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contador de visitas Historias del rugby | Somniloquios

Se muestran los artículos pertenecientes al tema Historias del rugby.

La leyenda del hijo del minero

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[Para el doctor Saló, que me recordó hace pocos días el nombre de Gareth Edwards y me pidió que contara esta historia].

(En enero de 2003 publiqué en Heraldo un recordatorio del ensayo que Gareth Edwards había anotado 30 años antes a los All Blacks, jugando con los Barbarians. A pesar del tiempo y de la aparición de otros candidatos, está considerado el mejor ensayo de la historia del rugby moderno, seguramente por su potencia de clásico representativo de un tiempo, un equipo y una forma de jugar. Aquella página adolecía de una imperfección irresoluble: había que narrar una jugada prodigiosa sin el prodigio de la imagen, que hubiera ahorrado casi cualquier anotación. Para compensarlo, los infógrafos dibujaron una sucesión de pantallazos capturados del vídeo del partido y así explicamos la formidable carrera que inició Phil Bennett y culminó Edwards. Creo que esta revisión en Somniloquios será más completa, mérito que debe atribuirse a la tecnología, que nos permite reunir en un mismo espacio la palabra original, el texto y la imagen en movimiento. La entusiasta recreación de esta leyenda abre lo que me gustaría que fuese una serie de grandes momentos del rugby de todos los tiempos, o lo que yo entiendo por grandes momentos y que pueden ser, en realidad, instantes mínimos. Los recordaremos de manera episódica. Arranca con la historia del mejor jugador: Gareth Edwards, el hijo de un minero). 

Para hablar de Gareth Edwards o de los Barbarians, conviene empezar explicando qué son los Barbarians, un equipo en el que se juega por invitación. WP Carpmael fundó este selecto club en 1890 en la ciudad inglesa de Bradford. Su idea original consistía en reunir a los mejores jugadores una vez que la temporada de partidos entre clubes finalizaba en marzo, y enfrentar a esa selección de talentos con los mejores equipos de aquí y allá. El rugby -como el fútbol, el baloncesto y los deportes principales de equipo- tardó muchos años en tejer una infraestructura de competiciones tal y como hoy la conocemos. Pensemos que el primer Mundial no se jugó hasta 1987. O que nunca hasta la década pasada existió nada parecido a una competición europea de clubes (la Heineken Cup). La sobre exposición de estrellas de hoy y la oficialidad de los calendarios ha disminuido el impacto actual de los Ba’baas, pero el alcance de su condición histórica. En aquellos tiempos del proto rugby, cuando los equipos se retaban entre sí por el gusto de hacerlo, por amor al deporte y a una camiseta, sin trofeos en juego, jugar con los Barbarians suponía estar incluido en el mejor equipo del mundo. Como el rugby siempre ha tendido a la posteridad, los Barbarians incorporaron a su escudo un lema que reclama la singularidad del juego: "El rugby es un deporte al que pueden jugar hombres de todas las clases; pero no están admitidos los malos deportistas de ninguna clase". Así que en el Barbarians FC han jugado a lo largo de más de un siglo, vestidos a franjas negras y blancas, los mejores de todos los continentes.

El partido celebrado el 27 de enero de 1973 en el estadio Arms Park de Cardiff permanece en la memoria colectiva de los aficionados -y especialmente de los galeses- como un momento de culminación del deporte. Un partido que, por lo singular de este ensayo o la categoría extraordinaria de los jugadores reunidos, y también por el desarrollo general del encuentro, constituyó una sublimación sostenida de los mejores valores del juego. "La gente recuerda los cuatro primeros minutos y mi ensayo -ha dicho Gareth Edwards alguna vez sobre aquel día-, pero hay que ver el partido completo porque estuvo lleno de un rugby maravilloso, buena parte de él jugado por los All Blacks". Basta como muestra que el medio de melé de los kiwis era Sid Going, un pelado maravilloso. Cuando en el año 2003 la revista Rugby World Magazine produjo una encuesta entre jugadores de todo el mundo para señalar al mejor de la historia, los rugbiers nombraron mayoritariamente a Gareth Edwards. Y el galés, con concienzuda modestia, se acordó de Sid Going: se habían enfrentado en siete ocasiones, el uno con Gales y el otro con Nueva Zelanda. Y todas las veces Edwards sintió que Going lo superaba. "Tal vez si él no hubiera jugado con esa tercera línea...".  

Frente a unos Blacks portentosos, el quince de los Barbarians lo integraban en aquel partido siete jugadores del País de Gales: el tercera flanker Tom David (que aún no era internacional con la selección de su país); Derrick Quinnell (número 8 y padre de Scott Quinnell, otro octavo internacional con País de Gales), Gareth Edwards (medio de melé), Phil Bennett (medio de apertura, heredero directo del excelso Barry John), el segundo centro John Dawes, el ala John Bevan y el inefable zaguero JPR Williams... Todos esos nombres forman parte de una leyenda de valles esmeralda con las tripas negras, explotaciones mineras cuyo clausura a finales de los años 70 conduciría a Gales a una terrible crisis de economía e identidad. Gareth Ewards era hijo de un minero, como muchos otros jugadores de aquel tiempo en que el profesionalismo, en su mínima acepción, suponía una perversión del rugby. La perdurabilidad de la leyenda escrita por aquel equipo tiene que ver con una forma superior, avanzada, del rugby, jugado con velocidad, apoyos constantes, variaciones y cambios de dirección de ritmo que mantenían el balón vivo. Si uno ha acostumbrado el ojo al rugby actual, con su velocidad, el altísimo ritmo de juego y la profusión de ensayos, se hace muy difícil aceptar la dinámica sincopada que el juego tenía hasta los años 90. Si uno ve al Gales de los setenta (o a estos Barbarians inspirados por Gales) esa diferencia se acorta. Aquél era un equipo del futuro cuya espectacularidad mantiene su vigencia casi de forma total.

El archifamoso ensayo que abrió el partido supone un ejemplo perfecto de ese modo de jugar. Desde hace más de una década, el rugby avanza hacia el aligeramiento de las fases estáticas, la claridad y rapidez en la liberación de los balones, la supresión del juego subterráneo y la búsqueda de la conversión del rugby en un deporte abierto, veloz y espectacular, en el que el dinamismo mande sobre el peso y todo lo que ocurra sea abiertamente visible, e interesante, para una transmisión televisiva. Todo eso lo hacía el Gales de los años 70 y este ensayo quizás sea el momento más obvio de ese espíritu. La secuencia se inicia con una profunda patada del neozelandés Brian Williams desde el lado derecho, que cubre Phil Bennett en su zona de 22, apenas unos metros por delante de la línea de marca. La presión es instantánea y da idea de la ferocidad y la excelencia defensiva de los All Blacks. Con la mayoría de sus compañeros en pleno retroceso para protegerlo, y acosado por Scown, Hurst y Kirkpatrick, Bennett se ve forzado a salir jugando con la mano desde su propia defensa, sin tiempo siquiera para considerar una patada defensiva. Lo que sigue es simplemente maravilloso...

Rodeados por una jauría creciente de All Blacks hambrientos, los Barbarians logran mantener el balón vivo y abrirse camino con él. Dos detalles simplifican la explicación: los neozelandeses no lograron hacer ni un solo placaje en cien metros de jugada porque, en cada pase, el portador del balón tenía a cuatro y hasta cinco apoyos disponibles. La única interrupción la evita al inicio de la acción JPR Williams, que sufre un placaje alto y transmite el oval antes de caer emboscado. En el rugby, el balón se recicla (aunque cada vez menos) a través de rucks (cuando el placado se va al suelo) o mauls (si se mantiene en pie y sus compañeros se agrupan a su alrededor para proteger la pelota). Ninguna de esas dos jugadas aparecen en el ensayo de Edwards: si uno tuviera que explicar a alguien profano qué es un off-load, valdría este vídeo: deshacerse del balón, descargándolo hacia un compañero en apoyo cuando el rival te va a detener.

En la jugada participan tres cuartos, segundas líneas, terceras líneas, el talonador y, por fin, Gareth Edwards, medio de melé. Es cierto que hay dos pases sospechosos de ser balón adelantado, lo que invalidaría la jugada: el de Tom David a Quinnell es dudoso, pero la captura del número ocho galés, agachando el espinazo en plena carrera para evitar que la pelota vaya al suelo, provoca un efecto disuasorio. Es tan brillante que uno no se da cuenta del todo si es adelantado o no. El siguiente pase, el definitivo de Quinnell a Edwards, parece ciertamente un adelantado muy claro. Pasemos por alto esa posibilidad por puramente mezquina. Edwards, un medio de melé arrojado y veloz, crítico en las rupturas, siempre atento a las debilidades de la defensa para colarse como una llamarada, explota su velocidad. Era al mismo tiempo gatillo y bala. Su carrera final de 40 metros hasta la esquina del fondo del río Tafft cierra la jugada, que funciona a modo de definición del mejor rugby posible: el balón siempre vivo, apoyos constantes, velocidad de decisión y técnica para el pase y la recepción. Manos finas, piernas robustas. Un rugby irrepetible y adelantado a su tiempo.

La narración de Cliff Morgan decía: "Kirkpatrick to Williams. This is great stuff. Phil Bennett covering, chased by Alistair Scowan. Brilliant! Oh, that’s brilliant! John Williams, Brian Williams, Pullin, John Dawes. Great dummy! David, Tom David, the half-way line. Brilliant by Quinnell. This is Gareth Edwards. A dramatic start. What a score! Oh that fellow Edwards...".

"Kirkpatrick para Williams. Gran patada... Phil Bennett en la cobertura, lo persigue Alistair Scowan. ¡Magnífico! ¡Oh, eso ha sido extraordinario! John Williams, Brian Williams, Pullin, John Dawes. ¡Fantástico amago! David, Tom David, en la línea de medio campo. ¡Magnífico Quinnell! La tiene Gareth Edwards. Espectacular comienzo. ¡Qué ensayo! Oh, Edwards, qué muchacho...".

26/03/2009 18:02 Autor: Mario. #. Tema: Historias del rugby Hay 11 comentarios.

Rugby con patillas

Creo que ya he convertido a París en la ciudad extranjera en la que más veces he estado, que menos conozco y que más me fascina. La frase es literal, no incluye ni una sola metáfora. Todas mis visitas han sido tan fugaces como lo va a ser ésta, apenas día y medio; y todas han tenido que ver con el fútbol o, como en esta ocasión, con el rugby: Francia y País de Gales, esta noche a las 21.00 en el Stade de France. Ya escribí en cierta ocasión que París me parece una ciudad con una hermosura tan perdurable que parece soñarse a sí misma. Lo definió de otra manera Manel, veterano de la Santboiana que forma parte de esta cordada: "Francia es un país que te da la impresión de estar ya terminado, mientras que España sigue en plena construcción: todo levantado". La formulación carece del lirismo de la mía, pero es mucho más precisa.

Para no hablar de rugby antes de hora (lo haremos después) veremos rugby. El mejor que ha habido en el Hemisferio Norte. El País de Gales de los años setenta (rugby con patilla, Barry John, JPR Williams y, por encima de todos, el asombroso Gareth Edwards, el mejor medio de melé que uno pueda imaginar. Allá va... para nostálgicos de aquellos maravillosos años:

Y aún más...

 

Y el flair francés, tal vez ya extraviado:

27/02/2009 09:12 Autor: Mario. #. Tema: Historias del rugby Hay 5 comentarios.

Los superdotados

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Yo vivía en el noroeste de Londres, en una pacífica calle lateral de Harrow Road, a medio camino entre Kensal Green y Willesden Junction, cuando Suráfrica y los All Blacks se enfrentaron en la final de la Copa del Mundo de 1995. Por allí cerca estaban la vieja prisión de Wormwood Scrubs y el estadio de atletismo Linford Christie, en el que alguien organizó una macro fiesta con pantallas gigantes para ver la final del Mundial y beber. Allá fuimos, previo pago de una asequible entrada y con los bolsillos repletos de libras para gastar en los tenderetes de camisetas y cerveza. En aquel partido se produjeron tres hechos históricos, a saber: los Springboks detuvieron a Jonah Lomu, la picadora de carne que atropellaba hombres para apilarlos a su espalda, a razón de 10 segundos los cien metros; Suráfrica ganó la final con un solo jugador negro en sus filas (el ala Webster), pero la Copa la levantó Nelson Mandela junto al capitán Pienaar y esa escena puso fin al apartheid. Tercero y mucho más relevante: en el estadio Linford Christie se acabó la cerveza.

Retrospectivamente me doy cuenta de que aquél constituyó un momento dramático, que podría haber derivado en cualquier tragedia, porque varios miles de beodos desalmados no soportan bien que se termine la cerveza y nadie les dé explicaciones de cómo eso es posible. Todo el mundo sabe que no es posible. La cerveza, simplemente, no se puede acabar. Se trata de un fenómeno metafísicamente incomprensible, como la muerte. Y, como ella, provoca sollozos y preguntas repetidas sin sentido: ¿Cómo ha podido ocurrir? ¿Cómo no supimos verlo a tiempo? Y se apodera del curda un incómodo sentimiento de culpa que suele terminar vulcando el bar. El caso es que, en lugar de arrasar el estadio y sus alrededores, en el Linford Christie se produjo un milagro. O bien la organización lo tenía todo previsto: alguien sacó de pronto un balón de rugby. Antes de que pudiera darle dos tragos a la pinta de sidra en la que había derivado mi ingesta de sustancias psicotrópicas, varias decenas de muchachos, que probablemente a esas horas no serían ya capaces de reconocer a su hermana, se habían constituido en sendos equipos de rugby y se disponían en dos interminables líneas a lo ancho de la mitad del campo no ocupada por las pantallas y la parafernalia mercadotécnica. Lo que siguió fue una cruenta batalla campal con un balón por el medio. Eso sí, demostraron sentido práctico: para no tener que preocuparse de la interpretación de las reglas del maul y el ruck ni el juego subterráneo, resolvieron jugar al rugby league, que consiste en la simplificación brutal del deporte: uno agarra la pelota y choca a toda velocidad contra el de enfrente. Y así todo el rato. En el estado de inconsciencia colectiva en el que esos muchachos se encontraban, la psicopática ferocidad de los choques y los placajes eran como ver una película de terror.

Yo me mantuve al margen, pero hacerlo es difícil. Cualquiera que haya jugado al rugby sabe que es peligroso ir a ver un partido de los amigos si éstos andan escasos de gente. Porque si los amigos tienen poca gente, sobre todo lo que no tienen es ninguna conciencia. Da igual que el afectado no lleve pantalón ni botas. O que le duelan el pie y un hombro. O que esa noche no haya dormido: antes de que se dé cuenta le habrán encontrado calzón, cualquier zapato y calcetines sucios para que complete el equipo... magullando su voluntad y, después, su cuerpo. Y jugará el partido. Este anómalo comportamiento se hunde en la noche de los tiempos y se practica en cualquier nivel del rugby. Compruébese en esta anécdota histórica hasta qué punto los equipos pequeños de rugby observamos la tradición de los pioneros. La primera vez que una selección de Gales jugó contra Inglaterra fue el 19 de febrero de 1881. Hasta entonces, sólo Inglaterra y Escocia se enfrentaban en lo que era el embrión del hoy Seis Naciones. Richard Mullock, el padre del rugby galés, retó a los ingleses a un partido internacional y para ello formó un equipo con gran espíritu... y ninguna organización. No hubo entrenamientos de criba y se eligió a los jugadores de acuerdo a su reputación. Sin que se sepa a qué tipo de reputación se atendía. Como nadie reparó en enviar citaciones oficiales a los convocados, dos no se presentaron. Pronto les encontrarían relevo: un par de universitarios, con leves antecedentes galeses, que habían viajado hasta Blackheath con la intención única de ver el partido. Ellos vistieron la camiseta escarlata con las plumas del Príncipe de Gales que Mullock eligió por enseñas. Los dos equipos bebieron en el pub, se cambiaron y después salieron a jugar. Ganó Inglaterra, que anotó siete goles, seis ensayos y un drop. Gales quedó a cero y no se sabe qué tal lo hicieron los espontáneos. Pero al año siguiente los ingleses, altivamente, decidieron no jugar otra vez contra esos sucios mineros del otro lado del río Severn. ¿Y para qué?

Por eso cuando uno juega al rugby o lo ha hecho, viene a ser como un Policía o como el ejército: está siempre de servicio y jamás se retira del todo. Si acaso pasa a la reserva, y ha de permanecer atento por si cualquier tarde de sábado -o peor, una de esas mañanas de domingo- lo llaman a filas o es reclutado a la fuerza para vestirse de corto. Así que, igual que los agentes del orden salen a la calle con su arma reglamentaria en el sobaco aunque vayan a la bolera con la mujer y los chicos, el jugador de rugby siempre ha de tener las botas a mano, a ser posible en el maletero del coche o incluso detrás del asiento del conductor, con lo que directamente puede meter los pies, entrar al campo y estará listo para bailar un zapateado en la espalda de un desconocido a la salida de un ruck.... A la hora de viajar, vaya uno donde vaya, las botas tienen que ser el segundo artículo del equipaje, justo después del cepillo de dientes y antes de los tapones para los oídos. Hay que llevárselas sea cual sea el destino y la naturaleza del viaje, incluso y sobre todo al viaje de novios y no digamos a los de negocios. Porque un partido de rugby salta allí donde menos lo espera uno, como ocurrió aquella tarde de 1995.

La única diferencia con los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado es que, mientras está de servicio, el jugador de rugby puede beber cuanto quiera, salvo que tope con un entrenador demasiado ordenancista o con una visión distorsionada del juego. De hecho, no será raro que los propios compañeros lo animen al alcohol, porque muchos de estos fenómenos son aún mejores cuando juegan beodos o con una desaforada resaca. De todos los jugadores de rugby que he conocido en mi vida, los que más respeto y admiración me han merecido siempre son aquellos capaces de emborracharse no después de los partidos, que no tiene mérito aunque para todo hay que tener una prestancia, sino sobre todo antes de los partidos. Conviene tener claro que este tipo de hombres son superdotados, así no más, de forma que su comportamiento tiende a ser genialmente errático. Desde luego, no van a responder al teléfono cuando los llames para ir a jugar, por eso el capitán o alguien con autoridad en el grupo debe guardar una copia de la llave de su casa, cosa de no tener que echar la puerta abajo ni colar a un ala liviano por el hueco de la ventilación. Además, si el tipo es delantero (lo más probable es que hablemos de un primera o segunda línea), conviene que quienes vayan a buscarlo pertenezcan también al paquete y hayan pasado muchas noches con él en circunstancias similares. La confianza resulta fundamental, porque los muchachos pueden ponerse violentos en el instante de despertar y hay que aguantar el embate. No se les puede culpar si presentan una reacción desmesurada.

Una vez los sacas de la cama, jamás hay que darles de comer. Puede ser fatal para la posterior suerte de todos los implicados. Conviene vestirlos con la misma ropa de la noche anterior y un abrigo ligero, para que no se apolillen en el viaje. Después los metes en el coche, en el asiento de atrás, con espacio suficiente para que se desperecen y retocen en su propia mugre interior, porque en general a esas horas se comportan con la gracilidad de un saco de patatas viejas. El trayecto, dure lo que dure, ha de hacerse con las ventanillas abajo, aunque afuera esté helando: ningún cristiano es capaz de aguantar sin desmayo el efluvio enfermo que emerge de esos cuerpos. Si los superdotados tienen alma, han de ser almas hediondas, es verdad. Pero se trata de nuestros amigos y lo más probable es que lo corroboren atizándole un puñetazo artero al que nos mire mal en el campo. Así que nada de juicios higiénicos. Una vez en el vestuario, hay que dejarlos tranquilos, hablarles poco, no recordarles su estado y por supuesto abstenerse de hacerles consideraciones morales acerca del compromiso con el deporte, la salud, la edad o ese tipo de cosas. Bien al contrario, se les debe permitir todo el tiempo necesario para cambiarse y, por encima de todo, no pedirles jamás que den un paso en el calentamiento, hagan progresiones o se arriesguen a intentar una flexión cuerpo a tierra. Ellos calientan al trote, sin cambios de ritmo y sin necesidad de espasmos musculares. La ciencia lo ignora todo acerca de cómo se engrasan esas maquinarias de músculo, espesa sangre y grasa sedienta. Ese tipo de seres humanos se regulan por sí mismos, y lo hacen maravillosamente bien. En cuanto se ponen la camiseta les crece una imprevista creatividad con la pelota, se vuelven peligrosamente explosivos, elevan su umbral de dolor hasta lo inhumano y, sobre todo, les huele la boca a fiemo. Y eso, en una melé, siempre ayuda mucho.

13/02/2009 11:15 Autor: Mario. #. Tema: Historias del rugby Hay 19 comentarios.

Vuelven los hombres fuertes

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Como dijo en cierta ocasión Jean-Pierre Garuet, pilar de Francia en los años 80, "siempre van a hacer falta los hombres fuertes". La brutal desnudez física del rugby (una camiseta es suficiente protección frente a los golpes) conspira a favor de la admiración general. Habrá deportes más duros, otros de mayor exigencia y desde luego los habrá más violentos, pero pocos o ninguno pueden igualar la liturgia del rugby: ese sabor arraigado de sombría distinción, su fascinante confusión de caballerosidad y vandalismo, la crueldad atroz y la humanista misericordia. Si la guerra constituye el hecho sustantivo de mayor abyección y nobleza que ha desarrollado el hombre, y si consideramos el juego del ajedrez la alegoría más refinada del arte de la destrucción del oponente, diríamos con apropiada generosidad que el rugby se sitúa a medio camino entre ambos. Si uno no quiere morir ni quiere matar, pero le parece insuficiente como estímulo hormonal la posibilidad de mover piezas por cuadrados blancos y negros, o si desea bordear los territorios emocionales que conducen al precipicio, tiene dos posibilidades: jugar al rugby o ver el Seis Naciones. Si practicas ambas, serás un Hombre, hijo mío. Muchos nos enamoramos de este deporte viendo el Cinco Naciones, porque ahí estaban y están los hombres fuertes de los que hablaba Garuet, oscuramente atractivos como los soldados de un desfile. Ver este torneo es aún mejor que ver una película de guerra: la sangre es real, no hay actores y el final a menudo no suele ser feliz. El Seis Naciones 2009 comienza este sábado, con estos partidos.
 

Inglaterra-Italia (Twickenham, 16:00 C+Deporte)

La Inglaterra después de Jonny Wilkinson es un disparo al aire. Su torneo el año pasado fue tan desconcertante como los tests del mes de noviembre con los gigantes del hemisferio sur. Si alguien salió mal parado fue Danny Cipriani, número 10 en el que Inglaterra ansiaba a un Mesías que borrase la sombra monumental de Wilkinson. A los 21 años, Cipriani reunió tantas expectativas que se olvidó de agarrar los balones en las cargas y de placar las acometidas contrarias. Martin Johnson (jugador y capitán de carácter, entrenador de cabeza fría) ha declarado con pérfida diplomacia paternal que a la carrera de Cipriani le queda "mucho tiempo por delante" y que no hace falta convertir este Seis Naciones en un plebiscito a la joven perla de la Rosa. Dicho lo cual lo ha mandado al banquillo, tal vez porque un segunda línea siempre sospechará (y con razón) de un jovencito hábil con el 10 a la espalda. De forma que en el codiciado puesto de medio apertura inglés estará Andy Goode. Y su pareja de baile habrá de ser, en este primer partido, el también Harlequin Harry Ellis, por culpa de la lesión de otro alumno aventajado, Danny Care. Esa asociación de team-mates puede funcionar bien. ¿Qué más puede funcionar bien en Inglaterra? Ni idea. La melé parece irregular, pero se salva una primera línea que sabe Latín y algunas otras lenguas muertas, de esas que se hablan en los agrupamientos. La segunda no me dice gran cosa y la tercera me deja frío. Atrás hay un poco de todo. Desapareció (por fin, digo yo) el exótico Vainikolo, un tipo con una cabeza como las de la Isla de Pascua, y la misma gracia para jugar al rugby. Sigue Sackey en el otro ala. No se sabe si es Sackey o el cantante de los Fugees: por Tutatis, ¿no hay mejores y más consistentes alas en todo el Imperio Británico? Debe de ser que no, porque en el otro lado va a empezar Mark Cueto, sometido a un plan de rejuvenecimiento. Me gustan los medios, Tindall y Flutey, que son de carga con la bayoneta calada, aunque tengo predilección por Matthew Tait y Toby Flood. A Inglaterra le va a venir bien un primer partido al calor del hogar en Twickenham y frente a Italia, para ir calentando el asunto. Los italianos, equipo de larga progresión, van añadiendo talento en la tres cuartos a su excelente trabajo en la delantera, donde los primeras líneas tienen ese inquietante aspecto a medio camino entre el hombre de campo y un sicario de la Camorra. Un equipo peligroso en el cuerpo a cuerpo, y si no pregunte usted por Sergio Parisse. Esta vez comienza con un terrible problema en el puesto de medio de melé por culpa de las lesiones, así que Nick Mallet va a tirar de Mauro Bergamasco (¡un flanker!) como número 9. Troncon lleva días dándole un curso intensivo, y tendrá su gracia ver cuántas veces resiste Bergamasco la tentación de meterse en el barro y a cuántos rivales plancha desde esa privilegiada posición para el placaje que es el medio de melé.

Alineaciones
Inglaterra 15 Delon Armitage, 14 Paul Sackey, 13 Mike Tindall, 12 Riki Flutey, 11 Mark Cueto, 10 Andy Goode, 9 Harry Ellis, 8 Nick Easter, 7 Steffon Armitage, 6 James Haskell, 5 Nick Kennedy, 4 Steve Borthwick (c), 3 Phil Vickery, 2 Lee Mears, 1 Andrew Sheridan.
Suplentes: 16 Dylan Hartley, 17 Julian White, 18 Tom Croft, 19 Joe Worsley, 20 Ben Foden, 21 Shane Geraghty, 22 Mathew Tait.

Italia: 15 Andrea Masi, 14 Kane Robertson, 13 Gonzalo Canale, 12 Gonzalo Garcia, 11 Mirco Bergamasco, 10 Andrea Marcatto, 9 Mauro Bergamasco, 8 Alessandro Zani, 7 Sergio Parisse (cap.), 6 Josh Sole, 5 Marco Bortolami, 4 Santiago Dellapée, 3 Martin Castrogiovani, 2 Fabio Ongaro, 1 Salvatore Perugini.
Suplentes: 16 Carlo Festuccia, 17 Carlos Nieto, 18 Tommaso Reato, 19 Jean-Francois Montauriol, 20 Giulio Toniolatti, 21 Luke McLean, 22 Matteo Pratichetti.

Irlanda-Francia (Croke Park, 18:00 Canal+)

Uno de los grandes partidos del torneo, con condiciones: que Irlanda alcance su deseado cénit y que Francia demuestre que la transición del pasado año le llevaba a algún lado. Dos equipos antojadizos porque ellos son así. Irlanda es un libro abierto, pero tan bien escrito que da para mucho. Delantera de recitado escolar, con seis tipos del Munster entre los ocho de inicio: no es que tenga un poco de todo, es que tiene mucho de todo. Para este primer partido se queda fuera Stringer y comenzará O’Leary como 9. Tanto monta, monta tanto. O’Gara, rugby dandy con el pie y la mano; Paddy Wallace, repartidor de balones, y O’Driscoll, repartidor de cera. Asesinos de guante blanco que ya jugaban juntos en la Sub-19 irlandesa. Llama la atención la entrada de Rob Kearney por Geordan Murphy en el puesto de zaguero. Bajo su aspecto de modesto oficinista, Murphy oculta un nervio de acero, a veces barra de acero. ¿Cómo es que este equipo, preñado de puro talento ofensivo, está bajo sospecha por haber marcado un solo ensayo en los tests de noviembre frente a Nueva Zelanda y Argentina? Vaya usted a saber... Respecto a Francia, tiene aspecto de pelearse por el Grand Slam con Gales (al que además recibirá en París). Destacaré la vuelta de Harinordoquy en la tercera línea, el vasco del Biarritz Olympique, palomero aventajado y superviviente de aquella maravillosa terna que completaban Olivier Magne y Serge Betsen. Hoy lo acompañan Dusautoir (otro psicópata del placaje) y Ouedrago, al que no tengo el gusto. Poitrenaud será el zaguero por la garantía que ofrece en los balones altos, y ya se sabe que en Dublín suelen llover ese tipo de patadas que los célticos llama garryowen. En este nuevo equipo de Francia, yo le pondré mis monedas a un nombre y le pido atención al que no lo haya visto: Máxime Medard. Ala o zaguero del Stade Toulousain. Esta vez ala. Yo lo he visto de zaguero y tanto por sus frondosas patillas, como por la melena al viento y el aliento creativo de su rugby en carrera, recuerda visualmente al inigualable JPR Williams. Y que Dios me perdone la comparación.

Alineaciones
Irlanda: 15 Rob Kearney (Leinster), 14 Tommy Bowe (Ospreys), 13 Brian O’Driscoll (Leinster, captain), 12 Paddy Wallace (Ulster), 11 Luke Fitzgerald (Leinster), 10 Ronan O’Gara (Munster), 9 Tomas O’Leary (Munster), 8 Jamie Heaslip (Leinster), 7 David Wallace (Munster), 6 Stephen Ferris (Ulster), 5 Paul O’Connell (Munster), 4 Donncha O’Callaghan (Munster), 3 John Hayes (Munster), 2 Jerry Flannery (Munster), 1 Marcus Horan (Munster).
Suplentes: 16 Rory Best (Ulster), 17 Tom Court (Ulster), 18 Mal O’Kelly (Leinster), 19 Denis Leamy (Munster), 20 Peter Stringer (Munster), 21 Gordon D’Arcy (Leinster), 22 Geordan Murphy (Leicester).

Francia: 15 Clement Poitrenaud (Toulouse), 14 Julien Malzieu (Clermont-Auvergne), 13 Florian Fritz (Toulouse), 12 Yannick Jauzion (Toulouse), 11 Maxime Medard (Toulouse), 10 Lionel Beauxis (Stade Francais), 9 Sebastien Tillous-Borde (Castres), 8 Imanol Harinordoquy (Biarritz), 7 Fulgence Ouedraogo (Montpellier), 6 Thierry Dusautoir (Toulouse), 5 Lionel Nallet (Castres) (c), 4 Sebastien Chabal (Sale), 3 Benoit Lecouls (Toulouse), 2 Dimitri Szarzewski (Stade Francais), 1 Lionel Faure (Sale).
Suplentes: 16 Benjamin Kayser (Leicester), 17 Nicolas Mas (Perpignan), 18 Romain Millo-Chluski (Toulouse), 19 Louis Picamoles (Montpellier), 20 Morgan Parra (Bourgoin), 21 Benoit Baby (Clermont-Auvergne), 22 Cedric Heymans (Toulouse).

Escocia-Gales (Murrayfield, domingo 16:00 C+Deporte)

En mi opinión, Gales vuelve a ser el favorito para ganar el torneo y la Triple Corona, aunque tendrá difícil repetir el Grand Slam porque visita París. Y ahí estará Somniloquios, por cierto, en riguroso directo el 27 de febrero desde el Stade de France. Por evolución y según lo visto en noviembre (victoria sobre Australia) Gales merece la consideración de cabeza de serie de esta edición. En Gales está mi delantera preferida del torneo, con una primera línea de libro (tendría posters del oso Adam Jones si un tipo así cupiera en cualquier pared) y una tercera fantástica, con Andy Powell, el hombre-piedra, en el número 8. Powell constituye un prodigio de aprovechamiento físico, tiene una explosividad que lo hace terrible en defensa, tanto o más que en ataque. Placa como un animal y está en las suyas y en las de los demás. En estos momentos, uno de los más estimulantes del planeta en su posición. Los otros dos, Williams y Jones, no son mancos. Otro subrayado en el número 9, donde empezará Michael Phillips en lugar de Dwayne Peel. Del resto destaca el avance de Gavin Henson (aquel muchacho con la camiseta ceñida al abundante músculo del anuncio de Nike) al puesto de primer centro, donde le vimos irrumpir en la élite antes de enloquecer de tanto mirarse al espejo. Y el juego del bailarín de claqué recauchutado que es Shane Williams, un muchachito al que parecen hinchar con una bomba de aire antes de ponerle la camiseta de Gales. Frente a todo eso, ¿qué tiene Escocia? Orgullo, sobre todo. Experiencia y, hay que esperar, sentido de equipo que alcance a lo que no llegan las individualidades. Lo que le falta es lo principal, tal vez: nivel real para aproximarse a los tres de arriba. Eso sí, Escocia se ha especializado en la maniobra de despiste. Nadie sabe bien qué esperar (o qué no) del equipo del Cardo en los últimos años. Yo mismo miro el equipo y no sé muy bien qué decir. Será porque yo voy con Escocia, ahora y siempre. Y allá donde veo una gaita, canto el Flower of Scotland y me acuerdo de Gavin Hastings, el Tiburón Blanco y David Sole: esos tíos ganaron el Grand Slam en campo inglés. Oh tempora, oh mores!.

Alineaciones
Escocia: 15 Hugo Southwell (Edinburgh), 14 Simon Webster (Edinburgh), 13 Ben Cairns (Edinburgh), 12 Graeme Morrison (Glasgow), 11 Sean Lamont (Northampton), 10 Phil Godman, 9 Mike Blair (capt), 8 Simon Taylor (Stade Francais), 7 John Barclay (Glasgow), 6 Ally Hogg (Edinburgh), 5 Jim Hamilton (Edinburgh), 4 Jason White (Sale), 3 Geoff Cross (Edinburgh), 2 Ross Ford (Edinburgh), 1 Allan Jacobsen (Edinburgh).
Suplentes: 16 Dougie Hall (Glasgow), 17 Alastair Dickinson (Gloucester), 18 Kelly Brown (Glasgow), 19 Scott Gray (Northampton), 20 Chris Cusiter (Perpignan), 21 Chris Paterson (Edinburgh), 22 Max Evans (Glasgow).

Gales: 15 Lee Byrne, 14 Leigh Halfpenny, 13 Jamie Roberts, 12 Gavin Henson, 11 Shane Williams, 10 Stephen Jones, 9 Michael Phillips, 8 Andy Powell, 7 Martyn Williams, 6 Ryan Jones (captain), 5 Alun-Wyn Jones, 4 Ian Gough, 3 Adam Jones, 2 Matthew Rees, 1 Gethin Jenkins.
Suplentes: 16 Huw Bennett, 17 John Yapp, 18 Luke Charteris, 19 Dafydd Jones, 20 Dwayne Peel, 21 James Hook, 22 Tom Shanklin.

06/02/2009 03:45 Autor: Mario. #. Tema: Historias del rugby Hay 15 comentarios.

Morir sin las botas puestas

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Mi equipo se fue a jugar a la Complutense y yo me quedé en casa, huérfano, con las botas tan vacías como el sábado. No quiero saber si jugaron en el Central de la universidad, pero seguro que jugaron en el Central. No quiero saberlo porque en el Central vi yo una mañana de domingo, hace muchos años, a Patrice Lagisquet: aquel ala izquierdo de Francia, perfil aguileño, los ojos hundidos y los labios prominentes. El clásico balón wallabie en las manos. Un conquistador imprevisto, de heterodoxo perfil cinematográfico, un dandi a la inversa al modo de Daniel Auteil. Aquella mañana vi a Lagisquet pasando contrarios de fuera adentro, como una luz ingrávida. No quiero saber si mis amigos jugaron en el Central, en ese mismo campo que pisó Lagisquet y que pisaron y pisan tantos otros. Para mí, ahora que la edad me ha desembocado en esta confusa mitomanía del rugby, hubiera sido una ocasión tremenda comandar a mi equipo en tal ocasión.

Pero me quedé en casa, porque la vida es aquello que te ocurre mientras piensas en otras cosas o estás haciendo planes; y tal vez por eso yo no hago planes, para que la vida no me agarre despistado, aunque me va a agarrar igual. La vida también es aquello que no puedes hacer porque tienes otra cosa que hacer, como trabajar, que consiste en arrancarle tiempo al tiempo, o mejor cambiar el tiempo por dinero: necesario pero delicadamente frustrante. Se quedaron mis botas vacías al aire húmedo de la niebla de la ciudad, cuyos perfiles se deshilachan en invierno, en esta bruma. Ya no llegaré a jugar en Twickenham ni en Arms Park ni en Croke Park ni en el Parque de los Príncipes. Nunca pensé llegar a jugar siquiera en La Isla, pero lo hice. Y me di el gusto de pisar los hermosos campos que marcaban en medio de los prados los equipos de la Liga del sur de Londres, aquellos campos de césped tupido como una barba asiática, húmedos, blandos, primorosos y empinados porque no los había diseñado un hombre, sino la suave naturaleza que delineó la tierra inglesa. He jugado en el Velódromo, en la Universidad de Zaragoza, en el campo de fútbol de La Almunia, en la Ciudad Deportiva de Ejea y en el viejo campo de fútbol de Ejea. En Teruel, en Sabiñánigo, en Jaca, en Huesca, en Calatayud, en Guecho, en la Universidad Pública de Pamplona, en la Universidad de Navarra y no sé en cuántos lugares más. Debo dejarme varios por los que pasé o pasaré, aún pasaré.

Sobre todo he jugado en el Seminario. A menudo me quedo solo en su campo oscurecido y frío después de los entrenamientos. Aguardo a que me diga algo, no sé bien qué. Pero está silencioso como una cueva. Me tumbo sobre él y espanto la rigidez de los músculos abrazado al aroma de la tierra. Cuando, de vuelta a casa, saco la ropa de la bolsa, aún huele a campo. Las botas tienen pedazos de barro endurecido que se hará viejo ahí, entre los tapones, hasta el próximo día. Y suelen estar húmedas, mojadas de sudor y frío, de sangre contenida y barro. Absorben vida como una esponja.
Miré ayer esas botas huérfanas y les tomé una o varias fotografías, pero no encontré en ellas ni su alma ni la tristeza de la orfandad. Tal vez debería haberme fotografiado yo mismo, vestido con el 1, pantalón corto, medias y botas de tacos y un balón de rugby, en medio de una avenida en sábado de rebajas. Para que la gente me mirase y a lo mejor me tomara fotografías. Tampoco ellos podrían capturar mi orfandad, que es un hada perdida, invisible. Las botas cuarteadas relatan partidos en su silencio agotador, como los campos. Se han rajado por los costados del empeine, sujetas con cinta que también sujeta la muñeca, los dedos torcidos, las orejas, los cordones para que nadie se enganche ni me enganche, a veces las medias, a veces los pantalones. Cinta siempre en los vestuarios, cinta para todo. Los tacos desgastados aún son legales, a pesar de un anuncio demasiado evidente de esa perversa baba, que es el arma preferida de los delanteros con cuentas pendientes y otras que abrir. Vacías, las botas son nada, pero sostienen la dignidad de haber pisado algunos campos y a muchos hombres. O a algunos hombres en muchos campos. No están hechas para caminar, como las botas de la canción. Están hechas para clavarse y avanzar, para retroceder sólo con el fin de dar impulso, para atacar y defenderse, para correr pero nunca para huir. Están hechas para la guerra y si yo tuviera que ir a una trinchera me las llevaría puestas, porque en su memoria guardan ya para siempre la oculta naturaleza brutal de un cuchillo, su misma inocencia y su misma exacta culpabilidad. Son el hombre que las calza, ni más ni menos. Con botas, uno puede morir tranquilo. Sin botas, uno se muere, sin más.

Botas de media caña, sobre el tobillo. Botas como un guante o una continuación. Botas que resuenan metálicas en los empedrados del vestuario, sonido inolvidable que se acalla al pisar el césped, al entrar al campo, al irrumpir en ese iniciático momento de la primera carrera. Son botas de trinchera, de bayoneta calada, botas que no retroceden, botas altivas, viejas, viejas botas queridas. Botas vacías. Decía García Márquez en El Amor en los Tiempos del Cólera: “Uno viene al mundo con los polvos contados; y los que no se usan por cualquier causa, propia o ajena, voluntaria o forzosa, se pierden para siempre”. Digo yo: uno viene al mundo con los partidos contados. Y cada partido que se juega, como cada polvo que uno echa, es un monumento al amor.

18/01/2009 12:10 Autor: Mario. #. Tema: Historias del rugby Hay 24 comentarios.

La culpa fue del balón

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Entre 1964 y 1971, mi madre dio a luz a una primera línea completa. Si los tres hermanos no llegamos a jugar al rugby juntos fue sólo porque en el último parto doña María Jesús alumbró a una niña, que con el tiempo se convirtió en mi hermana. Aunque nos costó años darnos cuenta de ello, la naturaleza fue generosa con nosotros y nos dotó para el juego desde la cuna: al nacer, mi hermano dio en la balanza 4,200 kilogramos; yo, dos años más tarde, subí la marca hasta 4,600; en progresiva evolución, mi hermana saludó al mundo marcando 5,300 en la báscula, ya sin cordón umbilical. Instante que el doctor aprovechó para darle un consejo a mi madre: “No tenga usted más hijos”. Y mi madre le hizo caso. Mi padre también.

Porque el pilar nace, aunque luego se haga. Aunque tarde 20 años en tomar su definitiva forma, como nos pasó a nosotros, que hasta pasada la adolescencia éramos jóvenes y atléticos y después fuimos jóvenes y primeras líneas. Y ahí nos hemos quedado, porque una condición bastante desconocida del rugby es que mantiene los cuerpos jóvenes, a punto para el amor o para la guerra, que son dos signos indudables de la juventud. Los Ornat jugamos juntos a principios de los años 90, vestidos de negro con el equipo de Ingenieros de Zaragoza porque el negro estiliza. Yo llevaba el 1 y mi hermano el 3. Celebramos la primera victoria con una cena clásica y ligera en El Pasgón, lugar de reunión nocturna de los abandonados diversos que genera la ciudad. Entre ellos, claro, un equipo de rugby. El menú era éste: ensalada ilustrada para abrir boca, judías blancas con tocino de primer plato, huevos fritos con jamón y chorizo de segundo, y flan de postre. Vino y gaseosa. Había un tipo que jugaba de tres cuartos, más imaginativo con la gaseosa que con el balón. Le gustaba lo que él llamaba “hacer estalagtitas”. Agarraba una botella entera de Konga, la agitaba violentamente durante unos 15 segundos y, a continuación, de súbito le quitaba el tape de rosca y la sujetaba en posición vertical. La gaseosa salía impelida como un géiser hacia arriba y entre líquido y gas, formaba en el techo unas agujas falsamente calcáreas y traslúcidas que muy lentamente llovían sobre la mesa el resto de la noche. Las estalagtitas.

Como cualquiera sabe, buena parte del rugby sucede en los bares, nunca en las bibliotecas ni a la entrada del cine. Los Ingenieros me ficharon en un bar y el Seminario me recuperó, años después, en otro bar. Digo recuperar porque yo ya entrenaba con el Seminario desde hacía algún tiempo, pero no tenía ficha. A la vuelta de un entrenamiento, tropecé con una fila de cervezas y con los chicos del equipo de mi hermano, que recuperaban también las toxinas perdidas con el ejercicio físico. En el mientras tanto, se pasaban un balón de rugby de mano a mano. Me invitaron a jugar. Acepté de inmediato porque estaba como los jarheads en el desierto de Irak, esperando a que los llamen para el frente. Necesitaba entrar en acción. Necesitaba saber cómo era eso de chocar con la cabeza por delante. Eso de destrozarte el cuello empujando. Eso de pasarle por encima a la melé contraria.

De los dos Ornat, mi hermano llegó al rugby primero y se fue mucho antes. En su honor hay que decir que inventó un arquetipo que pocos años después haría célebre Jonah Lomu: el ala que también podía jugar de delantero. Ornat sénior empezó con el 11 porque siempre fue rápido. Unos cuantos gin-tonics más tarde, hubo que cambiarle la camiseta y darle otra con el número 3. Era un tres veloz al que costaba seguirle los pasos, para su desgracia. Se le recuerda un instante habitual en cada partido. En el apretón de la primera melé, mi hermano abandonaba el paquete, desatendía el juego, se dirigía precipitadamente hacia la banda y durante unos segundos doblaba el vientre de espaldas al terreno de juego mientras elaboraba con su garganta líquidas voces de ultratumba. Una vez vaciado el estómago de las infusiones que se hubiera tomado la noche anterior, empezaba su partido. Regresaba a la melé lo más alegre y aquí paz y después gloria. Su momento más memorable, sin embargo, siempre llegaba en el tercer tiempo. Era un jugador de terceros tiempos. El primero y el segundo constituían una suerte de excusa para la reunión. A quien algo así le parezca un defecto o la semblanza de un jugador menor, debería recordar este principio fundamental: el rugby tiene dos tiempos de 40 minutos y un tercero de duración variable, según aguante y necesidades de los contendientes. El tercer tiempo no es un añadido singular, es PARTE del partido. Es decir, que también hay que ganarlo. Amigablemente y con cerveza, sí, pero hay que ganarlo. No puede ser que el equipo contrario beba más. Ni que cante más. Ni que recite más chistes de brocha gorda ni le falte con más gracia a las mujeres. Eso también es el rugby.

Mi hermano empezó a dejarlo el día que el Vaca, talonador melancólico, le dio un cabezazo en el pecho. La decisión, vista en perspectiva, supuso por su parte un acceso de reflexión sin precedentes. Esa tarde ofreció su último recital en el tercer tiempo. En el bar de la gasolinera, a la entrada de Santa Isabel, ya notaba una molestia persistente en el tórax cuando levantaba las espumosas jarras. Resuelto a no dejarse engañar por un golpe de nada, se anestesió con una buena serie de alzamientos hasta que el dolor se rindió al empuje ganador del alcohol. El tercer tiempo se fue calentando y el gran Ornat (como pilar que era) supo que debía tomar el mando de la juerga y terminó por interpretar el que siempre fue su número más aplaudido: caminar sobre las manos con las piernas en alto y dar volteretas laterales, ante el jolgorio de la beoda concurrencia. Al día siguiente lamentó haber llevado tan lejos sus habilidades acrobáticas: en su topetazo, el Vaca le había roto un par de costillas.

Mi hermano lo dejó. Yo seguí. Aún sigo. Si en algún momento pude dejar el rugby fue antes de jugarlo. Ahora sé que jamás podré dejarlo y no encuentro manera de resolver la ecuación de la edad y los partidos. Ese instante primero y único de duda pudo sobrevenir cuando, en el primer partido que miré en directo, vi a Carlitos Ezquerro aprovechar un agrupamiento para estrujarle los huevos a un contrario, con la consiguiente sesión de puños voladores. El rugby me enviaba un último aviso, que por supuesto desoí. La llamada primitiva me había alcanzado y no podía echarme atrás por un leve atisbo de psicopatía en un juego que yo pensaba idílico, noble, esforzado y prohibido para cerebros fuera de la ley. Decidí seguir adelante y probarlo, desde luego. Pronto entendí que los partidos de rugby, como la vida, están llenos de oscuros recovecos. Como diría el coronel Kurtz: “En la selva he visto cosas que vosotros no creeríais”.

La culpa de todo la tuvo el balón. El balón de rugby... Una vez que lo has tocado, te quedas atado a él. Un balón de rugby entre las manos constituye un viaje sensorial, no importa dónde ni en qué situación de la vida lo toques. El balón de rugby está hecho de una materia falsamente artificial. Puede que sólo sea goma inflada, pero su antropomórfica composición tiene algo que te eriza la piel. Para empezar, nadie sabe qué hacer con un balón ovalado. Salvo nosotros, que hemos aprendido a botarlo sobre su lado justo para que nos vuelva a las manos. El cerebro sabe aún más que nosotros mismos. Hay sonidos (el repiqueteo de las botas de tacos en las baldosas del vestuario cuando sales al campo), hay olores (la hierba que te aplasta la cara en el fondo de un ruck, las cremas que calientan los músculos en el vestuario y que persisten cuando sacas la ropa de jugar de la lavadora), hay sabores (el de la cerveza y otros que no se nombran) y hay texturas que el cerebro de un jugador de rugby reconoce de inmediato. Todas remiten a una sola: las sensaciones que uno tiene en el campo cuando toca un balón. La urgencia de avanzar con él hasta donde te dé el aliento, la obligación de usarlo bien, el rearme muscular frente a los golpes que vienen, la claridad para buscar espacios, evitar hombres, reconocer compañeros y no perderlo.

La nostalgia del rugby es traicionera, así que conviene no tener balones de rugby en casa. Porque puede suceder que uno esté al pedo en el sofá, toque la pelota como para entretener algo en las manos y... ese simple roce supone un peligro mayor: enseguida dan ganas de metérselo entre el brazo y el vientre y cargar contra las 32 pulgadas de TFT de la televisión. Ellas no lo entienden y te mirarán mal, haciéndote sentir raro o fuera de contexto, porque ellas no saben lo que se siente cuando uno gana la línea de ventaja en un partido. Ganar la línea de ventaja con un balón de rugby en las manos es como saltar por encima de las trincheras enemigas con un bebé envuelto en los brazos. Todos te quieren matar o bien están dispuestos a deshacerte los tobillos a mordiscos o a descerrajarte un tiro en la cabeza. Tú estás resuelto a morir si hiciera falta, porque un balón en las manos te abandona en un territorio de pasiones trascendentales que te hacen sentirte un héroe... Pero antes has de entregar al bebé almendrado, sano y salvo.

Ellas no lo entienden. No entienden que con la pelota en las manos uno no puede quedarse quieto. Hay que avanzar por cojones. Y si hace falta comprar una televisión nueva, se compra.

02/12/2008 09:08 Autor: Mario. #. Tema: Historias del rugby Hay 21 comentarios.

Cosa nostra

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Dedicado a Carcundo, el Piojo, el Turco y a toda la gente del Seminario.

El rugby es como la mafia, pero sin asesinatos. Está basado en la lealtad, el honor, la conciencia grupal, los ajustes de cuentas, el tráfico de sustancias y los parentescos inventados. Es una famiglia. Sobre todo en la delantera, aunque se han documentado casos de amistades morganáticas con la gente de la línea, esa gente. Conforme el número de la espalda crece hacia el 15, aumenta la desconfianza de los delanteros, que componen la infantería con traje y corbata negros, como reservoir dogs. La vida debería ser como una melé, pero con colonia para niños. No hay caretas y todo el mundo se conoce bien. Al que se pasa de la raya, se le ajusticia en la siguiente ocasión de forma que parezca un accidente. Los demás callan, otorgan, participan o calculan dónde y cómo reparar los daños. La ley del silencio la entiende todo el mundo. Hay que descreer de los delanteros que hablan con el contrario.

Fuera de la melé, el universo se torna voluble y desleal, y cualquiera sabe que conviene desconfiar de sus normas y aún más de la corrección política: que ahora no se puede pisar y que el balón tiene que salir rápido por el bien del espectáculo. Esas cosas. Fuera de la melé, todo el mundo es un extraño o se comporta como tal. El 10 suele venir de otro país, de otro rango social, profesa religiones de moda y bebe Aquarius después de los partidos. Su única posibilidad consiste en haber nacido en Ejea, aunque su apariencia continúa siendo extraña porque se comunica en ese idioma que se habla en Ejea y que sólo le entienden sus paisanos y el 12, su lugarteniente, el tipo feroz que le hace el trabajo sucio. Nuestro 10 es de Ejea de los Caballeros, un lugar repleto de truhanes: por eso juegan tan bien al rugby. Truhanes y caballeros. Las labores del 10 en el campo se reducen a cuestiones funcionariales o de poco calado, como recitar contraseñas numéricas, hacer extrañas señales con los dedos por la espalda a los chicos de la diagonal y utilizar términos como cruz, salto, falsa o toda, convenientemente mezclados para impresionar a los que le escuchan. Cuantos más balones se le caen, más aprecio le tienen los delanteros, que se dan el gusto de volver a la melé. Además de eso, el 10 patea a palos siempre que no haya un delantero que pueda hacerlo, lo que suele ser raro porque en el paquete menudean los superdotados. El 10 acostumbra a quejarse de que los delanteros se interponen en la línea de pase entre él y el 9. Y amonesta a los que lo hacen, explicándoles la necesidad de mantener limpia esa vía de salida. Los delanteros asienten y por dentro sonríen. Todo el mundo sabe que se trata de un comportamiento deliberado: el 9 sólo debería abrir la pelota cuando los delanteros lo decidan o se hayan divertido lo suficiente con sus tuercas y tornillos, jugando al enredo con los cuerpos y la pelota. Hacerlo al revés constituye otra de las muchas perversiones que el espíritu del juego ha sufrido desde su nacimiento.

El 12, el primer centro, puede ser el único jugador que un delantero respeta en toda la línea de tres cuartos. De hecho, juega en una posición envidiable si no fuera porque no participa en las melés. Dicen que hay un segundo centro, pero no está demostrado. Así como podemos constatar la existencia de dos pilares, dos segundas (que entre los dos no suelen hacer medio), dos flanker y dos alas, la existencia del segundo centro, sospechamos, no pasa de ser una formulación teórica de los entrenadores, que han inventado la figura para desconcertar a los que juegan y sostener así su presunta ascendencia sobre el grupo. Si el segundo centro de verdad existe, constituye un ente innombrable y el sentido de su vida consiste apenas en darle conversación al ala. Nadie ha confesado jamás haber hablado con un ala en el campo de juego, por tanto el segundo centro no existe. ¿De qué se habla con un ala, en cualquier caso? Si te los encuentras en el tercer tiempo te parece estar metido en un ascensor y sólo se te ocurre comentar el tiempo: “Qué buen día hacía hoy para jugar, eh”. Cuando los ves pasar cerca en el campo, a los alas dan ganas de preguntarles por la familia: si ya se casaron o qué tal están sus padres.

El 12, sin embargo, es otra cosa. El primer centro o inside pasa el tiempo en una violenta dicotomía vital que consiste en chocar contra las paredes y aplastar a los hombres. No se les puede dejar solos en una habitación y suelen dormir en cuartos mal ventilados. De ahí sus angustias. Morfológicamente, el 12 tiende a una engañosa redondez corporal y acostumbra a sufrir el síndrome de la bala de cañón: cuando se lanza en velocidad quiere arrancarle las piernas al que se cruce. Como buen depravado, le gusta sufrir y hacer sufrir. Aspira a placar y a que lo plaquen. Digamos que querría hacer las dos cosas al mismo tiempo y en cada jugada, si fuera posible. Es sexualmente hiperactivo y aficionado confeso a las parafilias. Tiene peligro dentro y fuera del campo. Fuera, hay que vigilarlo de cerca: lo mismo trata de intimar con una menor de edad que con el tercera de su propio equipo. En el campo son gente válida. Sí. En su psicopática mentalidad, el ideal de vida consiste en esta jugada: recibir la pelota, enfilar al apertura contrario, derribarlo, ponerle el sello en la frente al 12 rival, derribarlo, convocar a un par de terceras del otro equipo a la fiesta, cruzarles el codo en la boca, derribarlos y, cuando entrevé que el zaguero opuesto viene al cierre con intención de placarlo, soltar la pelota al primer amigo que pase por ahí, dejándose las manos libres para chocar felizmente contra el 15 o el muro del final del campo. Los primeros centros suponen casos extremos, muchachos que quieren placar también en el ataque y se las arreglan para hacerlo, aunque sea a costa de la lógica del juego. No faltan los que, cuando tienen la pelota, en lugar de buscar el intervalo que hay entre los hombres, buscan a los hombres que hay entre los intervalos, llegando a retroceder en busca de un contrario o ajustar la carrera para dejarse alcanzar y así poder atizarle a gusto al defensa. Naturalmente, un delantero ha de animar este tipo de comportamientos y aun ensalzarlos. También porque el primer centro observa la decente costumbre de romper cerca de los agrupamientos, lo que siempre es de agradecer. En fin, hay que reconocerlo: el centro es un hombre. No es un delantero, pero es un hombre. Todo no se puede tener.

Otro de sus méritos es que está a tres números del zaguero, un tipo despreciable al que le gusta jugar con el pie, se mancha poco la camiseta y suele ser guapo. En ocasiones marca ensayos pero casi nunca es el hombre del partido. Por las noches, el zaguero gimotea en su casa porque no comprende esa contradicción: ser la estrella y que nadie lo reconozca. A menudo, los primeras líneas incluso ignoran cómo se llama el zaguero de su propio equipo. Cuando el entrenador recita la alineación, el primera línea se queda en el cuatro o el cinco. El resto de nombres apenas los oye. Está todavía calculando las señas verbales que ordenan las touches, en su inútil intento por memorizar si en las de campo propio que saca su equipo entran cuatro, cinco o todos, si hay mol, peel off, ruptura de la primera torre, pase a ras o palmeo al nueve. Por eso, porque tiene cosas mucho más importantes de las que ocuparse, asuntos que conciernen de verdad al bienestar de la familia, ningún primera línea que se precie recordará jamás el rostro del 15 contrario. Así como los leones y felinos depredadores poseen una visión con una delgada franja de enfoque horizontal, que les permite localizar a sus presas en el horizonte pardo de la sabana, la naturaleza ha dotado a los primeras líneas con una variación óptica: la profundidad de campo de su mirada es mínima. Enfocan al morrillo del pilar opuesto, la carne que rodea los trapecios y las zonas erógenas del cuello y los parietales, donde uno intenta hacer diana. O sea, hacer daño cruzando un cabezazo. La ciencia no ha explicado todavía esta particularidad de los primeros líneas. Los demás prefieren reírse de ellos y explicar que los balones se les caen de las manos porque son lentos, torpes o tienen un dedo del tamaño de dos. No es así: es que no ven, sin más. Los primeras viven en estricto primer plano y son felices con eso. Nunca han visto a un zaguero salvo en el vestuario. En el tercer tiempo, el tipo que jugó de 15 es como el público de la grada: gente a la que le gusta ver rugby, pero no les apetece llenarse de barro ni que les den golpes. En el fondo, hay que agradecerles que vengan y aplaudirles al final en reconocimiento a su tangencial labor.

Ahora hablaremos del medio de melé, uno de los casos más terribles en cualquier equipo de rugby. El 9 opera en el paso fronterizo entre la realidad y la ficción, la melé y el resto del mundo. Cuando el entrenador divide a línea y melé, los nueves siempre se quedan un momento parados, tratando de descifrar a qué lado deben ir. Esa crisis de identidad los afecta, a veces de modo fatal. Todos sabemos que, en conciencia, el medio melé viene a ser un proyecto de delantero al que la naturaleza no lo dotó como es debido: no le llegaron los kilos, la altura ni la inteligencia para jugar en el paquete. Piensa demasiado. Lo obliga su equívoca condición. Dicho sin ánimo ofensivo, el medio de melé viene a ser un transexual, un caso de hormonas equivocadas. Se comporta como un hombre, está musculado, acostumbra a ser recio y muestra arrojo, aunque todo en un cuerpo resumido, sin la expansión fisiológica de un auténtico macho de la melé. Su jugada preferida lo denuncia: en cuanto puede, se mete en el ruck y maulla de felicidad cuando, mientras auténticos hombres lo aplastan y rodean, oye gritar a los que se han quedado donde debería estar él: “¡¡¡No hay medio, no hay medio!!!”. El pick and go consiguiente, que le da tiempo a levantarse y retomar sus obligaciones, lo devuelve a la realidad. El resto del tiempo va de aquí para allá detrás de los gordos y éstos le permiten que mande, que les diga dónde empujar y dónde no, siempre que no contradiga su propia opinión y les compre cervezas en el tercer tiempo. El medio de melé querría ser como los muchachos de la primera línea, por eso suele beber mucho y masticar con la boca abierta. Sus intentos pueden quedarse en lo patético. Los muchachos de la primera línea modelan sus cuerpos, ganan y pierden kilos con estupenda facilidad, saben bascular la barriga para diversión de los demás, satisfacen dos veces a las damas (cuando se ponen sobre ellas y cuando se quitan de encima) y, sobre todo, pueden dar de tetar a los bebés de su propio pecho. Además, cuando ya no producen leche porque la edad los ha traicionado, se van al gimnasio a endurecerse las aristas, mientras un endocrino les entrega una tablilla y les mide la grasa corporal. De pronto pierden 15 kilos y corren como si se hubieran comido una liebre. Los primeros líneas son longevos, juegan hasta los 40 y más allá. En la vida real, esa amoralidad metabólica de los primeros líneas contraviene la moda y da lugar a muchas opiniones. Es verdad que no pueden comprarse camisas en Zara, pero en el campo de juego su excelencia física supone una ventaja que se suma a otra de orden moral: los primeros líneas son los depositarios del rugby auténtico, original, primigenio y único. Eso no se puede negar...

En el principio, el rugby fue un pack de 15 delanteros en inacabables moles de los que nunca salía la pelota. Rara vez. Si salía, quedaba transgredida de inmediato la naturaleza lógica del juego. Para qué correr. ¿Para llegar antes? ¿Acaso no da más gusto llegar empujando? Recorrer 35 metros arrastrando cuerpos, triturando carne, pisando cadáveres… Eso es un ensayo. Los ensayos por velocidad, contrapié y combinación quedan bien para las chicas de la grada y los espectadores de la televisión. Qué diferente de esas alegres montoneras articuladas en la que doce sujetos se derrumban sobre la hierba en la zona de ensayo, entre bufidos, pedos y ladridos de pedregosas gargantas. Al levantarse, al menos cinco de ellos proclaman haber sido los autores de la marca: yo tenía un dedo, el mol lo inicié yo, sin mi empuje jamás habríamos llegado, árbitro apunte mi nombre, soy el uno, bien gordos bien. Y otro sonríe porque fue el autor intelectual: jugamos con el segundo saltador, mol estable y empujamos hasta los almendros, les dijo antes de sacar la touche. En el Seminario, Angelito Largo definió las intenciones de una melé con esa frase: hasta los almendros, en referencia a los arbolitos que lindan con los campos de Tarazona y el fondo de la línea de marca. Quiere decirse que hay que pretar los culos y abrochar hasta perder la conciencia. Empujando hasta que se aflojen los esfínteres.

En el fondo, la familia descansa sobre los hombros de los primeras líneas. Todos lo saben y lo reconocen en cuanto se emborrachan y se ponen cariñosos. Porque la gente, ahí afuera, sabe que puede contar con ellos. Si alguien deja una cuenta pendiente, le meten una cabeza de caballo en la cama al talonador contrario. Muéstrenme un zaguero capaz de eso.

16/11/2008 17:43 Autor: Mario. #. Tema: Historias del rugby Hay 44 comentarios.

Mamá, yo quiero ser pilier

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Jugar al rugby es como andar en bicicleta: en cuanto empiezas a darle, te acuerdas de cómo iba la cosa. Esto es, agarras el balón en apoyo de una ruptura de tu amigo Blas y viene por el lado ciego un tipo que te vuelve la nariz del otro lado. Afortunadamente, a pesar del cacharrazo, el cerebro trabaja solo, ordena por riguroso orden de prioridad, toma decisiones, comunica mensajes y resuelve actos: no hay dolor, no hay dolor... el baloncito limpio, atrás, ahí sobre la hierba, como un bebé, arropadito como un bebé,, para que lo jueguen los que quedan en pie. Y ahora, cuando se levante toda esta gente que nos ha caído encima, chato, ahora cuando estos ochocientos kilos que nos aplastan se vayan a liarla ocho o diez metros más allá, porque es lo que les gusta, entonces ya miraremos a ver si nos han roto la nariz, nos han derribado el puente sobre el río Kwai o nos han hecho la estética completa con una de esas rajitas que tanto gusto le agregan a las fotos carcelarias de los malevos.

Son apenas tres minutos de partido, del primer partido, del primer amistoso ("en el rugby no hay amistosos; lo único amistoso es el tercer tiempo... y no siempre", les había dicho yo a los chicos, como si ellos no lo supieran); tres minutos y, espera, joder sí... me baja por el caño izquierdo un cosquilleo líquido y eso viscoso que gotea sobre la hierba es lo que es. "¡Señor, cambio por sangre!", grita alguien. Deben de estar hablando de mí. Sí, estoy sangrando. Miro al suelo puesto a cuatro patas, una posición que sólo en un par de situaciones de la vida no resulta patética, y ésta no es una de ellas. Sangre en la hierba. Rojo sobre el verde, como mi camiseta.

Ahora habrá que examinarles las caras mientras me curan. Su cara es mi espejo. Depende de la aprensión de las miradas y los comentarios, uno sabe hasta dónde llega la cosa, más o menos. En el fútbol hubieran salido ya seis ambulancias y 14 personas al campo con camillas, mantas, desfibriladores, la uvimóvil, Vilches el de Hospital Central, el equipo de reanimación, la cánula contra la inversión de la lengua y las botellas de agua para que el resto de los futbolistas se refresquen, que andan deshidratados los pobres. Aquí no hay nada de eso. Uno mismo camina hasta la banda con ese hilo de chapapote saliéndote de las entrañas, y te atiende el Tonono, que es amigo tuyo, hermano diríamos porque ha jugado culo con culo contigo, porque ha repartido algún puñetazo que te correspondía a ti o bien se ha llevado otro que lo mismo, también era tuyo por sorteo... Tonono mira y no afirma, como los facultativos. Pregunta: "¿Te la notas rota?". "Yo creo que no, me parece que es sólo el golpe". Un placaje mal medido; o muy bien medido, según como se mire. El hombro golpea el cuerpo, al modo reglamentario, sí, pero ningún árbitro suele fijarse dónde golpean brazos o antebrazos en el momento del impacto. Y son un arma contundente contra el rostro ajeno. Se placa con el hombro, pero se golpea con todo lo que uno puede. El asunto va de eso, todos lo hemos hecho. Lo hacemos. Lo haremos.

Tonono pide algodón y agua. Es lo que hay. Algodón y agua. Y si eso no te cura, ya lo hará la vida. En realidad tenemos un botiquín completo, con cánula y todo porque el doctor Saló la trajo cierto día y nos dio un tutorial de cinco segundos y medio sobre cómo sacarle la lengua del esófago a un compañero si le diera por comérsela. Como estábamos a punto de empezar un partido, en el ritual de embrutecimiento, nadie lo miró ni atendió nada. En el botiquín hay muchas cosas, pero ninguna sirve para hacer radiografías a la nariz de un-pilar-que-juega-hoy-de-talonador-porque-quizás-ya-no-pesa-lo-que-debería-pesar-un-pilar-izquierdo. Así que aparte de meterte algodón en el agujero y limpiarte la sangre de las manos con agua para no parecer El Carnicero Bill Cutting (Daniel Day-Lewis en Gangs of New York) no hay mucho más que hacer. Frenar la hemorragia y listo. No es grave, creo. Se acerca el entrenador, que vigila de reojo el campo y hace una sola pregunta: "¿Puedes seguir?". Naturalmente que sí. La nariz no es del cuerpo.

Lo mío suelen ser las cejas. Cejas abiertas como los cortes de los boxeadores, una tontería muy molesta porque hay que detener la sangre o no puedes seguir jugando, y depende del árbitro que te dejen. Esta vez es la nariz, que ya tengo torcida siempre hacia un lado porque un portero despejó de puños en cierta ocasión y no encontró el balón, sino que me encontró a mí. Casi todas las semanas me la retoco un poco con algún golpecito en entrenamientos o partidos. Los golpes que se extravían, caen ahí. Esta vez no se había perdido, venía directo buscándome. Conforme la tarde avanza, y sobre todo a la mañana siguiente, la nariz se me pone como a Jake De Niro La Motta en Toro Salvaje; aparecen unos contrafuertes de carne tumefacta entre los ojos y el apéndice nasal y el puente se inflama y toma un cierto aspecto de aplastamiento. Me miro en el espejo y digo: "Así se la ponen a los púgiles, machote". Los párpados inferiores empiezan a colorearse de una línea cárdena, arriba se diría que me he dado sombra aquí, sombra allá, y que alguien llamó a la puerta en pleno proceso. Y la mirada bizquea. Es un efecto óptico: como todo se ha hinchado, disminuye la distancia entre la nariz y los ojos, que han reducido su tamaño, y parece que estás mirando al centro continuamente. "Un delantero tiene que acabar el partido con la cara marcada", solían decir.

Si la vida fuera una melé, estas cosas no importarían lo más mínimo y yo, desde luego, no me hubiera rasurado la barba porque esa barba me daba un aspecto imponente con el uno a la espalda. Pero luego hay que salir por la calle, ir al bar, puede que hasta aparecer en televisión, aunque ya no. Y luego está tu madre, que generalmente me grita, entusiasmada por cómo mejoro con la edad: "¡Pero qué cosa más guapa tengo!", mientras me besa. Y la frutera, qué ojos tan azules y tan bonitos tienes, maño. Pero ahora tu madre te dice: "¡Córtate ya la barba, marrano!". Te mira la nariz y con cara de reprensión pregunta: "¿No es hora ya de que lo dejes, que tienes 39 años, que algún día te me van a devolver en pedazos?". Una madre es una madre. Cómo explicarle que la vida en la melé es otra cosa. La vida en la melé es la vida en la melé. Cómo decirle: "Mamá, yo quiero ser pilier". Yo quiero tener el aspecto tabernario de los pilares italianos, con sus barbas tupidas, cerradas, amenazantes; y parecerme al oso Adam Jones, ser en el campo un macarra como David Sole, con las mangas cortadas por encima del bíceps para que nadie me agarre de ahí y de paso se me vea el gimnasio; tener cara de malo como Jeff Probyn, ser en el campo igual de intimidatorio y de inteligente que Keith Wood... Cómo hacerle comprender a mamá que yo persigo de forma imposible a Angelito el carnicero, que llegó a jugar con 45 y una vez que lo tuve de pilar izquierdo a mi lado con esa edad, estaba yo de talonador y veía no sólo la pelota que iba a introducir el medio melé, sino también al medio melé de arriba abajo, las laderas del Moncayo, el copete de nieve de las cumbres y buena parte de la provincia de Soria con sus cárdenas roquedas por donde traza el Duero su curva de ballesta, que escribió Machado. Eso es un pilar izquierdo, qué cojones. Y pensaba yo cómo tendría la espalda el pilar derecho del contrario, al que podrían contratar de Quasimodo, seguro, en el próximo montaje sobre el rijoso monstruo de Notre Dame.

El rugby es como andar en bicicleta. Entras en el vestuario, te sientas para empezar a cambiarte, miras a los otros y piensas: "Hala, a pegarnos otra vez: parecía que no iba a llegar nunca el día".

[Foto: el fotógrafo francés Denis Rouvre tiene una hermosísima serie de imágenes con jugadores de rugby como protagonistas. Unas más sugerentes, otras más directas, algunas tiernas, otras brutales, emocionantes o artísticas. Entre todas, una serie de retratos de rugbiers al término del partido: sus rostros, sus espaldas, sus músculos, sus miradas. Un relato gráfico de las vidas comunes en oval].

06/10/2008 11:46 Autor: Mario. #. Tema: Historias del rugby Hay 31 comentarios.

El cuerpo está al servicio del club

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MediaPunta me invitó a reflexionar sobre las diferencias entre el modo en que un jugador de fútbol juega y se entrena, y la forma en que lo hacen los jugadores de rugby. Todo sobre el fondo de una entrevista en la que el preparador físico del Recreativo hablaba de la implicación en unos y otros. Naturalmente el juicio me salió escorado del lado del rugby, pero cualquiera hubiera hecho lo mismo. Ahora... esta mañana tuve una larga conversación con Pablo Aimar, sin micrófonos ni grabadoras por el medio, y sé que si este artículo lo hubiese escrito después de esa charla habría girado un poco más la perspectiva o hubiera dejado fuera algunas de las afirmaciones de más filo. Pablo es el futbolista más verbalmente inteligente con el que me crucé nunca, capaz de sobreponerse a los lugares comunes en los que todos nos movemos y abstraer algunas verdades íntimas, sinceras, universales en el fondo, sobre el oficio del futbolista, ese suceso tan extraño que constituye la idolatría, las responsabilidades de la Prensa, el negocio de Hollywood que mueve este juego y su convivencia con los sentimientos (los propios y los de la gente que mira). Yo fui un poco cínico en un artículo el otro día y los cínicos, dijo Kapuscinsky, no sirven para este oficio. Pablo piensa igual que el periodista polaco, del que por cierto leo ahora Un día más con vida. La conversación con Aimar fue enriquecedora, espero que para los dos; eso sí, un par más como la de esta mañana y el Cai me convence para retirarme del periodismo. Te digo que no sé si no debería arriesgarme... Dejo lo de MediaPunta.

El cuerpo está al servicio del club

Siempre se dijo que el fútbol es un deporte de caballeros practicado por villanos, y el rugby un juego de villanos practicado por caballeros. Pedro Píriz, preparador físico del Recreativo, trabajó para un equipo de rugby e intenta trasladar al fútbol el modo en que los jugadores del balón ovalado viven, sienten y practican su deporte. Pero es en vano. Los futbolistas, razona, han olvidado la motivación inicial que los impulsó a ser jugadores de élite. En el rugby se dice que el cuerpo está al servicio del club. Pero... ¿quién está al servicio de quién en el fútbol?

Uno recuerda haber encontrado en Buenos Aires a un taxista al que no le gustaba el fútbol, pero en general en Argentina ese tipo de cosas no ocurren: a todo el mundo le gusta el fútbol de una manera apasionada, casi irracional. Sin embargo, durante el pasado mes de septiembre se coló en el imaginario popular argentino cierta quiebra de la fe en el fútbol y los futbolistas, como si alguien hubiera abierto una ventana o iluminado alguna verdad oculta en la sombra. De tan relativa epifanía tuvieron la culpa los Pumas, la selección albiceleste de rugby, que ganó a algunos de los mejores equipos del planeta en el Mundial de Francia. No era sólo una glorificación atlética; tenía que ver con valores morales: el esfuerzo, la superación, la solidaridad, la entrega sin condiciones. En un momento dado, hasta la prensa política llegó a conjeturar que lo más cierto y noble del ser argentino estaba resumido en los Pumas. Si el país fuera como los Pumas..., suspiraban.

Esa admiración es típica en el rugby, un deporte que gusta incluso a quienes no lo entienden. Pero hay quien quiere ir más allá en la contraposición entre fútbol y rugby, dos deportes por cierto de rama única. Pedro Píriz, preparador físico del Recreativo de Huelva y profesor de Entrenamiento Deportivo en la Universidad de Sevilla, trabajó durante una temporada con el Monte Ciencias, equipo sevillano de la División de Honor de rugby, y reconoce que aquella experiencia varió su percepción: "En mí hay un antes y un después del rugby -decía en una entrevista en el Diario de Sevilla-. El concepto de jugar es exclusivo del rugby. Es donde mejor se produce lo que yo llamo la transformación, que otros le dicen implicación, etc. El jugador de rugby es otra persona cuando juega o se entrena. Yo lo aplico ahora al Recre, pero el fútbol es muy diferente". ¿Cuál es esa diferencia?

Alguien que ha jugado al rugby (y al fútbol) intuye que esa transformación de la que habla Píriz no es una actitud tanto como una necesidad. Nace de la pura naturaleza del deporte del rugby. Su condición grupal (casi tribal, como se puede advertir por el modo diferencial en que los jugadores escuchan los himnos de su país antes de un partido) opera en el rugbier a todos los niveles. El fútbol tiende filosóficamente al individualismo, precisa de héroes solitarios y los corona. El rugby supone la glorificación del colectivo. Por convicción y, otra vez, por pura necesidad. Raul Fain Binda, articulista de BBC Mundo, escribió un hábil y preciso corolario de las diferencias entre ambos deportes. En él escribía: "El rugby, mucho más que el fútbol, es el juego de equipo por antonomasia. Un futbolista solo en medio del campo puede ser Maradona, Pelé, un individuo, un genio. Un rugbier solo en medio del campo es un náufrago, un pobre infeliz, la víctima de un asalto".

Se dice que alguien juega al fútbol o juega al rugby, pero cualquiera que haya practicado el rugby sabe que ese término, jugar, no refleja de forma estricta la dimensión de lo que ocurre en el campo. El fútbol tiene aparejado un componente lúdico y estético del cual carece el rugby. Los entrenadores de fútbol suelen invitar a sus jugadores a "divertirse" en el campo. Cruyff y Rexach decían: "Para jugar al fútbol no se debe sufrir; Lo que se hace sufriendo no puede salir bien". Ese factor es decisivo. En el rugby no hay juego, hay acción. Si acaso, incurre en la misma contradicción que el llamado arte de la guerra. No hay posibilidad artística en algo atroz como la muerte; ni componente de diversión en un juego dedicado a la victoria por el sufrimiento o, en el peor de los casos, al sufrimiento por el sufrimiento. Una significativa particularidad: en el rugby no existen los partidos amistosos. En ninguno de los sentidos del término.

Para saberlo basta estar en un vestuario de fútbol y en uno de rugby, no importa la categoría del partido. En el rugby el equipo se viste en silencio, inmerso en un ritual de vendas, linimento, cremas calentadoras, masajes, cinta para sujetar las torsiones articulares, esparadrapo, fundas en los dientes, vaselina en el rostro, balones golpeados contra los hombros, cuellos en violentas rotaciones, miradas obtusas, tensión en las voces, letanías de embrutecimiento. Cuando un jugador de fútbol se pone una camiseta, se está vistiendo con una parte del producto que él mismo constituye. Cuando un jugador de rugby se pone una camiseta, se está envolviendo en una bandera o en una armadura. La camiseta comunica valores que hay que defender y actúa como coraza que aprisiona el esqueleto, haciéndolo duro, intocable, resistente, poderoso.

El futbolista, en ese instante antes de salir al campo, quiere ganar y hacer gol, por ese orden; el del equipo de rugby se ve obligado a anteponer una necesidad mucho más primaria: quiere ser piedra. Y piedra generosa: que me plaquen a mí y tú marca el ensayo. Ese anhelo obliga a aparcar la conciencia, a suprimir cualquier pensamiento superfluo: eso es lo que se llamaría implicación o mentalización. Tal actitud no implica una anulación de la inteligencia. Todos los deportes deben ser ejercidos como una ciencia con leyes propias, por tanto con inteligencia. El rugby, aunque parezca sólo una reunión de brutalidades, no es diferente. Para jugar hay que pensar. La autora francesa Françoise Sagan anotó: "No me gusta el rugby por violento, sino por inteligente".

Un tirador deportivo de precisión sabe que no puede competir sin concentrarse; de la misma forma, un rugbier asume el castigo que implica el partido y de forma automática su mente se dispone para ese fin. Pedro Píriz lo resume así: "El mayor problema del fútbol es que se olvida esa transformación. El jugador gana muchísimo dinero, tiene la vida solucionada y no recuerda que aquella transformación que hacía en sus inicios fue la génesis de su estatus actual. En el rugby no te olvidas porque no es que pierdas, es que te hinchan a palos". La célebre presión que soportan los futbolistas sólo es un reflejo abstracto de un anhelo colectivo. A la hora de la verdad, hace poco contra una cuenta corriente repleta o frente a la posibilidad de cambiar de club si el barco se hunde o las cosas no son como uno las quiere.

La superioridad moral del rugby, si queremos entenderla así, proviene de esta certeza: todo lo que ocurre es verdad. Rigurosamente cierto. No queda lugar para la simulación. Tampoco se puede jugar al escondite. Si sales al campo, estás en el campo. Si estás en el campo eres susceptible de ser derribado, apaleado, mordido, atacado, frenado, hundido, golpeado, retorcido, aprisionado y demolido. "En los scrum* pueden ocurrir cosas espantosas, que dejarían a un futbolista en cama por dos meses. Al ser de contacto directo, de impacto, el rugby es mucho más violento que el fútbol y justamente por eso los jugadores se quejan menos", analiza Fain Binda. Un futbolista que no mete el pie corre el peligro de que lo llamen mingafría, pero se expone sólo a ese riesgo relativo: a los 30 segundos, el mingafría puede tirar un caño, reírse del contrario con un gol anotado con la mano o producir una maravilla fugaz en el borde del área. Su perdón es el mismo perdón que se le otorga al virtuoso malhumorado del piano, al científico loco o al literato recluido en un malcarado silencio. Los futbolistas gozan de la bula de los genios. En el rugby, la cautela está prohibida. Nadie te llama mingafría. Directamente alguien, incluido tu espejo, te dice: "Chaval, tú no puedes jugar a esto".

*Scrum o scrummage: término inglés para designar lo que en español llamamos melé, palabra de origen francés

03/04/2008 15:38 Autor: Mario. #. Tema: Historias del rugby Hay 13 comentarios.

Filosofía oval

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Es célebre la arenga del galés Phil Bennett a sus compañeros antes de un partido contra Inglaterra en los años 70:

"'Mirad lo que estos bastardos le han hecho a Gales. Se han llevado nuestro carbón, nuestra agua, nuestro acero. Compran nuestras casas y sólo las usan una quincena al año. ¿Y qué nos han dado ellos? Absolutamente nada. Hemos sido explotados, violados, sometidos y castigados por los ingleses... Caballeros, contra esos tipos jugamos esta tarde".

En el rugby hay individuos de locuacidad expansiva, ingeniosos, emotivos, comunicadores. Elementos capaces de la charla política -como Phil Bennett- y del arte de la guerra en palabras. También los hay que se comportan de un modo siempre críptico, silencioso, con una cautela formal que anticipa el atroz engaño del hombre tranquilo: a menudo los callados son los más peligrosos en el campo. No exponen al aire de las palabras ni sus razonamientos ni sus dudas; no someten a consideración ni a aviso alguno sus acciones. Hacen lo que deciden en callada reunión consigo mismos. Sin advertencia ni amenaza previa. Tal vez pegarle un cabezazo al contrario de la otra línea cuando se agache en la melé; o vaciarle la sien de sangre con un puñetazo de vuelo corto en un agrupamiento; o bien bailarle claqué sobre la espalda si tiene la fortuna de que su equipo arrastre al contrario y le pase por encima en una jugada cualquiera.

Bajo la apariencia de una reunión de animales y psicópatas del dolor, los vestuarios de rugby de todas las categorías, edades y países están repletos de filósofos ocultos, de pensadores surreales y de genios periféricos. Tipos de razonamientos singularísimos y una aplastante lógica que atraviesa la realidad en dirección trasversal. El rugby está lleno de personajes. No hay lugar en el que yo me haya reído más que en un vestuario de rugby, en una cena de rugby, en un autobús de camino o de regreso de un partido de rugby. Tampoco hay un lugar en el que me haya emocionado más. La primera vez que gané un partido, un partido cualquiera, me puse a llorar en silencio cuando acabó. Jugar al rugby era extraordinario; ganar, era la hostia. La otra tarde, 15 años después, hice dos ensayos en Teruel, suceso sin precedentes en la historia de este juego, y después del segundo volví hacia mi campo con un nudo en la garganta.

Los tres cuartos (veloces, ágiles, habilidosos, bien dotados para el deporte y para el amor físico) jamás podrán alcanzar a entender lo que significa para un primera línea meter un ensayo. Ni siquiera los terceras lo comprenden. Es algo así como una condecoración emocional que remata el sufrimiento del partido. La sospecha mutua entre los jugadores de la línea de tres cuartos y el paquete de delanteros forma parte de la historia del rugby y está expresa en muchos renglones de la literatura que ha dado este deporte: "En 1823, William Webb Ellis cogió el balón con las manos y echó a correr con él. Y durante los 156 años siguientes, los delanteros han intentado comprender para qué". Eso lo dijo Sir Tasker Watkins (1979), héroe galés de la II Guerra Mundial y presidente de la federación de ese país en los noventa. El inglés Lionel Weston añadió en cierta ocasión: "No sé para qué juegan al rugby los pilares". Una desconsideración notable, sobre todo viniendo de un medio de melé. El medio de melé es la correa que distribuye los balones que gana la delantera y los lleva hacia los tres cuartos para que el juego fluya. También ha de actuar como Pepito Grillo de los gordos y en cierto modo hacerles de brújula, indicándoles dónde deben empujar, dónde han de ir al siguiente agrupamiento, hacia qué lado ha ido la pelota. Su juego contempla dos obligaciones ineludibles, una en el campo y otra fuera. En el campo, ha de usar bien y rapidito las pelotas que con el sudor de sus huevos ganan los delanteros, sobre todo para que los de atrás puedan dejarla caer cuanto antes y así permitir a los delanteros el placer de otra melé; fuera, debe pagarles cervezas -sobre todo a los primeras líneas- para que éstos le mantengan su consideración especial. También conviene que el medio de melé se meta a veces en el lío con ellos durante los partidos; jamás va a ser un delantero, ni siquiera un delantero honorario, pero gestos así unen mucho a un paquete con su número 9.

Un primera línea puede fácilmente pasarse el partido sin tocar la pelota ni una sola vez, aunque no debería. A cambio empujará, trabajará, agotará su aliento, mancillará sus riñones y los del contrario si puede y escupirá sobre la tumba del primera línea rival al que arrastre con su empellón. Un tipo que pasa el partido así, encadenado en la sala de máquinas, tiene derecho a sospechar de un tres cuartos que no acaba una jugada. En efecto, parafraseando al francés Pierre Danos (al que en sus tiempos apodaban Dominguín por la gracilidad torera de su juego), el rugby se divide entre los que tocan el piano y los que empujan el piano. Los delanteros somos los que carecemos de oído.

A menudo también desconocemos o dudamos de las reglas del juego. O acaso las pasamos por alto para darnos el gusto de una agresión a escondidas; preferimos un golpe de castigo por una retención -con el consiguiente riesgo de ser pisados o magullados- antes que entregarle la pelota al rival en ventaja. En el desconocimiento de las reglas, así, concurren el desinterés y la conveniencia. Lo expresó muy bien el genial galés Jonathan Davies en 1995: "Creo que te diviertes más si ignoras el reglamento; en todo caso, si lo haces estás igualado con los árbitros". La otra tarde, en Teruel, el pilar contra el que me pasé la tarde chocando se quejó en una melé: "¡Eh, que los pilares no pueden talonar...!". ¿Quién te ha dicho eso?, le contestamos. Es un caso extremo. En ese momento creí comprender que su sospechosa costumbre de cruzarme la cabeza en cada melé -con lo que conseguía golpear la mía antes de que chocaran nuestros hombros, actitud muy típica- no era en realidad deliberada. Un par de veces estuve a punto de sacar mi gancho de izquierda para retratarlo, pero atribuí el caso a su inexperiencia y lo indulté. Tal vez a alguien le parezca que la violencia no lleva a ningún lado. Yo les digo esto: puede que ahí afuera estemos en el siglo XXI, pero en el campo de rugby no hemos pasado de la jodida Edad Media. En el campo no hay lugar para la condescendencia ni para segundos pensamientos. Esa es mi filosofía. Además, ya lo dijo Pierre Berbizier: "Si no aguantas un puñetazo, mejor te vas a jugar al tenis de mesa".

[Foto: la vida, vista desde el entresuelo de un ruck, es otra cosa: "Los delanteros son esas criaturas torvas con cicatrices que sufren una rara propensión a chocar y desangrarse unos contra otros", escribió Peter Fitzsimmons].

05/02/2008 15:19 Autor: Mario. #. Tema: Historias del rugby Hay 29 comentarios.

Yo soy el 1

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Una de las ventajas de jugar un partido amistoso de rugby es que el término amistoso carece por completo de significado. La superioridad moral del rugby como deporte proviene de esta certeza: todo lo que ocurre es verdad. Rigurosamente cierto. No queda lugar para la simulación. Tampoco se puede jugar al escondite. Si sales al campo, estás en el campo. Si estás en el campo eres susceptible de ser derribado, apaleado, mordido, atacado, frenado, hundido, retorcido, aprisionado y demolido. La única suerte es que tú puedes hacer exactamente lo mismo con los 15 de enfrente, lo que equilibra las posibilidades en la exacta medida en que tú seas capaz de equilibrarlas. Hay otra cuestión: todos somos fuertes pero siempre puede haber uno más fuerte que tú. Eso está bien, funciona en todas las direcciones. Pero no implica la cautela. La cautela está prohibida. Cuando yo empecé a jugar al rugby conocí a un medio de melé de mucha clase que nos decía: "Hay que jugar sin talento". Es decir, hay que aparcar la conciencia. De esto ya he hablado alguna vez. La supresión de la conciencia no supone la anulación de la inteligencia. Todos los deportes deben ser ejercidos como una ciencia con leyes propias, por tanto con inteligencia. La habilidad y la prestancia física componen sólo una parte más en un conjunto regido por el cerebro. El rugby, aunque parezca otra cosa, no es diferente.

Yo soy el 1 del Seminario. Me gusta decirlo así. Yo soy el 1. Me gusta ser el 1 y no cualquier otro número. A veces he sido el 2 y en ocasiones el 3, pero siempre quiero ser el 1. Soy un fundamentalista del 1. Si en el acta me apuntan con el 3, pido que me lo cambien; si me quieren dar la camiseta con el 3, pido el 1. El 1 me distingue porque en el rugby, como en el viejo fútbol, el número todavía designa la posición en el campo. Yo soy pilar izquierdo. Como dicen los ingleses, loose-head prop: pilar con la cabeza libre. Se refiere a la posición que ocupas en la primera línea de la melé, un lugar donde todavía huele a hombre. Hacedlo así: tomad los dedos índice, corazón y anular de cada una de vuestras dos manos, esto es la derecha y la izquierda. Porque aunque todo está muy achuchado y haya gente que no sepa bien en qué lado quedan, las manos todavía son la derecha y la izquierda. Bien, ponedlas una frente a otra, enfrentad los tres dedos citados y aproximadlos por las yemas a sus homólogos de la otra mano. Cuando se toquen unas yemas con las de enfrente, desplazad ligeramente la mano derecha hacia vuestro cuerpo, de forma que los tres dedos de un lado entren ligeramente en los huecos entre los tres dedos del lado contrario. El primero por afuera es el índice de la derecha. ¿Sí o no? Si es no, repasad las instrucciones y volved a empezar. Índice de la derecha, ¿de acuerdo? Ese es el pilar izquierdo, el que queda con la cabeza por fuera de la melé. El loose-head prop. De fuera adentro aparecen el pilar derecho del equipo contrario, el talonador de un lado y el de otro, y los pilares del lado contrario. Yo soy el 1. El índice de la derecha. Ese soy yo. Ya sabéis algo más de mí y algo más del rugby.

El sábado jugué un amistoso. Conduje hasta Ejea por Las Pedrosas, a través de una franja de la Hoya de Huesca y después de las Cinco Villas. El trayecto hasta el partido me gustó más que el partido en sí. Sería por el extraño silencio en que hicimos el viaje, sería porque sonaba el concierto de Neil Young en el Massey Hall, sería por la faja neblinosa que deshilachaba el horizonte, hacia el fondo de los campos, o sería porque las cigüeñas pasaban volando el cielo en diagonal o por el torreón semiderruido que nos quedamos mirando cuando los pájaros se levantaron en un estruendo inaudible de alas batidas al unísono, como si se hubieran asustado por el peso de nuestra mirada. Sería porque el rugby ha vuelto a salvarme de mí mismo como ya ha hecho en tantas ocasiones, y cuando percibo esa salvación me entrego hasta donde me alcanza el sudor. Y porque en el fondo del cuadro, una hilera de árboles desnudos adquirían un aspecto mágico, de teatralidad silenciosa y lejana.

De todo ese ensueño me desperté pronto, en el campo. Fue cuando traté de robar un balón en un ruck y vino un tipo y me planchó, haciéndome olvidar el balón y tal vez mi nombre. Intentaré explicaros lo que es eso. Cuando un jugador es placado y cae al suelo, ha de soltar la pelota y dejarla jugable, si puede ser en el lado de su equipo. Cuando el balón queda en el suelo, cualquier jugador de los dos equipos puede llevárselo, siempre que respete un par de normas que mejor no explico para no liaros. Yo quise llevármelo. El que me planchó quería que no me lo llevara y lo que hizo, con todo el derecho del mundo, fue que se me llevó él a mí por delante. Es una jugada legal que se conoce como limpiar un ruck. Los rucks dan miedo; al menos a alguna gente le dan miedo, porque supone tirarse con la cabeza por delante contra el que viene del otro lado también con la cabeza por delante, y chocar como berracos en celo a ver quién puede más. Todo para proteger la pelota, que es como un bebé al que hay que cuidar. Hay gente que cuando llega al pie del ruck se frena, como esos caballos que deciden pararse de forma inopinada al pie de los obstáculos en la hípica. La gente a la que le ocurre eso no puede jugar al rugby, aunque ellos no lo saben o tal vez no lo admitan, porque resulta duro admitir que uno no puede jugar al rugby cuando quiere jugar al rugby. Pero si una voz te habla y te recuerda que un ruck es peligroso, es que la voz te está diciendo que no deberías jugar al rugby. En el rugby no hay voces que adviertan de nada. Las cosas ocurren. Lo que yo hice, intentar llevarme el balón, implica no mirar lo que viene por el otro lado. Es lo mismo que agacharte a coger una moneda en la vía del ferrocarril sin fijarte si viene el tren o no. Más o menos. Contado aquí a lo mejor gana sonoridad y prestancia, pero la hostia que me llevé careció de lírica. Cuando te calzan un tortazo de ese calibre, se hace un repentino silencio y por un momento no sabes bien qué ha ocurrido. Cuando estás al otro lado y el que la pega eres tú, oyes todo. Oyes hasta el silencio vacío que se le ha metido al otro por los oídos. Sabes que le acabas de despejar las vías respiratorias más rápido que una friega de VicksVapoRub. Y sin frotar.

Cuando yo empecé a jugar en el Seminario, enfrentarte con Ejea era como quedar en un callejón oscuro para hacer la guerra. El campo parecía los Five Points de Nueva York, tal y como lo cuenta Scorsese en Gangs of New York. El año anterior a mi llegada (que en realidad era un regreso), el Seminario y Ejea habían quedado empatados a todo al final de la Liga: puntos, goal-average, número de ensayos. dientes rotos, hostias dadas y pisotones en la espalda de los rivales. Qué sé yo... empate total. Nunca he sabido bien cómo fue aquel lío, pero hubo una impugnación, el caso acabó en la autoridad y el arbitraje legal decidió que el campeón tenía que ser el Seminario. Los chicos de Ejea, gente sentida, se lo tomaron muy mal. El caso fue que durante años ese partido se jugó con una fiereza rayana en lo desagradable. Recuerdo cierta ocasión en que se me ocurrió resbalarme en el apoyo de una melé y bajé la mano al suelo para apoyarme un instante y recuperar el equilibrio: en cuanto la apoyé en la hierba, apenas dos segundos, varias botas del otro lado trataron de pisármela. Así era todo. Juego subterráneo, poco cristiano, cabezazos cruzados en las melés, puños que cortaban el aire en el cuerpo a cuerpo, rodillazos, pisotones, bailes de salón en la carne del contrario, rayas ardientes de tacos en las cervicales, como azotes de Pilatos... Como si la afrenta que he contado no hubiera sido suficiente, en el 99 estuvo a punto de morir un tipo en el campo.

No es una exageración. Ocurrió así. Con el Seminario jugaba Leon, un surafricano de aspecto temible, rapado y corto de piezas dentales; tenía el cuerpo apretado como un bloque de granito, sin aristas ni volúmenes salientes, como si alguien lo hubiera cincelado en piedra para hacerle la cabeza y las extremidades a partir de un tronco rectangular. Se parecía a la Cosa. La cosa, el caso, es que placó a un muchacho de Ejea que intentaba entrar en nuestra línea de ensayo. Yo estaba al lado de Leon. El elemento apenas tomó espacio para el choque. Simplemente se incorporó, dio un paso con el tronco en diagonal y chocó contra el otro. Sin carrera, había desarrollado en ese espacio escaso una potencia atroz. Así que lo frenó en seco y después el chico cayó como un fardo hacia atrás. Se quedó en el suelo y perdió la respiración y no sé si la conciencia. sufrió una inversión de la lengua y un ataque epiléptico. También sangraba por la nariz, producto del golpe o del colapso interior, y fue perdiendo color hasta tomar ese tono azulado que delata la asfixia. Durante casi media hora, el árbitro trató de evitar su ahogamiento y una fatalidad. Lo consiguió, no sé cómo. Después se lo llevaron en una ambulancia y el partido siguió. Yo no pude: me fui hacia la banda caminando despacio y le pedí al entrenador que me dejara marcharme. No podía seguir jugando. Me tumbé al fondo del campo y estuve un rato mirando al cielo, mientras oía los gritos de fondo del partido. Es la única ocasión en que he escuchado una voz. Pero nunca tuve miedo de volver ni he mirado jamás a ver si venía el tren cuando quería llevarme la pelota...

Por suerte, todo aquello ha pasado. Un buen número de chicos de Ejea juegan ahora con nosotros. El sábado jugamos contra ellos y otros, nos pegamos cuanto pudimos y al final nos reímos de lo que nos habíamos pegado; corrimos, nos hicimos el pasillo cuando terminó el partido (en los años negros no querían ni ir al pasillo, que es casi sagrado), nos fotografíamos mezclados y bebimos juntos. Toda la escena me parecía la caída del Muro, el partido Irán-Irak, el abrazo de palestinos e israelíes, la supresión de la franja de Gaza... Me gustó ir a Ejea, aunque todavía detesto perder en Ejea más que en cualquier otro lugar; pero perder es una posibilidad cuando uno sale a jugar. Lo que no cabe es el deshonor. Era un amistoso y la palabra amistoso no tiene significado en el rugby. Aceptarla es como quedarse mirando a la entrada de un ruck.

El rugby no es un juego, es un oscuro privilegio. Los que hemos estado ahí siempre podremos decir que hubo un tiempo en que jugamos al rugby. Yo diré que era el 1. Aún soy el 1. El dedo índice de la mano derecha.

28/01/2008 04:31 Autor: Mario. #. Tema: Historias del rugby Hay 10 comentarios.

Jenkins, Blanco, Corleto: ensayos contra la tradición

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Hablemos del Mundial de rugby. En realidad, hablemos de Argentina, lo único que hasta ahora exige un comentario, porque lo demás han sido detalles más o menos previsibles: la excelencia de los All Blacks en las previas (esa superioridad incontestable ha de exponerse para ganar el Mundial de una vez), el aburrimiento mortal del juego inglés, la candidatura de Suráfrica, un pésimo cliente; y las dudas críticas de Gales y Escocia, que se han bajado del primer escalón hace rato y no regresan. Quiero ver a Irlanda, el mejor equipo europeo de los últimos años. La previsibilidad, decía, supone el gran problema del Mundial de rugby a estas alturas. El rugby no es el fútbol: no pasa cualquiera y les da un susto a los All Blacks. Con primitiva lógica, lo que suele pasar es que los All Blacks le dan una paliza al primero que pasa. Aunque sea Italia, equipo de larga emergencia. Demasiadas diferencias. Para quienes el rugby significa lo que sólo puede significar, algo inexplicable, este reproche no supone un gran problema. Hay diversión de una u otra forma. Pero hay que esperar a los cruces de los grandes, a las siguientes fases, para ver lo que en el Seis Naciones y, sobre todo, en el Tres Naciones del hemisferio sur, vemos cada día. Verdaderos partidos de rugby. El de Argentina y Francia lo fue. Volvamos a él. El ensayo de Corleto en el primer tiempo, en perspectiva, resolvió un choque que sólo tuvo un ganador y un merecedor. Al verlo me cruzó la cabeza esta línea supra temporal: Jenkins, Blanco, Corleto.

El ensayo de Corleto es delirante, en todos los aspectos. Es delirante el regalo de Remy Martin y, sobre todo, la ausencia de un francés (por encima de todas la del zaguero, desde luego) que interrumpa la huida de Corleto o si acaso la comprometa. Hay que notar también, y en el vídeo se observa de maravilla, la diferencia de la carrera de Corleto y la del resto. No la de finalización de la jugada (el Puma corre como un duque, las rodillas arriba, la pelota recogida sobre el costado externo, el más alejado de la defensa, para un hand off protector si hubiera hecho falta, y una agilidad de zancada inabordable para los franceses): una prestancia muy de número 15, esencial. Pero yo me refiero a la primera progresión de Corleto en el inicio de la jugada. Cuando Martin pierde la pelota, una nube de argentinos y franceses trotan a ritmo medio alrededor del Puma que la ha robado. Corleto no. Corleto, desde atrás, ve todo, todo el paisaje, toda la jugada, a todos los propios y sobre todo a los contrarios. Ve el horizonte, que no es otro que la línea de ensayo, y sabe que si la agarra hay ensayo. Por eso sale como una centella desde el fondo en una anticipatoria y potente aceleración.

El try de Corleto merece revisar una vieja jugada de los años 30 y otra de 1987. Todos los cambios del reglamento del rugby en los últimos doce años han querido liberar la pelota para que no quedase enterrada en confusos agrupamientos (eso que tan bien hicieron los argentinos en la segunda parte). Extrañará saber que el rugby profesional, el rugby al que las normas han modelado en un deporte mucho más veloz y televisivo, se lo inventó en realidad Rupert Murdoch, el magnate televisivo. Por la vía del negocio, claro. Él fue quien estuvo a punto de comprar a todas las estrellas del juego en el mundo en 1995 para montar una competición transnacional y pensada con el fin primordial de engordar el espectáculo, la publicidad y los derechos de televisión. El rugby era amateur hasta entonces... pero la federación internacional tuvo que variar reglamentos y filosofías para evitar que un deporte quedara en manos de un solo hombre.

Desde entonces, todas las variaciones en la normativa han tenido un fin concreto y varias consecuencias: han inflamado el juego de ataque y, en orden inversamente proporcional, han disminuido las barrigas de los delanteros. La velocidad y la confusión o mezcla de roles son ahora la norma. Los gordos corren como tres cuartos y los tres cuartos entran en agrupamientos y rucks como desaforados delanteros. Pero en el principio (y a mí me gusta ir al principio) todo fue bien distinto. Hasta finales del siglo XIX los equipos de rugby los formaban 20 jugadores, y nada menos que 13 de ellos eran delanteros: todos dedicados a un esfuerzo medieval en mauls interminables, en los que el balón raramente salía abierto. Y si lo hacía, el atrevido que intentaba correr era rápida y unánimemente aplastado. Los galeses, siempre atentos a la diversión con la pelota, fueron los primeros en aligerar el paquete de delanteros para agregar backs: un inteligente y premonitorio movimiento. Pronto todos lo copiaron.

Ahora lo vemos con absoluta normalidad, algo deliciosamente cotidiano, pero en aquellos días los zagueros nunca ensayaban: su trabajo consistía en placar, recoger las patadas ajenas y devolverlas a la banda. Corte y limpieza. Nada más. Fue así hasta que el galés Vivian Jenkins, centro de Oxford reconvertido al número 15, cambió la historia. En un partido frente a Irlanda en Swansea, en el año 1934, recogió el balón a la hora de juego en su zona. Cuando todo el mundo esperaba la rigurosa patada defensiva, a Jenkins le salió el alma de centro y avanzó con decisión, rompió la primera línea rival y combinó con Idwal Rees. En el impulso siguiente, Rees alcanzó la línea de 25 irlandesa y jugó con el ala Basset, quien a su vez transmitió la pelota antes de salirse por la banda. Jenkins, que había seguido toda la jugada con innovadora inspiración, hermana lejana de la de Corleto, recogió el óvalo y ensayó. Los puristas del juego se escandalizaron de inmediato: "Debería haber pateado. El trabajo de un zaguero no es ensayar", argumentaron con los rubicundos carrillos temblorosos. A continuación vaciaron otra pinta de cerveza. Hasta 1962 no se produjo otro ensayo de un zaguero en el 5 Naciones.

Los ensayos de los zagueros poseen una rareza original: a menudo traen escrita la victoria. De forma diferida, como en el caso de Corleto, o de modo directo, como sabe cualquiera que viese el ensayo de Serge Blanco, el legendario arrière francés nacido en Caracas, en la semifinal del Mundial 87 contra Australia. Si de algún modo vio a Corleto, Vivian Jenkins (fallecido en 2004) estará orgulloso de comprobar en qué ha derivado aquella locura suya en una tarde de rugby entre cinco naciones en Swansea. El señorial Blanco, por su parte, al ver al Puma comerse un gallo con esa jugada debió de removerse en su asiento.

[Foto: Vivian Jenkins, pionero en el juego, luego periodista, narrador de las hazañas de los British Lions en sus giras por el hemisferio sur -'Lions Down Under'-. El primer zaguero que metió un ensayo. El abuelo lejano de Corleto].

10/09/2007 12:15 Autor: Mario. #. Tema: Historias del rugby Hay 3 comentarios.

Los hijos de Huguito

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Cualquier motivo valdría para recordar a Hugo Porta, el hombre que escribió una leyenda con los pies. Aprovecharemos que los Pumas acaban de ganar en Twickenham el sábado pasado (18-25) con la patada de Felipe Contepomi y Federico Todeschini (sobre todo Todeschini) como gran argumento. La escuela hace escuela. Hugo Porta no recuerda haber cobrado jamás un peso por jugar al rugby con los Pumas de Argentina. En cierta ocasión lo seleccionaron desde Australia para participar en un alegre partido de estrellas mundiales en la Polinesia. Cuando le pidieron precio, Hugo Porta se ruborizó ante la posibilidad de percibir un sueldo por jugar al rugby, y todo lo que solicitó fue un billete extra para que su mujer pudiera viajar con él a los Mares del Sur. Ahora Gonzalo Tiesa y Juan Manuel Leguizamon juegan en el London Irish; Marco Ayerza, en el Leicester; los hermanos Fernández Lobbe, en Sale; Felipe Contepomi, en Sale; Miguel Avramovic, en Leicester; Juan Martín Hernández, en el Stade Français, como el capitán Agustín Pichot; Gonzalo Longo y Mario Ledesma, en el Clermont... Por fin, Todeschini en el Montpellier. Profesionales bien pagados. Los tiempos cambian. Esa dramática variación del rugby está contenida en la elipsis temporal que va del prodigioso pie silvestre de Hugo Porta a la tecnificación milimétrica de la patada de Jonny Wilkinson.

De chico, Hugo Porta jugaba al tenis, hasta que una tarde descubrió que ese señorial juego con red aspiraba a una atroz forma de perfección obsesiva. Lo supo cuando durante un juego el papá de su rival se puso a corregirle los golpes. Ahí mismo decidió que no jugaría más. Probó el fútbol. Recuerda haber asistido a un par de sesiones de meritorios en River Plate, y recuerda que un par de tardes lluviosas lo sacaron de ese camino. Llovió y no fue más. A los 15 años comenzó a practicar el rugby, un poco por eliminación, como acostumbra a ocurrir. En el rugby nunca llueve ni nieva ni hace frío ni calor. Jamás se suspendió una guerra por motivos meteorológicos. Porta empezó jugando  como medio de melé. Pronto le pusieron el 10 del medio de apertura, una figura que reúne la prestancia del príncipe y el arrojo descarnado de un caballero de infantería. Hugo hacía todo lo necesario en ese puesto, y lo hizo durante 19 años de carrera con los Pumas. Fue reconocido como el mejor en una gira de los Barbarians por Suráfrica. Lo nombraron el más grande medio de apertura de la década de los 80 en el mundo entero. Y sí, Hugo también le ganó a Inglaterra, pero no con los Pumas. Fue con su club, en la cancha de Vélez Sarsfield, por 29 a 21 y con 22 tantos de Huguito. Hugo lo hizo a la vieja manera del rugby, con los muchachos con los que jugó al lado toda su vida. Recuerda que minutos antes del final del partido el Aguja Gómez rompió en un llanto incontenible de emoción por el triunfo y jugó los últimos minutos con el rostro bañado en lágrimas. Hugo terminó mordiéndose los labios, apenas. El fútbol es una competencia feroz entre pandillas, y en el interior de la propia partida se desarrolla la dialéctica de los líderes y la fuerza natural de las sucesiones y las vanidades, que envenena las tardes y la pared de los vestuarios. En el rugby sucede algo bien distinto, decisivo. El rugby supone una batalla librada entre amigos, y la posibilidad cierta de entregarle tu sangre a tus compañeros. El rugby es como ir al ejército cada semana con los chicos con los que creciste en el colegio. El sabor de una victoria no se parece a nada más. Ganar al rugby, al menos una vez, y el sabor de una cerveza después: eso es la vida.

Los Pumitas le ganaron a Inglaterra el sábado, en Twickenham, en memoria de Hugo Porta y los demás. Todeschini, que partió de suplente, hizo 19 puntos y 14 de ellos los metió con el pie. Hay una tradición. El seleccionador inglés, Andy Robinson, está en la picota y al fondo asoma el Mundial, que corrige todos los argumentos en este otoño de giras del gran rugby por el mundo. Inglaterra se ha pasado los cuatro años de reinado con un monarca en la cama (Wilkinson, que ya no ha vuelto a jugar jamás, de lesión en lesión) y confundido por los hechos. En realidad, y en mi modesta opinión, Inglaterra lleva 20 años sin encontrar un estilo. A principios de los 90 el estilo era el hombre, Jonathan Webb, un zaguero con aspecto de oficinista en el registro civil de una ciudad de la atardecida costar sur inglesa. Webb tenía el pelo enrulado y un pie aburrido como una calculadora. Desde entonces los ingleses han buscado algo definitivo en Rob Andrew, en Jerry Guscott (un centro de una extraña elegancia esencial, que no se manchaba nunca: parecía jugar con gabardina), en Jamie Noon, en el rolling maul, en su tercera línea. Creyeron haber dado con ello en Wilkinson, pero el sortilegio se ha esfumado tan violentamente como apareció. La derrota con Argentina los pone frente al espejo.

El fin de semana se completó con otra perversa exhibición de los All Blacks en Francia (3-47), la victoria de Australia en Roma (18-25) y la de la ciclotímica Irlanda sobre Suráfrica (32-15). Ojo a ese resultado porque los Boks andan también de lado a lado de la calle. El gallinero está revuelto, salvo por la autoridad de los neozelandeses, donde no se acaban nunca los kiwis ni los jugadores soberbios de rugby: es un mira quién baila interminable para conseguir un puesto en la danza de la haka.

Por cierto, la brava Escocia le ganó a Rumanía (48-6). Faltaría más. Por algún lado hay que comenzar la reconstrucción...

[Foto: Hugo Porta, la salvaje prestancia de un medio de apertura. Porta lo hacía todo: pateaba, jugaba, pasaba, era veloz y destalentado en las irrupciones. En 1982, jugando con los Jaguares de Suramérica (una selección continental) en Suráfrica, Hugo Porta anotó de todos los modos posibles en el juego: un drop, una conversión, un ensayo y cuatro golpes de castigo. El legendario Carwyn James dijo de él: "Verlo jugar permite reafirmar la superioridad intelectual, estética y artística en el juego de la línea". Subido en un pedestal, pienso que esa imagen de Hugo haría una estatua magnífica en el medio de Buenos Aires].

14/11/2006 13:25 Autor: Mario. #. Tema: Historias del rugby Hay 3 comentarios.

Hombres de negro

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Los All Blacks han puesto en marcha cinco semanas de gira por Inglaterra y Francia con una rotunda demolición de los ingleses en Twickenham (20-41), este domingo. Cuatro ensayos (Mauger, Hayman, Rokocoko y Carter, que añadió cinco golpes de castigo y tres transformaciones). La derrota más notoria de la historia del estadio londinense, lo que pone de relieve la elevación de los hombres de negro. Dos objeciones. Una de parte de los ingleses, que encuentran un caso para su defensa alegando que el juez de televisión les birló un ensayo válido en el minuto 5 de partido. El árbitro, el francés Joël Jutge, no vio la pelota en el instante en que Jamie Noon pugnaba por plantarla al otro lado de la frontera, sometido a medias por el placaje de dos neozelandeses. Recurrió al juez de vídeo y le preguntó: "¿Ves la pelota?". Y el otro respondió, convencido: "No la veo, por la gloria de mi madre". Y no dieron el try, con lo que los ingleses se enardecieron en los condicionales ("what if...?") y su entrenador, Andy Robinson, razonó de forma muy británica, ordenando los conceptos del revés como en una frase interrogativa: "Esa no era la pregunta que el árbitro debió hacerle al juez de tv. Debió preguntarle si en las imágenes veía alguna razón para no dar el ensayo". Robinson apelaba a una suerte de presunción de inocencia, que se formularía así: un jugador que traspasa la línea de marca y cae al otro lado con la pelota, ha ensayado... mientras no se demuestre lo contrario. Las imágenes que miró Berdos no demostraban nada. La otra objeción va para los All Blacks: chicos, no vale con vestirse de negro, bailar una haka amenazante, ganar el Tres Naciones en agosto y darles una paliza a los ingleses en Londres a principios de noviembre. Es hora de ganar una Copa del Mundo. Lo demás no pasa de escaramuza.

El sábado, en el mientras tanto, Gales empató con Australia en el Millennium Stadium (29-29) gracias a un golpe de castigo final de Hook, personaje que por lo visto no conoce el miedo. Las crónicas subrayan que fue un partidazo memorable y que en Cardiff lució el sol. Lo segundo resulta aún más increíble que lo primero. Hay que advertir que los australianos se han convertido en unos maestros del despiste: se pasan los meses previos a las grandes competiciones (hay Mundial en 2007) dando razones para pensar que su enésima renovación les ha rebajado el nivel. Y luego llegan a los días de la guerra y, mientras en su país se rompen la camisa deshechos en críticas, los Wallabies avanzan, de pronto un día se cargan a los All Blacks y luego juegan la final. A veces la ganan, y en cierta ocasión tropiezan con el pie incorrupto de Jonny Wilkinson. Pero esas cosas pasan una vez en la vida. Como el sol una tarde de noviembre en Cardiff...

06/11/2006 03:06 Autor: Mario. #. Tema: Historias del rugby Hay 2 comentarios.

La Copa Calcuta

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El día de Navidad de 1872 se jugó en Calcuta, India, un partido de rugby entre dos equipos de soldados del ejército de Su Majestad: a un lado, 20 ingleses; y al otro, un combinado con el mismo número de escoceses, galeses e irlandeses. El partido contagió tanto entusiasmo a sus participantes que, sin pensárselo, lo repitieron una semana más tarde. Imprevisiblemente, ese melancólico impulso constituyó el origen de tres acontecimientos de singular importancia: la entrada efectiva del rugby en la India, el nacimiento del Calcutta Football Club en enero de 1873 y, posteriormente, la instauración de la célebre Copa Calcuta.

 

La historia parece en verdad una leyenda. En los meses y años siguientes el Calcutta FC jugaría partidos de rugby con cierta regularidad, animando además la formación de otros clubes y equipos entre los diferentes regimientos y rangos. La nomenclatura de los contendientes en aquellos choques lo dice todo: el Calcutta FC contra los Voluntarios de Calcuta; Ingleses y Escoceses frente a Galeses e Irlandeses; Comerciantes y Agentes de Negocios vs. El Resto... Y así durante varios años, hasta que la paulatina retirada británica del subcontinente impidió reunir hombres suficientes para jugar. El clima indio, además, no era muy adecuado para el rugby. Entonces, los modestos dirigentes del Calcutta FC se plantearon la triste disolución. Se habían unido a la Rugby Union (la federación) con sede en Londres en 1874, pero su continuidad no tenía sentido. Al plantearse qué hacer con los fondos del club quisieron que sirvieran para, de algún modo, recordar que en Calcuta, una vez, algunos hombres extraordinarios habían reinventado el rugby al otro lado del mundo... Pensaron en una cena, en una fiesta anual. Pero así, advirtió James Rothney, pronto se extraviaría la tradición. Fue entonces cuando Rothney (capitán, secretario honorario y tesorero del club) propuso crear un trofeo y entregárselo -para el uso que considerara más adecuado- a la Rugby Union de Londres.

Así que Rothney y sus visionarios se presentaron en el banco y vaciaron la cuenta del club, reuniendo varios miles de rupias de plata que llevaron a un artesano indio. Y éste las fundió para modelar el trofeo deseado: una tetera alta, con tres asas en forma de cobras, y el perfil de un elefante indio coronando la tapa. Así murió el Calcutta FC... y así nació la Copa Calcuta. La Rugby Union la adoptó en propiedad y decidió que Escocia e Inglaterra se la jugaran anualmente en un partido. El primero, un empate a 3, tuvo lugar en 1879. El último de esa serie interminable tiene lugar esta tarde en Edimburgo: será el número 123 y los seis últimos los ha ganado Inglaterra. Pero Escocia está renaciendo, a la espalda de un periodo oscuro, bajo el mandato del entrenador Frank Hadden. Le ganó a Francia en Murrayfield y se siente capaz de hacerlo otra vez hoy con Inglaterra, equipo de rango superior, el único aspirante al Grand Slam este año en el Seis Naciones.

El partido de rugby más antiguo del mundo. La Copa Calcuta. Escocia frente a Inglaterra. La vieja historia, otra vez.

 

 

 

25/02/2006 15:32 Autor: Mario. #. Tema: Historias del rugby No hay comentarios. Comentar.

Ser piedra

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Hoy comienza el torneo de las Seis Naciones de rugby. Al rugby le debo un tanto por ciento muy elevado de mi quebradiza felicidad en la edad adulta. Hay algo en el rugby que no está en ningún otro deporte que yo haya conocido, algo que tiene que ver con el temor y la supresión de los límites, con el sufrimiento compartido. Cuando comencé a jugar, solía mirar a los rivales durante los minutos previos al partido, mientras llegaban al vestuario. Calculaba su tamaño y el peso, la potencia que desarrollarían en un choque, la posibilidad de hacerme daño contra alguno de ellos. Los había pequeños, sí, construidos de nervios, pero con esos no me toparía demasiado a menudo en el campo. Esos siempre se escapan. A mí me tocaban los pesados, los de las espaldas anchas, los altos, los grandes, los fuertes, los de la cara desagradable, los de las orejas sujetas con cinta aislante, los del cuello rugoso. Los delanteros. Yo era uno de ellos, y aún lo soy, pero estaba al otro lado. Los miraba y sentía temor. Dudaba que yo inspirase esa impresión en ellos.
 
El tiempo ha borrado del todo ese miedo, que se desvanecía en la protección amiga del vestuario, y en las risotadas que precedían al partido. Lo que no desaparece y nunca lo hará es el cosquilleo que me recorre en las horas previas y que anula cualquier otro pensamiento. Esa loca anticipación me fascina: me ha llegado a ocurrir mientras conducía y he temido un accidente. En esos instantes mi cabeza es tan ajena a la realidad que no proceso ninguna otra información. Juego el partido al menos dos veces: una en mi cabeza, horas antes; otra ya en el campo.
 
En el rugby hay dos momentos y dos lugares incomparables. El primero tiene lugar en el vestuario, justo antes de que comience la acción. Digo acción porque decir jugar sería no decirlo todo: eso no es jugar, es algo más o yo lo siento así. Lo comprendes por el espeso silencio en que se viste el equipo, por el ritual de vendas, linimento, cremas calentadoras, masajes, cinta para sujetar las torsiones articulares, esparadrapo, fundas en los dientes, vaselina en el rostro, balones golpeados contra los hombros, cuellos en violentas rotaciones, miradas obtusas, tensión en las voces, miradas contra el espejo descifrando letanías de embrutecimiento. Lo sabes cuando, por fin, la camiseta baja sobre el cuerpo. Una vez que la camiseta está sobre el cuerpo, ya no hay nada más. Nada que pensar, nada que decir, nada que temer. Sólo una coraza que aprisiona el esqueleto, haciéndolo duro, intocable, resistente, poderoso. Entonces es cuando deseas ser piedra.

El segundo instante es algo posterior y mucho más efímero. Dura apenas unos segundos y lo contiene el momento en que la pelota va a ponerse en juego, va a planear levemente como una bomba fatal hasta caer al otro lado de la muralla. Y hay que ir a buscarla. Hay que ir por cojones, como uno va a al frente, fastidiado (puede), pero queriendo esa obligación, amándola, porque uno sabe lo que va a encontrar allá enfrente: un muro de cuerpos que aguarda la colisión frente a otro muro de cuerpos. En ese instante, uno no piensa, pero siente que está rezando para que los pulmones se abran y no se interpongan en lo que ha de ocurrir durante 90 minutos, para que no te detenga un solo dolor ni un solo golpe. Para ser piedra, otra vez, todas las veces. La razón está suprimida y sólo se autoriza el funcionamiento de lo indispensable. Todo lo que tiene que ver con la pelota, el espacio, el contrario, la demolición, el ensayo. Es curioso porque, después de ese primer choque contra la pared, hay que ponerse a pensar y no dejar de hacerlo. Pensar y sufrir, empujar y pensar, pasar y pensar, correr hasta allá y pensar, placar y pensar, empujar y empujar, pensar y empujar. Ser piedra. En ese silencio de tonelada en el que se oye el viento, revientan las voces cuando un pelotazo se levanta en el aire. Hay que ir. Ahí donde caiga... ahí comienza la historia.
04/02/2006 13:24 Autor: Mario. #. Tema: Historias del rugby Hay 11 comentarios.


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