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Somniloquios

Damien, un hombre en la oscuridad

Damien, un hombre en la oscuridad

En el antebrazo derecho, Damien Jurado lleva tatuada una bandera pirata, con su calavera y las dos tibias cruzadas en tinta sobre el fondo de la carne. Viste una camiseta blanca con las costuras hacia fuera, vaqueros raídos y viejas zapatillas de lona de baloncesto. Dice que lleva dos semanas "sobreviviendo" en España. Lo explica: no come carne y en los supermercardos de este país resulta (aún) difícil encontrar alimentos que no procedan de animales. Si lo sabré yo: siete años estuve sin hincarle el diente a un bicho, convicción duradera que aún me asombra, como si la hubiera protagonizado otro. "Afortunadamente -cuenta Damien- hay mantequilla de cacahuete y de eso me he estado alimentando". Se me ocurrió pensar en la soledad del cantante en gira por el mundo. Se me ocurrió pensar lo extraño que debe ser agarrar una guitarra, tus pantalones raídos, ponerte la camiseta vuelta del revés, subirte a un avión, descender al otro lado del mundo, llegar a un bar, sentarte en una banqueta para cantar tus canciones y que la gente te conozca como si hubiera nacido en la casa de al lado.

Damien Jurado canta con el vientre. Su autoría está manchada de vísceras pero la expone con sentida nitidez. Nada de dramatismos, ningún exceso teatral, salvo los ojos entornados. Subido en la banqueta, iluminado por un foco azul y otro rojo en diagonales cruzadas, Damien Jurado se instaló bajo la Lata de Bombillas que tanto me gusta y que parecía a punto de engullirle en cualquier momento, acomodó el cuerpo en un rinconcito entre la oscuridad relativa del fondo y la que le surje de dentro, y en tal postura expandió un luminoso recital frente a un centenar de silenciosos asistentes que ovacionamos la limpieza de sus interpretaciones, de la voz y del rasgueo de la guitarra. Fue un concierto íntimo, hecho de canciones confesionales, de brumas interiores sin afectación, hermoso en su rabiosa sobriedad. Mientras lo fotografiaba, mentalmente situé a Damien Jurado en algún punto intermedio entre el suicida Elliott Smith y el alegre buen rollo sentimental y hawaiano de Jack Johnson. Las canciones de Damien (no puedo evitar pensar en Demian, la tortuosa novela de Herman Hesse que leí siendo aún demasiado tierno) nacen del doloroso temblor interior de las pérdidas, pero no te atraviesan las entrañas ni te las extraen como hacen las de Elliott Smith; tampoco alcanzan la pegajosa felicidad de Johnson. En realidad, siempre pensé que todos querrían ser Jeff Buckley, cima lírica de la tristeza en los últimos tiempos. Probablemente Buckley quiso ser Virginia Woolf. O tal vez los dos se ahogaron en un río porque ese tipo de coincidencias ocurren: al destino no le alcanzan las soluciones para tantos seres humanos a lo largo de tantos siglos. Tiende a repetirse.

Damien Jurado contó que es de Seattle, ciudad célebre por sus asesinos en serie. Humor negro. Contó que tiene un hijo al que no le gusta su música porque es demasiado triste. Los niños saben sin necesidad de mayor proclamación esta verdad: el estado natural del hombre es la felicidad; la tristeza sólo es un hecho pasajero, impuesto por uno mismo o por las circunstancias. La nubosidad varía, el sol siempre está. "Mi hijo me dijo cierto día que mis canciones son como cebollas: les clavas un cuchillo y te hacen llorar. Yo le contesté: ’Pero, hey... las cebollas apestan’. Mi hijo me miró y su respondió: ’Precisamente’"..

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