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La mirada de Onetti

La mirada de Onetti

 

Con Onetti tuve quizás el encuentro más sincero que se pueda tener con un escritor. Ocurrió tal vez tarde, ahora lo pienso, apenas un año antes de su muerte. Pero me reconforta que nunca es tarde con la Literatura, espacio infinito que uno puede caminar hacia todos los lados, eligiendo puntos cardinales alternativos, y arrastrarse en cualquier dirección por el tiempo: también hacia atrás, hacia toda la obra anterior de Onetti, uruguayo que fallecería en 1994 en Madrid. Apenas un año antes, sobre el estante de una librería advertí una tarde la tapa de color ocre, sepia manchado como de aceite o tinta derramada, de Cuando ya no importe. Sobre ella estaban impresas (están impresas, lo tengo delante) las primeras líneas de la novela, que me fascinaron, me subieron en una dichosa tristeza inaguantable. Decían así: "Hace una quincena o un mes que mi mujer de ahora eligió vivir en otro país. No hubo reproches ni quejas. Ella es dueña de su estómago y de su vagina. Cómo no comprenderla si ambos compartimos, casi exclusivamente, el hambre". En la cubierta del libro, esas frases aparecían manuscritas por Onetti, con trazo desparejo de anciana, sobre una cuartilla de agenda con guías horizontales y esta fecha en varios idiomas: 6 de marzo, sábado. Lo miro ahora: letras, sílabas y palabras guardan una misma separación que las entremezcla, y en los rasgos se adivina la memoria lejana pero cierta de un cuaderno de caligrafía. Creo que así escriben, con esmerado descuido, los que están por irse.

Compré el libro de inmediato y lo leí al instante. Nada de lo que seguía a esa frase de partida de la novela me rescató del temor inicial a una historia dolorosa. Todo quedó confirmado en esa y otras lecturas, no había error: Onetti era de los míos; o yo era de los de Onetti, por decirlo mejor. Pensé que debería haber alcanzado a Juan Carlos Onetti mucho antes, en esa bisagra de mi vida que ocurrió en la universidad y en la que todo se me volteó hasta perder el sentido, que trato de ir recuperando con el tiempo, la memoria y, espero, la madurez. Nada de lo que aprendí en esos días tuvo que ver con el periodismo ni las aulas ni la facultad. Tuvo que ver si acaso con Herman Hesse, Sartre, Kafka y muchos libros olvidados y el desamor, la pérdida y la tristeza de no reconocerme en nada de lo que había sido ni en lo que iba a ser. Unos años después, Onetti entró a formar parte de ese puzzle como pieza retrospectiva, que se hubiera descuidado del resto al abrir la caja. Como Faulkner o Steinbeck o no sé, un desorden sin nombres o nombres mezclados. De aquellas horas no recuerdo nada salvo un puñado de libros y algunas voces de noche, iluminadas por un flexo de estudiante, tazas de café que siempre he detestado y pensamientos largos, torrenciales. Fue entonces cuando quise escribir, aun cuando estaba lejos de saber hacerlo. Quise poner concierto adentro con las palabras, tal vez palabras que me salvaran a pesar de no ser buenas. Urdí con torpeza un relato sobre alguien que decide acostarse de por vida, incapaz de encontrarle sentido al hecho cotidiano de atravesar un zaguán y salir a la calle. Algún amigo rebatía la viabilidad de ese argumento: la atrofia de los músculos, las llagas, las obligaciones fisiológicas... Yo no pude defenderlo y nunca llegué siquiera a ensayar su escritura. Quizá lo haga una noche de éstas que se parezca a aquéllas.

Unos pocos años después conocí a Onetti como ya he contado; y algo más tarde supe que Onetti vivía retirado en su cama. Leía y escribía ahí, adscrito a una pereza que podría ser física o haber pasado de lo existencial a lo físico. Como el personaje de mi cuento imposible. Esa pequeña magia de la realidad aún me aproximó más al escritor uruguayo. Su mirada triste en las fotografías, una mirada que tal vez ordenaron unos anteojos de pasta negra en los años anteriores a mi encuentro con él, hicieron el resto. La devoción.

Ahora publican las obras completas de Onetti. Copio un mínimo pero precioso extracto de su obra. Imposible no querer ser de los de Onetti:

"En algún papel leí, hace años, que el infierno estaba minuciosamente conformado por los ojos ocupados en mirarnos. La frase, entonces, no era de Borges ni de Sábato ni de Sartre ni mía. En cuanto a mí, hace años que aprendí el arte de afeitarme al tacto, para evitar la opinión del espejo, para acudir al trabajo sin el peso de otra depresión. Es que mi imagen – ustedes me lo muestran – avanza, desde hace tiempo, separada de mí. Mientras yo permanezco adolescente, calmo, interesado en lo que importa, bondadoso y humilde por indiferencia y por la asombrosa seguridad de que no hay respuestas, ella, mi cara, ha envejecido, se ha puesto amarga y tal vez esté contando o invente historias que no son mías sino de ella".

Foto: Onetti dispara desde la cama su mirada última, confesora de una fatalidad sin respuestas, pesadumbre en huida del cuerpo, de adentro.

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