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Díganme señor García

Díganme señor García

La Romareda aclamó al joven Sergio - El catalán inspiró una trabajosa victoria - El Getafe cayó con 10 y con honor - Goles de Diogo, Diego y Ewerthon

Sergio García se fue del campo elevado en el clamor de la gente, ganada para la admiración de este futbolista diverso y profuso, al que sólo le falta el gol si es que le falta algo. Sergio no había firmado ninguno de los dos que en ese instante determinaban la victoria del Zaragoza, pero a veces la esencia no está contenida en la ficha, que es fútbol liofilizado en números, para consumo de esa ciencia tan rara que es la estadística. Los números no son la verdad, pero no se lo diga usted a su hijo si le importa que apruebe las Matemáticas. Eso sí, compense con algo de ficción imaginativa, póngale vídeos de Curro Romero, señale para sus ojos los pequeños detalles que componen la verdad íntima de las cosas. Algo habrá de quedar. Si no responde, habrá tenido usted un pedazo de madera, pero igualmente los chicos son adorables. En La Romareda la gente tuvo ese algo romántico para apreciar que, aunque los goles no llevaran el apellido de Sergio, la victoria lo tenía por padre putativo: estuvo en todo lo sustancial, hasta hacerse él mismo la sustancia. Y la grada le gritó el nombre al despedirlo: Sergio, Sergio, Sergio. Su partido parecía proclamar: ya no soy Sergio, el chico del pelo pintado. Ahora, díganme señor García.

Cualquier otro futbolista se hubiera confundido con esa suplencia táctica del Calderón, pero el señor García regresó a la titularidad con el mismo ímpetu con el que sale disparada una bola de cañón. Las bolas de cañón no tienen memoria. Lo suyo es el futuro, en el que siempre cabe un petardazo mortal. Sergio salió al campo y se puso a tirar desmarques hacia los lados y entre las bambalinas de la defensa, subido en la línea del fuera de juego, suspenso en la cuerda invisible como un funambulista, con la pértiga cruzada sobre el regazo.  Cuando huele el área, García larga la pértiga y cruza el espacio. En el camino siempre se le ocurre algo diferencial, a veces decisivo.

En el minuto 11, Sergio Fernández lo alcanzó a ver al otro lado, bamboleándose entre las torres del Getafe, temerario en la cuerda como un Bordini colgando feliz de la torre de La Seo. Le mandó la pelota al abismo y García fue a por ella sin pensarlo, y le propuso una carrera a Pulido, como haría un niño. El defensa del Getafe tenía ventaja, pero vio de lejos al Pato Abbondanzieri y le pareció que estaba más cerca, como si la escena se produjera bajo el agua. Así que cuando tuvo que darle el pase, las distancias reales se le mezclaron con los deseos y el aliento desbocado de García. Pulido tocó atrás y se quedó corto. Luego vio a García adelantarlo por la derecha, en explosiones sucesivas,  y comprendió que tendría que tirarlo porque ese chico enloquecido iba a madrugar al portero. Ese chico se iba a meter entero en el gol, con la pelota en los pies. Así que Pulido, derrotado, lo tiró al suelo. Y vio la roja.

Orden y juego. La Romareda había vivido un inicio febril, con el Zaragoza cruzado por el entusiasmo. En esa efervescencia, 80 minutos contra diez suponían una promesa de victoria, y la gente quiere más victorias cuantas más victorias tiene. Pero la tarde se quedó parada de pronto. Al Zaragoza se le hizo más difícil jugar frente a diez que frente a once, porque el Getafe mezcla orden y fútbol con una naturalidad en absoluto afectada. Obligado a forzar una mueca defensiva, perdió  iniciativa y posesión, pero se compuso tan bien que por momentos pareció que podría aguantar siempre. Tal vez lo animase una rara convicción: que también podría ganar con diez. Y la sostuvo con esa cierta pasividad mentirosa de los que piensan en emboscarte. Durante media hora, el Zaragoza trató de vencerlo con paciencia, ganando pequeñas batallas. Se vio que está más maduro y asume mejor los distintos partidos que hay dentro cada partido.
Ese largo periodo lo reventó el gol de Diogo. Y van dos. Dos golazos. El uruguayo es el soldado universal, un recluta de élite que hace de todo. Lo mismo pilota un avión que dirige una carga de infantería. Se maneja con arma automática o a bayoneta calada. Desmonta un contraataque a pelotazos o hace el sombrerito de Anoeta. O la volea de interior con la que puso en ventaja al Zaragoza ayer, a la salida de un córner. Víctor se había pasado el primer tiempo sacando gente del área en los saques de esquina para arrastrar defensas y hacer algo de vacío. En ese espacio neutro encontró Diogo el gol.

Pero tampoco esa desventaja sacó de sitio al Getafe, un conjunto adusto al que resulta imposible adivinarle las emociones o las debilidades. Víctor ya había sacado a calentar hacía rato a Longás, porque veía que eso que llaman repentización podría ser un valor principal. Toño Longás apareció justo con el 1-1, un penalti señalado a Diego Milito por jugar al churrová en el área con Belenguer. El del Getafe subido a la grupa del argentino. Turienzo pudo pitar lo que quisiera: churro, media manga o manga entera. Dijo manga entera, para no quedarse corto, y Manu, un grandón engañoso, le metió la manga entera a César.

Entonces salió Longás, que vino a sumar juego y acabó por multiplicarlo con su gloriosa naturalidad, hecha de privilegios técnicos e inteligencia. Todo licuado, da un pase, un corte por anticipación (el que acabaría en el gol de Ewerthon), una descarga para el otro lado, un ritmo armonioso de fútbol. Movilla había agitado el árbol, Óscar fue aquí y allá, Zapater respiraba por siete en el medio campo, Longás lo derribó con pases finísimos como hojas de afeitar. ¿Se puede tirar un árbol con una cuchillita? Se puede, sí señor. No hace falta un hacha. Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo. Dadme tres (Sergio, D’Alessandro y Longás) y habrá tres goles. Todo se ordenó veloz: Sergio le filtró una pelota a Diego y Diego escapó. Su finalización al palo largo sirve para explicar qué es un gran goleador. Lo dijimos una vez: un tipo capaz de guardar el equilibrio y enhebrar el hilo en un tren desbocado que entra a un túnel en la noche. Diego la bajó de pecho y, pese a estar fatalmente desprendido a la izquierda, la puso en la cruz opuesta.

Quedaba un cuarto de hora. Mucho tiempo para un chico como Longás. Demasiado para el Getafe. Se fue García sobre el final, subido en un viento de idolatría, y surgió Ewerthon de la sombra. Pero no hay sombra para alguien como él. Antes de decir buenas noches tenga usted, Ewerthon convirtió un robo de Longás en el zapallazo que fue el tercero. Por si alguien había tenido la tentación de olvidarlo. Sigue siendo el tipo más rápido de nuestras vidas. Su aparición define al Zaragoza: una reunión de felicidades en franca y provechosa competencia.

Diario AS, 6 de noviembre de 2006
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