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Somniloquios

Somniloquios se marcha...

Somniloquios se marcha...

Somniloquios se marcha... pero no demasiado lejos. Se va para quedarse, para ser otra cosa siendo lo mismo. En realidad, se trata únicamente de un cambio de dirección (para vosotros) y de servidor (para mí). Somniloquios (la versión 2.0, digamos) estará ahora en esta otra dirección: ornat.wordpress.com. Y estará siempre aquí, por supuesto, porque los cientos de páginas de estos años permanecerán en este mismo lugar, mientras dure blogia. Si cambio se debe a motivos prácticos, a problemas en la edición de los textos, a una búsqueda de mayores medios para darle forma a lo que quiero hacer, y a las dificultades de carga que muchos me habéis manifestado a veces. Todo esto apenas constituye una queja. El diseño quizás parezca algo más moderno, pero se trata de una simple cuestión de búsqueda de plantillas: también aquí lo hubiera podido cambiar. Me siento obligado a agradecer la hospitalidad de blogia, por ser un proyecto maravilloso y darle forma a una aspiración muy personal que siempre tuve y nunca pude cumplir en mis diferentes puestos de trabajo: escribir cada día de lo que yo quisiera, sin estrecheces de disponibilidad, ni de temas, ni de formas. No estaría bien que yo escribiera de cine en una crónica del Zaragoza en AS, aunque he bordeado y tratado de violentar siempre los límites. No sabéis hasta qué punto Somniloquios satisface todos esos sucios deseos íntimos...

Espero, porque lo necesito, encontraros a todos en el nuevo Somniloquios. Y que sigáis comentando con el mismo calor y la misma inteligencia y sensibilidad y afecto de siempre. Seguidme... por favor.

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La señorita Alicia

La señorita Alicia


El tiempo me tiene atrapado en su ventajoso simulacro de eternidad. Supongo que me muevo, pero tan despacio que me resulta imposible confirmarlo. Para ello debo recurrir a los otros, que son quienes me ofrecen la perspectiva de la velocidad del cambio al mismo tiempo que revelan la cómoda incongruencia de mi vida diaria. Sé que pasa el tiempo porque se marchó Leonor, camino de los 102 años ya para siempre. Los viejos madrugan para irse, tal vez por no alterar las costumbres de su cuerpo, que decide por ellos. Si no dije nada aquí (espacio en el que Leonor estableció hace días su condición de referencia mítica) fue porque no puedo decir nada. Hay cosas -hechos, pensamientos, impresiones, imágenes- que están más allá de las palabras. Por indescifrables, por íntimas, por el tamaño de su brutalidad o de su naturaleza son radicalmente indecibles, al menos para mí. La vi por última vez unos pocos segundos, pero podría escribir (si pudiera) cientos de folios acerca de tiempo tan escaso. Enseguida mi madre me dijo: "Vamos, hijo, que se la van a llevar". Y me imaginé a un coro de mínimos ángeles que la trasladaban en volandas hacia el tiempo perfecto de la nada. Debe de ser que soy religioso, aun a pesar de mí mismo. Si fueron ángeles parecían sólo monjas.

El tiempo se me hace muy concreto si miro a Alicia, que ayer cumplió ocho rotundos años que me hicieron pensar bastante. Se ha arrancado la piel de niña y ahora anda vistiéndose con afiladas ironías de incipiente señorita. La veo en su mejor momento, aun a mi pesar: libre aún de los laberintos adolescentes, pero con la perspectiva agrandada de quien está ya a salvo de tantos benditos engaños de la infancia. Temo que deba tratarla de usted a partir de este momento. Alicia, para quien siempre fui un torrente de pequeñas historias fascinantes, me ha convertido ahora en un variable objeto de perspicacias y réplicas sardónicas. Cuenta a su favor con la ventaja de mi perplejidad inadaptada a la nueva relación; y con el arma del lenguaje, que maneja de forma muy precisa. La llamé por la tarde, aún desde el trabajo, para felicitarla. Inútilmente traté de emboscarla en un bobo engaño ya trasnochado:

-¿Qué haces?

-Estoy celebrando el cumpleaños...

-¿Cumpleaños? Qué pasa, que cumple años alguna amiga tuya del colegio.

-Que cumplo años yo -réplica muy seca, como diciendo: ‘Eh, no te hagas el tonto conmigo’, frase que, como sabemos, una mujer puede pronunciar con el mismo significado a lo largo de varias décadas y siempre con destinatarios equivalentes que resumiremos en uno: el pavo de turno.

-¡¿Pero qué me dices?! -exclamé con patético asombro fingido.

En mala hora.

-Oye, a mí no me tomes el pelo. Sabes perfectamente que es mi cumpleaños.

Arrié las velas y me dispuse a permitirle que me deshiciera a dentelladas. Mascullé mi rendición en un sentido "Felicidades". "Muchas gracias", contestó, rigurosa con el guión. Al fondo se oían muchas voces y se elevó una que parecía anunciar algo a una concurrencia que imaginé sin dificultad. Traté de que me contara algún regalo pero ella estaba atenta a las instrucciones del micrófono. Ya no me oía a mí. Pronto me dijo:

-Mira, tengo que dejarte.

La frase me sonó como un disparo. No por el hecho en sí, comprensible, sino por el modo de formularlo. Podría haber dicho: "Tío, que me están llamando para empezar la fiesta con los otros niños del colegio". Esa posibilidad hubiera sido infantilmente explícita. Pero Alicia empieza a manejar con natural soltura las armas sutiles propias de su condición. "Mira, tengo que dejarte": Otra frase que le servirá durante al menos 30 o 40 años. Válida para muchas ocasiones. Perfecta para establecer la distancia adecuada, para decir lo que se quiere decir de manera que, con los Códigos Jurídicos en la mano, ningún tribunal te pueda acusar de no haberlo dicho, aunque todos sepamos que está dicho sin decirlo, sin entrar en detalles, sin dar explicaciones (¿dónde está escrito que haya que dar explicaciones?, ¿es que no te queda claro, pedazo de bobo?), sin conceder ni una sola ventaja. "Mira, tengo que dejarte". Le pasó el teléfono a su hermana pequeña (que va a ocupar su papel, pero de otra manera muy distinta) y me dejó con la palabra en el aire.

Luego fui a verla y le llevé sus regalos. He abierto la veta Beatles y eso da para toda la vida, espero. Comenzamos por una hermosa cajita de música, un sencillo cubo de madera decorado con el rostro de los cuatro muchachos de Liverpool en su primera época, con un toque de pop-art. "Ahí puedes guardar tus secretos", le indicó su madre. Qué hermosa y terrible frase. La cajita tiene una manivela. La invité a darle vueltas y sonó la música. "¿Qué canción es?". Le costó un poquito reconocerla: las cajas de música son como los viejos móviles, una especie de diagrama resumido de sonidos, politonos monocordes. Sin embargo no tardó mucho: "¡¡¡Let It Be!!!", exclamó. Sí. Aunque yo pensé, con cierta oscuridad interior: "Let It Bleed". No supe si la frase ("Déjalo sangrar") me venía de algún recuerdo, de una película (¿no se lo dice Bobby de Niro al empleado del banco que atracan en Heat después de reventarle las narices?) o de cierta canción sombría... Cantamos Let It Be un poquito: "When I find myself in times of trouble...". Fue el tema que expuse para traducir en una clase de Inglés en el colegio, hace tres o cuatro siglos. Siguiente regalo: un neceser (o un estuche, o vaya usted a saber qué) decorado con motivos de Yellow Submarine. Y el Album Rojo (The Beatles 1962-66), porque no fui capaz de resolver si es ya momento de meterle concepto con un disco como Rubber Soul o Revolver o, desde luego, el Sgt. Pepper’s y no digamos el Album Blanco... Cualquiera diría que no, claro, pero no olvidemos que su canción favorita, declarada, es Strawberry Fields Forever: esa precocidad psicodélica me abruma.

A Sergio, el chico de La Ventana Indiscreta (felicísima tienda de cine y memorabilia pop en la calle San Lorenzo) le llamó la atención que los regalos fueran para una niña de ocho años. Yo había visto la cajita de música hacía varios meses y pensé: ésta es mía. Había varias. Le pregunté si las tendría en junio. Él dijo que seguramente. Cuando llegué ayer, confesó que sólo le quedaba una y que la había reservado un cliente. Se me tensaron las calandracas. Fue como un duelo en mitad de una polvorienta calle del oeste. Nos miramos en silencio un instante. Sin decirlo, le indiqué con los ojos que la caja tenía que ser para mí. Aguantó el envite. Lo intenté rodear: "¿No sería yo el que te la encargó?". Burdo. Es verdad que había preguntado, pero sin concretar. "Fue alguien que vino hace un mes", empezó a argumentar. "Pero claro, ya no ha vuelto. Y tú la quieres ahora y yo no puedo estar esperando siempre porque igual no vuelve". Se me representó la soledad silenciosa de una tienda en el día a día. "Mira, lo dejo en tus manos", cedí, no sin falsedad. Me hubiera gustado añadir: O me das la caja o te vulco el garito, chato. Con habilidad sorprendente para mí mismo, resolví usar a Alicia como los de la Intifada, de escudo humano: "Su canción preferida es Strawberry Fields Forever". "¿Con ocho años?". "Sí... ¿No te parece maravilloso?".

No tardó nada en sacar la caja. Mientras la envolvía, hurgué en su debilidad: "Mira, si a esa niña la diseño yo con un ordenador, no me sale mejor: rubia, ojos azules, la mala hostia de los Ornat, le gustan los documentales de bichos, tiene inquietud musical, me pide partidos de rugby cuando viene a casa y está enloquecida con los Beatles". Sergio asintió. Preferí ahorrarle explicaciones acerca del lado oscuro de tales coincidencias. "Mira, también tenemos chapas de los Beatles", me invitó. Me mató: "Pon todas".

David Carradine (1936-2009)

Bill: Hello, kiddo.
The Bride: How did you find me?
Bill: I’m the Man.

(Bill y La Novia se reencuentran con mutuo temor en Kill Bill Vol.2).

Impossible Wilco

Impossible Wilco

Le dije: "Escucha cómo acecha esa guitarra el resto de la canción: es como si estuviera preparándose para saltar sobre los demás instrumentos y hacerlos trizas a dentelladas". Le estaba hablando a Pab de la guitarra de Nels Cline en Spiders (Kidsmoke), el brutal crescendo sónico con el que Wilco resumieron el salto experimental, de contenidas distorsiones, que caracterizó su álbum A Ghost Is Born. Fue la primera canción que escuchó Pab de Wilco y se la puse yo, una noche de regreso a casa vía Chicago (viaje virtuo-musical). Me pareció, más que un acto de generosidad por el descubrimiento, una definición perfecta, una presentación en toda regla, sin necesidad de más subrayados: ocho minutos de elevación guitarrera, machacona, de rítmos hipnóticos que estallaban en la supernova del estribillo instrumental. Conseguí el efecto deseado. No es mi canción favorita de Wilco, pero ya había provocado una reacción imborrable en mí cuando los vi por primera vez en la Oasis: en cada guitarrazo venía una onda de fuerza centrípeta que me atrapaba. Desde entonces vuelo en la espiral consiguiente, que no termina nunca. Por eso, cuando llegó la segunda ocasión de ver a Wilco en directo, yo ya estaba mucho más versado en las obsesiones de Jeff Tweedy y su transformación en música, sabía de las vomitivas migrañas que le habían inspirado temas desgarradores como Misunderstood, y me había bañado muchas veces en la brutal sutileza de las instrumentaciones que el grupo recrea con fiereza en sus directos, protéicos y detallistas a partes iguales. Para este tercer recital en Barcelona ya lo sabía casi todo: por eso temía una decepción. Me aterra que Wilco hagan un disco que no me gusta, o que den un concierto en el que no pueda seguir la armonía de sus intenciones; me asusta que se pongan conceptuales, vanidosos, excesivos, estúpidos... Todo eso me llevé al concierto de Barcelona, anoche, en el Auditori. Y una prevención agregada por el escenario: me pregunté si mi violenta expansividad al escucharlos no se vería demasiado constreñida en el anfiteatro de butacas de una platea.

Wilco derrotaron todos los temores. Todos, uno por uno y no de forma abrumadora, sino minuciosa. Para empezar, terminé por agradecer el espacio ordenado de un teatro, sobre todo después de sentirme planchado al vapor en la apisonadora humana en la que se convirtió Oasis en su multitudinario segundo concierto en Zaragoza. Por supuesto, no nos pasamos el concierto sentados. Por lo demás, Wilco reforzaron su condición de grupo de cabecera, las canciones de mi mesilla de noche, las de paseo por las ciudades desconocidas, la reunión melancólica de la lejanía en el country, la potencia del rock alternativo americano, la delicadeza de los tiempos lentos, puntillosos en sonidos diversos, bien nítidos. Pensé si el hecho de que la gira se desarrolle toda en teatros convencionales, en salas de música que igual podrían acoger a una sinfónica, no delimitaría el vuelo del concierto a un recital endogámico, en el que Wilco se regodearan en su nueva vida de artistas consagrados que han hallado (y aquí hay que referirse a Tweedy, el alma en pena redimida) la paz musical interior, la armonía grupal y, por supuesto, el sonido que iban buscando. Es decir, un concierto para ellos y no para la gente. La acción empezó despacio, con temas contenidos, como si estuvieran midiendo espacios y posibilidades, ajustando los últimos rincones de la música. Hell is Chrome abrió la noche, con su evocadora invitación al infierno: "Cuando se presentó el Diablo, no era de color rojo: estaba hecho de cromo y me dijo: ’Ven conmigo’". Después de un arranque progresivo, vinieron Side With The Seeds y, a continuación, At Least That’s What You Said, (uno de sus momentos preferidos para mí), combinaciones que levantaron el tempo y dieron entrada a los interludios en los que Nels Cline le rasca las entrañas a sus guitarras, pedalea con el wah-wah y distorsiona con una maestría de hombre en trance, casi inconsciente, mientras los otros aguardan y le hacen de cómodo almohadón sobre el que reposar el virtuosismo. Pero me pareció que el papel preponderante de Cline ha remitido, para no incurrir en un previsible exhibicionismo. Wilco parece no descuidar los equilibrios internos. Las dialécticas creativas provocaron en su momento una implosión que arrojó fuera del grupo a Jay Bennett en el proceso de construcción de su primera gran cumbre, el álbum Yankee Hotel Foxtrot. Por cierto, ni una sola mención a Bennett, antagonista de Tweedy en aquel periodo agrio que tan, pero tan bien retrata el filme I Am Trying To Break Your Heart. Bennett falleció hace pocos días. El pasado no existe. La impostura tampoco: Bennett había demandado a Wilco hace pocos días por unos derechos de autor de aquellos tiempos; a su muerte, Wilco emitieron una nota de condolencia destacando el genio musical de su ex colega, que tanto contribuyó -evoluciones posteriores aparte- a la conversión de la banda en lo que hoy vemos.

A partir de esas dos canciones aludidas, el recital zarpó de su tranquila dársena de bellezas despojadas de artificio hacia el proceloso océano de canciones hechas y recreadas con poderío demoledor: fue un estallido repetido, constante, alternado con voces más calmosas, bordado con hilo fino unas veces y disparado otras. Pocos temas de su nuevo disco, gran presencia (casi vindicativa) de temas venidos de Sky Blue Sky, un maravilloso disco repleto de clásicos que abrió el nuevo y futuro tiempo de Wilco como banda. Incursiones gratificantes en temas de bandera como Via Chicago, que no recordaba haberles visto interpretar en sus dos conciertos precedentes. Uno mataría por escribir una canción que arrancara con una línea como esa... "I dreamt about killing you again last night / and it felt alright to me". Delicadezas de reminiscencias beatles (o eso me parece a mí) del tipo de Hummingbird o Hate It Here, con sus guitarras que parecen extraídas de alguna cinta perdida en los tiempos de Let It Be.

Si digo que estuvieron fantásticos creo no exagerar. Dos horas y cuarto largas de música bien tocada. Muy bien tocada. Con unos Wilco comunicativos, que celebraron con todo el auditorio el cumpleaños de Mickael Jorgensen, su teclista; que regresaron dos veces del camerino (la primera, con el magnífico tema Kingpin) y pidieron a la audiencia americana, nutrida, que importase a su país el clásico oe oe oe que encarna la gamberra petición de bises en los conciertos en España. Y sí, Impossible Germany fue, una vez más y en mi opinión, la cumbre de la noche. Una canción que crece en el horno del tiempo y lo hará cada día más, porque reúne un engaño tras otro hasta expresar toda la verdad de golpe. El diálogo entre guitarras fue esta vez un trío en el que a Nels Cline le daban réplica conjunta Jeff Tweedy y Pat Sansone, juntos cara a cara en el centro del escenario. Cada vez que Sansone se bajó del altar de multiinstrumentista en el que vive y agarró las cuerdas, levantó el conjunto. Tuvo una noche brillante y la disfrutó, zalamero, exhibicionista, brillante. El menàge a trois fue, diremos si se nos permite la burda comparación, un orgasmo incontenible de placer resonante.

Tal vez la diferencia entre Wilco y el resto sea lo que yo juzgaba una percepción meramente personal. "Todos los grupos te dirán desde el escenario que te quieren para quedar bien... En nuestro caso es verdad: Wilco te quiere". Lo dijo Tweedy, de forma sardónica, y yo me lo creo.

[Foto: Sansone, en primer plano, en una de sus alegres diatribas con la guitarra. Al fondo, Wilco sobre su alfombra voladora de rock americano. Fuente: www.wilcoworld.net].

Wilco te quiere

The Colbert ReportMon - Thurs 11:30pm / 10:30c
Exclusive Wilco Song
colbertnation.com
Colbert Report Full EpisodesPolitical HumorKeyboard Cat


"¿Te da la impresión de que ésta no es tu vida? ¿Prácticas escarceos con la depresión? ¿Acaso alguien hurga con un cuchillo en tu espalda? ¿Te sientes atacado? En tal caso, hay algo que deberías saber: Wilco te va a querer, pequeño....

Si la cosa se pone jodida, o cuando tengas que atravesar caminos ásperos... Si te has cansado de lo antiguo, o de vivir a la intemperie... Mira a tu aparato de música, ponte los cascos y retírate el pelo: Wilco te va a cuidar.

Hay tantas guerras imposibles de ganar, muchas incluso antes de que empiece la batalla; así que abrimos los brazos y te ofrecemos un hombro de sonido en el que llorar... Wilco te van a querer, baby".

[Wilco, The Song, de Wilco]

Pd: Wilco me han salvado de tantos precipicios emocionales, en tantas ocasiones, que esta canción (primera de su nuevo álbum, llamado Wilco (The Album), no me descubre nada que no supiera: ya tenía constancia del poder curativo de la música, creo que ahí llega cualquiera; tampoco me quedaban dudas de la capacidad de Wilco para ser un muro de sonido para mis lamentaciones. Este momento, esta noche, es tan buen momento como cualquier otro para ir a verlos por tercera vez. En Barcelona, a las nueve de la noche, y con Pab (gran final) horas antes de que él regrese al país de nunca jamás y yo permanezca en mi laberinto, mi casa de Asterión. Así cerraremos otro episodio de nuestros Encuentros por el Mundo. Nueva Zelanda será el próximo. Tal vez el año que viene, claro. Mientras tanto, en la distancia (que no el olvido), Wilco nos va a querer, y a cuidar, como siempre hizo. 

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Damien, un hombre en la oscuridad

Damien, un hombre en la oscuridad

En el antebrazo derecho, Damien Jurado lleva tatuada una bandera pirata, con su calavera y las dos tibias cruzadas en tinta sobre el fondo de la carne. Viste una camiseta blanca con las costuras hacia fuera, vaqueros raídos y viejas zapatillas de lona de baloncesto. Dice que lleva dos semanas "sobreviviendo" en España. Lo explica: no come carne y en los supermercardos de este país resulta (aún) difícil encontrar alimentos que no procedan de animales. Si lo sabré yo: siete años estuve sin hincarle el diente a un bicho, convicción duradera que aún me asombra, como si la hubiera protagonizado otro. "Afortunadamente -cuenta Damien- hay mantequilla de cacahuete y de eso me he estado alimentando". Se me ocurrió pensar en la soledad del cantante en gira por el mundo. Se me ocurrió pensar lo extraño que debe ser agarrar una guitarra, tus pantalones raídos, ponerte la camiseta vuelta del revés, subirte a un avión, descender al otro lado del mundo, llegar a un bar, sentarte en una banqueta para cantar tus canciones y que la gente te conozca como si hubiera nacido en la casa de al lado.

Damien Jurado canta con el vientre. Su autoría está manchada de vísceras pero la expone con sentida nitidez. Nada de dramatismos, ningún exceso teatral, salvo los ojos entornados. Subido en la banqueta, iluminado por un foco azul y otro rojo en diagonales cruzadas, Damien Jurado se instaló bajo la Lata de Bombillas que tanto me gusta y que parecía a punto de engullirle en cualquier momento, acomodó el cuerpo en un rinconcito entre la oscuridad relativa del fondo y la que le surje de dentro, y en tal postura expandió un luminoso recital frente a un centenar de silenciosos asistentes que ovacionamos la limpieza de sus interpretaciones, de la voz y del rasgueo de la guitarra. Fue un concierto íntimo, hecho de canciones confesionales, de brumas interiores sin afectación, hermoso en su rabiosa sobriedad. Mientras lo fotografiaba, mentalmente situé a Damien Jurado en algún punto intermedio entre el suicida Elliott Smith y el alegre buen rollo sentimental y hawaiano de Jack Johnson. Las canciones de Damien (no puedo evitar pensar en Demian, la tortuosa novela de Herman Hesse que leí siendo aún demasiado tierno) nacen del doloroso temblor interior de las pérdidas, pero no te atraviesan las entrañas ni te las extraen como hacen las de Elliott Smith; tampoco alcanzan la pegajosa felicidad de Johnson. En realidad, siempre pensé que todos querrían ser Jeff Buckley, cima lírica de la tristeza en los últimos tiempos. Probablemente Buckley quiso ser Virginia Woolf. O tal vez los dos se ahogaron en un río porque ese tipo de coincidencias ocurren: al destino no le alcanzan las soluciones para tantos seres humanos a lo largo de tantos siglos. Tiende a repetirse.

Damien Jurado contó que es de Seattle, ciudad célebre por sus asesinos en serie. Humor negro. Contó que tiene un hijo al que no le gusta su música porque es demasiado triste. Los niños saben sin necesidad de mayor proclamación esta verdad: el estado natural del hombre es la felicidad; la tristeza sólo es un hecho pasajero, impuesto por uno mismo o por las circunstancias. La nubosidad varía, el sol siempre está. "Mi hijo me dijo cierto día que mis canciones son como cebollas: les clavas un cuchillo y te hacen llorar. Yo le contesté: ’Pero, hey... las cebollas apestan’. Mi hijo me miró y su respondió: ’Precisamente’"..

La balada de Damien Jurado

Hay que mirar bien de cerca los días, para saber qué se van a llevar. De las cosas, de nosotros. Para saber lo que habremos de extrañar algún otro día al que miraremos de cerca, alguna vez. Hace mucho tiempo sospeché que sólo las palabras podrán salvarme, si es que aún hay esperanza. Son la única forma real de la vida que no existe, que no es, de lo que he ido dejando atrás o me voy a perder de ahora en adelante. También una forma ignorada de la libertad, una libertad tan necesaria como improbable. He ensayado el silencio pero no me sale nada bien. Así que estoy condenado a elevar palabras en el viento y que las lleve hasta donde quieran ir. Si puedo pedirlo, que lleguen hasta donde estás tú, seas quien seas, estés donde estés. No tengo a dónde ir, así que iré a cualquier lugar.

En el silencio ando buscando músicas que me rediman de algo que no sé bien qué es, que disuelvan esta polvareda interior que ignoro cómo se ha ido posando. Tengo amigos que me dan indicaciones, nombres, títulos de canciones, avisos del lanzamiento de discos; he aguzado el oído para encontrar sonidos y algunos he encontrado, cruzados en intersecciones inesperadas con otros que desecho. Por ejemplo, decidí que Russian Red no era lo que necesitaba en estos momentos, pero a través de Russian Red me topé con Havalina, y su álbum Imperfecciones aparece ya como un hallazgo imponente en el que algún día me detendré. Ayer mismo por la tarde conocí a Damien Jurado, y no es improbable que hoy me acerque a La Lata de Bombillas a estrecharle la mano y darle las gracias por una canción o dos. Damien Jurado, singer-songwriter malcarado de Seattle, toca esta noche en el escenario mínimamente inmenso de La Lata, rectángulo de muros cerrados y músicas abiertas. No puedo decir mucho de Damien Jurado salvo que se trata de uno de esos músicos de canciones dolientes que tanto bien nos hacen, a veces, porque curan las heridas con el hervor lacerante del alcohol de 96º sobre una cicatriz abierta. La música cauteriza, que lo sepan aquéllos a los que les parecen deprimentes las canciones tristes. Porque hay luminosidad inexplicable en una canción como Ohio, en la que un muchacho asomado a un ventanal despide a su chica. Ella ha decidido regresar a Ohio para ver a su madre, a quien perdió de vista a los 13 años cuando alguien la apartó de su lado. La canción parece un melodrama facilón; la voz de Damien Jurado demuestra que no es tan fácil modelar la amargura. En su despedida, el chico calza unas reconocibles New Balance. Ella, unas sandalias con los dedos al aire.

Por lo que sé hasta ahora, que no es mucho, Caskets reclama mi atención. Su perturbador vídeo me recuerda a otros canallas favoritos, Sam Peckinpah y La Balada de Cable Hogue, con su cama en medio del desierto, un lugar en el que acostarse hacia el crepúsculo. Espero que Damien la interprete esta noche. Y que me suene con tantas aristas como le aprecio en estas imágenes. Y sentir que una cuchilla se aproxima a mi piel, como un leve viento helado, y luego una pinza metálica que hurga dentro de mí.

Damien Jurado. Esta noche a las 21:00 en La Lata de Bombillas. Si queréis pasar, yo estaré por allí tomándome una apreciativa cerveza. Por 8 euros espero que me extraigan algunas balas de mi abdomen no tan degradado.

Canción de amor gigante (más Facto y menos Prozac)


Este instante será sólo un recuerdo / dentro de un momento.
Este instante, dentro de un momento / será sólo un recuerdo.
Dentro de un momento, / este instante será sólo un recuerdo.
Dentro de un momento / sólo un recuerdo este instante será.

Este instante será sólo un recuerdo / dentro de un momento.
Este instante, dentro de un momento, / será sólo un recuerdo.
Dentro de un momento, / este instante será sólo un recuerdo.
Dentro de un momento / sólo un recuerdo este instante será.

Rayos de luz filtradas por cortinas,
vuelan golondrinas entre las antenas.
Treinta y siete grados, un montón de huesos,
lléname de besos, líbrame de penas.

Ladran conductores, grita la vecina,
la gotera insiste, sácame a bailar.
La gata me mira tan felinamente,
giro y de repente ya sé qué cantar.

Instante, lugar, momento adecuado,
no está preparado pero va rodado.
Intento sacarlo pero desafino,
te canto, te canto, te quiero, te quiero,
te quiero cantar, te quiero y no tengo voz,
te voy a cantar te quiero con tu voz.

Gigante, gigante, gigante, gigante, gigante,
gigantes instantes,
gigante, gigante.

Te he visto cantar, te he visto sentir, te he visto llorar,
te he visto sonreír, hacer el payaso, ponerte moreno,
te he visto en forma, te he visto enfermo
,
creer, crear, nadar en el mar,
te he visto cansado, andar preocupado,
te he visto vestido, te he visto desnudo, te he visto dormido
y creo que soñabas...

Gigante, gigante, gigante, gigante, gigante,
gigantes instantes,
gigante, gigante, gigante, gigante, gigante, gigante,
gigante ...

[Gigante, de Facto Delafe y Las Flores Azules].

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