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Somniloquios

Cumpleaños total

Cumpleaños total  

Alicia cumplió el sábado seis años. Ansioso, la noche anterior la llamé por teléfono para hacernos una conversación previa de cumpleaños como mandaba el caso. Es decir: comentar qué tal le van a caer, cambios que prevea o haya podido observar de antemano en el paso de los cinco a los seis, qué espera del día, cómo y dónde lo vamos a celebrar... Ese tipo de cosas que uno comenta antes de un cumpleaños. He decidido que a partir de ahora Alicia y yo celebraremos juntos nuestros cumpleaños, aunque estén separados por diez meses de distancia y aunque nadie más lo sepa ni se entere. Esos detalles carecen de relevancia. A nadie le importa cuándo cumplo yo mis años y, en todo caso, a nadie le interesa celebrarlo. Ni siquiera a mí mismo. Pero he pensado que, si lo reúno imaginariamente con el de Alicia, me va a salir mejor. Con Alicia sí me apetece celebrarlo: delego en ella la alegría, la ilusión, el nerviosismo por los regalos y la fiesta. También lo de soplar las velas. Ella hace todo eso mucho mejor que yo.

-¿Qué te van a regalar? -le pregunto. Es como decir: ‘¿Qué nos van a regalar?'.

-Un telescopio para mirar las estrellas.

-¿De verdad?

-Sí. ¿Te gusta?

-Me encanta. Siempre había querido tener un telescopio para mirar las estrellas en las noches de verano.

Y es verdad que siempre lo había querido. Una noche muy clara en Hervey Bay, en la costa oeste de Australia, nos tumbamos con nuestras cervezas en unos jardines en plena calle y pasamos un buen rato mirando a las estrellas, a la Cruz del Sur, mientras alguien explicaba que en el Hemisferio Sur no se ven las mismas constelaciones que en el Norte. O al menos se ven algunas específicas. Yo no me moví: no tengo ni idea. Pero siempre me hubiera gustado tener un telescopio.

Está muy extendida la costumbre de mentirles a los niños, pero yo a Alicia no le miento jamás. Dado que me paso el tiempo engañándome a mí mismo, para ella reservo las verdades. El caso es que yo quería un telescopio pero de una forma muy leve, sin atreverme nunca a mencionarlo porque nunca creí poseer la inteligencia necesaria para mirar por un telescopio. Habrá quien diga que no hace falta ningún talento especial para poner el ojo en la mirilla y apuntar a alguna de las luches del techo solar, pero a mí no me llega para eso. Lo sé desde que metía 5 pesetas en los miradores azules que había en la ribera del Ebro, en el Paseo Echegaray, cuando era crío. Nunca veía nada si es que había algo que ver. Los catalejos azules han desaparecido. Levantaron el paseo y lo volvieron a dejar en su sitio, con un carril verde del lado del río, un carril para bicicletas por el que pasa una bicicleta cada tres días. Así las bicicletas pueden no circular pero al menos no circulan con toda comodidad, mientras los coches circulamos con toda incomodidad. Con el tiempo me he preguntado qué había que mirar en esos telescopios azules que con tierna ingenuidad pretendían hacer del paseo un paseo marítimo sobre el Ebro. Pero me gustaban. Aunque no viera nada.

-Me encanta el telescopio. ¿Me dejarás ver las estrellas?

-Claro. Las estrellas y los planetas. Porque también se ven planetas, ¿no?

-Bueno -trato de pensar rápido-, los planetas no sé si se ven... Están muy lejos. Sé que Venus sí se ve.

Lo sé porque se ve a simple vista: un punto de leche muy brillante, más grueso que una estrella, sobre la alfombra negra. Venus tilila con levedad mortal. Si es que es Venus...

-¿Se verá Marte? -insiste Alicia.

Dudo. No quiero decirle que vamos a ver Marte y que después Marte no se vea porque el telescopio no da más que para mirar a las vecinas, como hacía Hitchcock en Tinseltown: el señor Alfredo tenía el suyo entre las cortinas, apuntando a las ventanas de Grace Kelly al otro lado del valle (lo cuenta Kenneth Anger en Hollywood Babylonia).

-Marte no sé si se verá -reacciono-. Pero podemos ver la Luna con todo detalle, los cráteres y todo.

-Vale, la Luna está bien. Pero me gustaría ver Marte.

A quién no.

-Habrá que esperar a que no haya nubes. Si hay nubes no se ven los planetas ni las estrellas.

-¿Por qué? -se sorprende Alicia, como si hubiera un error en el sistema o incluso un fallo de fabricación, que ha detectado de antemano, en el telescopio que le van a regalar.

-Bueno, porque las nubes tapan el cielo. Si hay nubes, ¿sabes cuál será el único planeta que podrás ver?

-No.

-La cabeza de papá... que está llena de extraterrestres.

Alicia se ríe. Alicia se carcajea. Alicia se encana. No puede parar de reírse.

-Mañana se lo dices a papá.

-No, no... díselo tú.

-Se lo tienes que decir tú.

Y Alicia se lo dijo. Y se rió igual que por el teléfono, un poco descontroladamente, como si se le hubiera soltado el cable que sujeta la risa o le patinara. Pero hablábamos de Marte, y desde luego que vamos a ver Marte. Aunque estoy al otro lado de la mesa, Alicia me llama a gritos cuando le dan el telescopio de regalo:

-Mariooooo -es raro que no me añada el parentesco, pero me gustaría que no lo hiciera nunca-. ¡Marioooooo, el telescopio!.

Voy a verlo. Es precioso. Viene en una maleta gris plateada, rectangular, como una caja de herramientas enorme pero con un uso mucho más respetuoso con los vecinos, y desde luego infinitamente más interesante que hacerte una carretilla para transportar geranios con un par de tablones que te sobraron de la última obra. No es que sea precioso, es que es alucinante. Más aún que un caleidoscopio que me había enseñado la última vez (también quise tener siempre un caleidoscopio). El telescopio Viene con un libro-catálogo de estrellas, constelaciones, planetas, nebulosas, cometas, cuerpos y sucesos celestes con el que vamos a pasar horas mirando al cielo y leyendo los nombres y pensando lo lejos que están y explicándole a Nicolás -como hice aquella tarde que anochecía en el parque- por qué la Luna se ve más grande unas noches que otras, cómo lo que está lejos se ve pequeño y lo que está cerca se ve más grande. Le vamos a enseñar muchas más cosas.

Luego soplamos las velas, comimos tarta, nos pusimos los bañadores y nos bañamos los cuatro, con Isabel y Nico; yo le había regalado un pequeño equipo de buceo a Ali (otro regalo para mí mismo), pero no acertamos a ponérnoslo y mirar debajo del agua y respirar al mismo tiempo por el tubo, así que lo dejamos para otro día y nos pusimos a tirarnos los unos a los otros por el aire, volando para caer en el agua. La piscina era de 1.07 y Alicia hacía pie (tocaba). Hacía un poco de frío pero no queríamos salir. Después vino una tormenta, susurraban enfurecidos los árboles y tuvimos que salir corriendo del agua, secarnos rápido e ir a cubierto. Aún nos dio tiempo a jugar un poco al balón con Nicolás, que le pega con las dos piernas y bota muy bien con la izquierda. Enseguida se puso a llover y cayeron tres mil rayos sobre los montes del Cabezo de Buenavista o más allá, en ese lugar incierto en el que casi siempre están las tormentas.

De Alicia envidio su capacidad para desear cosas diferentes de forma constante y muy serena. Si no las consigue, razona la relativa importancia de la pérdida y se sobrepone de inmediato. Enseguida se le ocurre otra ilusión con la que sustituirla. Por ejemplo, yo sólo quise ser periodista y no se me ocurrió nada más, ni ahora ni antes. Alicia, sin embargo, primero quiso ser domadora en un circo, después veterinaria y ahora duda si hacerse astrónoma. Con una noche así, no pudimos mirar por el telescopio. Pero no importa. Lo habíamos pasado de miedo. Y aunque hoy también llueve, quedan muchas noches, muchas, muy largas, como mis noches de ahora, largas y un poco tristes si uno se descuida. Noches interminables para no dormir, para despertar llorando o para sentirnos bien en las horas intermedias y procurar que duren, aferrados a las esquinas del tiempo para que no se nos lleve el aire traicionero de las tormentas, que te puede dejar paralizado. Noches para mirar a las estrellas y los planetas con Alicia. Aunque yo no lo consiga, ella seguro que ve Marte.

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4 comentarios

Nuha -

Hace mucho que no escribes de Alicia...

Te invito a tumbarte sobre la hierba una noche de verano y jugar a cazar estrellas fugaces y, si acaso, bautizarlas. Casiopea también se localiza fácilmente, tiene forma de W.

Yo hoy estoy buscando al otro lado del arco iris... :-) http://www.youtube.com/watch?v=10w_sEcHlGs

Mornat -

Vente a bañarte con nosotros, chica... Te aceptaremos como uno más y, si te portas bien, te tiraré por el aire también a ti.

lorena -

No soy nadie. No tengo ni sobrinos ni hijos. Qué hago, doctor???

matchpoint -

Los sobrinos son lo mejor del mundo, pero sólo cuando los has tenido antes que a tus propios hijos. Es algo complicado de explicar y para muchos, de entender. Lógico. Mi mayor temor cuando nació mi hijo, fue no poder sentir por él lo que había sentido por mi sobrina. Las sensaciones son totalmente diferentes. Los hijos implican en muchas ocasiones una angustia y una responsabilidad que nunca sientes con los sobrinos. Leyendo tu "crónica de cumpleaños", sólo te puedo decir que aproveches y que disfrutes al máximo cada segundo con Alicia. Desde que tengo un peque, mi propio peque, apenas veo a mi sobrina, y esta nostalgia es dura de combatir.
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