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Somniloquios

El deporte

El final de la escapada

As, 22 de enero de 2006

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Real Zaragoza, 0-Atlético de Madrid, 2

Ahora ya sabemos que Pepe Murcia cree con firmeza en la posibilidad de un solo medio centro, conjetura con escasos seguidores en el fútbol de hoy en día. Por el equilibrio y ese tipo de cosas se razona que tiene que haber dos, distintos y mezclados, como le gustaba cantar al Puma. Bueno, pues Murcia deja solo a Luccin y a los demás los dispone en rombo. Eso no le impide el equilibrio, y de hecho el Atlético tuvo sobre todo equilibrio, que es una cosa bien rara de definir pero que uno enseguida reconoce. O sea, que el Atlético estaba en los dos lados del campo. Delante cuando hacía falta y atrás cuando perdía la pelota. Bien metido. Con un solo medio centro, sí, pero todos bien alineados, bien ordenaditos, bien opacos, bien juntitos. Halló un hueco a la espalda de Toledo y ganó el partido. No hubo más. Créanselo. No hubo más. Bueno, el teatrillo de Iturralde, un tipo con el que el Zaragoza no ganará ni aunque juegue cien veces. Y la ratificación del gravísimo problema que puede llegar a ser Toledo en su peor versión. Como ayer. Maxi se dio un festín a su costa y hundió al Zaragoza.

Hablábamos del medio campo y los medios centros. El partido tuvo casi todo que ver con eso. Víctor también quitó a uno con respecto al miércoles, pero como ese día había puesto a tres aún le quedaban dos. Movilla fue al banquillo. Jugaron Celades y Zapater. Víctor cree en el equilibrio. Es hombre no diríamos de fe, pero sí de sólidos principios, a veces monolíticos y a veces ininterpretables como el mismo monolito de 2001, la de Kubrick. Necesitaríamos al desaforado Carlos Pumares para que nos explicara. Qué programas aquéllos. Qué madrugadas. La teoría de la miscelánea de pivotes le va mucho a Víctor. Por más que todos creamos en Movilla y Celades como posibilidad, él no acaba de verlo claro. Por eso no lo hace. Ayer se inclinó por Zapater y Celades, pero luego quitó al catalán en el descanso y entró Movilla, en uno de esos cambios que tienen tan buena intención como escasa eficacia. Uno de esos cambios para que Pumares lo explique a gritos, si es que puede. Hubo un momento en el que Zapater hacía lo de Celades y Celades hacía lo de Zapater, y los dos tan contentos. La verdad es ésta: ZP ve el fútbol mejor de lo que parece; y Celades corta y recupera más balones de lo que parece. No es que jugaran a disfrazarse, es que son así.

Un butrón
Esta alegre digresión viene a decir que las fisonomías no lo explican todo, porque al fútbol se juega de mil maneras y de ninguna. Y porque las cosas pueden no ser lo que parecen. Entre Pepe Murcia y Víctor liberaron espacio en el disco duro del partido, que es el medio campo, todo el mundo lo sabe. Y en esa zona ocurrieron cosas interesantes. Diríamos que en esa zona se practicó el ajedrez sobre hierba que previmos antes del encuentro. El Atlético reunió muchos jugadores ofensivos, sí. Uno los cuenta y da gusto: Maxi, Petrov, Ibagaza, Kezman, Torres... Pero era un baile de máscaras, porque el Atlético se metía detrás de la pelota con gusto y orden. Y entonces los cinco le hacían a Luccin de guardia pretoriana. Al Zaragoza le costó pasar esa cortina de acero. O sea, que no pudo.

Además el Atlético salía por ahí rápido y bien, por afuera sobre todo, aprovechando las demoras en el regreso que pudieran tener Savio u Óscar. Ibagaza hizo de guardaagujas. Él variaba según su exacta opinión las direcciones de la pelota. Un hombre así es capaz de variar la dirección de los partidos. Lo hizo con su pase a Maxi, que madrugó a César para el gol. Aparte de eso, poco. Llegó Petrov una vez por el lado de Ponzio, escena que se ha hecho clásica en estos partidos, y su centro lo descolgó César; y Ewerthon y Diego Milito probaron el temple de Leo Franco en su vuelta. En la primera ocasión hubo una larga pared del dúo sacapuntos a la puerta del área, que remató Ewerthon y manoteó Franco. La segunda fue una llegada de mula de Zapater, que se trajo dos o tres hombres colgados del pescuezo durante 25 metros. Parecía uno de esos rollizos georgianos que arrastran camiones en El Hombre Más Fuerte del Mundo. Al final se la dio a Diego y Diego la estrelló contra el lateral de la red. Un mecachis. En fin, al Zaragoza le faltaba algo. Pero un algo grande. Estaba algo confundido, algo lento, algo fatigado, tal vez de la acumulación de partidos o de ver enfrente al Atlético. Enseguida concluimos que le faltaba Cani y que esa ausencia era una nostalgia. De su insistencia creativa, de la alegre ligereza de sus carreras con la pelota.

A cambio estaba Savio, que además le puso al partido un empeño notable frente al empeño de Velasco por tirarlo y el empeño de Iturralde por ignorar casi todo. El árbitro fue el peor, en cerrada discusión con Toledo, que estuvo hecho otra calamidad. Toledo se tragó dos escapadas de Maxi que terminaron en gol, el segundo por penalti de César. E Iturralde se cenó un par de manitas en el área. Una de Pablo en el arranque de la segunda mitad. Uno de esos manotazos que dan los centrales en el aire cuando van a cabecear contra un rival. Itu vio falta de Álvaro. Portentoso. Luego Maxi cometió otro, y Edu se hizo el sueco. Pitar no se sabe, pero el sueco lo hace bien. Y eso que es menos sueco que el chino cudeiro.

Así que entre los dos negaron las posibilidades del Zaragoza, si es que tenía alguna. Porque uno tiene la impresión de que el Zaragoza no hubiera levantado este partido de ningún modo. Había algo, un desfallecimiento o una flacidez, y ese estoicismo nuevo del Atlético en su disposición. No tuvo mucho más, no, pero tuvo orden y a Ibagaza, que le hizo un butrón a Toledo. Ibagaza es de esos futbolistas que ven a través de las paredes. Maxi es de esos futbolistas que derriban las paredes. Luccin es de esos futbolistas que son paredes en sí mismos. Lo que corrió y metió ese pelado. él solito. El Atlético hizo el segundo de penalti y luego Iturralde le negó otro a Torres por mano anterior que no fue. O sea, que Iturralde ve manos donde debería ver cuerpos, y viceversa. La escapada se ha terminado. Por ahora. La conclusión es ésta: el gafe es Iturralde o es Savio... Y de Savio no vamos a sospechar, oiga.

 

El color de la derrota

En un partido en Segunda División, en Tenerife, el Zaragoza salió al campo sin su camiseta ’avispa’, relevada por el último diseño: un azul marino, y mangas en tono turquesa, sin referentes históricos. El amarillo espantaba a Paco Flores, y esa superstición estaba en el origen de tan desconcertante variación. Con el paso del tiempo, la camiseta avispa ha desaparecido por completo, aunque no el amarillo y negro, ahora versionado. El leit motiv de la apasionada contracrónica que sigue se resumía así: los colores no ganan ni pierden, pero refieren una historia más allá de la anécdota.


 

Heraldo de Aragón, 30 de septiembre de 2005

 

 

Amarillo es el trigo limpio de los campos que mece el viento, y el corazón de algunas flores, y amarillo es el sol que los alimenta y que arde en el desierto, también amarillo. Amarillo es el destello último de algunos ojos y la mirada de las fieras, amarilla es la melena del león que dibuja un niño y amarillo es el oro de los tigres, que fascinaba al viejo. Amarillo el cabello laberíntico de Marilyn, amarilla la melena de Lana Turner y el fulgor radiante de Jean Harlow; amarillo el pañuelo en el cuello de John Wayne, la piel de Homer Simpson, las camisas viejas, los diarios olvidados en un cajón, el periodismo estúpido...

 

Amarillas las natillas de mi abuela -con galleta, por favor-, y sus manos amarillas, de un amarillo precioso; amarilla la yema del huevo frito, amarillo el plátano de Canarias y el azafrán del curry indio, y amarillos los girasoles, y amarillo el mundo soñado de Van Gogh, y amarilla la silla de su habitación en el Arlés amarillo. Amarilla es la cara interna del capote y el destello de la espada. Amarillo el impermeable de los hombres de mar, mis camisas, y el jersey del niño pijo. Amarillo era el tractor, y el submarino. Y amarillos son los taxis de Nueva York. Amarilla es la fiebre. Y amarillo el oro.

 

Amarillo es el campeón del Tour de Francia, y amarillo es Aitor, aunque le digan dorado. De amarillo visten los Lakers de la California amarilla. ’Verde e amarelha’ es la bandera del campeón del mundo, y su camiseta amarilla, sobre el negro de los genios. Amarilla y negra es la de Peñarol de toda la vida, y la del Iberia Sport Club lo era. Amarillo tiene también la bandera de Aragón, y el brazalete de capitán del Real Zaragoza, que llevó Aragón, claro, y después Vellisca. Amarilla podría haber sido la tarjeta a Cuartero, aunque otro día quizá lo sea, quién sabe, porque esto depende del árbitro, que también puede ir de amarillo. Y amarillas fueron muchas otras cartulinas, demasiadas, ayer en el Heliodoro.

 

Pichi Alonso, Valdano y Amarilla fueron un día la delantera de este club, cuyos orígenes tienen una camiseta amarilla y negra, como el tronco de las avispas. Amarilla y negra era la tradición recuperada por deseo del presidente Soláns Serrano en 1996 en Sevilla, amarilla y negra la herencia de la Gimnástica. ¿Por qué no jugar de amarillo y negro? Porque una superstición, la de Flores, vale más que una tradición o que la historia, parece. Amarilla es su fobia, y nuestra camiseta, muy vendida y muy querida. Amarillos eran, a pesar de todo, la publicidad de Pikolin y los números de los jugadores, que ayer vestían no de avispa, sino de azul marino y azul turquesa.

 

Azul marino y azul turquesa. Ni blanco, ni verde, ni azul cian, ni rojo de los ’tomates’, ni amarillo y negro de los ’avispas’, todos los colores en casi 70 años. Amarillos y negros fueron los cinco goles en el Bernabéu, y otros muchos. Amarillos como el pelo de Jamelli tras el penalti de La Cartuja. Amarillos como la cabeza de Pardeza, como la Copa de Sevilla. La derrota no es amarilla. Ni tampoco la victoria. Amarilla, y negra, es la camiseta de este equipo. O lo era.

Crochet mortal de Ewerthon

Crochet mortal de Ewerthon

AS, 12 de enero de 2005
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Atlético, 0-Real Zaragoza, 1

El otro día nombramos al gran Muhammad Ali. Hoy hablaremos del guisante Pernell Whitaker. ¿Usted se acuerda de aquel pequeñarras que molió a palos a Poli Díaz en la pelea por el título del mundo? Todo fino, todo enano, todo pusilánime... y arreaba unos guantazos que dejó al potro de Vallecas en jamelgo de Orcasitas. Qué mano de tortas le dio. Bueno, pues así es Ewerthon: pequeño, veloz, ligero, casi imperceptible. Pero hijo, tiene la baba del gol (que buena frase, oída ayer en la radio). Le pesa la mano. Pega y mata. Corre y gol. Sale y gana. Apareció en el descanso y con un crochet de zurda mandó al Atlético a dormir.

Ahora, es raro que dos equipos quieran lo mismo en un partido, sobre todo si es el primer partido de una eliminatoria. Que el Zaragoza ramoneara en el Vicente Calderón estaba previsto. Pero que Bianchi se hiciera el loco y jugara también a no encajar, ya es otra cosa. Y sí, jugó a eso. Recordó a aquellos caricaturescos episodios de Bilardo, cuando Argentina perdía 1-0 y el profesor sostenía el impulso de los suyos hacia el empate, no fuera que les hicieran el 2-0. O cuando en un partido a la albiceleste le faltaban 15 minutos para establecer un dudoso récord histórico de minutos sin hacer un gol, y Bilardo ordenó en el vestuario: “No se les ocurra marcar antes del cuarto de hora que jodemos el récord”. Son lógicas enfermas. Avisado de que el gol fuera vale doble, Bianchi puso buen cuidado en no encajar uno. Casi más que en anotar.

Respecto al Zaragoza, el equipo se dispuso en el campo exactamente igual que cualquier otro día. Cuestión diferente es lo que cada cual pueda opinar sobre la suplencia de Ewerthon (el que avisa es un amigo, y AS avisó), y la comparación con Sergio García. Uno está casi seguro, modestamente, de que con Movilla hubiera aparecido el trivote, pero eso queda para la especulación. Lo de Ewerthon lo tenía Víctor entre ceja y ceja hace días: dejarlo fuera y darle entrada después del descanso por Diego Milito. Y eso exactamente hizo.

El fútbol es la materia opinable por antonomasia. Hay quien piensa que, precisamente, la mejor forma de ayudar a dos delanteros en racha es no separarlos ni aun en broma, entregarles a ellos toda la confianza y seguir hasta donde dure. Otros miran a la espalda de las cosas. Como Gila, que pensaba en la madre del portero al que le metían un penalti y se apiadaba de ella y del chico. Bueno, pues en el reverso de la hemorragia goleadora de Diego y Ewerthon, ese tipo de pío individuo ve el silencio de Sergio García, y cavila: algún día hay que darle una oportunidad. ¿Por qué no ayer? Son formas de verlo. Al final todo el mundo tiene razón alguna vez. Los que miramos el fútbol desde afuera somos pasionales y absolutos en nuestras hipotéticas decisiones. Que se sepa una cosa si es que importa algo: si yo fuera presidente también habría dejado a Ewerthon quietecito con Diego. Ahora, a Víctor le salió tan bien que cualquiera le dice nada.

El soliloquio viene a explicar las circunstancias. Porque la primera parte fue más de circunstancias que de hechos. La ficha dejó poco que contar, pero aquí quedará consignado, para que la crónica no salga demasiado discursiva. Lo mejor (en el Atlético, se quiere decir) fue una escapada de Petrov por la derecha que tuvo que conjurar César. El dominio de César en el achique es de escuela de porteros, la verdad: tiene la velocidad, la exactitud y el equilibrio precisos para reducir todos los ángulos a casi nada. Petrov debió rematar por obligación contra el guante del portero.

En realidad, como ocurrió en la Liga, el correo del zar fue Petrov y duró sólo un tiempo. Torres vagó en solitario, Ibagaza fue y vino como un topo en su agujero, intentando jugar. Kezman estaba en el banquillo. Así que todo quedó en manos del búlgaro y sus pies en polvorosa. Dejó esa carrera furibunda que Álvaro acompañó temiendo penalti o algo peor. Y luego le puso otra con lazo a Maxi en el corazón del área que el argentino, felizmente, voleó a la luna. Del Zaragoza se supo bien poco: un disparo de Sergio García que iba fuera y que Falcón, para darle contenido, sacó igualmente a córner. Diego no encontró conexiones. Cani y Óscar, apenas.

Lo mejor del Zaragoza tenía que ver con Gabriel Milito, rizo imperial, y sobre todo con Celades, el motor silencioso que buscan los ingenieros. Quizás el fútbol reserve a Celades una extraña incomprensión popular. Es uno de esos jugadores de esencia recogida, futbolista de detalle, futbolista para haber sido torero y que lo glosara el inolvidable Joaquín Vidal. Ese Celades paró el tiempo... diría el maestro. Ese Celades hace del fútbol un arte de simplicidades incomprensibles. Burdamente diremos que Celades se equivoca muy poco. Pierde un balón cada seis meses, pero la mayoría los juega bien o los mejora. Para el Zaragoza (milagro repetido) es un jugador perfecto; y tal vez el Zaragoza sea un equipo perfecto para él.

A Celades lo acusan de intrascendencia, pero habría que examinar bien lo que significa ese término en este juego. Mientras lo pensábamos, Celades hizo ese pase maravilloso a Ewerthon en el arranque del segundo tiempo. El brasileño había aparecido en el campo tras el descanso. Eso siempre reanima al Zaragoza, equipo que encuentra su felicidad pasado el intermedio. Parece un boxeador estratégico. No es que se cierre o eche la espalda a las cuerdas, pero se pone contemplativo. Da vueltas, va y viene, se la da a Celades, regresa. Y en la segunda entra a jugar. Y con Ewerthon se afila.

Óscar había llamado a la puerta del gol a los 55 minutos con un jugadón que nos recordó quién es Óscar. Otra vez le faltó el gol. Lo tiene en algún sitio, pero no da con él. Lo toca como el que toca una moneda perdida en el dobladillo de un abrigo: sabe que está ahí pero no acierta el modo de sacarlo a la luz. Ayer se lo quitó Pablo en el remate final. A continuación, Cani largó un zapallazo que rechazó como pudo Falcón. Era otra vez el Zaragoza de la Copa, ese que de pronto da un aldabonazo y dice: señores, aquí estamos.

Y sí, ahí estaba. Con Celades y súper ratón. El Atlético se disolvía cuando los dos hicieron chispa, y vino el gol. El pase con arco hacia el costado de la defensa, delineado como con un cordel por Celades, curva exacta de dibujo técnico; y la escapada de Ewerthon, que nunca olvida supervitaminarse ni mineralizarse. Por eso le sacó un cuerpo a Pablo. Fue suficiente. Al pisar el área se le encendieron los sensores, porque Ewerthon sabe que el gol es un teorema de equilibrios y geometrías que hay que resolver de noche y en un tren desbocado que entra a un túnel. Él despejó la incógnita sin pensar, por pura y demoledora intuición. A eso se le llama belleza. Arte. La tocó con suavidad al otro lado antes de que llegara el defensa y más allá del cuerpo del portero. Y la pelota, obediente, se fue pegadita al palo. Al gol. A la victoria.

Noqueado, el Atlético enloqueció. Bianchi movió la baraja y puso a un Kezman menor, tabernario e impulsivo. Tuvo una, sí, y se la sacó César, cómo no. Pero el partido había de quedarse suspendido en esos segundos que duró la jugada de Celades y Ewerthon. La esencia viene en frasco pequeño. En la ligereza creativa de Albert y en el vuelo mortal de súper ratón. Esos dos chicos pararon el tiempo, don Joaquín. Y esta Copa huele de maravilla.

Siete más siete, 24

AS, 9 de enero de 2006
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Alavés, 0-Zaragoza, 2 

En la celebración del segundo gol, Ewerthon invitó a bailar a Diego Milito. Le hizo esos pasitos recogidos en los que enreda sus felices pies, que huelen a gol, y Diego se lo quedó mirando como si dijera: “Mejor dame un abrazo, que lo mío no es bailar”. Y se abrazaron el chiquito y el grandote, que hacen una pareja exacta porque son los individuos disímiles los que le causan gracia a la gente. Fíjense en Laurel y Hardy, en los Tonetti, en Fred y Ginger. Sí, sí, Fred era un alfeñique y Ginger un mujerón... De todas formas el bailecito ya se lo habían dado en esa jugada en la que esta sociedad ilimitada, pareja de gol, armó el segundo tanto, el definitivo, para cerrar una victoria de gran importancia. El Alavés fue todo menos una ganga, señores. Al Alavés lo detuvo con sus propias manos César Sánchez, que abrió el armario y sacó el muestrario entero de paradas. Si no lo hace, cualquiera sabe cómo hubiera acabado la cosa. Cómo paró ese hombre ayer.  

Fue una película de personajes. Un partido de nombres propios, y casi todos se han dicho ya. Al menos los del Zaragoza. El antagonista fundamental se llamó Nené, lo cual no constituye ninguna sorpresa. Ahora, hay datos que prefiguran las dificultades. El Alavés sólo ha metido cuatro goles en casa, y tres los hizo en el mismo partido. O sea... Que por más que Nené, Carpintero, Lacen, Aloisi y tal se empeñaran, el gol no llegó. En el fútbol el número de goles suele resumir casi todo lo que luego se explica por las circunstancias, por los jugadores, por el azar o por la variable que sea. Ayer, la variable César.

El Zaragoza se pasó la primera mitad en actitud contemplativa, mientras el Alavés se daba a un emotivo ejercicio de agonía. Si hubiera que personalizar ese espacio en dos nombres, serían Celades y Nené. El primero definió el paso del equipo aragonés con su juego silencioso, de quieta y calmosa transmisión. Lo de Nené tuvo más historia y un impacto superior. Apareció en las entretelas del juego para generarle todo tipo de problemas al Zaragoza, sobre todo cuando el ritmo se aceleraba y se hacía un claro a la espalda de los pivotes del Zaragoza. Además, se intercambió mucho con Jandro y fue a los lados a buscar su suerte. En el minuto 5 le hizo una a Álvaro —que con gripe incluida jugó un estupendo partido— y puso en el pie de Carpintero un balón que éste convirtió en estruendosa volea al palo.

 El partido tenía ritmo, sí, pero poco contenido. Toda la primera parte fue un ida y vuelta bastante insustancial, lo que dice mucho acerca de la verdadera importancia de ciertos valores en el fútbol de hoy. Esto se dice desde el lado del Zaragoza, por supuesto. Hay que imaginar que al aficionado vitoriano el encuentro en esos momentos le debía parecer una promesa de algo mejor, porque el Alavés llegaba y llegaba, ponía lo que hay que poner, y en esas condiciones uno siempre piensa que el gol va a terminar por llegar.

En ese rato, el que fuera zaragocista no vio gran cosa. Lo más notable, si usted lo siguió en casa, fue constatar cómo en el pagar por ver, los narradores desconocen a un buen número de jugadores del Zaragoza. Por momentos pareció que Cani jugaba en todos los lados; Cani era Generelo, Cani era Óscar, Cani llegó a ser Diego Milito y alguno más. Sobre todo Generelo, a pesar de las botas blancas. Luego hubo otros intercambios de personalidad. El más notable, éste: en cierta ocasión en que sí la agarró Diego, el confuso locutor apuntó: “Ahí va Ewerthon...”.  Esto tiene poco o nada que ver con el partido, pero es que la tarde estaba así, la verdad.

El Zaragoza sólo asomó la cabeza de Óscar una vez, para rematar fuera un centro desde el lado derecho de Ewerthon. Al margen de eso hubo dos disparos, uno del mismo brasileño que se fue escorando él solo hasta no poder pegarle a la pelota. Y otro de Diego Milito. Si esos balones hubieran seguido volando, a estas horas habrían llegado ya a Connecticut o al desierto del Gobi, así de dirigidos iban. Además, el Zaragoza estaba impreciso y como indeciso, perdón por la repetición de sonidos. Diego Milito protestó una falta al borde del área como penalti, pero Lizondo (uno de esos árbitros) no vio ni una cosa ni la otra. Obligado, el equipo de Chuchi Cos puso algo más por el lado de Mehdi Lacen, interesante futbolista, y sobre todo lo que tuvo que ver con Carpintero y su infatigable juego, además de con Nené, que lo intentó en todas las posiciones. Pero en todas aparecía César. El empate fue cosa del portero: faltas, tiros cruzados, llegadas hasta su misma barba. Todo acabó en él. Una vez Nené le largó una falta en dirección a la escuadra y César la descolgó sin perder la vertical. Lo más tranquilo. Un duque.

Y entonces, de repente, llegó el gol de Diego Milito. Porque fue de repente. Fue volver del descanso, sacar de centro el Alavés, equivocar un pase Juanito y allí apareció Diego Milito para interrumpir la trayectoria diagonal del balón. Diego tomó como suya la pelota extraviada y con ese gesto convirtió en territorio comanche lo que parecía tierra de nadie. Mientras los demás miraban, avanzó cuatro pasos y en cuanto pudo golpeó con la cara interior del pie. El gesto pareció forzado, pero ese estilo robótico de Diego oculta algunas armonías desconocidas. La pelota partió del chanfle interno, que dirían en casa de los Milito, e imperceptiblemente se ahuecó en su vuelo hacia un lado. Costanzo se tiró contra el aire y con eso se quedó. Cuando la quiso ver entraba por el ángulo de los amores. 

Con ese gol el Zaragoza tenía lo que quería. Le hemos visto hacerlo unas cuantas veces, romper un cascarón autoimpuesto y salir en la segunda parte como si no se acordara de sí mismo ni de un primer tiempo pacato o complaciente, como el de ayer. Y entonces ser letal. Algo así ocurrió en Mendizorroza. El tanto fue demasiado para el Alavés, al que la desventaja le suponía una muralla china. Víctor apuntaló el medio con Zapater por Óscar, desplazó a Generelo a la derecha y preparó a su equipo para lo que viniese. Al margen de consideraciones de estilo, la entrada de Zapater rindió. El chico le puso a la cosa su metálico pulmón, y el Zaragoza ejerció un control psicológico y efectivo. Luego Movilla ingresó por Celades. Si a usted ese cambio le pareció críptico, no hablemos del último de Cuartero por Toledo en el minuto 86. Ese fue para iniciados.

En fin, pero volvamos al partido por última vez. Lo que queda se explica rápido. El Alavés intentó no firmar la rendición. Nené y tal. César y cuál. Le sacó una divina a bocajarro, aunque Lizondo (uno de esos árbitros) había chiflado fuera de juego. Salió Bodipo a sumar remate, pero nada. Para despejar dudas, Diegol se inventó en el minuto 84 una pared prodigiosa con Ewerthon, que entró al área con los ojos saltones de gusto. Sintió el cosquilleo en los pies, rodeó el cuerpo desparramado de Costanzo e hizo el segundo tanto. Luego se dio al baile. Ewerthon es como Alí: baila como una mariposa, pica como una abeja.

Villa se come a la Bestia

As, 1 de noviembre de 2004
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Zaragoza, 3-Sevilla, 0

Uno ve al Sevilla plantarse sobre el campo y ve a un equipo de hombres afirmados en su envegardura, en ese híbrido de talla alemana y barrio chico. Hay una discordia en la escena: David y Antonio López, que parecen dos muñequitos en la banda izquierda. Aquel balón que Toledo cruzó en el minuto 12 era un balón de rango aproximatorio, digamos. Tuvo la involuntaria virtud de sobrepasar a Pablo y de no alcanzar a David, que se lo quedó mirando. Galletti vio el desacuerdo de los defensas y entró a buscarlo. Y cómo cabeceó ese hombre. Dustin Hoffman no hubiera cabeceado mejor. Y dirán ustedes: pero si Dustin Hoffman... Lo mismo pensaron David y Pablo. En el mientras tanto, el graduado metió gol en casa de la señora Robinson.

El tanto de Galletti puso al Zaragoza en la pista del encuentro. El Sevilla se quedó en la escenografía. Alves le tiró un par de mordiscos en los tobillos a Savio, que montó un número de escapismo: lo encerraban Alves, Sergio Ramos y Martí. Pero el brasileño volador practica la magia: hizo dos trucos con el tacón, uno parecido a aquél de Redondo en Old Trafford, pero en los medios, que la gente aplaudió a rabiar. Para que no lo acusaran de esteticista disconforme, también hizo el penalti. El gol arrancó en Villa, el delantero-peonza. Villa va y viene girando desbocado y su agitación tiene el sentido constructivo de un huracán, valga la paradoja. Persigue al defensa, busca el balón, lo absorbe, se zafa de rivales y sombras. A veces se enreda con las sombras. Otras, con los rivales. Ayer levantó la cabeza y vio a Savio entrando al área. Se la puso al hueco. Sergio Ramos tiró a Houdini y el Guaje metió el penalti con una paradinha.

El 2-0 dejó al Sevilla desnudo, sin su traje de moda. Las modas son pasajeras en el fútbol, como la tristeza de la Copa. El Sevilla rampante se marchó de La Romareda goleado y en blanco, dejando una impresión hueca. No se le vieron defensas ni delanteros. Baptista fue una bestia sombría o una sombra bestial. Se la comió Milito como dulce de leche, Milito minucioso igual que un hijo a los ojos de papá Pekerman. Villa acabó de masticarlo.

El equipo de Caparrós sólo ganó batallitas en el medio, pero fue cuando el Zaragoza se dio a reposos para varar el juego y proteger su ventaja. Ni en esas concesiones pudo el Sevilla. Caparrós buscó en los diminutivos (Carlitos y Antoñito) lo que no hicieran los hombretones. Nada. Su defensa se comió un cabezazo inocuo de Álvaro hacia Villa, que venía girando y girando sin parar, arrasando las esquinas del campo. Twister le hizo un caño a Esteban y se metió en el gol con la pelota y los pantalones puestos. Después, Víctor le dio la llave del partido a Generelo y éste lo clausuró con la autoridad de un polizonte. A cada uno que quería pasar por el medio le pedía el DNI. Era una trampa, claro, porque nadie juega con el DNI. Así que no pasó nadie. El que quiso insistir llevó estacazo. Le enseñaron una tarjeta amarilla, sí, pero es tan aplicado ese rubiales...

El partido inexplicable

AS, 3 de abril de 2005
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Real Zaragoza, 2-Valencia, 2 

Uno observa a algunos futbolistas italianos y se pregunta qué tipo de confusión metafísica les debe producir el destino metálico que les guarda su país. Veamos a Di Vaio. En la primera parte ese centurión naranja remató cuatro veces. Y si bien a cada una de sus tentativas le faltó algo que las completara, nos dijeron con claridad que en su cabeza Di Vaio tiene la portería; a lo mejor una portería de forma toscas que se corresponden con su estilo, pero portería al fin y al cabo. Dos palos y la red que canta gol. Sobre La Romareda acristalada de lluvia lenta, Di Vaio recorrió el frente de ataque afilando al Valencia, con la pelota y sin ella; le encontró la vuelta a los defensas (incluso a Milito, que jugó como siempre el partido a una altura distinta del resto) y si no hizo gol sería por esas cosas. O porque el gol le tocaba a Generelo. Así de áspero es el destino de un delantero italiano.

 

Generelo hizo el gol y el Valencia hizo todo lo demás. En realidad, el equipo de Antonio López jugó la primera mitad contra Milito. Cada vez que regresa de Argentina y desciende del avión, Milito parece descendido del cielo. No hay metáfora posible. Del cielo al campo, porque de otra forma no se explica esa claridad de las ideas y las formas. Di Vaio se movía tanto que incluyó en su lío a todos los defensas y los sacó de cacho. Milito fue a buscarlo muchas veces y quizás en ese empeño logró que el italiano no le diera exactitud a su remate. Se ve que la revolución de Antonio López, esa relativa exclusión de los italianos que le hicieron de guardia pretoriana a Ranieri, tiene que ver sólo con el fútbol y no con las nacionalidades. Di Vaio juega. ¿Por qué? Por el fútbol. 

 

Ahora hablemos del Zaragoza. Sinceramente, uno temía un Zaragoza flácido, como demorado en sus acciones. Ese fue justamente el Zaragoza de la primera parte, al que el Valencia se comió por los pies. El Valencia se situó en el campo con su rigor tradicional, agarró la pelota y encajonó al dueño de la casa. Y le puso balones a Di Vaio y a veces a Mista y luego éste se los ponía a Di Vaio. Ocurrieron esos cuatro remates de los cuales, en realidad, Luis no tocó ninguno: todos volaron altos o anchos. Ninguno a la portería, que estaba en el pensamiento de Di Vaio.

 

En ese pasaje tan largo hubo tiempo para las historias adyacentes del partido. Para el silbido de una parte de la grada a Cani, que no es nuevo, aunque viniera subrayado por las quejas recientes del Niño. También para confirmar que Movilla no le encontraba al partido la tecla ni la velocidad. Y que Villa jugaba otra vez solo contra el mundo, pero al revés de como lo hacía Milito: con ofuscación, con desespero, con ansiedad. El Valencia tenía la pelota y el Zaragoza apenas tenía nada salvo la relativa fortuna de que Di Vaio no regulase su remate. No apareció Savio ni Óscar logró hacer de puerta al ataque. Así que el Zaragoza se fue acostando en su modorra y el Valencia, a darle vueltas al gol. Pero sin hallarlo. Entonces, de ningún lado, vino el tanto de Generelo. Un disparo sobre el balcón del área y zas, 1-0. 

 

El resultado suponía directamente una burla al Valencia y desde luego a la lógica, o a la apariencia que había tenido el partido durante toda la primera parte. El Valencia no sospechaba lo que le iba a ocurrir. En el descanso debió pensar que ese zapatazo no tenía nada que ver con la realidad y que ésta se impondría a la vuelta de la esquina. Un equipo cartesiano piensa eso. Víctor también le dio lógica a su cambio en el descanso, cuando dejó fuera a Villa (obtuso y tocado en la cadera) y puso a Galletti a fatigar la punta.

 

Cinco minutos

 

Antes de cualquier juicio, sin embargo, el Valencia encajó el 2-0. Un córner en corto para Savio, el brasileño que pone el centro y Albelda que lo peina a gol. Cuando uno se levanta con el pie correcto de la cama la vida sucede así: se encuentra monedas por el piso, del cielo le llueven pétalos y se abren solas las puertas y las porterías. Luego el Zaragoza no acertó a cerrar el choque, que ya debiera estar cerrado con 2-0. Álvaro cabeceó al larguero y Galletti mordió el rechace. El Zaragoza se había transfigurado de un momento a otro. Empeñado toda la temporada en su personalidad bipolar e imprevisible, perfeccionó esa doble moral en un solo partido. Luego tuvo ventaja, ocasiones y finalmente el partido se durmió, antes de dar el incomprensible giro final.

 

 

 

Una ficción no se hubiera podido sostener sobre esas variaciones, pero la realidad es mucho más arbitraria. La vida es eterna en cinco minutos, cantó Víctor Jara. Espacios tan cortos fueron suficientes en un sábado tan lluvioso y tan raro. Cuando el Valencia estaba en muerte cerebral y se había largado a la francesa, sin decir ni adiós, entraron Corradi y Fiore. Y el Valencia inesperadamente se armó sobre la figura impetuosa de Corradi, que empujó como un ariete en la jugada que cambiaría todo. Hubo un resbalón fatal de Milito (como aquél de Viena) y Mazinger entró al área desbocado. Y la puso dentro, resumiendo de un toque el infortunio de Di Vaio. El Zaragoza quedó confundido y el Valencia olió sangre. Caneira acabó el empate, cobró la pieza y se fue expulsado en el alargue.  El Zaragoza dijo adiós a Europa. Y el que entienda este partido que levante la mano.

 

Un golazo y 31 velitas

AS, 9 de enero de 2005
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Real Zaragoza, 1-Betis, 0

 

En el día de su onomástica, Savio largó un pelotazo memorable. El balón dio tal soplido que apagó las 31 velas de su cumpleaños y luego entró por el hoyo de las agujas, vulgo escuadra. Qué gol metió ese hombre, mamita. La jugada venía bajando de derecha a izquierda, con pases convenientes que le daban ventaja al contraataque del Zaragoza. El último trámite lo hizo Óscar para el brasileño, en diagonal. Savio pisó área acuciado por los defensas y no lo pensó dos veces; ni siquiera lo pensó una. Dijo: ésta es por mí y por mi papá. Y así el wing eléctrico sacudió al primer palo de Doblas, al ángulo del amor fou. El portero apenas la oyó pasar; la gente ni lo vio. La gente contará que lo vio, pero eso es porque hay televisión. En vivo, la velocidad de la bola fue de quemar retinas, una ilusión de zigzag entre el iris y la córnea. También la sepultura prefigurada del Betis...

 

Dijeron partido grande y dijeron bien. Un partido con dos direcciones, como la cornada de Paquirri. Con el Betis pasó algo raro: ninguno de sus futbolistas estuvo en su nivel (ni Assunçao, ni Edu u Oliveira, desde luego no Joaquín), y sin embargo tuvo compostura y llegada al frente. Le faltó ritmo. El Betis pasó media tarde en un tran-tran contemplativo, moroso. El Zaragoza tuvo una velocidad más, jugadores muy activos y la destreza particular de algunos días: casi todo lo interpretó bien y lo hizo correctamente. Y eso sin concentrarse ni cobrar primas, para que luego digan. El fútbol es una estupenda mentira.

 

Vaivén

 

Antes de que marcara Savio, Óscar tropezó dos balones de gol en la defensa y Movilla le pegó a puerta media docena de veces. Cuánto disparó ese muchacho; y qué mal lo hizo. Pero había un anuncio en la actitud, en la ligereza del juego; un anuncio incompleto porque a la tarde le correspondían más goles. El de Savio llegó en el momento preciso para el Zaragoza. Si tuvo cualquier virtud, también agregó esa, la oportunidad. Fue en el minuto 43 y quedó resonando en el descanso.

 

El Betis encontraría la convicción en los cambios. La convicción y un algo de fútbol, no mucho pero sí lo suficiente para avivar el instinto. Antes, Oliveira había escapado una vez y se fue hacia Luis, pero Luis hizo la de Dios y se la paró. La de Dios le decían a aquélla que hacía Gatti y que era salir medio arrodillándose y con los brazos estirados, como un Cristo rendido en oración. Luego Savio aplastó un cabezazo contra Doblas y finalmente se marchó, la grada rendida y el tobillo en carne viva.

 

El melón quedó oficialmente abierto. El Zaragoza se vio en el alero y adoptó la formación tortuga, con Soriano y Pirri en la noble misión de cerrar vías. Israel, un chiquillo de 17 años, entró al campo y se ciscó en las jerarquías. El niño es extremo derecho, así no más, de forma que a Joaquín lo largaron a la izquierda, que era como largarlo a Siberia en batín de guata. Entre Israel y Alfonso la liaron. El Betis tiró dos al palo (una de Israel) y no empató porque a Oliveira lo negó otra vez Luis en el alargue, que fue una angustia mortal para el Zaragoza.

El Mariscal de hierro

El Mariscal de hierro

AS, Octubre de 2005
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Para haber sido declarado “no apto” por el Real Madrid, Gaby Milito se las va componiendo bien: la creciente ironía de ese diagnóstico alcanza ya los cien partidos, los que hoy sumará el Mariscal con el Real Zaragoza. Cien partidos oficiales. No es necesario inducir el sarcasmo preguntándole por eso. Siempre ha medido la longitud de las palabras, y si hubo caso para una revancha íntima la dirimió en Montjuïc, cuando le pudo levantar la copa frente al rostro al equipo que lo rechazó.

Para Gaby el centenario supone una sorpresa: “¡Qué rápido pasó todo!”. Le pareció corto porque se lo pasó jugando, como los chicos: sólo se ha perdido siete encuentros a lo largo de estos dos años y pico: cinco por sanción. El peor fue el del jueves último: “No pude aguantar la tanda de penales, apagué la radio. Cinco minutos después la prendí de nuevo y oí que había errado Diego... ¡Me quería matar!”. Entonces voló César como un ángel.

 Los otros dos estuvo lesionado: “Dos me parece poquísimo, siempre hay percances, recaídas”. Pero esa rodilla es de fierro, le falta agregar. Prefiere: “Creo que en general el registro no está nada mal”. Además, Milito no se lesionó solo ni lo lesionó contrario alguno. Las dos veces lo mandaron a la enfermería compañeros suyos: el primero Yordi, de un plantillazo que le volvió el tobillo del revés y lo dejó sin jugar en Valladolid. En una recuperación obsesiva, llegó a tiempo para detener a Ronaldo y al Madrid, tres días después. El año pasado, Luis García le dislocó un hombro en Olomouc y el Mariscal quedó con el orgullo en cabestrillo. Eso fue todo.
 

La solidez de su prestigio va más allá del nombre, las camisetas o los episodios que lo trajeron hasta acá. Cruzar el Atlántico no lo alteró: “Pude venir a Europa antes, pero siempre quise hacerlo cuando estuviera seguro. Todo se ha dado como yo lo deseé”, reconoce. Cien partidos, dos títulos, cuatro goles, un hijo, un hermano. Esa es la gráfica Milito en Zaragoza. Y los partidos asombrosos, y encima de todos el de la final en Montjuïc, la sublimación. “Me quedo con ese por el rival, por la ocasión. Viví sensaciones únicas. Y también, de una forma más íntima, con el de Osasuna, cuando Alvaro marcó y nos salvamos”. Una memoria de polos opuestos, triunfo y riesgo, que resume al Zaragoza. Su gran reto: “No somos un equipo para mirar abajo ni estar en media tabla. Tenemos que aspirar a todo, ir arriba”, repite. Getafe es la ocasión “sobre todo después de perder con la Real. Estamos a dos puntos de UEFA y a dos del descenso”.

Cien partidos. ¿Quiere ya al Zaragoza como a Independiente? “Son amores distintos”. Tiene hasta 2010 para hacerlo. “El Zaragoza ya forma parte de mi vida, quiero seguir muchos años”. Ah, los quiere a los dos, entonces. Son como mamá y papá.