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Historias del rugby

El cuerpo está al servicio del club

El cuerpo está al servicio del club


MediaPunta me invitó a reflexionar sobre las diferencias entre el modo en que un jugador de fútbol juega y se entrena, y la forma en que lo hacen los jugadores de rugby. Todo sobre el fondo de una entrevista en la que el preparador físico del Recreativo hablaba de la implicación en unos y otros. Naturalmente el juicio me salió escorado del lado del rugby, pero cualquiera hubiera hecho lo mismo. Ahora... esta mañana tuve una larga conversación con Pablo Aimar, sin micrófonos ni grabadoras por el medio, y sé que si este artículo lo hubiese escrito después de esa charla habría girado un poco más la perspectiva o hubiera dejado fuera algunas de las afirmaciones de más filo. Pablo es el futbolista más verbalmente inteligente con el que me crucé nunca, capaz de sobreponerse a los lugares comunes en los que todos nos movemos y abstraer algunas verdades íntimas, sinceras, universales en el fondo, sobre el oficio del futbolista, ese suceso tan extraño que constituye la idolatría, las responsabilidades de la Prensa, el negocio de Hollywood que mueve este juego y su convivencia con los sentimientos (los propios y los de la gente que mira). Yo fui un poco cínico en un artículo el otro día y los cínicos, dijo Kapuscinsky, no sirven para este oficio. Pablo piensa igual que el periodista polaco, del que por cierto leo ahora Un día más con vida. La conversación con Aimar fue enriquecedora, espero que para los dos; eso sí, un par más como la de esta mañana y el Cai me convence para retirarme del periodismo. Te digo que no sé si no debería arriesgarme... Dejo lo de MediaPunta.

El cuerpo está al servicio del club

Siempre se dijo que el fútbol es un deporte de caballeros practicado por villanos, y el rugby un juego de villanos practicado por caballeros. Pedro Píriz, preparador físico del Recreativo, trabajó para un equipo de rugby e intenta trasladar al fútbol el modo en que los jugadores del balón ovalado viven, sienten y practican su deporte. Pero es en vano. Los futbolistas, razona, han olvidado la motivación inicial que los impulsó a ser jugadores de élite. En el rugby se dice que el cuerpo está al servicio del club. Pero... ¿quién está al servicio de quién en el fútbol?

Uno recuerda haber encontrado en Buenos Aires a un taxista al que no le gustaba el fútbol, pero en general en Argentina ese tipo de cosas no ocurren: a todo el mundo le gusta el fútbol de una manera apasionada, casi irracional. Sin embargo, durante el pasado mes de septiembre se coló en el imaginario popular argentino cierta quiebra de la fe en el fútbol y los futbolistas, como si alguien hubiera abierto una ventana o iluminado alguna verdad oculta en la sombra. De tan relativa epifanía tuvieron la culpa los Pumas, la selección albiceleste de rugby, que ganó a algunos de los mejores equipos del planeta en el Mundial de Francia. No era sólo una glorificación atlética; tenía que ver con valores morales: el esfuerzo, la superación, la solidaridad, la entrega sin condiciones. En un momento dado, hasta la prensa política llegó a conjeturar que lo más cierto y noble del ser argentino estaba resumido en los Pumas. Si el país fuera como los Pumas..., suspiraban.

Esa admiración es típica en el rugby, un deporte que gusta incluso a quienes no lo entienden. Pero hay quien quiere ir más allá en la contraposición entre fútbol y rugby, dos deportes por cierto de rama única. Pedro Píriz, preparador físico del Recreativo de Huelva y profesor de Entrenamiento Deportivo en la Universidad de Sevilla, trabajó durante una temporada con el Monte Ciencias, equipo sevillano de la División de Honor de rugby, y reconoce que aquella experiencia varió su percepción: "En mí hay un antes y un después del rugby -decía en una entrevista en el Diario de Sevilla-. El concepto de jugar es exclusivo del rugby. Es donde mejor se produce lo que yo llamo la transformación, que otros le dicen implicación, etc. El jugador de rugby es otra persona cuando juega o se entrena. Yo lo aplico ahora al Recre, pero el fútbol es muy diferente". ¿Cuál es esa diferencia?

Alguien que ha jugado al rugby (y al fútbol) intuye que esa transformación de la que habla Píriz no es una actitud tanto como una necesidad. Nace de la pura naturaleza del deporte del rugby. Su condición grupal (casi tribal, como se puede advertir por el modo diferencial en que los jugadores escuchan los himnos de su país antes de un partido) opera en el rugbier a todos los niveles. El fútbol tiende filosóficamente al individualismo, precisa de héroes solitarios y los corona. El rugby supone la glorificación del colectivo. Por convicción y, otra vez, por pura necesidad. Raul Fain Binda, articulista de BBC Mundo, escribió un hábil y preciso corolario de las diferencias entre ambos deportes. En él escribía: "El rugby, mucho más que el fútbol, es el juego de equipo por antonomasia. Un futbolista solo en medio del campo puede ser Maradona, Pelé, un individuo, un genio. Un rugbier solo en medio del campo es un náufrago, un pobre infeliz, la víctima de un asalto".

Se dice que alguien juega al fútbol o juega al rugby, pero cualquiera que haya practicado el rugby sabe que ese término, jugar, no refleja de forma estricta la dimensión de lo que ocurre en el campo. El fútbol tiene aparejado un componente lúdico y estético del cual carece el rugby. Los entrenadores de fútbol suelen invitar a sus jugadores a "divertirse" en el campo. Cruyff y Rexach decían: "Para jugar al fútbol no se debe sufrir; Lo que se hace sufriendo no puede salir bien". Ese factor es decisivo. En el rugby no hay juego, hay acción. Si acaso, incurre en la misma contradicción que el llamado arte de la guerra. No hay posibilidad artística en algo atroz como la muerte; ni componente de diversión en un juego dedicado a la victoria por el sufrimiento o, en el peor de los casos, al sufrimiento por el sufrimiento. Una significativa particularidad: en el rugby no existen los partidos amistosos. En ninguno de los sentidos del término.

Para saberlo basta estar en un vestuario de fútbol y en uno de rugby, no importa la categoría del partido. En el rugby el equipo se viste en silencio, inmerso en un ritual de vendas, linimento, cremas calentadoras, masajes, cinta para sujetar las torsiones articulares, esparadrapo, fundas en los dientes, vaselina en el rostro, balones golpeados contra los hombros, cuellos en violentas rotaciones, miradas obtusas, tensión en las voces, letanías de embrutecimiento. Cuando un jugador de fútbol se pone una camiseta, se está vistiendo con una parte del producto que él mismo constituye. Cuando un jugador de rugby se pone una camiseta, se está envolviendo en una bandera o en una armadura. La camiseta comunica valores que hay que defender y actúa como coraza que aprisiona el esqueleto, haciéndolo duro, intocable, resistente, poderoso.

El futbolista, en ese instante antes de salir al campo, quiere ganar y hacer gol, por ese orden; el del equipo de rugby se ve obligado a anteponer una necesidad mucho más primaria: quiere ser piedra. Y piedra generosa: que me plaquen a mí y tú marca el ensayo. Ese anhelo obliga a aparcar la conciencia, a suprimir cualquier pensamiento superfluo: eso es lo que se llamaría implicación o mentalización. Tal actitud no implica una anulación de la inteligencia. Todos los deportes deben ser ejercidos como una ciencia con leyes propias, por tanto con inteligencia. El rugby, aunque parezca sólo una reunión de brutalidades, no es diferente. Para jugar hay que pensar. La autora francesa Françoise Sagan anotó: "No me gusta el rugby por violento, sino por inteligente".

Un tirador deportivo de precisión sabe que no puede competir sin concentrarse; de la misma forma, un rugbier asume el castigo que implica el partido y de forma automática su mente se dispone para ese fin. Pedro Píriz lo resume así: "El mayor problema del fútbol es que se olvida esa transformación. El jugador gana muchísimo dinero, tiene la vida solucionada y no recuerda que aquella transformación que hacía en sus inicios fue la génesis de su estatus actual. En el rugby no te olvidas porque no es que pierdas, es que te hinchan a palos". La célebre presión que soportan los futbolistas sólo es un reflejo abstracto de un anhelo colectivo. A la hora de la verdad, hace poco contra una cuenta corriente repleta o frente a la posibilidad de cambiar de club si el barco se hunde o las cosas no son como uno las quiere.

La superioridad moral del rugby, si queremos entenderla así, proviene de esta certeza: todo lo que ocurre es verdad. Rigurosamente cierto. No queda lugar para la simulación. Tampoco se puede jugar al escondite. Si sales al campo, estás en el campo. Si estás en el campo eres susceptible de ser derribado, apaleado, mordido, atacado, frenado, hundido, golpeado, retorcido, aprisionado y demolido. "En los scrum* pueden ocurrir cosas espantosas, que dejarían a un futbolista en cama por dos meses. Al ser de contacto directo, de impacto, el rugby es mucho más violento que el fútbol y justamente por eso los jugadores se quejan menos", analiza Fain Binda. Un futbolista que no mete el pie corre el peligro de que lo llamen mingafría, pero se expone sólo a ese riesgo relativo: a los 30 segundos, el mingafría puede tirar un caño, reírse del contrario con un gol anotado con la mano o producir una maravilla fugaz en el borde del área. Su perdón es el mismo perdón que se le otorga al virtuoso malhumorado del piano, al científico loco o al literato recluido en un malcarado silencio. Los futbolistas gozan de la bula de los genios. En el rugby, la cautela está prohibida. Nadie te llama mingafría. Directamente alguien, incluido tu espejo, te dice: "Chaval, tú no puedes jugar a esto".

*Scrum o scrummage: término inglés para designar lo que en español llamamos melé, palabra de origen francés

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Filosofía oval

Filosofía oval


Es célebre la arenga del galés Phil Bennett a sus compañeros antes de un partido contra Inglaterra en los años 70:

"'Mirad lo que estos bastardos le han hecho a Gales. Se han llevado nuestro carbón, nuestra agua, nuestro acero. Compran nuestras casas y sólo las usan una quincena al año. ¿Y qué nos han dado ellos? Absolutamente nada. Hemos sido explotados, violados, sometidos y castigados por los ingleses... Caballeros, contra esos tipos jugamos esta tarde".

En el rugby hay individuos de locuacidad expansiva, ingeniosos, emotivos, comunicadores. Elementos capaces de la charla política -como Phil Bennett- y del arte de la guerra en palabras. También los hay que se comportan de un modo siempre críptico, silencioso, con una cautela formal que anticipa el atroz engaño del hombre tranquilo: a menudo los callados son los más peligrosos en el campo. No exponen al aire de las palabras ni sus razonamientos ni sus dudas; no someten a consideración ni a aviso alguno sus acciones. Hacen lo que deciden en callada reunión consigo mismos. Sin advertencia ni amenaza previa. Tal vez pegarle un cabezazo al contrario de la otra línea cuando se agache en la melé; o vaciarle la sien de sangre con un puñetazo de vuelo corto en un agrupamiento; o bien bailarle claqué sobre la espalda si tiene la fortuna de que su equipo arrastre al contrario y le pase por encima en una jugada cualquiera.

Bajo la apariencia de una reunión de animales y psicópatas del dolor, los vestuarios de rugby de todas las categorías, edades y países están repletos de filósofos ocultos, de pensadores surreales y de genios periféricos. Tipos de razonamientos singularísimos y una aplastante lógica que atraviesa la realidad en dirección trasversal. El rugby está lleno de personajes. No hay lugar en el que yo me haya reído más que en un vestuario de rugby, en una cena de rugby, en un autobús de camino o de regreso de un partido de rugby. Tampoco hay un lugar en el que me haya emocionado más. La primera vez que gané un partido, un partido cualquiera, me puse a llorar en silencio cuando acabó. Jugar al rugby era extraordinario; ganar, era la hostia. La otra tarde, 15 años después, hice dos ensayos en Teruel, suceso sin precedentes en la historia de este juego, y después del segundo volví hacia mi campo con un nudo en la garganta.

Los tres cuartos (veloces, ágiles, habilidosos, bien dotados para el deporte y para el amor físico) jamás podrán alcanzar a entender lo que significa para un primera línea meter un ensayo. Ni siquiera los terceras lo comprenden. Es algo así como una condecoración emocional que remata el sufrimiento del partido. La sospecha mutua entre los jugadores de la línea de tres cuartos y el paquete de delanteros forma parte de la historia del rugby y está expresa en muchos renglones de la literatura que ha dado este deporte: "En 1823, William Webb Ellis cogió el balón con las manos y echó a correr con él. Y durante los 156 años siguientes, los delanteros han intentado comprender para qué". Eso lo dijo Sir Tasker Watkins (1979), héroe galés de la II Guerra Mundial y presidente de la federación de ese país en los noventa. El inglés Lionel Weston añadió en cierta ocasión: "No sé para qué juegan al rugby los pilares". Una desconsideración notable, sobre todo viniendo de un medio de melé. El medio de melé es la correa que distribuye los balones que gana la delantera y los lleva hacia los tres cuartos para que el juego fluya. También ha de actuar como Pepito Grillo de los gordos y en cierto modo hacerles de brújula, indicándoles dónde deben empujar, dónde han de ir al siguiente agrupamiento, hacia qué lado ha ido la pelota. Su juego contempla dos obligaciones ineludibles, una en el campo y otra fuera. En el campo, ha de usar bien y rapidito las pelotas que con el sudor de sus huevos ganan los delanteros, sobre todo para que los de atrás puedan dejarla caer cuanto antes y así permitir a los delanteros el placer de otra melé; fuera, debe pagarles cervezas -sobre todo a los primeras líneas- para que éstos le mantengan su consideración especial. También conviene que el medio de melé se meta a veces en el lío con ellos durante los partidos; jamás va a ser un delantero, ni siquiera un delantero honorario, pero gestos así unen mucho a un paquete con su número 9.

Un primera línea puede fácilmente pasarse el partido sin tocar la pelota ni una sola vez, aunque no debería. A cambio empujará, trabajará, agotará su aliento, mancillará sus riñones y los del contrario si puede y escupirá sobre la tumba del primera línea rival al que arrastre con su empellón. Un tipo que pasa el partido así, encadenado en la sala de máquinas, tiene derecho a sospechar de un tres cuartos que no acaba una jugada. En efecto, parafraseando al francés Pierre Danos (al que en sus tiempos apodaban Dominguín por la gracilidad torera de su juego), el rugby se divide entre los que tocan el piano y los que empujan el piano. Los delanteros somos los que carecemos de oído.

A menudo también desconocemos o dudamos de las reglas del juego. O acaso las pasamos por alto para darnos el gusto de una agresión a escondidas; preferimos un golpe de castigo por una retención -con el consiguiente riesgo de ser pisados o magullados- antes que entregarle la pelota al rival en ventaja. En el desconocimiento de las reglas, así, concurren el desinterés y la conveniencia. Lo expresó muy bien el genial galés Jonathan Davies en 1995: "Creo que te diviertes más si ignoras el reglamento; en todo caso, si lo haces estás igualado con los árbitros". La otra tarde, en Teruel, el pilar contra el que me pasé la tarde chocando se quejó en una melé: "¡Eh, que los pilares no pueden talonar...!". ¿Quién te ha dicho eso?, le contestamos. Es un caso extremo. En ese momento creí comprender que su sospechosa costumbre de cruzarme la cabeza en cada melé -con lo que conseguía golpear la mía antes de que chocaran nuestros hombros, actitud muy típica- no era en realidad deliberada. Un par de veces estuve a punto de sacar mi gancho de izquierda para retratarlo, pero atribuí el caso a su inexperiencia y lo indulté. Tal vez a alguien le parezca que la violencia no lleva a ningún lado. Yo les digo esto: puede que ahí afuera estemos en el siglo XXI, pero en el campo de rugby no hemos pasado de la jodida Edad Media. En el campo no hay lugar para la condescendencia ni para segundos pensamientos. Esa es mi filosofía. Además, ya lo dijo Pierre Berbizier: "Si no aguantas un puñetazo, mejor te vas a jugar al tenis de mesa".

[Foto: la vida, vista desde el entresuelo de un ruck, es otra cosa: "Los delanteros son esas criaturas torvas con cicatrices que sufren una rara propensión a chocar y desangrarse unos contra otros", escribió Peter Fitzsimmons].

Yo soy el 1

Yo soy el 1

 

Una de las ventajas de jugar un partido amistoso de rugby es que el término amistoso carece por completo de significado. La superioridad moral del rugby como deporte proviene de esta certeza: todo lo que ocurre es verdad. Rigurosamente cierto. No queda lugar para la simulación. Tampoco se puede jugar al escondite. Si sales al campo, estás en el campo. Si estás en el campo eres susceptible de ser derribado, apaleado, mordido, atacado, frenado, hundido, retorcido, aprisionado y demolido. La única suerte es que tú puedes hacer exactamente lo mismo con los 15 de enfrente, lo que equilibra las posibilidades en la exacta medida en que tú seas capaz de equilibrarlas. Hay otra cuestión: todos somos fuertes pero siempre puede haber uno más fuerte que tú. Eso está bien, funciona en todas las direcciones. Pero no implica la cautela. La cautela está prohibida. Cuando yo empecé a jugar al rugby conocí a un medio de melé de mucha clase que nos decía: "Hay que jugar sin talento". Es decir, hay que aparcar la conciencia. De esto ya he hablado alguna vez. La supresión de la conciencia no supone la anulación de la inteligencia. Todos los deportes deben ser ejercidos como una ciencia con leyes propias, por tanto con inteligencia. La habilidad y la prestancia física componen sólo una parte más en un conjunto regido por el cerebro. El rugby, aunque parezca otra cosa, no es diferente.

Yo soy el 1 del Seminario. Me gusta decirlo así. Yo soy el 1. Me gusta ser el 1 y no cualquier otro número. A veces he sido el 2 y en ocasiones el 3, pero siempre quiero ser el 1. Soy un fundamentalista del 1. Si en el acta me apuntan con el 3, pido que me lo cambien; si me quieren dar la camiseta con el 3, pido el 1. El 1 me distingue porque en el rugby, como en el viejo fútbol, el número todavía designa la posición en el campo. Yo soy pilar izquierdo. Como dicen los ingleses, loose-head prop: pilar con la cabeza libre. Se refiere a la posición que ocupas en la primera línea de la melé, un lugar donde todavía huele a hombre. Hacedlo así: tomad los dedos índice, corazón y anular de cada una de vuestras dos manos, esto es la derecha y la izquierda. Porque aunque todo está muy achuchado y haya gente que no sepa bien en qué lado quedan, las manos todavía son la derecha y la izquierda. Bien, ponedlas una frente a otra, enfrentad los tres dedos citados y aproximadlos por las yemas a sus homólogos de la otra mano. Cuando se toquen unas yemas con las de enfrente, desplazad ligeramente la mano derecha hacia vuestro cuerpo, de forma que los tres dedos de un lado entren ligeramente en los huecos entre los tres dedos del lado contrario. El primero por afuera es el índice de la derecha. ¿Sí o no? Si es no, repasad las instrucciones y volved a empezar. Índice de la derecha, ¿de acuerdo? Ese es el pilar izquierdo, el que queda con la cabeza por fuera de la melé. El loose-head prop. De fuera adentro aparecen el pilar derecho del equipo contrario, el talonador de un lado y el de otro, y los pilares del lado contrario. Yo soy el 1. El índice de la derecha. Ese soy yo. Ya sabéis algo más de mí y algo más del rugby.

El sábado jugué un amistoso. Conduje hasta Ejea por Las Pedrosas, a través de una franja de la Hoya de Huesca y después de las Cinco Villas. El trayecto hasta el partido me gustó más que el partido en sí. Sería por el extraño silencio en que hicimos el viaje, sería porque sonaba el concierto de Neil Young en el Massey Hall, sería por la faja neblinosa que deshilachaba el horizonte, hacia el fondo de los campos, o sería porque las cigüeñas pasaban volando el cielo en diagonal o por el torreón semiderruido que nos quedamos mirando cuando los pájaros se levantaron en un estruendo inaudible de alas batidas al unísono, como si se hubieran asustado por el peso de nuestra mirada. Sería porque el rugby ha vuelto a salvarme de mí mismo como ya ha hecho en tantas ocasiones, y cuando percibo esa salvación me entrego hasta donde me alcanza el sudor. Y porque en el fondo del cuadro, una hilera de árboles desnudos adquirían un aspecto mágico, de teatralidad silenciosa y lejana.

De todo ese ensueño me desperté pronto, en el campo. Fue cuando traté de robar un balón en un ruck y vino un tipo y me planchó, haciéndome olvidar el balón y tal vez mi nombre. Intentaré explicaros lo que es eso. Cuando un jugador es placado y cae al suelo, ha de soltar la pelota y dejarla jugable, si puede ser en el lado de su equipo. Cuando el balón queda en el suelo, cualquier jugador de los dos equipos puede llevárselo, siempre que respete un par de normas que mejor no explico para no liaros. Yo quise llevármelo. El que me planchó quería que no me lo llevara y lo que hizo, con todo el derecho del mundo, fue que se me llevó él a mí por delante. Es una jugada legal que se conoce como limpiar un ruck. Los rucks dan miedo; al menos a alguna gente le dan miedo, porque supone tirarse con la cabeza por delante contra el que viene del otro lado también con la cabeza por delante, y chocar como berracos en celo a ver quién puede más. Todo para proteger la pelota, que es como un bebé al que hay que cuidar. Hay gente que cuando llega al pie del ruck se frena, como esos caballos que deciden pararse de forma inopinada al pie de los obstáculos en la hípica. La gente a la que le ocurre eso no puede jugar al rugby, aunque ellos no lo saben o tal vez no lo admitan, porque resulta duro admitir que uno no puede jugar al rugby cuando quiere jugar al rugby. Pero si una voz te habla y te recuerda que un ruck es peligroso, es que la voz te está diciendo que no deberías jugar al rugby. En el rugby no hay voces que adviertan de nada. Las cosas ocurren. Lo que yo hice, intentar llevarme el balón, implica no mirar lo que viene por el otro lado. Es lo mismo que agacharte a coger una moneda en la vía del ferrocarril sin fijarte si viene el tren o no. Más o menos. Contado aquí a lo mejor gana sonoridad y prestancia, pero la hostia que me llevé careció de lírica. Cuando te calzan un tortazo de ese calibre, se hace un repentino silencio y por un momento no sabes bien qué ha ocurrido. Cuando estás al otro lado y el que la pega eres tú, oyes todo. Oyes hasta el silencio vacío que se le ha metido al otro por los oídos. Sabes que le acabas de despejar las vías respiratorias más rápido que una friega de VicksVapoRub. Y sin frotar.

Cuando yo empecé a jugar en el Seminario, enfrentarte con Ejea era como quedar en un callejón oscuro para hacer la guerra. El campo parecía los Five Points de Nueva York, tal y como lo cuenta Scorsese en Gangs of New York. El año anterior a mi llegada (que en realidad era un regreso), el Seminario y Ejea habían quedado empatados a todo al final de la Liga: puntos, goal-average, número de ensayos. dientes rotos, hostias dadas y pisotones en la espalda de los rivales. Qué sé yo... empate total. Nunca he sabido bien cómo fue aquel lío, pero hubo una impugnación, el caso acabó en la autoridad y el arbitraje legal decidió que el campeón tenía que ser el Seminario. Los chicos de Ejea, gente sentida, se lo tomaron muy mal. El caso fue que durante años ese partido se jugó con una fiereza rayana en lo desagradable. Recuerdo cierta ocasión en que se me ocurrió resbalarme en el apoyo de una melé y bajé la mano al suelo para apoyarme un instante y recuperar el equilibrio: en cuanto la apoyé en la hierba, apenas dos segundos, varias botas del otro lado trataron de pisármela. Así era todo. Juego subterráneo, poco cristiano, cabezazos cruzados en las melés, puños que cortaban el aire en el cuerpo a cuerpo, rodillazos, pisotones, bailes de salón en la carne del contrario, rayas ardientes de tacos en las cervicales, como azotes de Pilatos... Como si la afrenta que he contado no hubiera sido suficiente, en el 99 estuvo a punto de morir un tipo en el campo.

No es una exageración. Ocurrió así. Con el Seminario jugaba Leon, un surafricano de aspecto temible, rapado y corto de piezas dentales; tenía el cuerpo apretado como un bloque de granito, sin aristas ni volúmenes salientes, como si alguien lo hubiera cincelado en piedra para hacerle la cabeza y las extremidades a partir de un tronco rectangular. Se parecía a la Cosa. La cosa, el caso, es que placó a un muchacho de Ejea que intentaba entrar en nuestra línea de ensayo. Yo estaba al lado de Leon. El elemento apenas tomó espacio para el choque. Simplemente se incorporó, dio un paso con el tronco en diagonal y chocó contra el otro. Sin carrera, había desarrollado en ese espacio escaso una potencia atroz. Así que lo frenó en seco y después el chico cayó como un fardo hacia atrás. Se quedó en el suelo y perdió la respiración y no sé si la conciencia. sufrió una inversión de la lengua y un ataque epiléptico. También sangraba por la nariz, producto del golpe o del colapso interior, y fue perdiendo color hasta tomar ese tono azulado que delata la asfixia. Durante casi media hora, el árbitro trató de evitar su ahogamiento y una fatalidad. Lo consiguió, no sé cómo. Después se lo llevaron en una ambulancia y el partido siguió. Yo no pude: me fui hacia la banda caminando despacio y le pedí al entrenador que me dejara marcharme. No podía seguir jugando. Me tumbé al fondo del campo y estuve un rato mirando al cielo, mientras oía los gritos de fondo del partido. Es la única ocasión en que he escuchado una voz. Pero nunca tuve miedo de volver ni he mirado jamás a ver si venía el tren cuando quería llevarme la pelota...

Por suerte, todo aquello ha pasado. Un buen número de chicos de Ejea juegan ahora con nosotros. El sábado jugamos contra ellos y otros, nos pegamos cuanto pudimos y al final nos reímos de lo que nos habíamos pegado; corrimos, nos hicimos el pasillo cuando terminó el partido (en los años negros no querían ni ir al pasillo, que es casi sagrado), nos fotografíamos mezclados y bebimos juntos. Toda la escena me parecía la caída del Muro, el partido Irán-Irak, el abrazo de palestinos e israelíes, la supresión de la franja de Gaza... Me gustó ir a Ejea, aunque todavía detesto perder en Ejea más que en cualquier otro lugar; pero perder es una posibilidad cuando uno sale a jugar. Lo que no cabe es el deshonor. Era un amistoso y la palabra amistoso no tiene significado en el rugby. Aceptarla es como quedarse mirando a la entrada de un ruck.

El rugby no es un juego, es un oscuro privilegio. Los que hemos estado ahí siempre podremos decir que hubo un tiempo en que jugamos al rugby. Yo diré que era el 1. Aún soy el 1. El dedo índice de la mano derecha.

Jenkins, Blanco, Corleto: ensayos contra la tradición

Jenkins, Blanco, Corleto: ensayos contra la tradición

Hablemos del Mundial de rugby. En realidad, hablemos de Argentina, lo único que hasta ahora exige un comentario, porque lo demás han sido detalles más o menos previsibles: la excelencia de los All Blacks en las previas (esa superioridad incontestable ha de exponerse para ganar el Mundial de una vez), el aburrimiento mortal del juego inglés, la candidatura de Suráfrica, un pésimo cliente; y las dudas críticas de Gales y Escocia, que se han bajado del primer escalón hace rato y no regresan. Quiero ver a Irlanda, el mejor equipo europeo de los últimos años. La previsibilidad, decía, supone el gran problema del Mundial de rugby a estas alturas. El rugby no es el fútbol: no pasa cualquiera y les da un susto a los All Blacks. Con primitiva lógica, lo que suele pasar es que los All Blacks le dan una paliza al primero que pasa. Aunque sea Italia, equipo de larga emergencia. Demasiadas diferencias. Para quienes el rugby significa lo que sólo puede significar, algo inexplicable, este reproche no supone un gran problema. Hay diversión de una u otra forma. Pero hay que esperar a los cruces de los grandes, a las siguientes fases, para ver lo que en el Seis Naciones y, sobre todo, en el Tres Naciones del hemisferio sur, vemos cada día. Verdaderos partidos de rugby. El de Argentina y Francia lo fue. Volvamos a él. El ensayo de Corleto en el primer tiempo, en perspectiva, resolvió un choque que sólo tuvo un ganador y un merecedor. Al verlo me cruzó la cabeza esta línea supra temporal: Jenkins, Blanco, Corleto.

El ensayo de Corleto es delirante, en todos los aspectos. Es delirante el regalo de Remy Martin y, sobre todo, la ausencia de un francés (por encima de todas la del zaguero, desde luego) que interrumpa la huida de Corleto o si acaso la comprometa. Hay que notar también, y en el vídeo se observa de maravilla, la diferencia de la carrera de Corleto y la del resto. No la de finalización de la jugada (el Puma corre como un duque, las rodillas arriba, la pelota recogida sobre el costado externo, el más alejado de la defensa, para un hand off protector si hubiera hecho falta, y una agilidad de zancada inabordable para los franceses): una prestancia muy de número 15, esencial. Pero yo me refiero a la primera progresión de Corleto en el inicio de la jugada. Cuando Martin pierde la pelota, una nube de argentinos y franceses trotan a ritmo medio alrededor del Puma que la ha robado. Corleto no. Corleto, desde atrás, ve todo, todo el paisaje, toda la jugada, a todos los propios y sobre todo a los contrarios. Ve el horizonte, que no es otro que la línea de ensayo, y sabe que si la agarra hay ensayo. Por eso sale como una centella desde el fondo en una anticipatoria y potente aceleración.

El try de Corleto merece revisar una vieja jugada de los años 30 y otra de 1987. Todos los cambios del reglamento del rugby en los últimos doce años han querido liberar la pelota para que no quedase enterrada en confusos agrupamientos (eso que tan bien hicieron los argentinos en la segunda parte). Extrañará saber que el rugby profesional, el rugby al que las normas han modelado en un deporte mucho más veloz y televisivo, se lo inventó en realidad Rupert Murdoch, el magnate televisivo. Por la vía del negocio, claro. Él fue quien estuvo a punto de comprar a todas las estrellas del juego en el mundo en 1995 para montar una competición transnacional y pensada con el fin primordial de engordar el espectáculo, la publicidad y los derechos de televisión. El rugby era amateur hasta entonces... pero la federación internacional tuvo que variar reglamentos y filosofías para evitar que un deporte quedara en manos de un solo hombre.

Desde entonces, todas las variaciones en la normativa han tenido un fin concreto y varias consecuencias: han inflamado el juego de ataque y, en orden inversamente proporcional, han disminuido las barrigas de los delanteros. La velocidad y la confusión o mezcla de roles son ahora la norma. Los gordos corren como tres cuartos y los tres cuartos entran en agrupamientos y rucks como desaforados delanteros. Pero en el principio (y a mí me gusta ir al principio) todo fue bien distinto. Hasta finales del siglo XIX los equipos de rugby los formaban 20 jugadores, y nada menos que 13 de ellos eran delanteros: todos dedicados a un esfuerzo medieval en mauls interminables, en los que el balón raramente salía abierto. Y si lo hacía, el atrevido que intentaba correr era rápida y unánimemente aplastado. Los galeses, siempre atentos a la diversión con la pelota, fueron los primeros en aligerar el paquete de delanteros para agregar backs: un inteligente y premonitorio movimiento. Pronto todos lo copiaron.

Ahora lo vemos con absoluta normalidad, algo deliciosamente cotidiano, pero en aquellos días los zagueros nunca ensayaban: su trabajo consistía en placar, recoger las patadas ajenas y devolverlas a la banda. Corte y limpieza. Nada más. Fue así hasta que el galés Vivian Jenkins, centro de Oxford reconvertido al número 15, cambió la historia. En un partido frente a Irlanda en Swansea, en el año 1934, recogió el balón a la hora de juego en su zona. Cuando todo el mundo esperaba la rigurosa patada defensiva, a Jenkins le salió el alma de centro y avanzó con decisión, rompió la primera línea rival y combinó con Idwal Rees. En el impulso siguiente, Rees alcanzó la línea de 25 irlandesa y jugó con el ala Basset, quien a su vez transmitió la pelota antes de salirse por la banda. Jenkins, que había seguido toda la jugada con innovadora inspiración, hermana lejana de la de Corleto, recogió el óvalo y ensayó. Los puristas del juego se escandalizaron de inmediato: "Debería haber pateado. El trabajo de un zaguero no es ensayar", argumentaron con los rubicundos carrillos temblorosos. A continuación vaciaron otra pinta de cerveza. Hasta 1962 no se produjo otro ensayo de un zaguero en el 5 Naciones.

Los ensayos de los zagueros poseen una rareza original: a menudo traen escrita la victoria. De forma diferida, como en el caso de Corleto, o de modo directo, como sabe cualquiera que viese el ensayo de Serge Blanco, el legendario arrière francés nacido en Caracas, en la semifinal del Mundial 87 contra Australia. Si de algún modo vio a Corleto, Vivian Jenkins (fallecido en 2004) estará orgulloso de comprobar en qué ha derivado aquella locura suya en una tarde de rugby entre cinco naciones en Swansea. El señorial Blanco, por su parte, al ver al Puma comerse un gallo con esa jugada debió de removerse en su asiento.

[Foto: Vivian Jenkins, pionero en el juego, luego periodista, narrador de las hazañas de los British Lions en sus giras por el hemisferio sur -'Lions Down Under'-. El primer zaguero que metió un ensayo. El abuelo lejano de Corleto].

Los hijos de Huguito

Los hijos de Huguito

Cualquier motivo valdría para recordar a Hugo Porta, el hombre que escribió una leyenda con los pies. Aprovecharemos que los Pumas acaban de ganar en Twickenham el sábado pasado (18-25) con la patada de Felipe Contepomi y Federico Todeschini (sobre todo Todeschini) como gran argumento. La escuela hace escuela. Hugo Porta no recuerda haber cobrado jamás un peso por jugar al rugby con los Pumas de Argentina. En cierta ocasión lo seleccionaron desde Australia para participar en un alegre partido de estrellas mundiales en la Polinesia. Cuando le pidieron precio, Hugo Porta se ruborizó ante la posibilidad de percibir un sueldo por jugar al rugby, y todo lo que solicitó fue un billete extra para que su mujer pudiera viajar con él a los Mares del Sur. Ahora Gonzalo Tiesa y Juan Manuel Leguizamon juegan en el London Irish; Marco Ayerza, en el Leicester; los hermanos Fernández Lobbe, en Sale; Felipe Contepomi, en Sale; Miguel Avramovic, en Leicester; Juan Martín Hernández, en el Stade Français, como el capitán Agustín Pichot; Gonzalo Longo y Mario Ledesma, en el Clermont... Por fin, Todeschini en el Montpellier. Profesionales bien pagados. Los tiempos cambian. Esa dramática variación del rugby está contenida en la elipsis temporal que va del prodigioso pie silvestre de Hugo Porta a la tecnificación milimétrica de la patada de Jonny Wilkinson.

De chico, Hugo Porta jugaba al tenis, hasta que una tarde descubrió que ese señorial juego con red aspiraba a una atroz forma de perfección obsesiva. Lo supo cuando durante un juego el papá de su rival se puso a corregirle los golpes. Ahí mismo decidió que no jugaría más. Probó el fútbol. Recuerda haber asistido a un par de sesiones de meritorios en River Plate, y recuerda que un par de tardes lluviosas lo sacaron de ese camino. Llovió y no fue más. A los 15 años comenzó a practicar el rugby, un poco por eliminación, como acostumbra a ocurrir. En el rugby nunca llueve ni nieva ni hace frío ni calor. Jamás se suspendió una guerra por motivos meteorológicos. Porta empezó jugando  como medio de melé. Pronto le pusieron el 10 del medio de apertura, una figura que reúne la prestancia del príncipe y el arrojo descarnado de un caballero de infantería. Hugo hacía todo lo necesario en ese puesto, y lo hizo durante 19 años de carrera con los Pumas. Fue reconocido como el mejor en una gira de los Barbarians por Suráfrica. Lo nombraron el más grande medio de apertura de la década de los 80 en el mundo entero. Y sí, Hugo también le ganó a Inglaterra, pero no con los Pumas. Fue con su club, en la cancha de Vélez Sarsfield, por 29 a 21 y con 22 tantos de Huguito. Hugo lo hizo a la vieja manera del rugby, con los muchachos con los que jugó al lado toda su vida. Recuerda que minutos antes del final del partido el Aguja Gómez rompió en un llanto incontenible de emoción por el triunfo y jugó los últimos minutos con el rostro bañado en lágrimas. Hugo terminó mordiéndose los labios, apenas. El fútbol es una competencia feroz entre pandillas, y en el interior de la propia partida se desarrolla la dialéctica de los líderes y la fuerza natural de las sucesiones y las vanidades, que envenena las tardes y la pared de los vestuarios. En el rugby sucede algo bien distinto, decisivo. El rugby supone una batalla librada entre amigos, y la posibilidad cierta de entregarle tu sangre a tus compañeros. El rugby es como ir al ejército cada semana con los chicos con los que creciste en el colegio. El sabor de una victoria no se parece a nada más. Ganar al rugby, al menos una vez, y el sabor de una cerveza después: eso es la vida.

Los Pumitas le ganaron a Inglaterra el sábado, en Twickenham, en memoria de Hugo Porta y los demás. Todeschini, que partió de suplente, hizo 19 puntos y 14 de ellos los metió con el pie. Hay una tradición. El seleccionador inglés, Andy Robinson, está en la picota y al fondo asoma el Mundial, que corrige todos los argumentos en este otoño de giras del gran rugby por el mundo. Inglaterra se ha pasado los cuatro años de reinado con un monarca en la cama (Wilkinson, que ya no ha vuelto a jugar jamás, de lesión en lesión) y confundido por los hechos. En realidad, y en mi modesta opinión, Inglaterra lleva 20 años sin encontrar un estilo. A principios de los 90 el estilo era el hombre, Jonathan Webb, un zaguero con aspecto de oficinista en el registro civil de una ciudad de la atardecida costar sur inglesa. Webb tenía el pelo enrulado y un pie aburrido como una calculadora. Desde entonces los ingleses han buscado algo definitivo en Rob Andrew, en Jerry Guscott (un centro de una extraña elegancia esencial, que no se manchaba nunca: parecía jugar con gabardina), en Jamie Noon, en el rolling maul, en su tercera línea. Creyeron haber dado con ello en Wilkinson, pero el sortilegio se ha esfumado tan violentamente como apareció. La derrota con Argentina los pone frente al espejo.

El fin de semana se completó con otra perversa exhibición de los All Blacks en Francia (3-47), la victoria de Australia en Roma (18-25) y la de la ciclotímica Irlanda sobre Suráfrica (32-15). Ojo a ese resultado porque los Boks andan también de lado a lado de la calle. El gallinero está revuelto, salvo por la autoridad de los neozelandeses, donde no se acaban nunca los kiwis ni los jugadores soberbios de rugby: es un mira quién baila interminable para conseguir un puesto en la danza de la haka.

Por cierto, la brava Escocia le ganó a Rumanía (48-6). Faltaría más. Por algún lado hay que comenzar la reconstrucción...

[Foto: Hugo Porta, la salvaje prestancia de un medio de apertura. Porta lo hacía todo: pateaba, jugaba, pasaba, era veloz y destalentado en las irrupciones. En 1982, jugando con los Jaguares de Suramérica (una selección continental) en Suráfrica, Hugo Porta anotó de todos los modos posibles en el juego: un drop, una conversión, un ensayo y cuatro golpes de castigo. El legendario Carwyn James dijo de él: "Verlo jugar permite reafirmar la superioridad intelectual, estética y artística en el juego de la línea". Subido en un pedestal, pienso que esa imagen de Hugo haría una estatua magnífica en el medio de Buenos Aires].

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Hombres de negro

Hombres de negro

 

Los All Blacks han puesto en marcha cinco semanas de gira por Inglaterra y Francia con una rotunda demolición de los ingleses en Twickenham (20-41), este domingo. Cuatro ensayos (Mauger, Hayman, Rokocoko y Carter, que añadió cinco golpes de castigo y tres transformaciones). La derrota más notoria de la historia del estadio londinense, lo que pone de relieve la elevación de los hombres de negro. Dos objeciones. Una de parte de los ingleses, que encuentran un caso para su defensa alegando que el juez de televisión les birló un ensayo válido en el minuto 5 de partido. El árbitro, el francés Joël Jutge, no vio la pelota en el instante en que Jamie Noon pugnaba por plantarla al otro lado de la frontera, sometido a medias por el placaje de dos neozelandeses. Recurrió al juez de vídeo y le preguntó: "¿Ves la pelota?". Y el otro respondió, convencido: "No la veo, por la gloria de mi madre". Y no dieron el try, con lo que los ingleses se enardecieron en los condicionales ("what if...?") y su entrenador, Andy Robinson, razonó de forma muy británica, ordenando los conceptos del revés como en una frase interrogativa: "Esa no era la pregunta que el árbitro debió hacerle al juez de tv. Debió preguntarle si en las imágenes veía alguna razón para no dar el ensayo". Robinson apelaba a una suerte de presunción de inocencia, que se formularía así: un jugador que traspasa la línea de marca y cae al otro lado con la pelota, ha ensayado... mientras no se demuestre lo contrario. Las imágenes que miró Berdos no demostraban nada. La otra objeción va para los All Blacks: chicos, no vale con vestirse de negro, bailar una haka amenazante, ganar el Tres Naciones en agosto y darles una paliza a los ingleses en Londres a principios de noviembre. Es hora de ganar una Copa del Mundo. Lo demás no pasa de escaramuza.

El sábado, en el mientras tanto, Gales empató con Australia en el Millennium Stadium (29-29) gracias a un golpe de castigo final de Hook, personaje que por lo visto no conoce el miedo. Las crónicas subrayan que fue un partidazo memorable y que en Cardiff lució el sol. Lo segundo resulta aún más increíble que lo primero. Hay que advertir que los australianos se han convertido en unos maestros del despiste: se pasan los meses previos a las grandes competiciones (hay Mundial en 2007) dando razones para pensar que su enésima renovación les ha rebajado el nivel. Y luego llegan a los días de la guerra y, mientras en su país se rompen la camisa deshechos en críticas, los Wallabies avanzan, de pronto un día se cargan a los All Blacks y luego juegan la final. A veces la ganan, y en cierta ocasión tropiezan con el pie incorrupto de Jonny Wilkinson. Pero esas cosas pasan una vez en la vida. Como el sol una tarde de noviembre en Cardiff...

La Copa Calcuta

La Copa Calcuta

El día de Navidad de 1872 se jugó en Calcuta, India, un partido de rugby entre dos equipos de soldados del ejército de Su Majestad: a un lado, 20 ingleses; y al otro, un combinado con el mismo número de escoceses, galeses e irlandeses. El partido contagió tanto entusiasmo a sus participantes que, sin pensárselo, lo repitieron una semana más tarde. Imprevisiblemente, ese melancólico impulso constituyó el origen de tres acontecimientos de singular importancia: la entrada efectiva del rugby en la India, el nacimiento del Calcutta Football Club en enero de 1873 y, posteriormente, la instauración de la célebre Copa Calcuta.

 

La historia parece en verdad una leyenda. En los meses y años siguientes el Calcutta FC jugaría partidos de rugby con cierta regularidad, animando además la formación de otros clubes y equipos entre los diferentes regimientos y rangos. La nomenclatura de los contendientes en aquellos choques lo dice todo: el Calcutta FC contra los Voluntarios de Calcuta; Ingleses y Escoceses frente a Galeses e Irlandeses; Comerciantes y Agentes de Negocios vs. El Resto... Y así durante varios años, hasta que la paulatina retirada británica del subcontinente impidió reunir hombres suficientes para jugar. El clima indio, además, no era muy adecuado para el rugby. Entonces, los modestos dirigentes del Calcutta FC se plantearon la triste disolución. Se habían unido a la Rugby Union (la federación) con sede en Londres en 1874, pero su continuidad no tenía sentido. Al plantearse qué hacer con los fondos del club quisieron que sirvieran para, de algún modo, recordar que en Calcuta, una vez, algunos hombres extraordinarios habían reinventado el rugby al otro lado del mundo... Pensaron en una cena, en una fiesta anual. Pero así, advirtió James Rothney, pronto se extraviaría la tradición. Fue entonces cuando Rothney (capitán, secretario honorario y tesorero del club) propuso crear un trofeo y entregárselo -para el uso que considerara más adecuado- a la Rugby Union de Londres.

Así que Rothney y sus visionarios se presentaron en el banco y vaciaron la cuenta del club, reuniendo varios miles de rupias de plata que llevaron a un artesano indio. Y éste las fundió para modelar el trofeo deseado: una tetera alta, con tres asas en forma de cobras, y el perfil de un elefante indio coronando la tapa. Así murió el Calcutta FC... y así nació la Copa Calcuta. La Rugby Union la adoptó en propiedad y decidió que Escocia e Inglaterra se la jugaran anualmente en un partido. El primero, un empate a 3, tuvo lugar en 1879. El último de esa serie interminable tiene lugar esta tarde en Edimburgo: será el número 123 y los seis últimos los ha ganado Inglaterra. Pero Escocia está renaciendo, a la espalda de un periodo oscuro, bajo el mandato del entrenador Frank Hadden. Le ganó a Francia en Murrayfield y se siente capaz de hacerlo otra vez hoy con Inglaterra, equipo de rango superior, el único aspirante al Grand Slam este año en el Seis Naciones.

El partido de rugby más antiguo del mundo. La Copa Calcuta. Escocia frente a Inglaterra. La vieja historia, otra vez.

 

 

 

Ser piedra

Ser piedra

Hoy comienza el torneo de las Seis Naciones de rugby. Al rugby le debo un tanto por ciento muy elevado de mi quebradiza felicidad en la edad adulta. Hay algo en el rugby que no está en ningún otro deporte que yo haya conocido, algo que tiene que ver con el temor y la supresión de los límites, con el sufrimiento compartido. Cuando comencé a jugar, solía mirar a los rivales durante los minutos previos al partido, mientras llegaban al vestuario. Calculaba su tamaño y el peso, la potencia que desarrollarían en un choque, la posibilidad de hacerme daño contra alguno de ellos. Los había pequeños, sí, construidos de nervios, pero con esos no me toparía demasiado a menudo en el campo. Esos siempre se escapan. A mí me tocaban los pesados, los de las espaldas anchas, los altos, los grandes, los fuertes, los de la cara desagradable, los de las orejas sujetas con cinta aislante, los del cuello rugoso. Los delanteros. Yo era uno de ellos, y aún lo soy, pero estaba al otro lado. Los miraba y sentía temor. Dudaba que yo inspirase esa impresión en ellos.
 
El tiempo ha borrado del todo ese miedo, que se desvanecía en la protección amiga del vestuario, y en las risotadas que precedían al partido. Lo que no desaparece y nunca lo hará es el cosquilleo que me recorre en las horas previas y que anula cualquier otro pensamiento. Esa loca anticipación me fascina: me ha llegado a ocurrir mientras conducía y he temido un accidente. En esos instantes mi cabeza es tan ajena a la realidad que no proceso ninguna otra información. Juego el partido al menos dos veces: una en mi cabeza, horas antes; otra ya en el campo.
 
En el rugby hay dos momentos y dos lugares incomparables. El primero tiene lugar en el vestuario, justo antes de que comience la acción. Digo acción porque decir jugar sería no decirlo todo: eso no es jugar, es algo más o yo lo siento así. Lo comprendes por el espeso silencio en que se viste el equipo, por el ritual de vendas, linimento, cremas calentadoras, masajes, cinta para sujetar las torsiones articulares, esparadrapo, fundas en los dientes, vaselina en el rostro, balones golpeados contra los hombros, cuellos en violentas rotaciones, miradas obtusas, tensión en las voces, miradas contra el espejo descifrando letanías de embrutecimiento. Lo sabes cuando, por fin, la camiseta baja sobre el cuerpo. Una vez que la camiseta está sobre el cuerpo, ya no hay nada más. Nada que pensar, nada que decir, nada que temer. Sólo una coraza que aprisiona el esqueleto, haciéndolo duro, intocable, resistente, poderoso. Entonces es cuando deseas ser piedra.

El segundo instante es algo posterior y mucho más efímero. Dura apenas unos segundos y lo contiene el momento en que la pelota va a ponerse en juego, va a planear levemente como una bomba fatal hasta caer al otro lado de la muralla. Y hay que ir a buscarla. Hay que ir por cojones, como uno va a al frente, fastidiado (puede), pero queriendo esa obligación, amándola, porque uno sabe lo que va a encontrar allá enfrente: un muro de cuerpos que aguarda la colisión frente a otro muro de cuerpos. En ese instante, uno no piensa, pero siente que está rezando para que los pulmones se abran y no se interpongan en lo que ha de ocurrir durante 90 minutos, para que no te detenga un solo dolor ni un solo golpe. Para ser piedra, otra vez, todas las veces. La razón está suprimida y sólo se autoriza el funcionamiento de lo indispensable. Todo lo que tiene que ver con la pelota, el espacio, el contrario, la demolición, el ensayo. Es curioso porque, después de ese primer choque contra la pared, hay que ponerse a pensar y no dejar de hacerlo. Pensar y sufrir, empujar y pensar, pasar y pensar, correr hasta allá y pensar, placar y pensar, empujar y empujar, pensar y empujar. Ser piedra. En ese silencio de tonelada en el que se oye el viento, revientan las voces cuando un pelotazo se levanta en el aire. Hay que ir. Ahí donde caiga... ahí comienza la historia.
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