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Somniloquios

El final de la escapada

As, 22 de enero de 2006

www.as.com 

Real Zaragoza, 0-Atlético de Madrid, 2

Ahora ya sabemos que Pepe Murcia cree con firmeza en la posibilidad de un solo medio centro, conjetura con escasos seguidores en el fútbol de hoy en día. Por el equilibrio y ese tipo de cosas se razona que tiene que haber dos, distintos y mezclados, como le gustaba cantar al Puma. Bueno, pues Murcia deja solo a Luccin y a los demás los dispone en rombo. Eso no le impide el equilibrio, y de hecho el Atlético tuvo sobre todo equilibrio, que es una cosa bien rara de definir pero que uno enseguida reconoce. O sea, que el Atlético estaba en los dos lados del campo. Delante cuando hacía falta y atrás cuando perdía la pelota. Bien metido. Con un solo medio centro, sí, pero todos bien alineados, bien ordenaditos, bien opacos, bien juntitos. Halló un hueco a la espalda de Toledo y ganó el partido. No hubo más. Créanselo. No hubo más. Bueno, el teatrillo de Iturralde, un tipo con el que el Zaragoza no ganará ni aunque juegue cien veces. Y la ratificación del gravísimo problema que puede llegar a ser Toledo en su peor versión. Como ayer. Maxi se dio un festín a su costa y hundió al Zaragoza.

Hablábamos del medio campo y los medios centros. El partido tuvo casi todo que ver con eso. Víctor también quitó a uno con respecto al miércoles, pero como ese día había puesto a tres aún le quedaban dos. Movilla fue al banquillo. Jugaron Celades y Zapater. Víctor cree en el equilibrio. Es hombre no diríamos de fe, pero sí de sólidos principios, a veces monolíticos y a veces ininterpretables como el mismo monolito de 2001, la de Kubrick. Necesitaríamos al desaforado Carlos Pumares para que nos explicara. Qué programas aquéllos. Qué madrugadas. La teoría de la miscelánea de pivotes le va mucho a Víctor. Por más que todos creamos en Movilla y Celades como posibilidad, él no acaba de verlo claro. Por eso no lo hace. Ayer se inclinó por Zapater y Celades, pero luego quitó al catalán en el descanso y entró Movilla, en uno de esos cambios que tienen tan buena intención como escasa eficacia. Uno de esos cambios para que Pumares lo explique a gritos, si es que puede. Hubo un momento en el que Zapater hacía lo de Celades y Celades hacía lo de Zapater, y los dos tan contentos. La verdad es ésta: ZP ve el fútbol mejor de lo que parece; y Celades corta y recupera más balones de lo que parece. No es que jugaran a disfrazarse, es que son así.

Un butrón
Esta alegre digresión viene a decir que las fisonomías no lo explican todo, porque al fútbol se juega de mil maneras y de ninguna. Y porque las cosas pueden no ser lo que parecen. Entre Pepe Murcia y Víctor liberaron espacio en el disco duro del partido, que es el medio campo, todo el mundo lo sabe. Y en esa zona ocurrieron cosas interesantes. Diríamos que en esa zona se practicó el ajedrez sobre hierba que previmos antes del encuentro. El Atlético reunió muchos jugadores ofensivos, sí. Uno los cuenta y da gusto: Maxi, Petrov, Ibagaza, Kezman, Torres... Pero era un baile de máscaras, porque el Atlético se metía detrás de la pelota con gusto y orden. Y entonces los cinco le hacían a Luccin de guardia pretoriana. Al Zaragoza le costó pasar esa cortina de acero. O sea, que no pudo.

Además el Atlético salía por ahí rápido y bien, por afuera sobre todo, aprovechando las demoras en el regreso que pudieran tener Savio u Óscar. Ibagaza hizo de guardaagujas. Él variaba según su exacta opinión las direcciones de la pelota. Un hombre así es capaz de variar la dirección de los partidos. Lo hizo con su pase a Maxi, que madrugó a César para el gol. Aparte de eso, poco. Llegó Petrov una vez por el lado de Ponzio, escena que se ha hecho clásica en estos partidos, y su centro lo descolgó César; y Ewerthon y Diego Milito probaron el temple de Leo Franco en su vuelta. En la primera ocasión hubo una larga pared del dúo sacapuntos a la puerta del área, que remató Ewerthon y manoteó Franco. La segunda fue una llegada de mula de Zapater, que se trajo dos o tres hombres colgados del pescuezo durante 25 metros. Parecía uno de esos rollizos georgianos que arrastran camiones en El Hombre Más Fuerte del Mundo. Al final se la dio a Diego y Diego la estrelló contra el lateral de la red. Un mecachis. En fin, al Zaragoza le faltaba algo. Pero un algo grande. Estaba algo confundido, algo lento, algo fatigado, tal vez de la acumulación de partidos o de ver enfrente al Atlético. Enseguida concluimos que le faltaba Cani y que esa ausencia era una nostalgia. De su insistencia creativa, de la alegre ligereza de sus carreras con la pelota.

A cambio estaba Savio, que además le puso al partido un empeño notable frente al empeño de Velasco por tirarlo y el empeño de Iturralde por ignorar casi todo. El árbitro fue el peor, en cerrada discusión con Toledo, que estuvo hecho otra calamidad. Toledo se tragó dos escapadas de Maxi que terminaron en gol, el segundo por penalti de César. E Iturralde se cenó un par de manitas en el área. Una de Pablo en el arranque de la segunda mitad. Uno de esos manotazos que dan los centrales en el aire cuando van a cabecear contra un rival. Itu vio falta de Álvaro. Portentoso. Luego Maxi cometió otro, y Edu se hizo el sueco. Pitar no se sabe, pero el sueco lo hace bien. Y eso que es menos sueco que el chino cudeiro.

Así que entre los dos negaron las posibilidades del Zaragoza, si es que tenía alguna. Porque uno tiene la impresión de que el Zaragoza no hubiera levantado este partido de ningún modo. Había algo, un desfallecimiento o una flacidez, y ese estoicismo nuevo del Atlético en su disposición. No tuvo mucho más, no, pero tuvo orden y a Ibagaza, que le hizo un butrón a Toledo. Ibagaza es de esos futbolistas que ven a través de las paredes. Maxi es de esos futbolistas que derriban las paredes. Luccin es de esos futbolistas que son paredes en sí mismos. Lo que corrió y metió ese pelado. él solito. El Atlético hizo el segundo de penalti y luego Iturralde le negó otro a Torres por mano anterior que no fue. O sea, que Iturralde ve manos donde debería ver cuerpos, y viceversa. La escapada se ha terminado. Por ahora. La conclusión es ésta: el gafe es Iturralde o es Savio... Y de Savio no vamos a sospechar, oiga.

 

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