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Obituario: Harriet y Muskilda

Obituario: Harriet y Muskilda

 

Esta criatura que estira un cuello plisado como el de Fernández de la Vega se llamaba Harriet y era, hasta su fallecimiento hace algunos días, el ser animal más viejo de la Tierra. Su infausta vida en la fama se remonta a 1835, cuando Charles Darwin la encontró, siendo ella una bebita de cinco años del tamaño de un plato, en su viaje a bordo del Beagle por el agitado cono sur. Darwin vio a Harriet y luego vio a otras tortugas en islas diferentes del archipiélago de las Galápagos. Observó que la evolución de cada una ellas difería según las particularidades de las islas, de modo que dijo... tate. Y con eso y tres cañas desarrolló la teoría de la evolución y dio a la imprenta El origen de las especies. No anduvo tan fino sin embargo con el sexo de Harriet, a quien tomó por un macho en una primera impresión; y como la primera impresión es la que queda, la confusión duró cien años. Harriet comenzó siendo Harry. Y bien que lo lamentaría, como veremos en esta pequeña historia.

Para empezar Darwin, como buen navegante británico, tomó prestados a Harry y a dos semejantes, a los que con indudable originalidad llamó Dick y Tom. Igual que los túneles de La Gran Evasión. No es casual: Tom, Dick y Harry son el equivalente a nuestro Fulanito y Menganito. Así que el naturalista entusiasmado que no hubiera servido para sexador de pollos montó a los tres caparazones en el Beagle y se los llevó a conocer el infecto Londres de 1837. En esos días, la reina Victoria acababa de ser proclamada reina o estaba a punto. Tenía sólo 18 años, pero desde los 10 ya sabía que su destino tenía la forma de un trono. Como Letizia. La reina madre, quien constituyó hasta su fallecimiento un modelo de vejez paradigmático, no alcanzaba entonces siquiera la forma de un proyecto de ansioso espermatozoide que culebreara de huevo a huevo de su padre. Pero el príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo, casado con Victoria, albergaba en su escroto sangre violácea de concienzuda actividad: el aplicado Albertico le hizo nueve hijos nueve, cuatro varones, a Alejandrina Victoria. Uno de ellos se casó con Isabel, la Queen Mum. Y luego murió de tifus en 1861, dicen las crónicas. Los excesos ya se pagaban en el siglo XIX.

Pero volvamos a Harry/Harriet y sus amigos en su miserable existencia en un Londres neblinoso, donde estos animales conocieron el frío proverbial del siglo XIX. Tanto que, acostumbradas al calorcillo ecuatoriano, las tortugas entraron en hibernación y así se quedaron durante cinco años, viéndolas venir hasta que Darwin o quien fuera decidió subirlos de vuelta al incansable Beagle y darles un garbeo por los siete mares, para que se recalentaran. Por fin llegaron con una temperatura mucho más acorde al zoo de Brisbane, en la cálida costa este de Australia. Y allí, Harry/Harriet vivió una confusa existencia hasta su muerte, tentad@ por los hábiles naturalistas para que se aparease con otras hembras. De forma dignísima y pese a decenas de propuestas, Harriet había rehusado ya en Londres abrazar la homosexualidad, seguramente porque el West End aún no era lo que es ahora. Por ese empeño y el equívoco general vivió célibe hasta su muerte, aunque por el culo le dieron todo lo que pudieron y más: a nadie se le pasó por la cabeza dejar de hacerle fotos y mandarla de vuelta a alguna isleta de los mares del sur, que deben de ser la hostia incluso para las tortugas. Tampoco les pareció adecuado poner al animal patas arribas y mirar si eso que asomaba era... eso. Harry ganaba peso y tamaño con cierto ahínco y moverla se hizo cada vez más improbable. Cuando se dieron cuenta los perezosos científicos (¿cómo se dieron cuenta?) le cambiaron ligeramente la nomenclatura en el registro civil de tortugas y listo. Ni una disculpa ni una liberación. A Harriet, que pasaba de los cien hacía rato, ya se la traía floja todo. Nunca fue de preocuparse como bien muestra su cara, si bien yo intuyo un reproche en esa mirada minuciosa y en los labios apretados con una cierta crispación, como de abuela sin la dentadura postiza. Pero Harriet continuó posando y si dijo algo, se lo dijo para sí misma: ya llegará el día. Y llegó. Aunque el año pasado, en octubre, sus avispados cuidadores vaticinaban que duraría 20 años más, Harriet capotó hace un par de semanas. Tenía 175 tacos.

Apenas unos días después, cosas del destino faunístico, falleció la tortuga de tierra Muskilda en Cortes de Navarra, en casa de las Federas, donde había vivido desde que Cristina la recibió como regalo de Comunión hace 19 años. La abuela Pilar se cruzó con Muskilda (nombre de calculada ambigüedad cuyo origen se debe a la ermita de Nuestra Señora de Muskilda de Ochagavía, pintoresco pueblo navarro del Roncal) el otro día en el baño. Como observara que su pereza habitual semejaba parálisis permanente, la tocó así en el reborde del caparazón con el lado externo de la zapatilla de andar por casa. Para comprobar, porque las tortugas desconciertan y con ellas hay que comprobar... Son animales primitivos y de convicciones inquebrantables. Muskilda ni se inmutó. Vino otra patadita mínima de la abuela. Muskilda no cucó ojo alguno. Muskilda ni se movió ni abrió esa boca reptilesca y rosada de las tortugas. Había fallecido, indudablemente. El deceso causó comprensible pena en la familia. Sobre todo por parte de Cristina, dueña de facto del animal, y de doña Pilar, que fue quien se topó de bruces con la Parca, cosa que nunca gusta y siempre deja un nosequé en la espalda, como un escalofrío. Además, la abuela siempre le habló de tú a Muskilda, cara a cara, con argumentos bien elaborados que la tortuga comprendía sin dudas. Eso decía ella. La abuela. También aseguraba que Muskilda la seguía: "La llamo y me sigue", sostuvo siempre Pilar. Comportamiento irrefutable porque, dada la morosa economía de movimientos de estos animales, bien pudiera ser que Muskilda iniciase el movimiento en pos de doña Pilar nada más recibir la orden, sólo que la atemporalidad de su desplazamiento negaría al impaciente ojo humano la confirmación de ese proceso motriz. Así que no puede negarse de modo taxativo que Muskilda siguiera la orden de doña Pilar, que quedaría satisfecha al fin uno o varios días después. El tiempo es subjetivo, como bien sabemos. Eso no niega que el proceso de acción-reacción entre Pilar y Muskilda existiese, científicamente hablando. Además, no hay por qué descreer de la Federa: alguien que hace esas rosquillas merece credibilidad.

El caso es que Muskilda ya no sigue a nadie. Sólo siguió a Harriet a donde quiera que vayan los galápagos buenos. Este obituario tortuguesco salda una deuda con Cristina y otra conmigo mismo, una deuda retrospectiva porque los gusanos de seda y los galápagos siempre han conformado mi proyecto incompleto de vida animal doméstica. Por más que alimenté con morera durante mi infancia a decenas de orugas blanquinegras, jamás conseguí que completaran su cacareada metamorfosis de gusano a crisálida. A lo más que llegaban era a hilar esos macilentos capullos lanosos que pegaban sobre las esquinas de las cajas de zapatos. Si lo de la mariposa era una leyenda urbana o un cuento infantil, jamás lo sabré. En varias ocasiones, casi siempre trágicas, tuve también galápagos. Mi culpabilidad insuperada nace especialmente de un par que crié con adolescente descuido, hasta descubrir una mañana borrosa de resaca que los dos bichos se habían quedado en la isleta del acuario más tiesos que la mojama. No se me borran de la cabeza las cuencas vacías de sus ojillos. Como forma de irresponsable redención, tiempo después crié a otra pareja, y a esas sí que les di todo lo que estaba en mi mano. Desde chicas las alimenté con trocitos de jamón york que ambas perseguían con entusiasmo, abriendo sus bocotas rosáceas para jamárselo. Lo que quisieran les hubiera dado, todo por acallar la conciencia: hasta una carrera les habría dado si hubieran crecido lo suficiente. No ocurrió, pero se agrandaron hasta ocupar casi la palma de una mano, así que las trasladé a un gran recipiente rectangular, todo lujo, donde nadaban lo más bien. A veces les pegaba con el dedito en el cristal y venían como toros contra el vidrio. Se lo querían devorar. Dicen en el National Geographic (de cuyos documentales soy espectador especialista) que las más gansas te pueden arrancar un brazo si bien les viene. Pero aunque a las mías terminé por cogerles un poco de prevención, yo no sé si creerlo. Si eso de las tortugas agresivas fuera verdad, a estas alturas la historia tendría a Darwin por el naturalista manco más célebre de los anales. Y Muskilda, la adorable y detenida Muskilda, habría fallecido con un buen bolo de pelo de zapatilla en su estomaguito. Pero cuando se murió a los pies de la abuela lo único que tenía dentro era lechuga. Igualito que yo.

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