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Somniloquios

El Príncipe hace justicia

El Príncipe hace justicia

Real Zaragoza, 1-Villarreal, 0
23ª jornada de Liga
 

Hay partidos que nacen muertos y uno no los arrancaría ni con aquellas palancas de los Ford descapotados de 1903. Hay otros que parten bufando nada más comenzar, echa a rodar la pelota y se esparce por el campo una alegría juvenil, un desenfado sesentero, un verano del amor que florece incluso bajo la fina lluvia que dejó la tarde. El de ayer fue de esos. El día había sido tan bonito en Zaragoza, tan primaveral y desustanciado para el mes de febrero, que conforme cayó la tarde se vino abajo y de puro hermoso resolvió diluirse en agua y viento. Sin embargo, el Zaragoza se había empapado del día y jugó un encuentro de pura delicia, hecho de detalles como puntillas y de un fragor creativo que repartió en dosis casi exactas durante casi todo el choque. Diríamos que uno de los mejores del año, aunque el resultado se le quedase apretado por culpa de la portentosa actuación de Barbosa. Otro portero que sale consagrado de La Romareda.

 El sufrimiento final no tenía sentido, no contaba la verdad. El Zaragoza se hartó de jugar con generosidad y alegría, pero el marcador no le correspondió. El marcador estaba dormido o lo anestesió Barbosa con ese recital en el que puso un repertorio más largo que el de los Rolling. Barbosa, con la sombra de Viera al fondo, se hizo un partidazo para el recuerdo, para ponerlo en un marco sobre la televisión de sus papás, allá en Avellaneda. Le robó el protagonismo a Cani y a los demás, y eso que a Cani cada cual le dijo lo que le vino en gana. El Niño tuvo un regreso algo ensombrecido. Lo mejor del Villarreal fue Pellegrini, que  vestía abrigo largo azul marino con el porte que los hombres de cana prematura le otorgan a cualquier prenda. Parecía que se hubiera salido de una boda para ir al partido, como en Días de fútbol... aquella película tan triste. Se despidió de los novios y puso a Tomasson arriba con José Mari, que se había estirado el pelo en el vestuario con alquitrán y una coleta. Tenía el aspecto hombruno de un bailaor, pero Sergio y, sobre todo, Milito, no le permitieron ni medio taconeo. En la primera parte largó un par de tiros desde fuera del área que le dibujaron un paréntesis a la portería de César. Primero comba a la derecha; luego, comba a la izquierda. Y en eso se quedó, aunque daban ganas de jalearlo a olés.

El fútbol arrancó pronto. Caía la lluvia de medio lado y caía García hacia los lados. Sergio es la palanca en cualquiera de sus acepciones: levanta a los defensas rivales y pone en marcha el motor del equipo. Salió un par de veces por cada flanco y en siete minutos ya le había forzado una amarilla a Quique Álvarez, que se comió la media vuelta de trilero de García al borde del área y se pasó el partido girando para cualquier lado. Tuvo la misma precisión y autoridad en sus decisiones que una peonza. El Zaragoza, animado por el entusiasmo del muchacho, entró a jugar como una máquina encelada. Agarró la pelota y la hizo suya para repartir fútbol por todos los lados con brocha cuidadosa. El medio campo era lugar de paso, frontera veloz al ataque, y Sergio se empeñó pronto en el gol. Barbosa se lo impidió dos veces y anunció lo que sería. Una de cabeza y otra por abajo. También a Gabi, que entró a cabecearle una vez como si midiera dos metros y medio. La picó abajo y Barbosa la manoteó. El Villarreal no llegaba. Forlán comía chupa-chups en el banco. La única parada de César fue a Tomasson en el minuto 9. El danés anduvo somnoliento. César le interpretó el tiro mucho antes, como si se lo hubieran pasado por televisión la noche anterior.

Barbosa, sin embargo, se robó el partido, como ha ocurrido ya con varios porteros en La Romareda. En algún punto se puso palomitero, pero por lo demás hizo un partidazo memorable. Las sacó a  todas las horas, en la primera y en la segunda mitad. Lo batió apenas un tirito de Zapater al palo. Últimamente Zapater se descuelga hacia arriba con alegre frecuencia.  Ayer lo hizo él y también Movilla, que visitó la frontal del área con un vigor emotivo. A la media hora de juego, Zapater apareció en el lado derecho y se escapó de dos rivales con el timo de la estampita. Enganchó con D'Alessandro y pisó el área buscando la devolución, llevado por una inercia ventajosa. Se encontró a Senna y le recortó hacia fuera, para quedar en un difícil equilibrio desde el cual se las arregló y remató blando con la zurda. La pelota tocó a un defensa y salió rasa, abriéndose lejos de la estirada por abajo de Barbosa. Tocó el palo y, cuando se iba , apareció Diego Milito con el aparejo de cazar mariposas. El Príncipe había seguido el vuelo bajo de la pelota y embolsó a la papallona en la redecilla. Van quince. Los mismos del año pasado en toda la Liga. Y quedan quince partidos. O sea.

La verdad es que el partido no cambió nunca. Fue raro porque fue un partidazo resuelto con un gol de oportunista. Lo tuvo siempre el Zaragoza en los pies, por más que Pellegrini buscó soluciones en el Loden marino. Quiso agitar el choque con Marcos primero y después con la reunión de Forlán, Guille Franco y José Mari, pero el Villarreal no varió sus constantes lo suficiente para comprometer el dominio del Zaragoza. Por más que en el último tramo la inquietud fuera inevitable, la diferencia gigante que estableció el juego resultó evidente en cada minuto: el Zaragoza jugaba a chorros, con una fluidez y un impulso irrefrenable. Nery le ayudó mucho en el último tramo. Al Villarreal le costaba un mundo armar algo de juego que culminase en peligro. Se pasó la noche dándole a la palanca del Ford de 1903. Otra cosa es que, con un exiguo 1-0, un gol viene de cualquier lado y todo huele a desastre. Diego había podido cerrar el partido pero Barbosa le hizo una parada de otro tiempo, de otro lugar, de otro planeta. Él había sido el único obstáculo entre la gloria del juego y la del resultado. Guille Franco tuvo el empate en el alargue, pero remató fuera con ímpetu. Se ve que es un chico con sentido de la justicia.

Diario AS, 18 de febrero de 2007
www.as.com

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