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Somniloquios

Gavilán y paloma

Real Zaragoza, 1-Getafe, 2

Diario As, 13 de marzo de 2006

www.as.com 

El zurdo del Getafe se comió a un rival decaído - Álvaro vio la roja y su equipo perdió el norte - Tarde de gloria para Paunovic y... Luis García

Schuster es de esos ex futbolistas que pueden mirar al fútbol de hoy por encima del hombro, porque el fútbol del salto de siglo ha privilegiado el físico de musculosos impostores que no le podrían ni limpiar los zapatos. Schuster nunca fue de esos tipos que se quedan mirando al dedo cuando el dedo señala a un punto. Por eso primero dijo que le gustaba Ewerthon y luego lo que hizo fue jugar el partido en el medio campo, rellenarlo de chicos con oficio, muchachos como Vivar Dorado o Celestini o Alberto, e interrumpir y meter al Zaragoza en un callejón. Fue como declarar que Ewerthon o Diego Milito no serían nada sin Cani, Óscar y Celades... El resto lo hizo Álvaro, que a todas las imperfecciones del Zaragoza le agregó la definitiva, al dejarlo con diez. El colmo para un equipo al que, paradójicamente, se le veía más fresco en la acumulación de partidos de la Copa que ahora que entrena y descansa toda la semana. 

 

El fútbol tiene a veces esas cosas misteriosas, inercias difíciles de explicar e interrupciones a las que nadie les encuentra demasiado sentido. Algo de eso ocurre también con Álvaro, un chico estupendo que unas veces modela la realidad como si pudiera tocarle los lados con su explosivo vigor, y otras se desconecta inesperadamente del mundo y hace cosas como la de ayer. La que lió Álvaro. Se fue expulsado tras un pleito que no era suyo. En realidad, él ni estaba, porque toda la secuencia arrancó con una porfía, una de esas, entre Cani y Gavilán, sobre el flanco. Álvaro llegó como improbable juez de paz y por detrás apareció también Paunovic, resuelto a decir lo suyo. Se engancharon. El árbitro resolvió la gresca con diálogo, que para eso era el Día del Árbitro y había que sacar el talante y jugar a las máscaras. Hacerle pasillo a un árbitro supone el colmo de la memez. La corrección política y esas bobadas. La anestesia general. 

 

En la siguiente jugada se impuso la verdad. La vena hinchada. Álvaro tuvo un balón y Paunovic llegó por su espalda, bufando, dispuesto a dejarle un recado. Álvaro sintió la amenaza y sacó el brazo para darle la bienvenida con un guantazo, como Terence Hill. Paunovic cayó igual que un fardo. Rodríguez Santiago mandó a la ducha a Álvaro, que aún le pedía explicaciones a Paunovic mientras el serbio se buscaba la nariz. El delantero se repuso. El Zaragoza ya no lo haría. Algún pasaje, pero en general no.

 

En realidad, el Zaragoza estuvo toda la tarde medio desenchufado, o al menos incapaz de encontrarse a sí mismo en un perfil sólido. Schuster puso a los suyos en un 4-1-4-1. Eso le servía no tanto para disimular la ausencia de Güiza como para negarle al Zaragoza su alegre naturalidad. La medida le planteó muchas dudas al equipo de Víctor. Ese medio campo del Getafe parecía un rallador de queso, una licuadora. Durante media hora, al sabroso Zaragoza de los últimos tiempos apenas le fluyó un hilillo de zumo o de fútbol, un hilillo que diría Rajoy. Poca cosa. De hecho, Gavilán le entregó un gol cantado a Alberto que éste tiró a la grada (17’) y Cotelo golpeó raso y fuera otro balón que quiso ser el 0-1.
 
Una de Cani
Rarísimo que anotase primero el Zaragoza, pero el gol le da la razón a Schuster.  Cani y Óscar, inéditos, se cambiaron los lados a ver si así encontraban alguna pelota o algún camino. Y una vez, una sola, Cani le hizo la rata a Pernía sobre la raya. Avanzó en diagonal y vio a los dos tiburones coletear febriles a la espalda de la defensa, en un desmarque idéntico. Los vio invadir el área y puso ahí la pelota. Podría haber elegido a cualquiera pero eligió a Ewerthon, y eligió bien porque la ruta del brasileño era exterior. Ewerthon tuvo apenas que aguardar la salida de Luis y tocarla dentro a Diego. Diego la empujó y gol. 

 

Esa ventaja le duró al Zaragoza apenas cinco minutos. Y pudo ser menos porque, a la vuelta de un córner, Gavilán quedó habilitado por la demora de Celades. Cabeceó para Vivar Dorado y éste a gol, pero Rafa Guerrero (Rafa Guerrero y el Día del Árbitro son conceptos que se anulan entre sí, como una piraña en el Acqua Park) levantó la bandera y acertó el orsay de Vivar Dorado. Visto ahora, fue una premonición: en el 38’, César se tragó un centro de Gavilán y Paunovic le puso la cabeza y el nombre al 1-1. 

 

Otra vez Gavilán. Gavilán y no paloma. Ahora... ¿no habíamos quedado en que el ‘cantaruti’ era Luis García? Pues no,  cantó fue César, que salió al balcón y no había balcón. Estos desórdenes subrayan el diverso infortunio del partido. Luis no puede quejarse de su regreso. Para empezar, salió con una camiseta que sí le llega para metérsela por el pantalón, no como la del año pasado, que le colgaba en la cintura. Parece un detalle menor, pero la presencia importa, como veremos a continuación. La grada le pitó, sí, pero menos de lo que le pitaba el año pasado, lo que explica muchas cosas. Y luego... en fin, resulta que Luis le sacó tres goles al Zaragoza. Pero tres. Es verdad que le vimos algunos errores, su clásica parada en tres tiempos y medio, o esas indecisiones que convierten el área pequeña en Campicha. Pero hizo un partidazo, porque hizo lo decisivo. 

 

Sacó tres goles cuando había que sacarlos, cuando su equipo ya se había puesto en ventaja con el segundo de Paunovic. Lo ideó Gavilán, claro, animado por la anuencia de Ponzio y un resbalón inoportuno de Gabi Milito. Víctor se hizo un lío para recomponer al equipo tras la expulsión de Álvaro. Primero puso a Zapater de central y, cuando el Zaragoza volvía a carburar, lo cambió para meter a Toledo en la izquierda y a Cuartero en el centro de la zaga. Finalmente sacó a Cuartero del campo e introdujo a Savio. Todo ese galimatías ocurrió con el mismo resultado, el 1-2. Óscar se fue para meter un defensa justo cuando había despertado y casi hace un gol. ¿No había una forma más sencilla o más directa? 

 

En fin, el último acto fue Diego contra Luis. Luis y sus tres intervenciones. Primera, cuando se escapó Ewerthon en una carrera portentosa en la que el defensa, Tena, parecía correr hacia atrás. Por si alguien halla una fórmula matemática que lo explique, la escena fue así: Tena partió con dos metros de ventaja en busca de un pase a su espalda; Ewerthon abrió gas, y en un sprint de diez yardas recuperó esos dos metros y le sacó otros tres a Tena, que rezó todo lo que sabía. El brasileño alcanzó la pelota y golpeó, pero su remate encontró el cuerpo del señor García. Luego rechazó un disparo magnífico de Óscar, justo para que pegara en el palo. Y finalmente, un cabezazo de Diego Milito, que a esas horas ya jugaba solo contra el mundo. Luis rozó con la yema de los dedos y la pelota, graciosa, fue otra vez al travesaño. Se murió ahí.

 

Así quedó la cosa. Luis García, héroe en La Romareda. No escuche usted a su conciencia, olvídese de esto, si puede. Olvídese también de Europa, salvo por la Copa, claro. Será la Copa de Europa. ¿La revancha del 5-2? Otro año será. La única venganza fue la de Luis. Y encima la camiseta le quedaba bien. Esto pasa por hacerle pasillo al árbitro.

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