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Somniloquios

Diego se olvida la puntilla

Diego se olvida la puntilla

Últimamente tengo el desmayo primaveral o poco tiempo para pensar con frivolidad, el ingrediente básico de Somniloquios. De ahí que a ratos me quede callado, mirando a la pared blanca de este blog sin saber qué decirle. Mientras se me pasa, voy a mirar a otro lado y largo aquí un par de crónicas del Zaragoza en las últimas semanas: el alegrón del Atlético y la rutina de Getafe. Los dos titulares tienen por protagonista a Diego Milito, desde perspectivas diferentes que en el fondo resumen al Zaragoza. Diego marca la estatura del equipo este año por encima de cualquier otro jugador. En realidad, creo que la temporada tiene dos nombres ineludibles: Gabriel Milito y Diego Milito... Con el paso de los días, o con la lluvia, me ha agarrado una cierta amargura porque me parece que no fui justo con Diego en esta última crónica. Titulé con su error frente a Abbondanzieri, que hubiera sido el 0-3 y seguramente la sentencia, y de ese modo autoricé la impresión de que el decepcionante empate lo tenía por responsable. Los titulares implican una inevitable reducción de toda la realidad de un partido; a veces, incluso de toda la realidad. Elegirlos supone un ejercicio algo agobiante de precisión, justicia, encanto, periodismo y razonamiento espacial: en la caja cabe el texto que cabe. La crónica argumenta el partido mucho mejor que el titular. Ya sé que tampoco las victorias lo tienen por único responsable, pero me molesta por Diego... También por Celades, al que juzgué con severidad quizá merecida, pero muy decepcionante para mí. Celades siempre me ha resultado lo que es: un muchacho educado, inteligente y responsable, con ese trato nítido de las personas bien formadas. También un futbolista muy apreciable para el Zaragoza. Ahora no está dando lo mucho que dio el año pasado en un largo tramo de la campaña, así que ese cero me salió del alma... Si es que los periodistas tenemos de eso. 

Por cierto, hace días que quería poner la grabación de YouTube del espectacular final de partido en las gradas con el Atlético: toda la hinchada cantando el himno del Zaragoza durante diez minutos, como nunca lo habíamos oído. Lo recojo ahora: el zaragocismo entusiasmado. No hay mejor modo de alegrarse que ese o una foto reciente de Halle Berry en Madrid, que tengo en la recámara para traerla en cuanto vea la ocasión. Mientras, cuento los dos últimos partidos. Ahí van.

Getafe, 2-Real Zaragoza, 2
Liga, 27ª Jornada
 

Empate decepcionante, tras el 0-2 - El Matador erró el tercero, que era la sentencia - La lesión de Sergio debilitó al equipo - Empataron Manu y Casquero

Casquero ajustó el 2-2 con un martillazo resonante, como si concluyera el montaje de un armario. Y de rotundo que fue el zurdo, ya nada se movió de su sitio. El Zaragoza no aprende a consumar los partidos: autorizó un democrático empate después de tomar una serena ventaja de dos goles. Tal vez no haya que hacer demasiadas preguntas a esa naturaleza despareja, que podríamos explicar por la ley natural, conveniente excusa filosófica: si no le hubieran remontado cinco partidos y empatado otros en los que también estuvo en ventaja, a esta hora el Zaragoza  le llevaría diez puntos a esos advenedizos del Barça. Y, la verdad... no está para tanto. A veces uno incluso tiene la tentación de preguntarse cómo hace para estar quinto, pero entrar en esa duda sería de tontos o de amargados.

El empate parece insuficiente a la vista de las circunstancias de la primera parte o de que viene el Barcelona. Para la relativa amargura que siempre es un empate vale cualquiera de esas dos perspectivas. Una victoria ayer hubiera dejado al Zaragoza en condiciones de manipular un tanto sus necesidades el sábado próximo. Hablamos de un equipo contradictorio, o con varias naturalezas en una misma: su defensa parece implacable, y sin embargo el global del equipo comunica una impresión de condescendencia excesiva, como le ocurrió ayer. A ratos parece que está clasificado muy alto para sus condiciones, y otras veces diríamos que le llega para subir incluso un par de peldaños... A menudo le falta algo en los partidos. Le falta ese poquito más... Ese poquito más que distingue las castas en un campeonato largo como la Liga.

Vayamos al partido. Explicar el fútbol por lo que podría ser y no fue no sirve de nada. Estrictamente, el empate se resolvió en el medio campo. Tanto por las actuaciones individuales, como por la táctica y el cambio que determinó la lesión de Sergio, que tuvo un impacto decisivo en la curva descendente del Zaragoza. Dirigir un medio campo es para Schuster lo que para Napoleón una partida de Risk: lo sabe todo. A Víctor le inquietaba la autoridad que el alemán ha comunicado al Getafe ahí, de forma que puso a Piqué para rellenar los espacios en los que el equipo azul encuentra sustento. De esa negación le salieron dos afirmaciones: una media vuelta de Sergio García (dejada sutilísima de Aimar con la cabeza); más la comba larga y mentirosa de D'Alessandro, que se comió el Pato con toda la guarnición.

Detalles
El foco del partido caía sobre los goleadores, pero habían marcado dos secundarios de lujo. Güiza y Diegol hicieron un partido capicúa: se dejaron al menos un tanto por barba y estrellaron su denodado esfuerzo contra dos centrales soberbios. Alexis expuso un ímpetu muy bien repartido; Gabi ratificó que, para él, los partidos no contienen espacios superfluos. El fútbol es una vida en miniatura, lo que te pasa mientras haces otros planes... Diego erró el tercero al afectar demasiado un toque frente a Abbondanzieri; y luego, entre Diogo y Zapater perdieron un balón que el Getafe usó para una contra y el cabezazo de Manu en el segundo palo. El 1-2. Vino el relevo de Sergio a la puerta del descanso. Entró Celades y Piqué fue atrás.

El Getafe supo disponer muy bien de esa ventaja imprecisa, encarnada en el crecimiento de un Casquero que acabó de capitán general. El choque se hizo fútbol pendular y descarnado, abierto, y acabaría subrayado por una cortina de lluvia poderosa. Antes, Alexis sacó en la raya un gol de Sergio y luego César le quitó otro a Alexis. Agitación, juego subterráneo, tobillos rascados. Pérez Lima, desaforado con las tarjetas en la primera parte, se las guardó cuando más falta hacían. A esas horas Casquero ya había hecho suya la plaza. En uno de sus autoritarios avances miró al frente, midió ángulos y fuerzas... y pegó el martillazo. A toda la escuadra. Luego se puso a llover una lluvia escrupulosa y los dos equipos se resguardaron un tanto. Quedaba mucho rato para ganar y también para perder. El empate servía para negar al menos una de esas dos posibilidades.
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