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El deporte

Diego el Destripador

Diego el Destripador

Milito asesina despacito a la Real. El Príncipe es el máximo goleador, con Kanouté. La roja a Rivas dejó tiesos a los vascos. Diogo agregó un gol de virtuoso

Real Sociedad, 1-Real Zaragoza, 3

El Zaragoza le hizo a la Real un trabajo quirúrgico de autopsia en vivo, discreta pero atroz, como los asesinatos del Destripador en los zaguanes de Whitechapel. Hubo más y menos que eso: una Real moribunda que en media hora quedó en inferioridad numérica por expulsión de Diego Rivas y el Zaragoza en un contenido ejercicio de superioridad, ese tipo de comportamiento que sirve igual para el elogio que para la crítica. No fue un gran partido, claro, eso lo vio cualquiera; pero sí un partido ganado con una impresión de eficacia casi artera, sobradora. Era tan poquito la Real... Pero ojo, hemos visto encuentro con un contrario que era nada o menos, y no los ha ganado el Zaragoza. Ayer Diego Milito destripó sin prisas al rival con dos goles que confiscan otros muchos detalles. Hay que rescatarlos: el partido chispeante de Sergio García, que viene como un tren alegre, chiflando vía arriba; la sobria autoridad de Sergio y Gabi (ay si no le remataran arriba); el gobierno tranquilo de Celades y Zapater; la silenciosa gloria de Aimar, que late siempre bajo las verdades y las mentiras de un partido. Y ese gol de Diogo, el soldado universal: leve sutileza de barrio chico.

La verdad es que el Zaragoza tuvo pasajes de mucha contemplación y ramoneo, pero esas culpas parecen demasiado minuciosas para un equipo que gana 1-3 con un ensayo de superioridad indudable. Éste va a ser, ya lo es, un equipo generoso en el gol, y quizás no debiéramos olvidar que en los últimos años ese detalle capital ha constituido uno de los más graves problemas estructurales del Zaragoza. Lo que ocurre con los goles es lo que ocurre con el dinero, que cuando se tiene se da por supuesto, algo natural. Y no lo es, no.

Hay más cosas que mueven a la confianza o a un modesto festejo. Hay un entrenador que resuelve los dilemas por la vía del atrevimiento y no por la pacatería, y así puede dormir tranquilo porque al menos le es fiel a sus ideas. No hay que disparar aún los cohetes, claro. A estas alturas no podemos establecer verdades absolutas sobre este Zaragoza. Cualquier tendencia o conclusión puede ser revisada cada semana. Verbigracia: tanto hablar del juego por afuera... ayer D’Alessandro y Aimar se abrieron más a los lados cuando el Zaragoza tuvo la pelota y, sin embargo, eso jugó en contra del equipo. Demasiada lejanía entre la gente, conducciones excesivas, algo de extravío de esa alegría combinativa, veloz, burbujeante, que permite al Zaragoza pasar los medios campos rivales con gentil ingravidez. Si ayer no jugó con brillantez —y eso no es jugar mal— fue por inexactitudes propias, mínimos equívocos. Aun así, tiene ya un buen puesto a estas alturas, tiene a futbolistas en crecimiento, tiene un amplio margen de evolución... Esos no son valores despreciables.

Pase atrás. La Real Sociedad se adelantó por un penalti tontuelo de Juanfran a Kovacevic, otro de esos errores (van tres) que el Zaragoza comete con descuido y frecuencia. Un centro pasado y un agarroncito en el salto... La sentencia la pasó al papel Xabi Prieto con un par de paradinhas concéntricas, una dentro de otra o una detrás de otra, antes de rematar contra César. Esa figura de estilo previa al disparo tiene un doble filo de ventaja y riesgo. Prieto sujetó el tiempo un par de segundos en dos amagues larguísimos, César cayó a su izquierda y el otro le cruzó la pelota al riñón opuesto. Hay jugadores que no conocen el frío en la espina dorsal.

Sin esa concesión del Zaragoza, la Real tenía estrictamente nada. Uno salvaría a Garrido, el concienzudo lateral zurdo, pero vamos, por salvar algo. Bakero se quedó en la división de los espacios, lo que le sirvió para dividir al Zaragoza, fragmentarle el ataque y así limitarlo a una cierta intrascendencia: mucho pasecito atrás, algo de premiosidad. Bakero, que hizo del pase atrás un arte universal, sabe de eso. Pero esas leves victorias estratégicas no iban a tener peso en el partido. Lo que el Zaragoza valió o no lo debió a sí mismo.

Además, Ramírez Domínguez se cansó pronto de ver a Diego Rivas repartir cera caliente. Acerca de las dos tarjetas podríamos hablar horas. Lo cierto es que Rivas dedicó su media hora a serrar tobillos, sin disimulo, confiado en la moratoria del árbitro. Olvidó algo que debe saber cualquier medio centro: para que ese plan salga bien hay que ser Albelda. Ramírez no es buen árbitro, pero por lo visto es un señor sensible y por eso mandó a la ducha al duque de Rivas. Protestó todo el mundo, pero su decisión reposaba en la justicia poética: la deuda con Aimar y los futbolistas obligados a vivir entre cortadoras de césped desbocadas. Puede ser que Ramírez lea a Dylan Thomas...

Sintiéndose incompleto, poco después Ramírez subrayó con el pito un borroso penalti de Prieto a Gabi Milito, a la salida de un córner. ¿O fue una mano? Vaya a saber... Preguntar a los testigos no hubiera servido de mucho: los que vestían de blanquiazul se subieron por las paredes; los amarillos lo habían pedido a gritos, todos a la vez como un coro. Más drama para la Real: sobrio como pared de cal, Diego empató. Diego debe pensar que una paradinha supone una insustancialidad. Le pegó con el torso recto y los pies de frente, como hace cada vez, ocultando el decisivo engaño en ese envaramiento opaco del cuerpo.

Ahí, Bakero quitó a Darko y la Real se plegó como un bicho avisado de su hora final. En lo sucesivo trataría de esconder la muerte en cortinas repetidas de defensas. El Zaragoza le fue vaciando el piso con una larga rueda de peones, para confundirlo a capotazos como las cebras confunden a los leones con sus rayas, hasta agotarlos. El triunfo le llegaría por aplastamiento, por obligación, por fatiga, por cualquier motivo rutinario. Destripó al enemigo sin sombra de apremio, sin ponerle a la victoria más énfasis que la velocidad y la exactitud de Aimar, el fervor de García y la ley de punto final que es Diego Milito. Antes, una simpática frivolidad de Diogo definió el 1-2. En el área pequeña, Diogo le metió un medio sombrero al defensa y luego pasó la pelota bajo la alfombrilla de Riesgo. Apenas después, Aimar dejó uno de esos detalles que hacen del fútbol un retablo de pequeños placeres iluminados: su conducción en la contra del 1-3, y el pase a Sergio, de sencilla apariencia, pero ejecutado con delicadeza en el instante preciso. Hay un solo instante fugaz y hay que saberlo sin saberlo. Aimar lleva escrito ese tiempo en la cabeza. Se la dio a García y éste tiró un centro curvado, el hilo en la aguja. Allá fue el Príncipe: la empaló levemente y dejó a la nena durmiendo en casa. Calentita en el vientre de las redes.

Diario AS, 16 de octubre de 2006
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Reacción suicida

Reacción suicida

Real Zaragoza, 2-Levante, 2

 

El Zaragoza vuelve a la vida con tres defensas - El Levante ganaba 0-2 al descanso - Celades inspiró el empate - El equipo de López Caro perdonó todo

 

Aficionada a la paranoia, La Romareda vio un partido de cuatro caras: dos del Zaragoza y dos del Levante. Demasiado para una sola tarde. Cuatro caras, cuatro goles. Primero los del Levante, cuyo ejercicio de muralla articulada dejó al equipo aragonés como una piltrafa; después los del Zaragoza, que regresó a la vida de entre los muertos por una de esas iluminaciones que han hecho de Víctor Fernández un entrenador singular. Dejó tres atrás e invitó a los suyos a jugar a los héroes. ¿Y a quién no le gusta ser un héroe? Así que el partido se convirtió en un duelo entre la teoría aplicada de López Caro y la intuición animal de Víctor. Eran como Spassky y Bobby Fischer en Islandia, sólo que afeitados.

Como suele ocurrir en el fútbol, todo el mundo tuvo razón en algún momento. Eso determinó el empate. Primero se impuso el tratado de López Caro en el medio campo; y luego ese impulso casi artístico de Víctor. Desesperación obligada, sí, pero había que hacerlo gestionando el tremendismo y sabiendo que cabía la posibilidad del feliz suicidio. Desde luego, no resultaría justo olvidar que al empate contribuyó tanto la resurrección aragonesa (personificada en Celades, D’Alessandro y Sergio García), como el empeño del Levante en fallar goles cuando el Zaragoza iba al asalto como una pandilla de bandoleros embriagados.

Hay quien considera de forma peyorativa la teoría, que puede tomarse como mera especulación, vulgo milonga. Ponerse teórico en el fútbol siempre estuvo mal visto. En este juego no se acepta lo que no se ve, y eso que se puede ver cualquier cosa. Tampoco se acepta bien que uno se ponga religioso, o se acepta con una media sonrisa de conmiseración. López Caro es un hombre teórico y un hombre religioso. López Caro teoriza en el Levante con un grupo heterogéneo de buenos y musculados futbolistas. López Caro, el tío que se tragó el sapo del 6-1. Puede que entrenar al Madrid y entrenar al Levante sea lo mismo, en esencia; pero no es lo mismo dirigir al Madrid y dirigir al Levante. Dijo esta semana: “Sé la teoría para ganar el Zaragoza”. Y aunque nos dieron ganas de ironizar, de verdad López Caro sabía.

Se lo explicó a los suyos, le hizo un círculo rojo a Aimar sobre el nombre en tiza y el Levante le metió dos en 45 minutos a ese muerto de gominola que fue el Zaragoza. Había un personaje graciosísimo en París-Tombuctú, la película de Berlanga, un Juan Diego que hacía de desastrado agente de jugadores de regional y afirmaba despechado: “Me he pasado al mercado del este, porque los negros no defienden”. Esa broma canalla no vale para el Levante. Juega con vigor, disciplina y calidad. Si no se deshace por dentro, será un equipo muy interesante.

Golazos. En el primer tiempo hay que hablar del Levante para hablar del Zaragoza, lo que viene a explicar el partido. Las dos versiones del Levante no fueron en verdad tan distintas entre sí; había al menos un asentamiento teórico común, una idea. López Caro, claro. En la primera parte Camacho interrumpió a Aimar e hizo un golazo que, bueno... no le correspondía. Lo suyo era el trabajo sucio: interrumpir, cortar, pegar, patrullar el barrio con N’Diaye y pedir la identificación al que pasara. Pero vamos, fue un golazo. A Camacho le llovió un balón al borde del área y Camacho construyó esa volea memorable. El gol de Camacho es una historia que contar a los nietos cuando lleguen los días de la mantita en las piernas: “Chicos, un día maté a Aimar y además me puse estupendo y clavé un golazo. Pásame el optalidón...”.

Los demás también podrán contar que contribuyeron al apagón general de un Zaragoza contemplativo, al que apenas soportaba Zapater con un esfuerzo ascético en el medio campo. El segundo gol terminó por ser una consecuencia lógica, porque el Zaragoza se moría y además parecía que le daba cierto gusto: no acertaba a reaccionar y tampoco ponía mala cara, como de disgusto. Sin embargo, a los 25 minutos Víctor ya mandó a calentar a Óscar y Celades, y eso anunciaba el cambio de Ponzio. El argentino había largado un pelotazo fantasma a la línea, pero él y Aimar se llevaron la peor parte del día. Hay quien ya grita que el Zaragoza necesita más creatividad en La Romareda. Celades agregó razones, si lo miramos así. Veremos qué piensa Víctor Fernández.

Vuelta a la acción. Mientras Víctor ya imaginaba el segundo tiempo, llegó el jugadón de Ettien que terminó Kapo. Estupendo futbolista, hay que decir. Con el balón y sin él, de los que saben dónde hay que ir. En ese 0-2, el Levante expresaba una eficacia quirúrgica que luego perdería, para su condena. Cuando Víctor dejó tres defensas (aunque Diogo valió por dos), los levantinistas se pusieron golosos y fueron a por el caramelo con los ojos en blanco, como un oso a por la miel, tirando zarpazos. Se deshilachaba el Zaragoza en su fantástica demencia y salían en tropel cinco o seis jugadores del Levante al contraataque, anunciados por un galope como de manada de ñus en campo abierto, una percusión grave y profunda. Pero Riga, Tomassi y Kapo se empeñaron en que no marcaban. Y no marcaron, oye. Ese error de indulgencia animó la crecida aragonesa, un clásico en la escenografía de los zaragozas de Víctor. Este equipo cree tanto en su gracia que a veces olvida la necesidad de otras virtudes. Tiene el carácter alegre y frágil, cambiante. Por ahora juega medios partidos y con eso no basta. Con medios partidos alcanza para la clase media y la media tabla. Si quiere más, debe dar más. Regularidad o solidez. Términos feos, como Tomassi, pero necesarios.

 

En fin, el empate lo inspiró Celades con su guante de seda, como avivando el debate del medio campo. También hizo el 1-2 en un disparo mordido que Molina no alcanzó. Contribuyó asimismo Sergio García, que le dio velocidad punta arriba y puso otra carta sobre la mesa. Ewerthon vive en el área y es su vida; Sergio goza de un estado espumoso y juvenil que lo hace ahora mismo un jugador considerable. Y desde luego ayudó D’Alessandro, con su imaginación de dibujo animado y esa agilidad gomosa de las piernas. Subido en el entusiasmo, el Zaragoza le hizo al Levante el asedio de Stalingrado. 45 minutos a toque de corneta en estado de delirio. Hubo un penalti por mano de N’Diaye y un manotazo vulgarísimo a Sergio Fernández. Los dos se los comió Teixeira con la alegría despreocupada de los malos árbitros. Luego Diego Milito firmó el empate y tal. En el fútbol el valor de los puntos es como el tiempo, una cosa relativa. Al final nadie supo cómo tomárselo.

Diario AS

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Payaso feliz

Payaso feliz

 

Pablo Aimar ya es jugador del Real Zaragoza para las cuatro próximas temporadas. El fichaje se cerró la pasada madrugada por algo más de 10 millones de euros. Todos cumplen su deseo: el Payaso deja el Valencia para venir a Zaragoza, como era su anhelo; Agapito cumple su palabra de darle un crack mundial al equipo... lo que no hizo Soláns en diez años; Víctor tiene al jugador deseado; y la afición, a un futbolista elegante, sutil y competitivo, formidable en su mejor versión. Aimar eleva la estatura del Zaragoza, a todos los niveles, lo sitúa en un estadio superior por cuanto el argentino (26 años, en la flor de su carrera) supone un futbolista de referencia. No en vano y a pesar de todo, ningún otro jugador de la plantilla del Valencia ha vendido tantas camisetas como Aimar. Y luego está lo principal: si uno va el domingo al campo y sabe que en el césped va a estar Pablito... bueno, ya va con otra cara.

Un club vivo frente a un club muerto

Un club vivo frente a un club muerto

El emergente Villarreal se va a llevar a Cani, perla de un club al que Soláns le ha negado cualquier vuelo, constriñéndole todo atisbo de crecimiento en el aspecto futbolístico. Un Zaragoza abocado al aburrimiento, la desgana y la desilusión.

 

Alfonso Soláns parece empeñado en que el zaragocismo interprete su salida del club como una liberación, el final de un secuestro de las ilusiones, la tradición y la dignidad de casi 75 años de historia. En diez años de presidencia, Soláns ha disparado contra todos esos valores como si no tuvieran ningún significado. Empezó vendiendo a Gustavo López al Celta y termina con este trabucazo de Cani y el Villarreal, un adiós que supone un epílogo terrible de su mandato, que está expirando.La gente no asume este empequeñecimiento del Zaragoza, que ya parece nada contra cualquiera. Se nota en las encuestas estos días en los medios: ¿Quieren a Víctor Fernández? Sí, dicen al unísono. ¿Les parece bien que se marche Soláns? También. La defensa de Soláns estaba basada en la resignación, que también es muy aragonesa: presuponer que era el único presidente posible porque aquí nadie más las pondría. Y otras falacias. Ahora resulta que los clubes que se endeudaban no han descendido ni desaparecido. Y que el Zaragoza acumula 48 millones de pérdidas. Y que en el Paseo de Sagasta había un tío, llamado Agapito, que las va a poner. Así que mucha gente, la que callaba apelando al provinciano argumento feudal o al espíritu del vasallaje, acepta que había más opciones. ¿Mejores? Eso se verá. Aquí hasta las farolas alumbran con escepticismo.

 

Empobrecimiento

Soláns deja un club al que ha constreñido al fichaje de jugadores libres (Savio, César o Celades), cedidos (Movilla), en estado de liquidación (Ewerthon), procedentes del corralito argentino (Milito, Ponzio, Toledo), descendidos (Óscar, Diego Milito) o de Segunda (Álvaro, Villa). La venta de Cani resume y concluye el estilo de la era Soláns. En los setenta, el Villarreal militaba en Segunda B y debía sortear un 131 Supermirafiori para sacar dinero. En esos días el Zaragoza era ya campeón de España y de Europa, y tenía a Arrúa. Ahora viene de rozar la final de la Champions y compra a Cani. Es la imposición de un club dirigido con viveza, dinamismo e ilusión, frente a otro de identidad en suspenso, desinteresado y triste. Este escenario muestra que aquí lo primero no es el fútbol, sino la cuadratura del círculo de los balances, el enjuague de pagarés que vencen, el urbanismo, el devaneo político. O sea, el juego subterráneo. Y Cani va por la superficie, pelota pegada a la hierba, la cabeza arriba. A veces el fútbol produce metáforas exactas.

Diario AS, 19 de mayo de 2006

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[Nota: Por aclamación popular de un par de buenos amigos (y) periodistas, reflejo el artículo de hoy sobre la inminente venta de Cani al Villarreal. El Zaragoza está que arde. Mi cabeza también. No sé qué sacarán Agapito Iglesias y sus amigos, los compradores, de todo esto, ni cómo terminará su mandato Soláns... pero de momento a mí me han reventado las vacaciones y eso no se perdona fácilmente. Dejar a una chica preciosa esperando en el estribo camino de Venecia o de los embrujos de la Andalucía atardecida está rigurosamente prohibido. En todo caso ocurre al revés, según vimos bajo la lluvia en la estación parisina de Casablanca. Así que más vale que Víktor Laszlo y su gente se pongan a fichar y merezca la pena el cambio. El tiempo pasará... Lo de Cani, me temo, ya no tiene remedio. Lo de Venecia tampoco. Es la última fechoría].

Luis no es Aragonés

Luis no es Aragonés

Someto a consideración popular la lista de Luis Aragonés para el Mundial. Los que van en mayúsculas son los que yo cambiaría en el improbable caso de que alguien me pidiera opinión. Si me pongo generoso igual hasta digo los sustitutos. El que se anime que dé la suya y debatimos alegremente en la tranquilidad de que nunca se demostrará si teníamos razón o no. Si nadie opina entenderé que la Selección no interesa gran cosa, lo que no me sorprendería porque a mí mismo me aburre un poco. Me he dado cuenta porque siempre me suena a lo mismo y sin embargo hoy he leído que sólo repiten cuatro futbolistas desde el último Mundial.
Ahí van los chicos de la Furia (?) ordenados por puestos:

Porteros
Casillas, Reina, Cañizares.

Defensas
Sergio Ramos, MICHEL SALGADO, Puyol, MARCHENA, Juanito, PABLO IBÁÑEZ, ANTONIO LÓPEZ, Del Horno.

Medios
Xavi, Iniesta, Cesc, MARCOS SENNA, Reyes, JOAQUÍN, Luis García, ALBELDA, Xabi Alonso.

Delanteros
RAÚL, Torres, Villa

 

[Foto: el atribulado Luis, camino del Mundial con la cabeza bien alta].

Verbena de fin de curso

Verbena de fin de curso

Mallorca, 3-Real Zaragoza, 1
Diario As, 14 de mayo de 2006
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Para la gente del Mallorca una permanencia es un triunfo de fuegos artificiales, porque el equipo que llegó a la Champions y a la final de Copa hace unos años fue descapitalizado poco a poco o a bocados, y lo que queda apenas da para un ejercicio anual de supervivencia y las exhibiciones del torrencial Arango, un jugador no sólo interesante sino muy apetecible. Para el Zaragoza el encuentro suponía sólo la despedida, el largo adiós que viene desde el 12 de abril. Se presentó adelgazado en Son Moix, con sólo tres jugadores de campo en el banquillo, Álvaro tocado, Gabi Milito en Argentina, Zapater y Capi de centrales, Diego suplente, Cani en medio del camino a ningún futuro, Movilla de boca en boca y tal.

Esa disonancia de ánimos quedó retratada en el fútbol. El Zaragoza tuvo instantes de tiqui tiqui que parecían animarlo, pero en general... bah, fue apenas un buñuelo de viento. Además se comportó con una mortal impericia en la defensa. Es decir, fiel a sí mismo hasta el último día. Eso puso el partido en los pies de Arango, delantero con aspecto de asaltador de caminos, de furtivo o buscavidas. Arango no presiona, acecha. Con la pelota tiene zancada de gacela y un sentido casi animal del peligro. Pero ese aliento de selva venezolana esconde a un tipo refinado, como el buen salvaje de Rousseau después de un par de cursos en Cambridge.

Para la recauchutada defensa del Zaragoza, Arango compuso un interrogante gigantesco. Porque además Arango te llama a que lo salgas a buscar a la pradera, en campo abierto, y ahí logra emboscarte con su velocidad, con la intuición, ese paro y sigo, dos pases. Ha marcado once goles con el de ayer. Es uno de esos tipos que te sostienen en Primera a poco que los demás no se hagan los locos. Por eso Manzano le ha pedido al presidente que no se lo venda. Porque si lo vende y le exige la permanencia, Manzano se va a sentir como un prisionero en la plancha de los piratas.

Los tres goles del Mallorca (y otro que le anularon a Pisculichi que... en fin) califican para la verbena que hubo en las gradas de Son Moix: después en las gradas, antes en la defensa del Zaragoza. Verbena de primavera, con la banda de metales del lugar interpretando Paquito el chocolatero, que sería la forma castiza del Rock and Roll del extravagante Gary Glitter, esa canción que sonaba siempre en el United Center de los Bulls. Música de ánimo y comunión. Arango madrugó en el primero a César y los dos centrales, que hicieron un breve ridículo acabado en gol. El de Farinós llegó al segundo remate, tras una frivolidad de Zapater. En ese estado de derribo de la defensa aragonesa, Yordi salió e hizo fortuna con su estilo directo. Fortuna y el tercer gol.

El Zaragoza pasó por el partido sin pisar demasiado. Tuvo dos nombres, Savio en la primera parte y Lafita en la segunda. El brasileño marcó el empate con carambola en Ballesteros. Su último destello murió en el descanso, sustituido. Víctor puso a Diego arriba y retrasó a Lafita a la banda. Y Lafita participó, llegó, disparó... Atrás se reconoció a sí mismo. Fue el único detalle de un Zaragoza crepuscular y mediocre.

Maravilla mortal de Llorente

Maravilla mortal de Llorente

Athletic, 1-Real Zaragoza, 0

AS, 4 de mayo de 2006

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Una genialidad del delantero le dio el gol a Yeste - El Zaragoza mereció más, pero se estrelló en los postes

Ah, bueno... entonces resulta que era todo cuestión de que el presidente entrase al vestuario. Ahora resulta que Alfonso Soláns va a ser el doctor Roberts, ese dentista que inició a los Beatles en el caleidoscopio de la lisergia y al que le dedicaron una bonita canción ácida. Soláns también debe tener efecto reconstituyente, igual que lo tendrían un central cabeceador o un lateral que jugase con las botas en el pie correcto. Les dijo cuatro cosas a los chicos antes de viajar y lo de ayer fue bien distinto. Se vio desde el primer momento. Luego la cosa puede salir cara o cruz, oyes, que esto es fútbol. Salió cruz, pero Bambi quedó enterrado, les rugió a los leones, la pelota giró viva y todos movieron su cucu, que era de lo que se trataba tras estas semanas de desmayo general. Para los que no creen en el lenguaje interno del fútbol, hecho de costumbres, de un idioma diferente; para los que pensaban que no tiene significado que un presidente viaje con los suyos, que se haga carne en las buenas o en las malas, que aproveche el uso simbólico y real de su presencia como autoridad... Para todos esos, queda esta ecuación: bajó Soláns a la arena un día y al siguiente el Zaragoza fue otro.

En esta vida todos somos profesionales, todos. Algunos de la ganancia fácil, el mangoneo o la  vagancia, es cierto, pero profesionales. Eso no garantiza nada. Por eso hace rato que se inventaron las broncas, los incentivos, el premio, el cachete y los discursos en los despachos. Pasa en las empresas y en las familias. Uno nunca quiso suspender o dejar los estudios, pero en cierta ocasión mi padre tuvo que ponerse ante mí y frenarme la molicie y el cachondeo, que iban ganando el partido, con una sola frase: “¿Tú qué piensas hacer?”. Fue oírlo y oír un despertador. Pues así ocurrió con Soláns. Los jugadores saben bien sus obligaciones, pero habían quedado atrapados en un conveniente olvido involuntario y Soláns los devolvió al tema con cuatro palabritas de tono contemporizador, pero dichas como hay que decirlas. Nada de estoy hasta el gorro y puñetazos en la mesa. Contundente contención.

Que el partido de anoche lo ganase el Athletic y no el Zaragoza se debió únicamente al genio o la invención aisladas, que nadie puede controlar. Una virguería de Llorente, impensada en un chico de su talla, sobre la línea de fondo. Dejó atrás a dos defensas atándoles el sentido en la cal, para entregar un pase atrás que Yeste tocó a gol. La memoria de la célebre jugada de Butragueño en Cádiz se hizo inmediata. Quizás para Miguel Pardeza más que para nadie, porque Pardeza vio ese instante desde el área pequeña, y con insistencia de rematador se empeñó en abortarla pidiéndole al Buitre que le diera la pelota. Pero el Buitre la terminó solito y entró con ella por una gatera que había junto al poste. Un gol así sólo lo puede anotar alguien como Butragueño, esa suerte de hombre silencioso que nunca estuvo allí.

A Llorente y a Butragueño los hermana un cierto gesto adolescente, malvada gracilidad blanca. Como de efebo que enamora a Dirk Bogarde en Muerte en Venecia. Si esa máscara juvenil los aproxima, más cosas los alejan. El jugador del Athletic avisa de su presencia desde lejos, el rizo ligero como remate de una osamenta afilada. No como el escurridizo Emilio. Un buen amigo escribió: “En algún momento el reloj de Butragueño y el de los defensas marcaban horas distintas. En ese hueco se colaba Emilio Butragueño”. Era así  exactamente. Llorente entró igual por el ojo de la aguja, por esa hora extraviada que no tenían Gabi Milito y Ponzio. La dio atrás y fue el 1-0 sin lógica alguna.

Clemente había puesto a Llorente en el campo por Amorebieta, y lo reunió con Urzaiz y Etxeberria para darle forma a la amenaza y espantar la desesperación creciente del Athletic, que estuvo formalmente en manos del Zaragoza. No le bastaba con el regreso de ese otro adolescente detenido que es Julen Guerrero, uno de los misterios insondables del fútbol. Llorente, Urzaiz y Etxebe suponían la reunión de todos los estilos posibles. Dórico, jónico y corintio; románico, gótico y barroco. A Javier Clemente le convenía cualquier solución, porque el Zaragoza llevaba todo el partido con cara de gol, tirando contraataques mortales y encontrándole siempre la puerta del jardín abierta a Murillo y Orbaiz, los febriles pivotes.

La gente del Athletic y la crítica querían esa reunión antes, al principio del partido. Por eso Clemente decidió lo contrario, para que no lo acusaran de hacer feliz a alguien o bien de que otros supieran igual o más que él. Al final, los otros tenían razón. El Zaragoza mereció varios goles y el Athletic sólo uno, si hubiera anotado el penalti que correspondía a una mano bastante notable de Ponzio que desvió el remate de Isma Urzaiz. Pero el partido tuvo, desde el inicio, el nombre de Diego Milito, reencontrado en La Catedral pero discutido con el gol. Diego hizo todo lo posible para darle sentido final al partido. En un cuarto de hora remató dos veces a la base misma del palo. La segunda negada por un fuera de juego imaginario. La primera, en un giro de tobillo precioso para dirigir lejos de Lafuente un centro de Savio. La tercera al inicio de la segunda mitad, tras pase de Ewerthon. Como cuando se encontraban en los días felices de la Copa.

El dúo pudo hacer diana también cuando la liebre persiguió evanescente un despeje de Capi y se presentó ante Lafuente. No le pudo pasar la pelotita por arriba. El Zaragoza de la Alfonsina fue el de sus mejores días. En lugar de gol encontró madera, pero también el orgullo o la dignidad. Lo acabó esa maravilla mortal de Llorente, el niño asesino, que lo dejó como a Dirk, moribundo y rijoso en la hamaca otoñal de la playa en Venecia. Mirando al sol indeciso sin mucho interés. Cercado por la peste o por el final de esta Liga que no lo ha perdonado.

Descanse en paz

Descanse en paz

Real Zaragoza, 1-Espanyol, 1
Diario AS, 1 de mayo de 2006
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El Zaragoza está muerto - No revivió ni frente al Espanyol, ni con el gol inicial de Ewerthon - Partido de siesta al sol - Jarque hizo un empate de oro

En el minuto de silencio sonó Albinoni en honor de don Antonio Beltrán, el cronista oficial de la ciudad; pero bien pudiera haber sido por el Real Zaragoza, que está muerto hace rato o en hibernación hasta que el nuevo año, las otras luces, otras voces, otros ámbitos, otro entrenador o lo que sea que necesite le devuelvan el hálito y lo demás: la gracia, la velocidad, la alegría, a Diego Milito, el gol. Sabemos que el equipo no ha regresado de la final del Bernabéu y que no lo hará ya esta temporada. No se le autoriza tampoco la impunidad del sonámbulo. Ni siquiera abrió un ojo con el Espanyol enfrente, y eso que el Espanyol compone la encarnación de todos los traumas de esta primavera sangrienta.

El problema no es ese, el problema es de incapacidad. Ahora podemos colgar en la plaza a los héroes del año, si así lo queremos: a Diego, a Óscar, a César Sánchez que ayer no estuvo, a Celades, a Víctor Muñoz, al que construyó el equipo y a quien pase por la calle y mire de reojo. Hay cosas raras. Como despedir con una ovación a Toledo cuando cinco minutos antes le han silbado a Óscar. Bien está que cada domingo recomienza la historia, pero bueno... La gente tiene la soberanía, pero es una soberanía sobre su propia opinión y no sobre la verdad. Ni siquiera sobre las decisiones. Opina pero no decide. Deciden otros. O sea, que como soberanía no alcanza.

Antes del 12 de abril estábamos todos convencidos de que seríamos campeones con la gorra y que el único destino de este equipo era la gloria frente a esos patanes del Espanyol. Ahora resulta que no vale ninguno ni para coser colchones. Y el nombre coreado es el de Movilla, porque no está. El que no está suele ser el mejor. Si es mártir, más. La verdad es que el que no está es Cani. Quizás con Cani el problema sería exactamente el mismo o parecido, estaríamos viendo a este Zaragoza desenfocado, pero uno puede imaginar que sería otra cosa. El equipo ha quedado hueco de ideas. Mudo. Y Cani siempre tiene algo que decir.

El Zaragoza no consiguió imponerse ayer ni siquiera con el gol de Ewerthon a los nueve minutos, que suponía una ventaja sobre la que construir algo. Pero el equipo no tiene alma, es inmaterial. Está vacío y helado como una cueva. Ya dijimos que esta revancha era de mentira. En la Copa no hay revancha. Revanchas son lo del boxeo, que llega el que te ha calzado la hostia de tu vida y te permite la posibilidad de que le calces tú otra y encima le quites el cinturón. Claro, también cabe la posibilidad de que te atice otra. Revanchas hay en el tenis al mediodía con los amiguetes. Revancha si acaso es cuando uno se levanta a la mujer del prójimo si antes ha sido suya. Sí, amigo, tú te la llevaste pero ahora te quedas estos biseles non stop. O sea, vigílate el gálibo vertical cuando pases bajo una puerta...

Disculpen el estilo digresivo. No hay gran cosa que contar. Sólo se advierten dos posibilidades: entretener el tiempo sin caer en la histeria; o arrasar con todo, lo que decíamos antes. Incendiar a este equipo y a todo el que ande cerca. En el primer caso hay que fijarse en los detalles, y detalles hubo pocos ayer. O los hubo raros. El partido tuvo más elipsis que Centauros del desierto. Esa figura que tan bien manejan algunos cineastas. John Ford, Douglas Sirk, algunos clásicos. Espacios de tiempo resumidos en un cambio de escena, en un fundido en negro,  y que cuentan la mitad de la historia. La sustancia está en ellas.

También en el fútbol, a veces, el contenido se oculta en lo que no ocurre. En el minuto 9 ocurrió el gol de Ewerthon, una combinación más veloz que el ojo perezoso del cronista. Savio, Diego y Ewerthon, liberado frente a Gorka. Anotó su gol número 20 del año, 12º de la Liga. Y desde el 9 al 41 hubo una tarde de sol que se derramaba sobre las planchas de uralita del viejo estadio. Eso y nada más. La elipsis que cuenta la historia verdadera del partido: dos equipos para el amor. En el 41 vino un disparo rotundo de Gabi Milito que Gorka sujetó con manos blandas y piernas enredadas, así, así. Antes el conjunto de Lotina se deshizo en la memoria de Iván de la Peña, alguna faltita sobre el área de Fredson y el estilo agónico de Tamudo, al que Zapater salió a buscar desde el puesto de central como un mercancías. Álvaro no estaba y había que hacer el personaje. El aragonés tiró un par de veces a McGyver y, aunque Tamudo parecía muerto, se levantaba enseguidita. Valiente histrión. Si va a Inglaterra, como dicen, lo van a odiar. La moral protestante del fútbol británico no admite simuladores. Ahora, a Tamudo lo anima ese odio. Lo alimenta.

Viendo el caso, Lotina agitó el banquillo como una hucha a ver qué caía. Algún ahorro. Cayó Juanfran. Savio se estaba desperezando (cuando lo dejaba Sergio Sánchez, que se pasó la tarde agarrándolo y tirándolo), y eso era aviso de un imprevisto 2-0, porque al brasileño le basta con un ojo abierto. De hecho armó una con Ewerthon que concluyó de pase maravilloso a la liebre de ébano. Éste voleó con el alma pero afuera. Juanfran estiró el perfil de águila leonada y largó un balón a Tamudo que el mozo no enganchó, pero que actuó como despertador. Sacó a la gente de la siesta, y a la gente le molesta que la despierten en una tarde como ésta, cuando está babeando el cojín o la almohadilla, con un campanazo así. Empezó la bronca. No mucha. Bueno, algo. A Óscar. A Toledo no. A Víctor sí. Cantaron unos a Movilla y otros silbaron. Los españolistas, “¡campeones, campeones!” y el campo, “¡a Segunda, a Segunda!”. Escaramuzas. Tamudo se escapó y disparó fuera con el ángulo muy cerrado. Segundo aviso. Entonces, en un balón colgado, Diego falló el despeje, otros le siguieron y la pelota quedó picando, perdida en el área. Esperando, como una frase inacabada... Jarque la terminó con un pelotazo a la red. Ese tanto suponía oro licuado para el Espanyol. Para el Zaragoza no era nada. Así están las cosas. A este patético final de temporada no lo redime ni la nostalgia.

 

Foto: Jarque viene gritando el empate del Espanyol, precedido de una cadena de errores humanos en la defensa del Zaragoza. Para los pericos el punto es oro puro porque los aleja del descenso.