Blogia

Somniloquios

Canción de amor un poco confuso


La conocí en un garito del viejo SoHo

Donde bebes champán y sabe a Cherry-Cola
C-o-l-a cola
Vino hacia mí y me preguntó si quería bailar

Le pregunté su nombre y, con una grave voz oscura, dijo: “Lola”.
L-o-l-a lola lo-lo-lo-lo Lola

En fin, no soy el tío más físico del mundo

Pero cuando se me apretó casi me rompe la columna

Oh mi Lola lo-lo-lo-lo Lola
No soy tonto, pero no entendí

Por qué caminaba igual que una mujer, pero hablaba como un hombre

Oh mi Lola lo-lo-lo-lo Lola lo-lo-lo-lo Lola

Así que bebimos champán y bailamos toda la noche

A la luz de candelabros eléctricos

Me cogió y me sentó en sus rodillas

Y dijo: “Nene querido, ¿te vienes a casa conmigo?"

 

Bueno, yo no soy el tío más apasionado del mundo

Pero cuando la miré a los ojos, casi me deshago por mi Lola
Lo-lo-lo-lo Lola lo-lo-lo-lo Lola
Lola lo-lo-lo-lo Lola lo-lo-lo-lo Lola

Me la quité de encima

Salí hacia la puerta

Me fui al suelo

Y, al ponerme de rodillas,
La miré y ella se me quedó mirando


Y la verdad, así es como quiero que quede la cosa

Y quiero que siempre sea así para mi Lola
Lo-lo-lo-lo Lola
Las chicas serán chicos y los chicos serán chicas
Éste es un follón de mundo para todos excepto para Lola

Lo-lo-lo-lo Lola

Me largué de casa hace una semana

Y yo nunca había besado antes a una mujer

Pero Lola me sonrió y, tomándome de la mano,

Me dijo: “Nene, te voy a hacer un hombre”


Mira, yo no soy el tío más masculino del mundo

Pero sé lo que soy, y estoy contento de ser un tío

Y Lola también lo es
Lo-lo-lo-lo Lola lo-lo-lo-lo Lola
Lola lo-lo-lo-lo Lola lo-lo-lo-lo Lola

[Lola, de The Kinks]

Juicio al hombre barbado

Juicio al hombre barbado

A estas alturas os supongo enterados de que Somniloquios no es, ni mucho menos, un esfuerzo individual. En el proceso toman parte al menos tres sujetos, aunque sólo dos de ellos se pueden considerar verdaderos autores de estas líneas: el Velocista, entidad incorpórea con la que ya estáis familiarizados, un tipo agraciado con el don de la repentización, el ingenio y la velocidad de escritura, al que Ornat recurre con frecuencia cada vez mayor para que le saque las castañas del fuego en época de crisis creativa o urgencia horaria. En segundo lugar está el Hombre Somniloquio, el verdadero origen, alma y razón de este diario inconstante. El Hombre Somniloquio es ese señor, oculto del otro lado, cuya negra conciencia se expresa en desaforados gritos nocturnos que rasgan la oscuridad de las habitaciones en las que yace, confundiéndose con rezongos guturales más o menos articulados, cuasi animales, exacta metáfora de su bizarra existencia. A consecuencia de esas mutaciones lo afecta una grave dificultad para distinguir entre la realidad y el sueño, entre lo onírico y lo cotidiano, al punto de intentar adueñarse de ambos lados. Tan penosa condición le confiere a estas líneas su carácter propio: al Hombre Somniloquio lo podemos considerar el verdadero responsable de los pasajes más sombríos y desencantados. También de los más iracundos o intelectualmente nítidos. Somniloquio posee la brillantez de lo oscuro. Él es la inspiración.

 

Finalmente, a la espalda de ellos, aparece el barbado Ornat, un parásito que no opera sino como mero instrumento de los otros dos, arrogándose prestigios que no le corresponden. Por ejemplo, el de la firma. Una manifiesta injusticia. Deben ustedes saber que Ornat apenas puede ser considerado un vehículo para la exposición de las habilidades y muy poco humanas penurias de los otros, que por celo hace suyas, para satisfacer mediante las historias que les sisa a los otros su propio y rudo afán exhibicionista, la desnudez hedionda de sus obsesiones. Somniloquio, el Hombre, es animalmente carnal o carnalmente animal, deslenguado y montaraz. El barbado (Ornat, siempre gustoso de llamar la atención, luce hoy por hoy hirsuto vello rojizo, desordenado desarreglo capilar, un agresivo descuido en las formas) es quien pone la cara y se encarga de los comentarios y debates con el público, si los hubiere. Poca virtud hay en esas tareas, pero él firma por todos.

 

A resultas de tan poco piadosa trinidad, Somniloquios deriva en formas diversas, desiguales y de escasa compensación estilística, formal o temática. O sea, que no hay por dónde cogerlo. Es un verdadero milagro que se mantenga en pie. Además rezuma flagrante incoherencia, por si los anteriores pecados se juzgaran pocos. No han faltado críticas a la selección musical hecha este verano por el barbado, que se las da de melómano (pero menos) siempre que puede, cuando en realidad no junta ni dos baldas de discos y a lo más que llegó de joven es a Boney M y la versión española de Jesucristo Superstar. ‘Nighflight To Venus’, del protéico y sugerente cuarteto germano, fue el primer elepé que sonó en su giradiscos. En aquellos días canturreaba todos los temas del andrógino Miguelito Bosé y hasta tenía un poster del cantante en la habitación que compartía con su respetable hermano. Ahora, con esa escasa estima por la moral que lo caracteriza, el bravucón barbado le grita a quien quiera oírlo que bien a gusto le daría una patada en los huevos al hijo del torero y la actriz. Que alguien como él, educado en la compra anual de ‘La Gran Premiere’, las recopilaciones de éxitos, pretenda ejercer ahora de faro estilístico de la escena pop-rock y aun de sus precedentes, ha de considerarse patético. El Hombre Somniloquio se lo recuerda siempre que puede.

 

Esa selección de canciones de amor (el mero epígrafe obliga a la conmiseración) no ha sido sino hija de la pereza veraniega del sujeto, todo hay que decirlo. Pereza veraniega que últimamente, hemos observado, va saltando estaciones. Se aproxima el otoño y el barbado continúa en letargo. De ahí su escasa, paupérrima producción de los últimos tiempos. Llegada está la hora de decir esta verdad y desenmascararlo: en cuanto el Hombre Somniloquio y el Velocista lo dejan solo, Ornat no junta tres letras ni a tiros. Que nadie os engañe. El barbado tiene presencia, puede ser, y esa fotito en el Amoeba de San Francisco que tan bien le sienta al blog. Pero ha tratado de reclamar en cada ocasión, a tiempo completo, la presencia de un generoso ingenio como es El Velocista, para que lo indulte de sus ineptitudes y le salve la cara. Por supuesto, el Velocista no se ha dejado engatusar, ni siquiera cuando Ornat le ofreció a cambio de sus servicios favores y prebendas que no podemos reproducir aquí por obligada consideración a las damas que se asoman hasta esta ventana. Sentimos la decepción, si ésta se produce, pero cuando hablamos de Ornat estamos hablando de un completo, verdadero, definitivo farsante. Si creíais que él mismo se había delatado en aquella entrada de hace un par de meses, estáis bien equivocados: ahora sabéis que fueron otros quienes lo obligaron a confesar. El embuste, sin embargo, siempre toma desprevenidos a algunos ingenuos: hace pocos días tuvimos ocasión de comprobar cómo alguien trataba a Ornat de “adalid de la cultura zaragozana”, por haber presentado un libro cuyo autor era y es, naturalmente, uno de sus desahogados amigotes. En lugar de deshacer el equívoco, Ornat (que por cierto a esa hora sudaba copiosamente, casi vergonzantemente, en su cotidiano e inútil esfuerzo por modelar su cuerpo en el abigarrado ambiente de un gimnasio), ese Ornat desasistido de toda dignidad, decimos, calló y concedió, como el torpe vanidoso que siempre ha sido. Calló. Otorgó. Cuando se le acusa, el barbado acostumbra a callar.

 

Como callará ahora, frente a esta abierta, justa, pública acusación. Era hora de que supiérais algunas verdades que se ocultan como miasma subterráneo bajo la amable apariencia de este Somniloquios… No esperéis del barbado una palabra de disculpa, un arrepentimiento mínimo, una concesión a la indecencia de su comportamiento. Callará.

 

Porque siempre calla, ese cobarde mariconzón con barba.

 

[Foto: El barbado Ornat, autorretrato con morena al fondo].

Las chicas de los libros

Las chicas de los libros

He pasado el verano en un triángulo escaleno de tres vértices: Bill Bufford (‘Heat’), Murakami (‘Kafka en la Orilla’, ‘Al Sur de la Frontera, al Oeste del Sol’), Richard Ford (‘Acción de Gracias’). Esta vez no ha habido espacio para las novelas negras, ni para Hammett ni para Chandler (aunque el verano siempre me trae alguna conversación, al menos, sobre Chandler), ni para Perry Mason y su secretaria, leve seductora entre líneas. Como no ha habido lugar para tantas otras cosas.

A menudo, en verano me acuerdo de Paula Lavalle, la argentina de cabello rojizo y sonrisa intelectual de ‘Los Premios’, de Cortázar. No puedo desanudar su nombre de una memoria dolorida de pérdida, como tampoco puedo despegarme el ansioso aroma sexual de Beula, de ‘Un Trozo de mi Corazón’, quizás mi novela preferida de Richard Ford. Ni olvido a Teresa, la chica en desventaja de ’La Insoportable Levedad del Ser’. Son casos diferentes, chicas de improbable conciliación. Pero no tenemos un tipo de chica preferida, y menos en los libros: Beula y Paula y Teresa son tan disímiles como Marilyn y Kim Novak y Joan Fontaine. Y sin embargo, podemos amar a todas o desear amar a todas o desearlas a secas. En el momento mismo de conocerla, uno comienza a perder a Paula, distante, inabordable aun en el estribo de esa extraña piscina, sobre la cubierta del barco en la que los personajes de la novela de Cortázar miran pasar el tiempo, o el tiempo los mira a ellos, sin saber a dónde va el tiempo ni a dónde van ellos, ni qué pasa en los camarotes ocultos, en las estancias asfixiantes del crucero. En Beula hay otro abismo más carnal, tan reconocible, tierno como la cara interna de los muslos, precipicio absoluto. Una puerta de entrada a la dimensión de las pasiones incontrolables. Teresa extiende un complejo de culpa envenenado, como un beso muy suave.

Ford y Murakami encarnan de manera precisa los límites opuestos de mis días, mis días ahora mismo. Los días casi como los libros, como sus personajes. Antagónicos, opuestos, irreconciliables. Personajes y estilos. Sentimentalmente descarnados, difusos a su modo, los de Ford, con el indecible Frank Bascombe a la cabeza. Mortalmente vulnerables, de engañosa ingenuidad, como la misma escritura japonesa, esa apariencia de simpleza que recubre una profundidad insondable... Así son los de Murakami: más aún ellas, casi siempre mujeres en fuga interior, dueñas de una belleza asolada por algún accidente íntimo, un error de medida, un desacuerdo de la mente, todas a punto de desfallecer. No me gusta hablar sobre libros, aunque a veces lo haga, como ahora. Pero no son los libros, son ellas. La esencia de la lectura me resulta tan íntima que no puedo exponerla en formas críticas o hilar argumentos académicos para una discusión. Si atiendo a la técnica de la escritura lo hago de modo casi inconsciente. Al escribir, sin embargo, estoy obligado a observarla un tanto más, aunque la escritura me venga dada ya en la cabeza, como una música interior que sólo hay que precipitar, con mínimos cambios, sobre el papel. El virtual papel. Un mecanismo muy extraño. Tan natural que rechaza ponderaciones demasiado serias o entusiastas.

Y así estamos: entre Ford y Murakami, entre el vacío y el sollozo. Programando canciones para conjurar memorias o futuros. La tenue realidad de Joan Fontaine mezclada con un sueño turbador en el que aparece, constante, Marilyn. Llevo días pensando que debería releer ‘La Insoportable Levedad del Ser’, un libro que afronté hace años, supongo que a destiempo. Creo que ahora, tan ingrávido como me siento (tan ingrávido como la otra tarde a 20 metros de profundidad en el Mediterráneo, rodeado de un espacio sombrío de agua que podría ser el espacio exterior o cualquier lugar indeterminado del Universo, feliz por esa conquista de los temores), ahora que estoy así tal vez deba examinar el espíritu frente al espejo de Kundera, y compadecerme (o tal vez ya no lo haga) de Teresa, de Tomás, de mí mismo. Querer ser Karenin, el perro, su felicidad inquebrantable, mínima, repetida cada mañana, cada día repetida en los días repetidos. Un eterno retorno inmediato.

No es que esté relajado, estoy alejado. Mi condición habitual desde hace meses. Asintomática salvo por la evidencia: todo se ve más lejos de lo que en realidad está. Algunos automóviles incorporan esta advertencia en los retrovisores: "Attention: objects are closer than they appear in the mirror". Podría ser una lección de vida: todo está más cerca de lo que parece en el espejo.

Ciao Príncipe

Yo siempre me despido de mis amigos.

A éste le digo 25 veces adiós.

Y otras 25...

[Agradecimientos a 'Seaman', autor de los montajes].

Canción de amor con sabor a limón

Conozco un lugar al que ir cuando estoy solo
Entre tus brazos, ooohhh, entre tus brazos, ahí puedo ir
Conozco un lugar cálido y a salvo de todos
Entre tus brazos, ooohhh, entre tus brazos, ahí puedo ir

Y si me vengo abajo
Sé que no estaré solo
No volveré a estar solo jamás

Conozco un lugar al que ir cuando estoy solo
Entre tus brazos, ooohhh, entre tus brazos, ahí puedo ir
Conozco un lugar cálido y a salvo de todos
Entre tus brazos, ooohhh, entre tus brazos, ahí puedo ir

Conozco un lugar al que ir cuando estoy solo
Entre tus brazos, ooohhh, entre tus brazos, ahí puedo ir
Ahí puedo ir...

(Into Your Arms, de los Lemonheads)

Canción de amor en blanco y, sobre todo, negro


No creo en un Dios intervencionista
Pero sé que tú, querida, sí lo haces,

 

Y si yo creyese, me arrodillaría para pedirle
que, cuando se tratase de ti, no se metiera
Que no te tocase ni un pelo
Que te dejara tal y como eres
Y si Él sintiera que tenía que conducirte...
...que te condujera directa entre mis brazos

Entre mis brazos, Oh Señor
Entre mis brazos, Oh Señor
Entre mis brazos, Oh Señor
Entre mis brazos

Tampoco creo en la existencia de ángeles
aunque cuando te miro, me pregunto si será verdad
Pero si lo hiciera, los convocaría a todos
Para pedirles que se ocupasen de cuidarte
Que cada uno prendiera una vela por ti
Que hiciera tu camino brillante y limpio
Para que caminases rodeada de gracia y amor, como Cristo
Y te guiasen hasta mis brazos

Entre mis brazos, Oh Señor
Entre mis brazos, Oh Señor
Entre mis brazos, Oh Señor
Entre mis brazos

En el Amor sí que creo
Y sé que tú también lo haces
Y creo en que existe algún camino
Que podemos recorrer juntos, tú y yo
Así que mantén tu vela encendida
Y haz que su viaje sea brillante y puro
Porque ella siempre retornará
Siempre, por siempre jamás...

...Entre mis brazos, Oh Señor
Entre mis brazos, Oh Señor
Entre mis brazos, Oh Señor
Entre mis brazos

(Into My Arms, de Nick Cave)

Canción de amor brujo

Me cruzo de acera
Y me oculto
Sólo para huir de los tiempos
En que estabas a mi lado
Tan maltrecha por la marea
Un naufragio expuesto a mis puertas
Y mis ojos no saben mentir
Así que, levántate del suelo

Es a ti…
Tu tiempo se ha terminado
Desperdiciaste la ocasión
No eres tan fuerte
Ahora tus palabras ya no me hieren

Me cruzo de acera
Y me escondo
Sólo para huir de aquellos días
En que te sentabas a mi lado
Tan maltratada por la marea...

No eres tan fuerte
Ahora tus palabras ya no me hieren


Con todas las cosas que dije...
Y aún sigo embrujado por ti

Me esperas en cada ciudad
En todas partes...
Y en mi lengua reposa la vergüenza
Aún embrujado por ti
Sí, tú…
Sigues en medio de mi camino

Con todas las cosas que dije...
Y aún sigo embrujado por ti
Me esperas en cada ciudad
En todas partes...
Desde que nací hasta que muera
Estaré embrujado por ti

Con todas las cosas que dije...
Y aún sigo embrujado por ti
Me esperas en cada ciudad
En todas partes...

Y en mi lengua reposa la vergüenza
Aún embrujado por ti
Sí, tú…
Sigues en medio de mi camino

(Haunted By You, de Gene)

Canción de amor china


Nota:
Hay que comprender el escándalo anglosajón por el anuncio de la Selección española de baloncesto. Ellos no conocieron a Fofó, al que retrospectivamente ya podemos considerar uno de los inspiradores principales del secular racismo español. Propongo que el Gobierno (siempre atento a las sensibilidades heridas) derribe de inmediato la estatua que el payaso (y no insulto) tiene dedicada en el Parque de Atracciones de Madrid.