Blogia

Somniloquios

Papá, esta noche hay partido...

Papá, esta noche hay partido...

Cada tanto regresa esta agitación, este anticipo de gloria conocida, la extraña felicidad de que el Zaragoza juegue y pueda ganar, otra vez. El día está vacío. El día sólo es una suspensión de horas innecesarias que el pensamiento aprisiona y empuja adelante como un émbolo, hacia la hora exacta: las nueve, La Romareda, y esa luz salvaje de las noches de partido en el estadio, donde el aire es otro, el añil del cielo dormido es otro, las voces son otras, y la ciudad. Juega el Zaragoza. Hay tres cosas intocables en esta ciudad: la Virgen, el río... y el Zaragoza campeón. Lo dijo siempre de otro modo mi amigo Ricardo: “En Aragón se han producido a lo largo de la historia tres milagros: Goya, Buñuel y la Recopa del Zaragoza”.

Esta noche juega el Zaragoza por la Copa, y frente al Real Madrid. Así que habrá que caminar deprisa hasta el estadio (el templo, le dice Pedro Luis) y admirar de nuevo el borboteante espectáculo de la hinchada recorriendo los mismos caminos de siempre para otra vez llegar al mismo lugar. Esos minutos que preceden al fútbol, los de la gente caminando hacia el campo movida por una fuerza centrífuga, son los minutos que más me gustan. De muy niño mi padre me llevaba a La Romareda muchos domingos y algún miércoles de Copa, y para mí ir al campo era una aventura maravillosa de la que recuerdo esos momentos antes de entrar, una fila de inquietud, el paso adentro y el primer instante en el que, asomado a la boca del graderío mientras él compraba las almohadillas para el asiento, yo veía el césped. Ver el césped me producía una fascinación ilimitada. Relucía como un rectángulo esmeralda bajo los focos y era luminoso igual que un escenario. Nada brillaba más que la camiseta blanca y el pantalón azul.

Muy al principio recuerdo, claro, al Nino Arrúa y a Diarte; a Víctor Muñoz; a Radomir Antic hecho un emperador al fondo, repartiendo balones como globos dirigidos; a Pichi Alonso (al que vi desde el fondo norte hacerle cinco al Español), Amarilla y a Valdano. Una vez encontré a Valdano a la puerta del estadio y se me hizo un gigante. A Juan Señor, un motorcito de fútbol incesante. El pecho abombado de Paco Güerri, la promesa de triunfo de Rubén Sosa, la electricidad de la carrera de Pardeza y ese pie recogido en la forma de un yunque con el que le pegaba y aún le pega... Seguiría interminablemente, porque los personajes se multiplican. Ese río llega hasta hoy y esta noche. Mi profesión me ha aproximado a ellos y los he ido conociendo con retrospectiva admiración. Ocurre siempre: anoche estuve con Xavi Aguado y no pude evitar verlo cabeceando admirado en La Cartuja.

A veces pienso que mi educación sentimental le debe casi todo al fútbol. En el fútbol comprendí que sólo se puede amar verdaderamente lo propio, la tierra que pisas. Que Cruyff o Maradona, mis grandes ídolos, eran como las estrellas de cine, lejanas e imposibles, fuentes de alegría diferida u ocasional. Que la verdadera felicidad la iba a descubrir, de forma confusa, en las gradas del Calderón, una noche de abril de 1986, cuando aquel pelotazo raso de Rubén Sosa tocó en Pichi Alonso (que ya era del Barça) y entró a gol, en una metáfora acabadísima. En París –cuando yo vivía lejos de esta tierra, precisamente en Londres, precisamente el Arsenal- sentí que el mundo era nuestro, de los zaragocistas, de los aragoneses, en los puentes de la ciudad, en el viejo metro que es como una película. En los campos de Marte.Como en París, como en el Calderón otra vez, como en La Cartuja y en Montjuïc. Esta noche. El Real Madrid. Y bajo el abrigo de periodista nervioso que ha de desechar lo íntimo y registrar lo externo, bajo ese abrigo irá otra vez la bufanda azul y blanca de todas las grandes noches, colgando en el cuello del chico que admira aún el brillo del césped al asomarse a la boca del graderío. Papá, llévame... esta noche hay partido en La Romareda.

(*) Foto: Alicia en una de sus primeras visitas a La Romareda. Esa tarde el Zaragoza ofrecía al estadio su última Copa del Rey, ganada al Madrid, y Alicia se fotografió con ella sobre mi césped querido. Era su segundo trofeo: en junio de 2001, aún bebé, ya había tocado la que el Zaragoza le ganó al Celta en Sevilla

 

 

 

Ser piedra

Ser piedra

Hoy comienza el torneo de las Seis Naciones de rugby. Al rugby le debo un tanto por ciento muy elevado de mi quebradiza felicidad en la edad adulta. Hay algo en el rugby que no está en ningún otro deporte que yo haya conocido, algo que tiene que ver con el temor y la supresión de los límites, con el sufrimiento compartido. Cuando comencé a jugar, solía mirar a los rivales durante los minutos previos al partido, mientras llegaban al vestuario. Calculaba su tamaño y el peso, la potencia que desarrollarían en un choque, la posibilidad de hacerme daño contra alguno de ellos. Los había pequeños, sí, construidos de nervios, pero con esos no me toparía demasiado a menudo en el campo. Esos siempre se escapan. A mí me tocaban los pesados, los de las espaldas anchas, los altos, los grandes, los fuertes, los de la cara desagradable, los de las orejas sujetas con cinta aislante, los del cuello rugoso. Los delanteros. Yo era uno de ellos, y aún lo soy, pero estaba al otro lado. Los miraba y sentía temor. Dudaba que yo inspirase esa impresión en ellos.
 
El tiempo ha borrado del todo ese miedo, que se desvanecía en la protección amiga del vestuario, y en las risotadas que precedían al partido. Lo que no desaparece y nunca lo hará es el cosquilleo que me recorre en las horas previas y que anula cualquier otro pensamiento. Esa loca anticipación me fascina: me ha llegado a ocurrir mientras conducía y he temido un accidente. En esos instantes mi cabeza es tan ajena a la realidad que no proceso ninguna otra información. Juego el partido al menos dos veces: una en mi cabeza, horas antes; otra ya en el campo.
 
En el rugby hay dos momentos y dos lugares incomparables. El primero tiene lugar en el vestuario, justo antes de que comience la acción. Digo acción porque decir jugar sería no decirlo todo: eso no es jugar, es algo más o yo lo siento así. Lo comprendes por el espeso silencio en que se viste el equipo, por el ritual de vendas, linimento, cremas calentadoras, masajes, cinta para sujetar las torsiones articulares, esparadrapo, fundas en los dientes, vaselina en el rostro, balones golpeados contra los hombros, cuellos en violentas rotaciones, miradas obtusas, tensión en las voces, miradas contra el espejo descifrando letanías de embrutecimiento. Lo sabes cuando, por fin, la camiseta baja sobre el cuerpo. Una vez que la camiseta está sobre el cuerpo, ya no hay nada más. Nada que pensar, nada que decir, nada que temer. Sólo una coraza que aprisiona el esqueleto, haciéndolo duro, intocable, resistente, poderoso. Entonces es cuando deseas ser piedra.

El segundo instante es algo posterior y mucho más efímero. Dura apenas unos segundos y lo contiene el momento en que la pelota va a ponerse en juego, va a planear levemente como una bomba fatal hasta caer al otro lado de la muralla. Y hay que ir a buscarla. Hay que ir por cojones, como uno va a al frente, fastidiado (puede), pero queriendo esa obligación, amándola, porque uno sabe lo que va a encontrar allá enfrente: un muro de cuerpos que aguarda la colisión frente a otro muro de cuerpos. En ese instante, uno no piensa, pero siente que está rezando para que los pulmones se abran y no se interpongan en lo que ha de ocurrir durante 90 minutos, para que no te detenga un solo dolor ni un solo golpe. Para ser piedra, otra vez, todas las veces. La razón está suprimida y sólo se autoriza el funcionamiento de lo indispensable. Todo lo que tiene que ver con la pelota, el espacio, el contrario, la demolición, el ensayo. Es curioso porque, después de ese primer choque contra la pared, hay que ponerse a pensar y no dejar de hacerlo. Pensar y sufrir, empujar y pensar, pasar y pensar, correr hasta allá y pensar, placar y pensar, empujar y empujar, pensar y empujar. Ser piedra. En ese silencio de tonelada en el que se oye el viento, revientan las voces cuando un pelotazo se levanta en el aire. Hay que ir. Ahí donde caiga... ahí comienza la historia.

Dormir, tal vez soñar

Dormir, tal vez soñar

Pocas películas me fascinan como Mulholland Drive. Me hipnotiza de forma similar a como lo hace 2001, por el onírico magnetismo de sus imágenes, por su aséptica o terrible capacidad de sugestión. Y me gusta más en la oscuridad de las interpretaciones (aunque fueran erróneas, qué importa eso) que en la luz de la razón. A Lynch jamás le ha interesado ese matiz.

 

La primera vez, la película se hace ciertamente incomprensible. Al menos para mí, que soy perezoso como ya ha quedado dicho. La volví a ver el jueves, repuesta por La 2, mucho tiempo después de haberla disfrutado en el cine, y reuní los cabos sueltos. En realidad, la historia es más sencilla de lo que parece: sólo tiene un pliegue que desdobla personajes, situaciones y caminos. A cada uno de los lados están Betty/Diane (maravillosa Naomi Watts), y Rita/Camilla (Laura Harring). Creo haber intuido después de la primera visión que no importaba el misterio, que era mejor no descubrir el truco: se trataba de dejarse llevar a una noción narrativa distinta y entregarse a la posibilidad de lo inasible, otras vidas propuestas por un sueño o un anhelo, las que quedaron en nada, las que interrumpió una elección propia o ajena, la suerte, el destino. En fin, no desechar los caminos extinguidos. Creer en la redención de un sueño frente a la pesadilla de una vida, como quiere creer Diane. Ahora que he descubierto el truco desaparece parte de la ilusión porque, racionalizada, la película queda desnuda de su sentido y de su formidable potencia evocadora. Cuando soñamos no sabemos cuánto dura ese sueño. Pero sabemos que, en el lapso de tiempo en el que duró, tenía perfecto y exacto sentido.

David Lynch utiliza un truco minúsculo (un sueño intrigante, un sueño relativamente dichoso, que se interpone a una realidad dramática) para construir una narración sin coordenadas, confusa en su esquizofrenia. Para Lynch la realidad no es más cierta que los sueños; de acuerdo a esa conjetura, ambos constituirían percepciones irrefutables, coherentes en sí mismas y acaso sólo relativamente independientes. ¿Por qué un sueño no concluye absolutamente al ser interrumpido por la vigilia? ¿Por qué arrastra un residuo de amargura, de felicidad, quizás una manifestación física? ¿Por qué un hombre despierta llorando a la vuelta de una pesadilla que no puede recordar? En Mulholland Drive, Lynch resuelve abrir las puertas que comunican un lado y otro y permitir que ambos se confundan. Porque ciertamente se confunden. Porque la vida no es sólo la vida concreta que sucede, nos sucede, cada día, sino también un sinfín de discordias que resolvemos en nuestro interior, en un oscuro escenario de soledades a veces más contundentes que el sol.

 

Esa puerta es una minúscula cajita azul que se abre con una minúscula llave azul. Es el interior de la oreja seccionada y recorrida de hormigas de Blue Velvet; es la desierta carretera oscura y la repetición de una línea discontinua blanca sobre el piso de asfalto en Carretera Perdida; es el fuego incesante de Corazón Salvaje. A Lynch le fascinan los símbolos y los recrea como nadie. El sueño es un teatro de silencios, en el que uno es al mismo tiempo actor y público; una pompa frágil cuyas fronteras pueden reventar en cualquier instante, como liberación o condena, para autorizar: la extraña certeza de, mientras uno aún duerme, saber que está soñando. A partir de esa conciencia, la vigilia aguarda sólo un instante más allá. Betty se aproxima a ese camino en el sugerente club del silencio. En el club del silencio (un hallazgo de guión, de escritura y puesta en escena de David Lynch), Betty experimenta la conmoción física y llora ante una imagen que se desvanece frente a ella, revelando su imposibilidad, y de la que perdura el sonido como representación de aquello que ha de traspasar la conciencia. El llanto, un despertar de amargura, una excitación carnal, un sombrío temor. En el club del silencio no hay orquesta, no hay banda, no hay actores, no hay nada. Todo es una grabación. Todo es una memoria sin orden en el subconsciente. Todo es silencio. Sueño.

 


(*) Naomi Watts y Laura Harring, en un cartel promocional de Mulholland Drive, de David Lynch (2001).
 

 

Dormir de cine

Dormir de cine

Debo de ser un extraño cinéfilo: desde siempre me ha resultado notable mi facilidad para dormir largamente en la butaca. No se trata de aprensión o aburrimiento. Simplemente me duermo, aunque la película me esté pareciendo fascinante. En ocasiones, sólo unos minutos. En otras, apenas una ligera cabezada a la que cedo amablemente, para luego recuperarme a tiempo y no extraviar el nudo del argumento. Las menos, duermo como un bebé y sólo despierto a poco del final: de entre éstas no olvido El dorado, el aventurero drama de Carlos Saura, que convertí en una siesta implacable en los Cines Golem de Pamplona. Aunque lo intenté decenas de veces, no logré despertarme hasta los títulos de crédito. Cada vez que abría el ojo, alguien estaba matando a otro alguien en medio de gritos desgarrados en un río selvático. Luego, veía fugazmente a Inés Sastre niña y volvía a dormir.

 

El sueño se comporta sin respeto. Hace unos años asistí a un ciclo antológico de la obra de Bergman en la Filmoteca de Zaragoza. Acudía allí todas las tardes con cinéfilo denuedo, a saldar una de esas cuentas pendientes que tengo (tenía) con el cine. Con frecuencia pasé esas tardes durmiendo. El manantial de la doncella, estrictamente, es una película que no he visto... aunque estuve en su proyección. Por extraño que suene, resistí El silencio sin asomo de modorra. De El séptimo sello me queda la partida de ajedrez en un descarnado páramo de batalla. Las fresas salvajes jamás se me olvidará, todavía me cuesta pegar ojo si pienso en ella. Tampoco borro del recuerdo el rostro de cal de Ingrid Thulin, la nitidez de sus facciones, como una mano blanca en una pared oscura.

 

Me he dormido a tiro limpio en clásicos del cine negro, en vigorosos westerns de John Ford, en obras maestras de Wilder, en graciosas intrigas de Woody Allen... De forma que la historia del cine me cuesta al menos dos revisiones. No es cosa sólo de la sala oscura, porque en casa también me ocurre. No es raro que alquile una película más de una vez, porque en la primera intentona me dormí. Tan desgraciada facilidad tiene que ver, creo, con el estado de inconsciencia o suspensión que me produce el cine.

 

Esa condición se manifiesta de otro modo. Mientras veo una película, soy incapaz de los más mínimos razonamientos lógicos, de forma que en las de misterio intrincado abandono el hilo de la trama en la primera esquina, y ya no lo recupero. Al menos, no con toda claridad. Me quedan hilos colgando que desdeño o reúno cuando la película ya ha finalizado. En verdad no me importa, porque la historia supone apenas un pequeño tanto por ciento de las cosas que puedo disfrutar del cine. Si todo lo demás (alguna escena, un plano, una mirada, un actor o actriz, una música) me hace suficientemente feliz, puedo olvidar el argumento o entregarme a su desenredo con la misma despreocupación con la que un niño desciende por un tobogán. En las películas de guerra me ahogo con frecuencia en el barro de los nombres y los uniformes. Soy incapaz de reconocer a los personajes por su apellido.

 

No me parece extraño que esa abstracción lleve, en ocasiones, al sueño.

 

En cierta ocasión fui a unos multicines con un amigo. Antes de entrar a la proyección (íbamos a ver El ojo público) nos encontramos con una pareja conocida. Ellos tenían localidad para otra de las salas, pero de pronto la chica, resuelta, aseguró que ella prefería ver nuestra película. No recuerdo bien cómo, pero al segundo siguiente había intercambiado su entrada con la de mi amigo y dijo que ella se metía conmigo. El otro no supo qué cara poner. Yo no supe a dónde mirar. Mientras buscábamos la butaca en la penumbra y al sentarnos, un reposabrazos para dos brazos, dudé si aquello tenía algún significado oculto o sólo el evidente. También traté de resolver a toda velocidad cuál sería el oculto y cuál el evidente. Este tipo de dudas me han perseguido toda mi vida. Ella era una chica sin inhibiciones, como me permitió descubrir algún tiempo después. Vimos la película, sin tocarnos ni nada parecido. Pero en mi recuerdo, toda aquella escena compone uno de los momentos más sugerentes que he vivido. Al salir, nos encontramos con los otros y preguntaron: "¿Os ha gustado?". A ella le había encantado. Yo ratifiqué: "Está muy bien".

 

Entonces, ella se volvió hacia mí y torciendo la cabeza en tono de gracioso reproche, exclamó: "¡Tú no mientas, que te has pasado la película durmiendo!".

 

(*) Alejandro Amenábar, en el centro, durante el rodaje de "Los otros". La leyenda dice que echaba una siesta en un descanso del rodaje y que alguien le hizo una foto que luego aparece en la película, en uno de los albumes de muertos que se encuentran en la casa.

 

 

 

La caza del tiburón blanco

La caza del tiburón blanco

Si uno ha leído a Herman Melville sabe que Moby Dick no trata en realidad de la caza de una ballena. Si alguien vio el partido de ayer sabe que no se trataba sólo de un partido o de un rival. Que había algo más, un algo más contenido en el aura indestructible de un equipo como este Barça, prodigio de armonía y brutal eficacia. Después de 18 victorias consecutivas del equipo de Rijkaard, el emotivo triunfo del Zaragoza supone la caza del tiburón blanco con arpones de madera, una razzia estruendosa de tres goles en cuatro minutos. Luego vino la manita de Medina Cantalejo, ese penalti inevitable frente a este equipo, la reacción y el gol final de Diego Milito. Queda un partido de vuelta y todo lo que eso supone. Pero antes queda suspendido en el aire helado el sabor de una noche inolvidable, inspirada por el genio inagotable de Cani, por los goles de Diego Milito y Ewerthon. Los leones cazan en grupo.
 
Este partido es para los que no creían, creen ni creerán. También para quienes se niegan a admitir que la tradición del Zaragoza en la Copa del Rey es ya un imperativo. Nada ocurre porque sí. Este resultado se agrega a la serie de noches incontestables. La historia enseña aquel 6-3 al equipo soñado por Cruyff, el 3-2 a los Galácticos en Montjuïc, la media docena que inspiró García Castany frente al Madrid de Breitner, el 4-5 de la Supercopa del 95, el 1-5 en el Bernabéu incendiado. El 4-2 de anoche se inscribe en esa línea en la que todo o casi todo sabe a gloria, porque la estatura del rival eleva el partido a la condición de cacería imposible.
 
Dinamismo

Y además, nadie lo hubiera podido prever. Que ocurriera precisamente así, con ese desapego de la lógica o de la cuerda que traía el partido, con una anormalidad así de resuelta. Ni mucho menos  en un espacio de tiempo tan mínimo. Esa condición (la velocidad, la ráfaga) fue lo más llamativo. Tres goles en cuatro minutos. Por detrás del exhaustivo control del Barcelona y el empeño del Zaragoza en la imprecisión, por detrás de eso estaba Cani como una sombra tras la cortina. Con Ewerthon y Diego Milito.
 
Hubo un anuncio. Pero ese anuncio ocurrió de un modo tan fugaz que pasó desapercibido en la maraña de todo lo demás, del ir y venir a ningún lado y la prestancia del Barcelona en el medio campo, y un par de arranques de Leo Messi por su lado, y alguna patada de Delio Toledo. El anuncio fue un amago de Cani a Diego Milito, un pase incompleto que tenía la misma forma que luego tendrían los goles. A Cani ese pase le quedó en el pie, pero era un aviso. Un riachuelo soterrado. Y de pronto ocurrió. Así, como los tsunamis, como las avalanchas, como los edificios que se desmoronan, como las avenidas de los ríos. Minuto 22: Cani a Diego Milito y gol. Minuto 24: Óscar a Ewerthon y gol. Minuto 26: Cani a Ewerthon y gol. Los tres iguales, contraataques o pelotas ganadas en tres cuartos (allí donde caza siempre el Barça), un pase al espacio y Diego o Ewerthon contra Jorquera. Nostalgia de Puyol o de Valdés.
Pim, pam, pum. El bombardeo sorpresivo, Blitzkrieg Bop, los Ramones, canciones de minuto y medio, hoyo en uno, un sinpa en el bar, el caliqueño de entrar y salir, tres goles en cuatro minutos. Pequeños placeres veloces.
 
Resultó curioso porque, cuando Cani hizo el primer pase y Diego le desgarró el dobladillo por abajo a Jorquera, justo entonces ponderábamos el acordeón del Barcelona. Rijkaard ha encontrado una forma diferente de dinamismo, una especie de noria que no es sino una serie lógica de movimientos. No hay forma exacta de saber quién es quién y dónde aparecerá al segundo próximo. Todo el mundo en el Barcelona ocupa y preocupa espacios. Es un juego de trileros con hombres bajo los vasos. Es una variación de hipnótica armonía. Y sin embargo... tan imperfecta o frágil que Cani la demolió en dos pases.
 
Quizás se sentía estrangulado o estábamos frente a la sugestión que producen los grandes equipos. Frente a ese desasosiego, que se traducía en malos pases, el Zaragoza se sintió algo desvalido, incapaz de acompasar la respiración y su juego. La clave del partido debía estar en la pelota, y el Zaragoza no podía o no encontraba el modo de tenerla. Lo amenazaron primero Messi y un poco más tarde Van Bommel. Luego vinieron sus goles, ya contados, y el resto del partido.
 
Cansancio
Con el Barça todo ocurre velozmente. Una llegada de Gio por la izquierda, un centro, Gaby Milito que no alcanza el cabeceo y Larsson que la toca con la frente al gol. Al Zaragoza le costaría desde entonces cada vez más sujetar a Messi, un tipo con una arrancada fiera, como hemos visto pocas. Ronaldinho no estaba. Tirado a la banda izquierda o en el medio, Ponzio lo sujetó en corto y lo molestó cuanto pudo. El segundo tiempo era una noche interminable. Cuando Messi salió disparado como un balín perdido en perpendicular al arco, después de una pelota perdida por el Zaragoza, el pánico reunió a cuatro o cinco hombres a su encuentro. El argentino entró al área en medio de un torbellino y cayó desordenado. Medina vio penalti de Ponzio. Ronaldinho descontó.
 
El 3-2 redefinió todo, incluso esos cuatro minutos de felicidad que parecían lejanísimos. Recordó lo fugaz que había sido todo. Lo que aún quedaba. Jugadores cansados, ideas fragmentarias, pases inconclusos. El Barça en cuarto creciente. Impotencia o cansancio. El partido de vuelta era una losa. Víctor apuntaló el medio con la entrada de Generelo, y se fue Cani tocado mientras Rijkaard se jugaba todo arriba con Maxi y Ezquerro. Pecado. En el alargue, Edmilson tocó un centro de Cuartero con la mano y Diego Milito se fue al penalti. Disparó el arpón y cobró la pieza. La noche tenía cuatro soles.

 

 

 

Te regalo un testamento

Te regalo un testamento

El viernes vimos en La Casa del Loco a ese oscuro lúcido que es Nacho Vegas, ex Manta Ray y autor de ‘Desaparezca Aquí’ (el último de sus tres elepés). Arrastré al recital a cuatro personas que ni siquiera habían oído hablar de Nacho, algo que suponía una clara temeridad por mi parte, pero ya estoy acostumbrado al peligro. Mientras esperábamos a un costado del escenario, me pidieron que definiera un poco su música: me sentí como si tuviera que hacer un plano del cielo.

Nombré algunas de sus influencias, pero jamás he creído que las influencias (palabra con un notable desprestigio a cuestas ya sólo en su fonética) signifiquen absolutamente nada. La verdad sobre Nacho me la había aproximado otro amigo hace algún tiempo, en una conversación sobre su último disco: “Lo mejor es que no parece español”. Añadiría: lo mejor es que no parece nada. Es casi tan difícil de clasificar como Antony and The Johnsons. Así que mis acompañantes quedaron, sin remedio, ante el abismo. Cuando lo vieron sobre la tarima, con ese aspecto de recién salido de la cama un minuto antes, y haber vestido apresuradamente una resaca, la conmoción creció. A mí me creció la emoción, pero lo mío era otra cosa.

De toda la noche, vuelvo a este episodio, relatado por Nacho Vegas antes de interpretar su singular hit, ‘El hombre que casi conoció a Michi Panero’. Nacho se encontró la canción una tarde en Zaragoza, mientras paseaba por la calle San Vicente de Paúl. Tenía la forma insegura de un anciano de 80 años que, al cruzarse con él, le saludó: “¡Coño, Nacho, cómo estás...!”. Resultaba tan inesperado contar con un seguidor de esa edad (con alguien de esa edad que tuviera la mínima noción de su existencia y aun de su nombre), y más aún cruzarse con él, que entablaron conversación y luego, una duradera amistad. Supo algunas cosas decisivas: el hombre se estaba muriendo, moriría unos meses después, pero alcanzó a comunicarle la molicie y el pesado escepticismo de su edad. Era solitario igual que era viejo, por convicción de la naturaleza; ya no le alcanzaba para creer en nada, si es que alguna vez lo hizo. Y le fascinaban las niñas de diez años. Antes o después de su fallecimiento, Nacho Vegas concibió y dio forma a este testamento (in)moral para él.

Dejo la letra. La melodía es deliciosa. El contraste, creo, define a Nacho Vegas.

 

 

“El hombre que casi conoció a Michi Panero”

Es hora de recapitular /
las hostias que me ha dado el mundo. /
Hoy querrán oír mi último adiós. /
Bien, poco a poco van llegando /
y yo los recibo en batín. /

Y unos me llaman chaval /
y otros me dicen caballero. /
Alguno no se ha querido pronunciar. /
Yo una vez tuve un amor, /
pero si he de ser sincero /
dije "no" en el altar /
y cuando digo no es no. /

Fracasé una vez, fracasé diez mil /
y aún así alzo mi copa hacia el cielo /
en un brindis por el hombre de hoy /
y por lo bien que habita el mundo. /
¡Mirad, las niñas van cantando! /
(Niñas) Shalalaralalá ... /

Y no me habléis de eternidad. /
No me habléis de cielos ni de infiernos más. /
¿No veis que yo le rezo a un dios que me prometió /
que cuando esto acabe no habrá nada más? /
Fue bastante ya... /

Nunca fui en nada el mejor, /
tampoco he sido un gran amante. /
Más de una lo querrá atestiguar. /
Pero si algo hay capital, /
algo de veras importante, /
es que me voy a morir /
y cuando digo voy es voy. /

Lo he pasado bien, y casi conocí en /
una ocasión a Michi Panero, /
y es bastante más de lo que jamás /
soñaríais en mil vidas. /
¡Mirad, las niñas van cantando! /
(Niñas) Shalalaralalá... /

Dejadme preguntar: ¿Es esto el final? /
Y si es así, decid: ¿Me vais a extrañar? /
¡Veo que asentís pero yo sé que no! /

Qué lástima, no dejaré /
nadie a quien transmitir mi savia; /
consideré insensato procrear. /
Y diréis de mí que soy /
un viejo verde y cascarrabias, /
y diréis muy bien, /
y cuando digo bien es bien. /

¡Largo ya de aquí! ¿Qué queréis de mí? /
¿Es mi alma o es mi dinero? /
Si de uno carezco y la otra es /
una anomalía en esta vida. /
¡Mirad, las niñas van cantando! /
(Niñas) Shalalaralalá... /

(Muy bien niñas)

¡Y unos me llaman chaval, /
y otros me dicen caballero! /

¡Y alguno declinó mi oferta para hablar! /
¡Yo una vez tuve un gran amor, /
pero si he de ser sincero /
dije "no" en el altar, /
y cuando digo no quiero decir que no! /

He bebido bien, y casi conocí en /
una ocasión a Michi Panero, /
y ahora brindo en paz por la humanidad /
y por lo bien que habita el mundo. /
¡Escuchad, os lo diré cantando! /
(Viejo) Shalalaralalá... /

¡Hasta nun ... ca ...!

 

 

http://www.limbostarr.com/nachovegas.html

 

El final de la escapada

As, 22 de enero de 2006

www.as.com 

Real Zaragoza, 0-Atlético de Madrid, 2

Ahora ya sabemos que Pepe Murcia cree con firmeza en la posibilidad de un solo medio centro, conjetura con escasos seguidores en el fútbol de hoy en día. Por el equilibrio y ese tipo de cosas se razona que tiene que haber dos, distintos y mezclados, como le gustaba cantar al Puma. Bueno, pues Murcia deja solo a Luccin y a los demás los dispone en rombo. Eso no le impide el equilibrio, y de hecho el Atlético tuvo sobre todo equilibrio, que es una cosa bien rara de definir pero que uno enseguida reconoce. O sea, que el Atlético estaba en los dos lados del campo. Delante cuando hacía falta y atrás cuando perdía la pelota. Bien metido. Con un solo medio centro, sí, pero todos bien alineados, bien ordenaditos, bien opacos, bien juntitos. Halló un hueco a la espalda de Toledo y ganó el partido. No hubo más. Créanselo. No hubo más. Bueno, el teatrillo de Iturralde, un tipo con el que el Zaragoza no ganará ni aunque juegue cien veces. Y la ratificación del gravísimo problema que puede llegar a ser Toledo en su peor versión. Como ayer. Maxi se dio un festín a su costa y hundió al Zaragoza.

Hablábamos del medio campo y los medios centros. El partido tuvo casi todo que ver con eso. Víctor también quitó a uno con respecto al miércoles, pero como ese día había puesto a tres aún le quedaban dos. Movilla fue al banquillo. Jugaron Celades y Zapater. Víctor cree en el equilibrio. Es hombre no diríamos de fe, pero sí de sólidos principios, a veces monolíticos y a veces ininterpretables como el mismo monolito de 2001, la de Kubrick. Necesitaríamos al desaforado Carlos Pumares para que nos explicara. Qué programas aquéllos. Qué madrugadas. La teoría de la miscelánea de pivotes le va mucho a Víctor. Por más que todos creamos en Movilla y Celades como posibilidad, él no acaba de verlo claro. Por eso no lo hace. Ayer se inclinó por Zapater y Celades, pero luego quitó al catalán en el descanso y entró Movilla, en uno de esos cambios que tienen tan buena intención como escasa eficacia. Uno de esos cambios para que Pumares lo explique a gritos, si es que puede. Hubo un momento en el que Zapater hacía lo de Celades y Celades hacía lo de Zapater, y los dos tan contentos. La verdad es ésta: ZP ve el fútbol mejor de lo que parece; y Celades corta y recupera más balones de lo que parece. No es que jugaran a disfrazarse, es que son así.

Un butrón
Esta alegre digresión viene a decir que las fisonomías no lo explican todo, porque al fútbol se juega de mil maneras y de ninguna. Y porque las cosas pueden no ser lo que parecen. Entre Pepe Murcia y Víctor liberaron espacio en el disco duro del partido, que es el medio campo, todo el mundo lo sabe. Y en esa zona ocurrieron cosas interesantes. Diríamos que en esa zona se practicó el ajedrez sobre hierba que previmos antes del encuentro. El Atlético reunió muchos jugadores ofensivos, sí. Uno los cuenta y da gusto: Maxi, Petrov, Ibagaza, Kezman, Torres... Pero era un baile de máscaras, porque el Atlético se metía detrás de la pelota con gusto y orden. Y entonces los cinco le hacían a Luccin de guardia pretoriana. Al Zaragoza le costó pasar esa cortina de acero. O sea, que no pudo.

Además el Atlético salía por ahí rápido y bien, por afuera sobre todo, aprovechando las demoras en el regreso que pudieran tener Savio u Óscar. Ibagaza hizo de guardaagujas. Él variaba según su exacta opinión las direcciones de la pelota. Un hombre así es capaz de variar la dirección de los partidos. Lo hizo con su pase a Maxi, que madrugó a César para el gol. Aparte de eso, poco. Llegó Petrov una vez por el lado de Ponzio, escena que se ha hecho clásica en estos partidos, y su centro lo descolgó César; y Ewerthon y Diego Milito probaron el temple de Leo Franco en su vuelta. En la primera ocasión hubo una larga pared del dúo sacapuntos a la puerta del área, que remató Ewerthon y manoteó Franco. La segunda fue una llegada de mula de Zapater, que se trajo dos o tres hombres colgados del pescuezo durante 25 metros. Parecía uno de esos rollizos georgianos que arrastran camiones en El Hombre Más Fuerte del Mundo. Al final se la dio a Diego y Diego la estrelló contra el lateral de la red. Un mecachis. En fin, al Zaragoza le faltaba algo. Pero un algo grande. Estaba algo confundido, algo lento, algo fatigado, tal vez de la acumulación de partidos o de ver enfrente al Atlético. Enseguida concluimos que le faltaba Cani y que esa ausencia era una nostalgia. De su insistencia creativa, de la alegre ligereza de sus carreras con la pelota.

A cambio estaba Savio, que además le puso al partido un empeño notable frente al empeño de Velasco por tirarlo y el empeño de Iturralde por ignorar casi todo. El árbitro fue el peor, en cerrada discusión con Toledo, que estuvo hecho otra calamidad. Toledo se tragó dos escapadas de Maxi que terminaron en gol, el segundo por penalti de César. E Iturralde se cenó un par de manitas en el área. Una de Pablo en el arranque de la segunda mitad. Uno de esos manotazos que dan los centrales en el aire cuando van a cabecear contra un rival. Itu vio falta de Álvaro. Portentoso. Luego Maxi cometió otro, y Edu se hizo el sueco. Pitar no se sabe, pero el sueco lo hace bien. Y eso que es menos sueco que el chino cudeiro.

Así que entre los dos negaron las posibilidades del Zaragoza, si es que tenía alguna. Porque uno tiene la impresión de que el Zaragoza no hubiera levantado este partido de ningún modo. Había algo, un desfallecimiento o una flacidez, y ese estoicismo nuevo del Atlético en su disposición. No tuvo mucho más, no, pero tuvo orden y a Ibagaza, que le hizo un butrón a Toledo. Ibagaza es de esos futbolistas que ven a través de las paredes. Maxi es de esos futbolistas que derriban las paredes. Luccin es de esos futbolistas que son paredes en sí mismos. Lo que corrió y metió ese pelado. él solito. El Atlético hizo el segundo de penalti y luego Iturralde le negó otro a Torres por mano anterior que no fue. O sea, que Iturralde ve manos donde debería ver cuerpos, y viceversa. La escapada se ha terminado. Por ahora. La conclusión es ésta: el gafe es Iturralde o es Savio... Y de Savio no vamos a sospechar, oiga.

 

Una tarde con Bart Davenport (y con ella)

Una tarde con Bart Davenport (y con ella)

Cuando termino de escribir me gusta poner música y dejarme llevar. Entregarme a la piel del sillón, bajar la palanca y reclinar el respaldo. Mirar a la pared, mirar a los libros, mirar a las películas, mirar a los estantes que aguardan más libros (ahora aguardan unas conversaciones con Kafka), mirar los libros que no he leído, mirar el cuadro de John Lennon que le compré a Perico Fernández, mirar mi sombra imprecisa en la pared, mirar por la ventana y sentir que la tarde ha sido modificada por estas pequeñas maravillas siempre añoradas, no siempre obtenidas.

Entonces ella ha venido con un té con leche. El té con leche es siempre de algún modo Ridgeley Road, al norte de Londres, en 1995. Las tardes detenidas de lluvia lenta en el cristal, como una canción, el mug de Tetley’s humeante. Un clásico del cine hacia las dos en la BBC, el partido de rugby después, la taza sobre la moqueta burdeos y Gavin Hastings anotando un golpe de castigo desde más allá de 50 metros, bajo la nieve que abruma Edimburgo. Ella ha venido con una taza de té con leche en la mano y yo había terminado de escribir y oía a Bart Davenport. Nacer en Berkeley en los sesenta suponía un imperativo: Bart Davenport nació en Berkeley en los sesenta. En la camioneta de sus padres hippies, quizás. Había una camioneta y unos padres hippies, eso es seguro. De todas las cosas que Bart Davenport podría haber llegado a ser, nos quedamos con la que es: músico exacto para esta tarde de invierno (y para esta taza de té caliente), primero frontman de The Loved Ones y luego frontman de sí mismo y de su guitarra. En sus canciones se advierte de cuando en cuando el chasquido de una variación en el trasteo.

Ella ha venido con una taza de té con leche, dándole forma a un mínimo sueño de vigilia que le conté en cierta ocasión: en él, yo escribía en una tarde de invierno y afuera llovía, y ella se acercaba silenciosa con una taza de té para darme descanso, y tal vez hacíamos el amor entregados en la piel del sillón, el respaldo reclinado. Le dije que eso, o algo parecido, era la vida o lo que yo entendía por la vida. Así que de alguna manera ella ha cumplido el contrato inexistente de ese sueño y ha venido con una taza de té, reuniendo todas estas maravillas en una escena modesta, y luego se ha marchado. La he visto ir y he vuelto a mirar mi sombra redonda en la pared, los libros que no he leído, John Lennon visto por Perico Fernández, y he mirado a Bart Davenport asomado a una ventana de invierno, rodeado por su música. Después he salido para mirarla a ella, que leía en el otro cuarto, y he anhelado que todas las tardes fueran ésta o mínimas, dulces variaciones de ésta. Al menos una vez; apenas un cambio de dedos en las cuerdas de la guitarra, pero esta misma canción. En silencio la he mirado, envuelta en una burbuja, y he querido no tocarla. Para que así esta tarde resbale por todos y cada uno de nuestros días, como un tibio sol de invierno que muy despacio se oculta en el parque.