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Somniloquios

Un héroe en silencio

Un héroe en silencio

A veces el fútbol cobra cadáveres jóvenes como pichones en vuelo. César Láinez, guardameta retirado, 28 años. El fútbol como hermano bastardo del rock, muerte sin morir, sólo dejar la pelota como signo de vida, como tomar una escoba y simular que rasgas la guitarra. James Dean muerto; Kurt Cobain muerto; Jim Morrison muerto. Comparado con eso, lo tuyo es un juego de niños. “Vive rápido, muere joven, haz un bonito cadáver”. Y la generación beat. Tal vez aquello lo dijera Kerouac en su camino, tal vez Allen Ginsberg, tal vez James Dean, tal vez Greil Marcus en las páginas enloquecidas de la Rolling Stone. Quizás nadie lo dijo, como Bogart jamás dijo “tócala otra vez, Sam”. Fue nuestra torpe y gregaria imaginación colectiva.
En 1988, los Héroes del Silencio partieron Zaragoza por el medio. A un lado quienes los adoraban. Al otro, los que pensaron que esa voz engolada estaba vacía. César Láinez estudiaba en el colegio Santo Domingo de Silos, en Las Fuentes, un barrio obrero y popular, de casas repetidas. Sus padres daban clase en ese centro concertado donde convergían zaragozas diversas. Eran las fiestas del Pilar. Era Enrique Bunbury, combatiendo los límites con su melena que se agitaba al viento del Paseo de la Independencia. ¿Qué es Zaragoza sino viento? ¿Y un vozarrón en descenso sobre miles de cabezas?
Enrique Bunbury había escrito: “Y aunque deba cavar en la tierra / la tumba que sé que me espera / nadie me vio jamás llorar así. / Que termine un momento precioso / y le suceda vulgaridad / y nadar mar adentro / y no poder salir”. César Láinez tenía 11 años, pero pronto militaría en el lado de quienes adoraban a los Héroes. ¿Vacía esa voz?, pensaba. ¿Vacía de qué? Esa voz le iba a decir muchas cosas, en la comunicación suprasensorial que procura el rock. “Muérete a solas / nadie te enseña / cierra las puertas y espera / ha llegado tu hora / y dudo que alguien merezca un segundo así”. ‘Sangre hirviendo’, se llama esa canción. La otra es ‘Héroe de leyenda’, el primer gran hit de la banda zaragozana. El miércoles, César Láinez se reía del destino con la mueca torcida de un pirata: “Muere joven y serás una leyenda”, dijo en broma, menos de 24 horas después de haber despedido el fútbol entre lágrimas. Con la sonrisa torcida de un pirata, porque sabía que su carrera moriría joven. Pero tan joven...

Muérete a solas...

En un viaje a Ibiza, hace algunos años, César Láinez vio en la cabina del vuelo a Enrique Bunbury, que también le miró: “Joder, tú eres el que se pegó el otro día en Villarreal”. Había visto en México, donde estaba de gira, la escena más famosa del descenso del Zaragoza. Desde entonces son amigos y Láinez aparece en las dedicatorias de cada álbum. Esta semana, el héroe y los héroes almorzaron juntos al día siguiente de la despedida del portero. El día que comenzaba el viaje a ninguna parte. En su discurso de adiós, el guardameta agradeció a los Héroes: “Gracias Enrique, Pedro, Juan, Joaquín, porque sin vuestra música no me hubiera levantado en los momentos difíciles”.
Volvamos atrás. Rock en vena. Los Héroes y Las Novias y Los Niños del Brasil, y la En Bruto si pudieras entrar, si tuvieras la edad y esas ropas oscuras y a alguna de esas chicas que sonríen al gorila. Zaragoza en los ochenta. Ser mayor, soñarte Arconada, una rodilla partida a los 15 años por querer machacar el aro en clase de gimnasia, la voz repetida de un médico a los 22: “Puede que no vuelvas a jugar al fútbol. Puede que no vuelvas a caminar”. La voz de Bunbury: “Muérete a solas”.
Atrás. Una vez más. Porque lo has de recordar como cada canción. Fútbol, viajes, gimnasio, dolor, no comas, no levantes pesos, sufre. Te quitamos una rodilla, te quitamos otra. Y ahora suéñate Arconada si es que tienes huevos, chaval. Hotel. Concentración. Fútbol. Nadie llama porque la familia sabe que no debe llamar. Porque César está pensando en el partido del día siguiente y eso excluye cualquier otro pensamiento. Un compañero en la cama de al lado. La voz de Bunbury en el walkman: “Pierde el cielo equilibrio / cae derrumbado encima de ti / escóndete un mundo / que nadie lo vea”. Sí, anda, muérete a solas en el gimnasio y que nadie lo sepa, que ese músculo te sostenga. Luego sal a jugar y sé portero. Sé portero del Zaragoza. Gana una Copa, gana otra, gana una Supercopa. Como Renton en Trainspotting: “Elige una vida, elige un trabajo, elige un futuro... ¿Para qué querría alguien algo así?”. El No future.
César Láinez, jubilado a los 28. Más de 4.000 cedés en casa y música en la cabeza. Las rodillas seis veces sajadas por un bisturí y un mar, una muchedumbre de años por delante para construir otra vida después de la vida. Campeón de Copa, campeón de Copa otra vez. Campeón de la Supercopa. La voz de otro médico repetida: “Podrías quedar cojo”. Un mar adentro. Y no poder salir. Suéñate estrella del rock. Vive rápido, hijo. Te queda poco. Ese balón era el último.

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3 comentarios

HdS -

Es un poco rallante este articulo, mira que me gusta Bunbury, y mira que me gusta el fútbol, pero es muy rallante.

"La muerte será el adorno que pondré al regalo de mi vida"

lorena -

no vamos a dejar que este blog muera. ni joven. ni a solas.
dale!

lorena -

no vamos a dejar que este blog muera. ni joven. ni a solas. ni en silencio.
dale!
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