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Somniloquios

Diego sopla las velas

Real Zaragoza, 1-Atlético, 0
Liga, 26ª Jornada

El Zaragoza celebra sus 75 años a costa del Atlético - El gol del argentino acerca la Champions - Hubo más patadas que juego - El campo reventó de júbilo

Zeus raptó a la bella Europa oculto en la forma hermosa de un toro blanco como el alba, como aquél que aliñó Antoñete, torero de Madrid, en su más célebre faena; toro blanco como Diego Milito, que en la única jugada de la tarde le interesó al Atlético la femoral y lo que cuelga en los alrededores. Podría ser, si pensamos que el partido mezcló mucho huevo y poco fútbol, lo que hizo que saliera desleído y blandito, como sin molde: el Zaragoza, en una entrega desesperante de la pelota y los espacios, y el Atlético en una versión deprimida de sí mismo, la de los domingos pares. Ese gol, ese golazo de Diego Milito supuso una rotunda obra de arte en medio de un encuentro de trazo grueso, un retablo de frustraciones diversas, con los artistas hechos aire: Aimar, Torres, Agüero... Nada.

La tarde parecía liviana y primaveral, pero los jugadores se pusieron trascendentes enseguida, y en el fútbol la trascendencia adquiere formas singulares: como boxeadores arteros, los dos se buscaron las zonas blandas. Los fuertes golpearon a los débiles. Sergio le rascó los tobillos a Gabi, Pernía empató en la tibia de D'Alessandro, y Diogo pegó a pares, una a Jurado y otra a Pernía. Cuatro tarjetas en 23 minutos. Luego la cosa se remansó pero, con esa apertura, el Zaragoza había mostrado ya su arista cortante, inesperada en los equipos generosos con el juego.

Cinismo
El Atlético tenía un central portugués y otro brasileño, relativo exotismo del que cualquier clásico podría desconfiar. El gol nació precisamente en una salida de zona de Eller, que Diego interpretó con un desmarque formidable en cuanto el Atlético extravió esa pelota. Su carrera hasta el gol fue el principio y el fin del choque. Fue partido no sólo de un gol, sino de una sola jugada. La victoria significa un cierto secuestro de Europa por parte del Zaragoza, que el estadio festejó cantando el himno a pulmón durante 10 minutos, algo nunca visto en una tribuna que mide sus pasiones y vive siempre lindando con el escepticismo. Ese entusiasmo no tenía que ver con la forma (uno recuerda más patadas que fútbol), sino con la circunstancia y el balance: el Zaragoza se aproxima a la Champions a 11 jornadas del término del campeonato; aleja a los insurgentes Getafe y Recreativo; y deja al Atlético en abierto interrogatorio ante el espejo. No es sólo que el Atlético perdiese un partido de cuatro puntos; es que se dejó parte de su autoestima, factor que en un equipo volcánico como éste no se puede desdeñar.

El Zaragoza disputó Europa con el mayor cinismo del que fue capaz. Dejó hacer al Atlético y el Atlético no supo qué hacer. Aguirre no estaba seguro de tener la palabra precisa. Apretó a su gente por dentro, tal vez al considerar que ni D'Alessandro ni Aimar son futbolistas de banda. Pero la cuestión radicó en la incapacidad atlética para variar su velocidad o el gesto según conviniera. Ni siquiera dio impresión de peligro cuando el Vasco, apremiado por la creciente sensación de derrota, juntó a Torres, Galletti, Mista y Agüero. De su futilidad lo rescataron apenas Luccin, lebrel concienzudo, y algún detalle culebrero de Galletti y Jurado por afuera. Reunión insuficiente para decidir nada. Ni siquiera la pérdida de Gabi Milito en el descanso evitó la sensación de que el Zaragoza tenía al Atlético bajo control.

A Aguirre le pareció que la derrota había sido injusta. Si acaso, habrá que convenir que su equipo  no fue tanto víctima de la injusticia como de una justicia borrosa y débil, apenas categórica. Puede que esto no sea sino un retruécano semántico, pero es que el Atlético estuvo para no merecer siquiera esa mínima concesión. El Zaragoza se pasó el lastimoso segundo tiempo entregándole el balón e invitándolo a colarse en la fiesta. Nadie atendió. Al final, todos sabemos que en los cumpleaños sólo hay un tipo autorizado a soplar las velas. Los demás miran y si acaso prueban el pastel. Sopló Diego Milito y avanza el Zaragoza con el velamen inflamado. Si la justicia tiene que ver en el fútbol con el establecimiento irrefutable de una diferencia, la única diferencia la hizo Diego Milito. Lo demás fue todo igual. Nada.

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