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Somniloquios

Un golazo y 31 velitas

AS, 9 de enero de 2005
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Real Zaragoza, 1-Betis, 0

 

En el día de su onomástica, Savio largó un pelotazo memorable. El balón dio tal soplido que apagó las 31 velas de su cumpleaños y luego entró por el hoyo de las agujas, vulgo escuadra. Qué gol metió ese hombre, mamita. La jugada venía bajando de derecha a izquierda, con pases convenientes que le daban ventaja al contraataque del Zaragoza. El último trámite lo hizo Óscar para el brasileño, en diagonal. Savio pisó área acuciado por los defensas y no lo pensó dos veces; ni siquiera lo pensó una. Dijo: ésta es por mí y por mi papá. Y así el wing eléctrico sacudió al primer palo de Doblas, al ángulo del amor fou. El portero apenas la oyó pasar; la gente ni lo vio. La gente contará que lo vio, pero eso es porque hay televisión. En vivo, la velocidad de la bola fue de quemar retinas, una ilusión de zigzag entre el iris y la córnea. También la sepultura prefigurada del Betis...

 

Dijeron partido grande y dijeron bien. Un partido con dos direcciones, como la cornada de Paquirri. Con el Betis pasó algo raro: ninguno de sus futbolistas estuvo en su nivel (ni Assunçao, ni Edu u Oliveira, desde luego no Joaquín), y sin embargo tuvo compostura y llegada al frente. Le faltó ritmo. El Betis pasó media tarde en un tran-tran contemplativo, moroso. El Zaragoza tuvo una velocidad más, jugadores muy activos y la destreza particular de algunos días: casi todo lo interpretó bien y lo hizo correctamente. Y eso sin concentrarse ni cobrar primas, para que luego digan. El fútbol es una estupenda mentira.

 

Vaivén

 

Antes de que marcara Savio, Óscar tropezó dos balones de gol en la defensa y Movilla le pegó a puerta media docena de veces. Cuánto disparó ese muchacho; y qué mal lo hizo. Pero había un anuncio en la actitud, en la ligereza del juego; un anuncio incompleto porque a la tarde le correspondían más goles. El de Savio llegó en el momento preciso para el Zaragoza. Si tuvo cualquier virtud, también agregó esa, la oportunidad. Fue en el minuto 43 y quedó resonando en el descanso.

 

El Betis encontraría la convicción en los cambios. La convicción y un algo de fútbol, no mucho pero sí lo suficiente para avivar el instinto. Antes, Oliveira había escapado una vez y se fue hacia Luis, pero Luis hizo la de Dios y se la paró. La de Dios le decían a aquélla que hacía Gatti y que era salir medio arrodillándose y con los brazos estirados, como un Cristo rendido en oración. Luego Savio aplastó un cabezazo contra Doblas y finalmente se marchó, la grada rendida y el tobillo en carne viva.

 

El melón quedó oficialmente abierto. El Zaragoza se vio en el alero y adoptó la formación tortuga, con Soriano y Pirri en la noble misión de cerrar vías. Israel, un chiquillo de 17 años, entró al campo y se ciscó en las jerarquías. El niño es extremo derecho, así no más, de forma que a Joaquín lo largaron a la izquierda, que era como largarlo a Siberia en batín de guata. Entre Israel y Alfonso la liaron. El Betis tiró dos al palo (una de Israel) y no empató porque a Oliveira lo negó otra vez Luis en el alargue, que fue una angustia mortal para el Zaragoza.

El Mariscal de hierro

El Mariscal de hierro

AS, Octubre de 2005
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Para haber sido declarado “no apto” por el Real Madrid, Gaby Milito se las va componiendo bien: la creciente ironía de ese diagnóstico alcanza ya los cien partidos, los que hoy sumará el Mariscal con el Real Zaragoza. Cien partidos oficiales. No es necesario inducir el sarcasmo preguntándole por eso. Siempre ha medido la longitud de las palabras, y si hubo caso para una revancha íntima la dirimió en Montjuïc, cuando le pudo levantar la copa frente al rostro al equipo que lo rechazó.

Para Gaby el centenario supone una sorpresa: “¡Qué rápido pasó todo!”. Le pareció corto porque se lo pasó jugando, como los chicos: sólo se ha perdido siete encuentros a lo largo de estos dos años y pico: cinco por sanción. El peor fue el del jueves último: “No pude aguantar la tanda de penales, apagué la radio. Cinco minutos después la prendí de nuevo y oí que había errado Diego... ¡Me quería matar!”. Entonces voló César como un ángel.

 Los otros dos estuvo lesionado: “Dos me parece poquísimo, siempre hay percances, recaídas”. Pero esa rodilla es de fierro, le falta agregar. Prefiere: “Creo que en general el registro no está nada mal”. Además, Milito no se lesionó solo ni lo lesionó contrario alguno. Las dos veces lo mandaron a la enfermería compañeros suyos: el primero Yordi, de un plantillazo que le volvió el tobillo del revés y lo dejó sin jugar en Valladolid. En una recuperación obsesiva, llegó a tiempo para detener a Ronaldo y al Madrid, tres días después. El año pasado, Luis García le dislocó un hombro en Olomouc y el Mariscal quedó con el orgullo en cabestrillo. Eso fue todo.
 

La solidez de su prestigio va más allá del nombre, las camisetas o los episodios que lo trajeron hasta acá. Cruzar el Atlántico no lo alteró: “Pude venir a Europa antes, pero siempre quise hacerlo cuando estuviera seguro. Todo se ha dado como yo lo deseé”, reconoce. Cien partidos, dos títulos, cuatro goles, un hijo, un hermano. Esa es la gráfica Milito en Zaragoza. Y los partidos asombrosos, y encima de todos el de la final en Montjuïc, la sublimación. “Me quedo con ese por el rival, por la ocasión. Viví sensaciones únicas. Y también, de una forma más íntima, con el de Osasuna, cuando Alvaro marcó y nos salvamos”. Una memoria de polos opuestos, triunfo y riesgo, que resume al Zaragoza. Su gran reto: “No somos un equipo para mirar abajo ni estar en media tabla. Tenemos que aspirar a todo, ir arriba”, repite. Getafe es la ocasión “sobre todo después de perder con la Real. Estamos a dos puntos de UEFA y a dos del descenso”.

Cien partidos. ¿Quiere ya al Zaragoza como a Independiente? “Son amores distintos”. Tiene hasta 2010 para hacerlo. “El Zaragoza ya forma parte de mi vida, quiero seguir muchos años”. Ah, los quiere a los dos, entonces. Son como mamá y papá. 

Savio, el equilibrista tiroteado

Savio, el equilibrista tiroteado

Savio Bortolini es el tercer jugador que más faltas y patadas recibe en la Liga. Los defensas anticipan su regate, pero el brasileño del Zaragoza es más rápido que el ojo. A veces, no lo suficiente para impedir un hierrazo. En Brasil le llamaban el zurdo de las piernas rojas. “Aunque me ponga armadura para jugar, si el rival quiere me hace daño”, dice Savio con la resignación de un condenado
 
¿Qué piensa un condenado en el instante en que oye caer la guillotina? ¿Qué sentiría un funambulista si pudiera ver la ráfaga de viento que se aproxima barriendo el espacio, la mano invisible que lo derribará? ¿Qué ve un púgil en los ojos de su oponente al iniciar su baile de puñetazos? Esos imprecisos episodios de temor y burla, burla de lo inevitable, de lo que ya no importa, los recrea Savio Bortolini en cada partido de fútbol. Pasa un defensa y otro le sucede, como cortinas de acero, y el brasileño sabe demasiado bien lo que viene a su espalda: vuela una patada y hay un golpe seco que generalmente apunta al tobillo, en todo caso a la carne. “Es siempre lo mismo, no se puede hacer nada: sé que el árbitro va a enseñarle una tarjeta amarilla al defensa y que eso será todo... Que la próxima vez volverá a ocurrir”.

Digamos que, en la línea de las imágenes alimentadas arriba, la de Savio es la resignación de un equilibrista tiroteado, al que no le queda otro remedio que caminar de un lado a otro del cable mientras los demás hacen tiro al blanco. Savio fue el tercer jugador al que más faltas le hicieron en la pasada Liga (133), por detrás de Valerón (157) y Fernando Torres (143). “En el Flamengo era aún peor”, recuerda.
 
En el Flamengo, Savio era apodado “piernas rojas”, sobrenombre que desecha cualquier aclaración. Le pegaban tanto y tan seguido, y con tanta saña, que cada pocos días tenía que parar. “Deberías ver cómo saca las piernas al final de los partidos”, cuentan en el vestuario del Zaragoza. De esa costumbre nació una estadística (cada dos partidos Savio visitaba al doctor) y también una injusta leyenda de jugador temeroso, que se ocultaba en la espesura del bosque cuando anticipaba el cuerpo a cuerpo. El presunto pecado de cobardía, de paso, auxiliaba el hachazo disuasorio con el que los defensas lo recibían: “A Savio le das una y ya no aparece”, venía a ser la consigna. El tiempo ha demostrado que aquella asunción era una patraña ventajista, y por demás injusta.
   
En el partido frente al Valencia se dio una escena cómica, casi de slapstick: una de esas persecuciones del torpe policía grueso contra Chaplin. Savio agarró una pelota sobre la línea de banda, se le echó encima un contrario y Savio lo evitó por afuera, un completo ejercicio de escapismo porque el espacio entre el hombre y la raya debía ser de apenas 30 centímetros. A la espalda del primero vino otro, avisado ya de que Savio y el balón, incomprensiblemente, caben juntos por el ojo de una aguja. La advertencia no le sirvió.

“Ya puedo jugar con armadura, da igual”


Enloquecido de habilidad, Savio le hizo la misma: embebió la pelota en su pie izquierdo y la pasó por encima de la franja blanca de cal, igual que los magos la hacen levitar en el borde de una tela negra. Aquí no había truco. Y si lo había, era tan simple que se ocultaba al ojo humano. Así que un tercer defensa le recordó a Savio una vil lección: que esas cosas no se hacen... salvo que uno pueda hacerlas hasta el gol. Para siempre.

En realidad, Savio lo ha hecho toda la vida. Alguien descubrió la mortal levedad de su regate a los 15 años en Brasil. A los 18, el tiempo ya se había apresurado para ponerle la camiseta del Flamengo, y luego la número diez de Zico. El Madrid lo descubrió en el 97 y le situó en la banda izquierda, lo que alargaba su recorrido (estaba acostumbrado a jugar de segundo punta) de manera dramática. La condición fundamental de su juego es la velocidad. En sus días de apogeo físico, los médicos del Flamengo le hicieron correr a Savio 50 metros para medir su tiempo, y paró el reloj en 5,88, registro de velocista consumado. No resulta sencillo balear a un pajarillo en vuelo. Con la pelota en el pie, esa punta de velocidad no sufría demasiada merma, así que abatirlo era y es una tarea de violenta destreza, a la que los defensas se entregan con regular entusiasmo. Savio apenas se cubre con una pequeña protección el frontón de la tibia: “Ya puedo jugar con armadura, da igual; si el rival quiere, me hará daño”.

Mientras atraviesa defensas como una luz, puerilmente cree que podrá escapar a todos. Un sordo hachazo y el aroma próximo de la hierba lo devuelven a la realidad.

Mediapunta, 3 de octubre de 2005
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El guepardo vence al hombre

El guepardo vence al hombre

El exhibicionismo de Shawn Crawford casa bien con su apodo, el ‘hombre guepardo’. También su actitud más o menos vanidosa, de macho Alfa de la carrera: como cuando disputó las primeras series de clasificación para los 100 metros con gafas de sol y una visera girada sobre la nuca. Ayer no había asomo de ligereza en su proceso de concentración para una prueba demorada por la insistencia del público griego en la protesta, a modo de homenaje a Kenteris. El blanco que soñó ser Pietro Mennea no estaba en pista, estaba en el sumidero del doping. Mientras el viejo Fredericks pedía calma a la grada, mientras Bernard Williams se reía guasón y sobrador, mientras Gatlin caminaba arriba y abajo con los ojos enrojecidos, igual que si estuviera a punto de echarse a llorar... Crawford permanecía con la mirada perdida.

Sabía que ésta era su prueba y no decepcionó. Lo obligaba su marca (el único finalista por debajo de 20 segundos) y su relativa decepción en los 100 metros. El triplete de Estados Unidos se inició en la curva, donde los americanos (Crawford, Williams, Gatlin) hicieron fila. A la salida, el guepardo atacó a los hombres y les sacó tres cuerpos en cuanto se puso derecho en la recta. Gatlin cedió la plata a Williams en el último golpe del pecho. Crawford marcó19.79, su mejor registro.

Ya está más cerca de aquellos 18.99 que un día prometió (el récord mundial son los estratosféricos 19.32 de Michael Johnson en Atlanta). En 100 habló de 9.72. Dijo aquello en aquellos días en que llegó a enfrentarse a una jirafa -y le ganó- o cuando perdió contra una cebra. Eso sí, al equino lo acusó de salida falsa.

Heraldo de Aragón, Agosto de 2004
www.heraldo.es

El exiliado Larry Bird

El exiliado Larry Bird

El ex jugador de Boston, leyenda de la NBA y oro olímpico, decide ‘hacerse’ europeo en protesta por el “deplorable baloncesto” que en su opinión juegan ahora los americanos Angola no contribuyó a la gloria del equipo de Estados Unidos (la denominación ‘Dream Team’ cae en desuso). Los americanos cerraron la primera fase con una victoria desinteresada (89-53), pero sus actuaciones han devastado la credibilidad del grupo y la de la NBA como modelo de baloncesto. El plan no era ese, pero a los americanos les salen cada vez más espinosas las incursiones en tierra extraña. Y crecen en el entorno las voces disidentes, despectivas con el modo de concebir el baloncesto y jugarlo de las estrellas de la NBA. La última tiene la autoridad de la leyenda: “Jugáis un baloncesto deplorable. (...)Hace tiempo que sospecho que los europeos son mejores, más inteligentes y más profesionales”. Lo ha dicho Larry Bird, nada menos, en una carta abierta a la web de Eurosport.

El texto no se limita a la ironía, aunque Bird frecuenta el sarcasmo cuando dice: “Leo en el foro de eurosport.es que vuestro baloncesto es de McDonald’s. Buena comparación. Jugáis como coméis”. Más allá, el fondo revela la contradictoria evolución del que ha sido considerado históricamente el mejor basket del mundo. Ahora, las protéicas exhibiciones yanquis generan la misma impresión de decadencia ‘kitsch’ que los neones de Las Vegas. Bird lo resume en el mortal arranque de su carta: “Lo que hacéis no es baloncesto. El basket americano ha quedado para hacer exhibiciones de mates y ‘alley hoops’ entre cuarto y cuarto. Y esto no es así”.

Bird fue tres veces campeón de la NBA con los Boston Celtics en los años 80; uno de los 50 mejores jugadores de la historia de este deporte. Y formó parte del ‘Dream Team’ original, el que cautivó al mundo en los Juegos de Barcelona y permanece inalterado como cima de un deporte y una competición, la NBA. Esa consideración ha girado. Lo peor no son las derrotas -frente a Puerto Rico, doloroso perder contra la 51ª estrella de la bandera, con Lituania...-; sino la impresión de que los demás juegan ‘mejor’ al baloncesto. De un modo más puro, basado en los fundamentos, atento a la evolución colectiva de la jugada. Bird se mofa: “El día que vuestro entrenador ¿os enseñó? el pase, la finta, el buscar al compañero mejor situado o algún concepto medianamente inteligente o no estábais o, lo que es peor, no lo comprendísteis”. La conclusión sería ésta: la NBA aún es la mejor competición, pero allí ya no se juega el mejor baloncesto. La escuela, los fundamentos
Hace pocos días, los chicos de Larry Brown asistieron a un partido del equipo femenino, que aún preserva la ‘esencia’ del juego. “Brown lleva a sus chicos a la escuela”, se apresuró a interpretar la afilada prensa americana. Traducido... esta manada de estrellas necesita rebajar testosterona y reaprender el deporte. Entender que la inteligencia suele corregir a la excelencia física. John Stockton es un ejemplo palmario. También Larry Bird, un tipo que nunca fue especialmente rápido ni especialmente ágil. Sólo fue especialmente bueno.

Mirando a esos chicos que almuerzan patatas fritas en el Queen Mary 2 perder con Puerto Rico, al viejo y genial Larry se le abrió la úlcera. Prefirió el ‘exilio’ a la vergüenza: “Se acabaron los partidos del ‘Dream Team’. A partir de aquí me aferraré a mis rasgos ‘alemanes’ para nacionalizarme europeo y apoyar al otro basket, al hermano pobre, a los argentinos, serbios, españoles o lituanos. Sencillamente, ya son mejores que nosotros”.

 

El hijo del instalador de gas

El hijo del instalador de gas

El hijo del instalador de gas levantó la cabeza para observar divertido su propia estatua de chocolate, una reproducción opaca de dos metros y medio de altura. Le sonrió de forma beatífica al gentío que presenciaba la escena y volvió los ojos otra vez hacia la mole, cuya cabeza terminaba en una cuña de cacao estriado en forma de cresta. Que a uno lo obliguen a admirar su propia estatua de chocolate parece un arbitrio decididamente estúpido, una solemne tontería que sólo explica el dinero, el negocio. Pero además, esa cresta... Hace ya casi un año que el hijo del instalador de gas no se peina así. Se dejó crecer el cabello, le hicieron ‘rastas’ como a un hijo trigueño del Caribe, y ahora alguien le acomoda dos coletitas: una sobre el cogote, la otra a media caída del pelo rubio hacia la nuca. La estatua, así, podrá ser un homenaje muy sentido, si es que los japoneses le llaman sentir a lo mismo que lo hacemos nosotros. Pero no respeta la condición fundamental del hombre al que aspira: la imagen. Al hijo del instalador de gas un detalle así apenas lo incomodaría. Pero puede que a David Beckham sí.

Ocurre que los dos son en realidad el mismo hombre, si es que eso es filosóficamente posible. La cambiante personalidad exterior del personaje obliga a preguntárselo. Sabemos que David Beckham (Londres, 1975) nació siendo hijo del ayudante de un instalador del gas, y que se crió en Leytonstone, uno de esos barrios del este de la capital británica que tanto y tan orgulloso carácter inspiran en sus vecinos. Una fábrica de arquetipos que hablan ahuecando las palabras en la boca y retorciéndolas en la garganta, de forma que entenderlos resulta imposible si uno ha estudiado inglés con los ingenuos cursos de la BBC. Para aprender ese inglés hay que vivir en Londres e ir más allá: frecuentar pubs sin música que nunca aparecen en las calles principales, en los que todo el mundo se conoce pero nadie se habla; aguantarle una conversación al repartidor que entra por la puerta trasera de los hoteles y restaurantes para dejar la mercancía; o, aún mejor, plantarse frente al andamio de un edificio en construcción y grabar durante horas las diversas barbaridades que los obreros ingleses les dicen a las chicas que pasan por abajo... Oír a Beckham no sirve. Él ha conseguido endulzar el tono agresivo de ese modo de hablar con una voz disminuida, que siempre parece articular una disculpa.

Beckham fichó por el Manchester United cuando era juvenil, y la pasada semana lo hizo por el Real Madrid. Fichar por el Real Madrid siempre fue algo distinto, extraordinario... especialmente desde que lo hiciera Alfredo di Stefano. Pero fichar ahora mismo por el Madrid es como poner una escalera y subirse a Marte, directamente. El Real Madrid de Florentino Pérez, su presidente, ha patentado el modelo definitivo de club moderno, postmoderno y ultramoderno, una versión salvaje del libre mercado. La idea de partida y de final sería ésta, ilustrada por una anécdota de Florentino... Cuando, antes de que fichara por el Barcelona, al presidente blanco le ofrecieron al argentino Javier Saviola, Florentino preguntó: “¿Cuánto vale comprarlo?”. “4.000 millones de pesetas”, le anunciaron. “Pues lo compraremos cuando valga 10.000”, replicó Pérez. (A Florentino Pérez no le importa que el solista estrella cueste un Potosí; lo que le molesta es que cuando mira a otro lado, le cuelen un secundario de 4.000 millones... Es el caso de Flavio Conceicao).

Lo más sorprendente del fichaje de Beckham por el Madrid es que sólo parcialmente tiene algo que ver con el fútbol. En el Manchester, por inspiración propia, el hijo del instalador de gas de Leytonstone aprendió a golpear el balón de una forma prodigiosa. Ha depurado su estilo hasta lograr tal limpieza de desplazamiento que, al decir de algunos, en el trayecto de la pelota el público puede entretenerse leyendo el precio y la marca del balón. Beckham golpea la bola con una precisión tan radical que parece que la tirara con un cordel. Dígamoslo de forma deliberadamente hiperbólica: si en el principio de los tiempos Beckham le hubiera pegado una patada a la bola del mundo para ponerla en funcionamiento, el movimiento de rotación del globo no hubiera existido, y por tanto ni los días ni las noches ni las estaciones. Formular una cosmogonía de acuerdo al pie derecho de David Beckham es una exageración, claro está. El futbolista inglés no inició el giro del mundo, pero casi tan insólito es el efecto que sus pelotazos y su figura de chocolate blanco han provocado entre los habitantes del planeta. Ese frenesí de idolatría es lo que le interesa a Florentino Pérez, porque las pasiones venden. Las sublimes y las perversas.

David Beckham es una pasión mundial. En el fútbol, vende más que nadie. Extrañamente, la contradictoria Inglaterra no participa de ese fervor de un modo tan alocado. En Inglaterra es donde Beckham es más un futbolista y menos un fenómeno de masas, seguramente por el efecto de invisibilidad que el cristal tiene en el agua: como lo dan por hecho, como ‘naturalmente’ es de allí, está allí... casi parece estúpido o inadecuado exagerar la nota para admirarlo. Incluso entre los hinchas del Manchester United es así. En su escala de ídolos, Beckham nunca se ha aproximado a la estatura de George Best, de Bryan Robson, de Eric Cantona, de Peter Schmeichel o, aunque parezca mentira, de Roy Keane. Además, en los últimos tiempos se había levantado entre ellos otra sospecha: que Beckham sólo entregaba todo su fútbol a la selección de Inglaterra. “Puedes marcharte, Beckham, pero no vamos a derramar ni una sola lágrima por ti”, proclamaba esta semana un articulista, reconocido seguidor del United, en el diario The Times. Es la contradictoria Inglaterra.

Porque, a pesar de todo, los tabloides le han dedicado durante años miles de páginas al futbolista y a su esposa, Victoria Adams. Los ingleses siempre andan a la búsqueda desesperada de dioses que releven a otros dioses, individuos que eternicen su innata y confusa percepción de superioridad. Desde que no están The Beatles, buscan grupos que sean The Beatles en el nuevo siglo, que sean y se les reconozca como los más grandes de la música mundial. Lo han hecho con Oasis, con Blur, con Coldplay; han pasado casi un siglo en busca de Fred Perry, y se empeñan moribundamente en Tim Henman. Quieren siempre un Nigel Mansell en la fórmula 1, un Henry Cooper o un Lennox Lewis en el boxeo. Quieren a otro Winston Churchill que se siente en todas las mesas donde se decida la guerra y la paz. Y, desde luego, en el fútbol quieren a otro Stanley Matthews, a otro Bobby Moore, a un Bobby Charlton... Primero hallaron a Paul Gascoigne en 1990, pero Gazza se empeñó en romperse la pierna varias veces y en pelearse después en bares nocturnos y volver a rompérsela. La cerveza y todo lo demás hicieron el resto... Desde que clasificó a Inglaterra para el Mundial de 2000 con un formidable tiro directo de falta contra Grecia, los ingleses han elegido a Beckham como al último sucesor de la estirpe.

Odio y redención
Pero esa historia de aceptación y luego adulación tiene un inicio verdaderamente terrible. A David Beckham, sus compatriotas lo demolieron de una manera absoluta y brutalmente despiadada después de su expulsión en el decisivo partido del Mundial 98 frente a Argentina. Para ello, la prensa sensacionalista no dudó en reventar los tópicos hasta lograr que Beckham fuera insultado, violentado y despreciado en cada campo de Inglaterra, hasta que el hedor del linchamiento se hiciera insoportable. Muchos de los tópicos que manejan los ingleses más conspicuos acerca del resto de las naciones tienen que ver con las innumerables guerras de su historia; así que la tarjeta roja que vio Beckham (por una pataleta contra Simeone) se comparó a la deserción de un soldado en El Alamein en 1942. Un traidor nacional. Y además, un imbécil. El escarnio resultó delirante. De Beckham y su esposa se hacían chistes todo el tiempo en Inglaterra, circulaban por internet y aparecían en televisión. Era como el Fernando Morán del año 82 o los vecinos de Lepe en la actualidad. Eran materia de risa.

Alex Ferguson cuenta que, al ver la expulsión de Beckham, quedó horrorizado ante el presagio de lo que se avecinaba y no pudo dormir en toda la noche. Beckham tuvo que ocultarse algún tiempo en Estados Unidos para huir del acoso mediático. En cuestiones como ésta, los periodistas ingleses pueden revelarse atrozmente imaginativos. Cuando al actor Hugh Grant lo detuvo la policía de Los Ángeles con su virilidad entre los labios de una prostituta negra, los diarios populares ingleses alcanzaron el paroxismo: se gastaron miles y miles de libras para enviar a sus sabuesos a California con pasaje de primera clase. No se detuvieron hasta dar con Divine, la profesional de la ortodoncia alternativa descubierta por Grant. La encontraron, desde luego, a pesar de que sólo tenían la foto policial como referencia. Y le pagaron una fortuna a la chica para que metiera su cuerpo excesivo en la réplica de un ajustadísimo conjunto de reja que Liz Hurley, la actriz que entonces aún era la novia de Hugh Grant, había vestido el día que su media naranja la llevó a los Oscars. Hurley es finísima, se ha operado todo lo que no tenía finísimo y así representó durante años la imagen de marca de Lancôme. A Divine se le salía la calle por fuera del tejido... Pero se puso la tela roja, hinchó los labios rojos y saltaron los flases. La foto apareció en decenas de portadas...

Para redimirse, Beckham no hizo nada distinto que jugar al fútbol lo mejor que supo, tirar pelotas con cordel a las que se les podía leer el precio, ganar y perder partidos, tener dos hijos con su mujer y no decir ni una sola inconveniencia. Ni hacerla. Ni una sola. Si acaso, las tonterías las decía su mujer en imprevistos raptos de exhibicionismo: habló de que el hijo del instalador del gas se ponía a veces sus bragas debajo de los pantalones de fútbol; que se pintaba las uñas; y que, pícaramente, ella acostumbraba a llamarlo ‘Goldenballs’ (pelotas de oro). De ahí en adelante, durante mucho tiempo, todos los titulares se refirieron a él así: ‘Pelotas de oro hace tal...’, ‘Pelotas de oro hace cual...’. Pero a Goldenballs lo hicieron capitán de Inglaterra –en el fútbol británico, la capitanía constituye un rango de extraordinario significado-, la Reina Isabel lo nombró Caballero del Imperio y la prensa dejó de insistir con ese apelativo mordaz. Ahora le dicen Becks, el futbolista relativo y el negocio absoluto. O Beckham, contradictorio orgullo inglés demolido y restaurado. Pero puede que el que mira a su estatua de chocolate delante de tanta gente, riéndose beatífico, mentiroso, no sea otro que David, el hijo del instalador de gas.

Piel de mármol

Piel de mármol

El David que esculpió Miguel Ángel ha regresado a la Academia de Florencia, pulido después de una limpieza de cara y cuerpo que le devuelve su blanco estricto. Una amiga australiana me contó que durante unas vacaciones en la ciudad, junto a su hermana, habían ido a ver al David en su palacio cada día. Todas las mañanas, las dos mujeres pagaban la entrada al museo y recorrían el camino hasta situarse a la espalda de la estatua. Allí, sin disimulo, muy australianamente, se recreaban en el culo bruñido, redondo. Después de una semana de visitas concluyeron: el mejor trasero masculino que jamás habían visto.

Yo también he preferido siempre este David a la versión de Donatello, aunque por razones más inconcretas... Después de oír aquella historia examiné la reproducción de la estatua que guardo en casa, mientras imaginaba a las dos chicas tomadas del brazo, mirando a la escultura con el labio inferior atrapado entre los dientes. Y me entristecí al pensar que el deseo de una estatua era como el deseo del hombre o la mujer que nunca serán tuyos, algo imposible de conciliar con la razón. Ahora la mujer encargada de la restauración advierte que la perfecta anatomía de David corre peligro: temen que un seísmo lo derribe y le van a hacer una resonancia magnética en los gráciles tobillos, como a los deportistas, para saber si aguantará. Cuenta que le han lavado la piel de mármol con agua y papel japonés. Todo esto se lo he dicho a mi amiga. Ella ha bajado la vista, como en un recuerdo, y se ha mordido un poco el labio inferior.

Dèjá vu

Dèjá vu

En ese preciso instante, tres imágenes aisladas habían confluido en una sola. En la pantalla del televisor, un escritor revisaba las virtudes morales del protagonista de su novela, editada años antes. Su voz era antigua y falsamente joven. También las palabras, que en realidad fueron dichas en otro tiempo, pero que ahora pronunciaba con total actualidad, como si ese momento se hubiera trasladado al presente. Sonó el teléfono y yo alargué la mano para contestar, anticipando quién me esperaba al otro lado. Busqué en vano: en la habitación de ese hotelito aislado de montaña no había aparato. Y, sin embargo, el timbre insistía. Pensé: “Si contesto, él me reclamará la compensación establecida en aquel pacto: habló de tres señales que yo sabría reconocer”. Volví a mirar a la televisión para aguardar el inmediato momento en el que el entrevistador interrumpiría el discurso del otro; y repetí sus palabras, exactas, segundos antes de que él las dijera. El escritor me miró a los ojos desde la pantalla y quedó en silencio, esperando un desenlace, cansado de interpretar una escena repetida de teatro. Las tres piezas se habían encajado y componían una escena horriblemente familiar, que de algún modo yo había visto antes. El teléfono insistía y afuera estaba oscureciendo. Me tomó una inquietud fatal y, patéticamente, traté de dilucidar el significado de todo aquello. Apenas entreví que las imágenes eran anteriores a mí y que designaban un final próximo.