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El blues de Riazor

El blues de Riazor

AS, 20 de febrero de 2006

www.as.com 

Deportivo, 1-Zaragoza, 1 

El Deportivo no se acuerda de ganar en su campo y el Zaragoza no pierde fuera. Esa combinación de acordes y desacuerdos dejó un partido gris y lento, de detalles. Diego y Munitis pusieron los goles y Molina, un paradón de antología.

A medias. Otra vez 1-1 y otra vez la impresión repetida del trabajo incompleto, como frente a Osasuna. El Deportivo estaba para el amor. Riazor se le ha hecho un territorio extraño. Hay tardes en las que este Deportivo se parece mucho a lo que entendemos como un equipo de Caparrós, y otras en las que pierde la memoria y queda en un híbrido indeciso entre lo que fue durante años, al mando de Irureta, y una personalidad aún no asimilada. El Zaragoza fue notablemente mejor en algún pasaje, pero le faltó algo de energía, sobre todo en los lados, donde mandan Óscar y Cani. También algo más de salida en velocidad, de pase largo y llegada de Ewerthon. Con un puntito de pujanza, habría ganado. No la tenía y se vio contra diez. Aún arrastra un residuo de la fatiga que ha debido dejar la despendolada campaña de Copa.

 

El verdugo. La indecisión (digamos metafísica) del Deportivo la redimió Munitis con un zapatazo que dejó la impresión intermedia de un golazo o un fallo de cálculo de César. Uno no sabría por qué decidirse, pero casi está por gritar chicharro: vuelo rápido, mucha curva, solución inesperada. En cualquier caso, al Zaragoza no le cae bien este futbolista concienzudo, que en la celebración se sacó la camiseta para taparse la cabeza al modo de un verdugo, y mostró un inesperado torso subrayado de músculos. Recordó a Ned Flanders, el pío vecino de los Simpson: también el ‘lituano’ Munitis ha convertido su cuerpo en un monasterio; y el fútbol, en mayúsculo acto de fe.

 

Gol de autor. En un partido del lejano Mundial del 94, Argentina anotó un gol en una falta al borde del área, un gol concebido en la pizarra exhaustiva de Passarella: se pegó Zanetti a la barrera, luego hizo su cuerpo a un lado para descolgarse y el que sacaba la puso a sus pies, a la espalda del sorprendido muro, y dentro del área. Nadie vigilaba y el balón terminó en gol. Passarella enloqueció de júbilo y hasta entró al campo a festejarlo, porque ese gol era hijo suyo. Ayer el Zaragoza metió el 0-1 con una faltita ensayada, simple como un sidral. Ponzio la mandó muy tocada al segundo palo, con ese efecto contrario que en el golf llaman ‘backspin’, que hace planear la pelota y le recorta el vuelo. Palmeó Álvaro allá, en la puerta trasera del área pequeña, como un colocador de voley, y Diego la terminó. Al verlo, Víctor se fue a por agua en el banquillo con una sonrisa enorme en la cara. A continuación llovieron piedras de hielo y del Atlántico subió un viento enloquecido. Una sombra veló la tarde y el partido en Riazor se hizo moroso como un blues. Hay domingos así de domingos. Sólo faltaba por los altavoces el ‘Sunday Morning’ de la Velvet.

 

Retablo de maravillas. Diego es un futbolista para apreciarlo despacio, a veces con lupa o microscopio electrónico, porque está hecho de minúsculos detalles que se suman como paneles celulares. La imagen final es el rostro y la forma de este feliz delantero de repertorio muy, pero muy diverso. Si miramos los goles que ha marcado (18) vemos un retablo de soluciones. Los ha hecho de todos los colores: de cabeza, de oportunista, de combinación, de disparo, de listeza... Bajo la apariencia rutinaria de cada uno suele haber una pequeña perla. La de ayer fue un giro del cuello fabuloso, para cabecear al otro lado, para darle a la pelota un cambio de dirección de 90 grados. Bajo la figura cargada y el porte desigual de Diego hay un jugador con excelentes fundamentos técnicos. Todos confluyen en una idea única: el gol.

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