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Somniloquios

Canción de amor para una chica muy pija

 Venía de Grecia y tenía ganas de aprender
Estudiaba escultura en el St Martin’s College
Ahí fue donde me pilló
Me dijo que su padre estaba forrado
Y yo repliqué: "En ese caso, tomaré un ron con coca-cola"
Y ella: "Perfecto"

Y después de medio minuto, dijo
"Quiero vivir como la gente normal
Quiero hacer lo que sea que hace la gente normal
Quiero acostarme con gente normal
Me gustaría acostarme con gente normal... como tú" 

¿Qué iba a hacer yo?
Dije: "Bueno, ya miraré a ver qué se puede hacer".

Me la llevé a un supermercado
No sé por qué, pero en algún sitio había que empezar
Así que empezamos ahí
Le dije: "Haz como si no llevaras dinero"
Pero ella se rió y contestó: "Ay, qué divertido eres"
Y yo: "Ah, ¿sí?...
...¿Me has visto a mí reírme?".

¿Estás segura de que quieres vivir como la gente normal?
¿Quieres ver lo que ve la gente normal?
¿Quieres acostarte con gente normal?
¿Con gente normal como yo?
Pero ella no entendía
Así que sonrió y me cogió de la mano

Alquílate un piso encima de alguna tienda
Córtate el pelo, búscate un trabajo
Fúmate unos pitillos y juega al billar
Actúa como si nunca hubieras ido al colegio
Pero ni aun así lo conseguirás
Porque cuando por la noche te metas en la cama
Y veas las cucarachas correr por las paredes
Si llamas a tu padre, él te salvará de todo eso

Nunca vas a vivir como la gente normal
Nunca harás lo que hace la gente normal
Nunca fracasarás como la gente normal
Nunca verás tu vida irse a la mierda
Ni te pondrás entonces a bailar, a beber, a follar
Porque no hay nada mejor que hacer

Canta con la gente normal
Canta con ellos y a lo mejor lo consigues
Descojónate con la gente normal
Descojónate con ellos... aunque ellos se estén descojonando de ti
Y las cosas tan estúpidas que haces
Porque piensas que mola ser pobre...
Ten cuidado
Porque igual que esos perros que están tirados por las esquinas
Te morderán sin avisarte
Te sacarán las entrañas

Porque todo el mundo detesta a los turistas
Especialmente a esos que se creen tan divertidos
Sí....
Las manchas de patata y de aceite te las quitarás con una ducha
Nunca entenderás
Lo que se siente al ver que tu vida
No tiene sentido, y que está fuera de control
Y que no hay ningún sitio adonde ir
A ti te asombra que existan
Mientras ellos brillan y tú te preguntas cómo lo hacen

Alquila un piso encima de alguna tienda
Córtate el pelo, búscate un trabajo
Fúmate unos pitillos y juega al billar
Actúa como si nunca hubieras ido al colegio
Pero ni aun así lo conseguirás

Porque cuando por la noche te metas en la cama
Y veas las cucarachas correr por las paredes
Si llamas a tu padre, él te salvará de todo eso

Nunca vas a vivir como la gente normal
Nunca harás lo que hace la gente normal
Nunca fracasarás como la gente normal
Nunca verás tu vida irse a la mierda
Ni te pondrás entonces a bailar, a beber, a follar
Porque no hay nada mejor que hacer

Lo que yo quiero es vivir con gente normal... como tú

(Commonn People, de Pulp, versión en la magnética pradera de Glastobury 95)

Mamá, yo quiero ser pilier

Mamá, yo quiero ser pilier


Jugar al rugby es como andar en bicicleta: en cuanto empiezas a darle, te acuerdas de cómo iba la cosa. Esto es, agarras el balón en apoyo de una ruptura de tu amigo Blas y viene por el lado ciego un tipo que te vuelve la nariz del otro lado. Afortunadamente, a pesar del cacharrazo, el cerebro trabaja solo, ordena por riguroso orden de prioridad, toma decisiones, comunica mensajes y resuelve actos: no hay dolor, no hay dolor... el baloncito limpio, atrás, ahí sobre la hierba, como un bebé, arropadito como un bebé,, para que lo jueguen los que quedan en pie. Y ahora, cuando se levante toda esta gente que nos ha caído encima, chato, ahora cuando estos ochocientos kilos que nos aplastan se vayan a liarla ocho o diez metros más allá, porque es lo que les gusta, entonces ya miraremos a ver si nos han roto la nariz, nos han derribado el puente sobre el río Kwai o nos han hecho la estética completa con una de esas rajitas que tanto gusto le agregan a las fotos carcelarias de los malevos.

Son apenas tres minutos de partido, del primer partido, del primer amistoso ("en el rugby no hay amistosos; lo único amistoso es el tercer tiempo... y no siempre", les había dicho yo a los chicos, como si ellos no lo supieran); tres minutos y, espera, joder sí... me baja por el caño izquierdo un cosquilleo líquido y eso viscoso que gotea sobre la hierba es lo que es. "¡Señor, cambio por sangre!", grita alguien. Deben de estar hablando de mí. Sí, estoy sangrando. Miro al suelo puesto a cuatro patas, una posición que sólo en un par de situaciones de la vida no resulta patética, y ésta no es una de ellas. Sangre en la hierba. Rojo sobre el verde, como mi camiseta.

Ahora habrá que examinarles las caras mientras me curan. Su cara es mi espejo. Depende de la aprensión de las miradas y los comentarios, uno sabe hasta dónde llega la cosa, más o menos. En el fútbol hubieran salido ya seis ambulancias y 14 personas al campo con camillas, mantas, desfibriladores, la uvimóvil, Vilches el de Hospital Central, el equipo de reanimación, la cánula contra la inversión de la lengua y las botellas de agua para que el resto de los futbolistas se refresquen, que andan deshidratados los pobres. Aquí no hay nada de eso. Uno mismo camina hasta la banda con ese hilo de chapapote saliéndote de las entrañas, y te atiende el Tonono, que es amigo tuyo, hermano diríamos porque ha jugado culo con culo contigo, porque ha repartido algún puñetazo que te correspondía a ti o bien se ha llevado otro que lo mismo, también era tuyo por sorteo... Tonono mira y no afirma, como los facultativos. Pregunta: "¿Te la notas rota?". "Yo creo que no, me parece que es sólo el golpe". Un placaje mal medido; o muy bien medido, según como se mire. El hombro golpea el cuerpo, al modo reglamentario, sí, pero ningún árbitro suele fijarse dónde golpean brazos o antebrazos en el momento del impacto. Y son un arma contundente contra el rostro ajeno. Se placa con el hombro, pero se golpea con todo lo que uno puede. El asunto va de eso, todos lo hemos hecho. Lo hacemos. Lo haremos.

Tonono pide algodón y agua. Es lo que hay. Algodón y agua. Y si eso no te cura, ya lo hará la vida. En realidad tenemos un botiquín completo, con cánula y todo porque el doctor Saló la trajo cierto día y nos dio un tutorial de cinco segundos y medio sobre cómo sacarle la lengua del esófago a un compañero si le diera por comérsela. Como estábamos a punto de empezar un partido, en el ritual de embrutecimiento, nadie lo miró ni atendió nada. En el botiquín hay muchas cosas, pero ninguna sirve para hacer radiografías a la nariz de un-pilar-que-juega-hoy-de-talonador-porque-quizás-ya-no-pesa-lo-que-debería-pesar-un-pilar-izquierdo. Así que aparte de meterte algodón en el agujero y limpiarte la sangre de las manos con agua para no parecer El Carnicero Bill Cutting (Daniel Day-Lewis en Gangs of New York) no hay mucho más que hacer. Frenar la hemorragia y listo. No es grave, creo. Se acerca el entrenador, que vigila de reojo el campo y hace una sola pregunta: "¿Puedes seguir?". Naturalmente que sí. La nariz no es del cuerpo.

Lo mío suelen ser las cejas. Cejas abiertas como los cortes de los boxeadores, una tontería muy molesta porque hay que detener la sangre o no puedes seguir jugando, y depende del árbitro que te dejen. Esta vez es la nariz, que ya tengo torcida siempre hacia un lado porque un portero despejó de puños en cierta ocasión y no encontró el balón, sino que me encontró a mí. Casi todas las semanas me la retoco un poco con algún golpecito en entrenamientos o partidos. Los golpes que se extravían, caen ahí. Esta vez no se había perdido, venía directo buscándome. Conforme la tarde avanza, y sobre todo a la mañana siguiente, la nariz se me pone como a Jake De Niro La Motta en Toro Salvaje; aparecen unos contrafuertes de carne tumefacta entre los ojos y el apéndice nasal y el puente se inflama y toma un cierto aspecto de aplastamiento. Me miro en el espejo y digo: "Así se la ponen a los púgiles, machote". Los párpados inferiores empiezan a colorearse de una línea cárdena, arriba se diría que me he dado sombra aquí, sombra allá, y que alguien llamó a la puerta en pleno proceso. Y la mirada bizquea. Es un efecto óptico: como todo se ha hinchado, disminuye la distancia entre la nariz y los ojos, que han reducido su tamaño, y parece que estás mirando al centro continuamente. "Un delantero tiene que acabar el partido con la cara marcada", solían decir.

Si la vida fuera una melé, estas cosas no importarían lo más mínimo y yo, desde luego, no me hubiera rasurado la barba porque esa barba me daba un aspecto imponente con el uno a la espalda. Pero luego hay que salir por la calle, ir al bar, puede que hasta aparecer en televisión, aunque ya no. Y luego está tu madre, que generalmente me grita, entusiasmada por cómo mejoro con la edad: "¡Pero qué cosa más guapa tengo!", mientras me besa. Y la frutera, qué ojos tan azules y tan bonitos tienes, maño. Pero ahora tu madre te dice: "¡Córtate ya la barba, marrano!". Te mira la nariz y con cara de reprensión pregunta: "¿No es hora ya de que lo dejes, que tienes 39 años, que algún día te me van a devolver en pedazos?". Una madre es una madre. Cómo explicarle que la vida en la melé es otra cosa. La vida en la melé es la vida en la melé. Cómo decirle: "Mamá, yo quiero ser pilier". Yo quiero tener el aspecto tabernario de los pilares italianos, con sus barbas tupidas, cerradas, amenazantes; y parecerme al oso Adam Jones, ser en el campo un macarra como David Sole, con las mangas cortadas por encima del bíceps para que nadie me agarre de ahí y de paso se me vea el gimnasio; tener cara de malo como Jeff Probyn, ser en el campo igual de intimidatorio y de inteligente que Keith Wood... Cómo hacerle comprender a mamá que yo persigo de forma imposible a Angelito el carnicero, que llegó a jugar con 45 y una vez que lo tuve de pilar izquierdo a mi lado con esa edad, estaba yo de talonador y veía no sólo la pelota que iba a introducir el medio melé, sino también al medio melé de arriba abajo, las laderas del Moncayo, el copete de nieve de las cumbres y buena parte de la provincia de Soria con sus cárdenas roquedas por donde traza el Duero su curva de ballesta, que escribió Machado. Eso es un pilar izquierdo, qué cojones. Y pensaba yo cómo tendría la espalda el pilar derecho del contrario, al que podrían contratar de Quasimodo, seguro, en el próximo montaje sobre el rijoso monstruo de Notre Dame.

El rugby es como andar en bicicleta. Entras en el vestuario, te sientas para empezar a cambiarte, miras a los otros y piensas: "Hala, a pegarnos otra vez: parecía que no iba a llegar nunca el día".

[Foto: el fotógrafo francés Denis Rouvre tiene una hermosísima serie de imágenes con jugadores de rugby como protagonistas. Unas más sugerentes, otras más directas, algunas tiernas, otras brutales, emocionantes o artísticas. Entre todas, una serie de retratos de rugbiers al término del partido: sus rostros, sus espaldas, sus músculos, sus miradas. Un relato gráfico de las vidas comunes en oval].

Sarko, mon amour

Sarko, mon amour

"Creo en el porvenir de la prensa de pago porque creo en el valor de la información verificada, analizada y jerarquizada. Es una locura pensar que la publicidad financiará toda la información. La prensa gratuita es la muerte de la prensa escrita".

Nicolas Sarkozy, presidente de la República de Francia, hombre dispuesto a hacer algo (debiera cundir el ejemplo) por la doliente prensa escrita. Sólo una profesión tan sucia con sus propios actores como el periodismo es capaz de pegarse este tipo de tiros en la cabeza. Sarko, mon héros...

Alicia, los Beatles, el fútbol y yo

Alicia, los Beatles, el fútbol y yo

El sábado llevamos a Alicia al fútbol. Hace rato que no venía, aunque siempre estuvo cerca y yo aguardé a ver si le surgía por iniciativa propia una afición a la que siempre ha vivido próxima, por motivos evidentes. A los pocos días de nacer la retrataron casi metida en la Copa del Rey ganada en Sevilla; Aguado la tuvo en sus brazos un par de años antes de su retirada; posó también en marzo de 2004 con el trofeo ganado en Montjuïc; creo que fue dos años después, antes de la final del Bernabéu, cuando le hicieron aquel reportaje junto a Cani: eran Peter Pan y Campanilla. Durante mucho tiempo guardé la hoja de las alineaciones en la que Alicia garabateó en su primera visita a La Romareda, cuando aún era muy niña para fijarse en nada de lo que ocurría abajo. Esta vez, sin embargo, estaba loca de anticipación, ganada por los nervios y ansiosa de ver el rectángulo esmeralda, como me pasaba a mí...

Para la ocasión le regalé la camiseta que Cani me regaló a mí en su día. La apretó en la mano y así caminó con ella hasta el estadio. En cuanto entramos, se la puso. Ese rasgo de timidez me pareció muy familiar. La camiseta le caía hasta encima de las rodillas, como esos blusones estampados que con tanta modestia de formas suele llevar Nuria Roca. Cuando vio a los niños fotografiarse en el césped con el equipo, cosa que ella ha hecho varias veces, y siempre con una molesta indiferencia, dijo que ella no se ponía ahí abajo ni loca, que se moría de vergüenza:

-Pero si tú has bailado en el Teatro Principal, ¿cómo vas a tener vergüenza por salir ahí?

-Sí, pero en el teatro estaba con todas mis compañeras. No es lo mismo.

Alicia hace ballet y estudia piano. Iniciación a la música, como quiera que se llame. Un día, cuando llegábamos a casa, vio un grafito sobre el muro del portal y, como hablando para sí misma, reconoció:

-Una clave de sol.

-¿Qué?

-Que eso es una clave de sol.

Le pedí que me explicara en qué consiste una clave de sol (suerte de ideograma que yo tenía por mera gamberrada sin significado... y puede que lo fuera) y, aunque lo hizo, en su cerebro había tantas evidencias que no pude entender para qué sirve una clave de sol. De la misma forma que Lisa Simpson toca el saxofón y no puede renunciar a la crueldad de Rasca y Pica, a Alicia le gusta la música y su afición por el piano la comparte con las peleas de lucha libre americana. O sea, que sabe lo que es una clave de sol o reconoce Carmina Burana de inmediato si la oye, pero al mismo tiempo se sabe la biografía de John Cena y sus diversas novias; talla, peso y procedencia del Gran Khali; y vibra subiéndose al sillón con los giros y los botes sobre las cuerdas del Rey Mysterio, su favorito. Es decir, que su mente admite con idéntico entusiasmo la lírica y la brutalidad, lo cual me gusta mucho.

La procacidad musical de Alicia está fuera de duda: desde que aprendió a hablar supo cantar, con mucho oído. Siendo muy niña aún, era capaz de memorizar las letras con sorprendente facilidad. Le enseñé el himno del Zaragoza y, pasados años, el otro día se acordaba de un buen tramo. Sabía cantar la de Heidi en japonés por pura aproximación fonética, de tanto verla en la televisión. Este verano ha sido importante para ella. Más que importante, diría yo decisivo. En primer lugar, se ha pasado el tiempo viendo los Juegos Olímpicos, de cabo a rabo. En segundo, ha descubierto a los Beatles, lo cual supone un acontecimiento mayor, de esos que pueden marcar tu vida. A veces cuando viene a casa le pongo vídeos de música en YouTube y la última vez que la interrogué sobre sus gustos me nombró a  Amaral, a La Quinta Estación y a Julieta Venegas. Este verano, cuando la visité en Laredo, una de sus primeras preguntas fue:

-¿A ti te gustan los Beatles?

Le contesté con rotundidad:

-Yo me sé de memoria todas las canciones de los Beatles.

-Jope - masculló.

Mentí, porque jamás he conseguido aprenderme 'Eleanor Rigby' ni 'Old Brown Shoe', vete a saber por qué. Pero quedaba bien como afirmación, para que quedase claro que está ante una auténtica autoridad en la materia. En cuanto nos metimos al coche, empezó a sonar el cd de los Beatles y se me quedó mirando. La primera era ‘She Loves You’, que naturalmente entoné. Me siguió. Me alcanzaba al final de las frases y el estribillo lo entonaba sin problemas. Cuando le recitaba a toda velocidad "and with a love like that / you know you should be glad", abría mucho los ojos y se reía. Le pregunté qué canción de los Beatles era su preferida. El corazón me dio un vuelco cuando respondió, sin dudarlo un segundo:

-Strawberry.

'Strawberry Fields Forever'. Tan hermosa e intrigante. Me pidió que se la tradujera, pero le dije que mejor la aprendiese en inglés.

-Yo aprendí mucho inglés oyendo las canciones de los Beatles.

Dobló la boca así como con un gesto de extrañeza y le dije:

-Primero aprenderemos ‘Hello, Goodbye’.

-Esa ya me la sé.

Y se la sabe. Cuando sonó, se la sabía.

El sábado comienza sus clases de tenis. Ayer se fue a comprar una raquetita barata. Veremos cuánto tarda en acertarle a la bola, porque Alicia nunca ha tenido en el cuerpo la agilidad que sí la asiste en el cerebro. Pero todo le hace ilusión o le aplica una lógica aplastante. Cuando unos días antes de empezar el colegio la interrogué sobre el fin de las vacaciones de verano, buscando rastros de la angustia que yo solía sufrir y aún padezco, contestó:

-Sí, empieza el colegio, pero también empieza el ballet, el piano, el tenis... y todas esas cosas me gustan.

Ojalá yo tuviera esa claridad. Me ahorraría un mes de septiembre, o más, a pelotazos con la depresión.

La epifanía deportiva de Alicia, más allá del pressing catch, ha tenido que ver con los Juegos de Pekín. Una tarde me llamó para contarme cosas y preguntarme otras (lo que hace con bastante frecuencia) y me anunció, como si la noticia nos alcanzara de lleno:

-¿Sabes que se ha caído Tomita?

No entendí nada. ¿Quién se ha caído?

-Tomita... ¿O es que no sabes quién es Tomita?

Ni idea tenía yo.

-El gimnasta japonés.

Hiroyuki Tomita, campeón olímpico que se hostió en la lucha por las medallas, provocando una considerable desazón a Alicia, que hinchaba por él. Le dije que yo era de Nemov, que ya estaba retirado. Ni contestó. Cambió de tema. Fue al tema, de hecho. Sin asomo de duda, me participó:

-¿Sabes que voy a ir a los Juegos Olímpicos?

-¿A verlos? -adiviné.

-A verlos, no. A participar...

-No me digas.

-Sí, lo he decidido.

-Hubiera sido mi gran ilusión -admití.

-¿Y por qué no fuiste? -se lamentó, sin entender el motivo de tan boba renuncia.

-Es que es muy difícil.

-Pues yo voy a ir.

Le advertí que para eso había que entrenar mucho. Como si no me hubiera oído, siguió adelante.

-¿Sabes en qué deportes voy a participar?

Ah, es más de uno, pensé yo, asombrado.

-Dímelos.

-Tenis, ciclismo, gimnasia deportiva, natación sincronizada y natación normal.

-¿No serán muchos? -le repliqué.

-Claro que no.

Me nombró a los campeones de cada disciplina: a Tomita, a Michael Phelps, a Gemma Mengual  y Andrea Fuentes, a Leire Olaberría... Ésta última yo no tenía ni idea de quién era. Medallista de ciclismo en pista, aclaró. Para luego razonar los motivos de su seguridad:

-Al tenis empiezo a entrenar en octubre, bicicleta tengo una en casa de la yaya y ya he montado varias veces, el ballet sirve para hacer gimnasia y en natación también estoy aprendiendo y ya me suelto sola en la piscina grande.

Tuve que admitir que estaba en camino.

-¿Y el atletismo? -me atreví a proponerle.

-Es que no me gusta.

-Pues Usain Bolt ha sido una de las estrellas de los Juegos, con Phelps.

Se quedó un momento pensando y enseguida, para mi pasmo, me respondió:

-Bah, Usain Bolt no sé quién es. A mí el que me gustaba era Michael Johnson.

Reggie Dunlop y los hermanos Hanson

Si los diarios no lo anunciaran, podríamos sin duda vivir convencidos de que los actores jamás se mueren. Ese es el mayor milagro del cine, por encima de cualquier otro de los muchos que procura: la vigencia permanente de sus personajes. Para demostrarlo, a menudo me quedo pensando si tal o cual actor están aún vivos o no. A menudo me equivoco. El cine posibilita una inmortalidad o una juventud casi eterna. Yo hubiera querido ser dos o tres actores en alguna de sus películas, tipos cool sin miedo a nada y tocados por una moral individualista y, sin embargo, en cierto modo inatacable. Esos actores fueron en primer lugar Steve McQueen, luego Bruce Willis en Pulp Fiction, el trompetista que interpreta Denzel Washington en Mo' Better Blues (y soplar por la boquilla sobre los pechos en sombra de Clarke) y, desde luego, varios de los personajes de Paul Newman en muchas de sus películas. Como siempre hago, cuando muere un actor  o un director, compro alguna de sus películas, generalmente la que más me gusta de él. No necesariamente la mejor, de esto ya hemos hablado. Ayer fui a comprarme El Castañazo, la menos apreciada de las tres que George Roy Hill dirigió con el rubio en el papel protagonista: las otras fueron El Golpe, que ya tengo, y Dos Hombres y un Destino.

El Castañazo la veíamos cada tanto en casa cuando los Ornat tuvimos nuestro primer reproductor de vídeo. En aquellos días íbamos a General Sueiro a alquilar en el Vídeo Club Alvarado, y vimos muchas de Jean Paul Belmondo, quizás la serie completa de sus violentas aventuras de maduro. Yo siempre me acuerdo de dos películas que me divirtieron de una manera fuera de lo común, y no eran de Belmondo: Serpico, con un joven Al Pacino. Y El Castañazo. Por desgracia, El Castañazo está descatalogada, aunque la chica de la tienda me aseguró ayer que cualquier día la reeditarán (una conjetura muy amable de su parte) porque cada tanto aparece por allí alguien como yo preguntando por El Castañazo. Somos legión quienes recordamos a Reggie Dunlop, el personaje de Paul Newman, capitán de un equipo de hockey en ruina que decide entregarse a la violencia para atraer público, con considerable éxito. La película es desigual, como suele pasar con las películas preferidas, pero se ha convertido en eso que llaman una obra de culto. Y no sólo por el extraordinario vestuario años setenta que luce Reggie Dunlop (imperdibles sus pantalones de cuadros y ese abrigo de piel con cuello peludo), sino sobre todo por la aparición de los hermanos Hanson. La película no es una extraordinaria película, pero sí una comedia muy eficaz que atiende muy bien a los personajes (asunto clave) y que filma un deporte tan singular como el hockey hielo con enorme habilidad.

No podría dejar pasar la ocasión de revisar la inolvidable secuencia del fichaje de los Hanson por los Charleston Chiefs y su debut, después de que al tabernario Dave El Asesino Carlson lo retiren del partido con la boca partida. Más la escena de su pelea en el calentamiento de otro partido. No sé por qué los doblajes pervierten el texto original. Los Hanson fascinan a Reggie Dunlop desde su misma aparición en la pista, pero algunos suplentes lamentan la violencia gratuita con la que enardecen al público. En un momento dado, cuando los tres animales emboscan a un rival contra el muro y lo reducen a fosfatina, uno de los Chiefs murmura en el banquillo: "Ese tío es una vergüenza".  El doblaje cambia la frase por "ese tipo es una apisonadora". Después, donde uno de los hermanos replica al árbitro: "Cállate, estoy escuchando el himno", en realidad debería decir "cállate, estoy oyendo la puta canción". Igualmente, las escenas volvieron a hacerme reír. Larga vida a Reggie Dunlop... y a los hermanos Hanson.

 

Paul Newman (1925-2008)

Paul Newman (1925-2008)


Luke: 
Yo puedo comerme 50 huevos.

(Paul Newman, tirado en la cama y rodeado de compañeros de prisión, formula una apuesta de proporciones legendarias en La Leyenda del Indomable).

Yo soñé esta mañana que me moría

La otra mañana ponderaba mis laberintos y pensé en Borges, una cómoda asociación nada fatigosa, como cualquiera sabe. Aún no he soñado un laberinto o no lo recuerdo, todo puede ser, pero me he propuesto soñarlo una de estas noches. Y sé que lo haré. Como otras personas se proponen el imposible olvido, yo imposiblemente me propongo sueños para luego recrearme en ellos. Todos estamos en desventaja: los que pretenden decidir lo que olvidan (yo no aspiro a ello, no sé hacerlo) y los que pretendemos decidir lo que soñamos. Releí algunos textos del Viejo sobre el simbólico espacio del laberinto y me abandoné a sus conversaciones con Joaquín Soler Serrano, tan generosas. Escuché a una muchacha declamar con atractiva serenidad el intrigante relato 'El Otro'. En él, un joven Borges se sienta cierta mañana en Ginebra en un banco frente al Ródano mientras, muchos años después, un anciano Borges se sienta cierta mañana en Cambridge en un banco frente al Charles. El banco se encuentra en una intersección de tiempos y lugares levemente convergentes. Ambos dialogan sobre la extraña naturaleza del encuentro, conscientes de que tal vez se sueñan (y quién sueña a quién, razonan) o de que cualquiera de los dos ha de ser, a la fuerza, el otro. Pensé en los otros, en mis otros, con los que me encuentro aquí mismo.

He vuelto a Cortázar en septiembre, como solía hacer. En una noche y apenas una mañana, la mañana en que ponderaba mis laberintos, leí ’La Otra Orilla’, colección de relatos prematuros del autor argentino, virados hacia la intromisión de lo fantástico (lo mágico, diría Borges) en la realidad cotidiana. Si algo me atrae hacia Cortázar es la admirable proximidad de su prosa, un engaño de proximidad, quise decir. Parece que cualquiera pudiera acceder a ella, incluso yo. En ’La Otra Orilla’, sin embargo, Cortázar aún no se ha quitado esa primera piel de limpia vanidad en su escritura. Parece extraño: resulta más fácil el artificio que la sobriedad. A pesar de la molestia inicial, los cuentos resultan fascinantes, oníricos e irónicos. Casi sin detenerme tomé del estante ’El Otoño en Pekín’, de Boris Vian, una terrible deriva hacia el absurdo que explica un periodo en el que todo es posible. Hace dos veranos releí ’Escupiré sobre vuestra tumba’, despiadada, atroz novela negra de Boris Vian, una de las mejores que leí. Lo mejor de Vian, autor que me divertía mucho al poco de cumplir los 20 años y al que dejé atrás sin querer. ’El Otoño en Pekín’ no tiene nada que ver con el otoño ni se desarrolla en Pekín, lo que explica a Boris Vian, si eso es posible. Veamos:

"Amadís se aproximaba, aproximadamente, a las ocho veintinueve. Le quedaba un minuto para llegar a la parada, lo cual representaba exactamente sesenta pasos de un segundo, pero Amadis daba cinco pasos cada cuatro segundos y el cálculo, demasiado complicado, se esfumaba en su cabeza. En consecuencia y como era normal, el cálculo fue expulsado con la orina, haciendo toc contra la loza. Pero eso fue mucho tiempo después".

Y todo así.

Mientras sueño laberintos, alegrías o tristezas (mucho más sencillas de recordar, las alegrías no persisten), esta noche soñé con David Villa y con Michael Phelps. Con el primero tomábamos algo en un bar y al segundo le hacía una enrevesada pregunta sin sentido que disimulaba entender y contestaba mucho mejor de lo esperado. Por la mañana, en los diarios he visto que Villa marcó anoche dos goles, lo que tal vez haya conspirado a favor de mi indeciso sueño; y encontré también unas declaraciones de Phelps: "A veces no sé en qué día vivo". Notable. No logro fijar su respuesta a mi pregunta, que bien pudo ser esa.La otra mañana soñé completa la enérgica melodía de ’Born on the Bayou’. Al despertar, recordé que ya la había escrito John Fogerty, imaginando para sí mismo una infancia sureña que jamás vivió. Molesto por que se me hubiera adelantado la Creedence Clearwater Revival, mojé la mañana en café con leche instantáneo, como los personajes parisinos de Cortázar, escuchando el Doble Rojo de los Beatles.

En mi cabeza, 'Born on the Bayou' sonaba exactamente así.

El Velocista habla de otro velocista (y se aburre)

El Velocista habla de otro velocista (y se aburre)

Como ahora somos más invisibles de lo que jamás hemos sido (y mira que siempre nos hicimos traslúcidos, queriéndolo o no), voy a ir dejando las crónicas que el Velocista desgrana este año, en el que yo personalmente vivo aquejado de un profundo desinterés por lo que veo y aún más por lo que no veo. En el fútbol me aburro mucho, he de decir; no me aburría tanto desde los días de Chechu Rojo. En aquellas tardes de domingo conspiraban las muchas cervezas del sábado y ese fútbol rudimentario que casi nos lleva a ganar la Liga, al punto de que sufría graves problemas para mantener los ojos abiertos en La Romareda. Era literal: en algún momento llegué a dormitar un par de minutos, de ver lo que estaba viendo. Ahora todo me deja frío, por otros motivos o circunstancias. Esta placidez sensorial no la había conocido yo nunca, hay que confesarlo: es lo que se llama ni sentir ni padecer. Es como si lo viera todo a través de unos prismáticos con los binoculares del revés: muy, muy lejos. De forma que me viene bien el Velocista, que se dedica ahora a la ironía como forma de vengarme contra la infelicidad. Estas crónicas, las de cuatro de los cinco primeros partidos del año, están dominadas por el aburrimiento y por el velocista Ewerthon, otro artista de la centella. En fin, ya sé que cuatro de golpe son muchas, pero las dejo ahí y ya llamaréis con lo que sea (aviso que suelo tener el teléfono en modo Silencio).

La Segunda División es así

Levante, 2-Real Zaragoza, 1
1ª Jornada de Liga

Los partidos de fútbol en Segunda operan como las pinturas abstractas: uno las mira un buen rato y en un momento dado cree haber entendido el mensaje del autor: sí, ahí está, el azul en fuga representa al hombre moderno en desesperada fusión con los mecanismos del Universo, pugnando por huir de su cósmica alienación, colores primarios y batidas acromáticas del pincel... Entonces, mira el catálogo de la exposición y ve que ahí dice: es una silla. Del mismo modo, el fútbol en Segunda no es un arte figurativo. Está hecho a brochazos, construido con una lógica de triángulo escaleno y polígonos amorfos, con los lados desiguales, balones volantes sin canon geométrico alguno. Puedes mirar el partido hasta quedarte bizco y no le ves la sustancia. O no es lo que parece. Donde uno cree ver un pelotazo, resulta que Geijo lo corre, madruga a Sergio, sale López Vallejo, toca Geijo y, chas, gol del Levante. La Segunda División era esto: un lugar donde el fútbol no es así. No se sabe cómo es.

En el Zaragoza persiste también un vívido componente abstracto. Es una forma de decir que le falta cuajo táctico, coordinación, orden, reunión de las líneas. Valores que siempre conformaron el estilo de Marcelino. También le falta fútbol. El Levante acertó a colarse en esos espacios muertos donde campeaba el caos aragonés. Primero con Geijo y luego, hacia el final, con el cimbreante Rubén. Ambos se dieron un banquete a costa de los dos centrales del Zaragoza y ganaron el partido. Ayala y Sergio engulleron los balones medidos y los desmedidos. Geijo acudía a darles el bocado y por eso pronto dio con el gol, al final de un pelotazo largo. Geijo anticipó la ruta y Sergio lo siguió en desventaja. Ayala se vio vencido de antemano por la parábola del pase. La salida de López Vallejo dibujó un retrato preciso de la ausencia de convicción. A Geijo le bastó tocar apenitas con la izquierda para gritar el gol.

Ocasiones
El tanto recubrió al Zaragoza de hojalata, lo puso frente al espejo de sus tempranas deformidades. No sólo atrás. En el medio, Luccin y Antonio Hidalgo parecieron excluirse en lugar de mezclarse. El francés tuvo un buen rato de navegación con la pelota, algo de brújula en un choque proceloso. Después le pegó a Geijo una patada destemplada, de amarilla. Geijo se tuvo que ir cojo y a Luccin lo quitó Marcelino por Zapater. Hidalgo no acertó a gobernar el juego y tampoco llegó al frente, su gran valor en el Málaga, donde jugaba diez metros más arriba. Hubiera hecho falta, porque Oliveira desbancó a menudo a Yago y puso en la bandeja del área dos goles disfrazados. Nadie les sacó el envoltorio.

El Zaragoza se ha quitado mucho fútbol en la zona de tres cuartos y esa ausencia resta balones de gol a sus rutilantes delanteros. En las bandas, Arizmendi tuvo un aire guadianesco. A menudo se confundió en la grisalla general, pero cuando surgió de la niebla mereció cierta atención. Por las dos acciones mencionadas arriba y por un par de diagonales que tiró hacia el interior, lo que tal vez cuestiona su condición de futbolista orillero. La primera originó un solitario chispazo combinativo, el único instante lúcido de toda la tarde, del que participaron Ewerthon, Adriá y Robusté. El último metió el balón en su portería cuando intentaba cortar la llegada al remate de Ewerthon. El asistente lo anuló y Del Cerro Grande, árbitro con apellido toponímico, le hizo caso. En la otra, el alargado Arizmendi acabó con una hermosa rosca de zurda, preñada de intenciones, que se fue arriba. Como otra de Oliveira...

El Zaragoza había llegado a las proximidades del gol sin pasar por el juego. Normal en Segunda, pero equivocado para un equipo que debe mandar por la calidad, por el fútbol. No puede caer en la trampa del estilo simplificado, aunque el Levante le hiciera así también el 2-0. Aprovechando un ovillo que se hicieron Pignol y Ayala, Rubén tramó su tanto con un culebreo indecente contra Sergio. Oliveira descontaría de penalti. Todo fue insuficiente. Todo, en verdad, era nada. Lo único salvable fue la fecha: aún estamos en agosto.

 

Partido de pelota vasca

Real Sociedad, 1-Real Zaragoza, 0
Primera eliminatoria de Copa del Rey

En este Zaragoza post-moderno campea la fugacidad. En estos dos últimos años todo parece fuego fatuo. Más fugaz que nada ha sido la Copa del Rey. Aquí no se puede proteger nadie detrás de los 41 partidos que quedan por delante en la Liga, estúpido placebo que nos aplicamos el sábado después de la astracanada de Levante... Aquí no hay más. Ganó la Real Sociedad por un golito y un tanto así de fútbol. No mucho en términos absolutos pero, en comparación con el Zaragoza, otro mundo. Suficiente contra esa reunión de jugadores que hoy es el equipo de fútbol aragonés. Que es aragonés, o lo que queda del concepto, pero desde luego ni es equipo ni lo asiste el fútbol.

Aunque el partido retrató dos estilos disímiles, en realidad no se trata de estilos. Discutir de estilos en el fútbol se antoja falaz, porque todas las formas de juego son susceptibles de gustar y desde luego de ganar. Ahora que los científicos han descubierto el gen-343, ese que hace al hombre ser infiel por naturaleza (condición que Woody Allen definió hace mucho, usando sus gafas de pasta como microscopio), habrá que investigar si el gen futbolístico del zaragocismo  admitirá perder (y hasta ganar) sin ver a sus futbolistas dar tres pases seguidos. Como dijo Marcelino. No tuvo perfil, ni bandas, ni medio, ni defensa ni amenaza arriba.

Enfundado en una castaña como un piano, el Zaragoza de hoy le ofrece a su fiel espectador un par de posibilidades: aburrirse o pasar pena, según el grado de implicación emocional. Son dos opciones, oferta generosa salvo por su contenido. Entre aburrirse o pasar pena, el sábado muchos eligieron regresar a la siesta o armársela postrera, con la tarde avanzada, el sol bajando la cabeza para asomarse a las ventanas. También los hay que se aburren y lo pasan mal. Son los del todo incluido, que en Cancún van con pulsera y aquí con ojeras y ardor de estómago. Para ser uno de esos basta con mirar el partido más allá del descanso. Más pronto que tarde, el Zaragoza termina por dar pena.

Leve mejora
Fue tan incalificable lo del sábado que ayer quisimos ver una mínima progresión en detalles casi pueriles: como que los defensas defiendan con orden; o que hubiera una ocasión cantada de Ewerthon que Zubikarain convirtió en córner. Esa generosa imagen se deterioró a toda prisa. Lo que le costó a la Real manejar la pelota. Lejos del área, es verdad, otro matiz de estilo que a Marcelino le parece decisivo y que a Lillo no le importa, porque cree en la posibilidad de demorar la elaboración para que la jugada aflore sola. El Zaragoza es su antítesis: practica el fútbol de asalto y presión. Pero mal. Ahí, los centrales son pelotaris zagueros, que juegan a la pelota vasca. Anoeta es un estadio o un velódromo, pero no ya un frontón. Ahora se llama Atano III, y ahí pegan los manomanistas unos pelotazos que no se los salta Pulido.

Hay que recordar que a Lillo lo sacamos de esta ciudad a gorrazos en cuatro días, lo que completa la ironía. Porque ayer su Real Sociedad dirigió el choque con la pelota como timón, y esa sola idea nos pareció una forma mayor de fútbol, sin serlo. La Real ganó primero la posesión, lo que condujo al Zaragoza a una veloz decadencia, y a la vuelta del descanso ganó la eliminatoria. Elustondo cazó con una pelota perpendicular a Pulido y Pavón, que tiraban un fuera de juego. Marcos fue al otro extremo del cordel, cabalgó contra López Vallejo y lo batió sin vacilaciones.

Aunque reclamó un penalti por mano con mucha razón, en desventaja el Zaragoza entró en barrena. Gerardo pudo hacer el segundo en una volea de otro planeta y Xabi Prieto ensayó la filigrana. En busca de soluciones, Marcelino armó un totum revolutum medieval: metió a Caffa arriba (inerme en la banda, es verdad), introdujo a Adriá, bajó a Arizmendi por afuera, puso a Sergio de central y adelantó a Pulido al pivote... Antes ya había barajado a Generelo y Zapater. Esa noria fagocitó las pocas ideas que quedaban. Y tras del fútbol se fue la Copa, arrastrada por la lluvia incesante, a la alcantarilla más próxima.

 

Ewerthon se queda solo

Real Zaragoza, 2-Real Sociedad, 2
2ª Jornada de Liga

El Zaragoza elevó su ventaja sobre la velocidad y la Real Sociedad la deshizo con un tratado de arrojada paciencia. Lillo, que dirigió desde el palco por su expulsión en Copa, anhela una utopía: que su equipo elabore desde el fondo, como si jugaran Baresi, Maldini, Tasotti y Costacurta. "El secreto del Milan es que su fútbol lo inventan los defensas", dijo el visionario Cruyff mientras todos mirábamos a Gullit y Van Basten. Pero Mikel, Labaka, Castillo y Carlos Martínez manejaron la pelota de forma lastimosa y permitieron al Zaragoza dos goles a todo trapo, el estilo preferido de ese goleador serial llamado Ewerthon, y un severo control del juego. En el intermedio, Lillo agitó su filosófica melena rizada y dejó tres defensas. Y apareció Marquitos, al que ahora hay que decir Marcos, para dirigir con su eléctrico culebreo la larga y feliz recuperación de la Real frente a un Zaragoza inmaduro, cuyas virtudes languidecen a toda prisa, incluso en posición hegemónica. Se alejó de la pelota, le brotaron los defectos y acabó atrapado por un temor que encarnaría el nítido cabezazo de Díaz de Cerio para el empate.

El Zaragoza del primer tiempo  tuvo valores notables. Obligó a la Real Sociedad a la precisión en cada pase, con un ejercicio minucioso de presión y reparto de los espacios. Y la Real no estaba para exigencias de ese tipo. Insistió en su idea de salir desde atrás con tanta terquedad como ineptitud. El Zaragoza, en ese primer rato de actividad entusiasta con la pelota y sin ella, le fue cerrando todos los caminos, anulando las conexiones, obligándola a ir a ningún sitio y regresar otra vez por el mismo sendero. Por si faltara algo, Ayala y Sergio se recrearon en su autoridad y Paredes cerró a Xabi Prieto, futbolista con mucho interés en los pies. Mientras, Zapater fue creciendo. Cuando el Zaragoza ya ganaba, pegó una falta de vuelo elegante que Zubikarai se dio el gusto de negar con una estética zambullida.

Decadencia
Ewerthon concluyó en poco rato lo que los demás hacían bien. Al minuto y medio cabeceó con franqueza un pase de Arizmendi, que había robado la pelota en el área rival. Los cuatro de atrás de la Real se pasaron el rato dándole sustos  Zubikarai, que sudó hasta los tacos de las botas y se resbalaba como si alguien le hubiera encerado el área. Al poco, la Real se equivocó en otra salida, prolongó Oliveira con una cucharita y Ewerthon se fue contra Zubi como un toro. El 2-0 se lo metió por el sobaquillo, punto flaco de los toreros y las mujeres barbudas.

Lillo no hacía más que llamar por teléfono desde el palco a su banquillo, pero por lo visto comunicaba. Sin embargo, la lesión de Oliveira a los 24 minutos tuvo un efecto retardado para el Zaragoza, que se acható con Braulio, la lógica desconexión de Jorge López y el desencuentro de Generelo y Arizmendi con ese inagotable objeto esférico llamado balón. Con todo, el Zaragoza se agarró a la estela de Ewerthon, que andaba en conexión con otro planeta y se bastó para sofocar a Zubikarai y sus amigos: dos que casi y un al larguero. Ewerthon agarraba la pelota donde fuera y se iba contra el mundo. Y ganaba. Cuando está en ese plan, da para sacarlo en procesión.

El movimiento de Lillo en el descanso fue uno de esos raptos de osadía que ya no se ven. O, tal y como estaban los suyos, pudo deberse a una resta lógica: tres defensas se equivocan menos que cuatro. El caso es que le funcionó. Y entre el oficio de Gerardo, la manivela de Elustondo y la verticalidad de Marcos, fueron horadando el creciente desgobierno del Zaragoza, culminado en la confusa gestión de la pelota que acabó en el 2-1. Es imposible contarla. Fallaron todos y López Vallejo, notable hasta entonces, le regaló el despeje a Marcos. A partir del gol, al Zaragoza se le aflojó todo: las marcas, el fútbol y los esfínteres. Marcos dio otro aviso y fue asociando amigos para la causa del empate. Lo culminó Díaz de Cerio, con el Zaragoza víctima de sus fantasmas, La Romareda soplando y Marcelino en el diván. Ewerthon había empatado su batalla contra el mundo. Y bastante fue visto lo visto.

Una flor en el desierto

Real Zaragoza, 2-Elche, 0
4ª Jornada de Liga


En medio del áspero alquitrán de un partido sosote, mucho menos generoso por parte del Zaragoza de lo que haría suponer el marcador, brotó una flor que salvó la tarde para el equipo aragonés. Nació en el pie derecho de Jorge López, que se pasó el encuentro hilando seda desde el medio, enseñándole al Zaragoza los caminos abiertos por la inferioridad numérica en la que quedó varado el Elche, inerme desde que se quedó sin Willy Caballero, expulsado por bajar a Hidalgo en el área pequeña. Un penalti algo torpón y de altísimo precio. Además de descoser el partido, Jorge López vino a demostrar también que no hay categorías sino futbolistas; y que en Segunda todo es atropello porque la mayoría juegan al atropello, agitando los músculos y las pizarras. Su fútbol le hizo al Zaragoza de metrónomo y brújula, todo a la vez, componiendo un artilugio de mágica diversidad que la ciencia no ha inventado.

Ese tranco leve con el que se mueve por el campo Jorge López, jugador de grácil contención física, supone en Segunda una extravagancia luminosa para la vista, y un punto de apoyo a partir del cual mover el mundo, a la manera de Arquímedes. O a un equipo de fútbol, como en este caso: su dominio del tiempo y los espacios (cada pase venía precedido de una pausa deliciosa, como si midiera las variantes), más un par de aceleraciones feroces del promiscuo Ewerthon deshicieron a un Elche que compuso buena figura mientras tuvo a los once. Luego cayó en una depresión durante la cual el Zaragoza resolvió la tarde para luego echarse la siesta. Con esa actitud irresoluta con la que jugó el segundo tiempo, el Zaragoza no se hizo ningún favor.

El penalti de Willy (previa vaselina de Jorge López a la espalda de la zaga) lo resolvió Ewerthon con una cucharada de calma. Raso a la izquierda. Ni flojo ni fuerte sino todo lo contrario. Si hubo o no fuera de juego en la jugada previa, por cierto, cualquiera lo sabe. David Vidal rehízo el cuadro quitando a Saúl, y abrió a Santos y David Fuster a los lados. Cuando aún se estaba mesando el bigote, Ewerthon estiró los músculos en una carrera feroz, enfrentó a Olmo y lo rebasó con un autopase (el regate más sencillo para los velocistas). Cuando reencontró el balón sobre la línea de fondo, volvió el tobillo y giró un centro ingrávido que Caffa bautizó de un cabezazo: 2-0.

Aburrimiento
Contra la rotundidad de la ventaja local, cocida en apenas 25 minutos, el Elche no pudo siquiera verbalizar una amenaza. Dani jugó de eremita o desterrado, en severa soledad y con la obligación de alimentarse de lo que diera la tierra, que era nada. Y quizás rumiando en la memoria aquellos tres goles que hizo en La Romareda cierto día con el Betis. A pesar de todo, el global del partido dejó un punto de sospecha por el sesteo informe en el que incurrió el Zaragoza durante la larga y tediosa segunda parte, cuando el Elche reencontró pelota y ritmo de la mano de Rodri, y pudo incomodar arriba con Miguel. Hasta Usero, concienzudo toda la tarde, largó un pelotazo que tocó el larguero. A Vidal esos detalles le bastaron para que le creciera un paternalista orgullo por sus jugadores. Paternalista no significa injusto. El Elche puede hacer su recuento desde la perspectiva utilitarista (no gana y sigue abajo) o subrayar el peso de las circunstancias, más el relativo progreso de la segunda parte. Y las dos cosas serán verdad.

Si se trata de ponderar avances, lo tiene mejor el Zaragoza: portería a cero; dos centrales compuestos, por fin (Marcelino se hartó de aplaudir a Pavón, terapia de confianza); Pulido sacando limpio desde atrás el balón; el tiralíneas de Jorge López en el medio centro, que no debería quedarse en solución ocasional vista la dimensión que le da al equipo; la aparición de los dos pivotes en los balcones del área y la constancia en el rendimiento de Caffa y Ewerthon, rápido, motivado y listo para aparecer entre líneas. No son pocas cosas. Si Arizmendi le diera el balón a algún compañero de vez en cuando y Braulio hiciera algo, así en general, podría la gente hasta echar algún cohete. De los de mecha, ojo.