocultarían grupos de portentosos estúpidos que descuartizarían el atribulado prestigio del tipo que se sienta en la mesa de enfrente, en la de al lado, la de atrás o en el piso de abajo. Para los que están acostumbrados a comportarse en un diario como se comportarían en la representación de una tragicomedia palaciega, para los que desconocen la gallardía de la sinceridad, para los tristes supervivientes del día a día, para los becarios de su propia existencia (qué bien dicho quedó aquello cuando fue escrito), para todos esos resultaría imposible entender por qué Equipo (que no es una cabecera, es la gente que lo piensa, lo hace, lo escribe, le da forma y lo pone en la calle) permanece inmutable en su convicción de que la amistad es la materia fundamental de la vida, y que todas las demás posibilidades derivan de ella.

Nadie premiará el ejemplar que Equipo ha publicado hoy. Ninguna asociación observará que no hace falta destapar un escándalo financiero o político para ejercer esta profesión con grandeza cotidiana. Nadie aguardaría anoche a la salida del trabajo a todos esos muchachos para darles un abrazo o un beso por lo que acababan de hacer, algo que era sin duda distintivo siendo igual. Y hoy ese diario lo comprarán o lo habrán comprado más o menos los mismos lectores que lo compran cualquier otro día o que lo han comprado todos estos años. Nadie reconsiderará las decisiones que ya están tomadas o las que se tomarán, porque esa posibilidad ingresa en los territorios de la utopía y de la utopía, que es quizás el alma que oculta el motor del Periodismo con mayúsculas, las empresas no saben ni quisieron jamás saber casi nada. No habrá un final feliz para esta historia, sea cual sea el final. Sólo habrá -un día más, como cualquier otro día, como todos los días- lo que siempre hubo y habrá mientras sea posible: un periódico en la calle.

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¿Por qué no se callan?

¿Por qué no se callan?

En 1993 hice un viaje desde Orense a La Coruña en el coche del narrador y el técnico de Antena 3 Radio. El CAI había jugado, y ganado, unos cuartos de final de la Copa del Rey a Estudiantes en la primera ciudad, pero debía trasladarse a La Coruña para las semifinales con el Joventut. Cruce que perdería, pero eso no importa mucho. Lo que importa es que, por intermediación de Mario Pesquera, me colé en el auto de los de Antena 3 Radio. Eso me permitió conocer a Andrés Montes, una voz que conformaba con Gaspar Rosety y Siro López la que para mí constituía la Santa Trinidad de la narración deportiva en aquellos días, sobre todo en los partidos de baloncesto. Montes, a quien saludé el año pasado en La Romareda y le recordé aquel viaje, era y es un tipo de trato excepcional. Es exactamente el tipo que parece en las narraciones, más allá de que a uno le guste o le repela su estilo. No voy a eso. Pero es divertido, ocurrente, muy riguroso y mucho más preciso en sus juicios de lo que deja entrever el singular desenfado de su forma de narrar. Sobre todo, Andrés Montes es un melómano, y ahí vamos.

Durante todo aquel viaje condujo el técnico (como es de ley) y Montes iba a su lado. Yo atrás. Montes me trató como si me conociera de toda la vida (como hizo el año pasado en La Romareda, aunque no me recordase ni a mí ni recordase el viaje que hicimos juntos), me hizo reír, hablamos de baloncesto y de música. Su profética obsesión de esos días era la invasión de la palabra en la FM. Durante todo el viaje buscó incansable la música en el dial del aparato de radio del coche, quejándose de la palabra, la palabra: en la FM, la banda que nació para las fórmulas musicales, la palabra estaba tomando el mando de forma silenciosa (contradicción estratégica) e implacable. Estos días me acuerdo de Montes. Pongo Radio 3, pruebo a poner Radio 3 muchas mañanas, y compruebo que la palabra ha invadido de modo definitivo el penúltimo reducto que le quedaba a la música (a la música, no a las cancioncitas, diferencia fundamental...). Y además no es la palabra precisa, sino la palabra dirigida. La última reforma de Radio 3 y la desaparición de algunos de sus históricos presentadores habían erosionado mi larguísima fascinación por esta emisora, en la que me eduqué y crecí musicalmente desde los primeros días en la Universidad. Con esta invasión panfletaria, ya no sólo ha muerto la fascinación sino, peor aún, la costumbre de abrir un ojo y ponerla al mismo tiempo que ponía el primer pie en el día. Y pasar con ella toda la mañana y los ratos libres.

Primero fue el reordenamiento de los programas, costumbre que hemos resistido durante años. Luego desaparecieron los locutores y, ahora, se bate en retirada la música como primera condición de las emisiones. La palabra interrumpe constantemente. Se diría que ahora hay música entre las palabras, demasiadas palabras; y demasiados mensajes con un aroma de propaganda de unos valores que no me parecen ni bien ni mal, pero que siempre van hacia el mismo lado. Una cosa era que Radio 3 ejerciera de ventana a iniciativas artísticas o sociales, lo que me parecía perfecto, y otra que de ventana haya pasado a altavoz. Parece que quiera impartir la asignatura de Educación para la Ciudadanía en versión adultos. Esta mañana he puesto Hoy Empieza Todo. Enseguida he sentido nostalgia de Música por Tres, de El Bulevar de Chema Rey y sus descorteses cortes en los concursos de oyentes; de El Ambigú, donde resiste a otras horas el magnífico Diego Manrique, de los días en que no me perdía ni una sola emisión de Diálogos 3, de otro narrador genial de baloncesto y rugby, Ramón Trecet; el Discópolis, el Flor de Pasión, el Disco Grande de los sábados por la tarde, El Diario Pop, el insustituible Área Reservada, la versión clásica de Siglo XXI de Tomás Fernando Flores... No sé, esos son los programas que me han forjado un oído musical, a mí y a mucha gente. Y los que me han entretenido, por encima de todo. Ahora Radio 3 me aburre. Y me molesta. Me molesta que me aburra tanto y me molesta que me moleste con consignas. El único aleccionamiento posible en esa emisora fue siempre la introducción del locutor al siguiente tema, en la que uno siempre podía aprender algo.

Esta mañana, después de la primera canción, una voz ha empezado a hablar de la LOE y de los colegios con separación de sexos y de la posibilidad de que las administraciones elijan no subvencionar a los colegios que discriminan por sexos; y luego, enseguida, han glosado el dato de que en la Comunidad de Valencia hay cinco de esos y que todos son del Opus Dei y no sé qué y que, en fin, he apagado y ya no volveré a encender. Porque cuando no es una cosa es otra, pero están todo el día con la matraca. Y la verdad, yo no tengo ánimo para más matraca y menos en Radio 3. Así que bye, bye. Se acabó la paciencia y se acabó Radio 3. Que catequizen a otro. Es una pérdida sentimentalmente grave, pero a partir de ahora (y mientros sigo buscando más alternativas, que seguro que las hay) quedo adscrito a mi propia discoteca (la digital y la material) y a AccuRadio, emisora de internet en la que no hay palabra, nada de palabra, y puedes elegir entre un sinfín de estilos musicales, del jazz al pop de los 60, del swing al hip-hop, del dance a la música clásica, o del rock alternativo o el R&B, pasando por todo lo actual y lo reciente. Ahí nadie habla. Al menos, por ahora.

[Foto: Jesús Ordovás, héroe y maestro -aunque suene excesivo- del Diario Pop. La foto está tomada de su web, donde la nostalgia suena a buena música].

La soledad del corredor de pollos

La soledad del corredor de pollos

El día 31, a las seis de la tarde, me corrí la primera popular urbana de mi vida, la San Silvestre de Zaragoza. Versión reducida, ojito, porque un diez mil me hubiera impresionado sobremanera y ya no tengo edad para emociones fuertes. Así que salimos ahí al Paseo Independencia a despedir el año con otros 2.000 desocupados. Decía la animosa publicidad: “No hay mejor forma de despedir el año que haciendo deporte”. Y yo, que me gusta tanto el deporte, pensaba: si sabré yo que hay maneras mejores de despedir el año... Pero ésta es la que toca esta vez. Y a gusto, oye. Con deportividad. Mallas apretadas, la camiseta del portero aragonés, que calienta y estiliza mucho, y un cabezal ligerito. Ojo que vas a pasar calor, me advirtió Angelito, veterano de la prueba. Quita, quita, que yo soy de mucho abrigarme para el deporte, lo tranquilicé.

La primera dificultad fue colgarme el dorsal 1.540 que me había entregado la organización de la prueba. ¿Cómo se pone uno el dorsal, co?, le pregunté a César, que me había embaucado sin confianza en el asunto. Imperdibles, contestó. Claro, eso ya lo suponía: la cosa es... yo soy un hombre sin imperdibles en su domicilio. Aunque levanté varios cajones y les di vuelta, no fui capaz de encontrar uno. Me resigné a hacer todo el recorrido en patética y poco diligente postura, con la mano agarrando el dorsal contra el pecho, como un moderno caballero del Greco. Menos esbelto, eso sí. Sentí un cierto vértigo escénico, la gente señalándome, el tipo de la megafonía comentando el sucedido por los altavoces en el Paseo Independencia: “Ahí va Ornat, sin imperdibles señores, no se lo pierdan que hace falta ser lerdo: se nota que lo más que ha corrido este cantamañanas es para coger el autobús... Y bueno, señoras y señoreeeeees, cinco minutos más para la cuenta atrás”. Afortunadamente, gentes de buena voluntad me prestaron unos imperdibles con los que me agarré el 1.540 al pecho.

Aun así, ya no me pude quitar los nervios en buena parte de la carrera. No me digáis por qué, pero yo estaba nervioso. Llevaba toda la mañana pensando en la subidita de San Vicente de Paúl, donde calculaba yo que iba a cascar el huevo, con lo que me quedaría un buen tramo todavía, como de milqui o algo así, en el que echar el bofe para solaz del pueblo zaragozano que no tuviera otra cosa que hacer que apostarse en las veredas a mirar la carrera del día de Nochevieja. En fin, con esos pensamientos y un chip prodigioso en el cordón de la zapatilla derecha para registrar mi tiempo por métodos electrónicos que me superan, nos situamos entre los 2.000 participantes. Alguien dio la salida. Venga que vamos. Nadie se movió. Bueno sí, supongo que los de delante, Eliseo, la Macías (yo jugué con su hermano al rugby hace tres o cuatro siglos, que se sepa), Larraga, el Benarafa, Chamalen, Cram, Ovett y Nourredine Morceli, qué sé yo: todos esos salieron como una instalación, según vi luego en la tele y las fotografías. Nosotros tardamos unos segundos, como en los semáforos. Si irían rápido esa gente que antes de que nos pudiéramos mover, ya habían girado en el monumento del Justicia y bajaban pateando el asfalto hacia la Plaza de España como si fueran a quitar las calles, oye. Entonces empezamos a movernos nosotros.

El trío de la bencina nos situamos por la derecha y partimos como el Renault aquél de Alonso, adelantando a todo meter y además por el lado de la acera, para que el pueblo nos pudiera jalear. Yo tomé la retaguardia desde el primer momento. En esos primeros metros la carrera se pone muy perra y no me convenía ir largo al suelo como Zola Budd, aquella que corría descalza. Uno tiene un leve prestigio que mantener. Aun así, apreté los esfínteres cuanto pude y les seguí el ritmo a los otros. Versado atleta y buen conocedor de las calles de la ciudad, Angelito avisó: “Vamos a agarrar la cuerda por el otro lado que hay que dar el giro”. Y eso que nos ahorramos, pensé yo. Como buen deportista, sostuve un breve diálogo conmigo mismo: “Ornat, tú no te cebes que no te conviene una carrera rápida. Tú a la marchica, a la marchica”. Así que bajé Independencia, pasé la contrameta donde estaban todos los fotógrafos, giramos en el Coso, Fnac y afrontamos la calle Alfonso, donde me sentí grande porque oye, uno ha nacido ahí como quien dice, así que en la esquinita con Torre Nueva casi levanto los brazos para saludar, pero no había nadie a quien saludar. Gente sí, gente había, pero ni un solo Ornat: andaban preparando el rape con langostinos.

El adoquinado de la zona de las Murallas se lo hubiera colado en el orto ahí mismo a Béloc, insigne munícipe, pero lo salvé medio subiéndome a la acera, bordeando la cinta de la Policía Local. Salimos a Echegaray en pentacampeones. El ritmo era superior a lo que yo mismo me podía permitir, eso estaba claro: presa del entusiasmo y la inercia de la masa, recuerdo haber pensado claramente: “En San Vicente de Paúl pliego, tú”. Ya no había remedio. Mucha gente mirando, uno no puede desfallecer. Efectivamente, en el puente de Piedra se me vinieron de vez el láctico y la deuda de oxígeno, dos términos que siempre me han encantado. ¿Quién me mandaba haber pasado la mañana jugando al pádel? No sirve como excusa: si te quedas tirado sin llegar y alguien te pregunta y dices: “Sabes qué pasa, co, es que me he pasado la mañana jugando al pádel, co”... Suena patético. Ahí pasado el puente se me escapó definitivamente César, que yo creo que venía concediéndome una moratoria hacía rato. Llegó la temida cuesta de San Vicente y, sí, qué bien se va en coche a todas partes, señores. La subí porque otra cosa no, pero orgullo los Ornat tenemos el que haga falta. Y huevos mucho gordos. Y luego me dije: chato, recupera un poco porque si no vas a dar un espectáculo lamentable en el paseo y eso no puede ser. La estrategia es básica en el medio fondo, tú. Si caes muerto frente a los ventanales del Heraldo, fíjate qué planchazo...

Entonces fue cuando un tipo me faltó al respeto. Y creo que era de la organización, porque estaba de este lado de la cinta y con atuendo corporativo. Me vio venir. Yo no lo voy a negar, ahí iba sufriendo sí, tratando de recuperar un poco después de la subida, pero vamos que no arrastraba los pies ni nada parecido. Sin embargo, cuando pasé por delante del elemento en cuestión, me dijo: “Venga, que ya estás”. Así, sin más. Venga, que ya estás. Lo dijo sin énfasis, como sin ganas, igual que si alguien lo hubiera programado para decir “venga, que ya estás”, maquinalmente, al que pasara por delante. Yo me fui muy dolido, tengo que decirlo. ¿Se lo decía ese hombre a todo quisque? ¿Tanto me vio sufrir? ¿No se daba cuenta de que llevaba a cosa de 1.200 personas más por detrás? ¿Movía mi estampa a semejante conmiseración?

Con esos pensamientos descentrándome, alcancé el Coso y el tramo definitivo. Iba haciendo grupo con chicos y chacos que me pasaban o los pasaba, y a veces las dos cosas porque los ritmos fluctuaban bastante. Aguanté el tipo y entré en el paseo digamos que jodido, para qué nos vamos a engañar. En el reloj daban las seis y cuarto: ¿será posible sufrir tanto en un solo cuarto de hora de carrera? Será. El paseo parece corto en un día cualquiera, pero cuando uno ha de correrlo, oye, como que se alarga. Calculando si echaría el bofe o no, sentí la soledad del corredor de pollos y ese apretoncito blando que se apodera del vientre en este tipo de situaciones, pero me dije: “Ornat, si aflojas un poco más se te van a subir los caracoles a la pija, mira a ver si tal...”.

 

Al tomar la última curva, oí que un chico y una chica que iban bastante cuadrados se daban referencias: “Ahora son 20 minutos, así que nos quedan cinco para entrar en los 25”. Calculé y vi que la resta estaba bien hecha. 25 menos 20: Cinco. Clavao. Del Justicia a la Cai, donde estaba la meta, me dije que cinco minutos no me podía costar en la vida. Entonces mi lado menos coherente entró en acción. Y, contra todo pronóstico, ataqué a la salida de la curva. ¿A quién ataqué? Lo primero, a la pareja de la suma y la resta, que no sé por qué dije: a estos los dejo yo de rueda pero ya. Pero sobre todo me ataqué a mí mismo, como luego se vería. Y me puse en un ritmo tremendo de llegador consumado, tratando de no cabecear mucho y dispuesto a sostener mi larga y desconsiderada ofensiva. En ese fugaz pasaje de gloria recogí unos cuantos cadáveres... A punto estuve de recoger también el mío propio. A mitad de recta me pareció que la meta estaba en Cuenca. ¿La estarían moviendo para abajo esos cabrones? La pareja de los 25 minutos me adelantó por la izquierda. Vaya cambio de habas que había metido. Pero no era momento de venirse abajo sino de proclamar la gloria del triunfador, porque el triunfo está en terminar, dicen. Eso dicen, a mí no me miréis. Con el sentido del dramatismo que me caracteriza, pensé componer una estampa en la llegada como la de Sebastian Coe en la foto, pero no había nadie para inmortalizarme. Así que entré en meta en un honroso 755º puesto, en 23:24 minutos, a algo más de once minutos del ganador de la prueba, el tal Eliseo. Once minutos no es tanto, no me jodas: es lo que llego yo siempre tarde a cualquier sitio que vaya. Me dieron una bolsa con un plátano, unos conguitos, una botellita de agua y una camiseta conmemorativa verde pistacho que para dormir no te digo yo que no vaya a hacer su papel. El jamón del sorteo no me tocó.

Shoe Terror


Anotaciones:

1) Buena esquiva de Doble Uve: sin mover los pies del suelo, apenas se ladea un tanto hacia su colega iraquí y evita el proyectil.

2) Wishful Thinking: si en lugar de Doble Uve ahí está el robótico McCain, lo retrata seguro. De Obama no sabemos: sospechamos que, visto de canto, Obama desaparece, lo cual es muy conveniente para un mandatario. A Aznar le hubiera pasado por arriba. A Zapatero le hubiera dado en la mano porque estaría moviendo los brazos seguro. Es un presidente de mucho mover los brazos y las manos, lo que acostumbra a ser un signo de vaciedad discursiva: he visto yo directores adjuntos que hacían mucho aire con las extremidades. La otra posibilidad es que Zapatero estuviera con las manicas bajo los puños de la camisa, gesto que le gusta mucho y le sale sin querer.

3) Los diarios españoles titularon: "Iraq despide a Bush a zapatazos". Una sinécdoque de libro, muy lograda y habitual. La NBC, de la que proceden las imágenes, fue a los hechos... o casi. Su epígrafe reparte méritos entre el agresor y la habilidad corporal de Doble Uve: "El presidente Bush, obligado a esquivar los zapatos que le lanzó un periodista iraquí". Como se ve, la realidad incluye muchos puntos de vista.

3) ¿Qué le hubiera pasado al periodista si los zapatos se los tira al finado Saddam?

4) Según la lógica medieval de la Ley del Talión o como se llame, ¿sería condenado a esquivar un par de zapatos?

5) Respecto al segundo zapato, Doble Uve no lo esquiva sino que apenas se mueve y levanta el antebrazo derecho para protegerse, como si fuera Batman. Es emotivo el gesto de Nuri al Maliki, el primer ministro de Irak, que hace como un amago incompleto de intentar cazar el zapato al vuelo.

6) Una vez lanzado el segundo zapato, surge de la segunda fila un tipo de seguridad de pelo entrecano que se va a situar junto a Doble Uve y éste le hace un gesto como diciendo: "Tate ahí que está todo controlado". Si llegan tarde a dos zapatos, a qué hora llegarían a un balazo...

7) ¿Será por esto que los musulmanes se quitan los zapatos antes de entrar a sus templos?

8) Declaración posterior de Doble Uve: "Todo lo que puedo decirles es que era un 43".

9) Reflexión periodística de Arcadi Espada sobre el zapatazo y acerca de la naturaleza de los diarios digitales: pinche aquí y verá París. 

10) El grito de Mountazer al-Zaïdi, el periodista de Al-Baghdadia que salió descalzo y apaleado de la rueda de prensa: "Ahí tienes tu beso de despedida, pedazo de perro". Es frase del año seguro.

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