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Apagón litúrgico

Apagón litúrgico


Han quitado del Pilar los cirios que prendíamos con otros cirios, para hacerle una ofrenda a la Virgen. Pocas noticias me han producido una nostalgia tan precisa como ésta, con la que yo sinceramente hubiera abierto los diarios de la ciudad de arriba abajo. Con los cirios del Pilar me une cierta relación sentimental que no tengo, por ejemplo, con las obras de arte sacro por las que guerrean los medios de comunicación de aquí contra los medios de comunicación de allá. De cuando en cuando iba uno ahí a encender un cirio y ratificar que nuestro escepticismo está matizado por una fe sin quiebra en la Virgen del Pilar. En Dios no sé si creemos, pero en la Virgen del Pilar sí, oiga usted. Los zaragozanos estamos por encima de la incoherencia teológica. Y los cirios... Los cirios ya no están. Ahora sólo hay que apretar un botón y se ilumina con apático entusiasmo eléctrico una velita, alineada con otras decenas de velas chicas en un mueble que recuerda a un enorme escritorio de abadía medieval. Han quitado los cirios por si afectasen a las obras de arte de la basílica, que parece que las hubieran puesto ayer. El pueblo reniega que lo que quieren es echarse unos duros al cepillo. Espero que no quieran hacerse los modernos, que sería la peor de todas las posibilidades.

Ha remitido la magia de la liturgia, que forma parte también de los patrimonios sentimentales, esa cosa tan arbitraria. Ya no importan demasiado, pero vuelve la misa en latín y de espaldas. La ciudad se desboca hacia una contemporaneidad muy discutible. Están quitando también los azulejos con los nombres de las calles en las esquinas sombrías, donde uno podía enterarse de que la calle del Temple homenajea el convento templario que acogiera el lugar, o que Jorge Coci fue un impresor alemán llegado a Zaragoza en el siglo XV, o que Sanclemente se llamaba Felipe, pongamos por caso. Cambiar esa información por los números de la manzana delimitada por los nuevos rulos azulados parece una pérdida indiscutible. Han inaugurado una exposición de obras maestras del arte moderno, con lo que a mí me gusta el arte moderno, pero yo quería ver a Goya. Me he convencido casi definitivamente de algo que ya sospechaba: que Goya es pintor de Madrid y que Madrid lo sabe y lo dice. ¿Y los Sitios? Apenas un recuerdo parcial de dos siglos, incómodo para los fastos internacionales del verano, supongo. Asunto de cuatro exhibicionistas con casaca y fusiles de ánima lisa, que teatralizan visitas a los lugares cruentos de la guerra.

Así está la ciudad: sin cirios, sin Sitios y desde hace unos días también sin las gaviotas de Mariano Gistaín, al que le diré cuatro cosas otro día. Cualquier tarde nos cuentan que la Campana de los Perdidos de San Miguel de los Navarros no volverá a tocar por contaminación acústica, y entonces ya se habrá acabado todo. Los hombres nos perderemos de vuelta a casa en la niebla, porque aquí todos somos hijos de la niebla, el viento y el polvo, igual que los personajes innombrados de aquel relatito de Boris Vian, El amor es ciego; nos perderemos por las brumas como se extravíaban los menesterosos que salían a recaudar haces de leña en los bosques feraces de más allá del Huerva, para luego venderlos en la entrada de la ciudad. Si regresaban tarde o los sorprendía la boira, perecían de frío, enredados los cuerpos para darse calor en los cañaverales, incapaces de encontrar el camino de vuelta. Con tal fin comenzó a tañer la Campana de los Perdidos y un faro terrestre en la torre de la iglesia largaba un haz de luz y de auxilio, pero duró cuatro días porque lo revoleó el viento. Cuando todo eso ocurra, la ciudad será ultramoderna y del pasado sólo nos quedarán el cierzo, el roscón y el cementerio, donde cada vez hay menos osamentas y más cenizas. Cualquier día se nos lleva por delante a todos la puta modernidad.

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9 comentarios

juanillo -

"En Dios no sé si creemos, pero en la Virgen del Pilar sí, oiga usted. Los zaragozanos estamos por encima de la incoherencia teológica". Me parece la mayor verdad que han dicho sobre mis creencias teologicas.

Mornat -

Joder, de esa no me había dado cuenta. ¡¡¡¡El tranvía del Jardín de Invierno!!!! Una pérdida sin reparación posible...

Imrahil -

Muy buenas:

Es lo que tiene hacerse mayor, que aprendes a mirar y vas viendo como cambian las cosas, como desaparecen los objetos del recuerdo a la vez que los recuerdos mismos.

Por mi parte aún no me he repuesto de la pérdida del tranvía que había en la entrada del Jardín de Invierno o de los ponis y el fuerte del parque de atracciones.

¡Perra vida! ¡En fin! ¿Será que llueve?

Saludos cordiales:

Lep -

Te has convertido, en mi opinión en el mejor narrador de la Zaragoza que se va, de las metamorfosis cotidianas. Tus entradas sobre este tema bien merecerían un libro para ellas solas a la manera de "Escenas matritenses" de Mesonero Romanos. Eres uno de los mejores contadores de la ciudad y me alegro de estar lejos y poder leerlo en esta casa.

Noíta -

Qué se yo de imposturas. Nada.
Sólo sé que creamos y destruimos, que una cosa es más sencilla que la otra, y que no nos esforzamos.
Conclusión: perdemos.

Magerít -

Hace pocos días efectué la declaración de la renta. Puse la X en la casilla de la iglesia. Hoy no lo haría.
Muchos declarantes están todavía a tiempo.
¡ Que se lo piensen !

Mornat -

Una cosa es el progreso y otra la modernidad, para mí. La modernidad me parece una impostura.

Noíta -

Modernidad.
La verdad es que es una bendición, proporciona un millón de comodidades y la posibilidad de invertir nuestro limitado tiempo en una disparidad finita. El problema, el verdadero y doloroso, es la falta de criterio, sensibilidad, curiosidad.
Humanidad.
¿De verdad son enemigos enconados la modernidad y la humanidad?
A lo mejor hay mucho idiota que no se sienta a reflexionar en los caminos.
Y decisiones poco respetuosas e insensibles.
La modernidad no acabará con la memoria y las palabras, para ganar esa batalla sólo hay que luchar contra el tiempo.
Nada más.

Anónimo -

Sí, soy católica (no practicante) y no me avergüenza decirlo, aunque hoy en día, parece más un delito que otra cosa. Por eso, la retirada de las velas de la Virgen del Pilar me parece una barbaridad que nunca perdonaré, como otras muchas cosas, a una iglesia que está olvidando lo realmente importante. La fe y las tradiciones. La creencia de miles de aragoneses a la Virgen del Pilar. Poner una vela es algo sagrado. Que se queden con sus preciados bienes religiosos y que nos devuelvan los cirios. A mí, tengo que reconocerlo, me han funcionado en más de una ocasión. O, por lo menos, es lo que me gusta creer
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