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El deporte

Aimar canta como Gardel

Aimar canta como Gardel

Real Zaragoza, 3-Nàstic, 0

Golazo decisivo e inspirador del genio - Óscar sentenció en cinco minutos - Portillo y el Nàstic fallaron arriba - El Zaragoza sigue en Champions

Hubo un tiempo en que los grandes futbolistas eran grandes futbolistas, no sólo imágenes de marca, ensoñaciones mediáticas o comerciales. Un tiempo en que los jugones eran primos de los chupones, los embusteros y los mingafrías. Todo el mundo sabía distinguirlos de los jugadores formidables, los más grandes, esos que no se detenían en el ejercicio de estilo, que hacían lo accesorio y lo decisivo, lo bonito y lo determinante, lo intermedio y lo final. Aimar procede de ese tiempo aunque haya nacido en éste, aunque quizás nadie sepa dónde está su cielo y si alguna vez lo veremos alcanzarlo. O quizás lo hizo ya y no lo supimos.

Porque es un poco Bartleby, a veces, un jugador misterioso, al que no le va la rotundidad escénica. Discreto, atardecido en los gestos, pero tan bueno, pero tan tan bueno... A veces Aimar toca la pelota con esa insoportable levedad suya en zonas intermedias del campo, y parece que ese mínimo gesto no ha tenido mayor importancia, pero uno distingue en él un modo distinto de hacer las cosas, la naturalidad del fenómeno, que deja una solución que es al mismo tiempo una solución y un involuntario tratado de estética. A veces Aimar cruza un trecho del campo con la pelota hilvanada entre los pies y todo se hace silencio a su alrededor, incluso la alarma de los contrarios al verlo escapar. Una quietud de belleza. En otras ocasiones le sale un fogonazo, el balón hinchado de gol. Como dijo el relator acerca de Diego: todo roto, igual es Gardel.

Hacia el minuto 49, uno podría elevar cualquier hipótesis sobre lo que iba a pasar en este partido de necesidades contrarias. Algunas de esas hipótesis, desde luego, guardarían cierta esperanza para el Nàstic, que estaba haciendo muchas cosas para reventar su condición de equipo atrapado en una paradoja: juega bien y ordenado, planta cara, tiene estilo y carácter... pero no tiene gol. Aunque está Portillo, ese chico al que le decían Portigol (hablábamos de ensoñaciones mediáticas), al Nàstic le falta la suma final de todas las operaciones. Makukula en el banquillo, recuperándose de una lesión. Acaba de fichar a Rubén Castro, otro joven prodigio. Pero el Nàstic va a necesitar algo más que el reconocimiento de sus contrarios si quiere sobrevivir. Se trata de un equipo generoso pero vulnerable, el más goleado de la Liga. Y muy incierto cara al gol. Ayer contó hasta cuatro o cinco ocasiones bien nítidas en la segunda mitad. Mientras contaba, el Zaragoza decidió un partido que pudo ponerse incómodo y que acabó en rotunda goleada.

Lo resolvió Aimar, como cualquiera sabe, a los cuatro minutos del segundo tiempo, en una escena en la que el argentino pudo recordar a cualquiera de los grandes medios de todos los tiempos. Quizás a Schuster, a Breitner, a Alemao, a Maradona, a Arrúa, a Redondo, a Sócrates, a Señor. A todos o a cualquiera. A muchos más. Aimar robó con guante blanco y condujo en perpendicular. Siempre es igual: mientras lleva la pelota, su cuerpo anuncia posibilidades mentirosas y hace descartes a velocidad de crucero. Eso confunde a los defensas, que no saben si recular o bien entrarle a saco voltearlo. La vacilación de los chicos del Nàstic finalizó con un balonazo mortal desde el balconcillo del área, que Rubén vio pero no vio. Ni siquiera iba esquinado, pero tenía tanta mentira en el golpeo que el meta del Nàstic bizqueó. Sólo enfocó la pelota, con todos sus colores, cuando ya estaba dentro de la portería.

 

García por Ewerthon. Hasta entonces el fútbol del Zaragoza no había sido suficiente. Le faltaba algo en todas partes. Arriba, Diego vive ya sometido a unos rigores defensivos siberianos, vigilado por uno y por varios. El Nàstic tiró su defensa bien adelante, a 35 metros. Eso suponía un panal de miel para Ewerthon, pero el brasileño se lesionó en el minuto 36 y entró Sergio García, aclamado por la grada. Antes, todos incurrieron en un buen número de fueras de juego. El Nàstic tiene bien aprendidos algunos recursos. Lo favoreció el asistente de ese lado, que era de los de muelle flojo.

El Nàstic no jugó mal, sólo que jugó incompleto. En el primer tiempo César le negó abajo una a Pinilla; y en el segundo acumuló varias más. Sacó muchos córners, circunstancia que impulsó un argumento resignado de Luis César, su entrenador. Algo de razón no le faltaba, pero los saques de esquina sólo entusiasman en Inglaterra, donde la tradición ha convertido esos tiros en un anticipo de gol. Mientras el Nàstic se iba quedando en el molde generoso de sus buenas maneras, mientras acumulaba córners, Portillo o Gil cruzaban remates o Pinilla sacaba un gol (!), el Zaragoza hizo lo sustantivo: pegó y mató, en un juego de cuchillos voladores que también define a los conjuntos de Víctor Fernández. Uno empieza a creer que en estos años Víctor ha mejorado el tránsito que Cruyff le pedía a Laudrup hace años: de lo artístico a lo eficaz. Los equipos de Víctor juegan bien, sí, pero sobre todo juegan a ganar. Una diferencia vital o decisiva.

La resolución tuvo que ver con Aimar y con la aparición enérgica de Sergio García, que le pone a su juego una madurez de adolescente. Dicho burdamente, está que se sale y hay que darle carrete. Sobresalió incluso en un equipo creciente. Diego boqueaba en busca de aire en un partido sin oxígeno para él, pero atrás los zagueros rugían, Piqué y Sergio cabeceaban todo, Ponzio se dejaba la vida y ponía fútbol, Juanfran estaba agrandado, Movilla y Zapater crecían como una marea de tarde. Aimar ya era una maravilla constante. Todo eso quedó reunido cinco minutos, sólo cinco minutos después del golazo inspirador del Cai, cuando el Zaragoza subía ya como una pura oleada de espuma. Óscar acabó a placer en el segundo palo una jugada algo tumultuosa para firmar el segundo. Óscar suma tres goles, pero aún no sabe cómo celebrarlos. El pase lo cruzó de rastrón Movilla, desde el lado derecho del área. A esas horas había gente en todos los lados del campo. El tercero se demoraría un ratito, lo suficiente para perfeccionar la frustración del Nàstic. Lo trajo García subido en una bicicleta perversa, con la que retrató la ingenuidad del Nàstic. Luego la envió de fuera adentro y Piqué le puso la zurda con destreza rara para un defensa.

Y así se fue la tarde, otra tarde hacia la Champions. Así el otoño es menos. Caen las hojas y aguanta el Zaragoza. Aimar impregnó todo con su aroma de fútbol de siempre, de futbolista grande de toda la vida, y reunió en los titulares cada idiosincrasia argentina: Aimar fue Gardel, Aimar fue Maradona, Aimar fue Fangio, Vilas y Charly García. Aimar fue Carlitos Monzón con el puño de hierro. Aimar fue Evita y su rodete de cabello güero. Y su palabra: Pablo Aimar volvió y fue millones.

Diario As, 20 de noviembre de 2006
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El misterio Aimar: un caso para Philip Marlowe

El misterio Aimar: un caso para Philip Marlowe

[Este texto apareció publicado hace un par de semanas en la revista Mediapunta. Nació como un encargo algo abstracto y pronto derivó en un juego a medio camino entre el periodismo, la literatura y el fútbol. El cometido del periodista consistía en dar respuestas acerca de lo que llamaríamos el misterio Aimar: el presunto caso del futbolista diletante. Después de darle muchas vueltas, recurrí a esta fórmula algo arriesgada y aún más singular. No sé si los argumentos acaban por ser convincentes o si el texto enmascara esos defectos. A mí me pareció una honrosa rendición. Si no podemos dar respuestas, al menos podremos entretener. Quizás sólo me divirtiera yo mismo al escribirla. Se la dedico a Pablo Aimar, el genio de los domingos].

La otra tarde recibí una nota con un desafiante pedido del editor: “A ver si desenredas el misterio de Aimar”, decía. Pronto supe que éste sería un caso para Philip Marlowe, pero Marlowe no estaba en su oficina cuando lo telefoneé. Es sabido que atiende de 12.10 a 12.30 del mediodía, y que a esa hora casi siempre lo aguarda en la antesala del despacho una rubia liviana que viene a traerle problemas. Así que enfrenté el asunto de Pablito yo solo. El encargo asumía que hay de verdad un misterio Aimar, alguna clave enigmática que desentrañar en la figura del jugador número 8 del Zaragoza. Uno lo mira y observa a un jugador prolijo, casi transparente, en todos los aspectos. Su fútbol tiene una claridad cristalina, armónica, elevada en las formas pero despojada de artificios. El dorsal no ayuda: cualquier otro número permite una entrada y una salida, pero el 8 juega a hacer sobre sí mismo un bucle que, vuelto sobre un costado, dibuja el anagrama del infinito. Me quedé pensando y concluí que esos signos eran poco benevolentes. Anunciaban problemas.

Comencé por reunir algunos datos conocidos, los obvios. Marlowe lo hace. Sinteticé la ficha en unos pocos folios y, como suelo tener la nevera como una cueva, fui a comprar algo de comida china en el establecimiento de la esquina. Me recibió una muchacha de flequillo recto como una cortina, a la que no conocía. Los chinos siempre están cambiando de lugar. Mientras daba cuenta del cordero con salsa agria de soja en un recipiente de cartón plateado, leí que Pablo César Aimar había nacido en Riocuarto, en la provincia argentina de Córdoba, el 3 de noviembre de 1979. Su padre fue futbolista y él ha seguido esa pequeña tradición, primero en River Plate, luego en el Valencia, también con Argentina y ahora en el Zaragoza. Subrayé este mismo nombre a la izquierda de una gotita de salsa que había ahuecado el papel en fina transparencia, y le agregué una anotación en tinta roja: “¿Por qué el Zaragoza?”. Seguí leyendo...

Cuando desperté sobre el sofá tenía un regusto amargo en la boca, como de digestión inacabada. Los restos de la comida estaban aún en la mesa baja del centro del cuarto de estar y los papeles de Aimar habían resbalado sobre el piso, desordenados. La pieza olía como un recipiente de cartón plateado lleno de salsa. Debí de dormir al menos un par de horas. Me di una ducha y me aseé el rostro, mientras recordaba en el duermevela haber entrevisto a un Aimar campeón del mundo Sub-20, perseguido después, cuando se hacía algo más grande, por figuras informes que repetidamente le trituraban los tobillos o se reían de él con bocas muy grandes y con muchos dientes. De las gargantas surgían enjambres de moscas. La única imagen que reconozco como cierta es una tapa de El Gráfico en la que Aimar, luminoso con una sonrisa aniñada, posa vestido de River Plate junto a Javier Saviola. El título restalla como un neón intermitente y onírico: “La rompen, la rompen, la rompen, la rompen...”. En otra escena del sueño, Aimar permanece quieto en el centro de un escenario, bajo una luz demoledora. Frente a él está Maradona, que alternativamente lo abraza y luego, al separarse, alarga un amplio dedo y con él le apunta al pecho: después el Diez, con un movimiento mecánico, echa la cabeza atrás y se carcajea de Pablito. La escena tenía lugar frente a una muchedumbre en penumbra y Aimar trataba de escaparle al minucioso foco con un gesto de contrariedad no demasiado enfático. En mi cabeza el ruido crecía paulatinamente: unos gritaban que Aimar era una promesa mentirosa y otros lo idolatraban en voces conjugadas.

La estrella al revés
“Tienes que presentarme a Aimar”, me dijo una amiga con la que cené aquella noche. Y se mordió el labio inferior al repetir el nítido apellido. “Aimar... preséntamelo”. Había bebido demasiado, pero la petición me resultaba familiar. No era la primera vez. Pablito Aimar es atractivo para las rubias o las morenas. Durante las cuatro mañanas siguientes estacioné el coche bajo una sombra a la salida del entrenamiento del Zaragoza y lo observé. Un prodigio de discreción. Callado, taciturno a veces, su modo de vestir muestra a un chico medianamente joven, de esencial desenfado, sin molestos intereses estéticos. No se viste con ropas de la marca que lo patrocina, ni lleva camisetas de moda llamativas, ni se hace el extravagante. Unos vaqueros nada tendenciosos, una camiseta de algodón oscura, unas deportivas... así todo. Esos indicios me confirmaron que Pablo Aimar es la estrella sin énfasis, el ídolo invertido, libre de entusiasmos ni imposturas.

Lo había intuido el día de su presentación en Zaragoza, cuando ante miles de seguidores rebosantes de ilusión enseñó dos caras. Primero, la parquedad de un carácter tímido frente a un estadio que lo aclama. Segundo, la precisa inteligencia de un jugador de fútbol que escucha las preguntas y piensa bien (y rápido) antes de responder. Reflexioné sobre esto mientras tomaba un gimlet en el Gregory’s. Al segundo vaso anoté en mi libreta: “Si bien Aimar parece distante o bien desinteresado en las entretelas públicas del fútbol, no se permite la ligereza ni por un instante”.

Apoyé esta conclusión con una frase recogida en una entrevista reciente en la que le interrogaban acerca de la renuncia de Riquelme a la selección argentina: “Lo tratan como a un ladrón. Parece que en la Argentina es peor un futbolista que juega mal un Mundial que un político que roba. Para opinar sobre su decisión hay que estar en su piel. Gracias a Dios yo no vivo de opinar. Sólo lo echo de menos como persona”. Esas frases aproximan a Aimar, un muchacho honesto al que le duele el juego de Hollywood que es el fútbol. Bajo sus palabras asoma una educación de cierta estatura moral. Y hacia el final, se presenta indudable el Pablo Aimar sencillo, que preferiría escapar de algunas obligaciones y regresar al barrio con los amigos con los que jugaba al fútbol.

Bartleby, el centrocampista
Cualquier jugador que no se comporte de acuerdo a los cánones es acusado de nihilismo. El nihilista más adorable que conocí fue Marcos Vales, un futbolista de extrordinarios perfiles al que Aimar me recuerda un poco, aunque en otro nivel futbolístico. Marcos, un tipo fenomenal, parecía adoptar siempre de forma involuntaria la postura del Bartleby de Herman Melville: sí, podría ser un tipo que la rompiera, pero... parece que él preferiera no hacerlo. Ahora que se ha ido Riquelme, otro incomprendido, la Argentina vota por Aimar como su mejor sustituto. Pero el Payito desestima sin palabras cualquier misión de carácter mesiánico. No que prefiera no hacerlo, no; es que ese empeño en la heroicidad le parece innecesario.

Él sabe que no existe tal cosa en el fútbol. Aimar alcanzó su cima en los días del Mundial de Corea-Japón, cuando Argentina tenía su ritmo. Como todos los grandes jugadores argentinos del momento, su trayectoria describió un ascenso rapidísimo, jalonado por todo tipo de comparaciones maradonianas y exabruptos ditirámbicos bien raciales. Después llegó a España y comenzó el tobogán en Valencia. Entonces vinieron las preguntas. Las dudas. La esperanza incompleta. Ganó un par de ligas, una UEFA, una Supercopa... pero crecía la sombra sin remedio: lesiones, acusaciones de fragilidad, intermitencias con el banquillo. Claudio Ranieri lo dejó afuera más que nadie. Su idea se resume en este pensamiento atroz, que se atrevió a hacer declaración: “Aimar pesa 60 kilos. No puede jugar tres partidos seguidos”. Esa sentencia dejaba planteado el misterio Aimar, que se conformó hoja a hoja, con el paso de los días. Hasta hoy. Anoto: “Qué difícil es ser Maradona sin ser Maradona”.

Ahora Aimar se busca en Zaragoza. ¿Por qué Zaragoza? Digo: ¿Y por qué no? Un hombre suele querer una cierta paz interior y la felicidad no se alcanza sólo de un modo, o todos haríamos lo mismo. Vi a Aimar frente a España y me pareció raro que ahora, de repente, haya que llenar la imagen de Riquelme, un futbolista que en la albiceleste siempre pareció bajo sospecha. Ranieri no ponía a Aimar; Bielsa no ponía a Riquelme. Eso es todo. Todo el misterio. ¿O no?

Al llegar a casa encontré en el buzón un ejemplar gastado de un diario argentino, con una nota adherida en la portada: “Busca el reportaje a Aimar y entenderás...”. Pasé las hojas mientras aguardaba al ascensor. Subrayado con uno de esos rotuladores fosforescentes vi este diálogo entre el periodista y Pablito:

-En el barrio, de chico, ¿soñabas con jugar en River y con Argentina?

-Es que yo jamás soñé con jugar al fútbol. Hay gente que no me cree, pero es la pura verdad. Hoy vivo lo que me tocó vivir y no puedo decir que me haya desilusionado o sorprendido. Yo empecé a jugar en Río Cuarto porque lo hacían mis amigos y llegué a Buenos Aires porque vinieron algunos de ellos. Después, estando acá, me di cuenta de que podía jugar en un club grande y ganar plata.

Me pareció que esas frases resolvían el caso, si hubiera alguno. Al llegar arriba me tiré en el sofá. Examiné otra vez la nota de mi comunicador anónimo: no había ninguna firma en el post-it, pero me pareció que esa letra despareja era del bueno de Philip Marlowe. Con una media sonrisa, me serví un gimlet y prendí el televisor. Pasaban un partido de los Yankees. Aún no me puedo creer que el pitcher sea chino: eso sí que es un misterio.

octubre 2006
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D'Alessandro paga esta ronda

D'Alessandro paga esta ronda

El Cabezón decidió igual que en la ida. Sólo Tote puso algo de inquietud en el Hércules. El Zaragoza creció tras el descanso. Y Ewerthon, otro golito

La trama de un partido como éste -la trama es la historia que corre oculta por debajo de la acción, digamos- tiene que ver con la consecución de un gol, y sobre todo con la forma en que cada equipo ejerce esa búsqueda. No hay más, y de ahí que los partidos tiendan a ponerse premiosos, porque los equipos saben que lo arbitrario acecha en la Copa. En la elección de si juego así o juego asá no interviene tanto el factor estético como otros valores algo más abstractos: la sinceridad, el cinismo, la necesidad, las percepciones del superior y el inferior, las singularidades matemáticas de una competición como ésta. Dicho en términos cotidianos: el Zaragoza tenía la obligación de manejar el partido y tal vez encontrar ese gol aludido en largas argumentaciones con la pelota. Enfrente, el Hércules aparecería dispuesto para una dialéctica de opuestos. Lo suyo sería encontrar una ocasión perdida en un partido al que antes obligaría hacia lo insustancial, jugándolo con un adormecedor rigor táctico y en la aplicación de todas esas virtudes con las que los equipos de menor tamaño tienden a compensar los desequilibrios. Así que, mientras el Zaragoza movía la pelota con un cierto ritmo que pronto entraría en decadencia, el Hércules aguardó a esa ocasión que todas las noches procuran.

Tuvo una. Tuvo dos. Las tuvo Tote, y se las fabricó él solito con destreza de artesano hippie, esa clase algo canalla que le ganó acusaciones de indolencia por tirar rabonas en el Bernabéu. Cosa para la que, según los delimitadores de las primaveras, no tenía edad. La fortuna o no de Tote como jugador, naturalmente, no tenía nada que ver con eso, sino con cuestiones algo más esenciales. En cualquier caso, Tote tuvo dos jugadas cuando más se aplanó el partido (una volea muy habilidosa y un cabezazo apenas peinado) que le debió sacar César en intervenciones estupendas. La del pelotazo picado a los pies, más que difícil. Y ahí se acabó la suerte o la esperanza del Hércules, que jugó un partido concienzudo pero no mucho más.

Lo mató la mano de piedra del Zaragoza, que consiguió en el descanso sacudirse el desmayo y vencer por nocáut. Apenas despierto por la serenísima agitación de Sergio García y un par de culebreos de Lafita, el Zaragoza empezó el encuentro animado, pero se almidonó sin remedio. Sólo Lafita y un zambombazo de Ponzio hicieron algo de ruido, pero en general el Hércules no padeció. Doblaba la vigilancia en los lados y sin la pelota practicaba un repliegue sin disimulos. El aburrimiento paulatino del Zaragoza le permitió ganar posiciones en el medio y avanzar un tanto, pero sin dispendios.

En realidad, el partido se acabó en un cuarto de hora de la segunda parte, cuando Víctor cambió de bandas a Lafita y D'Alessandro. Esa variación y una ligera subidita en los ritmos generaron una fila de desequilibrios que culminarían en el primer gol: un centro muy tocado, muy intencional, muy listo del creciente Lafita desde el flanco derecho, Agassa que se confundió en la salida y el rechace para D'Alessandro. Mandrake cazó la mosca al vuelo, la agitó en el aire y la disparó contra la red. Antes ya había pegado una volea inverosímil, hecha de efectos que Agassa conjuró como pudo.

Lo demás se jugó mirando al Camp Nou. Por ejemplo, el cambio de Diogo y Sergio García, que será titular en el Camp Nou a pesar de que Ewerthon hizo la suya cuando el Hércules se descosió. El brasileño interpretó otra vez su mejor papel, el del hombre invisible. Apareció en una indecisión de los centrales y clavó el segundo de disparo bamboleante. Otro golito. Otro argumento. Otra ronda de lo mismo. Paga D'Alessandro.

Diario AS, 9 de noviembre de 2006
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Díganme señor García

Díganme señor García

La Romareda aclamó al joven Sergio - El catalán inspiró una trabajosa victoria - El Getafe cayó con 10 y con honor - Goles de Diogo, Diego y Ewerthon

Sergio García se fue del campo elevado en el clamor de la gente, ganada para la admiración de este futbolista diverso y profuso, al que sólo le falta el gol si es que le falta algo. Sergio no había firmado ninguno de los dos que en ese instante determinaban la victoria del Zaragoza, pero a veces la esencia no está contenida en la ficha, que es fútbol liofilizado en números, para consumo de esa ciencia tan rara que es la estadística. Los números no son la verdad, pero no se lo diga usted a su hijo si le importa que apruebe las Matemáticas. Eso sí, compense con algo de ficción imaginativa, póngale vídeos de Curro Romero, señale para sus ojos los pequeños detalles que componen la verdad íntima de las cosas. Algo habrá de quedar. Si no responde, habrá tenido usted un pedazo de madera, pero igualmente los chicos son adorables. En La Romareda la gente tuvo ese algo romántico para apreciar que, aunque los goles no llevaran el apellido de Sergio, la victoria lo tenía por padre putativo: estuvo en todo lo sustancial, hasta hacerse él mismo la sustancia. Y la grada le gritó el nombre al despedirlo: Sergio, Sergio, Sergio. Su partido parecía proclamar: ya no soy Sergio, el chico del pelo pintado. Ahora, díganme señor García.

Cualquier otro futbolista se hubiera confundido con esa suplencia táctica del Calderón, pero el señor García regresó a la titularidad con el mismo ímpetu con el que sale disparada una bola de cañón. Las bolas de cañón no tienen memoria. Lo suyo es el futuro, en el que siempre cabe un petardazo mortal. Sergio salió al campo y se puso a tirar desmarques hacia los lados y entre las bambalinas de la defensa, subido en la línea del fuera de juego, suspenso en la cuerda invisible como un funambulista, con la pértiga cruzada sobre el regazo.  Cuando huele el área, García larga la pértiga y cruza el espacio. En el camino siempre se le ocurre algo diferencial, a veces decisivo.

En el minuto 11, Sergio Fernández lo alcanzó a ver al otro lado, bamboleándose entre las torres del Getafe, temerario en la cuerda como un Bordini colgando feliz de la torre de La Seo. Le mandó la pelota al abismo y García fue a por ella sin pensarlo, y le propuso una carrera a Pulido, como haría un niño. El defensa del Getafe tenía ventaja, pero vio de lejos al Pato Abbondanzieri y le pareció que estaba más cerca, como si la escena se produjera bajo el agua. Así que cuando tuvo que darle el pase, las distancias reales se le mezclaron con los deseos y el aliento desbocado de García. Pulido tocó atrás y se quedó corto. Luego vio a García adelantarlo por la derecha, en explosiones sucesivas,  y comprendió que tendría que tirarlo porque ese chico enloquecido iba a madrugar al portero. Ese chico se iba a meter entero en el gol, con la pelota en los pies. Así que Pulido, derrotado, lo tiró al suelo. Y vio la roja.

Orden y juego. La Romareda había vivido un inicio febril, con el Zaragoza cruzado por el entusiasmo. En esa efervescencia, 80 minutos contra diez suponían una promesa de victoria, y la gente quiere más victorias cuantas más victorias tiene. Pero la tarde se quedó parada de pronto. Al Zaragoza se le hizo más difícil jugar frente a diez que frente a once, porque el Getafe mezcla orden y fútbol con una naturalidad en absoluto afectada. Obligado a forzar una mueca defensiva, perdió  iniciativa y posesión, pero se compuso tan bien que por momentos pareció que podría aguantar siempre. Tal vez lo animase una rara convicción: que también podría ganar con diez. Y la sostuvo con esa cierta pasividad mentirosa de los que piensan en emboscarte. Durante media hora, el Zaragoza trató de vencerlo con paciencia, ganando pequeñas batallas. Se vio que está más maduro y asume mejor los distintos partidos que hay dentro cada partido.
Ese largo periodo lo reventó el gol de Diogo. Y van dos. Dos golazos. El uruguayo es el soldado universal, un recluta de élite que hace de todo. Lo mismo pilota un avión que dirige una carga de infantería. Se maneja con arma automática o a bayoneta calada. Desmonta un contraataque a pelotazos o hace el sombrerito de Anoeta. O la volea de interior con la que puso en ventaja al Zaragoza ayer, a la salida de un córner. Víctor se había pasado el primer tiempo sacando gente del área en los saques de esquina para arrastrar defensas y hacer algo de vacío. En ese espacio neutro encontró Diogo el gol.

Pero tampoco esa desventaja sacó de sitio al Getafe, un conjunto adusto al que resulta imposible adivinarle las emociones o las debilidades. Víctor ya había sacado a calentar hacía rato a Longás, porque veía que eso que llaman repentización podría ser un valor principal. Toño Longás apareció justo con el 1-1, un penalti señalado a Diego Milito por jugar al churrová en el área con Belenguer. El del Getafe subido a la grupa del argentino. Turienzo pudo pitar lo que quisiera: churro, media manga o manga entera. Dijo manga entera, para no quedarse corto, y Manu, un grandón engañoso, le metió la manga entera a César.

Entonces salió Longás, que vino a sumar juego y acabó por multiplicarlo con su gloriosa naturalidad, hecha de privilegios técnicos e inteligencia. Todo licuado, da un pase, un corte por anticipación (el que acabaría en el gol de Ewerthon), una descarga para el otro lado, un ritmo armonioso de fútbol. Movilla había agitado el árbol, Óscar fue aquí y allá, Zapater respiraba por siete en el medio campo, Longás lo derribó con pases finísimos como hojas de afeitar. ¿Se puede tirar un árbol con una cuchillita? Se puede, sí señor. No hace falta un hacha. Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo. Dadme tres (Sergio, D’Alessandro y Longás) y habrá tres goles. Todo se ordenó veloz: Sergio le filtró una pelota a Diego y Diego escapó. Su finalización al palo largo sirve para explicar qué es un gran goleador. Lo dijimos una vez: un tipo capaz de guardar el equilibrio y enhebrar el hilo en un tren desbocado que entra a un túnel en la noche. Diego la bajó de pecho y, pese a estar fatalmente desprendido a la izquierda, la puso en la cruz opuesta.

Quedaba un cuarto de hora. Mucho tiempo para un chico como Longás. Demasiado para el Getafe. Se fue García sobre el final, subido en un viento de idolatría, y surgió Ewerthon de la sombra. Pero no hay sombra para alguien como él. Antes de decir buenas noches tenga usted, Ewerthon convirtió un robo de Longás en el zapallazo que fue el tercero. Por si alguien había tenido la tentación de olvidarlo. Sigue siendo el tipo más rápido de nuestras vidas. Su aparición define al Zaragoza: una reunión de felicidades en franca y provechosa competencia.

Diario AS, 6 de noviembre de 2006
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La otra cara de la luna

La otra cara de la luna

El Zaragoza gana con un estilo distinto - Aguante, poco fútbol y un gol redentor de Óscar - César lo salvó antes - La victoria lo pone en Champions 

El partido nos enseñó que Víctor Fernández tiene más caras de las que le imaginábamos. Y también el Zaragoza, por extensión. También puede ganar, según vimos, quitándose fútbol, sin Aimar y con suerte. Cuando uno verdaderamente quiere llegar lejos en una competición, más allá del ejercicio de estilo, necesita este tipo de valores. El Atlético se quedó tieso. Es apenas un equipo industrioso, que parece ir extraviando ya todas sus convicciones. A los puntos, el encuentro era de poco fútbol y empate, pero esa otra cara del Zaragoza le rindió tres puntos que lo ponen en la Liga de Campeones. Champion-lí que diría Gil.

Las condiciones estaban dadas de antemano. Con el Atlético enfrente y el Zaragoza sin Celades ni Aimar, el centro del campo se convirtió en una mina a cielo abierto. Allí bajaban los hombres, las caras renegridas en infaustos ascensores, como un ejército educado en el silencio y la frustración. La lírica del esfuerzo no existe salvo por luminarias como Fritz Lang y su Metrópolis. Al rato de ver un partido de fútbol hecho de interrupciones y emboscadas en el medio campo, uno se pregunta sobre el sentido de todo aquello. Si no mandan las porterías y no hay algo de alegría, un niño que corra por el valle, algo, no hay nada. No queda nada.

Había dos niños, Lafita y Víctor Bravo, entre la montaña de hombrotes. También estaba D’Alessandro por el otro lado, y pleiteando, pero D’Alessandro viene a ser el Bola, uno de esos procaces de once años que derrapa errecincos trucados en las curvas de tierra del barrio. Y el Kun en el hospicio, como un expósito. Dos niños en la banda izquierda, que es la ciudad de los muchachos, buscando su sitio entre esos hombres de cabezas afeitadas o cabezas trapezoidales o cabezas con miradas amenazantes. Eran Costinha, Luccin, Maniche, Movilla, Zapater. Malcarados. Luego resulta que la peor patada la dio el Kun Agüero. Es la teoría del niño que delinque obligado por la sociedad. Pobre.

Naturalmente, la primera media hora tuvo un sentido meramente industrial. El Zaragoza salió a presionar bien arriba, con los dos medios hostigando y uno de los delanteros metido siempre entre los creadores del Atlético. No era una mala idea, tácticamente hablando: ese espacio que rodea al círculo del medio es donde se escribe la letra pequeña de los partidos. Lo raro era ver al Zaragoza en ese ejercicio de contrarios: esperar un poquito y dejarle al rival que venga, que se acueste un poco hacia delante. Mentirle un poco para después contarle la verdad.

Que Víctor Fernández se pusiera así no lo teníamos contemplado. ¿Víctor porfiando por un empate? Vamos a pensar que el tiempo y la edad corrigen o empeoran o matizan o mejoran. O lo que sea que hace el tiempo, que dicen que lo cura todo. Qué mentira tan conveniente. El caso es que de las intenciones del entrenador avisaba la inclusión de Ewerthon en la alineación titular. Víctor quería amagar al equipo en su campo y aprovecharse de los espacios. Alejar a los medios matraca de Aguirre y así someterlos a una discontinuidad que luego había que aprovechar. Pero nadie lo hizo hasta la segunda parte. El entrenador terminó calculando bien todas las coordenadas o la jugada le salió perfecta. El gol final de Óscar (otra redención pequeña para un hombre en horas bajas, limpiado ayer) favoreció el planteamiento de Víctor. Quizás el Calderón, sin Aimar, no era sitio para hacerse el simpático. En el Calderón había que ganar. Con un 0-1, todo lo extraño extraña menos.

Ni un tiro. Nadie hubiera dicho a esas horas en la mina que el Zaragoza encontraría cómo hacerlo. Constreñidos los dos equipos en las obligaciones intermedias, pronto quedó claro que el traje de este domingo le quedaba mejor al Atlético que al Zaragoza. Galletti se puso sinuoso como una chica peligrosa. Un remate suyo de cabeza ayudó a dibujar un prodigioso despeje a César. Luego el hombre de gris se tiraría en palomita a un disparo de falta de Antonio López, y la figura en el aire le resultó tan artística que recordó a aquélla de Miguel Ángel frente a Austria en el Mundial 78. Esa parada deberían pasarla una vez a la semana en los telediarios. Si no, los chicos crecen sin valores concretos.

Luego César estuvo también en lo menor, puños fuera y ese pleito con Costinha. Qué cara de malo tiene Costinha. Y qué mal juega. Era un partido disputado entre el grisú de la mina, y no hay quien haga fútbol con esos cascotes con linterna encima. Además, desaforados todos en el esfuerzo de horadar la tierra, nadie se acordó de que conviene de cuando en cuando ponerles un balón a los de arriba. Es verdad que los de arriba son unos vividores, pero la jerarquía es así. Manda el gol. El medio campo constituye un proletariado relativo. Hay que aceptar que en esas posiciones, el cuerpo está al servicio del club.

El Zaragoza no tiró en toda la primera parte y el Atlético apenas encontró a Torres ni sus amigos. Como no podía ser de otro modo, eso cambió después. Al final el fútbol, como el agua, regresa a los caminos naturales. Se hizo una cierta luz, corrió algo de viento fresco por el medio campo y la cosa empezó a moverse, con un cabezazo peinadito de Sergio que avisó al Atlético. Como los partidos tienden a acusar dinámicas pendulares, en ese cambio ganó el Zaragoza. Es raro que dos equipos estén contentos con el mismo partido. Al Atlético le tocó entonces ponerse a pensar y no encontró palabras. Y además, Aguirre hizo una de esas de entrenador al quitar al joven Víctor Bravo, un zurdo puntilloso, con un uso magnífico de los espacios y muy cariñoso con la pelota. Por la misma lógica de edad luego se fue Lafita, aunque éste pudo tener más razón porque había dejado un despliegue espectacular, un deseo adolescente que fue educando conforme pasaban los minutos. Cuando lo quitó Víctor, llevaba un rato siendo el mejor del Zaragoza en ataque, el más osado, echándose defensas a la cara. Le faltó terminar una, apenas...

En realidad, es lo único que le faltaba al Zaragoza, que poco a poco ganó la batalla de las impresiones. La impresión más clara decía que podía hacer un gol en cualquier momento. Ewerthon se perdió uno. Salió García para agitar la botella de gaseosa. Para cuando Óscar dio con esa combinación de Diego Milito en el portal del área, ya parecía que el encuentro quedaría sumido para siempre en el empate sin goles y que los hombres regresarían del trabajo con una mínima derrota de tristeza en la cara. Pero Óscar guardaba otra pequeña historia. Un gol, una pequeña redención.

Diario AS, 30 de octubre de 2006
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Diego dispara a la cabeza

Diego dispara a la cabeza

Real Zaragoza, 2-Betis, 1 

El Príncipe cazó al Betis y lanza al Zaragoza arriba - Robert descontó con un golazo - La lesión de Aimar dejó huérfano al equipo - Edu vio la roja 

Aimar camina por el campo de fútbol con un candil prendido en la mano, igual que Diógenes, buscando un hombre pero sin esa impostura filosófica del barril y la higiene desatenta. En general busca un hombre que lleve su misma camiseta, y lo busca para darle la pelota o, si acaso, darle un gol, que es la felicidad en este juego. A Diego Milito le entregó ayer el segundo del Zaragoza después de una jugada de fascinante punteo: primero lanzó el contraataque por el carril central, en una muestra más de su prodigiosa lectura de los espacios. Luego tiró una combinación con D’Alessandro, después entró al área por la puerta lateral, allí recogió la sutil pared y salió otra vez hacia fuera: dejó tirado a Rivera, luego a Nano y, de vuelta, le cambió el sentido el balón para cruzar entre la defensa un pase de gol. Milito hizo el 2-0.

Si se explica la jugada con ese detalle es por dos motivos. Primero porque, vista desde el punto de vista del Zaragoza o desde el punto de vista neutral, esa reunión de placeres que dibujó Aimar fue para encargar un marco y poner la jugada sobre la cómoda; mirarla por las noches y rezarle. Una fascinación tras otra, todas tan armónicas que duelen sólo de verlas. El otro motivo tiene un alcance más global, porque la luz de Aimar definió en buena medida el partido: sin el Cai, que se marchó lesionado en el descanso, el Zaragoza extravió el camino, y el Betis se despertó cuando nadie lo esperaba ya.

La verdad es que el Betis había empezado bien el partido. Tuvo pasajes prometedores y un primer pelotazo de Wagner que restalló en el lado de fuera de la malla como un aviso. Había salido bien dispuesto y supo por dónde encontrarle la vuelta al Zaragoza, que sin la pelota aún es un equipo medio esponjoso, sobre todo por el medio y por afuera. El balón de Robert al green que vigilaba Diogo lo encontró Wagner en ventaja. Se le pusieron los ojos como platos, pero la largó al lateral. Son las cosas de los equipos de Víctor Fernández, un entrenador que siempre prefiere pensar en lo que pasa más que en lo que pueda pasar. O sea que, puestos a priorizar, le importa lo que haga su equipo con la pelota, y no tanto lo que podrían hacerle sin ella. Es la diferencia con los cagones.

Lo cierto es que el Betis pudo hacer daño. Anunció un encuentro de detalles tácticos y peligro arriba, a pesar del presunto adelgazamiento de su ataque. Sin embargo, en el minuto 12 encajó el 1-0 en un balón medio tonto en el área, un balón que las defensas deberían pulverizar pero que fatalmente tocó Sergio de cabeza. Quedó blandito en el área y Diego Milito, de modo prosaico, un poco a la Gerd Müller, lo mandó al gol. En medio escorzo, y bien pegado al palo. Es esa cosa serial que tienen los goleadores, que enseguida se ponen golosos. Milito lleva ya siete goles en siete jornadas. En seis partidos, porque se dejó uno por lesión.

El tanto le arrancó todas sus convicciones al Betis, que se había visto tan bien... Se arrugó un cachito y eso incendió al Zaragoza, que se puso a jugar a velocidad de ángel. La velocidad de Aimar. Pablito vino al medio y desde ahí dobló el partido en tres amagues, dos fintas y cuatro pases, fabricó el 2-0 y se metió la noche en el bolsillo, hecho de fantasía. Cuando se quedó en el vestuario, llenó a los suyos de una duda que era pura melancolía. En ese hueco de los relojes se coló Robert para lanzar desde la izquierda un jugadón prodigioso: Robert escapó como un fantasma y acabó hecho carne en el balcón del área, desde donde clavó un globo de agua a la escuadra.

Hasta ahí, el Betis estaba con diez por la expulsión de Edu, acusado de un codazo medio invisible. Estaba confuso y con su medio campo hecho trizas, pero Irureta le dio cuerpo con Capi y Vogel; y Robert le agregó sentido con su golazo. El Betis desmintió todo lo anterior, tuvo al Zaragoza sedado y si no llegó a más fue por asfixia y porque el Zaragoza tenía atrás a Gabi Milito hecho un Tarzán. Otra vez con una impresión radicalmente contradictoria, el equipo aragonés se durmió en Europa. El Betis se había llenado de dignidad durante 45 minutos, pero la dignidad no puntúa. Contra los goles de Milito, es nada o casi. Es el infierno por abajo.

Diario As, 22 de octubre de 2006
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Diez cositas sobre el derby

Diez cositas sobre el derby

 

Últimamente no creo en casi nada, salvo en el estilo futbolín de Diego Milito: el cuerpo envarado y todas las pelotas a la caja. Lo aviso para el que observe demasiado escepticismo en estas diez consideraciones. O las que sean. Voy:

  • Xavi, Iniesta y Deco en el medio... La alineación de Franklin Rijkaard era para salir al campo, saludar desde el círculo e irse a casa sin jugar. Reunía tanta grandeza el gesto que no se lo podía someter al juicio de un partido. Lo que pasó les pasó por no irse.
  • Xavi no puede jugar de cinco, igual que Guardiola no podía jugar de diez. Iniesta me parece un pasmao, el niño de Los Otros. Creo que hace algo sustancial una vez cada seis meses, más o menos como yo. Alfonso me objeta que "siempre elige bien": lo animo a que lo lleve a concursar al Un, Dos, Tres.
  • Diarra es un petardo. Emerson, dos. La Liga española, que está hecha de cinco equipos principales y un largo batiburrillo pastiche, posee sin embargo un nivel medio tan alto que desnuda a muchos tipos como éstos, que han vivido emboscados en la atlética mediocridad que propicia el fútbol de hoy.
  • Lo mismo, multiplicado, vale para Gudjohnsen. Camacho lo tiene, dice, por un magnífico delantero, lo cual nos pone en guardia. Siempre dudé del privilegio que la liga inglesa reserva a los escandinavos. Los Hyppia, Solskjaer, Gudjohnsen, Bjarne Riise y tal. (¿Riise era lateral del Liverpool o era ciclista?).
  • Silogismo: que juegue Gudjohnsen y Saviola esté en el banquillo equivale a echar a Saviola y luego fichar a Maxi López.
  • Me crece la sospecha de que los italianos y asimilados son nostálgicos involuntarios. Los sacas de su medio natural y se quedan en la mitad: hablo de Zambrotta, Thuram y Cannavaro. Aquí y ahora, entre los tres no descalzan a Rafa Márquez.
  • A Van Nistelrooy lo tengo por una farola. Como tal, a las horas convenidas por el programa informático se ilumina y cae un gol. Pero no deja de ser una farola.
  • El Madrid no es ni la mitad de divertido sin Ronaldo. Y no hablo sólo del fútbol, hablo del teatrillo, del juego de Hollywood. Una de las imágenes más entrañables que puedo imaginar es ese banquillo de Capello con Ronaldo y Robinho, que parece su sobrino el pequeño, cascando pipas. Los veo y me dan ganas de que salgan y ganen ellos solos.
  • Uno de los milagros más consistentes del fútbol reciente es que el Barcelona ganase la Copa de Europa con Puyol y Oleguer de defensas, más Valdés en la portería. Si alguien me guarda una explicación no obvia (lo buenos que eran los del medio hacia arriba) que chifle.
  • El lunes pasado, con el cadáver de Getafe todavía caliente en la carretera, que diría García, anuncié en un programa de televisión que jamás será emitido que el Madrid ganaría el derby. Para que quede constancia de mi visión periférica, mañana lo recordaré en otro programa de televisión que jamás será emitido. En fin, la historia de mi vida...
  • Exclusiva demoledora de Manolo Lama en El Larguero: se ha suspendido el entierro de Raúl.

[Foto: Raúlo entró así anoche en casa a las tantas, con el resultado en la mano. Dicen que venía corriendo desde el Bernabéu con ese mismo gesto sostenido, sudoroso Castellana arriba, sin sacarse la camiseta ni nada].

Puro Esnáider

Puro Esnáider

Esa mirada incesante que examina el fotógrafo Alfonso Reyes (sobraría la entrevista que sigue), tiende a variar los tonos como un mar, ocultando a la multitud de hombres que siempre hay en el mismo hombre. Franca o distante, nunca resultó fácil adivinar si tras ella había un tumulto interior o la lejana alegría de un goleador idolatrado. La vida de los futbolistas -vista por la gente, vista por la prensa- siempre es una versión incompleta de la verdad. Un profesional, creo, debe recordarlo para recordar que sus verdades nunca son absolutas, que el título de periodismo no otorga razones concluyentes. También la gente debería saberlo. Pero son cosas que se olvidan y luego vienen los dramatismos y las escenitas, que hacen de la trayectoria profesional de un futbolista, a menudo, el viaje repetido de un péndulo: los más queridos serán los más odiados. De todos los principales de la Recopa, Juan Esnáider fue el personaje más acabado y al que menos traté, pero esta conversación diez años después me ratificó algunas intuiciones y me permitió descubrir aspectos que ignoraba. En mi recuerdo, Esnáider está envuelto en un frío silencio de desinterés, roto por los gritos de gol o por los gritos que lo acusan de haberse ido primero y de haberse borrado después. Si a la vuelta de los años esta entrevista en AS reúne algún mérito, se debe al personaje, a su sinceridad, que hace revancha con aquellos pasajes que nunca quedaron bien explicados, o quedaron explicados con artera parcialidad. No es probable que quien tenga una idea ya hecha de Juan vaya a cambiarla. Pero es bueno escucharle. El tiempo pasa. 

Entrevista | Juan Eduardo Esnáider


"RETIRADO ZIDANE, EL JUGADOR
NÚMERO 1 DE LA LIGA ES AIMAR"

Juan Eduardo Esnáider. Gardel. Ventarrón. Ça va?
Bien, no nos podemos quejar. Estamos en una época de decisiones porque mi mujer y mis hijos quieren venirse a vivir a España, así que trato de ver qué puedo hacer. Lo nuevo fue vivir en Argentina, yo allá sólo estuve de adolescente...

Juan Esnáider está de paso en Zaragoza. Regresa al Hotel Romareda, que siempre fue su refugio. ¿Pasó el tiempo? Las chicas salen de la cocina a fotografiarse, en la recepción parece que lo vieron ayer mismo, el camarero le pregunta: "¿Sigues jugando, Juan?". Él se roza una leve panza: "¿Qué voy a jugar? ¿No ves que me metí 15 kilos en dos años?". Puede que se le hayan redondeado las facciones, pero sigue la mirada grisácea que lo define y el hoyuelo a lo Kirk Douglas. Va a hablar de antes, de ahora, de ese raro exilio que siente adentro... Bajo la mirada del tigre hay un hombre sensible, lo intuimos siempre.

¿Cómo surgió la romántica idea de comprar el club Cadetes de San Martín?
Es el club en el que yo jugué de chiquito. Empecé a echarles una mano, eso fue creciendo y a mí me interesó cada vez más como proyecto de vida. Ahora ya es un conocido en Argentina y está dando sus frutos. Hemos metido jugadores en clubes de Buenos Aires, alguno en el Atlético, van a venir más... Está creciendo mucho.

El otoño del futbolista no es siempre un estanque dorado. Después del Zaragoza, Esnáider jugó en el Oporto, en River, en el Murcia, en Newell's... Aquélla fue una vuelta extraña o inesperada en un jugador que hizo toda su carrera de este lado. "En River, hasta los nenes me dijeron burro", le contó una vez a un periódico. Eso resume el desarraigo.

¿Cómo fueron esos años?
Deportivamente, malos. O no como uno espera. Elegí volver a Argentina y nunca me adapté del todo al fútbol de allá. Soy argentino, pero futbolísticamente soy más español porque hice toda mi carrera en Europa, así que había cosas que allí eran normales y a mí no me gustaban. Y luego estaba el cansancio físico. No sé... era el momento. Si me hubiera quedado en España, habría seguido jugando. Aquí me hubiera sentido más protegido para seguir. Además, es indudable que soy mucho más respetado como futbolista en España.

Su último año en Zaragoza forma parte de un mito: apenas se entrenaba, y el domingo jugaba como los ángeles.
Sí, fue algo increíble. Cosas que pasan pocas veces en la vida. Yo me sentía muy bien, protegido... Sí, puede que no todos te quieran, pero siempre tuve algo especial con esta ciudad, y eso me ayudaba a superar todo. En Argentina no, al mínimo traspiés me venía abajo y eso me iba minando.

Hizo 11 goles en 17 partidos. Increíble. Y luego...
Me preguntaban si era el mejor momento de mi carrera y yo pensaba: 'Los tuve mejores'. Pero los goles marcan... Y era el momento. No me tendría que haber ido (hace una pausa y se ríe). Mi idea era no moverme de Zaragoza, retirarme aquí, pero...

Un final desagradable. La expulsión del Celta, aquel incidente. ¿Cómo lo recuerda?
Leí cosas que... Leí que me había autoexpulsado. Mira, a mí me han expulsado muchas veces, pero en mi cabeza no entra el concepto de autoexpulsión. No existe el jugador que haga eso. Después de los cinco meses que jugué, cómo lo hice, después de lo que sufrí físicamente... ¿me voy a autoexpulsar? ¡Noooo! Primero, que ese partido nunca debería haberlo jugado, porque yo estaba roto físicamente. Jugué con una rotura muscular, me quedó un hueco en la pierna que si lo ves te asustas. La gente no tiene por qué enterarse, si entras al campo es para jugar, pero no, yo nunca me quise autoexpulsar. Yo quería que nos salváramos. Lo dejé claro en un montón de partidos, ¿no?

...
También se dijo que me hice expulsar porque el presidente ya me había dicho que no iba a seguir. Eso es mentira. Después de ese partido yo seguía pensando que me quedaría. Hice lo posible para lograrlo: lo sabe mucha gente. Si en un club me ofrecí a jugar, incluso gratis, fue aquí. Le dije a Pedro Herrera: "Si queréis, yo juego gratis, y si al final me queréis pagar, me pagáis". No sé quién decidió que yo no siguiera, pero yo no fui. Pese a todo, nunca pensé en irme de aquí. Fue una decisión del club.

Hablemos de lo bueno, de lo histórico. Diego acaba de igualar sus cifras de gol al inicio de un campeonato.
Sí, buenísimo. Yo jamás fui de mirar las estadísticas. Jamás conté los goles que anoté, no sé ni cuántos hice. Siempre he pensado que tiene más importancia el trabajo, las ocasiones que generas, abrir espacios. Creo que Milito tiene muy buenas condiciones. Es el tipo de delantero que me gusta. Además, jugó en Racing y yo soy fanático de Racing. Así que aún lo quiero más.

¿Ve al Zaragoza?
No mucho, pero por los nombres me encanta. Conozco a los argentinos, jugué con D'Alessandro en River, con Aimar en la selección. Y Aimar me parece el top. Me gusta el equipo. No sé si se parece al nuestro, pero hay detalles similares: la poca marca por ejemplo... ¡Fíjate que en nuestro equipo marcaba Aragón!

Es el segundo mejor goleador.
Eso es típico de los equipos de Víctor: marcan y encajan. Igual que nosotros. Lo importante es meter uno más que el rival.

Cuando dice que Aimar es el top, ¿a qué se refiere exactamente?
Zidane era el mejor de la Liga española y Aimar, el segundo. Retirado Zidane, Aimar es el número 1. Aún no está al cien por cien, se tiene que adaptar... pero creo que va a andar muy bien aquí.

¿Qué da este club a jugadores de ese nivel?
Yo hablé con Pablo antes de que viniera, y le dije que aquí iba a encontrar mucho más cariño, que se iba a sentir más protegido que en Valencia. Y no porque sea un equipo más chico, sino por cómo son el club y la ciudad. Aquí cuando las cosas van bien y la gente te quiere se nota más que en otras ciudades. El año que nosotros ganamos la Recopa, ninguno se quería ir. Pero tenemos familias, hay que ganar dinero: yo tengo 33 años y ya no juego. Si no hubiera ganado dinero... ¿qué hacía ahora? Nunca nos quisimos ir. Queríamos ganar títulos, queríamos la Liga: es más, aquél era el año de hacerlo. Pero... así no vas a llegar nunca a hacer grande. Lo hizo el Valencia, lo hizo el Celta con Víctor Fernández. A los buenos hay que tenerlos. Y a nosotros, en nuestro mejor momento, nos separaron.

Esa era la política del club. Eso y culpar a los jugadores.
Claro, a mí me silbaron durante cinco años cada vez que regresaba acá. ¿Y por qué? ¿Por qué si yo aquí me lo dejé todo? ¿Si en ningún sitio di más? Hasta me ofrecí a jugar gratis. Y luego... Ojalá que todo eso haya cambiado. El tiempo pasa, el tiempo pasa.

Esnáider habla de los días de su adiós tras la Recopa como el apostador que habla de una estafa que ya no le duele. O sí. Pero ya aprendió a olvidarla. Es obvio que en la calma siempre vio como en tercera persona a aquel delantero tumultuoso que era él mismo. Ahora se ríe casi avergonzadamente.


No sé si me reconozco. Pero sí... mi papá me pitó de joven y me expulsaba, yo le decía cualquier cosa, siempre lo mismo. Luego no nos hablábamos en el autobús de vuelta. Me peleé con Juanmi, que era íntimo amigo, después del 4-4 con el Barcelona. Años después me disculpé, pero entré al vestuario tirando pelotas, dando golpes, gritando (risas). Me peleé hasta con Vellisca, que era un pan de Dios. Qué sé yo...

Nadie sabe. Era ese ventarrón del tango, que iba y venía sin aviso previo. Era el malevo cuyas hazañas todos aclamaban. Puro huevo. Puro Esnáider.