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Somniloquios

El deporte

Abril es el mes más cruel

Deprimido y vacío, el Zaragoza se arrastra por la hierba / El Celta, a medio gas, lo goleó sin esfuerzo

Celta, 4-Real Zaragoza, 0
Diario AS, 23 de abril de 2006
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Poner al Zaragoza a jugar al fútbol ahora es como hacerle un examen de música a un sordo: no está capacitado. Póngase usted como quiera, pero es que no. Las depresiones no se explican, uno las pasa así: para qué levantarse de la cama, para qué ir al trabajo (qué es el trabajo, en todo caso), no quiero ver a nadie, quiero dormir, a ver si no llega mañana o llega directamente el año que viene. Dormir, tal vez soñar, como escribió Carlos Boyero —parafraseando a Hamlet— en aquel testamento para el cambio de siglo. “Abril es el mes más cruel / criando lilas de la tierra muerta...”. T. S. Elliott. No es pedantería. Es una receta: lluvia o poesía. Libros. Amor. Tardes en el parque. Lo que sea. Del fútbol, de nuestro equipo, no queda nada.

A usted le parecerá que los futbolistas no tienen derecho a este desmayo anímico; o que una derrota en la final de Copa no es para ponerse así, pero... la depresión es cosa de ricos como es cosa de países desarrollados o de futbolistas. Enfermedades modernas. La traición del bienestar. ¿Se deprimen los indios amazónicos? Qué se van a deprimir, si se la pasan haciendo parrillas con la araña pollito. Y además hay otra cosa: el desastre del Bernabéu ha dejado al aire todo o casi todo. Ha cavado un agujero al que mejor no mirar. Mejor sacarse los ojos.

Pero claro, hay que jugar. Ir deshojando el final de la Liga y el principio del futuro, que siempre es incierto. Pero jugar. Y ahí viene el problema. El ritmo de juego del Zaragoza ayer en Balaídos fue el ritmo del que anda perdido por el bosque o desinteresado en la vida. Antes de la derrota con el Cádiz ya lo llamamos sobrevenido nihilismo, y sigue así. Ni el Nota se comporta con tanto desapego por la realidad. El Zaragoza tuvo esa (in)actitud y además un problema de orden futbolístico. Porque sin Gabi Milito la salida de la pelota desde el fondo se enmaraña. Y además Víctor decidió ayer reunir en el medio campo a Zapater y Generelo (o sea, sin Celades ni Movilla), lo que aún hizo más pesado el tráfico y el tránsito del balón. En esas condiciones, futbolísticas y anímicas, el equipo se movió con lo que podría ser lentitud o pereza. Como no se trata de acusar a nadie, digamos lentitud. Los futbolistas siempre quieren jugar. Siempre desean ganar. Otra cosa es el subconsciente.

El que más alborotado parece tenerlo ahora mismo, y bien que lo sentimos, es César Sánchez. La transformación de César en los dos últimos meses da para un estudio de lo que puede llegar a hacer el desánimo en un portero de las garantías de éste, se pongan como se pongan los lícitos fanáticos de Iker Casillas. César proyecta ahora una figura entristecida y presa de una alarma que no le vimos en todo el año. En la primera mitad hizo esa salida a una banda que terminó en tarjeta amarilla por evitar de forma vehemente que el Celta sacara rápido. En la segunda, la del 2-0 del Celta, que fue una de los momentos más delirantes que uno pueda imaginar en un guardameta. Pifió la salida a la frontal del área, medida a ojo de cubero y así le fue. A continuación erró el despeje, y luego huyó hacia delante tratando de cortar la jugada, ya condenado.

No es fácil explicarlo. Hay que ver la acción y el error triple. Era el 2-0 del Celta, que Jorge dejó en la red con toda la ventaja y la cueva vacía. El 1-0, por cierto, había nacido de una imperial llegada de Borja Oubiña, que liberó a Fernando Baiano a la espalda de los centrales. Uno diría que en fuera de juego, pero el asistente no dijo res. Salió César, esta vez muy bien, y le limpió la pelota a Baiano de los pies. Pero su rechace le vino manso a Canobbio, sobre el lado izquierdo del área, y el uruguayo hizo diana aun sin apuntar.

Eficacia
Curiosamente, y con todos sus defectos, el Zaragoza no había sido hasta entonces peor que el Celta. Ni tampoco se les vio a los vigueses superior motivación. Estaban ahí, viéndolas venir. Era partido de siesta. Óscar, de hecho, había avisado primero tras una llegada de Ewerthon por la derecha. Y el brasileño hizo luego una arrancada que culminó con un tiro alto. ¿El Celta? Hizo el gol y poco más. Eficacia, eso tuvo. La oportunidad de hacer gol cuando pudo hacerlo. Se animó con el primero y acabó el partido con el segundo, nada más empezar la segunda mitad. El Zaragoza no estaba. Ni Diego, ni Savio, ni Óscar ni nadie.

Luego, cuando Víctor quiso reconducir el partido y añadió a Sergio García arriba (el único que le puso algo de alegría a la noche, y un tiro desde el círculo central que Pinto sacó como pudo), y reactivar el medio con Celades, entonces el Celta mató a cuchillo. Entró Perera y marcó de córner. Llegó Canobbio e hizo el cuarto. Era lo lógico. No es que el Celta tuviera hambre, pero enfrente había un equipo vacío, puro viento, y le hincó diente al buñuelo. El Zaragoza ya no tiene nada, salvo un color mortecino. Este equipo, que siempre pareció joven, lozano, alegre, vital, se ha hecho un viejo prematuro.

Monólogo sin la palabra gol

Monólogo sin la palabra gol

Zaragoza, 0-Villarreal, 1

Diario AS, 2 de abril de 2006

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El Zaragoza arrolla al Villarreal, pero olvida marcar  - La sutil zurda de Roger ganó en una falta - Otro ejercicio de ineficacia: 17 ocasiones  - Queda la Copa


A lo largo de la historia ha debido haber combates así, ganados de un solo golpe, un zurdazo desesperado en un instante de iluminación, quizás entre inspiración y expiración del contrincante que lo tiene contra las cuerdas, soltando manos de todos los colores y pesos. Un claro en el bosque de brazos sudorosos y el tortazo que derriba. Puede que hayan existido hechos de guerra resueltos con un solo disparo, un petardazo (pensamos en Hiroshima, demasiado brutal para cualquier metáfora). O una bala de cañón perdida, como la que le arrancó las piernas de cuajó en los Sitios al mariscal Lannes, que se llevó de regalo a la tumba el joyero de la Virgen, el infame.

Bueno, habrá habido lo que sea pero desde luego no habrá sucedido ni lo hará tantas veces como en el fútbol. El fútbol es un deporte despiadado que a duras penas soporta el sustantivo de juego. Como juego parece una cabronada, disculpen. Porque cosas como las de ayer ocurren con relativa frecuencia. Ignorancias terribles de la lógica y alguna que otra ley natural. Eso no consuela a nadie. Qué maldito partido ganó el Villarreal.

Para ser un partido de entreguerras, el encuentro tuvo una cierta alegría primaveral, de polen suspendido en la hojarasca. La contenta agitación de una escaramuza revolucionaria, como una canción de Víctor Jara. Fútbol que nació en desorden pero que visualmente se hace muy resultón, lo cual no está mal si uno mira desde la grada o el televisor, y siempre que no nos pongamos académicos y le busquemos el concepto. Al Zaragoza le faltó alguna velocidad en el contador del deseo, la comezón del que no sólo quiere ganar sino que quiere ganar cuanto antes, para evitar la fila de última hora. La tuvo en la segunda mitad, donde al rigor de su fútbol puntilloso le agregó pasión. Lo que no tuvo fue el gol. Eso no. Estrelló todos sus balones contra el Villarreal, contra sus gentes. Lo mismo contra Veira que sus defensas. Tiró tantas veces a portería como tomates se disparan en el Cipotegato. O más.

El Submarino pasó la tarde esperando a Godot, que viste de nerazzurro. Pellegrini lleva todo el fin de semana negando que reservara a nadie, y hasta puede que sea verdad porque este chileno no tiene pinta de embustero. Otra cosa fue la reunión de mediocampistas con intención defensiva que armó. Y la apuesta por Guayre, que tenía un significado de velocidad, de salida arriba. Además hubo circunstancias: Sorín y Guille Franco llegaron tocados y no pudieron salir. Y Guayre se lesionó al cuarto de hora porque una rodilla le maleó el riñón. Entró José Mari, con su porte de faraón calé. Más agitación.El partido, antes de jugarse, alumbraba una paradoja: el Villarreal no se siente cómodo lejos de casa (no ganaba desde principios de diciembre), y el Zaragoza acumula dos meses sin ganar en casa. Empate, hubiera dicho cualquiera con dos de frente o con ninguno, porque ese tipo de afirmaciones de listillo sólo las puede hacer un tontín. Y no fue empate.

Sin espacios

Los puntas amarillos no tocaron apenas la pelota. Si alguna vez la tuvieron ocurrió siempre lejos del área del Zaragoza, descolgándose a los flancos y poco más. No había más espacios autorizados para ellos. Álvaro y Gabi Milito los mataron lentamente. Estaban encima, arriba, sobre ellos, en cada pase. Un cuidado ejercicio de anticipación. Así que el Villarreal se quedó en el ensayo táctico y defensivo. Jugó la mitad del encuentro, digamos. Economizó y las cuentas le salieron como a un rentista avezado: abandonó la cueva un par de veces y eso le fue suficiente. Insistimos, a veces estas cosas ocurren en el fútbol. Son difíciles de explicar pero muy reconocibles para cualquiera que haya observado este negocio. El Zaragoza puso todo y el Villarreal casi nada: el gol y un poste. 

Pero le salió bordado. Con eso sostuvo su campaña por la UEFA, y manda al limbo la del Zaragoza. En el limbo quedaron también una infinidad de ocasiones locales. Al principio los aragoneses tiraron por el balón largo a Diego Milito y Ewerthon, pero la mayor parte del tiempo el equipo de Víctor se dedicó a tricotar un fútbol de pequeños movimientos, avances chiquitos, de baldosa en baldosa. Eran movimientos de ajedrez, como pasar un peoncito de cuadro. Llegó arriba un número incontable de veces. Tuvo como 17 oportunidades, y aquí no hay exageración. Contarlas resulta imposible. En el primer periodo Diego y Ewerthon hicieron una combinación maravillosa que dejó al argentino solo frente a Viera. Al Príncipe le dio un ataque de generosidad o de indecisión y su último pase al brasileño, innecesario, lo cortó la defensa. A veces un delantero debe observar la misantropía.

En la segunda mitad, en cuatro minutos sólo, el Zaragoza ya había obligado cuatro veces a Veira. Llegaba en tropel, por todos los lados, igual que una riada. Hasta Ponzio y Toledo asomaron la cabeza y el pie. Josemi sacó una de testa de Álvaro, subido en la línea. Ewerthon voleó otra gloriosa arriba. Y una más fuera. El brasileño no paró, fue un ectoplasma opaco que el Villarreal apenas encontraba. Savio largó una falta, Celades otro disparo, Zapater rozó la escuadra, a Cani le paró la suya la defensa cuando gritaba gol. Y hubo seis o siete más que uno ya ni tuvo temple ni ganas de apuntar. No había forma. A veces pasa. Le ocurrió en Santander y ayer también. A una semana de la final, ¿deberíamos preocuparnos por algo así? El Zaragoza metralleta ha sido lo contrario: velocidad, contraataque, finalización. No esta profusión, este monólogo vacío sin palabra definitiva: gol.

El gol era del Submarino. Le bastó una falta de Roger, que guarda la zurda en alcanfor y puso un tirito intemporal a la diestra de César. El portero se hizo estatua. Era una posición moral defendible, un decir: “¿Nos van a ganar estos tíos sólo con esto?”. Futbolísticamente, sin embargo, su inmovilidad carece de justificación. César lo supo, y mira que tuvo horas para pensarlo porque el Villarreal no llegó salvo en un pase en el que Cazorla fue Riquelme y Forlán la tiró al poste. Hay combates así. Uno se lleva la paliza y luego gana con una mano. O un pie. Roger titulará este recuerdo como la película: Mi pie izquierdo.

Gavilán y paloma

Real Zaragoza, 1-Getafe, 2

Diario As, 13 de marzo de 2006

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El zurdo del Getafe se comió a un rival decaído - Álvaro vio la roja y su equipo perdió el norte - Tarde de gloria para Paunovic y... Luis García

Schuster es de esos ex futbolistas que pueden mirar al fútbol de hoy por encima del hombro, porque el fútbol del salto de siglo ha privilegiado el físico de musculosos impostores que no le podrían ni limpiar los zapatos. Schuster nunca fue de esos tipos que se quedan mirando al dedo cuando el dedo señala a un punto. Por eso primero dijo que le gustaba Ewerthon y luego lo que hizo fue jugar el partido en el medio campo, rellenarlo de chicos con oficio, muchachos como Vivar Dorado o Celestini o Alberto, e interrumpir y meter al Zaragoza en un callejón. Fue como declarar que Ewerthon o Diego Milito no serían nada sin Cani, Óscar y Celades... El resto lo hizo Álvaro, que a todas las imperfecciones del Zaragoza le agregó la definitiva, al dejarlo con diez. El colmo para un equipo al que, paradójicamente, se le veía más fresco en la acumulación de partidos de la Copa que ahora que entrena y descansa toda la semana. 

 

El fútbol tiene a veces esas cosas misteriosas, inercias difíciles de explicar e interrupciones a las que nadie les encuentra demasiado sentido. Algo de eso ocurre también con Álvaro, un chico estupendo que unas veces modela la realidad como si pudiera tocarle los lados con su explosivo vigor, y otras se desconecta inesperadamente del mundo y hace cosas como la de ayer. La que lió Álvaro. Se fue expulsado tras un pleito que no era suyo. En realidad, él ni estaba, porque toda la secuencia arrancó con una porfía, una de esas, entre Cani y Gavilán, sobre el flanco. Álvaro llegó como improbable juez de paz y por detrás apareció también Paunovic, resuelto a decir lo suyo. Se engancharon. El árbitro resolvió la gresca con diálogo, que para eso era el Día del Árbitro y había que sacar el talante y jugar a las máscaras. Hacerle pasillo a un árbitro supone el colmo de la memez. La corrección política y esas bobadas. La anestesia general. 

 

En la siguiente jugada se impuso la verdad. La vena hinchada. Álvaro tuvo un balón y Paunovic llegó por su espalda, bufando, dispuesto a dejarle un recado. Álvaro sintió la amenaza y sacó el brazo para darle la bienvenida con un guantazo, como Terence Hill. Paunovic cayó igual que un fardo. Rodríguez Santiago mandó a la ducha a Álvaro, que aún le pedía explicaciones a Paunovic mientras el serbio se buscaba la nariz. El delantero se repuso. El Zaragoza ya no lo haría. Algún pasaje, pero en general no.

 

En realidad, el Zaragoza estuvo toda la tarde medio desenchufado, o al menos incapaz de encontrarse a sí mismo en un perfil sólido. Schuster puso a los suyos en un 4-1-4-1. Eso le servía no tanto para disimular la ausencia de Güiza como para negarle al Zaragoza su alegre naturalidad. La medida le planteó muchas dudas al equipo de Víctor. Ese medio campo del Getafe parecía un rallador de queso, una licuadora. Durante media hora, al sabroso Zaragoza de los últimos tiempos apenas le fluyó un hilillo de zumo o de fútbol, un hilillo que diría Rajoy. Poca cosa. De hecho, Gavilán le entregó un gol cantado a Alberto que éste tiró a la grada (17’) y Cotelo golpeó raso y fuera otro balón que quiso ser el 0-1.
 
Una de Cani
Rarísimo que anotase primero el Zaragoza, pero el gol le da la razón a Schuster.  Cani y Óscar, inéditos, se cambiaron los lados a ver si así encontraban alguna pelota o algún camino. Y una vez, una sola, Cani le hizo la rata a Pernía sobre la raya. Avanzó en diagonal y vio a los dos tiburones coletear febriles a la espalda de la defensa, en un desmarque idéntico. Los vio invadir el área y puso ahí la pelota. Podría haber elegido a cualquiera pero eligió a Ewerthon, y eligió bien porque la ruta del brasileño era exterior. Ewerthon tuvo apenas que aguardar la salida de Luis y tocarla dentro a Diego. Diego la empujó y gol. 

 

Esa ventaja le duró al Zaragoza apenas cinco minutos. Y pudo ser menos porque, a la vuelta de un córner, Gavilán quedó habilitado por la demora de Celades. Cabeceó para Vivar Dorado y éste a gol, pero Rafa Guerrero (Rafa Guerrero y el Día del Árbitro son conceptos que se anulan entre sí, como una piraña en el Acqua Park) levantó la bandera y acertó el orsay de Vivar Dorado. Visto ahora, fue una premonición: en el 38’, César se tragó un centro de Gavilán y Paunovic le puso la cabeza y el nombre al 1-1. 

 

Otra vez Gavilán. Gavilán y no paloma. Ahora... ¿no habíamos quedado en que el ‘cantaruti’ era Luis García? Pues no,  cantó fue César, que salió al balcón y no había balcón. Estos desórdenes subrayan el diverso infortunio del partido. Luis no puede quejarse de su regreso. Para empezar, salió con una camiseta que sí le llega para metérsela por el pantalón, no como la del año pasado, que le colgaba en la cintura. Parece un detalle menor, pero la presencia importa, como veremos a continuación. La grada le pitó, sí, pero menos de lo que le pitaba el año pasado, lo que explica muchas cosas. Y luego... en fin, resulta que Luis le sacó tres goles al Zaragoza. Pero tres. Es verdad que le vimos algunos errores, su clásica parada en tres tiempos y medio, o esas indecisiones que convierten el área pequeña en Campicha. Pero hizo un partidazo, porque hizo lo decisivo. 

 

Sacó tres goles cuando había que sacarlos, cuando su equipo ya se había puesto en ventaja con el segundo de Paunovic. Lo ideó Gavilán, claro, animado por la anuencia de Ponzio y un resbalón inoportuno de Gabi Milito. Víctor se hizo un lío para recomponer al equipo tras la expulsión de Álvaro. Primero puso a Zapater de central y, cuando el Zaragoza volvía a carburar, lo cambió para meter a Toledo en la izquierda y a Cuartero en el centro de la zaga. Finalmente sacó a Cuartero del campo e introdujo a Savio. Todo ese galimatías ocurrió con el mismo resultado, el 1-2. Óscar se fue para meter un defensa justo cuando había despertado y casi hace un gol. ¿No había una forma más sencilla o más directa? 

 

En fin, el último acto fue Diego contra Luis. Luis y sus tres intervenciones. Primera, cuando se escapó Ewerthon en una carrera portentosa en la que el defensa, Tena, parecía correr hacia atrás. Por si alguien halla una fórmula matemática que lo explique, la escena fue así: Tena partió con dos metros de ventaja en busca de un pase a su espalda; Ewerthon abrió gas, y en un sprint de diez yardas recuperó esos dos metros y le sacó otros tres a Tena, que rezó todo lo que sabía. El brasileño alcanzó la pelota y golpeó, pero su remate encontró el cuerpo del señor García. Luego rechazó un disparo magnífico de Óscar, justo para que pegara en el palo. Y finalmente, un cabezazo de Diego Milito, que a esas horas ya jugaba solo contra el mundo. Luis rozó con la yema de los dedos y la pelota, graciosa, fue otra vez al travesaño. Se murió ahí.

 

Así quedó la cosa. Luis García, héroe en La Romareda. No escuche usted a su conciencia, olvídese de esto, si puede. Olvídese también de Europa, salvo por la Copa, claro. Será la Copa de Europa. ¿La revancha del 5-2? Otro año será. La única venganza fue la de Luis. Y encima la camiseta le quedaba bien. Esto pasa por hacerle pasillo al árbitro.

El blues de Riazor

El blues de Riazor

AS, 20 de febrero de 2006

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Deportivo, 1-Zaragoza, 1 

El Deportivo no se acuerda de ganar en su campo y el Zaragoza no pierde fuera. Esa combinación de acordes y desacuerdos dejó un partido gris y lento, de detalles. Diego y Munitis pusieron los goles y Molina, un paradón de antología.

A medias. Otra vez 1-1 y otra vez la impresión repetida del trabajo incompleto, como frente a Osasuna. El Deportivo estaba para el amor. Riazor se le ha hecho un territorio extraño. Hay tardes en las que este Deportivo se parece mucho a lo que entendemos como un equipo de Caparrós, y otras en las que pierde la memoria y queda en un híbrido indeciso entre lo que fue durante años, al mando de Irureta, y una personalidad aún no asimilada. El Zaragoza fue notablemente mejor en algún pasaje, pero le faltó algo de energía, sobre todo en los lados, donde mandan Óscar y Cani. También algo más de salida en velocidad, de pase largo y llegada de Ewerthon. Con un puntito de pujanza, habría ganado. No la tenía y se vio contra diez. Aún arrastra un residuo de la fatiga que ha debido dejar la despendolada campaña de Copa.

 

El verdugo. La indecisión (digamos metafísica) del Deportivo la redimió Munitis con un zapatazo que dejó la impresión intermedia de un golazo o un fallo de cálculo de César. Uno no sabría por qué decidirse, pero casi está por gritar chicharro: vuelo rápido, mucha curva, solución inesperada. En cualquier caso, al Zaragoza no le cae bien este futbolista concienzudo, que en la celebración se sacó la camiseta para taparse la cabeza al modo de un verdugo, y mostró un inesperado torso subrayado de músculos. Recordó a Ned Flanders, el pío vecino de los Simpson: también el ‘lituano’ Munitis ha convertido su cuerpo en un monasterio; y el fútbol, en mayúsculo acto de fe.

 

Gol de autor. En un partido del lejano Mundial del 94, Argentina anotó un gol en una falta al borde del área, un gol concebido en la pizarra exhaustiva de Passarella: se pegó Zanetti a la barrera, luego hizo su cuerpo a un lado para descolgarse y el que sacaba la puso a sus pies, a la espalda del sorprendido muro, y dentro del área. Nadie vigilaba y el balón terminó en gol. Passarella enloqueció de júbilo y hasta entró al campo a festejarlo, porque ese gol era hijo suyo. Ayer el Zaragoza metió el 0-1 con una faltita ensayada, simple como un sidral. Ponzio la mandó muy tocada al segundo palo, con ese efecto contrario que en el golf llaman ‘backspin’, que hace planear la pelota y le recorta el vuelo. Palmeó Álvaro allá, en la puerta trasera del área pequeña, como un colocador de voley, y Diego la terminó. Al verlo, Víctor se fue a por agua en el banquillo con una sonrisa enorme en la cara. A continuación llovieron piedras de hielo y del Atlántico subió un viento enloquecido. Una sombra veló la tarde y el partido en Riazor se hizo moroso como un blues. Hay domingos así de domingos. Sólo faltaba por los altavoces el ‘Sunday Morning’ de la Velvet.

 

Retablo de maravillas. Diego es un futbolista para apreciarlo despacio, a veces con lupa o microscopio electrónico, porque está hecho de minúsculos detalles que se suman como paneles celulares. La imagen final es el rostro y la forma de este feliz delantero de repertorio muy, pero muy diverso. Si miramos los goles que ha marcado (18) vemos un retablo de soluciones. Los ha hecho de todos los colores: de cabeza, de oportunista, de combinación, de disparo, de listeza... Bajo la apariencia rutinaria de cada uno suele haber una pequeña perla. La de ayer fue un giro del cuello fabuloso, para cabecear al otro lado, para darle a la pelota un cambio de dirección de 90 grados. Bajo la figura cargada y el porte desigual de Diego hay un jugador con excelentes fundamentos técnicos. Todos confluyen en una idea única: el gol.

Glorioso 4-0

AS, 15 de febrero de 2006

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Desmemoria. Ninguna previsión, por salvaje e interesada que fuera, habría ido tan lejos como lo hizo el Real Madrid. 3-0 en apenas un ratito, en un instante, en el tiempo en el que en cualquier otro partido o lugar los equipos se están aún acomodando o cruzando las miradas. Fue salir y pim pam pum, una realidad muchísimo más desaforada que cualquier ficción o cálculo apasionado. El Zaragoza estuvo clínicamente muerto a partir del 3-0, confundido por la impresión que le produjo estar acorralado tan, pero tan pronto. La mente se le quedó en blanco, y no es una graciosa metáfora, porque maldita la gracia. Se olvidó de ser agresivo, se olvidó de juntarse atrás, se olvidó de tocar la pelota cuando la tuvo, se olvidó de defender los balones cruzados, de recoger los espacios, de cabecear, de salir adelante. Era un completo desmemoriado, sin conciencia de sí mismo. Sólo veía ante sí un agujero inacabable y un resultado que lo mataba.
 
Refutación del tiempo. La noche incendiada del Bernabéu se convirtió pronto en un cuento de Poe: terroríficamente lento, premeditado en su horror. Esa extraña dimensión llamada tiempo se hizo aún más rara de lo que ya es. Mirábamos al reloj cada diez minutos, pero diez minutos, y en el Bernabéu sólo habían pasado dos o tres. Juraríamos que a la hora del cuarto gol eran ya las dos o las tres de la mañana, pero no, apenas pasaban de las diez y cuarto y en el marcador decía sólo una hora de partido. Con la ventaja que tomó en el primer arreón, al Madrid no le hacía ya ni falta quemarse en su frenesí. Ya no le hacía falta ni frenesí. Frente a un rival demudado, podía tomarse algún descansito y luego volver a lo suyo. Esa tarea, para un equipo de sus recursos, no resulta muy pesada.  
 
En la cornisa. Con el 4-0, la cosa se convirtió ya en una pelea en toda regla. El Zaragoza estaba sobre el alero, y entonces se fue a por el gol que en realidad había necesitado, sin saberlo bien, desde el principio de la acción. Todo el mundo salió de las trincheras, pero el equipo de Víctor no llegaba a terminar las jugadas, se dejaba la pelota, no encontraba el pase, no precisaba el remate. El 6-1 ya no existía, o existía sólo como lo que al fin será, lo que sería de un modo u otro: un recuerdo apasionante, un pasaje magnífico. O mejor, Magnífico.
 
Talismanes. Al descanso todo el mundo en las tribunas de Chamartín estaba seguro de que el Madrid acabaría el trabajo. Sonreía la prensa porque su soflama de una semana había dado resultado, al punto de convencer a un equipo de multimillonarios de una identidad que nadie les hubiera adivinado. Tan seguros como estaban por la mañana Víctor Fernández y Santi Aragón de que el Zaragoza no iba a sufrir. Se encontraron en el AVE y esa reunión prodigiosa casi parecía una magia, un talismán irrefutable. Lo era.
 
Gol legal. Fue en ese momento en el que el partido era más brutalmente apasionado en el que Ewerthon hizo un gol que el árbitro desautorizó. Ese gol era la eliminatoria. Se quiera o no. Se le den al Madrid los méritos que se quieran, o se diga lo que se diga del Zaragoza. De todos modos, cada uno saluda los méritos de los suyos, como sabemos bien desde el 6-1. Ese gol era la eliminatoria. Era la final. Era gol legal. Pero en el marcador sólo cabían los del Madrid. ¿Y qué? Los que importaban aún relucen en La Romareda. Por eso al final, sobre el alero, cabalgaban los seiscientos en el valle de la muerte. Los seiscientos zaragocistas en el Bernabéu. Y cantaban.
 

 

El cielo es azul y blanco

El cielo es azul y blanco Les hicimos seis. 6-1. Yo ya no puedo decir nada.

 

En el cuarto le dije a mi hermano que pensara esto: que la historia había venido a buscarnos para que nosotros la contáramos. Era tonto, pero era cierto. Era emotivo y era verdad. En el quinto rompí a llorar porque supe que volvería con Pedro Luis a una final, porque nos perdimos la de Montjuïc (él se la perdió y yo me sentí más solo que nunca en la gloria). Pedí el sexto para que fuera igual que en 1975 con García Castany, Arrúa y los zaraguayos, un partido que guardo en dvd en casa. Luego hablé con Lorena y no sé ni qué nos dijimos, todo tipo de barbaridades entre risas preciosas. Después llamé a mi querida Cristina y me reí y lloré otra vez porque ella sabe cuánto me alegra todo esto y lo que significa para mí. Crucé decenas de mensajes. "A tus pies, Príncipe", ese fue para Diegol. Escribí para el AS, pero no sé cómo porque todo había sido demasiado intenso, demasiado grande.

 

En la última hora le mandé un mensaje a Pablo, mi amigo, que vive en Australia pero que vio la final en Montjuïc y celebró nuestra memorable victoria, él que siempre fue medio blanco. Le escribí y le dije sólo esto: "Semifinal de Copa, Zaragoza, 6-Real Madrid, 1. No sé qué hora es allá, pero aquí es la hora de los campeones".

 

Papá, les metimos seis y yo estaba allí.

Papá, esta noche hay partido...

Papá, esta noche hay partido...

Cada tanto regresa esta agitación, este anticipo de gloria conocida, la extraña felicidad de que el Zaragoza juegue y pueda ganar, otra vez. El día está vacío. El día sólo es una suspensión de horas innecesarias que el pensamiento aprisiona y empuja adelante como un émbolo, hacia la hora exacta: las nueve, La Romareda, y esa luz salvaje de las noches de partido en el estadio, donde el aire es otro, el añil del cielo dormido es otro, las voces son otras, y la ciudad. Juega el Zaragoza. Hay tres cosas intocables en esta ciudad: la Virgen, el río... y el Zaragoza campeón. Lo dijo siempre de otro modo mi amigo Ricardo: “En Aragón se han producido a lo largo de la historia tres milagros: Goya, Buñuel y la Recopa del Zaragoza”.

Esta noche juega el Zaragoza por la Copa, y frente al Real Madrid. Así que habrá que caminar deprisa hasta el estadio (el templo, le dice Pedro Luis) y admirar de nuevo el borboteante espectáculo de la hinchada recorriendo los mismos caminos de siempre para otra vez llegar al mismo lugar. Esos minutos que preceden al fútbol, los de la gente caminando hacia el campo movida por una fuerza centrífuga, son los minutos que más me gustan. De muy niño mi padre me llevaba a La Romareda muchos domingos y algún miércoles de Copa, y para mí ir al campo era una aventura maravillosa de la que recuerdo esos momentos antes de entrar, una fila de inquietud, el paso adentro y el primer instante en el que, asomado a la boca del graderío mientras él compraba las almohadillas para el asiento, yo veía el césped. Ver el césped me producía una fascinación ilimitada. Relucía como un rectángulo esmeralda bajo los focos y era luminoso igual que un escenario. Nada brillaba más que la camiseta blanca y el pantalón azul.

Muy al principio recuerdo, claro, al Nino Arrúa y a Diarte; a Víctor Muñoz; a Radomir Antic hecho un emperador al fondo, repartiendo balones como globos dirigidos; a Pichi Alonso (al que vi desde el fondo norte hacerle cinco al Español), Amarilla y a Valdano. Una vez encontré a Valdano a la puerta del estadio y se me hizo un gigante. A Juan Señor, un motorcito de fútbol incesante. El pecho abombado de Paco Güerri, la promesa de triunfo de Rubén Sosa, la electricidad de la carrera de Pardeza y ese pie recogido en la forma de un yunque con el que le pegaba y aún le pega... Seguiría interminablemente, porque los personajes se multiplican. Ese río llega hasta hoy y esta noche. Mi profesión me ha aproximado a ellos y los he ido conociendo con retrospectiva admiración. Ocurre siempre: anoche estuve con Xavi Aguado y no pude evitar verlo cabeceando admirado en La Cartuja.

A veces pienso que mi educación sentimental le debe casi todo al fútbol. En el fútbol comprendí que sólo se puede amar verdaderamente lo propio, la tierra que pisas. Que Cruyff o Maradona, mis grandes ídolos, eran como las estrellas de cine, lejanas e imposibles, fuentes de alegría diferida u ocasional. Que la verdadera felicidad la iba a descubrir, de forma confusa, en las gradas del Calderón, una noche de abril de 1986, cuando aquel pelotazo raso de Rubén Sosa tocó en Pichi Alonso (que ya era del Barça) y entró a gol, en una metáfora acabadísima. En París –cuando yo vivía lejos de esta tierra, precisamente en Londres, precisamente el Arsenal- sentí que el mundo era nuestro, de los zaragocistas, de los aragoneses, en los puentes de la ciudad, en el viejo metro que es como una película. En los campos de Marte.Como en París, como en el Calderón otra vez, como en La Cartuja y en Montjuïc. Esta noche. El Real Madrid. Y bajo el abrigo de periodista nervioso que ha de desechar lo íntimo y registrar lo externo, bajo ese abrigo irá otra vez la bufanda azul y blanca de todas las grandes noches, colgando en el cuello del chico que admira aún el brillo del césped al asomarse a la boca del graderío. Papá, llévame... esta noche hay partido en La Romareda.

(*) Foto: Alicia en una de sus primeras visitas a La Romareda. Esa tarde el Zaragoza ofrecía al estadio su última Copa del Rey, ganada al Madrid, y Alicia se fotografió con ella sobre mi césped querido. Era su segundo trofeo: en junio de 2001, aún bebé, ya había tocado la que el Zaragoza le ganó al Celta en Sevilla

 

 

 

La caza del tiburón blanco

La caza del tiburón blanco Si uno ha leído a Herman Melville sabe que Moby Dick no trata en realidad de la caza de una ballena. Si alguien vio el partido de ayer sabe que no se trataba sólo de un partido o de un rival. Que había algo más, un algo más contenido en el aura indestructible de un equipo como este Barça, prodigio de armonía y brutal eficacia. Después de 18 victorias consecutivas del equipo de Rijkaard, el emotivo triunfo del Zaragoza supone la caza del tiburón blanco con arpones de madera, una razzia estruendosa de tres goles en cuatro minutos. Luego vino la manita de Medina Cantalejo, ese penalti inevitable frente a este equipo, la reacción y el gol final de Diego Milito. Queda un partido de vuelta y todo lo que eso supone. Pero antes queda suspendido en el aire helado el sabor de una noche inolvidable, inspirada por el genio inagotable de Cani, por los goles de Diego Milito y Ewerthon. Los leones cazan en grupo.
 
Este partido es para los que no creían, creen ni creerán. También para quienes se niegan a admitir que la tradición del Zaragoza en la Copa del Rey es ya un imperativo. Nada ocurre porque sí. Este resultado se agrega a la serie de noches incontestables. La historia enseña aquel 6-3 al equipo soñado por Cruyff, el 3-2 a los Galácticos en Montjuïc, la media docena que inspiró García Castany frente al Madrid de Breitner, el 4-5 de la Supercopa del 95, el 1-5 en el Bernabéu incendiado. El 4-2 de anoche se inscribe en esa línea en la que todo o casi todo sabe a gloria, porque la estatura del rival eleva el partido a la condición de cacería imposible.
 
Dinamismo

Y además, nadie lo hubiera podido prever. Que ocurriera precisamente así, con ese desapego de la lógica o de la cuerda que traía el partido, con una anormalidad así de resuelta. Ni mucho menos  en un espacio de tiempo tan mínimo. Esa condición (la velocidad, la ráfaga) fue lo más llamativo. Tres goles en cuatro minutos. Por detrás del exhaustivo control del Barcelona y el empeño del Zaragoza en la imprecisión, por detrás de eso estaba Cani como una sombra tras la cortina. Con Ewerthon y Diego Milito.
 
Hubo un anuncio. Pero ese anuncio ocurrió de un modo tan fugaz que pasó desapercibido en la maraña de todo lo demás, del ir y venir a ningún lado y la prestancia del Barcelona en el medio campo, y un par de arranques de Leo Messi por su lado, y alguna patada de Delio Toledo. El anuncio fue un amago de Cani a Diego Milito, un pase incompleto que tenía la misma forma que luego tendrían los goles. A Cani ese pase le quedó en el pie, pero era un aviso. Un riachuelo soterrado. Y de pronto ocurrió. Así, como los tsunamis, como las avalanchas, como los edificios que se desmoronan, como las avenidas de los ríos. Minuto 22: Cani a Diego Milito y gol. Minuto 24: Óscar a Ewerthon y gol. Minuto 26: Cani a Ewerthon y gol. Los tres iguales, contraataques o pelotas ganadas en tres cuartos (allí donde caza siempre el Barça), un pase al espacio y Diego o Ewerthon contra Jorquera. Nostalgia de Puyol o de Valdés.
Pim, pam, pum. El bombardeo sorpresivo, Blitzkrieg Bop, los Ramones, canciones de minuto y medio, hoyo en uno, un sinpa en el bar, el caliqueño de entrar y salir, tres goles en cuatro minutos. Pequeños placeres veloces.
 
Resultó curioso porque, cuando Cani hizo el primer pase y Diego le desgarró el dobladillo por abajo a Jorquera, justo entonces ponderábamos el acordeón del Barcelona. Rijkaard ha encontrado una forma diferente de dinamismo, una especie de noria que no es sino una serie lógica de movimientos. No hay forma exacta de saber quién es quién y dónde aparecerá al segundo próximo. Todo el mundo en el Barcelona ocupa y preocupa espacios. Es un juego de trileros con hombres bajo los vasos. Es una variación de hipnótica armonía. Y sin embargo... tan imperfecta o frágil que Cani la demolió en dos pases.
 
Quizás se sentía estrangulado o estábamos frente a la sugestión que producen los grandes equipos. Frente a ese desasosiego, que se traducía en malos pases, el Zaragoza se sintió algo desvalido, incapaz de acompasar la respiración y su juego. La clave del partido debía estar en la pelota, y el Zaragoza no podía o no encontraba el modo de tenerla. Lo amenazaron primero Messi y un poco más tarde Van Bommel. Luego vinieron sus goles, ya contados, y el resto del partido.
 
Cansancio
Con el Barça todo ocurre velozmente. Una llegada de Gio por la izquierda, un centro, Gaby Milito que no alcanza el cabeceo y Larsson que la toca con la frente al gol. Al Zaragoza le costaría desde entonces cada vez más sujetar a Messi, un tipo con una arrancada fiera, como hemos visto pocas. Ronaldinho no estaba. Tirado a la banda izquierda o en el medio, Ponzio lo sujetó en corto y lo molestó cuanto pudo. El segundo tiempo era una noche interminable. Cuando Messi salió disparado como un balín perdido en perpendicular al arco, después de una pelota perdida por el Zaragoza, el pánico reunió a cuatro o cinco hombres a su encuentro. El argentino entró al área en medio de un torbellino y cayó desordenado. Medina vio penalti de Ponzio. Ronaldinho descontó.
 
El 3-2 redefinió todo, incluso esos cuatro minutos de felicidad que parecían lejanísimos. Recordó lo fugaz que había sido todo. Lo que aún quedaba. Jugadores cansados, ideas fragmentarias, pases inconclusos. El Barça en cuarto creciente. Impotencia o cansancio. El partido de vuelta era una losa. Víctor apuntaló el medio con la entrada de Generelo, y se fue Cani tocado mientras Rijkaard se jugaba todo arriba con Maxi y Ezquerro. Pecado. En el alargue, Edmilson tocó un centro de Cuartero con la mano y Diego Milito se fue al penalti. Disparó el arpón y cobró la pieza. La noche tenía cuatro soles.