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Somniloquios

Batallas

Batallas

"Early one morning / With time to kill /
I borrowed Jebb's rifle / And sat on the hill
I saw a lone rider / Crossing the plain /
I drew a bead on him / To practice my aim
My brother's rifle went off in my hand /
 A shot rained out / Across the land
The horse he kept running /
The rider was dead...
I hung my head / I hung my head
"
(‘Hung my head', Johnny Cash) 

En la vacía mañana del domingo, me vi reflejado en un cristal del paseo con el AS en una mano y la revista Cahiers du Cinema, edición española, en la otra. Cada uno elige o bien incurre en la forma de desajuste interior que le queda más próxima. ¿Quién puede conjugar todos los planos de su imagen sucesiva en el espejo? Niveles superpuestos. Ahora que mi cinefilia ha adoptado el tenue aspecto de lo demasiado íntimo, me pongo a leer la revista de la cinefilia intelectual por definición. Comprarla fue un impulso generosamente dominical. Necesito estímulos. Pequeños, mínimos. El diagnóstico y la receta que me han procurado desde bien joven todas las personas que me quisieron, o bien aquéllas que asistieron a algún episodio de decadencia emocional: aprende a valorar las cosas, sé feliz en los detalles. Pero no hay forma. La revista se cuartea por el lomo en cuanto la abro un ratito. Está mal pegada. Todo está mal pegado. Las hojas se sueltan. Una vez vi a un abuelo sujetar con pequeñas pinzas las hojas de un diario sábana para leerlo en el cierzo. Así hay que agarrar los días. Con pinzas y movimientos exactos, para que el viento no los combe.

Pequeños triunfos diarios. Mínimas bellezas de fugacidad variable para sostener la caída del tiempo. Un temor imposible a las alegrías excesivas, a los arrebatos, a la pasión interior. Control de los riesgos. Vivir a medias para poder vivir; pero en realidad, vivir a full, sacándole el jugo a cada hora o debatiéndome en profundas derrotas absurdas, dramáticas sólo en mi espejo, ridículas vistas desde lejos, desde el paso de los años. Felices. Dentro de mí no queda espacio ya para casi nada. He adelgazado los interiores para expulsar la mierda, una liposucción de las frustraciones: cuanto menos espacio haya, menos venenos entrarán. Pero la insatisfacción se comporta como los gases, reagrupa tropas y regresa al asalto subido en el principio de la adaptabilidad suprema al recipiente. Soy cada vez más y cada vez menos; en realidad, soy el mismo.

Busco motivaciones que me excedan, que me rescaten de esta larga batalla imposible de ganar. Me gustaría desear la paz mundial, pero ahora que Greenspan admite con alegre sinceridad que las guerras las hace el petróleo, lo que todos sabíamos, me doy cuenta de la inviabilidad del proyecto. Yo soy escéptico. La paz mundial no me preocupa. La que me quita el sueño es la paz interior, aún más improbable. Adentro se libra una guerra, de mayor o menor intensidad, pero hay batalla constante, calle a calle, casa por casa; ejércitos desplegados y fuego que cruza los ojos de un lado a otro. Yo creía que la paz del espíritu constituía un proyecto de vida. Una supermotivación que era posible satisfacer una vez superada la adolescencia y su hermana mayor, la entrada en el mundo real. O aspirar a ello. Rellenar las casillas con una ficha en cada caso, las casillas de cada anhelo, de los anhelos asumibles. Nada de pájaros en la cabeza. Y luego construir el nido con pajitas, palitos, cachitos de arena, un poquito de saliva... Construcciones simples, en la que los bomberos puedan apagar los fuegos antes de la catástrofe. Querer siempre algo más pero no querer gran cosa. Ser sencillo en las formas, módico en las vanidades. Encontrar un báculo sobre el que envejecer; caminar en él o sobre él o al lado de él; cabalgarlo en las noches estrelladas de celo; acariciarlo algunas tardes de lluvia, y en las madrugadas frías, en el sudor veraniego de las sábanas, en la maleza entreverada del alba insomne, cuando uno abre los ojos y sabe que se ha equivocado de hora y de lugar. Y, peor aún, sabe que no se puede volver a dormir y hay que dar el paso adelante, ahuecar el vientre y salir de la cama. Echar a andar las huellas por la arena del día. Agarrarse los huevos con las manos. Caminar. Abrirse paso en el error.

Creíste haber dado con la paz. Una mecedora en el porche, un asiento en la colina, un campo abierto albriciado de luz y pródigo espacio. Borges. Cash. La tentación de creerte más grande que todas las cosas porque el gatillo está ahí, reposa como un gato dormido en las rodillas. Disparaste el arma para escuchar su trueno preso en el valle, sólo por comprobar y probar la velocidad de la centella. El plomo de fuego resbaló ácido por la llanura. Todos disparamos al aire. Un tiro al aire no siempre muere en el aire. Un jinete cae derribado a lo lejos. Y desde ahora, él será tu conciencia en armas.

Huele el humo dulce del cañón. Esa nube de polvo lejana son ellos, que vienen ya a buscarte.

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3 comentarios

Anónimo -

Verdaderamente,si estoy triste y escucho esta canción acabo con mi vida...prefiero quedarme con crazy in love.Los problemas siguen ahí pero bailando se hacen mas llevaderos
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Mornat -

Sí, por qué no... Tal vez sean una música más precisa. Probaré a leerlo sobre esas canciones.
gracias

jESÚS -

aQUÍ PODRÍA SONAR EL RYDERS ON THE STORM DE LOS dOORS
O el polvora en mis dedos de Neil Young.
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