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Artistas, locos y criminales

Artistas, locos y criminales

[Mucho tiempo después del debido, dejo el artículo completo, tal y como apareció en MediaPunta a finales de abri y principio de mayo. El despertador para la memoria fue un comentario muy ajustado de un lector al que no conozco: reclamaba a Robinho (se puede ver en los comentarios) como entrada necesaria en este listado de malabaristas. Y Robinho, ciertamente, estaba incluido: desde luego con sus pedaladas... pero el pasaje en que se hace referencia a él dormía el sueño de los justos en la segunda parte del reportaje. La foto, como ya expliqué antes, muestra a Maradona en su eslalon frente a Inglaterra en el 86 y a Cruyff practicando su característico drag-back: menos mal porque me resultaba imposible explicar ese truco con palabras. Ahora sí: Artistas, Locos y Criminales. Todos. Y gracias al gran Osvaldo Soriano por el título, esté donde esté el Gordo].

De Puskas a Cristiano Ronaldo. Di Stéfano, Pelé, Gento, Maradona, Laudrup, Rivelino, Garrincha, Riquelme, Butragueño, Kerlon u Onésimo. Artistas, locos y puede que criminales. Los regates más famosos e implacables de la historia, del más rudimentario al más sofisticado. Y sus inventores. 

William Ambrose Wright había nacido en 1924 en Ironbridge, en Inglaterra. Desde juveniles y hasta el final de su carrera -un ancho período que abarca de 1941 a 1959- jamás vistió otra camiseta que no fuera la del Wolverhampton Wanderers, y fue el primer jugador en reunir más de cien internacionalidades con su país. El 25 de noviembre de 1953, Inglaterra jugaba frente a Hungría en Wembley. Billy Wright, rubio y prominente, tenido por el mejor defensa del mundo, contaba 28 años cuando persiguió hacia el lateral izquierdo de su área a aquel exterior zurdo de pelo aplanado y brillante. Cuando ya lo tenía contra el fondo largó el tackle, generosa invención defensiva muy celebrada en las tribunas del imperio. Entonces ocurrió algo raro: Wright no encontró el balón ni tampoco al jugador. El zurdo se había esfumado y con él, la pelota. Cuando Wright giró el cuello desde el suelo, vio al húngaro a su espalda... con el balón. Un segundo después ese tipo había soltado un disparo como un rayo al ángulo de la portería de Merrick. Hungría ganó el partido por 3-6, la primera e histórica derrota de los pross en suelo inglés. El zurdo repeinado se llamaba Ferenc Puskas. Y su maniobra -una pisada de fuera adentro, burlando a Wright en su vuelo rasante- venía a celebrar en un escenario monumental y resonante una jugada de larga tradición. No la inventó Puskas, pero su ejemplo muestra esta máxima: que el regate no es sólo belleza etérea o barroca, esteticismo, virguería, espectáculo, vacuidad de entretenimiento o coreografía de canchero. Es o debería ser, sobre todo, eficacia y concisión. Por eso no es fácil dar con un regate clásico de Maradona. Podía hacer cualquiera pero elegía lo más sencillo: irse, sin más. Si puedes eliminar a un defensor con una palabra, para qué contarle una historia entera. Lo que sigue es un retablo de hermosuras e invenciones, siempre bajo la obligación de la eficacia: los más célebres regates de la historia. Sus nombres y sus dueños.

El velocista: de Gento a Ronaldo
No es lo mismo correr que huir. No es igual alejarse que escapar. Paco Gento no se anduvo jamás con rodeos: su regate consistía en una reunión de sucesivos sprints, con la pelota como liebre. Nada más simple e implacable que irse por velocidad. De la Galerna a Ronaldo: el gordito ha sido el último rey de la aceleración con la pelota. Su descomunal potencia multiplicaba el efecto óptico de ese recurso. Jorge Valdano lo denominó así: el efecto manada.

El recorte: Maradona, Diego Milito, Rivaldo
Los mejores futbolistas acostumbran a sintetizar la belleza o darle un aspecto muy simple. Maradona burlaba a los contrarios de acuerdo a un principio sencillo: tocar la pelota cada vez a un espacio muerto, fuera del alcance del defensa. Toquecito al espacio, y otro toquecito al espacio, con la punta de la bota, justo antes de que el otro alcance el balón. La madre de todos los regates quizás sea el más elemental. Ese truco que no es truco lo frecuentan también hombres prosaicos como Diego Milito, que recorta siempre hacia dentro. Lo sabe todo el mundo, pero nadie lo contiene. Por más que lo anticipe, el defensa siempre sale mal parado. Rivaldo, otra figura estilizada, ejecutaba el recorte con ángulos muy acusados. Casi nunca le encontraron la hipotenusa, que era la pelota.

El cambio de ritmo: Johan Cruyff
Nada resulta más exasperante que lo que siempre comienza de nuevo. Lo que parece va a terminar y ya se está iniciando. Si el cambio de ritmo -figura cotidiana o rutinaria en la dinámica del fútbol- posee categoría de argucia es sobre todo por la primera jugada de la final del Mundial de 1974 en Munich. Holanda frente a Alemania. Hasta 17 toques consecutivos de los chicos de Rinus Michels... y la pelota a Cruyff. Pausa y carrera; pausa y carrera; pausa y carrera. A fuerza de pararse y seguir, Cruyff definió una extraña forma de regate y, lo que le importaba más, embromó rivales hasta llegar al área. Ahí Berti Vogts, cansado de que alguien engañase de ese modo a toda la Alemania Federal, lo bajó al suelo. Penalti y gol de Neeskens.

La paradita: Garrincha, Maradona, Butragueño
Si Cruyff les hacía a los defensas un ceda el paso, Garrincha, Butragueño o Maradona observaban el stop completo. El freno es el paso de cien a cero; del desenfreno al frenazo. Garrincha era un maestro, se detenía en seco y cambiaba de dirección como el que toma una bocacalle. Maradona dejó en España al menos dos paraditas mortales, las dos contra el Madrid: su célebre frenazo sobre la línea de gol contra Juan José, para luego empujarla a gol; y en la final de Copa del 83 en La Romareda: primero corrió a un balón largo de Schuster y, de pronto, cortó en seco el sprint con un único toque, un control de exterior. Despedido el rival, se la dio a Víctor y fue gol. Nadie olvidará tampoco el modo en que Butragueño suspendía el tiempo con la pelota al pie. Primero aceleraba y de súbito paraba frente al defensa, ya en el área, como si no se acordase bien a dónde iba. Ese sueño repentino del juego embrujaba al público y los rivales. El periodista argentino Sergio López lo subrayó mejor que nadie en el capítulo que le dedicó al Buitre en su serie Locos por el fútbol, para MediaPunta: "Procedía como un encantador de serpientes: los defensas miraban a la pelota y él miraba a los defensas. Sería interesante contabilizar la cantidad de goles que metió Hugo Sánchez entre gente distraída, incluso dormida, por su compañero. (...) En algún momento del partido los relojes marcaban horas distintas para el delantero y los rivales: en ese agujero se colaba el Buitre".

La pared: Alfredo di Stefano
Uno o muchos estaríamos dispuestos a jurar que casi todo el fútbol moderno lo trajo a Europa Alfredo Di Stéfano. El argentino derribó las fronteras del campo y la linealidad de las soluciones. A nadie se le había ocurrido antes a este lado algo tan sencillo como la pared, una gambeta a medias entre dos, aprendida en la calle con bordillos, muros y alféizares de ventanas bajas. La pared contiene el principio básico de este juego: tocarla e ir; uno dos; tuya mía; dame y vete. Muchos años después, un jugador del Barcelona definió así a Maradona: "Le pasas un ladrillo y te devuelve una pared".

El sombrero: Pelé
El mundo se quitó el sombrero el día que Pelé tiró un sombrero. Fue en la final del Mundial de 1958 frente a Suecia. El joven prodigio desanudó con el pecho un centro desde la izquierda y, cuando vino Axbom a cerrarle, le pasó la pelota por encima de la cabeza, en una parábola vertical, para recogerla a su espalda. La burla quedó completa con la volea consiguiente, más allá de Svensson. La jugada forma parte de la iconografía del fútbol. Desde entonces han volado miles de sombreros. Savio hizo dos seguidos en la frontal del área a Osasuna y luego pegó un empalme digno de Pelé. Ronaldinho les colocó tres seguidos (¡tres!) a dos defensas del Athletic, sin dejar que la pelota tocase el suelo, hace un par de años en el Camp Nou. Fascinó tanto a los dos vascos que a éstos no se les ocurrió ni pegarle. Lo que hubiera hecho cualquiera.

La finta o el amague: Garrincha
Usar el cuerpo para engañar, antes siquiera de tocar la pelota, constituye un principio básico del juego. Desequilibra al defensor y lo saca de la referencia directa y principal, que es el balón. El cuerpo forma parte del engaño, actúa como el capote de los toreros. Lo hacen muchísimos jugadores. Cani siempre amaga con la cintura y el abdomen antes de decidir por dónde se irá. Hay muchos ejemplos, pero nadie hizo de la finta un arte más rotundo que Mané Garrincha, el ángel de las piernas chuecas. El siete del Santos hacía la pausa y con él detenía al estadio entero, como una foto antigua. Parado, dejaba la pelota a medio camino entre el defensa y él mismo. Y luego, repetidas veces, amagaba la salida por un lado, para rebotar de inmediato a su posición original. Parecía una cuerda de goma. Boing para allá, boing para acá. Sin mover la pelota del sitio. El rival lo seguía y regresaba con él, como si fuera la imagen de Garrincha en un espejo. Cuando se había recompuesto, ya venía otra finta. Y otra y otra. Así hasta que quería Mané. Entonces se iba con la pelota. El tiempo y la evolución del fútbol han atemperado el impacto visual de muchos de los regates antiguos. Sin embargo, las fintas repetidas de Garrincha producen aún hoy el mismo vértigo fascinante.

El caño invertido: Pelé y el Beto Alonso
Fue en el estadio Jalisco de Guadalajara, en las semifinales de México 70. Uruguay contra Brasil. Acabó 3-1 para la canarinha, pero lo que se recuerda de aquel partido ocurrió con el resultado ya decidido. Pelé vio venir la pelota contra Mazurckiewicz, que salió a achicarle. El brasileño corrió hacia ella pero en el último instante resolvió no tocarla. Raro porque ese balón iba en dirección al portero. En realidad, Pelé lo dejó pasar entre sus piernas y siguió corriendo en dirección a la portería. El arquero de Uruguay se quedó parado y no supo bien a qué lado ir: la pelota siguió su camino por un costado y Pelé lo rodeó por el opuesto, para retomarla. Luego, muy escorado, tiró fuera. Una jugada que hizo historia y consagró imitaciones. La más famosa en Argentina es la del Beto Alonso, figura de River, en un partido en que la Banda le propinó a Independiente la goleada más espectacular de la historia (7-2). En uno de esos goles, el Beto recibió un pase y amagó rematar, pero en cambio dejó correr la pelota y pasó por detrás del arquero Santoro. Alonso siguió la jugada, alcanzó el balón y lo depositó con dulzura en la red. Últimamente, Uche se ha inventado una variación sin autotúnel ni amago de remate, pero sí con un engaño del cuerpo: el nigeriano la llama, con buen sentido en un lugar como Huelva, la banderilla.

El Drag Back: otra vez Cruyff
Quizás el regate más característico del holandés. Muy reconocible, pero complicado de definir. Con el cuerpo de medio perfil frente al defensa, Cruyff amagaba un pase rutinario atrás con el interior. En el último momento, cambiaba de idea y giraba el tronco con violencia, para tocar la pelota con el talón en la dirección opuesta a la anunciada, por detrás de la otra pierna. Como todo el cuerpo había participado en el engaño con un escorzo exagerado, el defensa seguía a Cruyff y olvidaba el balón. La pelota salía limpia al hueco y Cruyff, tras ella. Explosivo y altanero.

El túnel, el caño, la sotana: universal
La gambeta más celebrada, en un estadio o en el barrio. La más humillante. La más feliz. La más arrogante. La más callejera. La más universal. Un pequeño gol al defensa. Una victoria individual.

El autopase: Caniggia, Messi
¿Hace falta definirlo? La más afortunada tentativa de burla contra el viejo principio de los defensas: o pasa la pelota o pasa el hombre, pero los dos no... Hecha para velocistas explosivos y temerarios. Se juegan la vida, nada más. En el autopase la pelota va por un costado del defensa y el hombre por el otro. Y los defensas tienden a buscar la carne para asegurarse la victoria moral y la física.

La bicicleta: Di Stéfano, Ronaldo, Cristiano y Robinho
Di Stéfano parecía bailarle a la pelota: le pasaba las piernas por encima y ese gesto enardecía a los estadios y ponía en los defensas un nerviosismo paralizante. Recurso básico en los espacios reducidos o en campo abierto: las bicicletas son para el verano y todas las horas, la banda o el área. El saludo inicial de Cristiano Ronaldo al defensa siempre es una bicicleta. Robinho puede tirar cuatro o cinco seguidas antes de tocar la pelota un poquito hacia la izquierda, para irse. En Brasil era O Rei das pedaladas. La bicicleta más feroz que uno recuerda fue la que le hizo Ronaldo con el Inter al portero del Lazio, en la final de la UEFA que jugaron los dos equipos italianos en 1998 en París: el gordito afrontó a Marchegiani desatado a la contra, a toda velocidad. Uno contra uno. Entró contra el portero hecho un frenesí humano y le largó un par de bicicletas tan sensacionales que el portero se fue al suelo hecho un guiñapo, mareado y vencido. Ronaldo pasó de largo como un tren de mercancías y se limitó a dejar la pelota en el gol. El 3-0 definitivo.

La cola de vaca: Romario
Giro de medio lado con la pelota envuelta en el interior del pie, de dentro afuera, siempre embebida y oculta a cualquier posibilidad de que el defensa la alcance. Una jugada clásica de los grandes dribladores suramericanos, y en especial de los brasileños. Ellos le dicen Rabo de vaca. Tanto da. La verdad es que no hace falta ni molestarse en describirla porque su encarnación es también universal y en España la recuerda cualquiera. Cola de vaca: dícese de aquello que Romario le hizo a Rafa Alkorta en el 5-0 del Barcelona de Cruyff al Real Madrid en el Camp Nou.

La elástica o el chicle: Rivelino, Ronaldinho
De la cola de vaca nace la elástica, el regate definitorio de Ronaldinho, si es que puede haber alguno. Es una evolución del anterior. En lugar de envolver la pelota en el interior del pie para hacer el giro, aquí el toque inicial viene hacia fuera con la puntita de la curva externa, para recogerla de inmediato con el interior y cambiarle el sentido hacia dentro. Un juego de muñeca hecho con el tobillo. Una variación rápida como un látigo, menos armónica pero más sorpresiva, si cabe, que la cola de vaca. Cuartero sufrió la más notable que ha hecho Ronaldinho en España, pero nada es nuevo en el fútbol. Ronaldinho admite: "La primera vez que la vi fue a Rivelino". Rivelino, aquel 10 bigotudo que heredó de Pelé el cetro dorado de Brasil.

La boba: D'Alessandro
Al Chacho Coudet le fascinaba verlo. D'Alessandro le tiraba la boba en los picaditos de River y Coudet se partía de risa, en lugar de defenderlo o enojarse. Ese regate tenía y tiene algo de humorada infantil, un cierto gamberrismo. No es un quiebro, es una travesura. Dado que el argentino del Zaragoza es un miniaturista del juego, la boba viene a ser la elástica concebida en una baldosa, en espacio mínimo, y a una velocidad invisible. D'Alessandro la hace por costumbre o defecto, casi de manera involuntaria: cada vez que enfrenta a un defensa le plantea primero esa pregunta. Parece que le estuviera midiendo los riñones o diciéndole: "¿Te gusta lo que sé hacer?".

La pisada: Moreno, Puskas, Riquelme
El húngaro la mostró al mundo en Wembley. El Charro Moreno llevaba años pisando pelotas en Argentina. Maradona hizo dos pisadas formidables en el medio campo en su famoso gol a Inglaterra en México, antes de partir a ese eslalon portentoso. Jimmy Johnstone metía suela como un niño en el Celtic campeón de Europa en 1967: iba y venía en un sentido y otro, girando sobre sí mismo y haciendo girar a los defensas como trompos, antes de arrancar con el impulso de una centella. Pero pocos han pisado la pelota como Riquelme, que juega con ella como si rebozase carne picada en pan y huevo. La pisada con caño de espaldas que le endilgó a Yepes, de River, podría ser una de las jugadas más displicentes que jamás se vieron. Y una de las bromas más acabadas de la historia del humor. Riquelme no crea fútbol, lo amasa. Hace albondiguitas con los pies y luego las pone en la tartera del área a fuego lento.

La ruleta: Zinedine Zidane
En algún momento, la pisada derivó en la ruleta. Como los perfumes caros, como las perlas en el cuello de las damas, como el champán frances, la ruleta define una inequívoca forma de elegancia. En su Fútbolcedario, Alfredo Relaño anotaba estas dos entradas: "Nueve: Zarra"; "Gol: Zarra". Bajo ese patrón, y siguiendo el razonamiento, cabría igualar la elegancia con un nombre: Zidane. Nadie ha hecho de la ruleta el armónico espectáculo logrado por Zidane. Un dribling en el que el jugador pisa la pelota con un pie y luego con el otro, para después girar 180 grados sobre ella, arrastrándola bajo las dos suelas para recuperar la dirección en posición ventajosa. El eje del movimiento no ha variado, pero sí la circunstancia. Majestuosa e indefendible, la ruleta exige un control exacto del cuerpo. Y nadie como Zidane ha acomodado su esqueleto a los vaivenes de la pelota.

La foca: Kerlon
Como los pájaros de colores o los insectos miméticos, la foca es producto del exotismo tropical. Ponerse la pelota en la frente y conducirla en carrera, pasando rivales mientras se sostiene el balón sobre ese hueco mínúsculo que antecede a la península de la nariz. Lo raro es que no se la rompieran al brasileño Kerlon, del Cruzeiro, cuando la dio a conocer en el Mundial sub-17. Los médicos le aconsejaron enseguida que no la repitiese: corría peligro de que algún defensa con la dignidad menoscabada le partiera la crisma.

La croqueta y el aguanís: Laudrup y Raúl
El madridista Raúl identifica su gol en la Intercontinental contra el Vasco de Gama como un instante "trascendental" en su extensa carrera. Viniendo de izquierda a derecha, Raúl enfrentó al portero con la zurda y le hizo un amague de tiro que convirtió en un regate horizontal al espacio, envolviendo muy leve la pelota en la curva interna del pie. El portero se quedó en el primer embuste y ya no regresó, salvo para sacarla de las redes. "Cuando jugaba de niño, mi padre me daba un aguanís cada vez que hacía un regate", contó Raúl cuando le preguntaron por el singular truco. El muchacho de la colonia Marconi era ya el héroe castizo por excelencia. En otro nivel, la danesa frialdad de Michael Laudrup hacía de ese regate una maravilla cotidiana, con un nombre de andar por casa: la croqueta. Era su modo de conducir la pelota, finísimo, delicado. En El Sadar completó una estupenda con su guarnición preferida: un pase de cuchara con el exterior a Romario, mirmirando a otro lado. Gol de O Baixinho, claro.

La noria: Osvaldo Ardiles
Para encontrarle el nombre hubo que preguntarle a mucha gente. Nadie sabía bien. Todo el mundo identifica esta gambeta con una larga perífrasis: ese regate que les hace Ardiles a los alemanes en la película Evasión o Victoria, de John Huston. Ah, sí... Dejarse el balón a la espalda y, con el tacón de un pie y el interior del otro, levantarlo en el aire como un globo de gas, pasándolo por encima de la cabeza para que caiga por delante de nosotros, a los pies. La forma más artística y florida del autopase. La hacía Hugo Sánchez de muerte en los calentamientos; la frecuenta Jay Jay Okocha en el Bolton. Okocha nunca ganó nada, pero se lo pasa como un indio jugando al fútbol y haciéndoles esas cositas a los rivales. La de Ardiles fue de película. Pero, ¿cómo se llama ese truco que todos los niños intentaron desde siempre? En Argentina le dicen a esto la bicicleta, y lo que hace Robinho sería la media bicicleta. El nombre final se lo debo al memorioso José Antonio Martín Petón: "Me parece que a eso se le llama la noria", me aseguró por teléfono. Y si no es la noria, le cae perfecto.

El taconazo: Di Stéfano, Savio, Redondo
Un compañero de profesión me contaba hace poco, ufano: "Yo estuve en ese partido en Old Trafford en el que Redondo hizo aquel regate de tacón". Todo el mundo se acuerda: el partido es el que el Madrid le ganó al Manchester United en la Champions de 2000, una exhibición que el público inglés saludó ovacionando al equipo blanco. De camino a la línea de fondo, Redondo se hizo un autopase extraordinario con un taconazo eléctrico, llegó al límite del campo y se la dio a Raúl atrás para el gol. Parece necesario verlo, no basta explicarlo. Hay tanta potencia, decisión y clase salvaje en el regate que las palabras no alcanzan. Savio acostumbra a hacer una pequeña revisión de esa jugada con el talón para cambiar de dirección y salir de la banda hacia el carril central. Luego conduce en libertad. Sin embargo, el juego de tacón siempre tendrá un dueño: Alfredo Di Stéfano. Fue el precursor, el primero que engañó a un portero en España con la espalda del pie: uno de sus goles más famosos, al Valladolid.

La cuerda: Onésimo, Laudrup, Butragueño
Pasarse la pelota de un pie a otro para eliminar a un contrario. Dicho así parece sencillo, pero si usted lo intenta en casa lo más probable es que se le enrosquen los pies y caiga de bruces. Onésimo, el jugador peonza, lo hacía de locura. Enlazaba una cuerda con otra hasta perder la cabeza y la pelota, que en su caso venía a ser lo mismo. Laudrup llevó ese regate a palacio con su elegancia de cortesano. Pasaba a los defensas como si estuvieran compuestos de aire. Pero había de ser Butragueño, con su singular sentido histórico, el que enmarcó este dribling para la posteridad en su remontada de la línea de fondo en Cádiz, el día que debutaba con el Madrid. Miguel Pardeza vio toda la acción en silla de pista y se pasó la jugada pidiéndole la pelota al Buitre para acabar el gol. Pero el niño angelical tenía otros planes. Desde el lateral del área y subido en la cal, Butragueño fue largando cuerda y pasando rivales hasta dejar la pelota en la portería, junto al primer palo. Lo hizo con la misma modestia con la que una madre pone en la ventana un bizcocho recién horneado, para que se enfríe.

Postdata: La rabona no es un regate ni una gambeta, pero si no aparece aquí estaremos olvidando quizás la mayor broma, con el caño, que ha producido el fútbol. Un golpeo (para pasar, para tirar, para centrar) con un pie por detrás de la pierna contraria. Para partirse las rodillas, bah... Las rabonas de Rivaldo, las de Maradona: aquél centro de rabona a Ramón Díaz para el gol. No es un regate, no; pero no incluirla aquí sería de criminales.

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4 comentarios

Alberto -

Diego Armando Maradona...
El mejor jugador de la historia!!
De eso no hay dudas!
Encima es bosteroo ;)

Pablo -

Hola Mario... ¡Tremenda clasificación! Fanático de Eduardo Galeano, llegué a este blog por casualidad, sediento de historias de gambetas, de monstruos del fútbol, pero sobre todo de héroes rantifusos, de ángeles grises como Garrincha. Lo confieso: es la primera vez que leo un post tan extenso de punta a punta. Ya me lo marco entre los "favoritos".
Un saludo desde Buenos Aires...

Mornat -

Disculpas por el error. Robinho estaba, desde luego: sólo que me lo olvidé en la segunda parte del artículo, que no había traído aquí. Si no te importa, lo metí en la sección de la bicicleta. Pero bien podría andar rondando el amague, cierto. Un saludo y gracias.

robson -

y robinho donde queda? por lo menos tiene que estar en la seccion de la finta o el amague por que robinho en esto es un fenomeno (para mi el mejor del mundo).
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