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Somniloquios

Yo soñé esta mañana que me moría

La otra mañana ponderaba mis laberintos y pensé en Borges, una cómoda asociación nada fatigosa, como cualquiera sabe. Aún no he soñado un laberinto o no lo recuerdo, todo puede ser, pero me he propuesto soñarlo una de estas noches. Y sé que lo haré. Como otras personas se proponen el imposible olvido, yo imposiblemente me propongo sueños para luego recrearme en ellos. Todos estamos en desventaja: los que pretenden decidir lo que olvidan (yo no aspiro a ello, no sé hacerlo) y los que pretendemos decidir lo que soñamos. Releí algunos textos del Viejo sobre el simbólico espacio del laberinto y me abandoné a sus conversaciones con Joaquín Soler Serrano, tan generosas. Escuché a una muchacha declamar con atractiva serenidad el intrigante relato 'El Otro'. En él, un joven Borges se sienta cierta mañana en Ginebra en un banco frente al Ródano mientras, muchos años después, un anciano Borges se sienta cierta mañana en Cambridge en un banco frente al Charles. El banco se encuentra en una intersección de tiempos y lugares levemente convergentes. Ambos dialogan sobre la extraña naturaleza del encuentro, conscientes de que tal vez se sueñan (y quién sueña a quién, razonan) o de que cualquiera de los dos ha de ser, a la fuerza, el otro. Pensé en los otros, en mis otros, con los que me encuentro aquí mismo.

He vuelto a Cortázar en septiembre, como solía hacer. En una noche y apenas una mañana, la mañana en que ponderaba mis laberintos, leí ’La Otra Orilla’, colección de relatos prematuros del autor argentino, virados hacia la intromisión de lo fantástico (lo mágico, diría Borges) en la realidad cotidiana. Si algo me atrae hacia Cortázar es la admirable proximidad de su prosa, un engaño de proximidad, quise decir. Parece que cualquiera pudiera acceder a ella, incluso yo. En ’La Otra Orilla’, sin embargo, Cortázar aún no se ha quitado esa primera piel de limpia vanidad en su escritura. Parece extraño: resulta más fácil el artificio que la sobriedad. A pesar de la molestia inicial, los cuentos resultan fascinantes, oníricos e irónicos. Casi sin detenerme tomé del estante ’El Otoño en Pekín’, de Boris Vian, una terrible deriva hacia el absurdo que explica un periodo en el que todo es posible. Hace dos veranos releí ’Escupiré sobre vuestra tumba’, despiadada, atroz novela negra de Boris Vian, una de las mejores que leí. Lo mejor de Vian, autor que me divertía mucho al poco de cumplir los 20 años y al que dejé atrás sin querer. ’El Otoño en Pekín’ no tiene nada que ver con el otoño ni se desarrolla en Pekín, lo que explica a Boris Vian, si eso es posible. Veamos:

"Amadís se aproximaba, aproximadamente, a las ocho veintinueve. Le quedaba un minuto para llegar a la parada, lo cual representaba exactamente sesenta pasos de un segundo, pero Amadis daba cinco pasos cada cuatro segundos y el cálculo, demasiado complicado, se esfumaba en su cabeza. En consecuencia y como era normal, el cálculo fue expulsado con la orina, haciendo toc contra la loza. Pero eso fue mucho tiempo después".

Y todo así.

Mientras sueño laberintos, alegrías o tristezas (mucho más sencillas de recordar, las alegrías no persisten), esta noche soñé con David Villa y con Michael Phelps. Con el primero tomábamos algo en un bar y al segundo le hacía una enrevesada pregunta sin sentido que disimulaba entender y contestaba mucho mejor de lo esperado. Por la mañana, en los diarios he visto que Villa marcó anoche dos goles, lo que tal vez haya conspirado a favor de mi indeciso sueño; y encontré también unas declaraciones de Phelps: "A veces no sé en qué día vivo". Notable. No logro fijar su respuesta a mi pregunta, que bien pudo ser esa.La otra mañana soñé completa la enérgica melodía de ’Born on the Bayou’. Al despertar, recordé que ya la había escrito John Fogerty, imaginando para sí mismo una infancia sureña que jamás vivió. Molesto por que se me hubiera adelantado la Creedence Clearwater Revival, mojé la mañana en café con leche instantáneo, como los personajes parisinos de Cortázar, escuchando el Doble Rojo de los Beatles.

En mi cabeza, 'Born on the Bayou' sonaba exactamente así.

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