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El presidente de hierro

El presidente de hierro

Nota: El tiempo y el fútbol, materias ingobernables, han hecho de este artículo un gracioso anacronismo. En los días en que fue publicado Florentino Pérez era generalmente tenido por el reinventor del fútbol. Iba, efectivamente, camino de convertir al Real Madrid en el club de referencia deportiva y, sobre todo, económica. El final de esta temporada 2002-03 quedó marcado por el incidente de Pérez con Fernando Hierro, que explica parcialmente el titular.

Heraldo de Aragón, julio de 2003
 

Florentino Pérez ha hecho del Madrid el club más rico y admirado, pero su modelo de capitalismo salvaje ya le ha generado tensiones. En Puerto Portals, en Palma, el Pitina II se balancea acostado sobre el malecón, entre un sinfín de embarcaciones. El nombre pintado en la popa es el de una dama: María Ángeles Sandoval, Pitina. El Pitina II es propiedad de Florentino Pérez, Florentino es el presidente del Real Madrid y Pitina, su esposa. El yate supera en tamaño a un buen número de naves pero, conforme se recorre la dársena, se descubre que también es considerablemente más pequeño que muchas otras. Puerto Portals, así, confirma la teoría de la relatividad.

Se sabe que a Florentino Pérez (Madrid, 1947) le gusta navegar, como a todos los potentados del universo; y también le gustan el fútbol y el Real Madrid, afición que comparte con las clases medias y las bajas. Sólo en cierto modo. Ocupó concejalías y subsecretarías con el Gobierno de UCD, y después un sillón de piel en Construcciones Padrós. Integró el Partido Reformista Democrático, fue presidente y consejero delegado del grupo Ocisa, candidato a presidente blanco -vencido por Ramón Mendoza (1994)- y, ahora, dirige y preside ACS. Y el Madrid. Su sueño, dijo.

Su victoria electoral sobre Lorenzo Sanz -que había ganado la séptima Copa de Europa y manejaba el aparato mediático- se debió a un truco soberbio. Florentino le birló al Barcelona a su estrella, el portugués Figo, firmándole un precontrato en medio del proceso electoral de ambos clubes; en él estableció que, en caso de no completarse el fichaje, el futbolista abonaría 5.000 millones a Pérez. Después, les prometió a los electores incrédulos que, si Figo no venía, les pagaría el abono de la siguiente temporada a cada uno de los 100.000 socios. Con el dinero de Figo, claro. Y ganó.

Aquella jugada maestra prefiguraba la concepción más audaz de un club, el modelo extremo. Una versión salvaje del libre mercado que, como tal, sufre de contradicciones esenciales. Florentino compra a los mejores jugadores del mundo, sólo a los mejores, sin considerar criterios deportivos. A Florentino no le importa pagar un potosí por el solista que llene el campo y le venda 9 millones de euros en palcos de lujo. Lo que de verdad lo mata es que le cuelen a un secundario de 24 millones. Su permanencia en un segundo plano durante este tiempo ha sido irreal. Florentino ha presidido y ha dirigido, en el más estricto sentido del término. Cuando le ofrecieron al delantero Saviola, antes de que firmara por el Barça, preguntó cuánto costaba: “4.000 millones, presidente”. “Pues lo compraremos cuando valga 10.000”, replicó. Hace poco le hablaron de Milito, un defensa central argentino. Se negó. Con ese nombre, vino a decir, no vendería ni tres camisetas.

Se dice que Florentino detesta a los futbolistas, bajo la sospecha de que sólo piensan en el dinero. Y cree que su sueldo no les autoriza a las veleidades. Hace unos días fulminó a Fernando Hierro, capitán y símbolo perdurable del Real Madrid, por plantear un motín contra los actos de celebración del título de Liga, comprometiendo la imagen del club. Luego prescindió de Vicente del Bosque: “El Madrid precisa un entrenador más tecnificado”, adujo. Una frase así -con ese cinismo o ese aire de informe patronal- no se había visto jamás en el fútbol.

Florentino Pérez ha cambiado las reglas, con todas las consecuencias. Los futbolistas saben que van a jugar con los mejores y a reunir admiraciones y títulos. Que trabajarán para el club más grande. Pero, tras el episodio impensable de Hierro, les acecha una impresión casi metafísica: se sienten un valor abstracto, otro apunte contable en una implacable disciplina mercantil. Florentino los ha hecho millonarios, campeones y... proletarios.

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