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contador de visitas Conversaciones con Alicia | Somniloquios

Se muestran los artículos pertenecientes al tema Conversaciones con Alicia.

10/06/2007

Cumpleaños total

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Alicia cumplió el sábado seis años. Ansioso, la noche anterior la llamé por teléfono para hacernos una conversación previa de cumpleaños como mandaba el caso. Es decir: comentar qué tal le van a caer, cambios que prevea o haya podido observar de antemano en el paso de los cinco a los seis, qué espera del día, cómo y dónde lo vamos a celebrar... Ese tipo de cosas que uno comenta antes de un cumpleaños. He decidido que a partir de ahora Alicia y yo celebraremos juntos nuestros cumpleaños, aunque estén separados por diez meses de distancia y aunque nadie más lo sepa ni se entere. Esos detalles carecen de relevancia. A nadie le importa cuándo cumplo yo mis años y, en todo caso, a nadie le interesa celebrarlo. Ni siquiera a mí mismo. Pero he pensado que, si lo reúno imaginariamente con el de Alicia, me va a salir mejor. Con Alicia sí me apetece celebrarlo: delego en ella la alegría, la ilusión, el nerviosismo por los regalos y la fiesta. También lo de soplar las velas. Ella hace todo eso mucho mejor que yo.

-¿Qué te van a regalar? -le pregunto. Es como decir: ‘¿Qué nos van a regalar?'.

-Un telescopio para mirar las estrellas.

-¿De verdad?

-Sí. ¿Te gusta?

-Me encanta. Siempre había querido tener un telescopio para mirar las estrellas en las noches de verano.

Y es verdad que siempre lo había querido. Una noche muy clara en Hervey Bay, en la costa oeste de Australia, nos tumbamos con nuestras cervezas en unos jardines en plena calle y pasamos un buen rato mirando a las estrellas, a la Cruz del Sur, mientras alguien explicaba que en el Hemisferio Sur no se ven las mismas constelaciones que en el Norte. O al menos se ven algunas específicas. Yo no me moví: no tengo ni idea. Pero siempre me hubiera gustado tener un telescopio.

Está muy extendida la costumbre de mentirles a los niños, pero yo a Alicia no le miento jamás. Dado que me paso el tiempo engañándome a mí mismo, para ella reservo las verdades. El caso es que yo quería un telescopio pero de una forma muy leve, sin atreverme nunca a mencionarlo porque nunca creí poseer la inteligencia necesaria para mirar por un telescopio. Habrá quien diga que no hace falta ningún talento especial para poner el ojo en la mirilla y apuntar a alguna de las luches del techo solar, pero a mí no me llega para eso. Lo sé desde que metía 5 pesetas en los miradores azules que había en la ribera del Ebro, en el Paseo Echegaray, cuando era crío. Nunca veía nada si es que había algo que ver. Los catalejos azules han desaparecido. Levantaron el paseo y lo volvieron a dejar en su sitio, con un carril verde del lado del río, un carril para bicicletas por el que pasa una bicicleta cada tres días. Así las bicicletas pueden no circular pero al menos no circulan con toda comodidad, mientras los coches circulamos con toda incomodidad. Con el tiempo me he preguntado qué había que mirar en esos telescopios azules que con tierna ingenuidad pretendían hacer del paseo un paseo marítimo sobre el Ebro. Pero me gustaban. Aunque no viera nada.

-Me encanta el telescopio. ¿Me dejarás ver las estrellas?

-Claro. Las estrellas y los planetas. Porque también se ven planetas, ¿no?

-Bueno -trato de pensar rápido-, los planetas no sé si se ven... Están muy lejos. Sé que Venus sí se ve.

Lo sé porque se ve a simple vista: un punto de leche muy brillante, más grueso que una estrella, sobre la alfombra negra. Venus tilila con levedad mortal. Si es que es Venus...

-¿Se verá Marte? -insiste Alicia.

Dudo. No quiero decirle que vamos a ver Marte y que después Marte no se vea porque el telescopio no da más que para mirar a las vecinas, como hacía Hitchcock en Tinseltown: el señor Alfredo tenía el suyo entre las cortinas, apuntando a las ventanas de Grace Kelly al otro lado del valle (lo cuenta Kenneth Anger en Hollywood Babylonia).

-Marte no sé si se verá -reacciono-. Pero podemos ver la Luna con todo detalle, los cráteres y todo.

-Vale, la Luna está bien. Pero me gustaría ver Marte.

A quién no.

-Habrá que esperar a que no haya nubes. Si hay nubes no se ven los planetas ni las estrellas.

-¿Por qué? -se sorprende Alicia, como si hubiera un error en el sistema o incluso un fallo de fabricación, que ha detectado de antemano, en el telescopio que le van a regalar.

-Bueno, porque las nubes tapan el cielo. Si hay nubes, ¿sabes cuál será el único planeta que podrás ver?

-No.

-La cabeza de papá... que está llena de extraterrestres.

Alicia se ríe. Alicia se carcajea. Alicia se encana. No puede parar de reírse.

-Mañana se lo dices a papá.

-No, no... díselo tú.

-Se lo tienes que decir tú.

Y Alicia se lo dijo. Y se rió igual que por el teléfono, un poco descontroladamente, como si se le hubiera soltado el cable que sujeta la risa o le patinara. Pero hablábamos de Marte, y desde luego que vamos a ver Marte. Aunque estoy al otro lado de la mesa, Alicia me llama a gritos cuando le dan el telescopio de regalo:

-Mariooooo -es raro que no me añada el parentesco, pero me gustaría que no lo hiciera nunca-. ¡Marioooooo, el telescopio!.

Voy a verlo. Es precioso. Viene en una maleta gris plateada, rectangular, como una caja de herramientas enorme pero con un uso mucho más respetuoso con los vecinos, y desde luego infinitamente más interesante que hacerte una carretilla para transportar geranios con un par de tablones que te sobraron de la última obra. No es que sea precioso, es que es alucinante. Más aún que un caleidoscopio que me había enseñado la última vez (también quise tener siempre un caleidoscopio). El telescopio Viene con un libro-catálogo de estrellas, constelaciones, planetas, nebulosas, cometas, cuerpos y sucesos celestes con el que vamos a pasar horas mirando al cielo y leyendo los nombres y pensando lo lejos que están y explicándole a Nicolás -como hice aquella tarde que anochecía en el parque- por qué la Luna se ve más grande unas noches que otras, cómo lo que está lejos se ve pequeño y lo que está cerca se ve más grande. Le vamos a enseñar muchas más cosas.

Luego soplamos las velas, comimos tarta, nos pusimos los bañadores y nos bañamos los cuatro, con Isabel y Nico; yo le había regalado un pequeño equipo de buceo a Ali (otro regalo para mí mismo), pero no acertamos a ponérnoslo y mirar debajo del agua y respirar al mismo tiempo por el tubo, así que lo dejamos para otro día y nos pusimos a tirarnos los unos a los otros por el aire, volando para caer en el agua. La piscina era de 1.07 y Alicia hacía pie (tocaba). Hacía un poco de frío pero no queríamos salir. Después vino una tormenta, susurraban enfurecidos los árboles y tuvimos que salir corriendo del agua, secarnos rápido e ir a cubierto. Aún nos dio tiempo a jugar un poco al balón con Nicolás, que le pega con las dos piernas y bota muy bien con la izquierda. Enseguida se puso a llover y cayeron tres mil rayos sobre los montes del Cabezo de Buenavista o más allá, en ese lugar incierto en el que casi siempre están las tormentas.

De Alicia envidio su capacidad para desear cosas diferentes de forma constante y muy serena. Si no las consigue, razona la relativa importancia de la pérdida y se sobrepone de inmediato. Enseguida se le ocurre otra ilusión con la que sustituirla. Por ejemplo, yo sólo quise ser periodista y no se me ocurrió nada más, ni ahora ni antes. Alicia, sin embargo, primero quiso ser domadora en un circo, después veterinaria y ahora duda si hacerse astrónoma. Con una noche así, no pudimos mirar por el telescopio. Pero no importa. Lo habíamos pasado de miedo. Y aunque hoy también llueve, quedan muchas noches, muchas, muy largas, como mis noches de ahora, largas y un poco tristes si uno se descuida. Noches interminables para no dormir, para despertar llorando o para sentirnos bien en las horas intermedias y procurar que duren, aferrados a las esquinas del tiempo para que no se nos lleve el aire traicionero de las tormentas, que te puede dejar paralizado. Noches para mirar a las estrellas y los planetas con Alicia. Aunque yo no lo consiga, ella seguro que ve Marte.

10/06/2007 17:30 Autor: Mario. #. Tema: Conversaciones con Alicia Hay 4 comentarios.

20/05/2007

Construcción

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He estado con Alicia, otra vez en su lado del espejo, como me suele ocurrir. Alicia me da un beso y otro, con un esponjoso abrazo igual que siempre, y sin más intermedios me dice:

-Me tienes que contar muchas cosas de Hawai.
-Pero si ya te he contado todo -protesto.
-Pues otra vez.
-¿Qué quieres que te cuente?
-Lo del barco en el fondo del mar.

Desde que supo que íbamos a Hawai, Alicia quiso venir. Ocurrió en medio del apogeo de su periodo Lilo&Stitch, que había convertido Hawai en un territorio mágico y feliz para ella, un lugar al otro lado del espejo en el que todo sería posible. Le parecía raro que yo quisiera estar ahí; yo no podía ser un personaje de Lilo&Stitch porque ya no me corresponde. Algún día le explicaré que mi fascinación hawaiana proviene en parte de mi irresistible anhelo de viajar al lugar más alejado posible; y también de los relatos de viajes de dos héroes de la Literatura decimonónica: Twain y Stevenson. Alicia tiene un traje completo de bailarina hawaiana, con su corona de guirnaldas, que compramos allá. Le conté que había conocido a una chica que tenía la misma cara que Lilo (y era verdad, la camarera de una alegre pizzería en los bajos del Hilton Hawaian Village, en Waikiki), pero no le impresionó en absoluto esa coincidencia. Hay que decir que en Hawai apenas quedan lo que nosotros entendemos por hawaianos; si acaso un 10-12% de la población total después de haber sido diezmados por enfermedades y epidemias importadas del lejano continente americano (el archipiélago de Hawai es el punto de tierra firme más alejado de un continente). Lo que quedó fue una alegre mezcla compuesta por americanos ortodoxos, razas minoritarias y una colonia japonesa imponente. Sí... hay miles y miles de japoneses en Hawai. No de visita, no. Viven ahí. Otro día hablaré de eso. A Alicia tampoco le interesa que en Honolulu haya japoneses por todos los lados. Ella sabe bien lo que quiere oír. El relato del barco que reposaba en el fondo de la bahía.

-Cuéntame otra vez lo del barco.
-Era un barco hundido que bajamos a ver. Nos tiramos al agua y el capitán de nuestra embarcación descolgó el cabo del ancla por debajo. Yo iba con Jen. Hay que bucear en equipos de dos o tres personas, no más, y cada uno debe cuidar de su compañero en todos los casos.
-¿Había peces en el agua?
-No, al principio no. Nos agarramos del cabo del ancla y comenzamos a bajar. El agua estaba tan clara, como una piscina, que desde la superficie veíamos abajo, al fondo, la silueta gris del barco. Otros iban delante y su respiración se transformaba en burbujas traslúcidas que subían hacia nosotros, haciéndose cada vez más grandes,como enormes y hermosísimas setas transparentes, por el efecto inverso de la presión. Era todo muy azul, precioso. ¿Te gustaría bucear conmigo?
-Uhmm, sí... -dice sin mucha convicción, como sopesando los temores-. ¿Vísteis peces?
-Vimos peces y tortugas marinas enormes.
-¿Qué peces? -con Alicia las generalizaciones no valen; conoce el nombre de un buen número de peces que yo ignoro, y también el de muchos animales terrestres que los adultos no identificaríamos casi nunca. Como yo soy un asiduo de los documentales de bichos, estoy medianamente preparado para hacerle frente.
-Había peces payaso, un pez globo -esto me lo invento-, había frailecillos, y todo tipo de peces tropicales, de muchos colores.
-¿Qué son peces tropicales?
-Los peces que viven en las aguas de los países del trópico.
-¿Qué es el trópico?
-Una zona de la Tierra con temperaturas muy cálidas y estaciones cambiantes, una en la que llueve mucho y otra seca. Por eso hay selvas, mucha vegetación, muchos animales raros..
-¿Como en África?
-Más o menos.
-También me dijiste que habías visto una morena.
-Sí. Una pequeñita, un bebé. Apareció nadando de abajo arriba en una de las columnas de acero del barco hundido y se escondió por un hueco antes de que pudiéramos verla bien.

-¿Había pirañas? -aquí cambia la cara y pone esa mueca de miedo o asco o aprensión muy característica.
-Noooo, no hay pirañas en el mar. Las pirañas están en algunos ríos de Suramérica, como el Amazonas.
-No me gustan las pirañas. ¿Seguro que no había?
-No había.
-¿Y ballenas?
-Ballenas hay, pero no vi.
-Pero me dijiste que habías visto ballenas...
-No, eso fue en Argentina, en otro sitio.
-¿Eran ballenas como la de Pinocho?
-No sé qué tipo de ballena era la de Pinocho. Éstas eran ballenas jorobadas... Ya sabes que hay muchos tipos diferentes.
-Sí. Las ballenas me gustan, pero no me quiero bañar con ellas.
-Yo tampoco, son demasiado grandes. Pero son muy bonitas.
-¿Cómo son?
-Tienen la piel oscura, muy recia y con arrugas. Con costras y postillas por los parásitos que anidan en ellos. Son como verrugas. Tienen en la boca una cortinilla grande de pelos para retener el plancton y que salga el agua. Así se alimentan.
-¿Qué es el plancton?
-Bichitos y nutrientes que están en suspensión en el agua y de los que se alimentan las ballenas.
-Bichitos en el agua... -pondera.
-Pero no se ven.

Otra vez la cara de asco. Uno no quiere bichitos en el agua, está claro. Alicia quiso trabajar en un circo, ser domadora de caballos, y ahora ha decidido que se dedicará a la Veterinaria... aunque antes tendrá que sobreponerse a algunos temores más o menos superables. Por ejemplo, el miedo a los caracoles. Se ríe, pero yo siempre la apoyo. De niño yo tenía mucho miedo a las babosas. Además, Alicia dice con mucho tino:

-A los caracoles no hay que curarlos.

Alicia me ha dejado ver un dibujo coloreado que hizo en el colegio. Está en la foto. Tenía que dibujar una casa y a algunas personas. Me ha impresionado la forma medianamente abstracta y colorista de hacerlo. Le pido que me explique qué es lo que se ve:

-Esto es una construcción.
-¿Una casa?
-No, una construcción. ¿Es que no lo ves?
-Sí.
-Tiene casa, pero también es castillo -miro a las almenas y al arco cromático del frente, sobre el lado izquierdo-, y muchos ladrillos de colores.
-Me encantan los colores. ¿Quiénes son las personas que hay ahí?
-Ésta es mi amiga Alicia, ésta es mi amiga Teresa y ésta soy yoooooooooo -alarga el pronombre en un grito divertido.
-Y este humo que sale...
-Pues la chimenea. ¿Qué va a ser?

Me gusta la construcción de Alicia. Me gusta mucho. Con esa deriva de las formas, como en las casas de los cómics o de las películas de Tim Burton (me recuerda mucho a la de Charlie en Charlie y la fábrica de chocolate). También parece una locomotora disparada valle abajo, con la chimenea de carbón a todo meter. Y la mezcla rutilante de rojos, amarillos, naranjas, verdes que parece el recuerdo impreciso que Cortázar tenía de los baldosines del parque Güell... Alicia escribe y dibuja con cierto desinterés, como si anticipara que la letra suele deteriorarse con el paso del tiempo, por la distracción del cerebro en otros asuntos más acuciantes que enlazar las letras o terminar la 'o' con un lacito. Pero esta Construcción la ha colgado en la pared de su terraza y yo la cuelgo aquí.

No me gusta regresar del otro lado del espejo. Es un lugar del que no saldría nunca. Alicia va a cumplir seis años y camina con inconsciente decisión hacia los límites de ese mundo. Su cabecita me ha mostrado con este dibujo lo que yo interpreto como una emocionante capacidad de abstracción. Me gustaría que la conservase, para poder comunicarnos de un modo personal y privado como yo quiero creer que hacemos ahora. Una cabecita abstracta no sirve de nada en el día a día, yo lo sé bien; pero al menos solventa tardes ociosas porque uno se puede meter en casa mano a mano con sus abstracciones y sobrevivir lo que haga falta sin necesidad ni deseo de las cosas concretas y aburridas de la vida. Una cabeza abstracta ayuda también a demoler el silencio de las horas de soledad; aunque otras veces lo inflama hasta la agonía, como hace el viento con el fuego.

Me pregunto si esta larga guerra interior que sostengo (construcción sin almenas ni vivos colores) precisa de tantas víctimas. 

20/05/2007 15:48 Autor: Mario. #. Tema: Conversaciones con Alicia No hay comentarios. Comentar.

10/02/2006

El circo de Alicia

20060211012543-morico.jpgAlicia no ha ido hoy al colegio. Está “un poco malita”. Describe los síntomas: “Un poco afónica y también mocos”. A Alicia le gusta lavarse los dientes y mientras hablo con su padre la oigo que le pide que cuelgue pronto para ir los dos a lavarse los dientes juntos. Su padre le promete que lo harán en cuanto termine de hablar conmigo. Se pone Alicia. Me cuenta que no ha ido al colegio y por qué. Un poco malita. Tiene cuatro años, casi cinco, porque los cumplirá en junio. Mamá la llevará luego al médico. Hace pocos días estuvo en el circo (ella ya ha estado otras veces en el circo, y del circo le gustan sobre todo los animales) y le pido que me cuente qué vio en el circo. “Sólo había focas”. ¿Sólo focas? Y por qué... “Porque era un circo pequeñito y sólo tenían focas”. Entonces agrega: “El mío tendrá caballos”. Alicia va a trabajar en el circo y será domadora de caballos, ella ya lo sabe y me lo cuenta para que yo también lo sepa. ¿Cuántos caballos habrá en tu circo, Alicia? “Diez”, responde sin dudarlo. ¿De qué colores? Enumera: “Uno negro, otro blanco, otro gris, otro marrón, otro con manchas...”. ¿No te gustaría uno color canela, con la melena más oscura? A mí me gustan esos mucho: “Vale, uno canela también”. La sugerencia le parece aceptable, así que en el circo de Alicia también habrá un caballo color canela con la melena más oscura. “La melena marrón”. Eso es. Y  dime... ¿en cuál montarás tú, Alicia? “En el negro”. ¿Y cómo se llamará? “Philip”. ¿Y yo podré montarme en alguno? “Claro”. ¿En cual? “En el blanco”. Ah, qué bien, el blanco me gusta mucho. Pero a mí me gustaría también montarme en el negro, todo brillante. ¿Me lo dejarás? “Sí, te dejaré que montes”. ¿Y si montamos los dos? “Sí, sí. Los dos mejor, porque es un caballo fuerte”. De acuerdo entonces. Los dos en un caballo negro. Oye, le digo, ¿iremos un día al fútbol? “Sí, cuando no esté malita”. Vale. Un día iremos al fútbol. Alicia me ha prometido que me llevará al fútbol. Sé que ella me lleva a mí, no yo a ella. La diferencia es obvia. Adiós, Alicia. “Adiós, te dejo con papá”.

 

10/02/2006 13:33 Autor: Mario. #. Tema: Conversaciones con Alicia Hay 6 comentarios.


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