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Somniloquios

Velocista de Segunda

Velocista de Segunda


El velocista ya es de Segunda... Despide la temporada con un ejercicio de intención sobria, anticipando la colección de líricas imágenes sobre la desgracia que poblarían los diarios a la mañana siguiente. Mientras lo observaba escribir me pareció que su tentativa venía inspirada por un necesario desapasionamiento o por un cansancio final, comprensible en todo caso. No ha sido un gran año para nadie, tampoco para él. Los partidos han dado la impresión de repetirse, o al menos su trama interior apenas variaba, con lo que se hacía difícil recrearlos con algo de interés, gusto o viveza. Somniloquios girará ahora hacia otros intereses, si es que los encuentra: últimamente, me doy cuenta, ha habido demasiado fútbol y muy poco humor. En fin, ahí dejo su último trabajo, que parece escrito hace siglos. La obviedad del titular está en la idea de la crónica.
 

El Zaragoza se va a Segunda

Mallorca, 3-Real Zaragoza, 2
38ª jornada de Liga


Sobran las metáforas. En el titular y en el relato. En realidad, casi sobra el dramatismo, porque este desenlace venía anunciado y el último partido no hizo sino resumir las incapacidades del Zaragoza a lo largo de todo el año. Fue el aldabonazo, el golpe de tierra final a un equipo que en junio estaba en Europa, en noviembre era séptimo y en mayo se va a Segunda. Así de rápido trabajan los ejércitos de la putrefacción. Sobran las metáforas. La realidad tiene peso suficiente: el Mallorca ganó, pero el que va a la UEFA es el Racing gracias a un gol tardío. Al otro lado del campo y de la realidad el Zaragoza, el equipo bonito, está en Segunda. El partido culminó un fracaso de proporciones históricas. El Zaragoza no jugó ni bien ni mal; jugó con la impotencia que lo ha marcado durante meses. No tuvo ni el ritmo ni la energía de un equipo desesperado. No es una acusación, sólo un subrayado de la realidad.

Ahora vuelve a Segunda apenas seis años después, frecuencia excesiva de club pequeño, que remite al Zaragoza germinal de los años 40. En el tránsito de siglo el club ha pasado de vivir un descenso cada tres décadas a soportar dos en la misma. La caída condena de modo inevitable la gestión deportiva de arriba abajo, y exige la revisión de un modelo que no sólo no ha alcanzado para el éxito, es que no ha dado siquiera para la supervivencia. Lo de los cargos puestos a disposición de suena a eufemismo. De hecho, la palabra dimisión ya suponía un eufemismo desde el momento en que alguien la maatizó con los adjetivos irrevocable y rechazada. Los únicos términos ciertos son los de siempre: renunciar, largarse, dejarlo, irse a casa. En realidad, aquí los únicos que no deberían marcharse son los futbolistas. Pero no jugaremos a levantar patíbulos. El espejo, que es la forma acristalada de la conciencia, debería hacer ese trabajo mucho mejor que nosotros.

Cada cual elegirá sus culpables y sus argumentos. Hay uno incontestable: el mayor fracaso corresponde a los futbolistas. Ellos son actores y responsables de un atropello mortal a la lógica de este deporte, a su prestigio profesional, a su trayectoria, a su experiencia, a su posición en el mercado y a todo el proyecto. De ese implacable fracaso derivan todas las demás responsabilidades y exigencias. Una cosa son los errores y otra irse a Segunda; una cosa es no alcanzar los objetivos y otra irse a Segunda; una cosa es vender por encima de su valor el potencial de este equipo y otra irse a Segunda; una cosa es fichar mal, bien o regular y otra irse a Segunda. La pregunta será siempre la misma: ¿Cómo ha podido bajar un equipo con estos futbolistas? Hubieran debido elevarse por encima de errores, irresponsabilidades y desafueros. Pero ni ellos mismos sabrán explicar cómo ha ocurrido todo.

Impotencia
Ahora ya no tiene remedio. Ninguno. Ahora hay que cumplir la condena, que es colectiva. Club, jugadores, ciudad, afición... todos a la misma celda. Fuera metáforas. El Zaragoza ha tenido mil oportunidades para evitar este desenlace, y jamás comunicó la sensación de que estuviera en condiciones de hacerlo. Fue igual en el último partido. El generoso marcador quizás ofrezca la impresión de que en Son Moix se jugó un choque feroz, pero la verdad no tuvo nada que ver con eso. El Mallorca fue preciso, tuvo mejor ritmo con la pelota y filo en la punta. El Zaragoza opuso el empeño de Aimar y la facilidad anotadora de Oliveira, pero sus valores quedaron diluidos en el perfil de equipo escaso de energía, vivacidad y nervio. No fue desinterés, pero lo afectó una traza de intrascendencia. A menudo una pelea la gana el que está dispuesto a morir, y el Zaragoza combatió con la fuerza desvaída de un muñeco de trapo.

Aun cuando los equipos se repartieron la pelota con ecuanimidad, siempre que el Mallorca rebasó la línea de medios del Zaragoza fue para meterle un caballo de Troya en el área. En el segundo tiempo esa fragilidad tomó el aspecto de una ruleta rusa. La guardia del Zaragoza sonaba muy permeable. Poca contención y mucho espacio atrás. Sergio rellenó su partido de fatalidades. Juanfran regresaba de los ataques con el autobús de línea... El Mallorca tenía la contundencia de Nunes, los Navarro y Basinas, jugador territorial. Y además, su defensa tiró el fuera de juego como si estuviera poseída por el espíritu de Baresi. El asistente de ese lado tenía el ojo rápido. Así que, mientras el Zaragoza disparaba un par de faltas contra el frontón y Diego tiraba un balón fuera tras venderle a David Navarro su recorte favorito, al otro lado Varela avisó con una volea antes de que Güiza retratase al Zaragoza con el 1-0. Cuando trataba de incomodar el premonitorio control del jerezano en la entrada del área, Sergio se resbaló en la memoria que el césped guardaba de la lluvia. Güiza remató, la pelota tropezó en Sergio y el efecto de refracción mandó a César al lado vacío. Y el balón a gol.

Resbalarse parece una forma  boba de morir, pero ocurre. Al Zaragoza le ocurrió. Dos veces, porque en la jugada del 2-1 el desastre alcanzó una estúpida perfección. Antes, el equipo aragonés alimentó la esperanza zafándose un buen rato del descenso, gracias a un cabezazo de Oliveira que capitalizaba la ventaja del Valladolid en Huelva. Pero el cambio de banda entre Arango y Varela había mezclado bien con la insistencia minuciosa de Webo, que jugó un partido musculoso fuera del área y clínico dentro de ella. Primero avisó. Luego hizo un gol, hermoso de verdad, nacido de un error intolerable. César se la dio a Sergio para que el central iniciara el juego desde atrás. Pero el asturiano, de suela traicionera, se resbaló. Y le vino a Arango, que envolvió el regalo en un centro sinuoso. La pelota sobrevoló a Ayala y Webo la cabeceó en el centro del área con la prestancia de un ángel.

Lo demás fue el epílogo, que sólo forma parte relativa de la historia. El tramo final reunió dramatismo y un cabezazo maravilloso de Aimar que Moyá deshizo junto al palo. El Zaragoza fue con balones perpendiculares y entonces vino la puñalada de Castro a la contra. Y el descuento final de Oliveira, sin tiempo para nada, salvo la lluvia y las lágrimas.

El Zaragoza está en el infierno. Y esto ya no es una metáfora.

Diario AS, 19 de mayo de 2008
www.as.com

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