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Somniloquios

Algunos cobardes

Algunos cobardes

 

Me he cruzado en la calle con uno de esos cobardes que repartieron inmundicias mentirosas sobre mi nombre y sobre mi trabajo. Son cobardes pero advierto que tienen conciencia. Mala conciencia, sí, pero conciencia al fin y al cabo. Protegidos por las sombras y los entretelones de la Corte fueron clavando alegremente sus cuchillos sin advertir que la muerte resultaba imposible, y que en vida los iba a perseguir el recuerdo. Así es, por lo que se ve. Lo demuestra su pavor cuando, en pocos días, me he cruzado con dos de ellos o, mejor, ellos dos se han cruzado conmigo. El primer cobarde rubicundo de negra conciencia se atropelló el paso y desvió su camino por el parque Bruil para evitar pasar a mi lado. Lo miré de lejos, lo vi caminar entre los árboles y componía una patética figura de cobarde, pero eso no es ninguna sorpresa porque en general suele componer una patética figura de cobarde. Hace un siglo o algo más los hombres de honor cruzaban sus rencillas en duelos a muerte en los parques de esta ciudad, en Macanaz o en el Cabezo o quizás también en el Parque Bruil. Ahora cobardes huidizos los cruzan escapando quizás de una mirada o de algo que ni ellos mismos saben bien qué es. El segundo cobarde de esta historia era el cobarde colaborador del primer cobarde, al que ahora cobardemente han puesto a dirigir un nuevo proyecto. Una solución conveniente para seguir enmascarando el verdadero fin de su llegada a la empresa. Elección gratuita, claro, para que casara con la naturaleza del destino. Pero a mí todo esto me preocupa poco, la verdad. No suele interesarme siquiera el destino de mis propias empresas, así que como para ocuparme de las ajenas... Este cobarde al que me refiero ahora ha asomado la cabeza inmunda, de desatenta higiene, al callejoncito... y se ha encontrado conmigo. O no, porque yo estaba de espaldas, pero aun así la espalda le ha resultado suficiente amenaza, y veloz ha dado un salto de conejo de feria para regresar al abrigo de la empresa, donde en realidad siempre estuvo. Allí ha esperado tras la puerta a que yo me marchase. Me han dado ganas de quedarme a saludarlo, a decirle “buenas tardes, gallina, cómo vas”... Pero yo no soy así, en el fondo.

 

Me sorprende este julepe que me tienen, de verdad. Esta aprensión, esta pavura. Esta seguridad de que sigo teniéndolos en mi pensamiento y hasta en una suerte de tentativa detenida de venganza. No es para tanto, chicos. No os imagináis la de cosas que tengo que hacer antes de pensar en vosotros. Y el vómito que se me venía... hace ya tiempo que me abandonó. Soy libre ya hasta del desprecio que me impusísteis durante algún tiempo. Si os escribo ahora es porque han sucedido estos dos incidentes tan tontos y casi me habéis dado pena o más pena todavía. Creedme, yo camino rápido, voy en línea recta y adelante, aunque a veces me parezca confuso el rumbo, pero no me entretengo en cruzar parques ni en esconderme tras las faldas del primo de Zumosol, aunque el primo sea director adjunto. Ahora... no os puedo solucionar el problema. Vosotros os habéis hecho así, no yo. No soy yo el origen de vuestra cobardía. Leed a Sartre: El hombre cobarde no lo es debido a una organización fisiológica que lo determine para ser lo que es, sino que lo es porque se ha construido a sí mismo como hombre cobarde por sus actos”.

 

Os doy un consejo si me lo aceptáis: cuando uno es cobarde, mejor no tentar a la conciencia, porque luego hay que cargar con esa culpa que siempre tiene la forma de alguien o algo. Pensadlo, gallináceos. O que os lo cuente alguien, que siempre los hay dispuestos a vuestro alrededor. Aprovecho también para regalaros un ejercicio de semántica que no le vendrá mal a vuestra prosa escolar: un buen puñado de sinónimos del término cobarde. Ahí van: temeroso, gallina, espantadizo, asustadizo, pávido, aprensivo, capón, receloso, rajado, huidizo, baboso, medroso, menguado, timorato, corito, miedoso, amilanado, despavorido, atemorizado, caco, blanco, pusilánime, tímido, apocado, blando, encogido, servil y vergonzoso.

 

Curioso que todos los matices os ajustan perfectos, salvo el último. La vergüenza la desconocéis.

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5 comentarios

puga -

amigo mario, la ostia es considerable, pero me alegra que digas que "soy libre ya hasta del desprecio que me impusísteis durante algún tiempo". Yo eso lo viví, ¿recuerdas? y me dio miedo a que tuvieras ese rencor por siempre. No podía ser. Tú, la que será tu hermosa mujer y los tuyos estáis por encima de esta gente. El otro día me dijeron que hasta se esconden de sus sombras. Un beso hermano. Se os echa de menos, especialmente a ti

Belli -

Lo peor de encontrarse a un cobarde es ser buena persona porque no le arreas. Y, encima, después te pasas la vida diciendo: Me cagüendioooooooos, ¿pa qué no le habré dau un hostión? A mi me pasa...
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Parco -

Mi carácter positivista sólo siente haber llegado tarde para observar con detenimiento cómo la sanguijuela alcanza su etapa de madurez.

M. O. -

Salud a usted, señor P. Da gusto leer lo suyo.

P. -

Si el garrote traza siluetas, y las desnuda de sombras, sale esto. Acojonante, digo. Si yo fuera el cobarde andaría acobardado (hay cosas peores que un mamporro). Salud señor, da gusto leer lo suyo.
P.
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