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Somniloquios

Verano

Verano

Del verano prefiero el mes de julio, y de cada mes los días rotundamente azules. Me gusta acostarme entre sol y sombra de un grupo de árboles y mirar cómo su brillo atraviesa las hojas y las matiza con brillos de trasluz. Me gusta mirar al borde de las copas que se recortan con el cielo y llenarme de ese contraste, verde sobre azul, los dos muy vivos. Me gustan los parques en verano. Me gusta el paseo arbolado en el que una estatua imita a dos enamorados que caminan reunidos por un paraguas, bajo la lluvia. Y el frondoso muro que entreverando los ramajes se levanta hasta la altura de varios pisos. Hay que mirarlo desde un punto exacto de la avenida. Bajo el edificio de cristales de color repetido, en diagonal y hacia arriba. Y el paseo, si ignoramos los automóviles y la calzada, tiene la profundidad repentina de un bosque. A veces dos novios detienen la tarde para arrullarse en un banco y mirar a los enamorados de la estatua, a los que la lluvia nunca alcanza.

El verano es eso y es el río exhausto con la tripa abierta como un animal, sin caudal que le cubra los pedregales. Parece moroso en los meandros y recto, dignificado y sereno cuando entra en la ciudad desplegando el lecho como en un desfile. Tiene carácter. He visto balones que se perdían veloces en sus aguas y los hemos perseguido hasta donde daba la orilla, pidiendo que el viento los aproximara. A veces lo rescataba un piragüista, otras muchas veíamos esa pelota, embebida en la corriente, alcanzar en segundos los puentes y más allá, menguando hasta ser invisible. Un balón perdido en el río suponía una pequeña tragedia cotidiana del verano. Había otras. He visto gente salir muerta y con color de barro, los miembros atribulados de rigidez, o con una pierna negra como un madero quemado. He visto ahogados. He visto gente caminando sobre los barandillas de los puentes, quizás jugando al suicida redimido. El río es un vivir para mirarlo siempre cambiante e igual, o un morir premioso o repentino: entrar a nadar en sus aguas, sentir un tirón sin sentirlo, algo que te lleva abajo y te aferra sin tocarte. El río se ha tragado a personas en apenas segundos y ahogado sus gritos en barro y maleza. Y los ha devuelto 30 metros más abajo cuando le ha dado la gana.

El verano me hace alegre melancólico. Cada día me parece una culminación de todas las posibilidades de la vida y un atardecer de la esperanza, todo en muy pocas horas. El verano es resplandor en las piscinas, ardientes de una luz que se contorsiona sobre las ondas de la superficie. No sé por qué esa imagen siempre tiene para mí el rostro de una mujer inconcreta y una música que la enmarca. Es el túnel del tiempo: mirar a los adolescentes saltando gritones al agua frente a ellas, que miran y retiran la mirada, juegan a la goma del cortejo, como todos hemos hecho. Pasar la tarde en el césped, cambiar miradas y encontrar significados. Dormir arrollado por un sol tranquilo y vehemente a la vez. Y después la fanfarria nocturna, las chicharras, los grillos, el zumbido del agua, el susurro de los árboles, las voces en sordina que hablan en el porche, sentadas en hamacas o en un balancín quejoso. Nadie quiere acostarse y yo tampoco quiero. En el parque suenan músicas que no acaban. La noche lenta y preciosa. En la montaña, una vez me senté frente al valle en el mirador del viejo pueblo, y el cielo derramó estrellas sin fin contra la ladera inmensa, haces de luz que se desprendían de un telón que oculta la tramoya del universo. De niño, algunas veces acampábamos en la tienda de unos amigos. Unas esterillas hacían de camas, y yo me hundía en el sueño escuchando al otro lado de la tela azul a los animales, y el cuchicheo de los mayores que fumaban y hablaban, sentados en sillas de tela en forma de aspa. Entonces no existía el cansancio. Nos despertábamos en bañador y salíamos a jugar y a tirarnos en la piscina. Y luego, a tomar el desayuno. El día era enorme comparado con nuestro tamaño. El verano terminaba, sí, pero lo hacía muy despacio, como todo lo demás cuando uno es niño.

Del verano me gustan las tormentas lejanas que cruzan campos arrasados de sol, los rayos verticales sobre un fondo gris, el dramático teatro silencioso. El olor de la tierra mojada. El rumor del trueno que llega como muchedumbre de una caballería remota. Las cuatro torres de la basílica en silueta contra el cielo, sobre todo cuando las iluminan. Los mosquitos afanados en su locura bajo las farolas del puente. Me gustan los atardeceres anaranjados en la cabecera del río, el ábside de la catedral, las calles heladas de sombra en agosto, aunque huelan a orín. Prefiero pensar en esta ciudad cuando era ciudad de palacios y casas solariegas, rodeada de campos y limitada con portones de piedra. La torre de mi calle que marca la hora de la ciudad. La medianoche blanca de la siesta, que anotó Capote. Me gusta la primera noche del verano, que es ésta, cuando el cielo no se ha apagado del todo y aún guarda en su tono algo de este día, un color que la luna mezcla despacio. Entonces prefiero las nubes que dan energía al contraste, matices violáceos, opacos. Hoy las he visto como trazos cuarteados de un lapicero blanco usado con destreza, y luego difuminadas con el índice. Recuerdo una tarde larguísima frente al Cantábrico y otra similar al sur, donde se angosta el Mediterráneo. Una noche hecha con despiadado añil que cruzaba el cielo de los cabos y bahías; nació turquesa y murió negra. En esa variación yo traspasé el éxtasis de la mirada y la vacié de lado a lado del horizonte.

Me gusta caminar con música y mirar a la gente, darle a la ciudad el ritmo de mis oídos. Irme y regresar. Me gusta el momento exacto en el que por primera vez, a lo lejos, distingo los perfiles de los edificios, la confusión de calles, las agujas que se levantan y son el nombre del lugar. Me gusta mirar al sol en la última hora de la tarde, como moneda de oro licuada en la perpendicular de los puentes. Deberías haberla visto. Siempre es la misma tarde si es verano. La miro y vuelvo a casa y comienza la noche, la primera. Entonces repaso de una vez todas las cosas que me gustan, y siempre encuentro las mismas o agrego otras.

Foto: Mi abuelo Mario, en la piscina de las gradas en Helios, en una imagen de verano de otro tiempo que se repite incesante y casi exacta. El verano es también él, tomando café en el poyete junto a la palmera, aguardando a verme llegar sudoroso de otro partido. O en su terraza en las últimas semanas, protegido por los toldos frente a una asfixia que él ni siquiera advertía, porque su cuerpo se le había hecho una lengua de hielo. Apagándose en la luz del último verano, pero sin ceder ni un ápice de ese brillo suyo que le sobrevive.

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3 comentarios

Mario -

El verano es la vida en toda su extensión. Y lo demás un sucedáneo. Lo que no quiere decir que no tenga algunas virtudes disfrutables. Pero ni comparación...

Anónimo -

¿Cómo no le puede gustar a la gente el verano? El verano es la estación que estamos esperando el resto del año.

alex -

Una tarde de hace muchos veranos, mi hermana Tatiana buceaba por una piscina de Helios con sus inseparables gafas. Le gustaba ver las piernas de la gente bajo el agua. De repente, lo que vio fue a su hermano Alejandro, de apenas dos años, a punto de morir ahogado. ¡Qué bueno no ser hijo único!
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