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Somniloquios

Un amigo a mano

Un amigo a mano

En mis primeros días en Londres solía oír mucho Viva Hate, el mejor álbum que Morrissey ha hecho y hará. Me gustaba el aire decadente, nostálgico y culpable de sus canciones, seguramente porque de un modo muy poco esteticista yo me siento decadente, nostálgico y culpable. De ese disco me atraía la tristeza de los días perdidos en Late Night, Maudlin Street, porque yo me había ido de mi casa y la melancolía siempre se me ha dado muy bien. No tanto como la conservación de las amistades, que tiene algo de arte de la constancia que quizás yo no he sabido valorar bien, y por eso he dejado atrás etapas como he dejado atrás amigos que llenaban esas etapas. Como perdí mis juguetes de niño o las ropas de la adolescencia. Si algún día la señorita Freud alcanza esa profundidad de inmersión, me gustaría saber cómo se explica algo así en mí, que siempre he tenido pasión por mis amigos. Por eso había otra canción de ese disco de Moz, Break Up The Family, en la que celebraba con un grito la línea que dice: "Let me see all my old friends / Let me put my arms around them / 'cause I really do love them / Now... does that sound mad?".

He sabido la conveniencia de tener al menos un amigo argentino y otro inglés, porque te enseñan mucho acerca de la naturaleza de la amistad. Los argentinos practican una modalidad casi enfermiza, exigente, comprometida, arriesgada, pasional, duradera y gestual. Son proclives a decirte la verdad, pero nunca los crees porque está envuelta en una cantidad inagotable de bromas y excesos que desanudan la rigidez del conjunto. Así que no les crees ni les haces caso, pero te diviertes. Los ingleses están al otro lado: son amigos fiables pero contenidos, le ponen racionalidad a la relación, son honestos, formales, exigentes de otro modo, nada complacientes, escasamente físicos pero muy confiables porque actúan como una suerte de espejo de la verdad: a menudo te dicen lo que no quieres oír, como si no te conocieran de nada. Entonces te lo tomas en serio.

Cuando regreso a Londres me pregunto qué harán los amigos que tuve en Londres: Jose (sin acento porque él era franco-portugués o portugo-francés, yo qué sé), Tony, Dennis, Carl, Ebenezer, John, Carl o el gran Zack. La última noche reuní a algunos de ellos en mi apartamento de una habitación en Ridgeley Road. En viajes posteriores ("yo siempre vuelvo a Londres", les prometí) volví a verlos. Pero después pasé unos cuantos años sin regresar y se perdieron los teléfonos, decayeron las direcciones, se pelaron los cables del recuerdo, pasaron cosas peores o mejores que amontonaron el tiempo y el polvo a este lado. El otro día fui al hotel en el que trabajé y entré en la recepción para preguntar por alguno de ellos. El lobby me pareció pequeño, mucho más contenido de lo que yo lo recordaba, como si perteneciera a una imagen lejana de mi infancia, cuando el desequilibrio de las dimensiones varía nuestra percepción sobre el tamaño de las cosas. Dos portales más allá vivió Benny Hill. En el hotel conocí al señor Depas, un americano de ascendencia inconcreta que me ofreció visitarlo en su apartamento de Manhattan. Me pareció una posibilidad insuperable, aunque jamás hubiera sabido de qué hablar con él. A Depas le dio un paro cardíaco durante una de sus frecuentes estancias en el John Howard y se pasó varios meses ahí, recuperándose. El señor Depas dejaba buenas propinas y me trataba como trata un caballero a los empleados de su hotel de confianza: con cuidado afecto y cuidada exigencia. El señor O'Malley era otro habitual al que uno podía tenerle terror, y no porque no fuera amable. Pero en cierta ocasión trajo a su familia, incluidos un par de pequeñajos, y se clavó una semana o diez días pidiendo helado cada media hora para los niños. Literalmente cada media hora: saca la tarrina del arcón de congelación, peléate con el scoop para obtener dos hermosas bolas redondas de aquellos pedazos graníticos de hielo de colores, soporta la impaciencia de O'Malley (que soportaba a su vez la impaciencia de los churumbeles), barquillo de galleta, bandeja, sube, que no se derrita en el viaje, baja, guarda todo y... a los diez minutos vuelta a empezar. Hubo una tarde de domingo que pensé que O'Malley me quería gastar una broma pesada. No sé la cantidad de helado que debieron de comer esos niños zangolotinos, pero aún deben estar haciendo la digestión, los jodidos.

Esta vez no he encontrado a nadie, ninguno de mis amigos. Los he recordado, pero tampoco los he buscado. Llamé a Sean y contestó Sean, pero no era Sean. Era otro Sean. Casualidades telefónicas. ¿Dónde estará Sean? ¿Dónde estará Gaile? Dennis murió, con su incomprensible acento irlandés murmurado entre dientes, la cara apergaminada y el pelo con un tupé como de chico Gene Vincent en los 50. ¿Dónde estará Dennis O'Sullivan, el emigrante irlandés que sabía todo sobre Londres? El fin de año en Londres tiene el aspecto enloquecido del fin de año en cualquier gran ciudad, con riadas de gente que baja hacia el Támesis para ver el castillo de fuegos artificiales con el que el alcalde Livingstone (supongo) felicita a sus conciudadanos. El London Eye de fondo. Desde Bloomsbury, el barrio de los literatos, el distrito donde vivió Charles Dickens (cuya casa-museo se puede visitar), la noche de fuego del río se reflejaba en el cielo con un resplandor lejano, ocasional. En la distancia todo ocurre diferido, como si no fuera verdad. No es fin de año aquí porque no estás; no es fin de año allá porque no lo sientes. ¿Para qué el tiempo? Esta noche quiero ver a todos mis amigos, como Moz.

Casi daba por perdida la posibilidad de encontrar un pub en el que no celebrar el nuevo año con unas pintas. El de debajo y el de enfrente habían cerrado. Pero a la vuelta de una esquina de Russell Square apareció un local abierto, acostado sobre el lado sombrío de un callejón sin salida, animado pero sin aspavientos; uno de esos establecimientos atemporales en los que cualquier noche parece la misma noche, y si uno quiere puede serlo. El lugar está abierto desde 1735 y Oscar Wilde lo tenía por una de sus guaridas durante los seis años que pasó en la ciudad, pero eso lo he sabido después. Quizás aquí vació algunas cervezas (u otros licores transparentes o coloridos, más adecuados para un diletante como él) para ahogar el recuerdo dublinés de Florence. O tal vez, en el espacio que va entre un trago y otro, reparó en la condición intercambiable de la hermosura, que es un agregado de nuestra mirada, y se fijó en Constance Lloyd, hija de un consejero de la reina Victoria con la que se casaría y tendría dos hijos. El lugar estuvo abierto hasta las tres de la mañana en punto. No hubo campanada, pero sí los gritos de aviso: "Drink up, lads... drink up!". El cartelón de fuera mostraba a un perro grandote, un San Bernardo con un barrilito bajo la papada. Con esa mirada triste que le recuerdo al señor Depas, de Manhattan. El sitio se llamaba Friend at Hand. Y fue un amigo a mano en medio de la noche.

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2 comentarios

Mornat -

La tengo apuntada hace días. ¿Hace falta reflexionar sobre los efectos de las sustancias psicotrópicas en el comportamiento humano? Yo prefiero que las películas no reflexionen, que no me hagan el trabajo. Me gustan las cámaras a la altura de los ojos y la ausencia de juicios a los personajes. Pienso ir a verla. Me la figuro a medio camino entre la grandiosa Trainspotting y la magnífica American History X. Pero con las referencias no basta.

Jesús -

Muy sincero tu comentario sobre tu experiencia en londres con tus antiguas amistades.por cierto ví el día del estreno en los renoir la película This is England.Hubo momentos estremecedores como cuando el protagonista le reprocha al cabecilla del grupo que hable de la guerra de las Malvinas porque su padre ha fallecido en ella.Muy bien ambientada y con chulería indecente e imagen skin.Agresiva en algunos momentos permite reflexionar sobre los efectos de las sustancias psicotrópicas en el comportamiento humano.
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