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Más malos que el Sebo

Más malos que el Sebo


Un compañero me dijo el otro día que el fútbol inglés viene a ser como las películas de tiros o aventuras: ejercicios ligeros y en absoluto pretenciosos, concebidos y ejecutados con el único fin del entretenimiento. El razonamiento me llamó la atención, estuvo a punto de parecerme ajustado y puede que hasta brillante. Lo miro así porque el fútbol inglés siempre me ha fascinado precisamente por su vigor, por su capacidad para la diversión, por esa honestidad que lo asiste y que me lo presenta como un fútbol libre del pecado original, que tiene la forma de la vanidad del engaño y la egolatría de los futbolistas, sumado al empeño de los entrenadores por hacer del juego una pura medición cartesiana o cientifista. He admirado y disfrutado a muchos jugadores y equipos ingleses. Sin embargo ahora, desde hace años, observo el fútbol inglés con conmiseración. Les han colado una modernidad europeísta que ha trastocado la ingenuidad del modelo, y que mezcla mal. Sobre todo, les han llenado los equipos de futbolistas de todas las latitudes y los banquillos con entrenadores de fuera de las Islas. Y no se trata de xenofobia, cómo iba yo a ser xenófobo a favor de los ingleses... Lo que digo es que han absorbido el modelo a la inversa; antes eran los de fuera quienes se adaptaban al modo de juego británico; ahora, al ser ya tantos, la tendencia es la opuesta. El resultado, en mi modesta y afectuosa opinión hacia el fútbol de esos países, constituye un error: ahora en Inglaterra se juega al fútbol con pretensiones. Se ha atemperado en buena parte aquella velocidad, aquel denuedo, aquel estruendo competitivo que definía los partidos; pero los jugadores, el tipo de jugador, aún es el mismo. Es como vestir a un indio americano con chaqué: no está en su naturaleza. Se le nota la impostura.

Sigo viendo el fútbol inglés. Un algo por devoción, un mucho por deformación profesional. Ya no me divierte como solía hacerlo durante los años setenta y ochenta; o cuando pagaba entradas por los estadios de Londres (sobre todo el viejo Stamford Bridge, que me caía cerca) los sábados que tenía libres durante mi estancia en Londres. Por eso, cuando hace unos días fuimos a ver el derby de Glasgow, Celtic-Rangers, recuperé esa vieja expectación por ver el protofútbol que siempre se jugó en las Islas. Soy de los que piensa que el verdadero fútbol inglés ya no puede verse en Anfield, en Highbury o en Stamford Bridge. Está en el campo del West Ham (qué equipo el West Ham... es para morirse los dos partidos que le he visto últimamente por la televisión), tal vez un poco en Villa Park, y sobre todo más abajo, en los Nottingham Forest, en el Torquay, en el Barnet o igual en el mismo Milwall, qué sé yo. En esos campos de Dios en los que no está Dios (así definía mi tía Chilita, mi ejemplo familiar de viajero, las bellas iglesias y catedrales británicas: "Son preciosas... pero no está Dios"). ¿Estaría el fútbol británico en Celtic Park?

Estaba. Pero en su versión más pobre, claro. Si me vais a preguntar por el ambiente, lo digo de antemano: extraordinario. Emotivo, subyugante, conmovedor. Hubo un homenaje al gran Jimmy Johnstone en los vídeo marcadores realmente precioso. Y esa extraña incoherencia que a menudo muestra el fútbol británico: en este derby de connotaciones religiosas (católicos pro irlandeses frente a protestantes filobritánicos), los aficionados del Rangers caminan con mucha tranquilidad hacia el fondo que les corresponde en el estadio. Van a ser 4.000 y están perfectamente controlados... pero uno diría que no hace falta un control excesivo. Yo estuve viéndolos llegar y no había un atisbo de la violencia artera y peligrosa que he advertido en muchos campos españoles. No digamos en Sevilla, donde vimos uno de los últimos clásicos entre Betis y Sevilla hace un mes y poco. A Celtic Park vienen caminando, sin escolta policial, sólo un relativo y lógico control en los accesos al campo para que el área esté lo más limpia posible. No hay ningún tipo de agitación en la gente del Celtic, que va entrando hacia sus asientos con matinal calma (todos los partidos de riesgo se juegan en Gran Bretaña en horario matinal, para evitar la consumición de alcohol en los pubs). El fútbol británico está limpio. El peligro son los viajes al extranjero. Por lo demás, el fútbol constituye un entretenimiento familiar, tan seguro como ir al Radio City Music Hall de Nueva York a ver el especial de Navidad...

Del fútbol en sí no hay gran cosa que decir. El nivel medio del futbolista escocés ha descendido o está en el mismo lugar de toda la vida. El mejor jugador del Celtic sobre el campo era Gordon Strachan, el entrenador. Qué días aquéllos: Gordon Strachan, Archie Gemill (aquel pedazo de gol contra Holanda en el Mundial 78, que glosan en la película Trainspotting), Kenny Dalglish, Graeme Souness, desde luego Jimmy Johnstone... De los que aún tienen edad para jugar el más rescatable me pareció, de lejos, un zurdo con cara de niño que juega en la banda izquierda del Celtic: Aidan McGeedy. Tiene un cierto aire a Jimmy Johnstone, el rubio cabello enrulado, el caracoleo con la pelota... Pero no es él, claro. El resto eran para analizarlos. Los centrales de los dos equipos parecían muñecos sólo parcialmente articulados, siempre a punto de desganglillarse o de que se les saliese una pierna de su inserción con la cadera. El mejor de los cuatro era Ehiogu, el del Rangers, un africano interminable con muchos años encima, al que recuerdo haber visto en The Bridge frente al Chelsea en el año 94, cuando él acababa de llegar al Norwich City. Como para ratificarlo, se inventó un gol de media chilena a la salida de un córner, antes de la cual hubo hasta tres cabezazos verticales e inútiles en el área del Celtic. De horror. Con ese tanto, al Rangers le bastó para ganar. No hubiera podido meterlo de ninguna otra manera. Su delantero más idolatrado es un tal Sebo, ex del Austria Viena (me enferma recordar a ese equipo) al que la hinchada azul le canta el nombre con deleite: "Seeeeeebooooooo, Seeeeeeeeboooooooo". Es tan malo, pero tan malo, que hasta los aficionados del Celtic se ríen de él, en lugar de temerlo. Como cuando la grada del Real Madrid de baloncesto, en los viejos partidos contra el Barça en el pabellón de la Ciudad Deportiva, pedían a voz en grito que saliera Seara, aquel base que me recordaba al inspector Clouseau. Eso sí, Sebo da unas patadas de miedo; persigue a los defensas, los acosa, los hostiga, les mete el cuerpo, el codo, la cadera, la rodilla en el estómago si hace falta. Tiene esa cara de británico enredador tan conocida, la de Wayne Rooney. Con el "fuck off" siempre colgándole de la boca... Los momentos más emocionantes de este tipo de partidos no son los córners ni los goles; son los balones que se quedan sueltos y van dos rivales a disputarlos. Uno tiene ganas de llamar a la ambulancia antes de que lleguen, porque es como ver un choque frontal entre dos automóviles. Da miedo. Hay unas castañas de cárcel. Sebo es el primero de la fila: deja los pies colgando y siempre rasca hasta donde puede. Sebo es más malo que el sebo, pero al día siguiente la Prensa lo exaltaba por sus carreras desesperanzadas en pos de pelotas perdidas. Los escoceses (vale decir, los británicos) no puntúan a los futbolistas según criterios futbolísticos; los juzgan de acuerdo a consideraciones casi morales. No es de extrañar que Henrik Larsson se hiciera de oro en este fútbol: comparado con Sebo o con Miller, el punto del Celtic, el sueco era el mismo Dios, una forma superior de vida.

Gravesen no jugó. Y bien que lo sentí... Porque ahí debe ser el rey. Lo sustituía otro muchacho africano llamado Sno. La verdad es que las alineaciones parecían una fuga de vocales: Sno, Prso, Sebo. Nombres que más bien se dirían apodos para un chat. El partido de Sno fue demencial. A su lado, Lennon. Sólo faltaba McCartney, que no ha debido darle una patada a la pelota en su vida. Lennon (el jugador del Celtic) estaba gordo y tabernario. Hasta los suyos le dijeron de todo menos guapo. El único con un mínimo criterio en el medio campo era Barry Ferguson, del Rangers, al que por cierto vigiló muy de cerca el Zaragoza en el último mercado de invierno, cuando buscaba un mediocampista de paso. Acabó encontrando a Gustavo Nery, que en verdad ahora vemos que está de paso. En la segunda parte me gustó Nacho Novo, ex jugador de Huesca. Que un futbolista de nivel Segunda B en España sea el rey en la banda derecha del Rangers especifica sin necesidad de más matices cómo está el fútbol escocés. Eso sí, el ambiente es magnífico y volvería mañana. Se me ocurre que tanta canción es en realidad una forma de entretenerse, para olvidar lo de abajo. Pero no es así. La gente del Celtic, los británicos en general, aman el fútbol y a sus equipos de un modo ejemplar. Nunca voy a ser absolutamente cruel con ellos: les guardo el afecto enorme de la diversión que me han proporcionado.

[Foto: vi el partido al ladito de los comentaristas de la BBC en Escocia. Creo que era la BBC. No importa. Me encantó descubrir que todavía usan aquellos micrófonos de toda la vida, clásicos donde los haya, concebidos con esa plaquita superior que ayuda al locutor a mantener la distancia exacta con el micro. Detalle rancio que me pareció simbolizar lo que es el fútbol en estos lugares, una materia atemporal, un lugar en el que siempre se jugó más o menos igual. De las narraciones británicas me encanta la precisión con la que sitúan el juego, la perfecta vocalización y el "Yes!" de los goles].

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