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Somniloquios

Un oso en el bosque de Bruil

Para Patricia, con todo mi amor, en el día de su cumpleaños

 

Hubo una vez un oso que pasaba las noches y los días enjaulado en el parque. Durante la mañana caminaba de un extremo a otro de la jaula, repasando su pelambre contra los barrotes. Rozaba el muro de un lado con el hocico y después giraba para caminar hasta el opuesto, mirando de reojo los contraluces del bosque bajo el sol más alto. Cumplía esa rutina con la obstinación de un anciano avisado. Un preso. Y una playa y el mar imposible afuera. Las tardes, sin embargo, le acobardaban el espíritu. Entonces decidía sucumbir en un sucio ovillo afligido, y así miraba caer el día mientras el día lo miraba caer a él. De cuando en cuando tomaba agua de un pozo sin forma ni profundidad, que le devolvía imágenes de su instinto en desorden. A veces se ocultaba para no ser visto, para no ver. A veces no estaba. A veces lo recuerdo extrañado.

 

Ahora el oso ha vuelto y mira al sol desde la fachada de una guardería. Lo han pintado liviano y dichoso como un espíritu, como una nube. En la pared lateral se ve la entrada a su cueva, que culminan un enorme tarro de miel y el cartelón con su nombre, que no es en realidad un nombre sino un recuerdo. Preferiría que las maestras les contaran a sus niños este cuento con un final feliz, para rebatir la memoria de todos los chicos que hace 30 años íbamos a mirarlo en su jaula, deseando confusamente que escapara. Como el león de Bioy por los bosques de Palermo. Un oso en el bosque de Bruil. Y los niños, otra vez.

 

Un héroe en silencio

Un héroe en silencio

A veces el fútbol cobra cadáveres jóvenes como pichones en vuelo. César Láinez, guardameta retirado, 28 años. El fútbol como hermano bastardo del rock, muerte sin morir, sólo dejar la pelota como signo de vida, como tomar una escoba y simular que rasgas la guitarra. James Dean muerto; Kurt Cobain muerto; Jim Morrison muerto. Comparado con eso, lo tuyo es un juego de niños. “Vive rápido, muere joven, haz un bonito cadáver”. Y la generación beat. Tal vez aquello lo dijera Kerouac en su camino, tal vez Allen Ginsberg, tal vez James Dean, tal vez Greil Marcus en las páginas enloquecidas de la Rolling Stone. Quizás nadie lo dijo, como Bogart jamás dijo “tócala otra vez, Sam”. Fue nuestra torpe y gregaria imaginación colectiva.
En 1988, los Héroes del Silencio partieron Zaragoza por el medio. A un lado quienes los adoraban. Al otro, los que pensaron que esa voz engolada estaba vacía. César Láinez estudiaba en el colegio Santo Domingo de Silos, en Las Fuentes, un barrio obrero y popular, de casas repetidas. Sus padres daban clase en ese centro concertado donde convergían zaragozas diversas. Eran las fiestas del Pilar. Era Enrique Bunbury, combatiendo los límites con su melena que se agitaba al viento del Paseo de la Independencia. ¿Qué es Zaragoza sino viento? ¿Y un vozarrón en descenso sobre miles de cabezas?
Enrique Bunbury había escrito: “Y aunque deba cavar en la tierra / la tumba que sé que me espera / nadie me vio jamás llorar así. / Que termine un momento precioso / y le suceda vulgaridad / y nadar mar adentro / y no poder salir”. César Láinez tenía 11 años, pero pronto militaría en el lado de quienes adoraban a los Héroes. ¿Vacía esa voz?, pensaba. ¿Vacía de qué? Esa voz le iba a decir muchas cosas, en la comunicación suprasensorial que procura el rock. “Muérete a solas / nadie te enseña / cierra las puertas y espera / ha llegado tu hora / y dudo que alguien merezca un segundo así”. ‘Sangre hirviendo’, se llama esa canción. La otra es ‘Héroe de leyenda’, el primer gran hit de la banda zaragozana. El miércoles, César Láinez se reía del destino con la mueca torcida de un pirata: “Muere joven y serás una leyenda”, dijo en broma, menos de 24 horas después de haber despedido el fútbol entre lágrimas. Con la sonrisa torcida de un pirata, porque sabía que su carrera moriría joven. Pero tan joven...

Muérete a solas...

En un viaje a Ibiza, hace algunos años, César Láinez vio en la cabina del vuelo a Enrique Bunbury, que también le miró: “Joder, tú eres el que se pegó el otro día en Villarreal”. Había visto en México, donde estaba de gira, la escena más famosa del descenso del Zaragoza. Desde entonces son amigos y Láinez aparece en las dedicatorias de cada álbum. Esta semana, el héroe y los héroes almorzaron juntos al día siguiente de la despedida del portero. El día que comenzaba el viaje a ninguna parte. En su discurso de adiós, el guardameta agradeció a los Héroes: “Gracias Enrique, Pedro, Juan, Joaquín, porque sin vuestra música no me hubiera levantado en los momentos difíciles”.
Volvamos atrás. Rock en vena. Los Héroes y Las Novias y Los Niños del Brasil, y la En Bruto si pudieras entrar, si tuvieras la edad y esas ropas oscuras y a alguna de esas chicas que sonríen al gorila. Zaragoza en los ochenta. Ser mayor, soñarte Arconada, una rodilla partida a los 15 años por querer machacar el aro en clase de gimnasia, la voz repetida de un médico a los 22: “Puede que no vuelvas a jugar al fútbol. Puede que no vuelvas a caminar”. La voz de Bunbury: “Muérete a solas”.
Atrás. Una vez más. Porque lo has de recordar como cada canción. Fútbol, viajes, gimnasio, dolor, no comas, no levantes pesos, sufre. Te quitamos una rodilla, te quitamos otra. Y ahora suéñate Arconada si es que tienes huevos, chaval. Hotel. Concentración. Fútbol. Nadie llama porque la familia sabe que no debe llamar. Porque César está pensando en el partido del día siguiente y eso excluye cualquier otro pensamiento. Un compañero en la cama de al lado. La voz de Bunbury en el walkman: “Pierde el cielo equilibrio / cae derrumbado encima de ti / escóndete un mundo / que nadie lo vea”. Sí, anda, muérete a solas en el gimnasio y que nadie lo sepa, que ese músculo te sostenga. Luego sal a jugar y sé portero. Sé portero del Zaragoza. Gana una Copa, gana otra, gana una Supercopa. Como Renton en Trainspotting: “Elige una vida, elige un trabajo, elige un futuro... ¿Para qué querría alguien algo así?”. El No future.
César Láinez, jubilado a los 28. Más de 4.000 cedés en casa y música en la cabeza. Las rodillas seis veces sajadas por un bisturí y un mar, una muchedumbre de años por delante para construir otra vida después de la vida. Campeón de Copa, campeón de Copa otra vez. Campeón de la Supercopa. La voz de otro médico repetida: “Podrías quedar cojo”. Un mar adentro. Y no poder salir. Suéñate estrella del rock. Vive rápido, hijo. Te queda poco. Ese balón era el último.

El mito de París

En la noche del 10 de mayo de 1995 llovieron balones del cielo sobre París. Seaman vio bajar uno contra su bigote, en un picado brutal que las imágenes aún no explican de modo satisfactorio. Al ver que completaba un ángulo desconocido por la matemática, la BBC inglesa, palabra de guía de un pueblo escéptico, proclamó: “¡¿Pueden ustedes creer lo que han visto?!”. Una apelación casi herética, violentamente descreída. Un diario tituló: “Alá es grande”. Miguel Pardeza admite que pensó en una posibilidad sobrenatural que escapaba a su ilustración. Cedrún, árbol de fe, el hombre sencillo bienaventurado en las Escrituras, sentencia hoy: “Hubo algo divino”. Conforme el tiempo empuja hacia atrás las imágenes de aquella noche, crecen los engaños de la memoria y comparece ante nosotros esa especie mágica que hemos dado en llamar así: el mito de París.
Diez años después, AS interroga las fuentes de aquel suceso, que pertenece al pueblo aragonés como experiencia personal y colectiva. Una efemérides heterodoxa, igual al instante en que Goya dio la primera pincelada de su serie negra o cuando Buñuel conoció a Breton. Porque el pueblo lo hizo posible, como advierte Cedrún. “Yo estuve en París y lo vi”, dice la gente. Bien podría decir: “Yo estuve en París y lo hice”. Diez años después, vuelve a París el mito encarnado de esa final imposible de final imposible, el hombre nacido Mohamed y consagrado Nayim. La única persona que puede afirmar con suprema legitimidad: “Yo estuve allí y lo hice”. Pero él prefiere decir: “Aquí conmigo deberían estar todos mis compañeros”.
En el origen de esta simbólica visita hubo tal vez un sueño de imágenes confundidas: Nayim en los Campos Elíseos, Nayim bajo el entramado industrial de Eyffel, Nayim en los campos de Marte, donde la hinchada pasó aquella tarde lisérgica; Nayim recortado contra el Sagrado Corazón, en la colina de Montmartre, mezclado con la bohemia extraviada. Nayim, por fin, en el Parque de los Príncipes. Bastó preguntarle: “¿Te vienes?”. “Cuando queráis”. Y vino. De Ceuta a Algeciras, de Algeciras a Málaga, de Málaga a Madrid, de Madrid a París. Para hacer fugazmente reales esas imágenes en un día. Moroso paseo por un París que se sueña a sí mismo.

Príncipe de París

Nayim no ha parado de hablar, de reír, de relatar. De silbar el “alé, Zaragoza, alé alé”. Pero cuando se abre la verja del corredor interno del estadio, queda mudo. Se adelanta y pasa a un cuadrado de sombra detenida. Una puerta traslúcida filtra la claridad que precede al césped. “Increíble, increíble. Uf, tengo la piel de gallina”. Parado en ese pasillo, está a los dos lados del tiempo. Recuerda: “Fueron diciendo nuestros nombres y salimos uno a uno. Ahí el estómago gira como una lavadora, luego se pasa”. “En la primera parte notamos que era una final. Después, fue lo de siempre”. Lo de siempre: “Defendían tres y la tocábamos todos, pero si había que rascar, se rascaba. Jugábamos de memoria, como amigos. Y lo éramos: cuando yo estaba sancionado, cogía a las mujeres de todos y a la mía y nos íbamos a cenar. Hicimos una piña y eso nos salvó cuando vinieron mal dadas”. La última consigna fue un salmo: “Salid y haced lo de siempre. Hacedlo por la gente”.
Recompuesto, se decide por fin y avanza al césped. El día descorre su velo y Nayim ingresa a un sol prolijo. Ahí lo reconoce el vigilante, francés de cuerpo montañoso, uno de esos rostros bonancibles que pueden pasar a la brutalidad en segundos: “Mais, il est Nayim. Cet but!”. Aquel gol, sí. “Han pasado diez años, ten years ago”. Sin querer, el Nayim inglés. Pasea, toma una brizna de hierba. Y la magia: “Veo cada jugada de la final”. Enumera la patada de Hartson (“me bajé de la camilla para decirle que él no iba a echarme del partido”), las carreras de Schwartz, la que sacó Belsué en la raya, aquel palo que quedó entre las piernas de Seaman: “Esnáider hizo un círculo con las manos y le dijo: ‘Así de grande tenés el culo, boludo”.

Gol trucado. Nayim se fotografía en el punto desde el cual voleó la pelota. La subió a la noche y de ahí bajó ya modificada por una trama celeste. Esta tarde las porterías no están y parece innecesaria la pantomima de fingir que repite lo irrepetible. “Si quieres lo intento, pero no llegaría, ya no me dan los músculos”. Un programa inglés de televisión lo obligó una vez. Lo puso en un campo cualquiera y le dio varias pelotas. Luego lo trucaron. Eso no puede hacerse en el Parque de los Príncipes, sería un delito contra la memoria. No hay que andar tocando los mitos. Aquello fue realmente mágico y no sabemos cómo ocurrió. Es más, no es seguro que queramos saberlo.
¿Y Nayim? ¿Lo sabe? Nayim sabe los recuerdos, que son verdad parcial, arquitectura inquieta. “Tras el gol corrí por la banda buscando a los míos y a Terry Venables. Él me había dado la primera oportunidad. Belsué me besó en los morros y luego quedé bajo tierra”. Enterrado en el delirio de una ciudad entera. Así lleva diez años. Al incorporarse tiró el pantalón azul a la grada y entonces, ya en calzoncillos, alguien le propuso: “Nayim, la Infanta quiere saludarte” (!).
Antes de irse, Gigi firma una entrada del partido. No es casual: ese objeto podría equivaler a la flor con la que Coleridge atravesó un sueño hasta la vigilia. Luego desanda el camino, cruza otra vez el pasillo y sale a la tarde de París, a esta tarde del regreso. Tras él se cierra la puerta y un silencio perpendicular cae de las gradas. Allí dentro siempre es la misma noche.

Diario AS - 10 de mayo de 2005
www.diarioas.es

El fervor cautivo de Movilla

El fervor cautivo de Movilla

Todavía hay algo que une a Movilla con Málaga, la ciudad en la que saltó al gran fútbol: su devoción inquebrantable por el Cautivo, uno de los tronos más célebres de la Semana Santa malagueña. Esa fe traspasa el tiempo y los lugares. Cada partido, en todos los equipos en los que ha estado, lo juega Movilla con una sudadera estampada con la imagen del Cristo Cautivo.

Cuando la imagen del Cautivo atraviesa el umbral de la parroquia de San Pablo, cada Martes Santo en Málaga, 20.000 fieles acompañan el trono. Ellos custodian con su penitencia la piedad que irradia la imagen. La gente reconcentra el pensamiento en la tribuna de la Alameda, en las calles estrechas que camina el Cristo, y se postra genuflexa. Cuando José María Movilla traspone el umbral del vestuario y salta al césped cada domingo o fiesta de jugar, lo acompañan el Cautivo y la conciencia imborrable de sus manos, ensogadas para el castigo final. En el campo y en la vida, aquí o allá, Movilla custodia su fervor. Es de oro como la corona del Cautivo. Y cada partido, un acto de fe.
Siempre con él, esté donde esté -en Málaga, el Atlético o ahora en el Real Zaragoza-, una sudadera con la imagen estampada del Cautivo le asegura abrigo espiritual a Movilla. Una camiseta bajo la camiseta del equipo, estampada con la imagen de Jesús en procesión por las calles de Málaga, envuelto en túnica blanca y claveles rojos. Envuelto en incienso y en el sudor de quienes cargan el trono. Movilla ha mojado decenas de veces esa camiseta humilde con su empeño, en la búsqueda intrigante de un camino para la pelota. Una estampa religiosa tan improbable y cierta.
José María Movilla cree en el Cautivo y lo venera con una devoción que no se dobla frente a ningún quebranto. Y él los ha tenido. Como en los tiempos en que debía, en el dudoso espacio de un día, hacerse tres personas en una: futbolista modesto con hambre de triunfo, dependiente en una tienda de deportes y empleado de recogida de basuras. Para encontrarle a la vida las horas que no tiene, el jugo que se le negaba. Para auxiliar económicamente a su familia y a sí mismo, antes de descubrirse finalmente como futbolista indudable en el estadio de La Rosaleda, antes del tránsito a la victoria.
Su representante, José Antonio Martín Petón, cuenta que en esos días oscuros Movilla acostumbraba a pasar frente al Vicente Calderón en su ruta de limpieza. El Calderón era su sueño. Petón es un maravilloso relator. Pero así y todo apenas acertamos a reconocer en el tipo que ahora dirige al Zaragoza a ese otro joven que subía valientemente, decididamente, cristianamente, al estribo hediondo de la camioneta. Y sin embargo, los dos están ahí. Y el valor simbólico de esa imagen, que no hemos visto, nos explica a José María Movilla, el hombre futbolista, mejor que cualquier semblanza.
Las iglesias que guardan a los cristos y las vírgenes en Andalucía siempre parecen pequeñas. Siempre se piensan moradas impensables para la gloria o la grandeza que se les atribuye, y menos si se pretenden eternas. En Málaga recuerdan a Movilla con admirado agradecimiento. Y en Málaga cuentan que Movilla bautizó “en secreto” a su hijo en la parroquia de San Pablo, en el barrio de la Trinidad. Ahora quiere hacer lo mismo con su niña, pasarla por la mano del Cautivo. En secreto porque entonces jugaba en el Atlético, que es una forma indistinta de pasión; o en piadoso recogimiento y discreción, para no incomodar al espíritu, preferimos pensar.
En la foto en la que recibe la medalla de la Cofradía, bajo la talla inspiradora, Movilla aparece pequeño, disminuido y felizmente cautivo de su fervor. Los hombres también se antojan mínimos o fugaces en esos espacios que condensan quietud silbante de oración, palabras recorridas sin matices. Dicen los fieles que ese aminoramiento de las dimensiones sólo se explica por el milagro de la inmensidad espiritual de las tallas, que sobrepasan la materia y sus leyes. Que sobrepasan a los hombres. Un hombre que cree se entrega maravillado a una débil grandeza.
También es débil la grandeza de los futbolistas. Movilla fue un ídolo en el Calderón, donde no pudo cumplir su anhelo de triunfo; y en Zaragoza pisó territorio sagrado cuando el equipo pegó el galacticazo de Montjuïc. La grada le cantaba que se quedara. Finalmente se quedó, pero ahora le gritan porque su juego, interpreta la hinchada, no defiende el mejor sueldo de la plantilla. Movilla toma lo inevitable como inevitable. Es un futbolista que cree y un creyente que juega al fútbol.

MediaPunta - 1 de mayo de 2005
www.mediapunta.es