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Historias del rugby

La leyenda del hijo del minero

La leyenda del hijo del minero

[Para el doctor Saló, que me recordó hace pocos días el nombre de Gareth Edwards y me pidió que contara esta historia].

(En enero de 2003 publiqué en Heraldo un recordatorio del ensayo que Gareth Edwards había anotado 30 años antes a los All Blacks, jugando con los Barbarians. A pesar del tiempo y de la aparición de otros candidatos, está considerado el mejor ensayo de la historia del rugby moderno, seguramente por su potencia de clásico representativo de un tiempo, un equipo y una forma de jugar. Aquella página adolecía de una imperfección irresoluble: había que narrar una jugada prodigiosa sin el prodigio de la imagen, que hubiera ahorrado casi cualquier anotación. Para compensarlo, los infógrafos dibujaron una sucesión de pantallazos capturados del vídeo del partido y así explicamos la formidable carrera que inició Phil Bennett y culminó Edwards. Creo que esta revisión en Somniloquios será más completa, mérito que debe atribuirse a la tecnología, que nos permite reunir en un mismo espacio la palabra original, el texto y la imagen en movimiento. La entusiasta recreación de esta leyenda abre lo que me gustaría que fuese una serie de grandes momentos del rugby de todos los tiempos, o lo que yo entiendo por grandes momentos y que pueden ser, en realidad, instantes mínimos. Los recordaremos de manera episódica. Arranca con la historia del mejor jugador: Gareth Edwards, el hijo de un minero). 

Para hablar de Gareth Edwards o de los Barbarians, conviene empezar explicando qué son los Barbarians, un equipo en el que se juega por invitación. WP Carpmael fundó este selecto club en 1890 en la ciudad inglesa de Bradford. Su idea original consistía en reunir a los mejores jugadores una vez que la temporada de partidos entre clubes finalizaba en marzo, y enfrentar a esa selección de talentos con los mejores equipos de aquí y allá. El rugby -como el fútbol, el baloncesto y los deportes principales de equipo- tardó muchos años en tejer una infraestructura de competiciones tal y como hoy la conocemos. Pensemos que el primer Mundial no se jugó hasta 1987. O que nunca hasta la década pasada existió nada parecido a una competición europea de clubes (la Heineken Cup). La sobre exposición de estrellas de hoy y la oficialidad de los calendarios ha disminuido el impacto actual de los Ba’baas, pero el alcance de su condición histórica. En aquellos tiempos del proto rugby, cuando los equipos se retaban entre sí por el gusto de hacerlo, por amor al deporte y a una camiseta, sin trofeos en juego, jugar con los Barbarians suponía estar incluido en el mejor equipo del mundo. Como el rugby siempre ha tendido a la posteridad, los Barbarians incorporaron a su escudo un lema que reclama la singularidad del juego: "El rugby es un deporte al que pueden jugar hombres de todas las clases; pero no están admitidos los malos deportistas de ninguna clase". Así que en el Barbarians FC han jugado a lo largo de más de un siglo, vestidos a franjas negras y blancas, los mejores de todos los continentes.

El partido celebrado el 27 de enero de 1973 en el estadio Arms Park de Cardiff permanece en la memoria colectiva de los aficionados -y especialmente de los galeses- como un momento de culminación del deporte. Un partido que, por lo singular de este ensayo o la categoría extraordinaria de los jugadores reunidos, y también por el desarrollo general del encuentro, constituyó una sublimación sostenida de los mejores valores del juego. "La gente recuerda los cuatro primeros minutos y mi ensayo -ha dicho Gareth Edwards alguna vez sobre aquel día-, pero hay que ver el partido completo porque estuvo lleno de un rugby maravilloso, buena parte de él jugado por los All Blacks". Basta como muestra que el medio de melé de los kiwis era Sid Going, un pelado maravilloso. Cuando en el año 2003 la revista Rugby World Magazine produjo una encuesta entre jugadores de todo el mundo para señalar al mejor de la historia, los rugbiers nombraron mayoritariamente a Gareth Edwards. Y el galés, con concienzuda modestia, se acordó de Sid Going: se habían enfrentado en siete ocasiones, el uno con Gales y el otro con Nueva Zelanda. Y todas las veces Edwards sintió que Going lo superaba. "Tal vez si él no hubiera jugado con esa tercera línea...".  

Frente a unos Blacks portentosos, el quince de los Barbarians lo integraban en aquel partido siete jugadores del País de Gales: el tercera flanker Tom David (que aún no era internacional con la selección de su país); Derrick Quinnell (número 8 y padre de Scott Quinnell, otro octavo internacional con País de Gales), Gareth Edwards (medio de melé), Phil Bennett (medio de apertura, heredero directo del excelso Barry John), el segundo centro John Dawes, el ala John Bevan y el inefable zaguero JPR Williams... Todos esos nombres forman parte de una leyenda de valles esmeralda con las tripas negras, explotaciones mineras cuyo clausura a finales de los años 70 conduciría a Gales a una terrible crisis de economía e identidad. Gareth Ewards era hijo de un minero, como muchos otros jugadores de aquel tiempo en que el profesionalismo, en su mínima acepción, suponía una perversión del rugby. La perdurabilidad de la leyenda escrita por aquel equipo tiene que ver con una forma superior, avanzada, del rugby, jugado con velocidad, apoyos constantes, variaciones y cambios de dirección de ritmo que mantenían el balón vivo. Si uno ha acostumbrado el ojo al rugby actual, con su velocidad, el altísimo ritmo de juego y la profusión de ensayos, se hace muy difícil aceptar la dinámica sincopada que el juego tenía hasta los años 90. Si uno ve al Gales de los setenta (o a estos Barbarians inspirados por Gales) esa diferencia se acorta. Aquél era un equipo del futuro cuya espectacularidad mantiene su vigencia casi de forma total.

El archifamoso ensayo que abrió el partido supone un ejemplo perfecto de ese modo de jugar. Desde hace más de una década, el rugby avanza hacia el aligeramiento de las fases estáticas, la claridad y rapidez en la liberación de los balones, la supresión del juego subterráneo y la búsqueda de la conversión del rugby en un deporte abierto, veloz y espectacular, en el que el dinamismo mande sobre el peso y todo lo que ocurra sea abiertamente visible, e interesante, para una transmisión televisiva. Todo eso lo hacía el Gales de los años 70 y este ensayo quizás sea el momento más obvio de ese espíritu. La secuencia se inicia con una profunda patada del neozelandés Brian Williams desde el lado derecho, que cubre Phil Bennett en su zona de 22, apenas unos metros por delante de la línea de marca. La presión es instantánea y da idea de la ferocidad y la excelencia defensiva de los All Blacks. Con la mayoría de sus compañeros en pleno retroceso para protegerlo, y acosado por Scown, Hurst y Kirkpatrick, Bennett se ve forzado a salir jugando con la mano desde su propia defensa, sin tiempo siquiera para considerar una patada defensiva. Lo que sigue es simplemente maravilloso...

Rodeados por una jauría creciente de All Blacks hambrientos, los Barbarians logran mantener el balón vivo y abrirse camino con él. Dos detalles simplifican la explicación: los neozelandeses no lograron hacer ni un solo placaje en cien metros de jugada porque, en cada pase, el portador del balón tenía a cuatro y hasta cinco apoyos disponibles. La única interrupción la evita al inicio de la acción JPR Williams, que sufre un placaje alto y transmite el oval antes de caer emboscado. En el rugby, el balón se recicla (aunque cada vez menos) a través de rucks (cuando el placado se va al suelo) o mauls (si se mantiene en pie y sus compañeros se agrupan a su alrededor para proteger la pelota). Ninguna de esas dos jugadas aparecen en el ensayo de Edwards: si uno tuviera que explicar a alguien profano qué es un off-load, valdría este vídeo: deshacerse del balón, descargándolo hacia un compañero en apoyo cuando el rival te va a detener.

En la jugada participan tres cuartos, segundas líneas, terceras líneas, el talonador y, por fin, Gareth Edwards, medio de melé. Es cierto que hay dos pases sospechosos de ser balón adelantado, lo que invalidaría la jugada: el de Tom David a Quinnell es dudoso, pero la captura del número ocho galés, agachando el espinazo en plena carrera para evitar que la pelota vaya al suelo, provoca un efecto disuasorio. Es tan brillante que uno no se da cuenta del todo si es adelantado o no. El siguiente pase, el definitivo de Quinnell a Edwards, parece ciertamente un adelantado muy claro. Pasemos por alto esa posibilidad por puramente mezquina. Edwards, un medio de melé arrojado y veloz, crítico en las rupturas, siempre atento a las debilidades de la defensa para colarse como una llamarada, explota su velocidad. Era al mismo tiempo gatillo y bala. Su carrera final de 40 metros hasta la esquina del fondo del río Tafft cierra la jugada, que funciona a modo de definición del mejor rugby posible: el balón siempre vivo, apoyos constantes, velocidad de decisión y técnica para el pase y la recepción. Manos finas, piernas robustas. Un rugby irrepetible y adelantado a su tiempo.

La narración de Cliff Morgan decía: "Kirkpatrick to Williams. This is great stuff. Phil Bennett covering, chased by Alistair Scowan. Brilliant! Oh, that’s brilliant! John Williams, Brian Williams, Pullin, John Dawes. Great dummy! David, Tom David, the half-way line. Brilliant by Quinnell. This is Gareth Edwards. A dramatic start. What a score! Oh that fellow Edwards...".

"Kirkpatrick para Williams. Gran patada... Phil Bennett en la cobertura, lo persigue Alistair Scowan. ¡Magnífico! ¡Oh, eso ha sido extraordinario! John Williams, Brian Williams, Pullin, John Dawes. ¡Fantástico amago! David, Tom David, en la línea de medio campo. ¡Magnífico Quinnell! La tiene Gareth Edwards. Espectacular comienzo. ¡Qué ensayo! Oh, Edwards, qué muchacho...".

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Rugby con patillas

Creo que ya he convertido a París en la ciudad extranjera en la que más veces he estado, que menos conozco y que más me fascina. La frase es literal, no incluye ni una sola metáfora. Todas mis visitas han sido tan fugaces como lo va a ser ésta, apenas día y medio; y todas han tenido que ver con el fútbol o, como en esta ocasión, con el rugby: Francia y País de Gales, esta noche a las 21.00 en el Stade de France. Ya escribí en cierta ocasión que París me parece una ciudad con una hermosura tan perdurable que parece soñarse a sí misma. Lo definió de otra manera Manel, veterano de la Santboiana que forma parte de esta cordada: "Francia es un país que te da la impresión de estar ya terminado, mientras que España sigue en plena construcción: todo levantado". La formulación carece del lirismo de la mía, pero es mucho más precisa.

Para no hablar de rugby antes de hora (lo haremos después) veremos rugby. El mejor que ha habido en el Hemisferio Norte. El País de Gales de los años setenta (rugby con patilla, Barry John, JPR Williams y, por encima de todos, el asombroso Gareth Edwards, el mejor medio de melé que uno pueda imaginar. Allá va... para nostálgicos de aquellos maravillosos años:

Y aún más...

 

Y el flair francés, tal vez ya extraviado:

Los superdotados

Los superdotados

Yo vivía en el noroeste de Londres, en una pacífica calle lateral de Harrow Road, a medio camino entre Kensal Green y Willesden Junction, cuando Suráfrica y los All Blacks se enfrentaron en la final de la Copa del Mundo de 1995. Por allí cerca estaban la vieja prisión de Wormwood Scrubs y el estadio de atletismo Linford Christie, en el que alguien organizó una macro fiesta con pantallas gigantes para ver la final del Mundial y beber. Allá fuimos, previo pago de una asequible entrada y con los bolsillos repletos de libras para gastar en los tenderetes de camisetas y cerveza. En aquel partido se produjeron tres hechos históricos, a saber: los Springboks detuvieron a Jonah Lomu, la picadora de carne que atropellaba hombres para apilarlos a su espalda, a razón de 10 segundos los cien metros; Suráfrica ganó la final con un solo jugador negro en sus filas (el ala Webster), pero la Copa la levantó Nelson Mandela junto al capitán Pienaar y esa escena puso fin al apartheid. Tercero y mucho más relevante: en el estadio Linford Christie se acabó la cerveza.

Retrospectivamente me doy cuenta de que aquél constituyó un momento dramático, que podría haber derivado en cualquier tragedia, porque varios miles de beodos desalmados no soportan bien que se termine la cerveza y nadie les dé explicaciones de cómo eso es posible. Todo el mundo sabe que no es posible. La cerveza, simplemente, no se puede acabar. Se trata de un fenómeno metafísicamente incomprensible, como la muerte. Y, como ella, provoca sollozos y preguntas repetidas sin sentido: ¿Cómo ha podido ocurrir? ¿Cómo no supimos verlo a tiempo? Y se apodera del curda un incómodo sentimiento de culpa que suele terminar vulcando el bar. El caso es que, en lugar de arrasar el estadio y sus alrededores, en el Linford Christie se produjo un milagro. O bien la organización lo tenía todo previsto: alguien sacó de pronto un balón de rugby. Antes de que pudiera darle dos tragos a la pinta de sidra en la que había derivado mi ingesta de sustancias psicotrópicas, varias decenas de muchachos, que probablemente a esas horas no serían ya capaces de reconocer a su hermana, se habían constituido en sendos equipos de rugby y se disponían en dos interminables líneas a lo ancho de la mitad del campo no ocupada por las pantallas y la parafernalia mercadotécnica. Lo que siguió fue una cruenta batalla campal con un balón por el medio. Eso sí, demostraron sentido práctico: para no tener que preocuparse de la interpretación de las reglas del maul y el ruck ni el juego subterráneo, resolvieron jugar al rugby league, que consiste en la simplificación brutal del deporte: uno agarra la pelota y choca a toda velocidad contra el de enfrente. Y así todo el rato. En el estado de inconsciencia colectiva en el que esos muchachos se encontraban, la psicopática ferocidad de los choques y los placajes eran como ver una película de terror.

Yo me mantuve al margen, pero hacerlo es difícil. Cualquiera que haya jugado al rugby sabe que es peligroso ir a ver un partido de los amigos si éstos andan escasos de gente. Porque si los amigos tienen poca gente, sobre todo lo que no tienen es ninguna conciencia. Da igual que el afectado no lleve pantalón ni botas. O que le duelan el pie y un hombro. O que esa noche no haya dormido: antes de que se dé cuenta le habrán encontrado calzón, cualquier zapato y calcetines sucios para que complete el equipo... magullando su voluntad y, después, su cuerpo. Y jugará el partido. Este anómalo comportamiento se hunde en la noche de los tiempos y se practica en cualquier nivel del rugby. Compruébese en esta anécdota histórica hasta qué punto los equipos pequeños de rugby observamos la tradición de los pioneros. La primera vez que una selección de Gales jugó contra Inglaterra fue el 19 de febrero de 1881. Hasta entonces, sólo Inglaterra y Escocia se enfrentaban en lo que era el embrión del hoy Seis Naciones. Richard Mullock, el padre del rugby galés, retó a los ingleses a un partido internacional y para ello formó un equipo con gran espíritu... y ninguna organización. No hubo entrenamientos de criba y se eligió a los jugadores de acuerdo a su reputación. Sin que se sepa a qué tipo de reputación se atendía. Como nadie reparó en enviar citaciones oficiales a los convocados, dos no se presentaron. Pronto les encontrarían relevo: un par de universitarios, con leves antecedentes galeses, que habían viajado hasta Blackheath con la intención única de ver el partido. Ellos vistieron la camiseta escarlata con las plumas del Príncipe de Gales que Mullock eligió por enseñas. Los dos equipos bebieron en el pub, se cambiaron y después salieron a jugar. Ganó Inglaterra, que anotó siete goles, seis ensayos y un drop. Gales quedó a cero y no se sabe qué tal lo hicieron los espontáneos. Pero al año siguiente los ingleses, altivamente, decidieron no jugar otra vez contra esos sucios mineros del otro lado del río Severn. ¿Y para qué?

Por eso cuando uno juega al rugby o lo ha hecho, viene a ser como un Policía o como el ejército: está siempre de servicio y jamás se retira del todo. Si acaso pasa a la reserva, y ha de permanecer atento por si cualquier tarde de sábado -o peor, una de esas mañanas de domingo- lo llaman a filas o es reclutado a la fuerza para vestirse de corto. Así que, igual que los agentes del orden salen a la calle con su arma reglamentaria en el sobaco aunque vayan a la bolera con la mujer y los chicos, el jugador de rugby siempre ha de tener las botas a mano, a ser posible en el maletero del coche o incluso detrás del asiento del conductor, con lo que directamente puede meter los pies, entrar al campo y estará listo para bailar un zapateado en la espalda de un desconocido a la salida de un ruck.... A la hora de viajar, vaya uno donde vaya, las botas tienen que ser el segundo artículo del equipaje, justo después del cepillo de dientes y antes de los tapones para los oídos. Hay que llevárselas sea cual sea el destino y la naturaleza del viaje, incluso y sobre todo al viaje de novios y no digamos a los de negocios. Porque un partido de rugby salta allí donde menos lo espera uno, como ocurrió aquella tarde de 1995.

La única diferencia con los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado es que, mientras está de servicio, el jugador de rugby puede beber cuanto quiera, salvo que tope con un entrenador demasiado ordenancista o con una visión distorsionada del juego. De hecho, no será raro que los propios compañeros lo animen al alcohol, porque muchos de estos fenómenos son aún mejores cuando juegan beodos o con una desaforada resaca. De todos los jugadores de rugby que he conocido en mi vida, los que más respeto y admiración me han merecido siempre son aquellos capaces de emborracharse no después de los partidos, que no tiene mérito aunque para todo hay que tener una prestancia, sino sobre todo antes de los partidos. Conviene tener claro que este tipo de hombres son superdotados, así no más, de forma que su comportamiento tiende a ser genialmente errático. Desde luego, no van a responder al teléfono cuando los llames para ir a jugar, por eso el capitán o alguien con autoridad en el grupo debe guardar una copia de la llave de su casa, cosa de no tener que echar la puerta abajo ni colar a un ala liviano por el hueco de la ventilación. Además, si el tipo es delantero (lo más probable es que hablemos de un primera o segunda línea), conviene que quienes vayan a buscarlo pertenezcan también al paquete y hayan pasado muchas noches con él en circunstancias similares. La confianza resulta fundamental, porque los muchachos pueden ponerse violentos en el instante de despertar y hay que aguantar el embate. No se les puede culpar si presentan una reacción desmesurada.

Una vez los sacas de la cama, jamás hay que darles de comer. Puede ser fatal para la posterior suerte de todos los implicados. Conviene vestirlos con la misma ropa de la noche anterior y un abrigo ligero, para que no se apolillen en el viaje. Después los metes en el coche, en el asiento de atrás, con espacio suficiente para que se desperecen y retocen en su propia mugre interior, porque en general a esas horas se comportan con la gracilidad de un saco de patatas viejas. El trayecto, dure lo que dure, ha de hacerse con las ventanillas abajo, aunque afuera esté helando: ningún cristiano es capaz de aguantar sin desmayo el efluvio enfermo que emerge de esos cuerpos. Si los superdotados tienen alma, han de ser almas hediondas, es verdad. Pero se trata de nuestros amigos y lo más probable es que lo corroboren atizándole un puñetazo artero al que nos mire mal en el campo. Así que nada de juicios higiénicos. Una vez en el vestuario, hay que dejarlos tranquilos, hablarles poco, no recordarles su estado y por supuesto abstenerse de hacerles consideraciones morales acerca del compromiso con el deporte, la salud, la edad o ese tipo de cosas. Bien al contrario, se les debe permitir todo el tiempo necesario para cambiarse y, por encima de todo, no pedirles jamás que den un paso en el calentamiento, hagan progresiones o se arriesguen a intentar una flexión cuerpo a tierra. Ellos calientan al trote, sin cambios de ritmo y sin necesidad de espasmos musculares. La ciencia lo ignora todo acerca de cómo se engrasan esas maquinarias de músculo, espesa sangre y grasa sedienta. Ese tipo de seres humanos se regulan por sí mismos, y lo hacen maravillosamente bien. En cuanto se ponen la camiseta les crece una imprevista creatividad con la pelota, se vuelven peligrosamente explosivos, elevan su umbral de dolor hasta lo inhumano y, sobre todo, les huele la boca a fiemo. Y eso, en una melé, siempre ayuda mucho.

Vuelven los hombres fuertes

Vuelven los hombres fuertes


Como dijo en cierta ocasión Jean-Pierre Garuet, pilar de Francia en los años 80, "siempre van a hacer falta los hombres fuertes". La brutal desnudez física del rugby (una camiseta es suficiente protección frente a los golpes) conspira a favor de la admiración general. Habrá deportes más duros, otros de mayor exigencia y desde luego los habrá más violentos, pero pocos o ninguno pueden igualar la liturgia del rugby: ese sabor arraigado de sombría distinción, su fascinante confusión de caballerosidad y vandalismo, la crueldad atroz y la humanista misericordia. Si la guerra constituye el hecho sustantivo de mayor abyección y nobleza que ha desarrollado el hombre, y si consideramos el juego del ajedrez la alegoría más refinada del arte de la destrucción del oponente, diríamos con apropiada generosidad que el rugby se sitúa a medio camino entre ambos. Si uno no quiere morir ni quiere matar, pero le parece insuficiente como estímulo hormonal la posibilidad de mover piezas por cuadrados blancos y negros, o si desea bordear los territorios emocionales que conducen al precipicio, tiene dos posibilidades: jugar al rugby o ver el Seis Naciones. Si practicas ambas, serás un Hombre, hijo mío. Muchos nos enamoramos de este deporte viendo el Cinco Naciones, porque ahí estaban y están los hombres fuertes de los que hablaba Garuet, oscuramente atractivos como los soldados de un desfile. Ver este torneo es aún mejor que ver una película de guerra: la sangre es real, no hay actores y el final a menudo no suele ser feliz. El Seis Naciones 2009 comienza este sábado, con estos partidos.
 

Inglaterra-Italia (Twickenham, 16:00 C+Deporte)

La Inglaterra después de Jonny Wilkinson es un disparo al aire. Su torneo el año pasado fue tan desconcertante como los tests del mes de noviembre con los gigantes del hemisferio sur. Si alguien salió mal parado fue Danny Cipriani, número 10 en el que Inglaterra ansiaba a un Mesías que borrase la sombra monumental de Wilkinson. A los 21 años, Cipriani reunió tantas expectativas que se olvidó de agarrar los balones en las cargas y de placar las acometidas contrarias. Martin Johnson (jugador y capitán de carácter, entrenador de cabeza fría) ha declarado con pérfida diplomacia paternal que a la carrera de Cipriani le queda "mucho tiempo por delante" y que no hace falta convertir este Seis Naciones en un plebiscito a la joven perla de la Rosa. Dicho lo cual lo ha mandado al banquillo, tal vez porque un segunda línea siempre sospechará (y con razón) de un jovencito hábil con el 10 a la espalda. De forma que en el codiciado puesto de medio apertura inglés estará Andy Goode. Y su pareja de baile habrá de ser, en este primer partido, el también Harlequin Harry Ellis, por culpa de la lesión de otro alumno aventajado, Danny Care. Esa asociación de team-mates puede funcionar bien. ¿Qué más puede funcionar bien en Inglaterra? Ni idea. La melé parece irregular, pero se salva una primera línea que sabe Latín y algunas otras lenguas muertas, de esas que se hablan en los agrupamientos. La segunda no me dice gran cosa y la tercera me deja frío. Atrás hay un poco de todo. Desapareció (por fin, digo yo) el exótico Vainikolo, un tipo con una cabeza como las de la Isla de Pascua, y la misma gracia para jugar al rugby. Sigue Sackey en el otro ala. No se sabe si es Sackey o el cantante de los Fugees: por Tutatis, ¿no hay mejores y más consistentes alas en todo el Imperio Británico? Debe de ser que no, porque en el otro lado va a empezar Mark Cueto, sometido a un plan de rejuvenecimiento. Me gustan los medios, Tindall y Flutey, que son de carga con la bayoneta calada, aunque tengo predilección por Matthew Tait y Toby Flood. A Inglaterra le va a venir bien un primer partido al calor del hogar en Twickenham y frente a Italia, para ir calentando el asunto. Los italianos, equipo de larga progresión, van añadiendo talento en la tres cuartos a su excelente trabajo en la delantera, donde los primeras líneas tienen ese inquietante aspecto a medio camino entre el hombre de campo y un sicario de la Camorra. Un equipo peligroso en el cuerpo a cuerpo, y si no pregunte usted por Sergio Parisse. Esta vez comienza con un terrible problema en el puesto de medio de melé por culpa de las lesiones, así que Nick Mallet va a tirar de Mauro Bergamasco (¡un flanker!) como número 9. Troncon lleva días dándole un curso intensivo, y tendrá su gracia ver cuántas veces resiste Bergamasco la tentación de meterse en el barro y a cuántos rivales plancha desde esa privilegiada posición para el placaje que es el medio de melé.

Alineaciones
Inglaterra 15 Delon Armitage, 14 Paul Sackey, 13 Mike Tindall, 12 Riki Flutey, 11 Mark Cueto, 10 Andy Goode, 9 Harry Ellis, 8 Nick Easter, 7 Steffon Armitage, 6 James Haskell, 5 Nick Kennedy, 4 Steve Borthwick (c), 3 Phil Vickery, 2 Lee Mears, 1 Andrew Sheridan.
Suplentes: 16 Dylan Hartley, 17 Julian White, 18 Tom Croft, 19 Joe Worsley, 20 Ben Foden, 21 Shane Geraghty, 22 Mathew Tait.

Italia: 15 Andrea Masi, 14 Kane Robertson, 13 Gonzalo Canale, 12 Gonzalo Garcia, 11 Mirco Bergamasco, 10 Andrea Marcatto, 9 Mauro Bergamasco, 8 Alessandro Zani, 7 Sergio Parisse (cap.), 6 Josh Sole, 5 Marco Bortolami, 4 Santiago Dellapée, 3 Martin Castrogiovani, 2 Fabio Ongaro, 1 Salvatore Perugini.
Suplentes: 16 Carlo Festuccia, 17 Carlos Nieto, 18 Tommaso Reato, 19 Jean-Francois Montauriol, 20 Giulio Toniolatti, 21 Luke McLean, 22 Matteo Pratichetti.

Irlanda-Francia (Croke Park, 18:00 Canal+)

Uno de los grandes partidos del torneo, con condiciones: que Irlanda alcance su deseado cénit y que Francia demuestre que la transición del pasado año le llevaba a algún lado. Dos equipos antojadizos porque ellos son así. Irlanda es un libro abierto, pero tan bien escrito que da para mucho. Delantera de recitado escolar, con seis tipos del Munster entre los ocho de inicio: no es que tenga un poco de todo, es que tiene mucho de todo. Para este primer partido se queda fuera Stringer y comenzará O’Leary como 9. Tanto monta, monta tanto. O’Gara, rugby dandy con el pie y la mano; Paddy Wallace, repartidor de balones, y O’Driscoll, repartidor de cera. Asesinos de guante blanco que ya jugaban juntos en la Sub-19 irlandesa. Llama la atención la entrada de Rob Kearney por Geordan Murphy en el puesto de zaguero. Bajo su aspecto de modesto oficinista, Murphy oculta un nervio de acero, a veces barra de acero. ¿Cómo es que este equipo, preñado de puro talento ofensivo, está bajo sospecha por haber marcado un solo ensayo en los tests de noviembre frente a Nueva Zelanda y Argentina? Vaya usted a saber... Respecto a Francia, tiene aspecto de pelearse por el Grand Slam con Gales (al que además recibirá en París). Destacaré la vuelta de Harinordoquy en la tercera línea, el vasco del Biarritz Olympique, palomero aventajado y superviviente de aquella maravillosa terna que completaban Olivier Magne y Serge Betsen. Hoy lo acompañan Dusautoir (otro psicópata del placaje) y Ouedrago, al que no tengo el gusto. Poitrenaud será el zaguero por la garantía que ofrece en los balones altos, y ya se sabe que en Dublín suelen llover ese tipo de patadas que los célticos llama garryowen. En este nuevo equipo de Francia, yo le pondré mis monedas a un nombre y le pido atención al que no lo haya visto: Máxime Medard. Ala o zaguero del Stade Toulousain. Esta vez ala. Yo lo he visto de zaguero y tanto por sus frondosas patillas, como por la melena al viento y el aliento creativo de su rugby en carrera, recuerda visualmente al inigualable JPR Williams. Y que Dios me perdone la comparación.

Alineaciones
Irlanda: 15 Rob Kearney (Leinster), 14 Tommy Bowe (Ospreys), 13 Brian O’Driscoll (Leinster, captain), 12 Paddy Wallace (Ulster), 11 Luke Fitzgerald (Leinster), 10 Ronan O’Gara (Munster), 9 Tomas O’Leary (Munster), 8 Jamie Heaslip (Leinster), 7 David Wallace (Munster), 6 Stephen Ferris (Ulster), 5 Paul O’Connell (Munster), 4 Donncha O’Callaghan (Munster), 3 John Hayes (Munster), 2 Jerry Flannery (Munster), 1 Marcus Horan (Munster).
Suplentes: 16 Rory Best (Ulster), 17 Tom Court (Ulster), 18 Mal O’Kelly (Leinster), 19 Denis Leamy (Munster), 20 Peter Stringer (Munster), 21 Gordon D’Arcy (Leinster), 22 Geordan Murphy (Leicester).

Francia: 15 Clement Poitrenaud (Toulouse), 14 Julien Malzieu (Clermont-Auvergne), 13 Florian Fritz (Toulouse), 12 Yannick Jauzion (Toulouse), 11 Maxime Medard (Toulouse), 10 Lionel Beauxis (Stade Francais), 9 Sebastien Tillous-Borde (Castres), 8 Imanol Harinordoquy (Biarritz), 7 Fulgence Ouedraogo (Montpellier), 6 Thierry Dusautoir (Toulouse), 5 Lionel Nallet (Castres) (c), 4 Sebastien Chabal (Sale), 3 Benoit Lecouls (Toulouse), 2 Dimitri Szarzewski (Stade Francais), 1 Lionel Faure (Sale).
Suplentes: 16 Benjamin Kayser (Leicester), 17 Nicolas Mas (Perpignan), 18 Romain Millo-Chluski (Toulouse), 19 Louis Picamoles (Montpellier), 20 Morgan Parra (Bourgoin), 21 Benoit Baby (Clermont-Auvergne), 22 Cedric Heymans (Toulouse).

Escocia-Gales (Murrayfield, domingo 16:00 C+Deporte)

En mi opinión, Gales vuelve a ser el favorito para ganar el torneo y la Triple Corona, aunque tendrá difícil repetir el Grand Slam porque visita París. Y ahí estará Somniloquios, por cierto, en riguroso directo el 27 de febrero desde el Stade de France. Por evolución y según lo visto en noviembre (victoria sobre Australia) Gales merece la consideración de cabeza de serie de esta edición. En Gales está mi delantera preferida del torneo, con una primera línea de libro (tendría posters del oso Adam Jones si un tipo así cupiera en cualquier pared) y una tercera fantástica, con Andy Powell, el hombre-piedra, en el número 8. Powell constituye un prodigio de aprovechamiento físico, tiene una explosividad que lo hace terrible en defensa, tanto o más que en ataque. Placa como un animal y está en las suyas y en las de los demás. En estos momentos, uno de los más estimulantes del planeta en su posición. Los otros dos, Williams y Jones, no son mancos. Otro subrayado en el número 9, donde empezará Michael Phillips en lugar de Dwayne Peel. Del resto destaca el avance de Gavin Henson (aquel muchacho con la camiseta ceñida al abundante músculo del anuncio de Nike) al puesto de primer centro, donde le vimos irrumpir en la élite antes de enloquecer de tanto mirarse al espejo. Y el juego del bailarín de claqué recauchutado que es Shane Williams, un muchachito al que parecen hinchar con una bomba de aire antes de ponerle la camiseta de Gales. Frente a todo eso, ¿qué tiene Escocia? Orgullo, sobre todo. Experiencia y, hay que esperar, sentido de equipo que alcance a lo que no llegan las individualidades. Lo que le falta es lo principal, tal vez: nivel real para aproximarse a los tres de arriba. Eso sí, Escocia se ha especializado en la maniobra de despiste. Nadie sabe bien qué esperar (o qué no) del equipo del Cardo en los últimos años. Yo mismo miro el equipo y no sé muy bien qué decir. Será porque yo voy con Escocia, ahora y siempre. Y allá donde veo una gaita, canto el Flower of Scotland y me acuerdo de Gavin Hastings, el Tiburón Blanco y David Sole: esos tíos ganaron el Grand Slam en campo inglés. Oh tempora, oh mores!.

Alineaciones
Escocia: 15 Hugo Southwell (Edinburgh), 14 Simon Webster (Edinburgh), 13 Ben Cairns (Edinburgh), 12 Graeme Morrison (Glasgow), 11 Sean Lamont (Northampton), 10 Phil Godman, 9 Mike Blair (capt), 8 Simon Taylor (Stade Francais), 7 John Barclay (Glasgow), 6 Ally Hogg (Edinburgh), 5 Jim Hamilton (Edinburgh), 4 Jason White (Sale), 3 Geoff Cross (Edinburgh), 2 Ross Ford (Edinburgh), 1 Allan Jacobsen (Edinburgh).
Suplentes: 16 Dougie Hall (Glasgow), 17 Alastair Dickinson (Gloucester), 18 Kelly Brown (Glasgow), 19 Scott Gray (Northampton), 20 Chris Cusiter (Perpignan), 21 Chris Paterson (Edinburgh), 22 Max Evans (Glasgow).

Gales: 15 Lee Byrne, 14 Leigh Halfpenny, 13 Jamie Roberts, 12 Gavin Henson, 11 Shane Williams, 10 Stephen Jones, 9 Michael Phillips, 8 Andy Powell, 7 Martyn Williams, 6 Ryan Jones (captain), 5 Alun-Wyn Jones, 4 Ian Gough, 3 Adam Jones, 2 Matthew Rees, 1 Gethin Jenkins.
Suplentes: 16 Huw Bennett, 17 John Yapp, 18 Luke Charteris, 19 Dafydd Jones, 20 Dwayne Peel, 21 James Hook, 22 Tom Shanklin.

Morir sin las botas puestas

Morir sin las botas puestas

Mi equipo se fue a jugar a la Complutense y yo me quedé en casa, huérfano, con las botas tan vacías como el sábado. No quiero saber si jugaron en el Central de la universidad, pero seguro que jugaron en el Central. No quiero saberlo porque en el Central vi yo una mañana de domingo, hace muchos años, a Patrice Lagisquet: aquel ala izquierdo de Francia, perfil aguileño, los ojos hundidos y los labios prominentes. El clásico balón wallabie en las manos. Un conquistador imprevisto, de heterodoxo perfil cinematográfico, un dandi a la inversa al modo de Daniel Auteil. Aquella mañana vi a Lagisquet pasando contrarios de fuera adentro, como una luz ingrávida. No quiero saber si mis amigos jugaron en el Central, en ese mismo campo que pisó Lagisquet y que pisaron y pisan tantos otros. Para mí, ahora que la edad me ha desembocado en esta confusa mitomanía del rugby, hubiera sido una ocasión tremenda comandar a mi equipo en tal ocasión.

Pero me quedé en casa, porque la vida es aquello que te ocurre mientras piensas en otras cosas o estás haciendo planes; y tal vez por eso yo no hago planes, para que la vida no me agarre despistado, aunque me va a agarrar igual. La vida también es aquello que no puedes hacer porque tienes otra cosa que hacer, como trabajar, que consiste en arrancarle tiempo al tiempo, o mejor cambiar el tiempo por dinero: necesario pero delicadamente frustrante. Se quedaron mis botas vacías al aire húmedo de la niebla de la ciudad, cuyos perfiles se deshilachan en invierno, en esta bruma. Ya no llegaré a jugar en Twickenham ni en Arms Park ni en Croke Park ni en el Parque de los Príncipes. Nunca pensé llegar a jugar siquiera en La Isla, pero lo hice. Y me di el gusto de pisar los hermosos campos que marcaban en medio de los prados los equipos de la Liga del sur de Londres, aquellos campos de césped tupido como una barba asiática, húmedos, blandos, primorosos y empinados porque no los había diseñado un hombre, sino la suave naturaleza que delineó la tierra inglesa. He jugado en el Velódromo, en la Universidad de Zaragoza, en el campo de fútbol de La Almunia, en la Ciudad Deportiva de Ejea y en el viejo campo de fútbol de Ejea. En Teruel, en Sabiñánigo, en Jaca, en Huesca, en Calatayud, en Guecho, en la Universidad Pública de Pamplona, en la Universidad de Navarra y no sé en cuántos lugares más. Debo dejarme varios por los que pasé o pasaré, aún pasaré.

Sobre todo he jugado en el Seminario. A menudo me quedo solo en su campo oscurecido y frío después de los entrenamientos. Aguardo a que me diga algo, no sé bien qué. Pero está silencioso como una cueva. Me tumbo sobre él y espanto la rigidez de los músculos abrazado al aroma de la tierra. Cuando, de vuelta a casa, saco la ropa de la bolsa, aún huele a campo. Las botas tienen pedazos de barro endurecido que se hará viejo ahí, entre los tapones, hasta el próximo día. Y suelen estar húmedas, mojadas de sudor y frío, de sangre contenida y barro. Absorben vida como una esponja.
Miré ayer esas botas huérfanas y les tomé una o varias fotografías, pero no encontré en ellas ni su alma ni la tristeza de la orfandad. Tal vez debería haberme fotografiado yo mismo, vestido con el 1, pantalón corto, medias y botas de tacos y un balón de rugby, en medio de una avenida en sábado de rebajas. Para que la gente me mirase y a lo mejor me tomara fotografías. Tampoco ellos podrían capturar mi orfandad, que es un hada perdida, invisible. Las botas cuarteadas relatan partidos en su silencio agotador, como los campos. Se han rajado por los costados del empeine, sujetas con cinta que también sujeta la muñeca, los dedos torcidos, las orejas, los cordones para que nadie se enganche ni me enganche, a veces las medias, a veces los pantalones. Cinta siempre en los vestuarios, cinta para todo. Los tacos desgastados aún son legales, a pesar de un anuncio demasiado evidente de esa perversa baba, que es el arma preferida de los delanteros con cuentas pendientes y otras que abrir. Vacías, las botas son nada, pero sostienen la dignidad de haber pisado algunos campos y a muchos hombres. O a algunos hombres en muchos campos. No están hechas para caminar, como las botas de la canción. Están hechas para clavarse y avanzar, para retroceder sólo con el fin de dar impulso, para atacar y defenderse, para correr pero nunca para huir. Están hechas para la guerra y si yo tuviera que ir a una trinchera me las llevaría puestas, porque en su memoria guardan ya para siempre la oculta naturaleza brutal de un cuchillo, su misma inocencia y su misma exacta culpabilidad. Son el hombre que las calza, ni más ni menos. Con botas, uno puede morir tranquilo. Sin botas, uno se muere, sin más.

Botas de media caña, sobre el tobillo. Botas como un guante o una continuación. Botas que resuenan metálicas en los empedrados del vestuario, sonido inolvidable que se acalla al pisar el césped, al entrar al campo, al irrumpir en ese iniciático momento de la primera carrera. Son botas de trinchera, de bayoneta calada, botas que no retroceden, botas altivas, viejas, viejas botas queridas. Botas vacías. Decía García Márquez en El Amor en los Tiempos del Cólera: “Uno viene al mundo con los polvos contados; y los que no se usan por cualquier causa, propia o ajena, voluntaria o forzosa, se pierden para siempre”. Digo yo: uno viene al mundo con los partidos contados. Y cada partido que se juega, como cada polvo que uno echa, es un monumento al amor.

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La culpa fue del balón

La culpa fue del balón


Entre 1964 y 1971, mi madre dio a luz a una primera línea completa. Si los tres hermanos no llegamos a jugar al rugby juntos fue sólo porque en el último parto doña María Jesús alumbró a una niña, que con el tiempo se convirtió en mi hermana. Aunque nos costó años darnos cuenta de ello, la naturaleza fue generosa con nosotros y nos dotó para el juego desde la cuna: al nacer, mi hermano dio en la balanza 4,200 kilogramos; yo, dos años más tarde, subí la marca hasta 4,600; en progresiva evolución, mi hermana saludó al mundo marcando 5,300 en la báscula, ya sin cordón umbilical. Instante que el doctor aprovechó para darle un consejo a mi madre: “No tenga usted más hijos”. Y mi madre le hizo caso. Mi padre también.

Porque el pilar nace, aunque luego se haga. Aunque tarde 20 años en tomar su definitiva forma, como nos pasó a nosotros, que hasta pasada la adolescencia éramos jóvenes y atléticos y después fuimos jóvenes y primeras líneas. Y ahí nos hemos quedado, porque una condición bastante desconocida del rugby es que mantiene los cuerpos jóvenes, a punto para el amor o para la guerra, que son dos signos indudables de la juventud. Los Ornat jugamos juntos a principios de los años 90, vestidos de negro con el equipo de Ingenieros de Zaragoza porque el negro estiliza. Yo llevaba el 1 y mi hermano el 3. Celebramos la primera victoria con una cena clásica y ligera en El Pasgón, lugar de reunión nocturna de los abandonados diversos que genera la ciudad. Entre ellos, claro, un equipo de rugby. El menú era éste: ensalada ilustrada para abrir boca, judías blancas con tocino de primer plato, huevos fritos con jamón y chorizo de segundo, y flan de postre. Vino y gaseosa. Había un tipo que jugaba de tres cuartos, más imaginativo con la gaseosa que con el balón. Le gustaba lo que él llamaba “hacer estalagtitas”. Agarraba una botella entera de Konga, la agitaba violentamente durante unos 15 segundos y, a continuación, de súbito le quitaba el tape de rosca y la sujetaba en posición vertical. La gaseosa salía impelida como un géiser hacia arriba y entre líquido y gas, formaba en el techo unas agujas falsamente calcáreas y traslúcidas que muy lentamente llovían sobre la mesa el resto de la noche. Las estalagtitas.

Como cualquiera sabe, buena parte del rugby sucede en los bares, nunca en las bibliotecas ni a la entrada del cine. Los Ingenieros me ficharon en un bar y el Seminario me recuperó, años después, en otro bar. Digo recuperar porque yo ya entrenaba con el Seminario desde hacía algún tiempo, pero no tenía ficha. A la vuelta de un entrenamiento, tropecé con una fila de cervezas y con los chicos del equipo de mi hermano, que recuperaban también las toxinas perdidas con el ejercicio físico. En el mientras tanto, se pasaban un balón de rugby de mano a mano. Me invitaron a jugar. Acepté de inmediato porque estaba como los jarheads en el desierto de Irak, esperando a que los llamen para el frente. Necesitaba entrar en acción. Necesitaba saber cómo era eso de chocar con la cabeza por delante. Eso de destrozarte el cuello empujando. Eso de pasarle por encima a la melé contraria.

De los dos Ornat, mi hermano llegó al rugby primero y se fue mucho antes. En su honor hay que decir que inventó un arquetipo que pocos años después haría célebre Jonah Lomu: el ala que también podía jugar de delantero. Ornat sénior empezó con el 11 porque siempre fue rápido. Unos cuantos gin-tonics más tarde, hubo que cambiarle la camiseta y darle otra con el número 3. Era un tres veloz al que costaba seguirle los pasos, para su desgracia. Se le recuerda un instante habitual en cada partido. En el apretón de la primera melé, mi hermano abandonaba el paquete, desatendía el juego, se dirigía precipitadamente hacia la banda y durante unos segundos doblaba el vientre de espaldas al terreno de juego mientras elaboraba con su garganta líquidas voces de ultratumba. Una vez vaciado el estómago de las infusiones que se hubiera tomado la noche anterior, empezaba su partido. Regresaba a la melé lo más alegre y aquí paz y después gloria. Su momento más memorable, sin embargo, siempre llegaba en el tercer tiempo. Era un jugador de terceros tiempos. El primero y el segundo constituían una suerte de excusa para la reunión. A quien algo así le parezca un defecto o la semblanza de un jugador menor, debería recordar este principio fundamental: el rugby tiene dos tiempos de 40 minutos y un tercero de duración variable, según aguante y necesidades de los contendientes. El tercer tiempo no es un añadido singular, es PARTE del partido. Es decir, que también hay que ganarlo. Amigablemente y con cerveza, sí, pero hay que ganarlo. No puede ser que el equipo contrario beba más. Ni que cante más. Ni que recite más chistes de brocha gorda ni le falte con más gracia a las mujeres. Eso también es el rugby.

Mi hermano empezó a dejarlo el día que el Vaca, talonador melancólico, le dio un cabezazo en el pecho. La decisión, vista en perspectiva, supuso por su parte un acceso de reflexión sin precedentes. Esa tarde ofreció su último recital en el tercer tiempo. En el bar de la gasolinera, a la entrada de Santa Isabel, ya notaba una molestia persistente en el tórax cuando levantaba las espumosas jarras. Resuelto a no dejarse engañar por un golpe de nada, se anestesió con una buena serie de alzamientos hasta que el dolor se rindió al empuje ganador del alcohol. El tercer tiempo se fue calentando y el gran Ornat (como pilar que era) supo que debía tomar el mando de la juerga y terminó por interpretar el que siempre fue su número más aplaudido: caminar sobre las manos con las piernas en alto y dar volteretas laterales, ante el jolgorio de la beoda concurrencia. Al día siguiente lamentó haber llevado tan lejos sus habilidades acrobáticas: en su topetazo, el Vaca le había roto un par de costillas.

Mi hermano lo dejó. Yo seguí. Aún sigo. Si en algún momento pude dejar el rugby fue antes de jugarlo. Ahora sé que jamás podré dejarlo y no encuentro manera de resolver la ecuación de la edad y los partidos. Ese instante primero y único de duda pudo sobrevenir cuando, en el primer partido que miré en directo, vi a Carlitos Ezquerro aprovechar un agrupamiento para estrujarle los huevos a un contrario, con la consiguiente sesión de puños voladores. El rugby me enviaba un último aviso, que por supuesto desoí. La llamada primitiva me había alcanzado y no podía echarme atrás por un leve atisbo de psicopatía en un juego que yo pensaba idílico, noble, esforzado y prohibido para cerebros fuera de la ley. Decidí seguir adelante y probarlo, desde luego. Pronto entendí que los partidos de rugby, como la vida, están llenos de oscuros recovecos. Como diría el coronel Kurtz: “En la selva he visto cosas que vosotros no creeríais”.

La culpa de todo la tuvo el balón. El balón de rugby... Una vez que lo has tocado, te quedas atado a él. Un balón de rugby entre las manos constituye un viaje sensorial, no importa dónde ni en qué situación de la vida lo toques. El balón de rugby está hecho de una materia falsamente artificial. Puede que sólo sea goma inflada, pero su antropomórfica composición tiene algo que te eriza la piel. Para empezar, nadie sabe qué hacer con un balón ovalado. Salvo nosotros, que hemos aprendido a botarlo sobre su lado justo para que nos vuelva a las manos. El cerebro sabe aún más que nosotros mismos. Hay sonidos (el repiqueteo de las botas de tacos en las baldosas del vestuario cuando sales al campo), hay olores (la hierba que te aplasta la cara en el fondo de un ruck, las cremas que calientan los músculos en el vestuario y que persisten cuando sacas la ropa de jugar de la lavadora), hay sabores (el de la cerveza y otros que no se nombran) y hay texturas que el cerebro de un jugador de rugby reconoce de inmediato. Todas remiten a una sola: las sensaciones que uno tiene en el campo cuando toca un balón. La urgencia de avanzar con él hasta donde te dé el aliento, la obligación de usarlo bien, el rearme muscular frente a los golpes que vienen, la claridad para buscar espacios, evitar hombres, reconocer compañeros y no perderlo.

La nostalgia del rugby es traicionera, así que conviene no tener balones de rugby en casa. Porque puede suceder que uno esté al pedo en el sofá, toque la pelota como para entretener algo en las manos y... ese simple roce supone un peligro mayor: enseguida dan ganas de metérselo entre el brazo y el vientre y cargar contra las 32 pulgadas de TFT de la televisión. Ellas no lo entienden y te mirarán mal, haciéndote sentir raro o fuera de contexto, porque ellas no saben lo que se siente cuando uno gana la línea de ventaja en un partido. Ganar la línea de ventaja con un balón de rugby en las manos es como saltar por encima de las trincheras enemigas con un bebé envuelto en los brazos. Todos te quieren matar o bien están dispuestos a deshacerte los tobillos a mordiscos o a descerrajarte un tiro en la cabeza. Tú estás resuelto a morir si hiciera falta, porque un balón en las manos te abandona en un territorio de pasiones trascendentales que te hacen sentirte un héroe... Pero antes has de entregar al bebé almendrado, sano y salvo.

Ellas no lo entienden. No entienden que con la pelota en las manos uno no puede quedarse quieto. Hay que avanzar por cojones. Y si hace falta comprar una televisión nueva, se compra.

Cosa nostra

Cosa nostra

Dedicado a Carcundo, el Piojo, el Turco y a toda la gente del Seminario.

El rugby es como la mafia, pero sin asesinatos. Está basado en la lealtad, el honor, la conciencia grupal, los ajustes de cuentas, el tráfico de sustancias y los parentescos inventados. Es una famiglia. Sobre todo en la delantera, aunque se han documentado casos de amistades morganáticas con la gente de la línea, esa gente. Conforme el número de la espalda crece hacia el 15, aumenta la desconfianza de los delanteros, que componen la infantería con traje y corbata negros, como reservoir dogs. La vida debería ser como una melé, pero con colonia para niños. No hay caretas y todo el mundo se conoce bien. Al que se pasa de la raya, se le ajusticia en la siguiente ocasión de forma que parezca un accidente. Los demás callan, otorgan, participan o calculan dónde y cómo reparar los daños. La ley del silencio la entiende todo el mundo. Hay que descreer de los delanteros que hablan con el contrario.

Fuera de la melé, el universo se torna voluble y desleal, y cualquiera sabe que conviene desconfiar de sus normas y aún más de la corrección política: que ahora no se puede pisar y que el balón tiene que salir rápido por el bien del espectáculo. Esas cosas. Fuera de la melé, todo el mundo es un extraño o se comporta como tal. El 10 suele venir de otro país, de otro rango social, profesa religiones de moda y bebe Aquarius después de los partidos. Su única posibilidad consiste en haber nacido en Ejea, aunque su apariencia continúa siendo extraña porque se comunica en ese idioma que se habla en Ejea y que sólo le entienden sus paisanos y el 12, su lugarteniente, el tipo feroz que le hace el trabajo sucio. Nuestro 10 es de Ejea de los Caballeros, un lugar repleto de truhanes: por eso juegan tan bien al rugby. Truhanes y caballeros. Las labores del 10 en el campo se reducen a cuestiones funcionariales o de poco calado, como recitar contraseñas numéricas, hacer extrañas señales con los dedos por la espalda a los chicos de la diagonal y utilizar términos como cruz, salto, falsa o toda, convenientemente mezclados para impresionar a los que le escuchan. Cuantos más balones se le caen, más aprecio le tienen los delanteros, que se dan el gusto de volver a la melé. Además de eso, el 10 patea a palos siempre que no haya un delantero que pueda hacerlo, lo que suele ser raro porque en el paquete menudean los superdotados. El 10 acostumbra a quejarse de que los delanteros se interponen en la línea de pase entre él y el 9. Y amonesta a los que lo hacen, explicándoles la necesidad de mantener limpia esa vía de salida. Los delanteros asienten y por dentro sonríen. Todo el mundo sabe que se trata de un comportamiento deliberado: el 9 sólo debería abrir la pelota cuando los delanteros lo decidan o se hayan divertido lo suficiente con sus tuercas y tornillos, jugando al enredo con los cuerpos y la pelota. Hacerlo al revés constituye otra de las muchas perversiones que el espíritu del juego ha sufrido desde su nacimiento.

El 12, el primer centro, puede ser el único jugador que un delantero respeta en toda la línea de tres cuartos. De hecho, juega en una posición envidiable si no fuera porque no participa en las melés. Dicen que hay un segundo centro, pero no está demostrado. Así como podemos constatar la existencia de dos pilares, dos segundas (que entre los dos no suelen hacer medio), dos flanker y dos alas, la existencia del segundo centro, sospechamos, no pasa de ser una formulación teórica de los entrenadores, que han inventado la figura para desconcertar a los que juegan y sostener así su presunta ascendencia sobre el grupo. Si el segundo centro de verdad existe, constituye un ente innombrable y el sentido de su vida consiste apenas en darle conversación al ala. Nadie ha confesado jamás haber hablado con un ala en el campo de juego, por tanto el segundo centro no existe. ¿De qué se habla con un ala, en cualquier caso? Si te los encuentras en el tercer tiempo te parece estar metido en un ascensor y sólo se te ocurre comentar el tiempo: “Qué buen día hacía hoy para jugar, eh”. Cuando los ves pasar cerca en el campo, a los alas dan ganas de preguntarles por la familia: si ya se casaron o qué tal están sus padres.

El 12, sin embargo, es otra cosa. El primer centro o inside pasa el tiempo en una violenta dicotomía vital que consiste en chocar contra las paredes y aplastar a los hombres. No se les puede dejar solos en una habitación y suelen dormir en cuartos mal ventilados. De ahí sus angustias. Morfológicamente, el 12 tiende a una engañosa redondez corporal y acostumbra a sufrir el síndrome de la bala de cañón: cuando se lanza en velocidad quiere arrancarle las piernas al que se cruce. Como buen depravado, le gusta sufrir y hacer sufrir. Aspira a placar y a que lo plaquen. Digamos que querría hacer las dos cosas al mismo tiempo y en cada jugada, si fuera posible. Es sexualmente hiperactivo y aficionado confeso a las parafilias. Tiene peligro dentro y fuera del campo. Fuera, hay que vigilarlo de cerca: lo mismo trata de intimar con una menor de edad que con el tercera de su propio equipo. En el campo son gente válida. Sí. En su psicopática mentalidad, el ideal de vida consiste en esta jugada: recibir la pelota, enfilar al apertura contrario, derribarlo, ponerle el sello en la frente al 12 rival, derribarlo, convocar a un par de terceras del otro equipo a la fiesta, cruzarles el codo en la boca, derribarlos y, cuando entrevé que el zaguero opuesto viene al cierre con intención de placarlo, soltar la pelota al primer amigo que pase por ahí, dejándose las manos libres para chocar felizmente contra el 15 o el muro del final del campo. Los primeros centros suponen casos extremos, muchachos que quieren placar también en el ataque y se las arreglan para hacerlo, aunque sea a costa de la lógica del juego. No faltan los que, cuando tienen la pelota, en lugar de buscar el intervalo que hay entre los hombres, buscan a los hombres que hay entre los intervalos, llegando a retroceder en busca de un contrario o ajustar la carrera para dejarse alcanzar y así poder atizarle a gusto al defensa. Naturalmente, un delantero ha de animar este tipo de comportamientos y aun ensalzarlos. También porque el primer centro observa la decente costumbre de romper cerca de los agrupamientos, lo que siempre es de agradecer. En fin, hay que reconocerlo: el centro es un hombre. No es un delantero, pero es un hombre. Todo no se puede tener.

Otro de sus méritos es que está a tres números del zaguero, un tipo despreciable al que le gusta jugar con el pie, se mancha poco la camiseta y suele ser guapo. En ocasiones marca ensayos pero casi nunca es el hombre del partido. Por las noches, el zaguero gimotea en su casa porque no comprende esa contradicción: ser la estrella y que nadie lo reconozca. A menudo, los primeras líneas incluso ignoran cómo se llama el zaguero de su propio equipo. Cuando el entrenador recita la alineación, el primera línea se queda en el cuatro o el cinco. El resto de nombres apenas los oye. Está todavía calculando las señas verbales que ordenan las touches, en su inútil intento por memorizar si en las de campo propio que saca su equipo entran cuatro, cinco o todos, si hay mol, peel off, ruptura de la primera torre, pase a ras o palmeo al nueve. Por eso, porque tiene cosas mucho más importantes de las que ocuparse, asuntos que conciernen de verdad al bienestar de la familia, ningún primera línea que se precie recordará jamás el rostro del 15 contrario. Así como los leones y felinos depredadores poseen una visión con una delgada franja de enfoque horizontal, que les permite localizar a sus presas en el horizonte pardo de la sabana, la naturaleza ha dotado a los primeras líneas con una variación óptica: la profundidad de campo de su mirada es mínima. Enfocan al morrillo del pilar opuesto, la carne que rodea los trapecios y las zonas erógenas del cuello y los parietales, donde uno intenta hacer diana. O sea, hacer daño cruzando un cabezazo. La ciencia no ha explicado todavía esta particularidad de los primeros líneas. Los demás prefieren reírse de ellos y explicar que los balones se les caen de las manos porque son lentos, torpes o tienen un dedo del tamaño de dos. No es así: es que no ven, sin más. Los primeras viven en estricto primer plano y son felices con eso. Nunca han visto a un zaguero salvo en el vestuario. En el tercer tiempo, el tipo que jugó de 15 es como el público de la grada: gente a la que le gusta ver rugby, pero no les apetece llenarse de barro ni que les den golpes. En el fondo, hay que agradecerles que vengan y aplaudirles al final en reconocimiento a su tangencial labor.

Ahora hablaremos del medio de melé, uno de los casos más terribles en cualquier equipo de rugby. El 9 opera en el paso fronterizo entre la realidad y la ficción, la melé y el resto del mundo. Cuando el entrenador divide a línea y melé, los nueves siempre se quedan un momento parados, tratando de descifrar a qué lado deben ir. Esa crisis de identidad los afecta, a veces de modo fatal. Todos sabemos que, en conciencia, el medio melé viene a ser un proyecto de delantero al que la naturaleza no lo dotó como es debido: no le llegaron los kilos, la altura ni la inteligencia para jugar en el paquete. Piensa demasiado. Lo obliga su equívoca condición. Dicho sin ánimo ofensivo, el medio de melé viene a ser un transexual, un caso de hormonas equivocadas. Se comporta como un hombre, está musculado, acostumbra a ser recio y muestra arrojo, aunque todo en un cuerpo resumido, sin la expansión fisiológica de un auténtico macho de la melé. Su jugada preferida lo denuncia: en cuanto puede, se mete en el ruck y maulla de felicidad cuando, mientras auténticos hombres lo aplastan y rodean, oye gritar a los que se han quedado donde debería estar él: “¡¡¡No hay medio, no hay medio!!!”. El pick and go consiguiente, que le da tiempo a levantarse y retomar sus obligaciones, lo devuelve a la realidad. El resto del tiempo va de aquí para allá detrás de los gordos y éstos le permiten que mande, que les diga dónde empujar y dónde no, siempre que no contradiga su propia opinión y les compre cervezas en el tercer tiempo. El medio de melé querría ser como los muchachos de la primera línea, por eso suele beber mucho y masticar con la boca abierta. Sus intentos pueden quedarse en lo patético. Los muchachos de la primera línea modelan sus cuerpos, ganan y pierden kilos con estupenda facilidad, saben bascular la barriga para diversión de los demás, satisfacen dos veces a las damas (cuando se ponen sobre ellas y cuando se quitan de encima) y, sobre todo, pueden dar de tetar a los bebés de su propio pecho. Además, cuando ya no producen leche porque la edad los ha traicionado, se van al gimnasio a endurecerse las aristas, mientras un endocrino les entrega una tablilla y les mide la grasa corporal. De pronto pierden 15 kilos y corren como si se hubieran comido una liebre. Los primeros líneas son longevos, juegan hasta los 40 y más allá. En la vida real, esa amoralidad metabólica de los primeros líneas contraviene la moda y da lugar a muchas opiniones. Es verdad que no pueden comprarse camisas en Zara, pero en el campo de juego su excelencia física supone una ventaja que se suma a otra de orden moral: los primeros líneas son los depositarios del rugby auténtico, original, primigenio y único. Eso no se puede negar...

En el principio, el rugby fue un pack de 15 delanteros en inacabables moles de los que nunca salía la pelota. Rara vez. Si salía, quedaba transgredida de inmediato la naturaleza lógica del juego. Para qué correr. ¿Para llegar antes? ¿Acaso no da más gusto llegar empujando? Recorrer 35 metros arrastrando cuerpos, triturando carne, pisando cadáveres… Eso es un ensayo. Los ensayos por velocidad, contrapié y combinación quedan bien para las chicas de la grada y los espectadores de la televisión. Qué diferente de esas alegres montoneras articuladas en la que doce sujetos se derrumban sobre la hierba en la zona de ensayo, entre bufidos, pedos y ladridos de pedregosas gargantas. Al levantarse, al menos cinco de ellos proclaman haber sido los autores de la marca: yo tenía un dedo, el mol lo inicié yo, sin mi empuje jamás habríamos llegado, árbitro apunte mi nombre, soy el uno, bien gordos bien. Y otro sonríe porque fue el autor intelectual: jugamos con el segundo saltador, mol estable y empujamos hasta los almendros, les dijo antes de sacar la touche. En el Seminario, Angelito Largo definió las intenciones de una melé con esa frase: hasta los almendros, en referencia a los arbolitos que lindan con los campos de Tarazona y el fondo de la línea de marca. Quiere decirse que hay que pretar los culos y abrochar hasta perder la conciencia. Empujando hasta que se aflojen los esfínteres.

En el fondo, la familia descansa sobre los hombros de los primeras líneas. Todos lo saben y lo reconocen en cuanto se emborrachan y se ponen cariñosos. Porque la gente, ahí afuera, sabe que puede contar con ellos. Si alguien deja una cuenta pendiente, le meten una cabeza de caballo en la cama al talonador contrario. Muéstrenme un zaguero capaz de eso.

Mamá, yo quiero ser pilier

Mamá, yo quiero ser pilier


Jugar al rugby es como andar en bicicleta: en cuanto empiezas a darle, te acuerdas de cómo iba la cosa. Esto es, agarras el balón en apoyo de una ruptura de tu amigo Blas y viene por el lado ciego un tipo que te vuelve la nariz del otro lado. Afortunadamente, a pesar del cacharrazo, el cerebro trabaja solo, ordena por riguroso orden de prioridad, toma decisiones, comunica mensajes y resuelve actos: no hay dolor, no hay dolor... el baloncito limpio, atrás, ahí sobre la hierba, como un bebé, arropadito como un bebé,, para que lo jueguen los que quedan en pie. Y ahora, cuando se levante toda esta gente que nos ha caído encima, chato, ahora cuando estos ochocientos kilos que nos aplastan se vayan a liarla ocho o diez metros más allá, porque es lo que les gusta, entonces ya miraremos a ver si nos han roto la nariz, nos han derribado el puente sobre el río Kwai o nos han hecho la estética completa con una de esas rajitas que tanto gusto le agregan a las fotos carcelarias de los malevos.

Son apenas tres minutos de partido, del primer partido, del primer amistoso ("en el rugby no hay amistosos; lo único amistoso es el tercer tiempo... y no siempre", les había dicho yo a los chicos, como si ellos no lo supieran); tres minutos y, espera, joder sí... me baja por el caño izquierdo un cosquilleo líquido y eso viscoso que gotea sobre la hierba es lo que es. "¡Señor, cambio por sangre!", grita alguien. Deben de estar hablando de mí. Sí, estoy sangrando. Miro al suelo puesto a cuatro patas, una posición que sólo en un par de situaciones de la vida no resulta patética, y ésta no es una de ellas. Sangre en la hierba. Rojo sobre el verde, como mi camiseta.

Ahora habrá que examinarles las caras mientras me curan. Su cara es mi espejo. Depende de la aprensión de las miradas y los comentarios, uno sabe hasta dónde llega la cosa, más o menos. En el fútbol hubieran salido ya seis ambulancias y 14 personas al campo con camillas, mantas, desfibriladores, la uvimóvil, Vilches el de Hospital Central, el equipo de reanimación, la cánula contra la inversión de la lengua y las botellas de agua para que el resto de los futbolistas se refresquen, que andan deshidratados los pobres. Aquí no hay nada de eso. Uno mismo camina hasta la banda con ese hilo de chapapote saliéndote de las entrañas, y te atiende el Tonono, que es amigo tuyo, hermano diríamos porque ha jugado culo con culo contigo, porque ha repartido algún puñetazo que te correspondía a ti o bien se ha llevado otro que lo mismo, también era tuyo por sorteo... Tonono mira y no afirma, como los facultativos. Pregunta: "¿Te la notas rota?". "Yo creo que no, me parece que es sólo el golpe". Un placaje mal medido; o muy bien medido, según como se mire. El hombro golpea el cuerpo, al modo reglamentario, sí, pero ningún árbitro suele fijarse dónde golpean brazos o antebrazos en el momento del impacto. Y son un arma contundente contra el rostro ajeno. Se placa con el hombro, pero se golpea con todo lo que uno puede. El asunto va de eso, todos lo hemos hecho. Lo hacemos. Lo haremos.

Tonono pide algodón y agua. Es lo que hay. Algodón y agua. Y si eso no te cura, ya lo hará la vida. En realidad tenemos un botiquín completo, con cánula y todo porque el doctor Saló la trajo cierto día y nos dio un tutorial de cinco segundos y medio sobre cómo sacarle la lengua del esófago a un compañero si le diera por comérsela. Como estábamos a punto de empezar un partido, en el ritual de embrutecimiento, nadie lo miró ni atendió nada. En el botiquín hay muchas cosas, pero ninguna sirve para hacer radiografías a la nariz de un-pilar-que-juega-hoy-de-talonador-porque-quizás-ya-no-pesa-lo-que-debería-pesar-un-pilar-izquierdo. Así que aparte de meterte algodón en el agujero y limpiarte la sangre de las manos con agua para no parecer El Carnicero Bill Cutting (Daniel Day-Lewis en Gangs of New York) no hay mucho más que hacer. Frenar la hemorragia y listo. No es grave, creo. Se acerca el entrenador, que vigila de reojo el campo y hace una sola pregunta: "¿Puedes seguir?". Naturalmente que sí. La nariz no es del cuerpo.

Lo mío suelen ser las cejas. Cejas abiertas como los cortes de los boxeadores, una tontería muy molesta porque hay que detener la sangre o no puedes seguir jugando, y depende del árbitro que te dejen. Esta vez es la nariz, que ya tengo torcida siempre hacia un lado porque un portero despejó de puños en cierta ocasión y no encontró el balón, sino que me encontró a mí. Casi todas las semanas me la retoco un poco con algún golpecito en entrenamientos o partidos. Los golpes que se extravían, caen ahí. Esta vez no se había perdido, venía directo buscándome. Conforme la tarde avanza, y sobre todo a la mañana siguiente, la nariz se me pone como a Jake De Niro La Motta en Toro Salvaje; aparecen unos contrafuertes de carne tumefacta entre los ojos y el apéndice nasal y el puente se inflama y toma un cierto aspecto de aplastamiento. Me miro en el espejo y digo: "Así se la ponen a los púgiles, machote". Los párpados inferiores empiezan a colorearse de una línea cárdena, arriba se diría que me he dado sombra aquí, sombra allá, y que alguien llamó a la puerta en pleno proceso. Y la mirada bizquea. Es un efecto óptico: como todo se ha hinchado, disminuye la distancia entre la nariz y los ojos, que han reducido su tamaño, y parece que estás mirando al centro continuamente. "Un delantero tiene que acabar el partido con la cara marcada", solían decir.

Si la vida fuera una melé, estas cosas no importarían lo más mínimo y yo, desde luego, no me hubiera rasurado la barba porque esa barba me daba un aspecto imponente con el uno a la espalda. Pero luego hay que salir por la calle, ir al bar, puede que hasta aparecer en televisión, aunque ya no. Y luego está tu madre, que generalmente me grita, entusiasmada por cómo mejoro con la edad: "¡Pero qué cosa más guapa tengo!", mientras me besa. Y la frutera, qué ojos tan azules y tan bonitos tienes, maño. Pero ahora tu madre te dice: "¡Córtate ya la barba, marrano!". Te mira la nariz y con cara de reprensión pregunta: "¿No es hora ya de que lo dejes, que tienes 39 años, que algún día te me van a devolver en pedazos?". Una madre es una madre. Cómo explicarle que la vida en la melé es otra cosa. La vida en la melé es la vida en la melé. Cómo decirle: "Mamá, yo quiero ser pilier". Yo quiero tener el aspecto tabernario de los pilares italianos, con sus barbas tupidas, cerradas, amenazantes; y parecerme al oso Adam Jones, ser en el campo un macarra como David Sole, con las mangas cortadas por encima del bíceps para que nadie me agarre de ahí y de paso se me vea el gimnasio; tener cara de malo como Jeff Probyn, ser en el campo igual de intimidatorio y de inteligente que Keith Wood... Cómo hacerle comprender a mamá que yo persigo de forma imposible a Angelito el carnicero, que llegó a jugar con 45 y una vez que lo tuve de pilar izquierdo a mi lado con esa edad, estaba yo de talonador y veía no sólo la pelota que iba a introducir el medio melé, sino también al medio melé de arriba abajo, las laderas del Moncayo, el copete de nieve de las cumbres y buena parte de la provincia de Soria con sus cárdenas roquedas por donde traza el Duero su curva de ballesta, que escribió Machado. Eso es un pilar izquierdo, qué cojones. Y pensaba yo cómo tendría la espalda el pilar derecho del contrario, al que podrían contratar de Quasimodo, seguro, en el próximo montaje sobre el rijoso monstruo de Notre Dame.

El rugby es como andar en bicicleta. Entras en el vestuario, te sientas para empezar a cambiarte, miras a los otros y piensas: "Hala, a pegarnos otra vez: parecía que no iba a llegar nunca el día".

[Foto: el fotógrafo francés Denis Rouvre tiene una hermosísima serie de imágenes con jugadores de rugby como protagonistas. Unas más sugerentes, otras más directas, algunas tiernas, otras brutales, emocionantes o artísticas. Entre todas, una serie de retratos de rugbiers al término del partido: sus rostros, sus espaldas, sus músculos, sus miradas. Un relato gráfico de las vidas comunes en oval].

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