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Ciudadano Cuartero

Ciudadano Cuartero

No me gustan las lágrimas ajenas, aunque frecuento las propias. El llanto me parece un suceso demasiado íntimo, con significados muy diversos que desnudan a la persona, y tal vez por eso me resulta impúdica su exhibición. La risa tiene aspiraciones expansivas, pero uno siempre quiere llorar hacia dentro. No soporto los programas de televisión que fijan las cámaras en esa debilidad tan común, no me interesan las lágrimas de los desconocidos, tal vez porque me interesan demasiado. Porque uno no puede mirar un par de minutos a una hormiga, yendo y viniendo afanosa por los suelos, y luego pisotearla; porque las lágrimas obligan a un abrazo o una huida. Quedarse mirando me parece muy raro.

Por todo eso, no me gusta nada la costumbre adquirida ahora de que los jugadores de fútbol se despidan de su carrera en una rueda de prensa, lean un comunicado que destapa todos los sentimientos y agradecimientos acumulados durante años y se expongan a la articulación pública de un resumen corrido de todas las sensaciones finales. Debe de ser el único momento en el que los jugadores, acostumbrados a la sobre exposición pública, sienten la necesidad de mostrarse con rabiosa y débil sinceridad como hombres que son. Y que pasan a ser. Siempre les preguntamos, tópicamente, qué han sentido en tal y cual momento, con este gol, aquellos pitos, las opiniones de fulano o mengano, la victoria o la derrota. Lo que uno siente (no de manera epidérmica, sino allá abajo en el torrente interior) resulta demasiado difícil de describir. Para eso, los poetas incurren en las metáforas o en las conceptualizaciones. Si el fútbol lo jugaran una pandilla de fragorosos vates en pantalón corto, entonces tal vez el periodismo deportivo sería otra cosa, un reventón de titulares floridos con hondas formulaciones antropológicas sobre la belleza, el sentido de la vida, la victoria o el fracaso: esos dos impostores. Pero al fútbol juegan hombres normales y corrientes. A veces, demasiado corrientes; en otras ocasiones, nada normales.

El día que se van, los futbolistas ingresan en una violenta edad adulta. Charlie Cuartero se hizo mayor ayer, de repente, aunque tal vez se ha sentido envejecer (dicho de forma figurada) en los últimos meses. Ya está retirado del fútbol. Ya está retirado y puede dedicarse ampliamente a sus batidas de caza por los campos zaragozanos, a las comidas que siguen, a la vida sencilla que siempre le ha gustado. César Láinez, buen amigo suyo, lo definió muy bien ayer cuando dijo que con Charlie desaparecía ese extraño futbolista al que jamás le afectó la hoguera de vanidades de un vestuario, ni el exhibicionismo. Un tipo que se vestía con clásica normalidad y se comportaba con sencillez. No como yo, remató César con mucho tino. Charlie Cuartero compone un tipo de aragonés de cuerpo entero: con todas las luces y con las obligadas sombras. Por encima de los subrayados conocidos a una carrera que prometía mucho más, a Cuartero le importó la satisfacción de sus modestas ambiciones. En ese sentido, su espíritu gozó de una libertad verdaderamente iconoclasta. Se le ha dado una higa lo que los demás pensaran que debía ser o no su carrera de futbolista. Y ha hecho bien, qué joder.

En su ingreso en la sociedad civil (la que no es aplaudida en los estadios cada domingo con un fervor envidiable), el ciudadano Cuartero leyó un discurso emotivo que -por encima de las copiosas, comprensibles, impúdicas lágrimas- tuvo la generosa virtud de retratar al personaje tal vez mucho mejor de lo que él mismo pensaba. En un par de sábados, dirá adiós en el campo de fútbol, donde de verdad han de marcharse los jugadores. La incomparable temperatura de un estadio repleto con tu gente no tiene nada que ver con el frío desánimo de un discurso leído para periodistas que anotan, cámaras que cierran el plano sobre las lágrimas y aplauso de despedida. Bastaría la publicación de esas mismas líneas en una página web para que las reprodujeran los medios de comunicación. Lo siento por la imagen y el sonido: detesto ver llorar a mis amigos, como en este caso. Y no me interesan nada las lágrimas de los desconocidos.

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4 comentarios

Jesús Rodríguez Redondo -

Como siempre un buen artículo. Llevaba tiempo sin dejarme caer por aqui.

Un saludo figura.

http://jesusrodriguez.blogia.com/

Fede Toledo -

Yo tambien coincido con David, me encanta los jugadores que son fieles al club de su ciudad, en el que se formaron y que no tienen la necesidad de ir disfrazados de maniquies o de perro-flauta para llamar la atención.
Mi mas sincero reconocimiento a un jugador que ahora podra disfrutar de su familia y sus hobbies olvidadandose de las frustrantes lesiones.

www.clubrugbytoledo.com

Mornat -

Estamos de acuerdo. Siendo un tipo corriente, Charlie ha conseguido ser un futbolista muy poco normal.

David -

Cuartero ha sido uno de esos futbolistas a los que quizás no se le haya tomado nunca demasiado en serio en la Romareda. Quizás porque no vestía a la última, o porque no tenía un deportivo esperándole junto al estadio. Sin embargo es un tipo que ha vivido los 15 años más importantes de la historia del club, y eso debe constituir algún mérito, digo yo. No formará parte del once ideal de nuestro equipo, eso es verdad, pero ¡qué demonios!, me encanta que haya gente como él, que todavía sea capaz de pasar toda su carrera en el equipo de su ciudad, y que encima se despida del fútbol diciendo que ha jugado en el mejor equipo del mundo. Espero que le vaya muy bien....
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