La noticia
"El periodismo consiste en decir ’Lord Jones ha muerto’ a un público que ni siquiera sabe que Lord Jones existía".
(G. K. Chesterton, escritor inglés)
"El periodismo consiste en decir ’Lord Jones ha muerto’ a un público que ni siquiera sabe que Lord Jones existía".
(G. K. Chesterton, escritor inglés)
AS, 9 de enero de 2006
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Alavés, 0-Zaragoza, 2
En la celebración del segundo gol, Ewerthon invitó a bailar a Diego Milito. Le hizo esos pasitos recogidos en los que enreda sus felices pies, que huelen a gol, y Diego se lo quedó mirando como si dijera: “Mejor dame un abrazo, que lo mío no es bailar”. Y se abrazaron el chiquito y el grandote, que hacen una pareja exacta porque son los individuos disímiles los que le causan gracia a la gente. Fíjense en Laurel y Hardy, en los Tonetti, en Fred y Ginger. Sí, sí, Fred era un alfeñique y Ginger un mujerón... De todas formas el bailecito ya se lo habían dado en esa jugada en la que esta sociedad ilimitada, pareja de gol, armó el segundo tanto, el definitivo, para cerrar una victoria de gran importancia. El Alavés fue todo menos una ganga, señores. Al Alavés lo detuvo con sus propias manos César Sánchez, que abrió el armario y sacó el muestrario entero de paradas. Si no lo hace, cualquiera sabe cómo hubiera acabado la cosa. Cómo paró ese hombre ayer.
Fue una película de personajes. Un partido de nombres propios, y casi todos se han dicho ya. Al menos los del Zaragoza. El antagonista fundamental se llamó Nené, lo cual no constituye ninguna sorpresa. Ahora, hay datos que prefiguran las dificultades. El Alavés sólo ha metido cuatro goles en casa, y tres los hizo en el mismo partido. O sea... Que por más que Nené, Carpintero, Lacen, Aloisi y tal se empeñaran, el gol no llegó. En el fútbol el número de goles suele resumir casi todo lo que luego se explica por las circunstancias, por los jugadores, por el azar o por la variable que sea. Ayer, la variable César.
El Zaragoza se pasó la primera mitad en actitud contemplativa, mientras el Alavés se daba a un emotivo ejercicio de agonía. Si hubiera que personalizar ese espacio en dos nombres, serían Celades y Nené. El primero definió el paso del equipo aragonés con su juego silencioso, de quieta y calmosa transmisión. Lo de Nené tuvo más historia y un impacto superior. Apareció en las entretelas del juego para generarle todo tipo de problemas al Zaragoza, sobre todo cuando el ritmo se aceleraba y se hacía un claro a la espalda de los pivotes del Zaragoza. Además, se intercambió mucho con Jandro y fue a los lados a buscar su suerte. En el minuto 5 le hizo una a Álvaro —que con gripe incluida jugó un estupendo partido— y puso en el pie de Carpintero un balón que éste convirtió en estruendosa volea al palo.
El partido tenía ritmo, sí, pero poco contenido. Toda la primera parte fue un ida y vuelta bastante insustancial, lo que dice mucho acerca de la verdadera importancia de ciertos valores en el fútbol de hoy. Esto se dice desde el lado del Zaragoza, por supuesto. Hay que imaginar que al aficionado vitoriano el encuentro en esos momentos le debía parecer una promesa de algo mejor, porque el Alavés llegaba y llegaba, ponía lo que hay que poner, y en esas condiciones uno siempre piensa que el gol va a terminar por llegar.En ese rato, el que fuera zaragocista no vio gran cosa. Lo más notable, si usted lo siguió en casa, fue constatar cómo en el pagar por ver, los narradores desconocen a un buen número de jugadores del Zaragoza. Por momentos pareció que Cani jugaba en todos los lados; Cani era Generelo, Cani era Óscar, Cani llegó a ser Diego Milito y alguno más. Sobre todo Generelo, a pesar de las botas blancas. Luego hubo otros intercambios de personalidad. El más notable, éste: en cierta ocasión en que sí la agarró Diego, el confuso locutor apuntó: “Ahí va Ewerthon...”. Esto tiene poco o nada que ver con el partido, pero es que la tarde estaba así, la verdad.
El Zaragoza sólo asomó la cabeza de Óscar una vez, para rematar fuera un centro desde el lado derecho de Ewerthon. Al margen de eso hubo dos disparos, uno del mismo brasileño que se fue escorando él solo hasta no poder pegarle a la pelota. Y otro de Diego Milito. Si esos balones hubieran seguido volando, a estas horas habrían llegado ya a Connecticut o al desierto del Gobi, así de dirigidos iban. Además, el Zaragoza estaba impreciso y como indeciso, perdón por la repetición de sonidos. Diego Milito protestó una falta al borde del área como penalti, pero Lizondo (uno de esos árbitros) no vio ni una cosa ni la otra. Obligado, el equipo de Chuchi Cos puso algo más por el lado de Mehdi Lacen, interesante futbolista, y sobre todo lo que tuvo que ver con Carpintero y su infatigable juego, además de con Nené, que lo intentó en todas las posiciones. Pero en todas aparecía César. El empate fue cosa del portero: faltas, tiros cruzados, llegadas hasta su misma barba. Todo acabó en él. Una vez Nené le largó una falta en dirección a la escuadra y César la descolgó sin perder la vertical. Lo más tranquilo. Un duque.
Y entonces, de repente, llegó el gol de Diego Milito. Porque fue de repente. Fue volver del descanso, sacar de centro el Alavés, equivocar un pase Juanito y allí apareció Diego Milito para interrumpir la trayectoria diagonal del balón. Diego tomó como suya la pelota extraviada y con ese gesto convirtió en territorio comanche lo que parecía tierra de nadie. Mientras los demás miraban, avanzó cuatro pasos y en cuanto pudo golpeó con la cara interior del pie. El gesto pareció forzado, pero ese estilo robótico de Diego oculta algunas armonías desconocidas. La pelota partió del chanfle interno, que dirían en casa de los Milito, e imperceptiblemente se ahuecó en su vuelo hacia un lado. Costanzo se tiró contra el aire y con eso se quedó. Cuando la quiso ver entraba por el ángulo de los amores.
Con ese gol el Zaragoza tenía lo que quería. Le hemos visto hacerlo unas cuantas veces, romper un cascarón autoimpuesto y salir en la segunda parte como si no se acordara de sí mismo ni de un primer tiempo pacato o complaciente, como el de ayer. Y entonces ser letal. Algo así ocurrió en Mendizorroza. El tanto fue demasiado para el Alavés, al que la desventaja le suponía una muralla china. Víctor apuntaló el medio con Zapater por Óscar, desplazó a Generelo a la derecha y preparó a su equipo para lo que viniese. Al margen de consideraciones de estilo, la entrada de Zapater rindió. El chico le puso a la cosa su metálico pulmón, y el Zaragoza ejerció un control psicológico y efectivo. Luego Movilla ingresó por Celades. Si a usted ese cambio le pareció críptico, no hablemos del último de Cuartero por Toledo en el minuto 86. Ese fue para iniciados.
En fin, pero volvamos al partido por última vez. Lo que queda se explica rápido. El Alavés intentó no firmar la rendición. Nené y tal. César y cuál. Le sacó una divina a bocajarro, aunque Lizondo (uno de esos árbitros) había chiflado fuera de juego. Salió Bodipo a sumar remate, pero nada. Para despejar dudas, Diegol se inventó en el minuto 84 una pared prodigiosa con Ewerthon, que entró al área con los ojos saltones de gusto. Sintió el cosquilleo en los pies, rodeó el cuerpo desparramado de Costanzo e hizo el segundo tanto. Luego se dio al baile. Ewerthon es como Alí: baila como una mariposa, pica como una abeja.
"Soy Walt Whitman, un cosmos, el hijo de Manhattan,
tormentoso, carnal y sensitivo; como, bebo y engendro".
(Walt Whitman, poeta americano)
As, 1 de noviembre de 2004
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Zaragoza, 3-Sevilla, 0
Uno ve al Sevilla plantarse sobre el campo y ve a un equipo de hombres afirmados en su envegardura, en ese híbrido de talla alemana y barrio chico. Hay una discordia en la escena: David y Antonio López, que parecen dos muñequitos en la banda izquierda. Aquel balón que Toledo cruzó en el minuto 12 era un balón de rango aproximatorio, digamos. Tuvo la involuntaria virtud de sobrepasar a Pablo y de no alcanzar a David, que se lo quedó mirando. Galletti vio el desacuerdo de los defensas y entró a buscarlo. Y cómo cabeceó ese hombre. Dustin Hoffman no hubiera cabeceado mejor. Y dirán ustedes: pero si Dustin Hoffman... Lo mismo pensaron David y Pablo. En el mientras tanto, el graduado metió gol en casa de la señora Robinson.
El tanto de Galletti puso al Zaragoza en la pista del encuentro. El Sevilla se quedó en la escenografía. Alves le tiró un par de mordiscos en los tobillos a Savio, que montó un número de escapismo: lo encerraban Alves, Sergio Ramos y Martí. Pero el brasileño volador practica la magia: hizo dos trucos con el tacón, uno parecido a aquél de Redondo en Old Trafford, pero en los medios, que la gente aplaudió a rabiar. Para que no lo acusaran de esteticista disconforme, también hizo el penalti. El gol arrancó en Villa, el delantero-peonza. Villa va y viene girando desbocado y su agitación tiene el sentido constructivo de un huracán, valga la paradoja. Persigue al defensa, busca el balón, lo absorbe, se zafa de rivales y sombras. A veces se enreda con las sombras. Otras, con los rivales. Ayer levantó la cabeza y vio a Savio entrando al área. Se la puso al hueco. Sergio Ramos tiró a Houdini y el Guaje metió el penalti con una paradinha.
El 2-0 dejó al Sevilla desnudo, sin su traje de moda. Las modas son pasajeras en el fútbol, como la tristeza de la Copa. El Sevilla rampante se marchó de La Romareda goleado y en blanco, dejando una impresión hueca. No se le vieron defensas ni delanteros. Baptista fue una bestia sombría o una sombra bestial. Se la comió Milito como dulce de leche, Milito minucioso igual que un hijo a los ojos de papá Pekerman. Villa acabó de masticarlo.
El equipo de Caparrós sólo ganó batallitas en el medio, pero fue cuando el Zaragoza se dio a reposos para varar el juego y proteger su ventaja. Ni en esas concesiones pudo el Sevilla. Caparrós buscó en los diminutivos (Carlitos y Antoñito) lo que no hicieran los hombretones. Nada. Su defensa se comió un cabezazo inocuo de Álvaro hacia Villa, que venía girando y girando sin parar, arrasando las esquinas del campo. Twister le hizo un caño a Esteban y se metió en el gol con la pelota y los pantalones puestos. Después, Víctor le dio la llave del partido a Generelo y éste lo clausuró con la autoridad de un polizonte. A cada uno que quería pasar por el medio le pedía el DNI. Era una trampa, claro, porque nadie juega con el DNI. Así que no pasó nadie. El que quiso insistir llevó estacazo. Le enseñaron una tarjeta amarilla, sí, pero es tan aplicado ese rubiales...
En cierto rincón exacto de mi casa he descubierto un arco iris, finísimo. Si siempre estuvo allí, yo nunca lo había visto hasta ayer, cuando se me hizo visible al cruzar de una esquina a la contraria la página del libro que me ocupa estos días. Y eso que yo tengo por costumbre sentarme precisamente en ese rincón todas las mañanas, a leer un ratito. Es extraño un arco iris sobre un libro; pero más extraño es un arco iris sobre un libro en esa habitación, que comunica a un patio interno enredado de tuberías, demasiado estrecho para que el sol se descuelgue por él. Apenas recibe luz natural, salvo la de las habitaciones contiguas. Si el arco iris original es el que cruza los campos en la indecisión entre el sol y la lluvia, y su infinita repetición en lugares y escenas, el arco iris de mi libro es pues enteramente artificial. Y por eso, aún más extraordinario. En cada ocasión que me siento ahí y me dispongo a la lectura, la palidez de la hoja se ilumina con un rayo delgado de siete colores. Vuelvo la página y el arco iris salta también a la siguiente. Seguro, luminoso, indudable, tiene el grosor preciso de una sílaba, y las alumbra todas de un lado a otro en una diagonal radiante. He intentado componer alguna palabra con las que se destacaban entre los colores, por si hubiera un signo oculto en esta pequeña magia, pero ninguna adquiría sentido. Mañana probaré con un libro de poesía lírica.
Invierno de 2005
La niebla se posó sobre la ciudad durante días sin cuenta, y desaparecieron en la bruma las torres de las iglesias y las aguas del río, y se oían campanas invisibles en el cielo y un rumor de aguas abajo, donde una vez quizás estuvo la cuenca aunque los hombres ya no lo recuerdan porque la niebla emborronó sus memorias y los días se parecían tanto unos a otros que el tiempo perdió sentido y significado, y vino el nuevo Año pero no vino el sol, ni una luz mínima que diera algo de calor, y las rosas perdieron sus colores y los árboles extendían brazos fantasmagóricos en los paseos, y las farolas parecían altísimos hombres de luz débil en el cerebro, que se tragaba la niebla; y la niebla se hizo más y más intensa y se alimentó a sí misma y creció y se hizo más densa. Y los hombres caminaron por la ciudad sin rumbo y descubrieron nuevos senderos sin saberlo. Creyendo que caminaban los antiguos, algunos no volvieron jamás, otros se acomodaron en casas que no eran las suyas, pero quizás encontraron dentro a alguien solo o triste que bien hacía en recibir el regalo que era una persona perdida que había encontrado su casa. Y muchas familias quedaron mezcladas, ignorantes de ese ensueño, y muchos niños fueron huérfanos porque los padres cruzaban los puentes y no regresaban jamás, o lo hacían por un puente equivocado que desembocaba en otra avenida, y volvían a cruzar entrelazando caminos durante horas y horas, de orilla a orilla, hasta que su desorientación hacía ya imposible saber de qué lado del río habían quedado. Y algunos hombres y mujeres se entristecieron por no verse ya nunca, por no volver a escuchar esa voz que en la memoria ganaría matices falsos y perdería los verdaderos, aunque eso no importa porque sólo es verdad algo si lo recordamos y no importa de qué modo lo recordemos. Así, la ciudad se hizo presa de un pesimismo desconocido por no ver más el sol, y del cielo añorado, porque ya no había Cielo ni Tierra, llovieron cuerpos de hombres que surgían fugazmente de una nube y fugazmente se perdían otra vez en el vaho con un estruendo callado de huesos que se quiebran en sinfonía. Y la gente tropezaba con los cadáveres invisibles, porque invisible era el suelo y los hombres no veían el principio ni el final de sus propios cuerpos ni de sus propias existencias, sólo una mancha intermedia donde se aloja el estómago y cabe una oración que pida misericordia. Y conforme avanzaban los días y nadie acertaba ya a saber cuánto tiempo había pasado desde que esa niebla infame se posó sobre la Inmortal y antiquísima ciudad, conforme avanzaban los días la niebla se cerró aún más poderosamente alrededor de los cuerpos y los objetos, y la ciudad careció de límites porque toda ella era un espacio sin principio ni final, como el esqueleto de los humanos, y se perdían amigos y se desconocía a los enemigos. Ya nadie era nadie ni quería serlo, el pasado se había diluido, confundido con el futuro y con el ahora. Ya no importaban los nombres ni las identidades, sólo los olores, los aromas, y los hombres y las mujeres se husmeaban como bestias y por el olor decidían y hablaban, sí, se hablaban, pero de un modo que jamás conocieron antes porque las caras eran apenas una bruma cambiante y la honestidad podía ser o no ser, de forma que todo y todo hombre estaba autorizado por el silencio de los ojos a decir la verdad o una verdad conveniente. Y puede que así los hombres se hicieran mejores, o no, eso ya nunca se va a saber. Y se detuvo el tráfico cuando las autoridades prohibieron la exhalación de humos de los vehículos porque la polución, dijeron los políticos, empeoraba la niebla porque atrapaba los gases en la burbuja gris de los días, alimentando esa nube indecente que había tragado a la ciudad, y además hubo un día en que nadie veía lo suficiente para circular, aunque eso sólo se supo después de que los hombres constataran una gran cantidad de muertos por atropellos, y autobuses que habían desviado su línea para tropezar con puertas de piedra o caer al río y ser engullidos por un pozo antiguo e insaciable. Todo fue quedando poco a poco detenido y en la ciudad ganó un silencio hueco y una luz intermedia que no era día ni oscuridad, sino un duermevela de sol que no se acuesta ni se levanta, y así pasaron las noches y las mañanas y a cualquier hora las personas dormían o despertaban en perfecto desacuerdo, de forma que pronto caminaba con pasos silenciosos para no ser advertido, y apenas podía uno distinguir sollozos ocultos que venían del interior de algunas casas, y por las ventanas y las puertas abiertas saltaban al algodón ciego de la calle. Hubo robos, violaciones, latrocinios, coimas, asesinatos, saqueos, asaltos, pederastia y exhibicionismo, un festín de inmoralidad ingenua, salvada por la desgracia que todos habían padecido bajo esa niebla infame. Y sólo los amantes alcanzaron a tener un instante de felicidad quizás, si supieron buscarlo, y protegidos por la niebla opaca desnudaron sus cuerpos libremente e hicieron el amor silenciosos en el mismo lugar en el que un día, cuando la ciudad era limpieza y sol y cielo azul, se conocieron o rozaron por primera vez sus manos o sus labios quisieron encontrarse, y en ese lugar inconcreto que pudo ser un banco o una espalda contra la pared o el zaguán de una casa o la madera mellada de un banco, en ese lugar los amantes recogieron uno contra otro lo que restaba de sus cuerpos extraviados y se introdujeron uno en el otro con gozo sin igual, y quizás descubrieron que en el mismo banco y a la misma hora o en esa esquina exacta un roce de hombro desnudo contra hombro desnudo venía a significar que ese espacio no era sólo suyo, sino también de otros amantes que igualmente habían decidido recordarse en silencio mutuo y encontrar en el tacto lo que la vista ya no les diera. Y pasaron los días, y pasaron los meses, y pasó un tiempo indefinido y vinieron niños, hijos de la niebla, que apenas vieron los ojos grises de sus padres. Y crecieron y la niebla se retiró, y volvió la vida, y volvió el sol una mañana, sin que nadie supiera por qué entonces o por qué no antes o después. Y entonces todos quedaron ciegos a la vista de ese sol repentino disparado a raudales que negó sus retinas en una mañana despechada, pero a nadie le importó esa nube de leche que quedó bañándoles los ojos porque qué era si no niebla, como la misma niebla de todo ese tiempo que nadie supo o pudo o acertó o le importó contabilizar, y qué importaba si ellos ya se habían acostumbrado a aceptar esa nueva forma de existencia, y qué era esa ceguera sino la posibilidad interminable de seguir amándose y perdiéndose y encontrándose libremente como en esos días largos sin cuenta en los que la niebla retuvo la ciudad en suspenso. Un viento devorador había arrastrado la niebla y les había devuelto las esquinas, los límites, el contorno exacto y conocido de su ciudad, justo antes de enfurecerse inhumanamente y levantar esa misma ciudad por los aires, desgajando día a día las piedras, sacando las puertas de sus goznes, derribando piedras de la muralla como si fueran guijarros, revoleando las campanas de las torres que las guardaban. Finalmente, en un furor despiadado, vació la cuenca de los ríos que atraviesan la ciudad y se llevó en andas a los hombres que en vano se aferraban unos a otros y ascendían en abigarrados grupos chillones, hasta algún otro lugar de esta Tierra, donde también llovieron hombres cuando el viento se detuvo. Y regresó la niebla. Y volvió el ruido ahogado de huesos que en sinfonía se quiebran invisibles contra el suelo.
Yo sé que ahora es fácil hablar mal de él, pero en aquellos días adorábamos a Montero. El Cojo Montero jugaba en el medio, parado en el círculo, y desde ahí ordenaba el tráfico y todos parecían sus hijos. Le decían Cojo irónicamente, porque su izquierda era tan poderosa como inútil la derecha. No la tocaba con la derecha ni para dar un pasecito de dos metros. Pero cuando pateaba con la zurda, que era un martillo de carne, la cara se le hacía madera. Si hubiera existido un aparato para determinar la fiereza con la que le sacudía, a Montero el medidor se lo deberían haber puesto entre las muelas.
El destino quiso que el Cojo la jugara porque su relevo se lesionó. El presidente lo autorizó sólo después de tomarse una caja de digestivos. El partido fue apretadito, de esos en los que no se hace un claro ni aunque llueva la bomba atómica, pero hacia el final el Nene Sánchez, que era una motocicleta, se escapó y el portero lo tuvo que voltear. Penalti, un penalti inolvidable. Yo lo vi desde el fondo atestado del Bernabéu. Vi a Montero y supe que seríamos campeones, porque el Cojo no fallaba ni con los ojos vendados. Supe que el mundo era nuestro.
Entonces, aquel hombre echó a andar hacia la pelota. El portero lo vio venir y voló ansioso, aguardando el tiro cruzado. Sin embargo la pelota fue al otro lado y pasó por encima del larguero, antes de perderse en el quilombo de nuestra tribuna, blanca y azul. La gente se llevó las manos a la cabeza. A mi lado un tipo se desmayó y lo agarraron entre varios que masticaban insultos. Montero la había mandado arriba. Pensé que no podía ser, que soñaba, que había muerto. Comprendí al oír los gritos: “¡Cojo de mierda! ¡Lo ha tirado con la derecha, el muy hijo de putaaaa! ¡Lo ha tirado con la derecha!”. No recuerdo más. Luego confirmé que en la prórroga nos habían metido tres, y que el Cojo dejó el estadio disfrazado de policía. Ahora es fácil insultarlo, sí. Pero la verdad es que en aquellos días todos adorábamos a Montero.
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AS, 3 de abril de 2005
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Real Zaragoza, 2-Valencia, 2
Uno observa a algunos futbolistas italianos y se pregunta qué tipo de confusión metafísica les debe producir el destino metálico que les guarda su país. Veamos a Di Vaio. En la primera parte ese centurión naranja remató cuatro veces. Y si bien a cada una de sus tentativas le faltó algo que las completara, nos dijeron con claridad que en su cabeza Di Vaio tiene la portería; a lo mejor una portería de forma toscas que se corresponden con su estilo, pero portería al fin y al cabo. Dos palos y la red que canta gol. Sobre La Romareda acristalada de lluvia lenta, Di Vaio recorrió el frente de ataque afilando al Valencia, con la pelota y sin ella; le encontró la vuelta a los defensas (incluso a Milito, que jugó como siempre el partido a una altura distinta del resto) y si no hizo gol sería por esas cosas. O porque el gol le tocaba a Generelo. Así de áspero es el destino de un delantero italiano.Generelo hizo el gol y el Valencia hizo todo lo demás. En realidad, el equipo de Antonio López jugó la primera mitad contra Milito. Cada vez que regresa de Argentina y desciende del avión, Milito parece descendido del cielo. No hay metáfora posible. Del cielo al campo, porque de otra forma no se explica esa claridad de las ideas y las formas. Di Vaio se movía tanto que incluyó en su lío a todos los defensas y los sacó de cacho. Milito fue a buscarlo muchas veces y quizás en ese empeño logró que el italiano no le diera exactitud a su remate. Se ve que la revolución de Antonio López, esa relativa exclusión de los italianos que le hicieron de guardia pretoriana a Ranieri, tiene que ver sólo con el fútbol y no con las nacionalidades. Di Vaio juega. ¿Por qué? Por el fútbol.
Ahora hablemos del Zaragoza. Sinceramente, uno temía un Zaragoza flácido, como demorado en sus acciones. Ese fue justamente el Zaragoza de la primera parte, al que el Valencia se comió por los pies. El Valencia se situó en el campo con su rigor tradicional, agarró la pelota y encajonó al dueño de la casa. Y le puso balones a Di Vaio y a veces a Mista y luego éste se los ponía a Di Vaio. Ocurrieron esos cuatro remates de los cuales, en realidad, Luis no tocó ninguno: todos volaron altos o anchos. Ninguno a la portería, que estaba en el pensamiento de Di Vaio.
En ese pasaje tan largo hubo tiempo para las historias adyacentes del partido. Para el silbido de una parte de la grada a Cani, que no es nuevo, aunque viniera subrayado por las quejas recientes del Niño. También para confirmar que Movilla no le encontraba al partido la tecla ni la velocidad. Y que Villa jugaba otra vez solo contra el mundo, pero al revés de como lo hacía Milito: con ofuscación, con desespero, con ansiedad. El Valencia tenía la pelota y el Zaragoza apenas tenía nada salvo la relativa fortuna de que Di Vaio no regulase su remate. No apareció Savio ni Óscar logró hacer de puerta al ataque. Así que el Zaragoza se fue acostando en su modorra y el Valencia, a darle vueltas al gol. Pero sin hallarlo. Entonces, de ningún lado, vino el tanto de Generelo. Un disparo sobre el balcón del área y zas, 1-0.
El resultado suponía directamente una burla al Valencia y desde luego a la lógica, o a la apariencia que había tenido el partido durante toda la primera parte. El Valencia no sospechaba lo que le iba a ocurrir. En el descanso debió pensar que ese zapatazo no tenía nada que ver con la realidad y que ésta se impondría a la vuelta de la esquina. Un equipo cartesiano piensa eso. Víctor también le dio lógica a su cambio en el descanso, cuando dejó fuera a Villa (obtuso y tocado en la cadera) y puso a Galletti a fatigar la punta.
Una ficción no se hubiera podido sostener sobre esas variaciones, pero la realidad es mucho más arbitraria. La vida es eterna en cinco minutos, cantó Víctor Jara. Espacios tan cortos fueron suficientes en un sábado tan lluvioso y tan raro. Cuando el Valencia estaba en muerte cerebral y se había largado a la francesa, sin decir ni adiós, entraron Corradi y Fiore. Y el Valencia inesperadamente se armó sobre la figura impetuosa de Corradi, que empujó como un ariete en la jugada que cambiaría todo. Hubo un resbalón fatal de Milito (como aquél de Viena) y Mazinger entró al área desbocado. Y la puso dentro, resumiendo de un toque el infortunio de Di Vaio. El Zaragoza quedó confundido y el Valencia olió sangre. Caneira acabó el empate, cobró la pieza y se fue expulsado en el alargue. El Zaragoza dijo adiós a Europa. Y el que entienda este partido que levante la mano.