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Somniloquios

Acogedora como un viejo camino

Acogedora como un viejo camino


Viajar me entristece, supongo que por eso siempre comprendí aquel verso tan hermoso de Neruda, que conocí recitado por una boca muy roja: "Entristeces de pronto / como un viaje. / Acogedora como un viejo camino. / Te pueblan ecos y voces nostálgicas". En los viajes yo no me entristezco de forma súbita, sino de modo capicúa: a la ida y a la vuelta. Tengo un corazón sedentario y un espíritu contradictorio: cuando me voy quiero no ir; cuando regreso deseo quedarme. Es, reducido a su último o primer átomo, la fuente de la insatisfacción. La mañana o la tarde anterior al inicio de un viaje renunciaría siempre a hacerlo, para quedarme en mi casa rodeado de los libros, oyendo música, paseando, haciendo nada, dormir en mi colchón, tal vez. No me importaría perder lo que he pagado por los billetes porque el placer de hacer lo que a uno de verdad le apetece en cada momento no tiene precio. Así de simple. Luego, una vez puesto, estar en otro lugar se convierte en el mejor momento sin comparación. Siempre quiero estar en otro lugar. Es lo que hablamos...

Luego viene la fase de la tensión. A mí jamás me ha ocurrido ni lo más mínimo en un viaje, pero me pongo en guardia antes ya de salir de mi cuarto. De San Francisco a Las Vegas nos cruzamos en el transfer al aeropuerto con una pareja que enseguida comenzó a narrar, en busca de nuestra conmiseración, cómo les habían perdido las maletas en París, cómo habían tenido que irse a la tienda Levi’s y a la lencería tal y al Macy’s, a comprarse un poco de todo; cómo se retrasó el vuelo, las horas de espera en el aeropuerto, cómo tal y cómo cual. Yo me quedé tieso y aguanté la sonrisa mientras le preguntaba al conductor: "¿Y por dónde cae el estadio de los 49ers?". El cerebelo me estaba avisando de un peligro que habíamos de sortear sin contemplaciones. En cuanto pusimos pie en el aeródromo sanfranciscano, largué la orden: "A éstos hay que perderlos que son unos gafes y nos joden el viaje". Y aunque el argumento parezca arbitrario, y vosotros me tacharéis de exagerado, yo os digo esto: en cuanto llegamos a la zona para el control de acceso, los separaron a un lado a los dos y los pusieron en una fila reducida. ¿Afortunados? Ja. Acababan de condenarlos a la hilera de las inspecciones detalladas, con destinatarios elegidos más o menos al azar. Y los cogieron nada más verlos. Conforme nosotros superábamos el área sin novedad, nos giramos para mirar y a los tórtolos les estaban haciendo enseñar hasta los empastes de las muelas. En una ráfaga, imaginé al alegre bilbaíno doblando el espinazo sobre una mesa, mientras rendía su pálida trastienda a los minuciosos dedazos del agente Bull, el único miembro medianamente honorable de una familia desestructurada de Pensacola. Me ratifiqué: "Corre ahora que están ocupados y no mires atrás". El Señor os libre de los viajeros malhadados, amigos.

Hay que viajar porque la mente se abre y se cierra como un diafragma fotográfico. Hay que viajar para huir y regresar. En el vuelo de salida en Barcelona, una azafata ha dado las instrucciones previas al despegue en dos idiomas: el catalán y el inglés. A la llegada a Atenas, la misma azafata ha dado las instrucciones previas a la toma de tierra en dos idiomas: el español y el inglés. Si el pasaje era el mismo, me pregunto por qué el cambio. La distancia convierte algunos prejuicios en pura y llana estupidez, que revela lo innecesario de ciertos empeños tan de moda en España y sus alrededores. Viajar enseña muchas cosas.

Atenas sigue donde estaba la primera y la última vez que la vi. Si os digo que descorro la cortina de una modesta habitación y al frente se levanta la colina de la Acrópolis, con el perfil del Partenón, me vais a considerar un pequeño privilegiado. Recuerdo bien la primera vez que levanté la cabeza desde los cafés del área de Monastiraki, a donde he regresado, y vi los templos de mármol iluminados de ámbar. Esta tarde he paseado por ese Montparnasse cauto de refinamiento, en el que los hombres atenienses toman capuchinos fríos en vaso alto y los perros atenienses se desperezan al sol acostados sobre el cálido asfalto, o patrullan las callejuelas con un trote animoso de pandilla juvenil. En pocos días comienza la Pascua Ortodoxa, uno de los acontecimientos religiosos principales del país. Me encantan las iglesias ortodoxas y sus frescos bizantinos en los muros, las cúpulas muy redondas y el ladrillo de fuera, y las velas que ofrecen los fieles a la entrada, antes de santiguarse dos veces. Pienso meterme en todas las iglesias que encuentre.

Atenas sólo adquiere nobleza en la reconstrucción de su pasado clásico; y hermosura en el inabarcable horizonte de casitas que se extiende y observa desde las balconadas de la Acrópolis. La tengo por una ciudad repetida de encantos discretos, aunque formidable por su condición mítica y por algunos espacios que conforman la memoria colectiva de la cultura occidental; o la cultura occidental, a secas. Más allá de la antigüedad, me gustan los taxis amarillos y los taxistas que sobreponen una agradable conversación a ese aire pesaroso que los enmarca: en Atenas todos los taxistas parecen a punto de entristecer, como si no condujeran para deshacerse de alguna nostalgia. Mientras conducen, muchos hacen girar sobre sus dedos una especie de pequeño rosario que enroscan y desenroscan continuamente en el índice, en un juego de apariencia hipnótica por el que les he preguntado. Ese amuleto está en todas las partes, en todas las manos, girando sobre todos los dedos: se trata de un método tradicional, o tal vez cabalístico, contra el vicio del tabaco. Una forma de combatir la sugestión de la necesidad o del gesto adquirido. El griego está sin desbastar. Y eso me gusta.

Grecia no está entre mis lugares preferidos, pero me recuerda a la España de los 80 y me hace sentir en qué país tan avanzado y previsible nos hemos convertido. Si alguna vez consideramos que nuestra condición geográfica nos hacía diferentes y mejores, va siendo hora de advertir esto: somos cada vez menos mediterráneos.

4 comentarios

San Valero ventolero -

La españa de los 80 y hasta mitad de los 90. Qué harías tú / en un ataque preventivo de la URSS. Esa misma.
Saludos!

Mornat -

Yo he recurrido a las paginas finales de 'Un dia mas con vida' y a 'Imperio', ambos de Kapuscinsky: en sus viajes bordeaba tantos precipicios que lo nuestro parece, en comparacion, una broma.
Disculpas por la fuga de acentos.

Lep -

Posología:
Un comprimido de "Escrito en un libro abandonado en un viaje" de Pessoa antes de desplazarse.
Después todo va rodado.

davicius -

¡Cómo me suenan esos síntomas al comienzo de los viajes! Yo lo achacaba (aunque no creo en nada de esos rollos de la astrología) a mi condición de Tauro redomado, ya que un día lo leí en una revista, en la consulta de un dentista que no tenía nada mejor que ofrecer para matar el tiempo, y la verdad, me pareció una razon tan buena (o tan estúpida) como otra cualquiera para ese canguelo que me entra al traspasar el umbral de mi casa hacia un peligro desconocido, y sobre todo al entrar en uno de esos cilindros metálicos con alas que todavía no sé cómo se sostienen y sin los que hoy en día es imposible viajar.....