Blogia

Somniloquios

Un día para Linda

Esta noche te he soñado, Linda. Al despertar te sentía tan próxima que me he girado en la cama para abrazarte, pero en tu lugar he encontrado a mi mujer. Abrazarla a ella cuando eras tú la que me ocupaba me ha dejado enfermo. A veces te quiero y te deseo más que a ella, y a ella la odio por ocupar tu lugar, por ocupar el lugar de cualquiera otra de las que podrían haber estado ahí. Ella lo ha logrado y sé que yo lo deseé. Sé que tú como las otras te marchaste, pero no os habéis ido. Estáis en la memoria y en las sensaciones que deja un sueño. Siempre los sueños acosándome, me parezco a un tango.
            Me he levantado. Es temprano y tú estarás tomando un café sobre la mesa desordenada de tu cocina. Tomas un café y fumas el primer cigarrillo de la mañana. Si tienes sueño, si estás cansada, entonces harás todo eso distraídamente y levantarás un muro frente a los pensamientos que buscan apresarte desde la primera hora, con los ojos detenidos en un punto cualquiera del aire o del humo. O puede que hayas despertado triste (a veces lo haces, aún lo sé) y en la soledad gris y pegajosa recordarás fugazmente algo o a alguien. Un momento, un lugar de antes. Mirando por la ventana, como yo lo hago, vas a reunir todas las imágenes que inauguran el día en una sola figura que encaje con tu pensamiento. Me gustaría imaginar que te acuerdas de mí, que yo soy ese dibujo en tu memoria, pero eso ya no será posible. Sólo mirarás afuera y recordarás un tramo de ti misma, de todos estos años.
            Otra vez llueve. Sabes, ahora llueve casi todos los días en esta ciudad lastimosa en la que casi nunca solía hacerlo. En la avenida resplandecen los adoquines al pie del edificio, silban los automóviles y el cielo no se decide, está detenido en algún punto de ofuscación. Yo también he tomado un café pero mi mesa está ordenada y yo no fumo. Mi mujer aún duerme y ahora que estamos tú y yo solos en esta mañana en medio del mundo voy a escribirte unas palabras que nunca te enviaré. Un absurdo poema:
 
Día gris y quieto
Luz sin sombra
Una tarde lenta
Como mermelada
 
Un corazón frágil le protesta
A la lluvia
Un alma mojada se dobla en dos
Se parte en una
 
            Si pudiera tocarte un segundo y seguir vivo después para recordarlo, Linda... Te me has hecho oculta en la memoria y ya casi eres más la memoria que la mujer que veo algunos días. Esta noche te he tenido cerca pero no he llegado a tu piel blanca, sólo me he asomado. “Versos que recorran la línea de los huesos / y oír en el pecho el rasgueo de la palabra en tu piel. / Suenas a violín lejano, / a silbido de cornamusa, / a hoguera que se apaga”. Voy a repasar mis libros en busca de esos versos. Si los encuentro, significará que esta noche contigo –que yo atribuyo cómodamente a un sueño- ha sido cierta, verdadera, que ha existido y forma parte de la mitad de mi vida que llamamos auténtica. Esas líneas sobre un papel jugarán de pasadizo entre un lado y otro y tú estarás en ambos. Un poema como la flor de Coleridge, para demostrar que en ese sueño estuve más vivo que ahora y que tú verdaderamente me amas.
         Del sueño me queda clavada en esta mañana la impresión clara de tus ojos, muy grandes, y algo más que no decido pero que está ahí. Algo de ternura que se ha agarrado, puede que a unas palabras o a un beso, no lo sé, no lo sé. No recuerdo todo. Apareces tú recortada de la circunstancia, ajena. Imprecisa y quiero tocarte con mis palabras. A veces pienso que te alcanzo, a veces pienso que es posible que todo esto que digo logre un significado cuando se una con tu nombre, que también tú sientas algo en esta mañana y aún haya una posibilidad. ¿Y entonces qué haré con ella? ¿Qué haré con la mujer que me sueña teniéndome a su lado? No lo sé, lo sabré mañana. La querré mañana. Ella tiene todos los días, pero éste es tuyo. Aún llueve, Linda, y mis palabras te están rozando en la ducha y limpiándote para el nuevo día. Mañana la amaré otra vez a ella, cuando despierte, si eso es lo que debo hacer. Hoy te quiero a ti, te quiero a ti.

 

 

 

El color de la derrota

En un partido en Segunda División, en Tenerife, el Zaragoza salió al campo sin su camiseta ’avispa’, relevada por el último diseño: un azul marino, y mangas en tono turquesa, sin referentes históricos. El amarillo espantaba a Paco Flores, y esa superstición estaba en el origen de tan desconcertante variación. Con el paso del tiempo, la camiseta avispa ha desaparecido por completo, aunque no el amarillo y negro, ahora versionado. El leit motiv de la apasionada contracrónica que sigue se resumía así: los colores no ganan ni pierden, pero refieren una historia más allá de la anécdota.


 

Heraldo de Aragón, 30 de septiembre de 2005

 

 

Amarillo es el trigo limpio de los campos que mece el viento, y el corazón de algunas flores, y amarillo es el sol que los alimenta y que arde en el desierto, también amarillo. Amarillo es el destello último de algunos ojos y la mirada de las fieras, amarilla es la melena del león que dibuja un niño y amarillo es el oro de los tigres, que fascinaba al viejo. Amarillo el cabello laberíntico de Marilyn, amarilla la melena de Lana Turner y el fulgor radiante de Jean Harlow; amarillo el pañuelo en el cuello de John Wayne, la piel de Homer Simpson, las camisas viejas, los diarios olvidados en un cajón, el periodismo estúpido...

 

Amarillas las natillas de mi abuela -con galleta, por favor-, y sus manos amarillas, de un amarillo precioso; amarilla la yema del huevo frito, amarillo el plátano de Canarias y el azafrán del curry indio, y amarillos los girasoles, y amarillo el mundo soñado de Van Gogh, y amarilla la silla de su habitación en el Arlés amarillo. Amarilla es la cara interna del capote y el destello de la espada. Amarillo el impermeable de los hombres de mar, mis camisas, y el jersey del niño pijo. Amarillo era el tractor, y el submarino. Y amarillos son los taxis de Nueva York. Amarilla es la fiebre. Y amarillo el oro.

 

Amarillo es el campeón del Tour de Francia, y amarillo es Aitor, aunque le digan dorado. De amarillo visten los Lakers de la California amarilla. ’Verde e amarelha’ es la bandera del campeón del mundo, y su camiseta amarilla, sobre el negro de los genios. Amarilla y negra es la de Peñarol de toda la vida, y la del Iberia Sport Club lo era. Amarillo tiene también la bandera de Aragón, y el brazalete de capitán del Real Zaragoza, que llevó Aragón, claro, y después Vellisca. Amarilla podría haber sido la tarjeta a Cuartero, aunque otro día quizá lo sea, quién sabe, porque esto depende del árbitro, que también puede ir de amarillo. Y amarillas fueron muchas otras cartulinas, demasiadas, ayer en el Heliodoro.

 

Pichi Alonso, Valdano y Amarilla fueron un día la delantera de este club, cuyos orígenes tienen una camiseta amarilla y negra, como el tronco de las avispas. Amarilla y negra era la tradición recuperada por deseo del presidente Soláns Serrano en 1996 en Sevilla, amarilla y negra la herencia de la Gimnástica. ¿Por qué no jugar de amarillo y negro? Porque una superstición, la de Flores, vale más que una tradición o que la historia, parece. Amarilla es su fobia, y nuestra camiseta, muy vendida y muy querida. Amarillos eran, a pesar de todo, la publicidad de Pikolin y los números de los jugadores, que ayer vestían no de avispa, sino de azul marino y azul turquesa.

 

Azul marino y azul turquesa. Ni blanco, ni verde, ni azul cian, ni rojo de los ’tomates’, ni amarillo y negro de los ’avispas’, todos los colores en casi 70 años. Amarillos y negros fueron los cinco goles en el Bernabéu, y otros muchos. Amarillos como el pelo de Jamelli tras el penalti de La Cartuja. Amarillos como la cabeza de Pardeza, como la Copa de Sevilla. La derrota no es amarilla. Ni tampoco la victoria. Amarilla, y negra, es la camiseta de este equipo. O lo era.

El presidente de hierro

El presidente de hierro

Nota: El tiempo y el fútbol, materias ingobernables, han hecho de este artículo un gracioso anacronismo. En los días en que fue publicado Florentino Pérez era generalmente tenido por el reinventor del fútbol. Iba, efectivamente, camino de convertir al Real Madrid en el club de referencia deportiva y, sobre todo, económica. El final de esta temporada 2002-03 quedó marcado por el incidente de Pérez con Fernando Hierro, que explica parcialmente el titular.

Heraldo de Aragón, julio de 2003
 

Florentino Pérez ha hecho del Madrid el club más rico y admirado, pero su modelo de capitalismo salvaje ya le ha generado tensiones. En Puerto Portals, en Palma, el Pitina II se balancea acostado sobre el malecón, entre un sinfín de embarcaciones. El nombre pintado en la popa es el de una dama: María Ángeles Sandoval, Pitina. El Pitina II es propiedad de Florentino Pérez, Florentino es el presidente del Real Madrid y Pitina, su esposa. El yate supera en tamaño a un buen número de naves pero, conforme se recorre la dársena, se descubre que también es considerablemente más pequeño que muchas otras. Puerto Portals, así, confirma la teoría de la relatividad.

Se sabe que a Florentino Pérez (Madrid, 1947) le gusta navegar, como a todos los potentados del universo; y también le gustan el fútbol y el Real Madrid, afición que comparte con las clases medias y las bajas. Sólo en cierto modo. Ocupó concejalías y subsecretarías con el Gobierno de UCD, y después un sillón de piel en Construcciones Padrós. Integró el Partido Reformista Democrático, fue presidente y consejero delegado del grupo Ocisa, candidato a presidente blanco -vencido por Ramón Mendoza (1994)- y, ahora, dirige y preside ACS. Y el Madrid. Su sueño, dijo.

Su victoria electoral sobre Lorenzo Sanz -que había ganado la séptima Copa de Europa y manejaba el aparato mediático- se debió a un truco soberbio. Florentino le birló al Barcelona a su estrella, el portugués Figo, firmándole un precontrato en medio del proceso electoral de ambos clubes; en él estableció que, en caso de no completarse el fichaje, el futbolista abonaría 5.000 millones a Pérez. Después, les prometió a los electores incrédulos que, si Figo no venía, les pagaría el abono de la siguiente temporada a cada uno de los 100.000 socios. Con el dinero de Figo, claro. Y ganó.

Aquella jugada maestra prefiguraba la concepción más audaz de un club, el modelo extremo. Una versión salvaje del libre mercado que, como tal, sufre de contradicciones esenciales. Florentino compra a los mejores jugadores del mundo, sólo a los mejores, sin considerar criterios deportivos. A Florentino no le importa pagar un potosí por el solista que llene el campo y le venda 9 millones de euros en palcos de lujo. Lo que de verdad lo mata es que le cuelen a un secundario de 24 millones. Su permanencia en un segundo plano durante este tiempo ha sido irreal. Florentino ha presidido y ha dirigido, en el más estricto sentido del término. Cuando le ofrecieron al delantero Saviola, antes de que firmara por el Barça, preguntó cuánto costaba: “4.000 millones, presidente”. “Pues lo compraremos cuando valga 10.000”, replicó. Hace poco le hablaron de Milito, un defensa central argentino. Se negó. Con ese nombre, vino a decir, no vendería ni tres camisetas.

Se dice que Florentino detesta a los futbolistas, bajo la sospecha de que sólo piensan en el dinero. Y cree que su sueldo no les autoriza a las veleidades. Hace unos días fulminó a Fernando Hierro, capitán y símbolo perdurable del Real Madrid, por plantear un motín contra los actos de celebración del título de Liga, comprometiendo la imagen del club. Luego prescindió de Vicente del Bosque: “El Madrid precisa un entrenador más tecnificado”, adujo. Una frase así -con ese cinismo o ese aire de informe patronal- no se había visto jamás en el fútbol.

Florentino Pérez ha cambiado las reglas, con todas las consecuencias. Los futbolistas saben que van a jugar con los mejores y a reunir admiraciones y títulos. Que trabajarán para el club más grande. Pero, tras el episodio impensable de Hierro, les acecha una impresión casi metafísica: se sienten un valor abstracto, otro apunte contable en una implacable disciplina mercantil. Florentino los ha hecho millonarios, campeones y... proletarios.

La leyenda del rey temeroso

La leyenda del rey temeroso

Heraldo de Aragón, abril de 2004 

En el principio suele haber un episodio de apariencia anecdótica que pone los hechos en marcha. El nudo de la historia lo señala un instante crítico, en el que el protagonista se enfrenta a una bifurcación ante la que no le es dado, o no siempre, elegir un camino; digamos que puede haber sido señalado de antemano, quizás en su contra. Y que el hombre que surge al otro lado puede ser el mismo o ser definitivamente otro. Esa incertidumbre es la que, en la larga tercera secuencia, dirige su existencia hacia la búsqueda de un fin. En la vida de Hicham El Guerrouj (Marruecos, 1974) podemos entrever esos momentos y conjeturar a partir de ellos el perfil de esta figura mayúscula. El niño Hicham nació hace 29 años en Berkane, una ciudad al nivel del mar, cerca de la frontera con Argelia. Fue el cuarto de ocho hijos, un chico afilado y tímido. Con la misma ligereza con la que obedeció el instinto de diversión infantil y se hizo portero de fútbol, lo cambió a los 15 años por el atletismo. Nada dice el motivo de ese tránsito a favor de una vocación: El Guerrouj se quitó las rodilleras y la camiseta de guardameta de su equipo local sólo para satisfacer a su madre, quejosa porque el hijo ensuciaba la ropa cada día.

Muy pronto, el destino de Hicham resolvería el peso de esas anécdotas. Ingresó en el Instituto Nacional de Atletismo de Rabat y conoció a su entrenador, Abdelkader Kada, esa clase de técnico veterano de distancias psicológicas como el 5.000 o el 10.000, capaz de modelar su vertiginoso talento y servirle de inspiración. Pasemos de largo su veloz evolución juvenil: enseguida El Gerrouj se elevó como ángulo de la revelación marroquí, atribuida a Mohamed Midouri, antiguo jefe de seguridad del rey Hasan.

En apenas cinco años iba a anticipar de modo dramático los plazos del relevo en el 1.500, prueba cardinal del atletismo. A su llegada, la distancia pertenecía al argelino Nourredine Morceli, quien pronto alcanzó la certeza de que había algo monstruoso, casi mágico, en la forma de correr del joven marroquí. Algo que lo alejaba peligrosamente de modelos y previsiones. Morceli había sucedido a Aouita y tenía sólo 27 años. Pero ese Hicham que ahora corría a su lado no le pidió permiso al tiempo ni a la historia: “Hubo una era Coe, una era Aouita y ésta es la era de El Guerrouj”, diría. Desde entonces, ha ganado cuatro veces el Mundial y batido los records de 1.500 y de su hermana, la milla, devastando la tradición. Pero fracasó en sus dos Juegos y eso lo separa de los popes de todos los tiempos:el australiano Herb Elliott, quien nunca fue derrotado en esas dos distancias; el inglés Sebastian Coe, la expresión más alta del 1.500; o Aouita, quien de forma brutal se atrevió en los 80 con todo el rango del medio fondo, del 800 al 5.000.

El Guerrouj mide 1,78 y pesa 59 kilos. Tiene las piernas considerablemente largas y un liviano pecho elevado. Quienes lo han visto entrenar en el Atlas marroquí hablan de cargas asombrosas, series que completa a un ritmo propio de carreras de 400 o 500 metros. Eso explicaría la inalcanzable velocidad de crucero que lo define y que permite su arquitectura de carrera preferida: el ataque largo. Como si se protegiera de algo, del vértice helado de un temor, pudiera ser.

No sería difícil rastrear la huella de ese miedo. Nace en la noche olímpica de 1996 en la que quiso destronar en Atlanta a Morceli y acabó rodando por el piso, después de tropezar con el argelino. Culpó a su rival con ira e injusticia. Para expiar la lástima guardó una foto del incidente y la lleva a cada competición: “Me recuerda por qué y para qué sigo corriendo”. La fotografía oculta el estrépito íntimo de la caída y el apresurado tintineo de la campana, que le anunció la última vuelta antes de irse al suelo. En Sydney 2000, de nuevo lo rindió el temor:“Sentía a todo mi pueblo y a mi rey mirándome”, admitió tras perder en 1.500 y en 5.000.

Cada una de sus formidables zancadas aleja de la memoria una campana obsesiva que lo hace caer. La última secuencia de esta historia comenzó en Atlanta y debe culminar en Atenas, este verano. El Guerrouj sabe que allí lo aguarda, monstruosamente, el incierto final de su propia leyenda.

El rey encuentra su corona

El rey encuentra su corona

Heraldo de Aragón, verano de 2004 

Final olímpica de 1.500 metros

En algo más de tres vueltas al estadio un hombre dilucidaba el final de su leyenda, la victoria sobre sus obsesiones y todas las derrotas anteriores. Hicham el Guerrouj cerró en Atenas el círculo de su extraordinaria carrera, con laurel en la cabeza, lágrimas y una medalla de oro que el mundo le atribuía ya en Atlanta, hace ocho años, y que el destino le arrebató insistentemente hasta ayer.

El Guerrouj poseía todos los títulos posibles y todos los records humanos. Sólo le faltaba la gloria olímpica, que es la gloria del deporte por antonomasia, la que desean los atletas por encima de ningún registro y de cualquier título. El Guerrouj sufrió para lograr esa culminación que misteriosamente se le había negado. En el 96 sufrió una caída cuando ya era general la la la certeza de que el relevo generacional le correspondía: atrás quedaban Elliott, Coe, Cram, Aouita o Morceli. Hicham El Guerrouj sería el siguiente elegido. Su caída en aquella prueba lo marcó de forma brutal. Desde entonces llevó consigo la foto del instante fatídico, para conjurarla. Pasó cuatro años imponiéndose en todas y cada una de las carreras que disputó. Pero el oro también lo esquivó en Sydney. Ngeny, un prodigioso keniano, esculpió a su costa tres minutos y medio de eternidad.

El Guerrouj tenía ayer rivales. Lagat en primer término -y la posibilidad de una liebre keniana que le dispusiera la carrera a su gusto-, Kiptanui, compatriota del anterior, Reyes Estévez, Rui Silva... Si la carrera era lanzada a un ritmo mayor, el podio sería inevitablemente africano. Reyes y todos los demás precisaban un tiempo menos generoso. El español pronto se puso delante y precedió al trío keniano. El Guerrouj aguardaba por fuera, con una zancada serena, quizá ahuyentado los recuerdos, dominando su obsesión. Luego pasó al tajo.

Sobre el 800 lanzó la carrera y prolongó su cambio durante media vuelta, en una aceleración formidable que desató el pánico por atrás. Reyes aguantó momentáneamente, pero el paso de los metros lo fue enguyendo. La última vuelta se convirtió para el catalán en una evidencia de que su apuesta por los Juegos no iba a terminar en medalla. En la contrameta Rui Silva se había convertido en una aspiradora de hombres y se le puso cara de podio. Lagat resistió, pero eso ya se sabía. El 1.500 debería decidirse en la salida de la curva y en la recta definitiva. Ahí donde a El Guerrouj lo aguardaba el fantasma de Ngeny, que había tomado la forma indudable de otro keniano, Lagat.

Rui Silva no llegaba. Lagat atacó con todo. Los 80 metros finales fueron un hombro a hombro dramático entre los dos. Un final que aún subrayó mejor la victoria más grande del gran Hicham.

 

 

 

Crochet mortal de Ewerthon

Crochet mortal de Ewerthon

AS, 12 de enero de 2005
www.as.com 

Atlético, 0-Real Zaragoza, 1

El otro día nombramos al gran Muhammad Ali. Hoy hablaremos del guisante Pernell Whitaker. ¿Usted se acuerda de aquel pequeñarras que molió a palos a Poli Díaz en la pelea por el título del mundo? Todo fino, todo enano, todo pusilánime... y arreaba unos guantazos que dejó al potro de Vallecas en jamelgo de Orcasitas. Qué mano de tortas le dio. Bueno, pues así es Ewerthon: pequeño, veloz, ligero, casi imperceptible. Pero hijo, tiene la baba del gol (que buena frase, oída ayer en la radio). Le pesa la mano. Pega y mata. Corre y gol. Sale y gana. Apareció en el descanso y con un crochet de zurda mandó al Atlético a dormir.

Ahora, es raro que dos equipos quieran lo mismo en un partido, sobre todo si es el primer partido de una eliminatoria. Que el Zaragoza ramoneara en el Vicente Calderón estaba previsto. Pero que Bianchi se hiciera el loco y jugara también a no encajar, ya es otra cosa. Y sí, jugó a eso. Recordó a aquellos caricaturescos episodios de Bilardo, cuando Argentina perdía 1-0 y el profesor sostenía el impulso de los suyos hacia el empate, no fuera que les hicieran el 2-0. O cuando en un partido a la albiceleste le faltaban 15 minutos para establecer un dudoso récord histórico de minutos sin hacer un gol, y Bilardo ordenó en el vestuario: “No se les ocurra marcar antes del cuarto de hora que jodemos el récord”. Son lógicas enfermas. Avisado de que el gol fuera vale doble, Bianchi puso buen cuidado en no encajar uno. Casi más que en anotar.

Respecto al Zaragoza, el equipo se dispuso en el campo exactamente igual que cualquier otro día. Cuestión diferente es lo que cada cual pueda opinar sobre la suplencia de Ewerthon (el que avisa es un amigo, y AS avisó), y la comparación con Sergio García. Uno está casi seguro, modestamente, de que con Movilla hubiera aparecido el trivote, pero eso queda para la especulación. Lo de Ewerthon lo tenía Víctor entre ceja y ceja hace días: dejarlo fuera y darle entrada después del descanso por Diego Milito. Y eso exactamente hizo.

El fútbol es la materia opinable por antonomasia. Hay quien piensa que, precisamente, la mejor forma de ayudar a dos delanteros en racha es no separarlos ni aun en broma, entregarles a ellos toda la confianza y seguir hasta donde dure. Otros miran a la espalda de las cosas. Como Gila, que pensaba en la madre del portero al que le metían un penalti y se apiadaba de ella y del chico. Bueno, pues en el reverso de la hemorragia goleadora de Diego y Ewerthon, ese tipo de pío individuo ve el silencio de Sergio García, y cavila: algún día hay que darle una oportunidad. ¿Por qué no ayer? Son formas de verlo. Al final todo el mundo tiene razón alguna vez. Los que miramos el fútbol desde afuera somos pasionales y absolutos en nuestras hipotéticas decisiones. Que se sepa una cosa si es que importa algo: si yo fuera presidente también habría dejado a Ewerthon quietecito con Diego. Ahora, a Víctor le salió tan bien que cualquiera le dice nada.

El soliloquio viene a explicar las circunstancias. Porque la primera parte fue más de circunstancias que de hechos. La ficha dejó poco que contar, pero aquí quedará consignado, para que la crónica no salga demasiado discursiva. Lo mejor (en el Atlético, se quiere decir) fue una escapada de Petrov por la derecha que tuvo que conjurar César. El dominio de César en el achique es de escuela de porteros, la verdad: tiene la velocidad, la exactitud y el equilibrio precisos para reducir todos los ángulos a casi nada. Petrov debió rematar por obligación contra el guante del portero.

En realidad, como ocurrió en la Liga, el correo del zar fue Petrov y duró sólo un tiempo. Torres vagó en solitario, Ibagaza fue y vino como un topo en su agujero, intentando jugar. Kezman estaba en el banquillo. Así que todo quedó en manos del búlgaro y sus pies en polvorosa. Dejó esa carrera furibunda que Álvaro acompañó temiendo penalti o algo peor. Y luego le puso otra con lazo a Maxi en el corazón del área que el argentino, felizmente, voleó a la luna. Del Zaragoza se supo bien poco: un disparo de Sergio García que iba fuera y que Falcón, para darle contenido, sacó igualmente a córner. Diego no encontró conexiones. Cani y Óscar, apenas.

Lo mejor del Zaragoza tenía que ver con Gabriel Milito, rizo imperial, y sobre todo con Celades, el motor silencioso que buscan los ingenieros. Quizás el fútbol reserve a Celades una extraña incomprensión popular. Es uno de esos jugadores de esencia recogida, futbolista de detalle, futbolista para haber sido torero y que lo glosara el inolvidable Joaquín Vidal. Ese Celades paró el tiempo... diría el maestro. Ese Celades hace del fútbol un arte de simplicidades incomprensibles. Burdamente diremos que Celades se equivoca muy poco. Pierde un balón cada seis meses, pero la mayoría los juega bien o los mejora. Para el Zaragoza (milagro repetido) es un jugador perfecto; y tal vez el Zaragoza sea un equipo perfecto para él.

A Celades lo acusan de intrascendencia, pero habría que examinar bien lo que significa ese término en este juego. Mientras lo pensábamos, Celades hizo ese pase maravilloso a Ewerthon en el arranque del segundo tiempo. El brasileño había aparecido en el campo tras el descanso. Eso siempre reanima al Zaragoza, equipo que encuentra su felicidad pasado el intermedio. Parece un boxeador estratégico. No es que se cierre o eche la espalda a las cuerdas, pero se pone contemplativo. Da vueltas, va y viene, se la da a Celades, regresa. Y en la segunda entra a jugar. Y con Ewerthon se afila.

Óscar había llamado a la puerta del gol a los 55 minutos con un jugadón que nos recordó quién es Óscar. Otra vez le faltó el gol. Lo tiene en algún sitio, pero no da con él. Lo toca como el que toca una moneda perdida en el dobladillo de un abrigo: sabe que está ahí pero no acierta el modo de sacarlo a la luz. Ayer se lo quitó Pablo en el remate final. A continuación, Cani largó un zapallazo que rechazó como pudo Falcón. Era otra vez el Zaragoza de la Copa, ese que de pronto da un aldabonazo y dice: señores, aquí estamos.

Y sí, ahí estaba. Con Celades y súper ratón. El Atlético se disolvía cuando los dos hicieron chispa, y vino el gol. El pase con arco hacia el costado de la defensa, delineado como con un cordel por Celades, curva exacta de dibujo técnico; y la escapada de Ewerthon, que nunca olvida supervitaminarse ni mineralizarse. Por eso le sacó un cuerpo a Pablo. Fue suficiente. Al pisar el área se le encendieron los sensores, porque Ewerthon sabe que el gol es un teorema de equilibrios y geometrías que hay que resolver de noche y en un tren desbocado que entra a un túnel. Él despejó la incógnita sin pensar, por pura y demoledora intuición. A eso se le llama belleza. Arte. La tocó con suavidad al otro lado antes de que llegara el defensa y más allá del cuerpo del portero. Y la pelota, obediente, se fue pegadita al palo. Al gol. A la victoria.

Noqueado, el Atlético enloqueció. Bianchi movió la baraja y puso a un Kezman menor, tabernario e impulsivo. Tuvo una, sí, y se la sacó César, cómo no. Pero el partido había de quedarse suspendido en esos segundos que duró la jugada de Celades y Ewerthon. La esencia viene en frasco pequeño. En la ligereza creativa de Albert y en el vuelo mortal de súper ratón. Esos dos chicos pararon el tiempo, don Joaquín. Y esta Copa huele de maravilla.

Cuento de fútbol

Este ’Cuento de fútbol’ fue publicado en Heraldo de Aragón como contracrónica de un partido Sevilla-Zaragoza (3-2), de ahí la inconcreción del título y algunas realidades demasiado obvias. Pero siempre lo preferí como una ficción intuida en las entretelas de una lluviosa tarde de fútbol. Y así lo recupero ahora, con muy leves correcciones respecto al original periodístico. Con el tiempo, me parece que ha tomado la forma que siempre debió tener o con la que se presentó ante mí: un inconsciente homenaje al inasible virtuosismo de Carlos Lapetra, el mejor futbolista que jamás ha vestido la camiseta del Real Zaragoza).

Heraldo de Aragón, 8 de diciembre de 2003

¿Podría ser esa paloma el espíritu de Carlos Lapetra?

Nos gustaría jugar a un pequeño milagro mientras el fútbol va y viene, mientras ocurre algo o no ocurre nada. Antes del partido la vimos volar en vertical como una bengala, para ocultarse bajo una de las vigas de hierro que soportan la cubierta del Sánchez Pizjuán. Le prestamos a la escena una atención difusa, como a cualquiera de los otros detalles casuales de la tarde. Pero después, cuando empezó el juego, la paloma apareció en todas las jugadas de ataque del Zaragoza... y tenía actitud de extremo derecho consumado. Ahí fue cuando empezamos a observarla. No... no es que nos despistáramos; en realidad, es que a la paloma había que mirarla por obligación, porque formaba parte del encuentro igual que cualquiera de los 22 jugadores o el bendito Megía Dávila, el árbitro. Y atraía la vista su comportamiento indolente, como de un Ronaldo. Al alejarse la pelota, tomaba la forma estricta de un ave y se ponía a picotear el suelo girando en redondo, desdeñosa, sin importarle el partido. Pero cada vez que el balón aparecía por su lado en los ataques del Zaragoza, levantaba el vuelo para enredarse entre las piernas de Galletti, abriéndose en zig zag frente a los defensas, aplacando el aleteo para una pausa, planeando para buscarles el hueco. Por ejemplo, a David lo mató en la jugada del gol de Galletti: el defensa vio el centro del argentino, interpretó la comba del pie... pero la paloma voló hacia fuera mientras el balón iba hacia dentro. Confundido, David dudó entre pluma y cuero, tocó mal y la metió en su portería. Galletti abrió los brazos y la paloma subió el cuerpo gris inflamado de alegría por el aire.

Alguien dijo: “Tendrá forma de paloma, pero parece un futbolista”. Un siete rápido, ingenioso y genial. La culminación del modelo. De todos modos Garrincha fue un pájaro antes de ser uno de los jugadores más felices de Brasil. Ahora es primero el 7 y luego el ave. Así que intuimos que en este partido podríamos estar viendo otra cosa. Que esa escena contenía un cuento de fútbol o un guiño de eternidad. Apostado en la esquina del campo, el fotógrafo recibió una llamada: “¿Te has fijado en la paloma? -le dijeron-. Yo creo que podría ser el espíritu de Carlos Lapetra”. La contestación ratificó la posibilidad del imposible: “ Le vengo disparando hace un rato... pero no sé si la tengo”. Eran un par de dudas con sentido: ¿Pueden fotografiarse los espíritus? Y... ¿sería éste el de Carlos Lapetra?

Interrogamos a la memoria. ¿Por qué Sevilla? ¿Por qué ayer? ¿Había algún significado oculto en esa aparición, alguna señal? “¿Lapetra y Sevilla? Nada especial. En los 60, el Zaragoza acostumbraba a perder aquí”, apuntaron en la cabina de prensa. La paloma picaba distraída el verde, como si supiera que hablábamos de ella. Viéndola pensamos: ¿Y si no hay un motivo? Podestá había hecho el primero. Fastidiado, recordé que un amigo inglés me había hablado del fantasma familiar de un conocido suyo. Mi amigo es un tipo racional, ilustrado, nada sospechoso de alucinaciones. Y aseguró haber visto ese fantasma corporizado en la biblioteca, una noche en la que visitó la casa. “No parecía un fantasma, nada raro; era igual que una persona –contó-, tanto que estuve a punto de saludarlo. Acompañaba por las noches a la madre en algunas tareas comunes fuera de la finca, protegiéndola en la oscuridad”. Eso demostraría que los espíritus no requieren grandes motivos para manifestarse. Pueden aparecer por nada. Por espíritu protector. O por divertirse un rato en el fútbol.

Pero saberlo era imposible. El partido avanzaba extraño. Al marcar Villa, el pájaro ni lo celebró, se quedó quieto. Era una contradicción notable. Pero luego vino otra, la principal, admitida a regañadientes: Lapetra fue extremo izquierdo. Así que esa paloma, que subía por la derecha, no podía ser él. ¿Sería Juanito Ruiz? ¿O Canario? No, Canario aún está con nosotros. La vimos elevarse en el diluvio sobrevenido, volar por el aire de la tribuna. Alguien intentó atraparla, pero se le esfumó en un giro y después... ya no estaba. No la vimos más. Podestá había empatado. Más tarde, al cerrarse la farragosa cortina de agua, pareció que volvíamos de un sueño: había caído la noche, el Zaragoza era uno menos. Y el Sevilla había ganado el partido.

Jonathan Edwards, por Dios y por Gran Bretaña

Jonathan Edwards, por Dios y por Gran Bretaña

Steve Cram había ganado el Mundial de 1.500 y batido dos veces la marca universal de Sebastian Coe cuando reconoció: "Si no gano el oro en unos Juegos, seré considerado un fracasado". Entonces Cram tenía 25 años, pero nunca logró el oro olímpico, un metal de incalculable valor incluso para un hombre como Jonathan Edwards, creyente tan convencido como para reducir a la obviedad el significado de una victoria: "¿Qué tiene de especial? Se trata de saltar en un foso de arena...", dijo alguna vez para definir el triple salto, una de las disciplinas más complicadas y menos populares del atletismo. A los 34 años Jonathan Edwards es campeón olímpico: ha cruzado la frontera a la que aludió Cram y en la que él se había situado desde que en 1995 llevó el triple a una dimensión desconocida al saltar 18,29.


Hubo un tiempo en que Edwards se negaba a competir en domingo para no traicionar su devoto cristianismo. La decisión encajaba perfectamente con la fisonomía y la actitud del británico, un hombre desconcertante que parece cualquier cosa menos un atleta: tipo delgado y sin músculos aparentes, el pelo canoso, la desacostumbrada economía gestual, el hablar pausado... 

Podría pasar por ejecutivo que practica el deporte los domingos, o quizás por un seminarista. Pero no por un atleta de élite; y mucho menos por uno con capacidad para saltar por encima de los 18 metros, barrera infranqueable para la gran mayoría de los triplistas . Si se prueba a extraer del contexto de un estadio esa distancia y se la transporta al entorno cotidiano se descubre su dimensión extraordinaria. Algunos especialistas han comparado aquel salto de Gotemburgo con el legendario 8,90 de Beamon en longitud en México-68. No parece exagerado. Ayer, Edwards fue campeón olímpico con 17,71.

Su biografía describe una curva ascendente hasta 1995, el año de su explosión, y otra en declive después, si por declive se entiende la reducción de sus marcas. Hasta 1992 Edwards se consideraba sólo un buen atleta, un aplicado especialista al que no aguardaba la notoriedad. Anteponía sus convicciones religiosas a lo demás; honraba al Creador descansando el séptimo día. Cambió de opinión al ganar la Copa del Mundo de La Habana: era sábado por la tarde en Cuba... pero en su casa, en Inglaterra, el domingo ya había comenzado.

Su evolución se disparó. Consiguió ser tercero en los Mundiales del 93 y fue depurando la articulación de su salto, algo absolutamente ineludible en una prueba tan técnica. El resultado se tradujo en un 18,49 de dimensiones extraterrestres que no quedó homologado por el viento. Pero ese mismo año se aproximó de nuevo al vacío saltando 17,98 en Salamanca, y cruzó el Rubicón en Gotemburgo con 18,16 y 18,29.

Esa hazaña conllevó una experiencia dolorosa. Edwards, conquistador de un territorio desconocido, se convirtió en un prisionero de su marca. "Cuando tu mejor registro es un récord del mundo, el deporte se convierte en algo diferente: ya no sales con ese entusiasmo juvenil diciendo: ’Hoy voy a hacer récord’... porque sabes que no va a ocurrir". A pesar de su fe, le afectó; perdió rendimiento (fue plata en Atlanta y bronce en Sevilla-99) pero también su reconocida capacidad para relativizar todo: el tercer puesto en Sevilla acabó en lágrimas.

A la perturbación psicológica la acompañaron las lesiones: una operación de microcirugía en un tobillo hace dos años, en una zona fatal, crítica, en esta especialidad; después se lesionó en el pie izquierdo y se creyó que no comparecería en Sevilla.

Las mismas dudas acompañaron a su presencia en Sydney por una grave enfermedad de su suegra. Hubiera constituido una enorme decepción tras alcanzar la mejor marca del año en Leverkusen en junio. Al final Edwards, con la ayuda de Dios, ha accedido al Olimpo. Al menos él así lo proclama al explicar su mejoría con algo que semeja un salmo: "En lugar de soportar todo el peso sobre mis hombros, he aprendido a entregarle la presión que tengo a Dios, y a concentrarme en El, y en Su capacidad para fortalecerme".