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Somniloquios

Crochet mortal de Ewerthon

Crochet mortal de Ewerthon

AS, 12 de enero de 2005
www.as.com 

Atlético, 0-Real Zaragoza, 1

El otro día nombramos al gran Muhammad Ali. Hoy hablaremos del guisante Pernell Whitaker. ¿Usted se acuerda de aquel pequeñarras que molió a palos a Poli Díaz en la pelea por el título del mundo? Todo fino, todo enano, todo pusilánime... y arreaba unos guantazos que dejó al potro de Vallecas en jamelgo de Orcasitas. Qué mano de tortas le dio. Bueno, pues así es Ewerthon: pequeño, veloz, ligero, casi imperceptible. Pero hijo, tiene la baba del gol (que buena frase, oída ayer en la radio). Le pesa la mano. Pega y mata. Corre y gol. Sale y gana. Apareció en el descanso y con un crochet de zurda mandó al Atlético a dormir.

Ahora, es raro que dos equipos quieran lo mismo en un partido, sobre todo si es el primer partido de una eliminatoria. Que el Zaragoza ramoneara en el Vicente Calderón estaba previsto. Pero que Bianchi se hiciera el loco y jugara también a no encajar, ya es otra cosa. Y sí, jugó a eso. Recordó a aquellos caricaturescos episodios de Bilardo, cuando Argentina perdía 1-0 y el profesor sostenía el impulso de los suyos hacia el empate, no fuera que les hicieran el 2-0. O cuando en un partido a la albiceleste le faltaban 15 minutos para establecer un dudoso récord histórico de minutos sin hacer un gol, y Bilardo ordenó en el vestuario: “No se les ocurra marcar antes del cuarto de hora que jodemos el récord”. Son lógicas enfermas. Avisado de que el gol fuera vale doble, Bianchi puso buen cuidado en no encajar uno. Casi más que en anotar.

Respecto al Zaragoza, el equipo se dispuso en el campo exactamente igual que cualquier otro día. Cuestión diferente es lo que cada cual pueda opinar sobre la suplencia de Ewerthon (el que avisa es un amigo, y AS avisó), y la comparación con Sergio García. Uno está casi seguro, modestamente, de que con Movilla hubiera aparecido el trivote, pero eso queda para la especulación. Lo de Ewerthon lo tenía Víctor entre ceja y ceja hace días: dejarlo fuera y darle entrada después del descanso por Diego Milito. Y eso exactamente hizo.

El fútbol es la materia opinable por antonomasia. Hay quien piensa que, precisamente, la mejor forma de ayudar a dos delanteros en racha es no separarlos ni aun en broma, entregarles a ellos toda la confianza y seguir hasta donde dure. Otros miran a la espalda de las cosas. Como Gila, que pensaba en la madre del portero al que le metían un penalti y se apiadaba de ella y del chico. Bueno, pues en el reverso de la hemorragia goleadora de Diego y Ewerthon, ese tipo de pío individuo ve el silencio de Sergio García, y cavila: algún día hay que darle una oportunidad. ¿Por qué no ayer? Son formas de verlo. Al final todo el mundo tiene razón alguna vez. Los que miramos el fútbol desde afuera somos pasionales y absolutos en nuestras hipotéticas decisiones. Que se sepa una cosa si es que importa algo: si yo fuera presidente también habría dejado a Ewerthon quietecito con Diego. Ahora, a Víctor le salió tan bien que cualquiera le dice nada.

El soliloquio viene a explicar las circunstancias. Porque la primera parte fue más de circunstancias que de hechos. La ficha dejó poco que contar, pero aquí quedará consignado, para que la crónica no salga demasiado discursiva. Lo mejor (en el Atlético, se quiere decir) fue una escapada de Petrov por la derecha que tuvo que conjurar César. El dominio de César en el achique es de escuela de porteros, la verdad: tiene la velocidad, la exactitud y el equilibrio precisos para reducir todos los ángulos a casi nada. Petrov debió rematar por obligación contra el guante del portero.

En realidad, como ocurrió en la Liga, el correo del zar fue Petrov y duró sólo un tiempo. Torres vagó en solitario, Ibagaza fue y vino como un topo en su agujero, intentando jugar. Kezman estaba en el banquillo. Así que todo quedó en manos del búlgaro y sus pies en polvorosa. Dejó esa carrera furibunda que Álvaro acompañó temiendo penalti o algo peor. Y luego le puso otra con lazo a Maxi en el corazón del área que el argentino, felizmente, voleó a la luna. Del Zaragoza se supo bien poco: un disparo de Sergio García que iba fuera y que Falcón, para darle contenido, sacó igualmente a córner. Diego no encontró conexiones. Cani y Óscar, apenas.

Lo mejor del Zaragoza tenía que ver con Gabriel Milito, rizo imperial, y sobre todo con Celades, el motor silencioso que buscan los ingenieros. Quizás el fútbol reserve a Celades una extraña incomprensión popular. Es uno de esos jugadores de esencia recogida, futbolista de detalle, futbolista para haber sido torero y que lo glosara el inolvidable Joaquín Vidal. Ese Celades paró el tiempo... diría el maestro. Ese Celades hace del fútbol un arte de simplicidades incomprensibles. Burdamente diremos que Celades se equivoca muy poco. Pierde un balón cada seis meses, pero la mayoría los juega bien o los mejora. Para el Zaragoza (milagro repetido) es un jugador perfecto; y tal vez el Zaragoza sea un equipo perfecto para él.

A Celades lo acusan de intrascendencia, pero habría que examinar bien lo que significa ese término en este juego. Mientras lo pensábamos, Celades hizo ese pase maravilloso a Ewerthon en el arranque del segundo tiempo. El brasileño había aparecido en el campo tras el descanso. Eso siempre reanima al Zaragoza, equipo que encuentra su felicidad pasado el intermedio. Parece un boxeador estratégico. No es que se cierre o eche la espalda a las cuerdas, pero se pone contemplativo. Da vueltas, va y viene, se la da a Celades, regresa. Y en la segunda entra a jugar. Y con Ewerthon se afila.

Óscar había llamado a la puerta del gol a los 55 minutos con un jugadón que nos recordó quién es Óscar. Otra vez le faltó el gol. Lo tiene en algún sitio, pero no da con él. Lo toca como el que toca una moneda perdida en el dobladillo de un abrigo: sabe que está ahí pero no acierta el modo de sacarlo a la luz. Ayer se lo quitó Pablo en el remate final. A continuación, Cani largó un zapallazo que rechazó como pudo Falcón. Era otra vez el Zaragoza de la Copa, ese que de pronto da un aldabonazo y dice: señores, aquí estamos.

Y sí, ahí estaba. Con Celades y súper ratón. El Atlético se disolvía cuando los dos hicieron chispa, y vino el gol. El pase con arco hacia el costado de la defensa, delineado como con un cordel por Celades, curva exacta de dibujo técnico; y la escapada de Ewerthon, que nunca olvida supervitaminarse ni mineralizarse. Por eso le sacó un cuerpo a Pablo. Fue suficiente. Al pisar el área se le encendieron los sensores, porque Ewerthon sabe que el gol es un teorema de equilibrios y geometrías que hay que resolver de noche y en un tren desbocado que entra a un túnel. Él despejó la incógnita sin pensar, por pura y demoledora intuición. A eso se le llama belleza. Arte. La tocó con suavidad al otro lado antes de que llegara el defensa y más allá del cuerpo del portero. Y la pelota, obediente, se fue pegadita al palo. Al gol. A la victoria.

Noqueado, el Atlético enloqueció. Bianchi movió la baraja y puso a un Kezman menor, tabernario e impulsivo. Tuvo una, sí, y se la sacó César, cómo no. Pero el partido había de quedarse suspendido en esos segundos que duró la jugada de Celades y Ewerthon. La esencia viene en frasco pequeño. En la ligereza creativa de Albert y en el vuelo mortal de súper ratón. Esos dos chicos pararon el tiempo, don Joaquín. Y esta Copa huele de maravilla.

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