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Memoria de Stevenson

Memoria de Stevenson

"Hay una fábula que casi toca el meollo de la vida: la fábula de un monje que se internó en el bosque, oyó a un pájaro entonar un canto, prestó oídos durante un par de trinos y se dio cuenta de que se había convertido en un extraño al volver a las puertas del monasterio, pues había estado fuera cincuenta años, y sólo uno de sus compañeros había sobrevivido para reconocerle. No sólo en los bosques entona su melodía ese hechicero, aunque puede que ése sea su lugar de origen. Canta en los lugares más oscuros. (...) Toda la vida que no es meramente mecánica está tejida con dos hilos: la búsqueda de ese pájaro y su escucha. Y precisamente eso hace que la vida sea tan difícil de valorar, y el goce de cada uno tan imposible de comunicar. Y saber eso y recordar esas horas afortunadas en las que el pájaro ha cantado para nosotros, es lo que nos produce tanto asombro cuando leemos a los realistas. En ellos, desde luego, hallamos una imagen de la vida que hace referencia a todo lo que que ésta tiene de barro y hierro viejo, deseos baratos y miedos baratos, los que nos avergüenza recordar y los que no nos importa olvidar; pero de la nota del ruiseñor que devora el tiempo no recibimos noticia".

('Los portadores de faroles', de Robert Louis Stevenson: incluido en el volumen 'Memoria para el olvido: los ensayos de R. L. Stevenson', Ed. Siruela)

[Ya he hablado de Robert Louis Stevenson, de largo uno de los autores preferidos y uno de los que con mayor facilidad me vuelve un muchacho mientras lo leo; como muchacho que disfruta, más feliz; como muchacho que escucha, más inteligente y sensible. Stevenson vivió desde niño acosado por la tuberculosis, y falleció demasiado pronto -a los 44 años- como para reclamar su existencia por modelo envidiable. Sin embargo, en ese largo paréntesis de dolor, Stevenson conoció algunos éxtasis irreductibles de la vida humana: los relatos temblorosos que su aya, la tierna Cummie, le contaba para espantar el dolor de la enfermedad con un miedo psicológico mucho más liviano; su amor por Fanny, norteamericana a la que conoció en un viaje por Francia y cuya añoranza no pudo doblegar: viajó a Estados Unidos y le pidió matrimonio; ella aceptó; su viaje por casi todo el mundo y especialmente por los mares del sur; su reconocimiento entre los aborígenes como un ciudadano más de sus islas; su dulce fallecimiento en Samoa -queremos imaginarlo dulce en ese entorno, aunque no lo fuera-, y la sepultura en una montaña que mira al inmenso océano, con este epitafio, extractado de un escrito suyo: "Aquí yace donde deseaba estar. / El marinero ha vuelto del mar. / Y el cazador ha vuelto del monte". Naturalmente, la mayor envidia es la textura cristalina y precisa, leve y perfecta, de sus cuentos, novelas y ensayos. A menudo he pensado en la felicidad irrecuperable de leer por primera vez 'La isla del tesoro'; lo hice el año pasado y, sí, fue como la primera porque hay que olvidar esos libros tan felices para que nos sea concedida la dicha de recuperarlos alguna vez. Ahora, acabado (por fin) el sombrío 'El Día de la Independencia' (largo, oscuro y precioso como el invierno) he recurrido a los ensayos de Stevenson. No podría haber hecho mejor elección. Esa sensación la conoció Stevenson en Marco Aurelio y nosotros en el autor escocés. Lo dice el prólogo y lo corroboro aquí, por reiteración: "Cuando lo has leído te llevas el recuerdo del hombre mismo; es como si hubieras asido una mano leal, fijado la vista en sus valientes ojos, y te hubieras hecho un noble amigo; de ahora en adelante, te atan otros nuevos lazos, sujetándote a la vida y al amor de la virtud". Exactamente eso es Robert Louis Stevenson: un amigo que regala nobleza, elevación del espíritu, dicha e inteligencia.

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2 comentarios

Mornat -

Deja que te recomiende también los cuentos... desde luego. 'El diablo de la botella' o 'La playa de Falesá', entre muchos otros.

Soni In The Sky -

Se tendrá en cuenta la recomendación de los Ensayos de Stevenson! Saludos!
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