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Somniloquios

La música, el tiempo

La música, el tiempo

Jesús Ordovás, el hombre de Diario Pop durante los últimos 25 años, es otro de los que toma la perversa vía Cafarell: jubilado a los 60, como otros cuatro mil empleados más de RTVE. La mujer que iba a regenerar la televisión pública, a darle el sentido verdadero y propio de su naturaleza, a convocar a un comité de sabios, será recordada apenas como la mujer que abrasó la memoria de espectadores y oyentes con un dictado masivo de prejubilaciones. Eso sí, hecha la operación, ya ejerce al frente del Instituto Cervantes. Su tránsito constituye un paradigma de lo que la propaganda y los méritos atribuidos por otros pueden hacer con una persona de exhaustiva incompetencia.

El caso, ahora que he soltado lastre, es que Jesús Ordovás fue homenajeado ayer en Discópolis por otro histórico de Radio 3, José Miguel López. Y yo pasaba por allí y me quedé a oír cómo Ordovás recordaba sus comienzos en la emisora, el nacimiento del legendario programa en el otoño de 1982, y la dirección y los micrófonos compartidos con otros nombres a los que reconozco como mis mejores (si bien no los únicos) educadores en el amor de la música: nombres como José María Rey, locutor adorablemente despiadado; Tomás Fernando Flores, faro de la modernidad desde Siglo XXI; Diego Manrique y ese crisol de sonidos llamado El Ambigú; Julio Ruiz, del sedoso y popero Disco Grande... y otros que no recuerdo ahora mismo pero a los que profeso la fe del discípulo. Para quienes preferimos la música radiofónica desprovista de jingles, locutores de artificio, efectos sonoros y listas, Radio 3 y todos estos muchachos han sido y son la compañía exacta durante muchos años.

Me gustó especialmente el recuerdo que Jesús Ordovás hizo de su descubrimiento de la música en una España de costuras apretadas. Sus temporales exilios juveniles a París, a Londres, a Rotterdam... Eran exilios interiores o búsquedas. Por eso, el joven melómano concluyó que ninguno de esos lugares había de ser el lugar. Y que el lugar estaba en California, donde había ocurrido todo. El vórtice del cambio si es que hubo algún cambio. Así que viajó a San Francisco, la ciudad por antonomasia en los finales sesenta, y allí conoció el desencanto. Ordovás se paseó por el cruce de Haight y Ashbury y sus alrededores, allá donde se produjo la primera sentada hippie en el verano del amor, en busca de una directriz o de una revelación o de un espíritu desde el que encontrarle sentido a todo lo demás. Fatigó las calles, las esquinas, los cafés, las tiendas de música. Enseguida descubrió que había llegado tarde. Ya habían muerto las tres jotas: Jimmie Hendrix, Jim Morrison y Janis Joplin, todos ahogados por su propio exceso de grandeza y droga. De la utopía apenas quedaban los nombres de las calles, el cartel en el cruce legendario y un buen número de jóvenes que serían mendigos, arrastrando los pies o desperdigados con sus guitarras por el parque.

Esos todavía estaban cuando llegué yo, casi cuarenta años más tarde que Jesús Ordovás. Cuatro décadas después y de modos muy distintos; pero al oírle ayer yo sentí que habíamos ido buscando en el fondo lo mismo, y que veníamos de un lugar, aunque con perspectivas y circunstancias bien diferentes. Diríamos que casi contrarias. Ya no estaba el ideario hippie y yo nunca tuve nada que ver con eso. Pero hay algo más, algo más al fondo de esos viajes y esos lugares. Están ellos, los hombres que salen de un tiempo inexistente como reclamando que ellos son el tiempo; están las tiendas de cachivaches, de propuestas esotéricas, de ropas alternativas, y sus colores estridentes en los muros. Pura psicodelia en la lata del tiempo. Eso que tan bien cuenta Chema Rey en sus especiales de la historia del movimiento psicodélico, Sunset Boulevard. Sobre todo está Amoeba, la bolera reconvertida en una gigantesca y hermosísima tienda de discos, como un supermercado de las canciones, las músicas, los sonidos y los ambientes. Un lugar sin tiempo. Y a eso voy. Están los murales de Hendrix, los Cadillacs en los aparcamientos, las librerías que todavía son librerías, las ardillas que abren nueces en el parque, los hombres que empujan carros de la compra repletos de ropas usadas y objetos sin uso. Sus gritos, las risas desaforadas, las melenas deshechas de suciedad, la mugre en los baños públicos... Cuando nos sentamos en aquel parque inmenso, nos rodeaban. Uno de ellos jugaba a mirar la hierba con una lupa que habría encontrado en algún cubo de basura de la ciudad. Otro hizo ademán de abrirse la bragueta, invitando al de la lupa con una voz áspera: "¡¡¡Mira a ver qué tal se ve esto que tengo aquí!!!". Todos se reían. Otros se reunían en grupos, diseminados por los bancos, formando círculos en la hierba alrededor del muchacho de ojos claros que tocaba la guitarra. Muchos pedían limosna con un comportamiento que uno consideraría decididamente digno. Sobre todo me impresionaban los ojos, relucientes en las caras renegridas, engastados como joyas al fondo de un rostro que rejuvenece en la proximidad. Esa es la América silenciosa, que como siempre digo canta a George Harrison, a Dylan, a Lennon, a Janis Joplin y lo que pueden de Hendrix...

La zona es tranquila, poco amenazante. Uno puede pasear arriba y abajo, detenerse bajo el cartel de Haight y Ashbury y recordar. Imaginar. Eso es todo, no hay más. La niebla que sube desde el océano y los cafés. Los despojos en el parque. Y sin embargo, en el cruce de las calles Haight y Ashbury hay algo suspendido en el aire, que no se puede definir pero que siempre está ahí. Mucho tiempo después de estar yo mismo, al escuchar el relato de Jesús Ordovás he advertido que ese algo es la música. La posibilidad de combatir todos los tiempos y las circunstancias con música, a la que considero algo parecido a una sustancia casi material del tiempo; un pensamiento sin soporte racional ni científico, sólo la impresión común de que una canción te lleva y te trae a escenarios que ya no son de hoy. Aunque llegues tarde. La música sería el tiempo sin tiempo. Sólo por eso, hay que pararse en la esquina entre Haight y Ashbury, como en tantos otros lugares del mundo... y escuchar. Y después cruzar a Amoeba, un poco más allá en dirección al Golden Gate Park. Agarrar una cesta metálica como aquéllas del viejo Spar y llenarla de esos pedacitos cuadrados de tiempo que llamamos discos. O música.

[Nota: la foto que ilustra el perfil del hombre somniloquio, en el margen derecho, fue tomada ante uno de los muros decorados de Amoeba, en San Francisco].

8 comentarios

Fedra -

Por cierto.Hubo u tiempo que en radio había programas dedicados al basket.Incluso un pub donde se podían ver en directo los partidos de la NBA.Y varias revistas especializadas en este deporte de la canasta.
¿Creis que si el cai subiese a la ACB EL BOOM DEL BASKET PODRÍA HACER RETOMAR ESTE FENÓMENO QUE SE DIÓ EN ZARAGOZA en los 80 primeros 90 con el equipo en competición europea?.

Soni -

Me acabo de enterar de que un conocido mío ha estado haciendo las prácticas con él, con Jesús Ordovás!! Bueno ya sabes mi opinión de todo lo que engloba tu artículo... Jajaja. Un caos.

Mornat -

Bueno, Área Reservada... De igual modo que lo poco que sé de música electrónica y alrededores ha salido de años escuchando Siglo XXI, lo poco que sé del jazz también salió de Área Reservada... En ese programa conocí, entre otras muchas cosas, a Cassandra Wilson, una de las mayores alegrías del viaje a Estados Unidos: la vimos en un recital precioso en el Town Hall de Nueva York, en el que sin contar al que cortaba las entradas estaríamos tres-cuatro blancos.d

cristina -

Y Area Reservada...

Mornat -

Zodiac es buena o muy buena. Dura, pero sobria. Con buenos personajes y buenas interpretaciones. Un relato comedido pero muy intenso de hechos despiadados y crudos.
Música por 3 también fue el gran programa de esos años para mí.

Fedra -

Merece la pena Zodiac?.Es dura de ver como el argumento así lo parece?.

A mi la ciudad que me encantó fue Niza.La arquitectura homogénea de sus casas blancas.El Paseo de los Ingleses recorrido a la oriila del mar,lAs arenas de Cimiez y su Gran Parade du Jazz,su mitin de atletismo,el hotel Windor con una pintura vanguardista en cada habitación.

Y Radio 3 va a sentir las bajas que está teniendo.descubrí el sonido Manchester en aquel música por 3 de Chema Rey.

Mornat -

Me fascina casi cada ciudad a la que voy, de un modo u otro. De todas me llevo algún recuerdo que, con el tiempo, convierte la realidad en algo más o menos ideal. En San Francisco, como en otros muchos lugares, me quedaría una buena temporada. Recuerdo Vértigo, Bullit, Qué me pasa, doctor y muchas más, porque verdaderamente San Francisco ha sido el escenario de centenares de películas, aun sin advertirlo. La última que yo haya visto, desde luego, Zodiac.

Luis -

Te fascinó San Francisco por lo que veo.Recuerdo la ciudad en la película Vertigo de Alfred Hitchcock.

Bueno y es una pena que se prejubilen Jesús Ordovas y Chema Rey.Escucharles durante tantos años ha sido estar al corriente de novedades discográficas y de grupos clásicos de la movida en el caso de Ordovas y de la psicodelia de los 60 en el de Rey,entre otros estilos.