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El deporte

Savio, el equilibrista tiroteado

Savio, el equilibrista tiroteado Savio Bortolini es el tercer jugador que más faltas y patadas recibe en la Liga. Los defensas anticipan su regate, pero el brasileño del Zaragoza es más rápido que el ojo. A veces, no lo suficiente para impedir un hierrazo. En Brasil le llamaban el zurdo de las piernas rojas. “Aunque me ponga armadura para jugar, si el rival quiere me hace daño”, dice Savio con la resignación de un condenado
 
¿Qué piensa un condenado en el instante en que oye caer la guillotina? ¿Qué sentiría un funambulista si pudiera ver la ráfaga de viento que se aproxima barriendo el espacio, la mano invisible que lo derribará? ¿Qué ve un púgil en los ojos de su oponente al iniciar su baile de puñetazos? Esos imprecisos episodios de temor y burla, burla de lo inevitable, de lo que ya no importa, los recrea Savio Bortolini en cada partido de fútbol. Pasa un defensa y otro le sucede, como cortinas de acero, y el brasileño sabe demasiado bien lo que viene a su espalda: vuela una patada y hay un golpe seco que generalmente apunta al tobillo, en todo caso a la carne. “Es siempre lo mismo, no se puede hacer nada: sé que el árbitro va a enseñarle una tarjeta amarilla al defensa y que eso será todo... Que la próxima vez volverá a ocurrir”.

Digamos que, en la línea de las imágenes alimentadas arriba, la de Savio es la resignación de un equilibrista tiroteado, al que no le queda otro remedio que caminar de un lado a otro del cable mientras los demás hacen tiro al blanco. Savio fue el tercer jugador al que más faltas le hicieron en la pasada Liga (133), por detrás de Valerón (157) y Fernando Torres (143). “En el Flamengo era aún peor”, recuerda.
 
En el Flamengo, Savio era apodado “piernas rojas”, sobrenombre que desecha cualquier aclaración. Le pegaban tanto y tan seguido, y con tanta saña, que cada pocos días tenía que parar. “Deberías ver cómo saca las piernas al final de los partidos”, cuentan en el vestuario del Zaragoza. De esa costumbre nació una estadística (cada dos partidos Savio visitaba al doctor) y también una injusta leyenda de jugador temeroso, que se ocultaba en la espesura del bosque cuando anticipaba el cuerpo a cuerpo. El presunto pecado de cobardía, de paso, auxiliaba el hachazo disuasorio con el que los defensas lo recibían: “A Savio le das una y ya no aparece”, venía a ser la consigna. El tiempo ha demostrado que aquella asunción era una patraña ventajista, y por demás injusta.
   
En el partido frente al Valencia se dio una escena cómica, casi de slapstick: una de esas persecuciones del torpe policía grueso contra Chaplin. Savio agarró una pelota sobre la línea de banda, se le echó encima un contrario y Savio lo evitó por afuera, un completo ejercicio de escapismo porque el espacio entre el hombre y la raya debía ser de apenas 30 centímetros. A la espalda del primero vino otro, avisado ya de que Savio y el balón, incomprensiblemente, caben juntos por el ojo de una aguja. La advertencia no le sirvió.

“Ya puedo jugar con armadura, da igual”


Enloquecido de habilidad, Savio le hizo la misma: embebió la pelota en su pie izquierdo y la pasó por encima de la franja blanca de cal, igual que los magos la hacen levitar en el borde de una tela negra. Aquí no había truco. Y si lo había, era tan simple que se ocultaba al ojo humano. Así que un tercer defensa le recordó a Savio una vil lección: que esas cosas no se hacen... salvo que uno pueda hacerlas hasta el gol. Para siempre.

En realidad, Savio lo ha hecho toda la vida. Alguien descubrió la mortal levedad de su regate a los 15 años en Brasil. A los 18, el tiempo ya se había apresurado para ponerle la camiseta del Flamengo, y luego la número diez de Zico. El Madrid lo descubrió en el 97 y le situó en la banda izquierda, lo que alargaba su recorrido (estaba acostumbrado a jugar de segundo punta) de manera dramática. La condición fundamental de su juego es la velocidad. En sus días de apogeo físico, los médicos del Flamengo le hicieron correr a Savio 50 metros para medir su tiempo, y paró el reloj en 5,88, registro de velocista consumado. No resulta sencillo balear a un pajarillo en vuelo. Con la pelota en el pie, esa punta de velocidad no sufría demasiada merma, así que abatirlo era y es una tarea de violenta destreza, a la que los defensas se entregan con regular entusiasmo. Savio apenas se cubre con una pequeña protección el frontón de la tibia: “Ya puedo jugar con armadura, da igual; si el rival quiere, me hará daño”.

Mientras atraviesa defensas como una luz, puerilmente cree que podrá escapar a todos. Un sordo hachazo y el aroma próximo de la hierba lo devuelven a la realidad.

Mediapunta, 3 de octubre de 2005
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El guepardo vence al hombre

El guepardo vence al hombre

El exhibicionismo de Shawn Crawford casa bien con su apodo, el ‘hombre guepardo’. También su actitud más o menos vanidosa, de macho Alfa de la carrera: como cuando disputó las primeras series de clasificación para los 100 metros con gafas de sol y una visera girada sobre la nuca. Ayer no había asomo de ligereza en su proceso de concentración para una prueba demorada por la insistencia del público griego en la protesta, a modo de homenaje a Kenteris. El blanco que soñó ser Pietro Mennea no estaba en pista, estaba en el sumidero del doping. Mientras el viejo Fredericks pedía calma a la grada, mientras Bernard Williams se reía guasón y sobrador, mientras Gatlin caminaba arriba y abajo con los ojos enrojecidos, igual que si estuviera a punto de echarse a llorar... Crawford permanecía con la mirada perdida.

Sabía que ésta era su prueba y no decepcionó. Lo obligaba su marca (el único finalista por debajo de 20 segundos) y su relativa decepción en los 100 metros. El triplete de Estados Unidos se inició en la curva, donde los americanos (Crawford, Williams, Gatlin) hicieron fila. A la salida, el guepardo atacó a los hombres y les sacó tres cuerpos en cuanto se puso derecho en la recta. Gatlin cedió la plata a Williams en el último golpe del pecho. Crawford marcó19.79, su mejor registro.

Ya está más cerca de aquellos 18.99 que un día prometió (el récord mundial son los estratosféricos 19.32 de Michael Johnson en Atlanta). En 100 habló de 9.72. Dijo aquello en aquellos días en que llegó a enfrentarse a una jirafa -y le ganó- o cuando perdió contra una cebra. Eso sí, al equino lo acusó de salida falsa.

Heraldo de Aragón, Agosto de 2004
www.heraldo.es

Un héroe en silencio

Un héroe en silencio

A veces el fútbol cobra cadáveres jóvenes como pichones en vuelo. César Láinez, guardameta retirado, 28 años. El fútbol como hermano bastardo del rock, muerte sin morir, sólo dejar la pelota como signo de vida, como tomar una escoba y simular que rasgas la guitarra. James Dean muerto; Kurt Cobain muerto; Jim Morrison muerto. Comparado con eso, lo tuyo es un juego de niños. “Vive rápido, muere joven, haz un bonito cadáver”. Y la generación beat. Tal vez aquello lo dijera Kerouac en su camino, tal vez Allen Ginsberg, tal vez James Dean, tal vez Greil Marcus en las páginas enloquecidas de la Rolling Stone. Quizás nadie lo dijo, como Bogart jamás dijo “tócala otra vez, Sam”. Fue nuestra torpe y gregaria imaginación colectiva.
En 1988, los Héroes del Silencio partieron Zaragoza por el medio. A un lado quienes los adoraban. Al otro, los que pensaron que esa voz engolada estaba vacía. César Láinez estudiaba en el colegio Santo Domingo de Silos, en Las Fuentes, un barrio obrero y popular, de casas repetidas. Sus padres daban clase en ese centro concertado donde convergían zaragozas diversas. Eran las fiestas del Pilar. Era Enrique Bunbury, combatiendo los límites con su melena que se agitaba al viento del Paseo de la Independencia. ¿Qué es Zaragoza sino viento? ¿Y un vozarrón en descenso sobre miles de cabezas?
Enrique Bunbury había escrito: “Y aunque deba cavar en la tierra / la tumba que sé que me espera / nadie me vio jamás llorar así. / Que termine un momento precioso / y le suceda vulgaridad / y nadar mar adentro / y no poder salir”. César Láinez tenía 11 años, pero pronto militaría en el lado de quienes adoraban a los Héroes. ¿Vacía esa voz?, pensaba. ¿Vacía de qué? Esa voz le iba a decir muchas cosas, en la comunicación suprasensorial que procura el rock. “Muérete a solas / nadie te enseña / cierra las puertas y espera / ha llegado tu hora / y dudo que alguien merezca un segundo así”. ‘Sangre hirviendo’, se llama esa canción. La otra es ‘Héroe de leyenda’, el primer gran hit de la banda zaragozana. El miércoles, César Láinez se reía del destino con la mueca torcida de un pirata: “Muere joven y serás una leyenda”, dijo en broma, menos de 24 horas después de haber despedido el fútbol entre lágrimas. Con la sonrisa torcida de un pirata, porque sabía que su carrera moriría joven. Pero tan joven...

Muérete a solas...

En un viaje a Ibiza, hace algunos años, César Láinez vio en la cabina del vuelo a Enrique Bunbury, que también le miró: “Joder, tú eres el que se pegó el otro día en Villarreal”. Había visto en México, donde estaba de gira, la escena más famosa del descenso del Zaragoza. Desde entonces son amigos y Láinez aparece en las dedicatorias de cada álbum. Esta semana, el héroe y los héroes almorzaron juntos al día siguiente de la despedida del portero. El día que comenzaba el viaje a ninguna parte. En su discurso de adiós, el guardameta agradeció a los Héroes: “Gracias Enrique, Pedro, Juan, Joaquín, porque sin vuestra música no me hubiera levantado en los momentos difíciles”.
Volvamos atrás. Rock en vena. Los Héroes y Las Novias y Los Niños del Brasil, y la En Bruto si pudieras entrar, si tuvieras la edad y esas ropas oscuras y a alguna de esas chicas que sonríen al gorila. Zaragoza en los ochenta. Ser mayor, soñarte Arconada, una rodilla partida a los 15 años por querer machacar el aro en clase de gimnasia, la voz repetida de un médico a los 22: “Puede que no vuelvas a jugar al fútbol. Puede que no vuelvas a caminar”. La voz de Bunbury: “Muérete a solas”.
Atrás. Una vez más. Porque lo has de recordar como cada canción. Fútbol, viajes, gimnasio, dolor, no comas, no levantes pesos, sufre. Te quitamos una rodilla, te quitamos otra. Y ahora suéñate Arconada si es que tienes huevos, chaval. Hotel. Concentración. Fútbol. Nadie llama porque la familia sabe que no debe llamar. Porque César está pensando en el partido del día siguiente y eso excluye cualquier otro pensamiento. Un compañero en la cama de al lado. La voz de Bunbury en el walkman: “Pierde el cielo equilibrio / cae derrumbado encima de ti / escóndete un mundo / que nadie lo vea”. Sí, anda, muérete a solas en el gimnasio y que nadie lo sepa, que ese músculo te sostenga. Luego sal a jugar y sé portero. Sé portero del Zaragoza. Gana una Copa, gana otra, gana una Supercopa. Como Renton en Trainspotting: “Elige una vida, elige un trabajo, elige un futuro... ¿Para qué querría alguien algo así?”. El No future.
César Láinez, jubilado a los 28. Más de 4.000 cedés en casa y música en la cabeza. Las rodillas seis veces sajadas por un bisturí y un mar, una muchedumbre de años por delante para construir otra vida después de la vida. Campeón de Copa, campeón de Copa otra vez. Campeón de la Supercopa. La voz de otro médico repetida: “Podrías quedar cojo”. Un mar adentro. Y no poder salir. Suéñate estrella del rock. Vive rápido, hijo. Te queda poco. Ese balón era el último.

El mito de París

En la noche del 10 de mayo de 1995 llovieron balones del cielo sobre París. Seaman vio bajar uno contra su bigote, en un picado brutal que las imágenes aún no explican de modo satisfactorio. Al ver que completaba un ángulo desconocido por la matemática, la BBC inglesa, palabra de guía de un pueblo escéptico, proclamó: “¡¿Pueden ustedes creer lo que han visto?!”. Una apelación casi herética, violentamente descreída. Un diario tituló: “Alá es grande”. Miguel Pardeza admite que pensó en una posibilidad sobrenatural que escapaba a su ilustración. Cedrún, árbol de fe, el hombre sencillo bienaventurado en las Escrituras, sentencia hoy: “Hubo algo divino”. Conforme el tiempo empuja hacia atrás las imágenes de aquella noche, crecen los engaños de la memoria y comparece ante nosotros esa especie mágica que hemos dado en llamar así: el mito de París.
Diez años después, AS interroga las fuentes de aquel suceso, que pertenece al pueblo aragonés como experiencia personal y colectiva. Una efemérides heterodoxa, igual al instante en que Goya dio la primera pincelada de su serie negra o cuando Buñuel conoció a Breton. Porque el pueblo lo hizo posible, como advierte Cedrún. “Yo estuve en París y lo vi”, dice la gente. Bien podría decir: “Yo estuve en París y lo hice”. Diez años después, vuelve a París el mito encarnado de esa final imposible de final imposible, el hombre nacido Mohamed y consagrado Nayim. La única persona que puede afirmar con suprema legitimidad: “Yo estuve allí y lo hice”. Pero él prefiere decir: “Aquí conmigo deberían estar todos mis compañeros”.
En el origen de esta simbólica visita hubo tal vez un sueño de imágenes confundidas: Nayim en los Campos Elíseos, Nayim bajo el entramado industrial de Eyffel, Nayim en los campos de Marte, donde la hinchada pasó aquella tarde lisérgica; Nayim recortado contra el Sagrado Corazón, en la colina de Montmartre, mezclado con la bohemia extraviada. Nayim, por fin, en el Parque de los Príncipes. Bastó preguntarle: “¿Te vienes?”. “Cuando queráis”. Y vino. De Ceuta a Algeciras, de Algeciras a Málaga, de Málaga a Madrid, de Madrid a París. Para hacer fugazmente reales esas imágenes en un día. Moroso paseo por un París que se sueña a sí mismo.

Príncipe de París

Nayim no ha parado de hablar, de reír, de relatar. De silbar el “alé, Zaragoza, alé alé”. Pero cuando se abre la verja del corredor interno del estadio, queda mudo. Se adelanta y pasa a un cuadrado de sombra detenida. Una puerta traslúcida filtra la claridad que precede al césped. “Increíble, increíble. Uf, tengo la piel de gallina”. Parado en ese pasillo, está a los dos lados del tiempo. Recuerda: “Fueron diciendo nuestros nombres y salimos uno a uno. Ahí el estómago gira como una lavadora, luego se pasa”. “En la primera parte notamos que era una final. Después, fue lo de siempre”. Lo de siempre: “Defendían tres y la tocábamos todos, pero si había que rascar, se rascaba. Jugábamos de memoria, como amigos. Y lo éramos: cuando yo estaba sancionado, cogía a las mujeres de todos y a la mía y nos íbamos a cenar. Hicimos una piña y eso nos salvó cuando vinieron mal dadas”. La última consigna fue un salmo: “Salid y haced lo de siempre. Hacedlo por la gente”.
Recompuesto, se decide por fin y avanza al césped. El día descorre su velo y Nayim ingresa a un sol prolijo. Ahí lo reconoce el vigilante, francés de cuerpo montañoso, uno de esos rostros bonancibles que pueden pasar a la brutalidad en segundos: “Mais, il est Nayim. Cet but!”. Aquel gol, sí. “Han pasado diez años, ten years ago”. Sin querer, el Nayim inglés. Pasea, toma una brizna de hierba. Y la magia: “Veo cada jugada de la final”. Enumera la patada de Hartson (“me bajé de la camilla para decirle que él no iba a echarme del partido”), las carreras de Schwartz, la que sacó Belsué en la raya, aquel palo que quedó entre las piernas de Seaman: “Esnáider hizo un círculo con las manos y le dijo: ‘Así de grande tenés el culo, boludo”.

Gol trucado. Nayim se fotografía en el punto desde el cual voleó la pelota. La subió a la noche y de ahí bajó ya modificada por una trama celeste. Esta tarde las porterías no están y parece innecesaria la pantomima de fingir que repite lo irrepetible. “Si quieres lo intento, pero no llegaría, ya no me dan los músculos”. Un programa inglés de televisión lo obligó una vez. Lo puso en un campo cualquiera y le dio varias pelotas. Luego lo trucaron. Eso no puede hacerse en el Parque de los Príncipes, sería un delito contra la memoria. No hay que andar tocando los mitos. Aquello fue realmente mágico y no sabemos cómo ocurrió. Es más, no es seguro que queramos saberlo.
¿Y Nayim? ¿Lo sabe? Nayim sabe los recuerdos, que son verdad parcial, arquitectura inquieta. “Tras el gol corrí por la banda buscando a los míos y a Terry Venables. Él me había dado la primera oportunidad. Belsué me besó en los morros y luego quedé bajo tierra”. Enterrado en el delirio de una ciudad entera. Así lleva diez años. Al incorporarse tiró el pantalón azul a la grada y entonces, ya en calzoncillos, alguien le propuso: “Nayim, la Infanta quiere saludarte” (!).
Antes de irse, Gigi firma una entrada del partido. No es casual: ese objeto podría equivaler a la flor con la que Coleridge atravesó un sueño hasta la vigilia. Luego desanda el camino, cruza otra vez el pasillo y sale a la tarde de París, a esta tarde del regreso. Tras él se cierra la puerta y un silencio perpendicular cae de las gradas. Allí dentro siempre es la misma noche.

Diario AS - 10 de mayo de 2005
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El fervor cautivo de Movilla

El fervor cautivo de Movilla

Todavía hay algo que une a Movilla con Málaga, la ciudad en la que saltó al gran fútbol: su devoción inquebrantable por el Cautivo, uno de los tronos más célebres de la Semana Santa malagueña. Esa fe traspasa el tiempo y los lugares. Cada partido, en todos los equipos en los que ha estado, lo juega Movilla con una sudadera estampada con la imagen del Cristo Cautivo.

Cuando la imagen del Cautivo atraviesa el umbral de la parroquia de San Pablo, cada Martes Santo en Málaga, 20.000 fieles acompañan el trono. Ellos custodian con su penitencia la piedad que irradia la imagen. La gente reconcentra el pensamiento en la tribuna de la Alameda, en las calles estrechas que camina el Cristo, y se postra genuflexa. Cuando José María Movilla traspone el umbral del vestuario y salta al césped cada domingo o fiesta de jugar, lo acompañan el Cautivo y la conciencia imborrable de sus manos, ensogadas para el castigo final. En el campo y en la vida, aquí o allá, Movilla custodia su fervor. Es de oro como la corona del Cautivo. Y cada partido, un acto de fe.
Siempre con él, esté donde esté -en Málaga, el Atlético o ahora en el Real Zaragoza-, una sudadera con la imagen estampada del Cautivo le asegura abrigo espiritual a Movilla. Una camiseta bajo la camiseta del equipo, estampada con la imagen de Jesús en procesión por las calles de Málaga, envuelto en túnica blanca y claveles rojos. Envuelto en incienso y en el sudor de quienes cargan el trono. Movilla ha mojado decenas de veces esa camiseta humilde con su empeño, en la búsqueda intrigante de un camino para la pelota. Una estampa religiosa tan improbable y cierta.
José María Movilla cree en el Cautivo y lo venera con una devoción que no se dobla frente a ningún quebranto. Y él los ha tenido. Como en los tiempos en que debía, en el dudoso espacio de un día, hacerse tres personas en una: futbolista modesto con hambre de triunfo, dependiente en una tienda de deportes y empleado de recogida de basuras. Para encontrarle a la vida las horas que no tiene, el jugo que se le negaba. Para auxiliar económicamente a su familia y a sí mismo, antes de descubrirse finalmente como futbolista indudable en el estadio de La Rosaleda, antes del tránsito a la victoria.
Su representante, José Antonio Martín Petón, cuenta que en esos días oscuros Movilla acostumbraba a pasar frente al Vicente Calderón en su ruta de limpieza. El Calderón era su sueño. Petón es un maravilloso relator. Pero así y todo apenas acertamos a reconocer en el tipo que ahora dirige al Zaragoza a ese otro joven que subía valientemente, decididamente, cristianamente, al estribo hediondo de la camioneta. Y sin embargo, los dos están ahí. Y el valor simbólico de esa imagen, que no hemos visto, nos explica a José María Movilla, el hombre futbolista, mejor que cualquier semblanza.
Las iglesias que guardan a los cristos y las vírgenes en Andalucía siempre parecen pequeñas. Siempre se piensan moradas impensables para la gloria o la grandeza que se les atribuye, y menos si se pretenden eternas. En Málaga recuerdan a Movilla con admirado agradecimiento. Y en Málaga cuentan que Movilla bautizó “en secreto” a su hijo en la parroquia de San Pablo, en el barrio de la Trinidad. Ahora quiere hacer lo mismo con su niña, pasarla por la mano del Cautivo. En secreto porque entonces jugaba en el Atlético, que es una forma indistinta de pasión; o en piadoso recogimiento y discreción, para no incomodar al espíritu, preferimos pensar.
En la foto en la que recibe la medalla de la Cofradía, bajo la talla inspiradora, Movilla aparece pequeño, disminuido y felizmente cautivo de su fervor. Los hombres también se antojan mínimos o fugaces en esos espacios que condensan quietud silbante de oración, palabras recorridas sin matices. Dicen los fieles que ese aminoramiento de las dimensiones sólo se explica por el milagro de la inmensidad espiritual de las tallas, que sobrepasan la materia y sus leyes. Que sobrepasan a los hombres. Un hombre que cree se entrega maravillado a una débil grandeza.
También es débil la grandeza de los futbolistas. Movilla fue un ídolo en el Calderón, donde no pudo cumplir su anhelo de triunfo; y en Zaragoza pisó territorio sagrado cuando el equipo pegó el galacticazo de Montjuïc. La grada le cantaba que se quedara. Finalmente se quedó, pero ahora le gritan porque su juego, interpreta la hinchada, no defiende el mejor sueldo de la plantilla. Movilla toma lo inevitable como inevitable. Es un futbolista que cree y un creyente que juega al fútbol.

MediaPunta - 1 de mayo de 2005
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