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Fontanarrosa, viejo y pelotudo

Fontanarrosa, viejo y pelotudo

Nadie me hizo reír tanto con sus cuentos como el argentino Roberto Fontanarrosa, viñetista y escritor. Si busco en la memoria o en la librería, que vienen a ser lo mismo, sólo veo próximo a Tom Sharpe y algunos relatos paródicos de Woody Allen. Es desde luego una mirada subjetiva, pero del Negro Fontanarrosa resulta difícil dudar. Colaboró durante un larguísimo periodo con Les Luthiers y eso lo hace ya de por sí intocable. Sin embargo el orden de los acontecimientos revela que no antepuse la idolatría a ciegas. Primero conocí a Les Luthiers, mucho después los cuentos de Fontanarrosa. Admiré a ambos sin condiciones, me divirtieron y me divierten mortalmente. Por fin, con el tiempo supe que habían trabajado juntos y me pareció inevitable, como si lo supiera sin saberlo. Un triángulo desordenado, de perfecta lógica. A Les Luthiers los vi en el Teatro Coliseo de Buenos Aires hace un par de veranos; en esa misma visita compré todos los libritos de cuentos de Fontanarrosa que fui capaz de encontrar en las gloriosas librerías argentinas, en la modesta Ediciones de la Flor. Del Negro -de sus historias, de su lenguaje, de su humor, de la descarnada ternura- podría poner muchos ejemplos. Siempre he querido por encima de todos el cuento titulado 19 de diciembre de 1971, porque es el cuento que uno sueña escribir y porque su argumento parece estar ahí, al alcance de la mano, oculto en las decenas de experiencias similares a la que describe Fontanarrosa, y que todos hemos vivido: ¿Quién no conoce a un tipo al que tiene por talismán, ese que nunca debe faltar en un partido decisivo? Esta semana, antes de la tristísima final de Copa, pensé de nuevo en esa historia. Relata una aventura culminada en el histórico partido semifinal de la Liga argentina que disputaron en la fecha del título, en Buenos Aires, Rosario Central (equipo de devoción del Negro) y Newell’s Old Boys (el rival directo en la ciudad de Rosario). Es el mejor relato de fútbol que yo haya leído, en igualada disputa con algunos de otro argentino queridísimo, Osvaldo Soriano (pienso al vuelo en las Memorias del Míster Peregrino Fernández y en el desternillante Gallardo Pérez, referí).

Estas notas no tienen otro valor que servir de introducción para la preciosa entrevista que Clarín publica estos días a Roberto Fontanarrosa. Me la envía Javi Hernández con una apostilla rotunda en el subject del mail: "Imperdible". De verdad lo es. El Negro, acosado por una rara enfermedad neurológica, se dibuja a sí mismo con trazos sueltos como palabras. Certero, ingenioso, vital. Dan ganas de leerlo de vuelta.

(*) Foto: El Negro Fontanarrosa, algo menos aviejado, con dos amigos de su creación: Boogie el aceitoso e Inodoro Pereyra, protagonistas de sus viñetas.

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ENTREVISTA A ROBERTO FONTANARROSA

Dibuje, maestro

A los 61, el humorista rosarino repasa su exitosa carrera, en la que publicó miles de chistes y decenas de libros. Así, recuerda su infancia, habla de su oficio y cuenta cómo le da pelea a una dolencia que lo obligó a cambiar de hábitos pero no lo doblega.

Diego Heller
dheller@clarin.com

Llueve en la ciudad de las chicas más lindas del mundo. Es triste la tarde, propicia para la nostalgia. Roberto Fontanarrosa – El Negro , por abreviar– mira el Paraná y se recuerda purrete. “Tenía diez años. Mi viejo, que jugaba al básquet, me quiso seguir llevando por los clubes de Rosario, pero me le planté y le dije que lo mío era el fútbol. Lo aceptó, por suerte.”

Para ese pibe, que daba precoces muestras de falta de talento para las disciplinas escolásticas, el fútbol sacrosanto olía a naranja (“las iba moldeando durante el partido”), o a césped cortado. El hombre que hoy recuerda al pibe que supo ser hubiese dado lo que no tenía por jugar un tiempo en la primera de Rosario Central. “Si no hubiese sido tan de madera”, se reprocha. “Era un ocho de los laboriosos, volante de equilibrio le decían. Hasta que un día me rompí los meniscos.”

Gabriela, que es la mujer de Fontanarrosa desde hace cuatro años, nos deja solos en el departamento mínimo de la calle Wheelwright: aprovechará el rato libre para terminar de aceitar la edición de la revista de novias que dirige. Se habla de fútbol, y el humorista se olvida de todo; por un rato, ya no le preocupan la enfermedad que amenaza su movilidad ni la página que debe entregar hoy. En eso llama Franco, de Buenos Aires: el único hijo del humorista habla un rato largo con su padre. A la distancia, logra hacerlo sonreír.

Tu hijo no quiso saber nada con el fútbol ni con el humor. ¿No te lo habrán cambiado en la nursery?

No creo. Yo te digo que a veces es una suerte que no haya salido así, fanático del fútbol como yo, porque vive tan tranquilo los domingos... Pero bueno, tiene el mismo tipo de fanatismo por la música, y en eso sí me alegra.

¿Te habituaste a que esté lejos?

Y, yo qué sé... Yo lo entiendo: un dibujante puede dibujar desde Ushuaia, pero un músico tiene que estar donde pueda estar en contacto con otros. Y en Buenos Aires, es más amplio el campo.

Se dedica a la música electrónica: ¿a vos te gusta ese estilo?

¡Mamita! No... Yo digo que hace música punitiva. ¡Mamita! Lo que me da la impresión –bueno, y me lo dicen– es de que toca muy bien. Está muy contento en Buenos Aires, cosa que me alegra. El cagazo era que se fuera más lejos: siempre tuvo la fantasía de Estados Unidos. Desde los 16 años que se quería ir, y a los 19, hace tres años, se instaló allá. Claro, es hijo único y se complica tenerlo lejos. Uno lo extraña mucho.

Otra cosa que El Negro extraña es un rito que debió suspender año y pico atrás, cuando la esclerosis que ya lo tenía a maltraer se agravó: los partidos de fútbol con amigos. “Dudo que exista un programa superior a ir a jugar al fútbol. Mirá que yo me rompí la rodilla y tuve reemplazo de cadera, pero no colgué los botines... Es algo muy difícil de reemplazar. Creo que lo fundamental es que en la cancha descargás todo. Vas, pateás, gritás, volvés cansado... Te limpia el bocho. Es tan lindo que no me resigno a perderlo.”

Supongo que tu Paraíso tendría canchitas de papi.

A mí no me va eso del nirvana o los jardines con minas tocando la flauta. A los dos días ya te querés cortar las pelotas. Al Cielo le pondría canchitas y un par de bares, porque en el bar estás en tu casa y a la vez estás balconeando la calle.

Un grande del buen humor

Fracasó en el industrial (“fui precursor de la deserción escolar”). Tuvo un paso fugaz por la publicidad (“me sirvió para no tener nada de divismo”). Cuando vio por primera vez a Central campeón, en el 71, ya llevaba tres años publicando chistes propios.

¿Hiciste la cuenta alguna vez de cuántos chistes publicaste?

No, pero calculá que empecé a publicar en Clarín en el 73, y antes publicaba en Hortensia , o en otras revistas. O sea, a la cantidad de dibujos que aparecieron en Clarín , tendría que duplicarla.

¡Casi veinticinco mil dibujos!

Uf, muchos. Bueno, mirá, ahí, en una piecita, está todo el archivo, que es un quilombo. Le pedí a mi primo, que es radiólogo, unas cajas rojas rígidas que son buenísimas, y ahí los guardo.

¿Nunca se te da por mirarlos?

No, no soy nostalgioso. Además, de un tiempo a esta parte, con todo este tema de salud, no puedo manipular las cajas. Son una cantidad muy grande: no hice la cuenta, pero debo haber editado cerca de sesenta libros con dibujos.

Lo de escribir un libro, está. Lo de tener un hijo, también. ¿Arboles?

Ahí fallo. Planté uno que otro... Creo que el balance, en definitiva, perjudica a la Naturaleza.

La idea de esa enumeración es ver si las personas están hechas con lo hecho. ¿Qué te pasa a vos?

Mirá, sentarme a dibujar todos los días es algo que me gusta. Siempre me ha gustado dibujar, me ha gustado contar. O sea, el mío es un trabajo vocacional y el gusto lo sigo manteniendo. Lo que pasa es que se me hace mucho más trabajoso dibujar. Lo que antes me llevaba diez minutos, ahora me lleva media hora. Entonces, el placer de dibujar se diluye un poco. Además, uno se hace más mala sangre, se hace más selectivo. Prefiero reservar la energía para Inodoro y los chistes, para cosas puntuales.

Para peor, no sabés cómo va a ser la progresión de la enfermedad.

No, no, no se sabe. Eso no se sabe. Aunque a todo uno se acostumbra, la situación te rompe las pelotas, te
sentís mal. Bastante bien me la he bancado estando acá, saliendo poco y nada. Ya no voy ni a la cancha ni al café, viajo mucho menos...

Debe ser complicado replantear una rutina de tantos años.

Claro, claro. Por ahí digo: ¿cuánto hace que no voy a una librería? Y ese era uno de mis paseos habituales.
Pero bueno, qué sé yo, uno va reacomodando todo. Trato de pensar que es sólo una etapa... pero lo preocupante es que me tocó una enfermedad sofisticada. Hasta los médicos dicen que es rara.

Siendo un tipo tan observador y que vive del humor, ¿llegaste al punto de prestar atención a los tics y manías de tus médicos?

Forzosamente, porque hace tres años y medio que estoy con este quilombo. Y había un psiquiatra –porque yo empecé una terapia– que me decía: “A usted le va a resultar todo más difícil, porque los humoristas tienden a cagarse de risa de todo”. O sea, aunque los respete mucho, uno siempre está buscando la cosa para cagarse de risa. Eso uno lo sigue ejerciendo. Al punto que mi último libro, El rey de la milonga , lo escribí con este tema de salud encima.

Justamente, en esos cuentos se nota cómo te fuiste despegando de la parodia clásica para volcarte un poco más hacia el realismo.

Sí, claro. O al menos lo intenté, pero siempre respetando la estructura clásica del cuento. La parodia es fácil; la cosa es cuando hay que contar algo con palabras propias. Y yo creo que influye, como siempre, lo que está leyendo uno en ese momento. Hace mucho que no leo ficción. Leo reportajes, ensayos accesibles a mi entender, testimonios, biografías, ese tipo de cosas. Y el último libro refleja eso, porque está escrito con ese estilo: con historias de vida supuestas, aproximaciones periodísticas. Lo que pasa es que a mí siempre me gustó mucho como género el reportaje. Capote, Mailer, Salinger me han influenciado mucho. Y me ayudaron a revalorizar al reportaje. Eso lo interpreto a partir de lo que pasa con otros escritores, ¿no? Porque todos conocemos a Borges, pero vaya a saber cuántos lo habrán leído. Su imagen se ha armado a través de los reportajes que dio.

Sin ir más lejos, creo que vos sos muchísimo más leído que Borges.

Bueno, eso es lo apabullante de los diarios. Aquí, un libro que vaya muy bien puede vender quince mil ejemplares. ¿Y cuánto tira una edición de Clarín ? No hay ni punto de comparación. Mirá, será por eso que cuando se hizo el Congreso de la Lengua, que viniera José Saramago provocó acá una especie de expectativa como si viniera Brad Pitt. Y yo me preguntaba cuánta gente habrá leído a Saramago. Yo leí algún reportaje a Saramago, pero no leí sus novelas. Entonces, ¿por qué provoca esta repercusión?

Y, por haber ganado el Nobel, que es como un Oscar de las letras.

Claro. Por eso no entiendo a esos escritores que se ofenden cuando les dicen que son mediáticos. Yo soy mediático, y eso ayuda a que me conozcan, que conozcan mi forma de pensar. Me alegra ser así.

A la vez, te pasa algo parecido a lo de Osvaldo Soriano, que era ninguneado por la academia.
Claro, pero esas son cosas que no me interesan. Como decía Landrú: “Es preferible ser sano y millonario que pobre y enfermo”. Es obvio. Uno prefiere que guste el trabajo, pero a eso de escribir para los escritores yo no le encuentro la gracia. La cosa son los lectores.

Después, copás un ámbito académico como es el Congreso de la Lengua, y te lo robás hablando de las malas palabras. Te vengás.

Mirá, yo en principio no sabía de qué hablar. En un momento, pensé en hablar sobre el idioma castellano. Lo lógico, lo clásico. Pero después me di cuenta de que no tenía mucha capacidad, ni autoridad. No me parecía divertido, y todos iban a hablar de eso. Y no sé por qué se me ocurrió eso de hacer una defensa de las malas palabras.

Sospecho que la idea no cayó nada bien entre los organizadores.

Fue gracioso: cuando me preguntan sobre qué iba a hablar y yo digo que sobre las malas palabras, se quedaron... Para colmo, después me preguntan por mail: “Bueno, ¿cuándo va a mandar su ponencia?”. Y les digo: “Yo no la escribo; me hago un ayudamemoria y luego improviso”. Y entonces habrán dicho: “Viene Jorge Corona”. Tuve que tranquilizarlos. Les dije: “Miren, no quiero hacer un escándalo, sino preguntarme por qué son malas las malas palabras, y pedir una amnistía para ellas”. Eso fue todo. Aparte era en Rosario; yo era local.

En Colombia te hicieron un homenaje otros escritores. Volviste a tu ciudad y la gente salió a la calle a ovacionarte. ¿Cómo lo tomaste?

Mirá, lo de acá fue muy lindo, en el sentido de que fue muy sorpresivo. La que estaba en el complot era Gaby. Vos sabés que me levanto al mediodía: había llegado de Cartagena muerto, porque viajamos toda la noche y estaba acá, en el living. Y escuchaba, afuera, a unos pibes que gritaban: “Negro, querido, el pueblo está contigo”. ¿Sabés que pasa? Que acá enfrente está el Registro Civil. Entonces yo me digo: “La mujer debe ser temible para que a un tipo que se está casando le griten así”. Pasó, y después se callaron. Después empecé a sentir trompetas y ya no entendía nada. En eso viene Gaby y me pide que me vista (yo estaba en calzoncillos, ¿viste?). Entonces, ahí sí me dije: “¿Adónde va esta historia?”. Y bueno, salí al balcón y miré para abajo... Uf. ¿Viste cuando vos mirás una situación y no la entendés? Porque había un ómnibus descubierto, lleno de gente; mariachis; gauchos a caballo con banderas... Era una escena medio de Fellini. Fue muy lindo. No hubo discursos, no hubo cosa solemne, no hubo nada pomposo. Fue un homenaje muy... futbolero. Estaban todos los amigos que uno tiene por ahí, y yo estaba súper emocionado, obviamente. Uno, con los años, se va poniendo más de la lágrima fácil.

Siempre fuiste muy tímido, ¿no?

Claro, claro, y muy contenido. Pero las manifestaciones así, populares, a mí me emocionan más que los actos solemnes. Pero también es cierto que lo de la enfermedad te sensibiliza bastante. Afortunadamente; porque después de todo tenés que ser de madera para no emocionarte. ¡Cómo no me voy a poner mal si de golpe yo miro para abajo y la veo a mi vieja, que tiene 86 años! Veo a mi hijo, que yo pensaba que estaba en Córdoba. Yo siempre fui de madera jugando al fútbol, ¿viste?, pero no desde lo emocional. Como decía un amigo: uno se pone viejo y pelotudo.

Eso, vaya y pase. Pero por favor no archives esa vieja idea de hacer un libro sobre fracasos.

Mirá, lo iba a hacer recopilando las anécdotas de fracasos amorosos de todos mis amigos, que son infinitamente más divertidos que los éxitos. Los éxitos suenan como pedantes; los fracasos, en general, son divertidos y hasta tienen algo romántico. La derrota siempre es más digna... Pero, aparte, bueno, está más cercano a la historia personal mía, o a la de todos. En esto de las relaciones, son más las que se pierden que las que se ganan.

Y preferís a los perdedores natos.

Sí, porque además son queribles. Pero, aparte, proviene de algo más autobiográfico: porque la introspección y la timidez son el común denominador de los humoristas. De chico, era de una timidez dolorosa, de no atreverme a entrar a un quiosco a comprar caramelos.

Pero ya pudiste superarlo, ¿no?

Sí, y me busqué un trabajo que es una terapia. El tipo que dibuja, lo hace para acercarse, de alguna manera, a la gente. Y yo creo que lo fui superando, pero mi inseguridad era tan grande que recién estuve tranquilo cuando vi que había algo que hacía bien: dibujar.

Hablando de acercarse a la gente, ¿vas a ir a esta Feria del Libro?

Sí, voy a ir. Creo que es una de esas cosas que hay que asumirlas, ¿no? Al final, me sacaré el prurito y alquilaré una silla de ruedas, así no vivo esa tensión del carajo del temor a caerme. En principio la idea es ir a firmar libros, como lo hice siempre. Y creo que también habrá una charla con la gente.

¿Y después, Negro? ¿Cómo sigue la historia?

Nadie sabe. Pero trato de tomármelo lo mejor posible. Como me decía ahora una mina con la que estoy laburando, que es neuropsico no sé qué: “Tomalo como un período. Tomalo como que jugando al fútbol te quebraste una gamba y tenés que estar en silla de ruedas”. En eso estoy. Como diría Inodoro: “Mal, pero acostumbrado”.

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2 comentarios

beppo andrioli -

Me encontré con el negro en una de las ediciones de la Feria del libro en Buenos Aires. Yo estaba dando mis funciones de títeres y el andaba recorriendo la feria porque mas tarde tenía que participar en un panel de escritores. Se acercó a charlar un par de trivialidades. No recuerdo bien que comentarios hizo al pasar, porque yo quedé impresionado por su sencillez,por su calidez y bajo perfil. Al negro se le dieron dos o tres coosas a la vez que son fundamentales para un artista:su talento e ingenio y poder trabajar desde siempre bien pago en medios poderosos como Clarin. Todo eso contribuyó para que su obra se instalara como se ha instalado en el imaginario popular. Solo tuvo mala suerte con su salud. Pero todo lo demás se le dió y en término. Fue glorioso en su paso por la vida terrena, y quedó entre nosostros. Raúl Beppo Andrioli, titiripoeta desde La Plata.-
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Jorge J. Garcia -

Sin lugar a dudas el "NEGRO" es un filòsofo con todas las letras. No hay otra definiciòn.
Ha escrito libros muy buenos y excelentes historietas.
Deberìa ser reconocido como un verdadero filòsofo contemporàneo.
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